Si, siento que dejar el prólogo "huerfanito" sería un poco desconsiderado... y luego esperar hasta el viernes... lo se. Asi que mis queridos lectores/lectoras aqui os dejo el capitulo uno!

ADVERTENCIAS: El contenido infiere temática propia para mayores de edad, al incluis ciertas insinuaciones lemon y ciertas escenas violentas. Se recomienda discreción.

Nuevamente, gracias por sus comentarios! y ahora.. a leer!


Todos escondemos algo, ¿verdad? Desde que nos levantamos y nos miramos al espejo, lo único que hacemos es pensar en nuestras pequeñas mentiras. Meter el estómago, teñirnos el pelo, quitarnos la argolla de matrimonio… y ¿porqué no? ¿Qué castigo hay? ¿Cuáles son las consecuencias?

"Para qué preocuparse, errar es humano", dirás, y todo debe perdonarse… pero, ¿Qué ocurriría si un cruel giro del destino te convierte en otra cosa? En algo… diferente.

¿Quién te perdona entonces?

Sólo queremos las mismas cosas que los demás. Una oportunidad en la vida. En el amor.

No somos tan diferentes en ese aspecto.

Y lo intentamos, pero a veces, fracasamos. Y cuando eres distinto… un monstruo, las consecuencias son peores. Mucho peores.

Ustedes despiertan de sus pesadillas, nosotros no.

—Ino Yamanaka.

BEING HUMAN

Capítulo 1.- "Bajo la Lluvia de Amegakure"

—…Ahora que lo mencionas, leí hacía tiempo, un ensayo acerca de ésas piezas surrealistas… un tipo, …hum… bueno, el nombre de por si era difícil de recordar —musitó la joven, mientras caminaba a la par de un muchacho, al igual que él, con ambas manos en el bolsillo del abrigo—…Ukiyo no se qué…

El muchacho de pálida tez, se enjugó los labios, a causa del húmedo viento que discurría por la amplia avenida central de Amegakure. Se habían detenido a la puerta del departamento; un mustio edificio de corte occidental.

—Ukiyo-e… –corroboró él, con los labios menos entumecidos—. No, no me refería al estilo pero… —proyectó una curveada sonrisa, casi impostada—…bah, no tendría porqué comparar mis trabajos con algo así.

—Tus pinturas son buenas, Sai. —musitó ella.

—¿Aun para verlas al revés como lo estuviste haciendo hace rato? —emitió una especie de risa seca.—Me di cuenta, Ino-san —retribuyó, sin apartar la sonrisa.

—Al revés o no, son buenas… —en un ademán confianzudo y campante, le tomó del brazo. Su mirada proyectó un brillo apremiante.—Al menos más coloridas que los bocetos que me habías mostrado. Sorprendente, por decirlo de un modo.

—Lo sorprendente es escucharte hablar de referencias históricas, sólo eso. —Una difusa nube de vapor se escapaba de las comisuras del muchacho.

—La historia es casi como una costumbre difícil de eludir para mi… —suspiró.

Sai pestañeó, sin saber que decir.

Ella lo besó ligeramente en los labios y después en el cuello con tal suavidad que él sintió un escalofrío por la espalda. Entonces lo soltó, percibiendo el perfume y el penetrante aroma de él. Los orbes ónice del joven, le contemplaron con aquella misma aprensión con la que la había visto desde la semana anterior, en la galería. Desde entonces, no podía simplemente dejar de observarla.

Ino Yamanaka se pasó una mano por el fleco de su cabello, largo y rubio, peinado en una alta coleta de caballo. Físicamente no pasaba de los veintisiete años y había sido favorecida con una delicada estructura ósea, pómulos salientes, ojos de un azul claro, casi cristalino. En reposo, su cara parecía hacerse todavía más sombría, y cuando aquellos ojos azules perdían intensidad, su tono más oscuro hacía que Sai pensara en el color de la profunda sombra, como las de aquellos murales a la acuarela en que se veía bosques sinuosos y lóbregos, en un lugar secreto que era mejor no explorar. Y tal vez un lugar también de gran peligro.

