La música en el gran salón sonaba con fuerza y entusiasmo. Desde la segunda melodía nadie había dejado de bailar. El propio Rey se había contagiado del espíritu festivo y también participaba de la celebración.
Zelda, por supuesto, era la excepción. Sentada junto al trono, veía a las tímidas doncellas del reino cohibirse ante los halagos de los caballeros.
"Que afortunadas" pensó para si misma. No tienen deberes reales en que pensar, pueden aceptar cualquier prospecto por que no llevan un título junto a sus nombres, pueden relacionarse con quien quieran por que no llevan una corona en la cabeza.
Tantos minutos pasaron que pudieron convertirse en horas. Y ella seguía como una piedra, inexpresiva, inmóvil, casi invisible. Varias veces tuvo que rechazar las persistentes invitaciones del Príncipe Frey, con la excusa de que debía esperar a que el Rey bailará con ella primero antes que cualquiera.
Era cierto, la regla estaba escrita. Pero con el tiempo se pensó en ella como "absurda" y fue nulificada.
Pero el Príncipe no sabía de esto.
Por lo tanto; Zelda se salió con la suya por la mitad de la velada.
Hasta que...
-Princesa. Ya que no te ocupas en bailar ¿Por qué no hablamos ahora?-
La Reina del Norte se aproximó a ella con aires de prepotencia. Rodeandola como un buitre que acecha la carroña.
Zelda guardo silencio, pero indicó con la cabeza que prosiguiera.
-Cuando mi hijo me contó sobre la carta que tu Padre le envió. Me sentí conmovida. Pensaba en tí como un pajarillo que permanecía abandonado en su nido. Sin una Madre y una carga pesada. Cuando se está solo en un enorme Palacio, es fácil caer en la oscuridad y por eso es que me ofrecí a venir junto a Frey a Hyrule. Y debo decirte, que me sentí terrible al ver el estado en el que te encontrabas-
La Reina hablaba confusamente, buscando sacar algo de la joven Princesa. No se sabía qué. Pero si de algo estaba segura, era que no estaba intentando darle un consejo, o un cumplido, ni siquiera una opinión.
-¿Quiere preguntarme algo, su Majestad?-
- Antes de hacerlo. Quisiera rogarte que, porfavor, desde hoy, nos familiarizemos, ya que aún nos quedan varios días y tendremos que convivir, sería poco apropiado que solo te diríjas a mí como "su Majestad". Así que, me gustaría que me llamases Hilda ¿De acuerdo?-
Zelda se levantó de su asiento sin apartar sus ojos de los de ella.
-Reina Hilda ¿Tiene algo que preguntarme?-
La vieja sonrió, falsamente compadecida con una dulzura que daba asco.
- ¿Aún extrañas a tu Madre?-
La pregunta atravesó el corazón de la joven como mil flechas. De momento no se abrió ninguna herida.
¿Qué pretendía? ¿Qué clase de platica era esa?
-Desde luego, está en mis pensamientos todos los días desde que falleció-
Contestó la Princesa con alto desagrado.
La Reina permaneció pensativa, cambiando de posición sus ojos, como si fuera el péndulo de un reloj. Del Rey, a Zelda y viceversa.
- Tu Padre habló conmigo esta mañana y mencionó incontables veces que le hacía falta una Madre para ti-
¡¿COMO SE ATREVÍA?!
Zelda entró en estado de alerta e intentó bloquearle toda posibilidad a esa mujer de siquiera pensar que ella u otra pudiese ocupar el trono al lado de su Padre.
- Si Mamá se ha ido. Es por que así estaba dictado que fuese. Hyrule volverá a tener Reina... Si, cuando tenga edad, tomaré la corona con todo su peso. Cinco años se irán en un respiro, se lo aseguro-
Habló de una manera noble, y aún así, feroz. Lo suficiente para que esa "vieja" diera un paso atrás.
- ¡Que carácter querida! No eres tan inofensiva como dice mi hijo-
Ocultó su risa tapando su cara con un abanico.
-El Príncipe no debería hacer juicios en tan sólo un día. Lo conocí apenas esta mañana-
- Pero todavía queda un mes. Cosas pueden pasar en poco tiempo ¿No crees?-
-Desde luego. Probablemente en unas semanas me sentiré capaz de competir con su hijo en un juego de tiro con arco-
-Tan vulgar... veo que todavía te falta mucho que aprender. Que vergonzoso que una Reina porte con ella un arma y encima la use. Yo jamás podría pensar en hacer algo tan bajo-
-Mi Madre era frecuentemente elogiada por su excelso manejo del arco ¿Lo sabía?-
Zelda se había hartado de esa pedante actitud y no podría quedarse callada mucho tiempo.