Él alargó una mano para tocar un mechón de sus cabellos. Sus dedos lo acariciaron y la mano rozó la mejilla de ella, un contacto suave que le puso la carne de gallina en los brazos.

—Estás fría —dijo. Miró de reojo hacia el umbral. Notó que ella no desviaba la mirada, clavada aun en él. Un gesto casi hipnótico. Excitante. —¿Quieres pasar? …Tengo café y aun me queda algo de la tarta de chocolate que compré ayer…

La pregunta había sonado extraña… no lo sería en un caso normal. Claro, normal, pero en un código que resultaba tan natural para ella como la "vida" misma que respiraba, esta pregunta… era casi…

Vital…

—No podría rechazar ésa invitación –el semblante de Ino dibujó una amplia sonrisa, denotando fugazmente el brillo nacarado de su dentadura, sólo por fracción de segundo.—…Aunque, más tarde podremos tomar la tarta y el café. Ahora estaba pensando… en otro postre.

Su mano resiguió la línea de la barbilla y los dedos tocaron ligeramente los labios. Entonces la retiró, se acercó más a él y Sai la ciñó la cintura con un brazo. Ella no se echó atrás. Contuvo el aliento. La cara de él estaba frente a la suya. Su boca descendió.

Él sintió un escalofrío por todo el cuerpo, mientras que los fríos labios de la rubia hacían presa las comisuras del muchacho, con una mesura y un tacto álgido…

… como el de un silencioso y letal depredador.


-0-

A las afueras de Konoha, bajo el helado manto de esa noche, el brillo de una luna redonda, llena y brillante como un disco de plata se perfilaba detrás de unos densos y gibosos nubarrones. El viento oscilaba entre las copas de los árboles y producía un silbido fútil, casi reverberando en medio del calmo silencio que reinaba en los alrededores del bosque.
La gélida brisa ni siquiera logró hacer mella en su desnuda piel.

El ardor, aquel incesante punzar peor que una densa migraña, acrecentaba y disminuía como una marea inconstante y peligrosa. Movió el puño derecho y el roce de la ancha cadena para maquinaria firmemente sujeta al talle del tronco le devolvió un poco de seguridad.

¿A esto hemos llegado?… se reprendió ella misma. …Una simple cadena atada a un roble…¡brillante, Sakura… definitivamente brillante!... ¿Una puñetera bala no hubiera sido más efectiva?

El aroma intenso de las madreselvas se impregnó de lleno en su nariz, con la fuerza de un ácido sofocante.

Sólo una bala… sólo eso hubiera bastado para librarte de esto…

No. No lo había hecho en aquel primer plenilunio de agosto… ahora, a casi un año desde entonces, tampoco.

Entrecerró los ojos, dejando escapar un bufido pesado, intentando ignorar sus propios y entorpecidos pensamientos. Simplemente no podía, estaba demasiado tensa como para hacerlo; la cabeza le punzaba más y el calor corporal iba en aumento. Sus músculos se ponían tensos y crujían como las tablas de una casa a punto de estallar debido a una presión interior.

La mirada agotada de Sakura Haruno se dirigió al cielo nocturno cubierto de nubarrones. La luna llena asomó la cara por detrás de un banco de furiosas nubes de tormenta.

El brillante disco blanco provocó una respuesta inmediata.

Los ojos jade de Sakura se dilataron y menguaron hasta adquirir un brillo ambarino. Su corazón latía con tal fuerza que sus oídos estaban llenos con lo que parecía la turbulencia desatada de un huracán interminable. Toda su estructura ósea empezó a cambiar de forma. Embargada por el horror, se despojó de sus raídas ropas y contempló, hipnotizada a pesar del tormento que estaba sufriendo, cómo crujían y se partían sus costillas delante de sus mismos ojos y empezaban a moverse en cascada como teclas de piano bajo su piel palpitante.

Sus tripas se encogieron en su interior y expelieron un gemido torturado de sus agrietados y sangrantes labios.

Un violento espasmo sacudió a Sakura de la cabeza a los pies. Su espalda se arqueó de agonía, como si la estuvieran sometiendo a una sesión de electroterapia, mientras que el corazón palpitaba como un tambor de guerra dentro de su pecho mientras el cartílago que lo rodeaba empezaba a quebrarse y a crujir. Los tendones se retorcieron y serpentearon, haciendo que los huesos ensangrentados cambiaran dolorosamente de posición. Las uñas de los dedos empezaron a crecer a velocidad preternatural hasta convertirse en garras amarillentas y curvadas como garfios que se clavaron en el terregoso suelo.

Su nariz se había convertido en un hocico animal de temblorosas fosas nasales. Afilados caninos e incisivos asomaban desde el interior de unas fauces alargadas.

Un rugido furioso hizo eco en medio de la brumosa profundidad del bosque.


-0-

Las caricias se habían intensificado. Ino le desabotonó la camisa con un pulso ansioso, mientras Sai se encargaba de desvestirla.

El calor también acrecentaba, y aun así, él seguía percibiendo una cierta frialdad en la marfileña piel de la rubia. Ino le cogió de los cabellos y gimió, ondulando las caderas. Hizo una pausa, conteniéndola, y empezó de nuevo, con la lengua trabajando a contrapunto en los labios y cuello de Sai, mientras él la penetraba, y ella se agarró a sus espaldas como una amazona en una tormenta; él movía las caderas con frenética lujuria. Pero incluso en medio de aquel torbellino tenía la impresión de que ella se mantenía apartada, como si hubiese algo en su interior que ni siquiera ella podía alcanzar. Creyó que la oía gemir, pero era un siseo sofocado contra su cuello y no estuvo seguro de que no fuese su propia voz.

Los muelles de la cama hablaron y entonces el cuerpo de Sai se estremeció, una vez, dos veces. Temblaba, retorciendo los dedos sobre la revuelta sábana. Ella cruzó las piernas alrededor de su espalda para que no se apartase. Sus labios encontraron la boca de él, y gustó la sal de su esfuerzo.

Las palpitaciones se acrecentaban ante un segundo orgasmo intenso. Ino sintió sus músculos temblar agradablemente, como cuerdas de arpa al relajarse… entonces, apareció el hambre.

Aquella fuerza inhumana que cernía su deseo, en el pulso sanguíneo del joven. El latido de su corazón, con ese constante tamborileo, exhausto y pausado que sólo ella podía percibir con tal claridad.

Hambre…

El instinto le había cegado. Abrió la boca, sintiendo los afilados colmillos crecer… y apresó con soberbia destreza la yugular del muchacho. Hubo un forcejeo. El cuello se abrió como un paquete de Navidad, y salió de él el brillante regalo. Sintió la sangre empapando sus labios y bebió apuradamente.

Un sabor, dulce, embriagador. La cabeza le daba vueltas.

El muchacho se estremeció y arañó el aire, tal vez no luchando con la muerte sino con la vida.

Ino empezó a beber rápidamente, un minuto, dos.

Hasta ser demasiado tarde… para él.


-0-

El frenesí menguó, hasta desaparecer…

Densas gotas de sangre escapaban de sus labios y escurrían hasta su mentón. Exhaló parsimoniosamente, con aquella saciedad y culpa asomándose en su semblante.

El cuerpo inerte de Sai permanecia poca abajo. Ahora completamente cubierto por la sábana, impregnada de sangre al igual que el resto de la ropa de cama. La hemorragia no se había detenido.

Las cosas simplemente se le habían ido de las manos… de nuevo.

Con respiración trémula y los ojos vidriosos, la mente de la joven de cabellera rubia, hacía esfuerzos por emerger la cordura en medio de aquel arrebato instintivo. Las manos le temblaban. Miró al cuerpo, enjugándose el sabor metálico del líquido carmesí se apostaba en su boca con un gusto amargo.

El cruel y sombrío despertar de la realidad.

Apoyó la espalda contra la pared, cerca de la puerta y se acurrucó contra esta, temblando furiosamente. Miró fijamente en la oscuridad y escuchó el sonido del agua que goteaba despacio en una pared.

"Vive libre", pensó, y su boca se torció con un atisbo de sonrisa. Había cierta amargura en esto. La libertad era una ilusión, en el refugio de esta tierra tormentosa.