Para aliviar un poco el ambiente. La Reina del Norte ofreció a Zelda llevarla con su hijo para que bailasen.
Ella se negó en redondo, cubriendose con excusas y pretextos para librarse de ella.
Pero Hilda era más persistente que quitar una vaca a mitad de un camino.
En unos minutos ya estaba en la pista de baile junto con el muchacho.
El la acompañaba tomandola del brazo. Y ella no se sintió nada comoda.
El contacto con esa gente que le generaba desconfianza , era parecido a caminar entre los rosales, con las espinas de estos rasgandole la cara, los brazos y las piernas.
"Por favor, que no sea un vals, por favor, que no sea un vals" repetía ella en una oración mental, con sus ojos hacia arriba.
Lamentablemente no fue escuchada.
Una melodía suave y pegajosa comenzó a sonar y la pareja de principes se vió forzada a disminuir la distancia.
Ella con una cara de póker y él sonriendo incómodo.
-¿Quieres ir a cabalgar mañana, Princesa?-
sugirió el chico.
-No-
El Príncipe Frey no era tan tonto como para no sentir aquella "hostilidad" de la jovencita.
Sin embargo, no era nada que una chantaje no pudiese solucionar. Hizo su tarea, por que sabía que si algo odiaba la Princesa Zelda, eso era el estudio forzado y disciplinado.
-Una lástima... y yo que le pedí al Rey que suspendiera tus lecciones de mañana...-
-¿Cabalgar a donde?-
Cayó en la trampa.
- Es un secreto, considerelo un regalo de cumpleaños sorpresa-
Secretos, sorpresas y más secretos. Todo lo que sabía Zelda eran secretos sin revelar.
Viviendo una vida de incertidumbres.
Que detestable.
La joven ni siquiera había aceptado correctamente la invitación, pero el Príncipe lo dió por hecho con un "No puedo esperar a Mañana"
Zelda lo permitió, sabiendo de sobra que Impa estaría allí (Siendo órdenes o no)
No podría ser tan malo ¿o si?
Puede que hasta le ayudase a distraerse.
/
Un mes había pasado, para desgracia de la Princesa, lento y tedioso. Los días jamás habían sido tan largos y agotadores.
Zelda se arrepentía a diario de su decisión en el baile. Aceptó pasear con el invitado de su Padre, por pura cortesía, en un simple e insignificante paseo a caballo ¿Quien podría haber adivinado? que aquel testarudo Príncipe, motivado por aquella tarde, se ofrecería desde entonces a acompañarla en todas sus actividades del día. Ya fuera el desayuno, sus lecciones, la práctica del arco y a donde fuera Zelda, allí estaba él.
Gracias al cielo, no se metía al mismo baño ni a la misma recámara. Aquellos eran los únicos dos lugares en los que Zelda podía estar tranquila.
Llegando a esa conclusión, ella se encerraba constantemente en sus aposentos. Ni siquiera podía ir a la biblioteca que tanto amaba, sus amados libros deberían aguardar hasta que todo volviera a la normalidad.
Una semana faltaba para que el Príncipe y su Madre se fueran. Lejos y mucho tiempo.
Como los recientes días, Zelda pasó la tarde sentada frente a una ventana de su habitación. Últimamente había encontrado gusto en los bordados y la costura. Gracias a eso, el pasar del tiempo se hizo soportable y la estadía en esa recámara no le daba la impresión de una cárcel.
La puesta de sol estaba próxima, un espectáculo que brindaba la naturaleza y que la joven Princesa disfrutaba mucho.
Aprovechando ese momento de paz y soledad, se decidió a perder su mente en los dulces recuerdos de hace unos años.
No era de extrañar que Link siempre era el protagonista y aunque Zelda procuraba no pensar tanto en él, el Príncipe Frey en su actuar día a día, causaba involuntariamente un juego de comparación con la naturaleza del "querido caballero" de la Princesa.
Viajó en sus memorias, buscando los más preciados momentos para brindarle un poco de calidez al corazón y al alma.