Para Ino Yamanaka gran parte de la libertad estaba en el aislamiento, y cada vez se había dado más cuenta, de que los lazos de humanidad le habían encadenado. Al menos… si se pretendía pasar desapercibido entre éstos, era el precio por pagar.

A excepción de este tipo de "incidentes", recordó mientras sus ojos se negaban a apartar del cuerpo mutilado.

Decidió levantarse, todavía reacia a hacer lo que debía hacer.

Había pasado una larga temporada desde aquella ocasión en Kirigakure y las consecuencias habían sido más complejas de lo que podrían ser ahora, además, el riesgo de exponerse al dejarlo todo como estaba, no era una opción.

Había caído una vez más… y había que limpiar el desastre.

Sacó del bolso el teléfono móvil, mientras sus dedos aun estaban temblorosos, paseándose indecisos entre las teclas. Podría largarse, podría simplemente irse y que el servicio policiaco de Amegakure se encargase. El problema… a veces la policía podía apañárselas y encontrar la más mínima huella incriminatoria, además de que había miembros de los Clanes implicados en el sistema de seguridad y eso significaría que su padre podría enterarse.

¿Y no era ése el motivo por el que ella había estado por su cuenta, al menos en los últimos ciento ochenta y cinco años? Porque podía manejar este tipo de incidentes sola, ¿no?

Un descuido, un simple descuido… y podría exponerlos a todos.

Cerró el móvil, y lo volvió a encender. El reloj digital marcaba las dos menos veinte de la madrugada, y al parecer, la calle y sus alrededores estaban en mullido silencio.

"Un buen momento para sacar un cuerpo por la puerta del servicio", pensó con mordaz ironía. Repasaba los números en la barra de menú, indecisa, hasta que finalmente oprimió la tecla de marcado rápido.

Farmacéuticos Nara, en que pued…

—¡Shikamaru…! —Ino sintió su voz temblar, casi como un susurro o una exhalación forzada. Su atención seguía fija en el cuerpo bajo la sábana—… necesito… que vengas.

Es casi la una de la mañana, ¿Qué diablos pasa?

—Ven ¡YA!

Hubo un bufido al otro lado de la línea. Un tenue chasquido de lengua.

Dame la dirección.


-0-

Se despertó en medio de la bruma.

El sol, casi invisible en el nublado cielo, proyectaba una luz tenue sobre sus párpados. Se esforzó en abrirlos y el débil fulgor matinal se filtró entre ellos.

Sakura se incorporó, sintiendo dolor con cada movimiento. Los músculos palpitaban todavía, olió aire fresco, pero aquel olor le produjo en su cerebro un tic-tac y un zumbido como los engranajes de un reloj de bolsillo. Le dolía todo: la cabeza, la espalda, la rabadilla. Todo. Trató de ponerse en pie, pero la espina dorsal protestó.

Siempre tomaba un tiempo, diez… o quince minutos, casi eternos, en los que cuerpo y conciencia volvían a concordar al punto de partida, al original estado humano. Un momento estático y pausado, como despertarse después de una airada pesadilla.

Excepto, claro, que no había sido una pesadilla. Aquello había sido tan real… como los surcos de sangre en las puntas de sus dedos y en su boca.

Sangre que no era suya.

Se sentó, con los sentidos aturdidos, y se llevó la mano al hombro izquierdo. Los dedos encontraron costurones de carne rosada, y unas cuantas costras se desprendieron de la piel y cayeron al suelo, junto a un trozo desencajado de la cadena.

Pequeños sarcillos de ésta estaban desperdigados… igual que un bulto amorfo. Trozos de carne y huesos esparcidos a su alrededor como piezas de un gran rompecabezas. Pedazos de algo que parecía haber tenido cuatro patas.

… un ciervo, tal vez.

—Rayos…

Se cubrió la boca intentando ahogar una arcada. Respiró pausadamente, intentando alejar el asco y las náuseas provocadas por el recuerdo de aquel repugnante banquete.

Le dolían las rodillas y pensó que debía ponerse en pie antes de seguir adelante. Lo intentó. Si los huesos tenían nervios, éstos estaban inflamados. Casi pudo oír chirriar sus músculos, como los goznes de una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada. El sudor le cubrió la cara, el pecho y los hombros.
Al menos no había despertado como el mes pasado, en medio del cadáver parcialmente engullido de una res.

Los vestigios de sus ropas yacían entre la hierba. Afortunadamente todavía podrían cubrirle decorosamente, al menos mientras se las arreglaba para caminar hasta el límite noroeste.


-0-

¿No podrías… haberte contenido? —la voz de Shikamaru sonaba pesada. Mientras que arrojaba el cubrecama en una de las bolsas pre etiquetadas con el emblema de desechos de la farmacéutica.

Ino se había quedado inmóvil, con los brazos cruzados y la espalda apoyada contra el marco de la puerta de la alcoba del occiso.

Lo último que necesito ahora es un sermón tuyo… —Ino resolló, sin mirarlo a él… ni al embalaje que contenía el cuerpo.—… un simple incidente y ya.

El semblante de Shikamaru, un muchacho cuya edad aparentaba un par de años más que los de la joven rubia, se ensombreció con ademán represivo.

Cosas como esta, nos costarían otro lustro en la oscuridad, si es que alguno de los jefes de Clan se entera.

La chica ignoró el regaño.

Como si tu nunca hubieras tomado un "bocado al natural". Vivir a expensas del banco de sangre es como respirar aire artificial.

Cuatro siglos de diferencia y sigues actuando como una princesa caprichuda, Ino… —el joven, de cabellera castaña, atada en una coleta, le escrutaba fijamente. Ino eludió el contacto visual.— Estás arriesgando mucho… llamar la atención no es lo más práctico para nosotros. Los humanos son demasiado quisquillosos y eso es problemático de lidiar…

Los humanos son nuestro alimento… — dijo sencillamente, como declaración de un profesional en el campo de la vida y de la muerte.

Ino…

Tal vez hubiese un poco de razón… siempre la hay, aun en medio de la locura, siempre la hay. Una vez más, sus recelos con respecto al futuro penetraron en su consciencia.

Ino…

Y de nuevo aquella peculiar idea rondaba en su mente…

—¡Ino! –la voz la sacó de sus pensamientos.

Ino Yamanaka volvió la vista hacia el vidrio. Había empezado a lloviznar y la difusa película de lluvia y la contextura polarizada del vidrio, sólo permitía apreciar una silueta encorvada frente a su puerta. Bajó sólo una minúscula parte del vidrio, y se encontró con el brillo circunspecto de unos orbes color jade.

—Voy…—La rubia refunfuñó a modo de respuesta. Cerró la ventanilla y estiró el brazo hacia la puerta del copiloto quitándole el seguro.

Se quedó en silencio, mientras Sakura se sentó, casi desplomándose en el asiento. Ino le miró de reojo, desde los pies cubiertos de barro, los magullados retazos de ropa hasta los revueltos cabellos rosáceos. Aun sin arremeter sílaba alguna, le alcanzó la mochila con una mano, mientras que la otra tamborileaba desenfadadamente sobre el volante.

Yuck… —la rubia masculló, con aire solazado.

—¿Que?

—Apestas a perro mojado.—rió lacónicamente.

Sakura enarcó una ceja.

—Pues tú no te ves precisamente fresca como lechuga –bufó.

Ino encendió el motor y éste brumó copiosamente, al menos hasta que echó a andar. Se miró por el espejo retrovisor, notando el exiguo reflejo de sus facciones, más pálidas y un sombreado nada favorecedor bajo los ojos. Podía haberse visto peor si no fuese por la peculiar "cena" de anoche. Claro, las ojeras y la macilenta palidez eran un pequeño precio a cambio del desgaste de energía al cazar a una víctima en vez de simplemente succionar los embolsados congelados del hospital.

—Huum… los hombres de aquí son un lío —suspiró a modo de respuesta—… en cambio, en Konoha…

—No pienso volver a Konoha, gracias.

Ino había avistado aquel aire de frustración reprimida en el semblante de la chica de cabellos rosas, mientras habría una botella de agua y bebía ávidamente.

Bueno, al menos no está al borde de la histeria como el mes pasado, pensó con cierto alivio.

Sakura apoyó la nuca contra el respaldo, mirando hacia el techo.