Había un escenario.
El comedor real, el cielo gris y oscuro y llovía con fuerza.
Zelda estaba sentada en el gran y largo mueble del salón, sola como un dedo. Ese día, el Rey no se encontraba en Palacio por asuntos de negocios.
La pequeña miraba con angustia el cielo. No había visto una tormenta así desde el día en que su Madre falleció. Por lo tanto, era comprensible que trajera sus ánimos por los suelos.
Impa detrás de ella, sintiendo su pesar, intentó dar unas caricias en su cabeza a modo de consolación.
Zelda aceptó gustosa aquel gesto. Ella hubiese preferido que su nana desayunara con ella, junto a su lugar y compartiendo una animada conversación.
Pero Impa era entonces, demasiado estricta con las "reglas" y jamás habría hecho tal cosa, aún si fuese a petición de la pequeña.
Entonces... las puertas se abrieron de golpe. Causando que la Princesa brincara de su silla. un susto rápidamente aliviado con el conocimiento de la identidad de la persona.
-Buenos días Link-
Saludó inesperadamente entusiasta.
-Buen día, su Alteza-
Saludó cortés él.
Se dirigió a Impa, susurrandole algo al oído. Ella solo asentía cada determinado tiempo y tras unos minutos Impa salió del salón.
-Quedate con el muchacho hasta que regrese-
Comandó Impa a Zelda antes de desaparecer por la puerta.
¿Qué pasaba?
Ni idea.
No tuvo tiempo de analizar la situación, ya que el jovencito se había acercado a ella.
- No ha comido nada-
Link miraba su plato con la comida sin tocar..
Zelda presentía un sermón aproximándose.
- Es que, hoy no me apetece nada-
Ella dirigió su mirada a la ventana.
-Si no mal recuerdo, ayer parecía muy feliz comiendo todas esas golosinas. No me extrañaría que su estómago aún este por reventar-
- No es eso. La lluvia no me gusta, eso es todo-
Se defendió con las mejillas infladas. Algo avergonzada.
Link se quedó reflexionando unos minutos.
- No le hará ningún bien estar aquí sola-
La tomó con cuidado del brazo para dirigirla.
-Espera, Link, papá me tiene prohibido levantarme sin acabar mi plato-
-Estoy seguro de que su Majestad comprenderá la circunstancias. Además-
Él tomo el plato y los cubiertos de la mesa.
-Solo vas a cambiarte de sitio, no a dejar la comida-
Zelda sin entender lo que pasaba, pero aliviada por la compañía de Link, no protestó, ni dijo alguna palabra durante su camino. El cual los dirigía a la cocina.
Al entrar en el lugar, todo el personal se coloreó blanco y las mujeres taparon sus bocas para bloquear sus gritos de sorpresa.
El.cocinero y su esposa casi tiran todas las ollas con comida por reverenciar a la Princesa.
Por eso Zelda odiaba su título. Nadie le dedicaba una sonrisa o una cálida bienvenida.
Link , sin embargo, relajadamente dió los buenos días a todos y como si fuese lo más normal, llevo a Zelda a una mesita, y puso su plato y cubiertos en el lugar correspondiente. Él sentándose frente a ella.
-¡Link! tu... ¡Muchacho tonto! ¿Cómo traes a su Alteza aquí? -
Se acercó colerico el cocinero.
-Perdonelo, mi Princesa, de inmediato la regresaré a su mesa-
- No puede comer alli-
Replicó Link.
-Ese lugar parece un calabozo ¿Cómo quieres que deje a una niña allí sola?-
Una de las sirvientas se desmayó después de escuchar aquel término "vulgar" con el que se había dirigido a la Princesa.
Y la Princesa estaba molesta por ser llamada "niña" cuando claramente Link también era un niño.
-¡¿Cómo te atreves?!-
La esposa del cocinero llegó corriendo al lado de su marido.
-Piedad Alteza, este chico es muy rebelde. Le aseguro que no tiene malas intenciones. No le haga daño, por favor-
Zelda estaba experimentando a edad temprana una sensación de lo que significaba ser "Rey" de una nación.
Y era detestable ¿Por qué no podían recibirla normalmente? ¿Por que nadie quiere hablarle? ¿Por qué no puede llegar a la cocina sin ser vista como un bicho raro?¿Por que piensan en ella como un ser cruel que castiga sin to ni son?
Rápidamente, más doncellas acudieron y atentaron a levantar la comida de la Princesa, cuando esta, les detuvo la mano.
-Quiero comer aqui-
Dijo en voz seria.
Las expresiones de la gente a su alrededor eran ilegibles. Se quedaron quietos como estatuas. Incluído el jovencito Link.
Al ver aquella reacción tan negativa, Ella hizo otro intento
-¿Puedo quedarme aquí?-
Habló más suave, dirigiéndose a la pareja.
Estos temerosos de contestar, como si un suspiro les fuera a mandar al calabozo.
Link habló en su lugar.
- La Princesa Zelda estaba muy triste y no había tocado su comida. Ademas la habían dejado sola con la tormenta. Aquí tendrá compañía y podrá disfrutar su desayuno ¿Por qué no recibirla cálidamente?-
Les dirigió una mirada cuestionandoles.
Zelda se levantó de su lugar, para mostrar apoyo.
Aún si se encontraba avergonzada ya que era la primera vez que hablaba con la gente de allí.
-Sólo por este día. Prometo no ser una molestia-
Declaró con sus suplicantes ojos azules.
Después de compartir miradas los unos con los otros. La muchedumbre se reunió alrededor de la mesa de la cocina para convivir con su Princesa. Al principio algo reservados, pero conforme Zelda les hacía preguntas, fueron tomando más confianza y terminó por ser una convivencia agradable y familiar.
Incluso la esposa del cocinero le sirvió a Zelda una tarta de manzana para ella sola.
Ese día fue de los más hermosos que halla vivido y todo gracias a Link. De hecho, la gran mayoría de estos eran gracias al susodicho.
-Pronto podré descansar-
Se dijo Zelda, viendo como el anochecer cubría las tierras de Hyrule. Señal de que tendría que bajar a cenar pronto y que debería convivir otra vez con el Príncipe y su molesta madre.
Efectivamente, al segundo, llamaron a su puerta para anunciar la hora de merendar.
Ella suspiró tres veces y antes de salir, dió un último vistazo al horizonte. Como todos los días, esperando a su "Querido caballero"
/
Llegaron las décimo quintas primaveras en la vida de la Noble Princesa de Hyrule.
Oficialmente había entrado a la edad casadera. y no podrían llamarla de nuevo "pequeña Princesa" pues había crecido y tales calificativos ya no eran apropiados.
A petición de la Reina Hilda. Se organizó un baile temprano para celebrar el debut de la Princesa a la sociedad.
Un baile de lo más espantoso, lleno de ojos ambiciosos, mentiras y falsas impresiones. Todos pomponeandose detrás de sus máscaras de buena gente.
Que desagradable.
Fue lo que pensó Zelda durante toda la velada. Sin mencionar que ese dichoso Príncipe que por infortunio le trajo su Padre, no la dejaba ni respirar.
La Princesa pensaba en él como una indeseable sanguijuela salida del pantano.
Ni tenía a done huír, ni con quien refugiarse. Impa permanecía en las sombras y Zelda no sabía como buscar allí.
Princesa ¿A donde vas? Princesa comamos juntos Princesa ¿dónde estas? Princesa voy contigo, Princesa hagamos esto, Princesa ven aquí.
Princesa esto
Princesa aquello
Princesa bla, bla, bla.
Jamás había odiado tanto la palabra "Princesa"
Después de la primera visita, el tipo regresaba cada vez más insoportable. Acaparador, mandón, egoísta e incluso mostrando un lado Sádico, que asustó sobremanera a la joven más de una vez.
-Princesa ¿oyes esa música tan bella? tenemos que bailarla juntos-
Se encontró de narices con el tipo, irónicamente, mientras huía de él.
- No, gracias. Esta pieza es la favorita del Rey y la mía. Siempre la bailamos juntos-
Retrocedió unos pasos, para salir corriendo otra vez. Por desgracia fue detenida.
- No te irás-
Descaradamente ordenó.
-¿Acaso me está comandando?-
Zelda lo amenazó, claramente molesta. Era Ley de vida,que la Realeza tenía prohibido ordenar en Nación ajena.
-Mi Madre ahora está con su Majestad. No debemos interrumpir-
Señaló a una pareja
En efecto, Hilda y su Padre, parecían felices bailando.
Esto le causó una desilusión a la joven. Demasiado potente para humedecer un poco sus ojos.