—Creo que me tomaré el día…

—Sabes, hay una manera mejor de hacer esto. —enunció Ino. —Aparentar…

—¿Aparentar qué? ¿Ser normal? —Sakura se pasó una mano por la frente, sin siquiera mirarle.—Deja de bromear, no estoy de humor.

—Bueno, no tendrías que salir corriendo al bosque y…

—Claro, estoy segura de que a la gente de la calle no le haría mucha gracia que me transformara delante de ellos, ¿verdad?

—Hablaba del departamento —la rubia le contempló recelosamente.

—Oh claro, que gran idea… —arguyó Sakura con una sonrisa forzada y en tono escueto—…celebraremos la luna llena e invitaríamos a los vecinos para comérnoslos.

—Hablo en serio… —susurró—Podríamos cuidar una de la otra como gente normal…o al menos tratar de disimular estos… "inconvenientes". Vamos, más de uno consideraría anormal el tener que salir corriendo al bosque en noche de luna llena con una cadena en la mano, o tener la nevera a tope de empaques de sangre… —había aminorado la velocidad en cuando llegaron al entronque con la carretera central de Ame, dejando atrás el camino rural que lindaba con el bosque. Vagamente, recordó parte de la escueta conversación que había tenido con Shikamaru anoche… y en parte de lo que odiaba admitir, es que tal vez tuviese un poco de razón. Algo que tanto ella como Sakura tenían en común— ¿No te has cansado de vagar? ¿De correr de motel en motel y no tener un techo fijo al cual volver?

—Habla sólo por ti, ¿quieres? –en ademán desafiante, Sakura se cruzó de brazos— ¿Cómo cuatro paredes van a ayudar… con "esto"? –señaló con la vista hacia sus desgarradas ropas. Suspiró, dirigiendo su atención hacia el exterior.— Además apenas y tengo para cubrir el alquiler de este mes…—volvió a mirar hacia el techo—…Chiyo-sama va a matarme.

—Culpa tuya por rentar ese maltrecho piso sobrevalorado en una de las zonas más cutres de la ciudad. Deberías cambiarte al turno nocturno, pagan un poco más…

—Creo que lo sabe…—Sakura pensó en voz alta—…de alguna manera. Siempre se me queda viendo fijamente y…

—¿Y qué? –rió Ino a modo de sorna—¿Qué si no le pagas la renta de este mes te lanzará su vajilla de plata? Oh vamos, estás algo paranoica. –volvió a bajar un poco la ventanilla para despejar el vapor que la empañaba.

—Si la conocieses pensarías lo mismo.

—Si la conociese la hubiera usado de aderezo —chasqueó la lengua, dubitativamente—Aunque la sangre añejada no es mi favorita. —notó a Sakura hacer una mueca ante esto último, con un aire un poco más animado—Cámbiate al turno nocturno y podríamos ver lo del departamento este fin de semana.

La chica de cabellos rosas exhaló.

—Tendría que faltar dos noches al mes. –dijo.

Tres en junio… maldito año bisiesto.

Ino se alzó de hombros.

—Cambio los turnos de guardia diurna y listo. Ventajas de ser residente y no una simple pasante —dijo presuntuosa.

Sakura se había quedado en silencio, contemplando las densas gotas de lluvia desparramándose contra el vidrio. La idea de compartir un piso con un alguien en estas circunstancias le provocaba un leve ataque de sudor frío. Había conocido a Ino desde septiembre del año anterior, justamente tres meses después de aquel verano de pesadilla en que su vida se había convertido en un infierno y había terminado casi escapando de Konoha, como un convicto que huye de la justicia. Y aunque Amegakure estaba moderadamente urbanizado –con todo y las interminables lluvias, el casi inexistente sol y sus fangosos bosques-, había una mar de diferencia con las comodidades de la capital del País del Fuego. No le tomaron precaria investigación cuando dejó su solicitud en el Centro Médico como lo habrían hecho en Konoha y le habían asignado el horario vespertino inmediatamente.
Esa misma semana, una tarde en la que el horario se había alargado a causa de dos transplantes de emergencia, había terminado casi al ras de la noche y coincidiendo con el odiado plenilunio; salió corriendo como alma que lleva el diablo, sin avistar que alguien le seguía. Al día siguiente, al despertar, en medio de un desgarbado terregal y la punzante resaca, se había encontrado con la silueta de la rubia, en su típica ufana actitud y sosteniendo aquella sombrilla con la que le había visto salir repetidas veces a la calle. Ino Yamanaka estaba silenciosa, ahí, contemplándola con el mismo aire de soslayo con el que lo hacía en el hospital y la seca frase de que "entendía perfectamente". Entonces para Sakura todo tuvo un leve sentido: las bolsas de sangre que había visto sacar de la bodega, la sombrilla y suéteres con capucha con los que siempre llegaba antes de ponerse el obligado uniforme … y el hecho de que nunca le había visto comer sólidos, ni un simple onigiri.

"Los miserables buscan a otros más miserables para sentirse felices"

Bien podría hacer caso al adagio.


-0-

Aoba Yamashiro había vuelto a abrir el archivero. Su mano sostenía el folder correspondiente a la documentación, datos y fichas de identificación del joven fallecido que yacía en la plancha de examinación. El cuerpo desnudo estaba cubierto hasta la cintura por una sábana tan blanca como su piel. El rostro había sido "arreglado" dejándolo en una expresión neutra. El desgarre de la carótida y los tejidos del cuello también habían sido suturados, dejando sólo una fina línea que iba desde la yugular hasta la base del cuello.

—No hay como un trabajo discreto hecho a la antigua –sonrió Aoba, mientras se reacomodaba los lentes.

Volvió a abrir la carpeta, y desprendió el post-it que indicaba las causas de muerte, re-escritas por el pulso de Shikamaru Nara. Aquella misma madrugada, había recibido la noticia de parte de éste y el inquisitivo favor que necesitaba de él.

Seguramente en circunstancias normales –normales por el hecho de no tratarse de ningún miembro de La Familia- habría relegado el caso a alguna otra persona o simplemente, no habría tomado la llamada. Pero tenía ciertas deudas de honor tanto con los Nara como los Yamanaka, y a pesar de los años, eran acuerdos que deberían respetarse. Hubiera guerra o no. Además, el factor de la vigilancia por parte de las autoridades de Amegakure también era una carta que debería de cubrir, si querían conservar su trabajo y su "vida".

Exhaló un suspiro de hastío y revisó la documentación forense, la cual había terminado de llenar.

—Shock hipovolémico… —releyó—Hora de la muerte; Una y media A.M. –dejó la carpeta de nuevo sobre el escritorio, para el momento en que llegasen los investigadores forenses. Se quedó mirando el cuerpo—…Pobre bastardo.

El teléfono sonó, y Aoba tomó el auricular cautelosamente.

—Oficina Forense de Amegakure… —hubo una pausa, hasta reconocer la voz al otro lado de la línea—… Danzo-sama –Aoba se aclaró la garganta—¿en qué puedo servirle?

—Yamashiro-san, me han reportado que solicitó un formulario de defunción.

Aoba tragó hondo. Esto era uno de los detalles que no esperaba, al menos no con un caso tan insignificante como ese.

—Si, pero, no es algo que debería preocuparnos. Tengo los papeles y el llenado autorizado por Nara-san.

Escuchó al hombre proferir un gemido desaprobatorio.

—Lo que me interesa saber, es ¿porqué no fui informado?

—Es un asunto muy trivial, un simple servicio de limpieza que…

—Enviaré a Torune Aburame a supervisar. –finalizó el hombre, con un tono abrupto y seco.

Colgó, dejando a Aoba con el resto de la frase en el aire. Se sentó en el borde del escritorio, con los brazos cruzados y una reciente preocupación en la mente.

—Mierda…


-0-

La noche había caído. ¿Qué había sido del día? ¿Había estado durmiendo todo este tiempo? ¿Dónde estaban los demás? ¿Padre? ¿Hanabi? ¿Neji?

Las preguntas se agolpaban en su mente y su cuerpo… ¿por qué se sentía tan repentinamente helada?