Pero como Princesa que era, no se dejó ver sus emociones.
Si algo le molestaba más que convivir con EL Príncipe Frey, era ver como la Madre de este se iba acercando íntimamente a su Padre, llegando a influir ligeramente en la toma de decisiones dentro del Reino. y Sería cuestión de tiempo hasta que tomará completo control.
Zelda leyó sus viles intenciones desde él momento en que Hilda apareció en su cuarto.
Sentirse como si tuviera todo en su contra y tratar de sonreír a pesar de todo... algo que pobremente imitó de Link.
-Si no quiere bailar ¿Qué le parece ir un rato a nuestro jardín favorito?-
sugirió el joven.
¡¿NUESTRO?! ¡¿NUESTRO?!
Ese era el jardín que Zelda amaba. El último de sus lugares que le quedaba llenos de hermosos recuerdos. Y se lo había apropiado.
- No quiero ir a ningún lado y tampoco me apetece bailar-
Una vez mas, intentó alejarse.
Una vez más, no se le permitió.
-¿En su debut? No puede quedarse sola ¿Qué tal si alguien más quiere bailar con usted?-
-¿Es una broma? La idea es que baile con los prospectos. Es MI debut. No el suyo-
-Oh pero, ninguno de aquí la conoce como yo-
Conocerla. Si claro... muchas cosas sabía el tipo, pero de ella, apenas su nombre. Y es que se dedicó a esconder todo tipo de gustos y disgustos tras una cara de póker.
- No tema, no estaré sola. El Primer Ministro me había solicitado que le reservara un vals-
-¿Y el siguiente?-
-Me temo que mi carnet, es algo que solo me incumbe a mi. Ahora, si me disculpa-
- Dejame verlo-
El tipo, descaradamente, trataba de quitarle a Zelda su Tarjeta. De no ser por que estaban al ojo público, ella ya le habría dado una merecida bofetada.
En cambio, La joven adoptó un carácter sereno para lidiar con la situación y con suficiencia, metió el objeto dentro de su vestido. Convirtiéndolo en algo inalcanzable.
Esto, por supuesto, no le causó la mayor gracia al sujeto.
- Que vulgar ha sido eso, Princesa Zelda-
Acusó él, casi señalandola con el dedo.
-¿De qué esta hablando?-
Ella fingió demencia.
- Tu Padre va a escuchar esto, creeme-
Amenazó.
- No es la primera vez que me quieren intimidar con esa misma frase-
Se burló sin reparos en su etiqueta y finalmente, pudo escapar de la insufrible prescencia del Príncipe.
Como ella había mencionado. El Primer Ministro la buscó para la siguiente melodía que bailarían juntos.
Desde entonces, Frey no la molestó. Un milagro considerando su comportamiento habitual.
Pero no podría cantar victoria, ya que Hilda no perdió tiempo para romper su tranquilidad.
-Zelda ¿querida que haces aquí tan sola? Es tu debut, deberías estar bailando con la energía correspondiente a tu edad-
- Solo necesito descansar -
Se excusó ella. Sin ser una mentira, si que estaba cansada, evitar por toda la noche al odioso Frey, requería gran esfuerzo.
Hilda reprobó esa respuesta.
- No has bailado con mi hijo-
Remarcó con tono amargo.
- Estas huyendole-
La joven, miró al piso, ocultando su asustada expresión por verse descubierta por la persona que menos quería.
-A pesar de que nos hemos esforzado por traerte felicidad. Tu, Princesa, no cooperas con la noble causa de tu Padre-
La Reina respiraba pesadamente, como si fuera a derramarse en llanto.
Un llanto malactuado. Un Bufón lo haría mucho mejor.
Pero lo suficientemente potente para atraer la atención del Rey.
Este preocupado, corrió directamente a la mujer tomandola de las manos con ternura.
Zelda veía con asco la escena ante sus ojos.
-Hilda... ¿Qué fue lo que te paso?-
Pidió una explicación.
-¡me duele! ¡Me duele, Daphness! ¡Es cruel y está seca!-
Sollozaba la mujer, casi tirándose al piso, humillandose para llamar la atención.
-¡Qué es lo que te han hecho?!-
Demandó con ira el Rey.
Hilda lo tenía donde lo quería.
Con desdén señaló a Zelda.