Hinata Hyuuga abrió los ojos repentinamente, sintiendo un helado frío en la nuca, como si hubiese estado un buen rato de espaldas delante de un ventilador. El aliento y el ritmo de su corazón se notaban casi inexistentes, con una especie de sopor similar a un sueño pesado.

Una oscuridad absoluta impregnaba la habitación y las ventanas estaban cubiertas por unas telas de loneta, sin permitir ni un vago rastro de luz del exterior.

Andó hasta el switch, percibiendo que sus pasos eran lentos. De nuevo, el mismo frío en la nuca, haciéndole reajustarse las mangas de su suéter. Llegó hasta el interruptor, alargó la mano hasta éste… y simplemente se deslizó.

Los dedos se resbalaron sobre éste, sin tocarlo.

Atravesándolo.

—¿Q…que?

Miró su mano. Normal, real

¿Estaría soñando?

Un ruido la sacó de sus conjeturas. Alguien estaba en la casa, en la sala. Oía pasos y la llave de pretil de la cocina al abrirse. Salió de la habitación y bajó las escaleras. No hubo eco en sus propios pasos, ni siquiera por bajar a prisa; y se detuvo abruptamente en el descansillo.

Entonces lo vio. Allí, frente a ella, con aquel traje caqui que solía llevar en las reuniones de la empresa. El mismo traje que llevó puesto la noche en que su padre anunció el compromiso con ella.

Neji estaba de pie, con una máscara de indiferencia impregnada en sus marfileñas facciones, y sus ojos perlados estaban contemplándole… o al menos eso parecía, hasta que se dio la vuelta hacia la ventana que comunicaba al patio.

—¿Neji-san? —Hinata le llamó y éste pareció no escucharle. Alzó la voz.— ¡Neji-san!

El muchacho de cabellera castaña, larga y lacia, no se inmutó en lo más mínimo. Salió al patio y regresó casi de inmediato, cerrando la puerta y echando el cerrojo. Se adelantó hasta la sala, balanceando las llaves en una mano. Inclusive… podría jurar que musitaba algo. Hinata se quedó inmóvil, viéndole ir y venir de la sala a la cocina, notando entonces que todo el edificio estaba vacío. Fue a la sala, que ahora no era más que un amplio espacio. Las paredes recubiertas por el aburrido tapiz verde estaban desnudas. Los muebles, la alfombra, los portarretratos familiares, los libreros… todo, todo se había ido. Esfumado como por arte de magia.

—Mi casa… —Hinata corrió hasta Neji— ¡Neji-san! ¿Qué pasó con…?

Su pregunta quedó interrumpida y sin respuesta, en el momento en que el joven se dio la vuelta, pasando a través de ella.

El contacto fue incorpóreo, como pasar a través de una bruma de vapor.

Él apagó las luces de la sala y de la cocina, y la casa volvió a quedar nuevamente al abrigo de la oscuridad. Se quedó un momento quieto en el umbral de la entrada, mirando hacia el interior. Hinata notó un destello cristalino en los orbes de él. Nuevamente, pareciese que estuviese mirándola a los ojos.

—Hinata-sama… —su voz sonó parsimoniosa, y austera. Pero no se dirigía a ella, no la veía a ella, y menos la había escuchado. Era un lamento entrecortado, un suspiro personal—…lo siento mucho.

—Neji…

Cerró la puerta. Los dos seguros y el pestillo crujieron, como si fuese el estremecido eco de un cofre o...

Un… ataúd.

La voz de la joven se rompió en un sollozo fútil y silencioso. Un llanto que acrecentó y que nadie escucharía.


CONTINUARA


N/A:

Y seguimos con la maquinaria andando, como se diría ufanamente. De nuevo, si no fuera por la accidentada señorita Yoru y mi maridito BRONY no habría seguido con esto. Y NO PENSABA SEGUIRLO, si no fuera por ellos...

NaruHina, si, pero LENTO, me tomaré mi tiempo, así como con el ItaSaku de Rosa de Dos Aromas... aqui habrá más subtrama que otra cosa, y no escatimaré con el lemon y la sangre... si, soy una cosa masoquista. Lo sé.

Gracias por tomarse la molestia de leer y si comentais, será como una galletita de chocolate para esta autora :3

NOS LEEMOS EL VIERNES!