- Tu hija... Me ha despreciado. No nos quiere más aquí. No tiene ninguna intención de mejorar. Y tu, MI Rey, que nos has confiado a tu tesoro para regresarle la sonrisa a su rostro... te fallamos. Simplemente somos miserables...-
Cuando terminó de lamentarse, hundió su cabeza en las gruesas ropas del viejo Padre de Zelda.
El hombre lanzó una severa mirada sobre la Joven. Claramente reprendiendola pues para él, ella era la única culpable.
¿Cuándo fue que su Padre se giró en su contra?
¿Ni siquiera se va a molestar en escuchar su "lado de la historia"?
¿Va a ser reemplazada así de fácil?
En ese momento, ella pensaba lo peor. Por que era lo peor.
El Rey se reincorporó y enfrentando a toda la muchedumbre que había asistido al baile, ordenó con voz fuerte y furibunda.
-¡ESTE BAILE SE TERMINA AHORA! -
Esa era la forma más educada para decir "largo de aquí"
Mientras los invitados abandonaban el Salón, Daphness se acercó temerario a su hija.
-¿No te da vergüenza? ¡Mirate! En tres dias cumpliras quince años ¡¿y no quieres madurar?!-
Zelda, a pasar de que sabía de sobra que ella no ganaría credibilidad, solo habló con la verdad-
-No le dirigí ni una palabra a la Reina-
Fue lo único que pudo decir a su favor
-Zelda, Por favor, no hagas esto mas grave. Solo quiero la verdad hija ¿Por qué le hablaste así a la Reina Hilda? ¿Tanto te disgusta?-
Ella respiró hondo. No se podía quedar en silencio y se había jurado que nunca mentiría, en especial a si misma.
-Así es. No me siento tranquila cuando estoy con ellos-
Respondió secamente.
¿Qué más podría decir?
- Estoy decepcionado, profundamente decepcionado. Ya es momento de que aprendas a enfrentarte a todo tipo de situaciones. Hyrule no puede tener como Reina a una "rebelde" ¿Crees que a tu Madre le gustaría eso?-
Daphness al momento reflexionó lo hiriente de sus palabras.
La mirada de su hija estaba nublada y llena de tristeza. Su rostro usualmente tranquilo, fue reemplazado por uno desolado. La misma expresión que tenía en el funeral de la antigua Reina.
No dijo más. Zelda vió venir una situación similar, solo que nunca imaginó lo mucho que le dolería.
Lo mejor para ella, era retirarse.
Con pasos pesados se dirigió a sus aposentos, para ella fue un recorrido por la miseria de un Palacio. Esperaría hasta estar segura detrás de las puertas y entre cuatro paredes, para poder desahogarse.
La noche solo empeoraba.
- MI pobre Princesa-
El indeseable del Norte, le había seguido y tomó por sorpresa a la joven, atrapandola en sus brazos.
Auténticamente era una sanguijuela.
-Entremos a tu habitación y hablemos ¿si? Te escucharé todo lo que quieras-
No hacía falta ser un genio para saber que insinuaba.
En una mujer, había algo mucho más valioso que una corona, o joyas o cualquier tesoro.
La pureza es una virtud y es de las más preciadas.
Tener a un hombre en un espacio tan íntimo como su habitación...
Jamás.
¿Qué se había creído?
La Princesa Zelda, fue instruída delicadamente en estos temas. Y tenía una voluntad impecable cuando se trataba de "guardarse" para el matrimonio.
La situación era comparable a caer en un montón de estiércol de caballo.
y encima trato de disfrazado vilmente con una caridad tan buena que es la del consuelo al desolado..
En un segundo lo apartó de su espacio personal.
-¡Buenas noches!-
Le despidió ella.
Sin perder un segundo, se resguardó como una fiera salvaje, dentro de su cueva.
Al fin pudo respirar.
Al fin pudo Llorar a placer.
Rezaba por que esas lágrimas se llevarán la amarga y dolorosa sensación.
Por que su llanto la cansara lo suficiente para dejarla profundamente dormida.
Lo más parecido a una figura Maternal que tenía la Princesa. Impa. Al momento acudió a refugiarla entre sus brazos.
- No hay debilidad en las lagrimas de una mujer. Hoy actuó con Nobleza y con sabiduría. No debe arrepentirse de nada-
Zelda respondía con suaves gemidos dolorosos.
y como ella había deseado. Pronto se quedó dormida en los brazos de su nana.
/
A la mañana siguiente.
La Joven no quiso levantarse de su cama. Tenía jaqueca por haber llorado tanto. Sus ojos hinchados y rojizos como dos tomates.
Por encima de todo, ella misma era un total desastre.
Le llamaron a desayunar pero Zelda mandó a la dama con el mensaje: "No me encuentro bien".
Pocas palabras que describían a la perfección su aspecto y su sentir.
El sol sobre su ventana, hacía que su dolor aumentará y se quedó a oscuras.
Hizo un esfuerzo por volverse a dormir. Y... cuando por fin volvía a sentirse adormilada. Unos desesperados toques en su puerta lo arruinaron todo.
Zelda se quedó callada, tal vez si no respondía, la tomarían por dormida y se irían.
-¡Princesa! ¡Princesa! ¡Dejeme entrar!-
Los pesados párpados de antes, cambiaron a unos ojos bien abiertos en estado de alerta. Zelda experimentó escalofríos y su alma se lleno de miedo.
Apenas empezaba el día y el desgraciado insistía con lo mismo.
Cuando quería algo, no salía de su cabeza hasta obtenerlo.
Esa forma de ser, aterraba a la Princesa.
Con un hombre así... era fácil desatar una guerra.
Se refugió entre sus cobijas por reflejo. Esperaría el momento para salir corriendo.
-¡Quiero entrar!-
Volvió a gritar él desde el otro lado de la puerta.
-Imposible. La Princesa Zelda no está en condiciones de recibir a nadie-
La madura y maternal voz de Impa fue una melodía angelical que le brindaba esperanza a la chica.
¡Pero claro! Con Impa allí, no tendría que temer a esa "inmunda" fiera con pinta de Príncipe.
No al menos en su habitación.
-Ultima vez que lo repito ¡Dejame pasar! La Princesa dijo que me estaría esperando-
Zelda furnció el seño al escuchar esa mentira.
-Ella no me ha informado tal cosa.Y aunque lo hubiese hecho... mi postura no cambiaría. Solo en Sagrado Matrimonio se le permite al Marido visitar las recámaras de la Novia y la Princesa se sabe de pies a cabeza esta regla-
Que paciencia tan envidiable. Todo lo decía con tanta calma...
Lo mejor de todo: Frey se quedó callado y sin órdenes que dar.
- Si La Princesa te invitó personalmente a sus aposentos. Entonces será castigada severamente por "insinuarse"-
-Dile que se apresure, iremos de paseo por las praderas-
La resongona pero avergonzada voz del Príncipe. Una pequeña victoria.
Zelda intentaba aguantar la risa al escucharlo acorralado y al descubierto.
Minutos después, Impa entró y dió los buenos días a Zelda.
-Ese muchacho no tiene una mente limpia-
Declaró su nana.
-Me asusta-
Confesó débil la Princesa.
- No se deje ahogar por los demás. Quieren verla caer... es cierto, pero no olvide quien es. La heredera al trono de Hyrule. Nadie puede aprovecharse de usted-
-Jamás me había desilusionado tanto una actividad al aire libre-
- No tema. Por supuesto, allí estaré para vigilar al chico-
-Gracias Impa-
Como siempre, Zelda no dudaba en demostrar su cariño a la nana. Abrazos, besos y lindas palabras.
Impa era la única en todo el castillo que estaba de su lado.
Ya pasaba del mediodía.
Ambos padres se unieron al paseo con sus hijos. Con la excusa de "pasar tiempo juntos".
Hilda y Daphnnes lideraban el frente. Los Príncipes debían ir juntos pero Zelda, a propósito alentaba el paso de su caballo.
Aún si fuera un paseo familiar. Ella no quería tener nada que ver con ellos, mucho menos con su Padre, cuya conducta, ella reprueba.
Dejarse manipular por unas lágrimas.
Su Madre si que lloraría de verlo a ÉL y lo bajo que estaba cayendo.
Mientras la joven perdía su cabeza en tales pensamientos.
Una vil víbora se atravesó en el camino. El caballo de la Princesa Zelda era conocido por su pavor a estos reptiles.
Y ya que nadie de los presentes vió al animal arrastrarse al equino... No pudieron prever que este saldría desbocado, presa del pánico.
Corriendo sin rumbo y tratando de quitarse de encima a su jinete.
Zelda habia leido mucho y por enseñanza de los libros estaba informada en aue nada garantizaba que saliera ilesa en una de esas situaciones. La patada de un animal de ese tamaño, fácilmente le quitaría la vida. Y caerse de una altura como a la que ella estaba, aseguraba lesiones de por vida.
Era el mismo cincuenta por ciento de probabilidad de que sobreviva a que perdiese la vida.
Todo estaba en contra de la Princesa.
A lo lejos escuchaba, como su Padre, desesperado, llamaba su nombre, cada vez más eufórico. Impa cabalgando a toda velocidad hacia donde estaba.
Pero el animal, al sentir la proximidad de ellos, salió corriendo una vez más.
-¡Zelda! ¡No te sueltes hija!-
Los gritos de su Padre se escuchaban menos a cada segundo.
Ella, todavía temerosa de entender la situación, con un poco de valentía que reunió, atinó a ver a un extremo al grupo de gente que intentaba alcanzarla.
Todo sucedió en unos segundos.
El animal no paraba de moverse.
La joven se aferraba a las bridas como a su vida.
Ayer, nadie hubiese adivinado que pasaría eso.
La vida daba vueltas.
¡Mamá ayúdame!
Gritó en su mente
No obtuvo respuesta alguna. Algo peor de hecho. "Estrella de plata" iba a tirarse al suelo con todo su peso, quería revolcarse para que su jinete lo soltara.
Eso era lo que Zelda sintió con lo poco que podía agarrar del cuello del animal.
Cerró sus ojos con fuerza. Preparándose para cualquier dolor y consecuencia.
Siempre debes estar preparado. Nunca sabes si al día siguiente seguirás vivo o no. En un parpadeo todo puede pasar. Puede que mueras o puede que no.
-¡LINK!-
Soltó con todo el aire de sus pulmones y la fuerza de su estómago.
Las acciones del animal cambiaron.
De nuevo se echó a correr. Impa seguramente llegó a tiempo.
Quiso localizarla. Pero no había nadie alrededor.
Excepto.
Alguien que se acercaba por detrás de ellos.
Zelda alcanzó a ver un corcel de buen tamaño, era marrón y blanco.
Pero no tuvo tiempo de ver a su jinete. Ya que otra serie de brincos salvajes demandó toda su concentración.
-¡Estrella de plata!-
Escuchó una voz masculina llamar el nombre de su caballo.
No era su Padre, No era Impa y definitivamente no era ese Príncipe.
Quien por cierto. Nunca pudo recordar el nombre de su caballo.
Después de llamar su atención. Volvió a emprender una carrera. Y esta vez, Zelda, como si el cielo se volviera luminoso, identificó al jinete que estaba tratando de salvarla y que conocía el nombre de su caballo
¿Cómo lo olvidaría? fue él mismo quien le ayudo a ponerle ese nombre.
Jinete y corcel igualaron con agilidad la velocidad que ellos llevaban. En cuestión de segundos, Zelda pudo ver como se revelaba poco a poco frente a ella.
-¡Dame la mano!-
Exigió él.
Ella no parecía comprender el idioma en que estaba hablando.
Había olvidado que estaba en una situación de extremo peligro.
-¡Tu mano Princesa! ¡Rápido!-
Esa segunda vez, surtió el efecto deseado.
Al instante Zelda estaba siendo levantada como una pluma a los brazos que ella estuvo anhelando por tres largos años.
Brazos mas fornidos, más voluminosos, pero igual de cálidos y acogedores.
Con una excelsa habilidad. Su rescatador, devolvió la calma a "Estrella de plata" y este finalmente se quedó quieto.
Auqnue Zelda ya no iba montada en él.
La sensación de peligro solo desapareció hasta que dejó de moverse tan salvajemente.
Respiraba pesadamente y se quejaba.
El muchacho acarició su cabeza, pasando sus dedos por la crin.
Con éxito pudo devolverle la calma al animal.
-Pobrecillo. Estaba muy asustado-
Habló él, como si se refiriese a un niño.
Zelda de inmediato reconoció ese gentil tono.
La voz grave pero sedosa que agitaba las mariposas en su estómago.
No perdió un segundo para contemplar ese rostro que se desvivía por volver a ver.
Ella sonrió como nunca antes, desde hace años.
Y dijo su nombre con tanta ternura que el propio joven no pudo evitar devolverle la sonrisa.
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