Viernes! y ya estamos en línea con nuestra nueva NARU-SERIE! (yay), antes que nada muchas gracias a Kusubana-Desaparecida-Yoru, Kaio-brony :D y Kristanza "me conecto cada año jashinista" Ubriacco por las lecturas :) y a todos y todas por leer y comentar...
Comenzamos!
Cap. 3. "Cuando el pasado nos alcance"
El aire se había tornado frío, casi, casi tan gélido como la mirada sostenida por Anko Mitarashi. En un gesto circunspecto proyectado en las azules pupilas de Ino, ésta habló, con un tono renuente.
—Mitarashi-san… —su boca casi escupió las sílabas—…que agradable sorpresa. Sobretodo fuera de turno.
Una sonrisa cancina emergió de los labios de Anko. El fugaz brillo de su dentadura pudo percibirse momentáneamente.
—La sorpresa es que hayas vuelto –dijo aquello último con parsimonia.
Ino parpadeó, intentando eludir aquel duelo visual y feroz.
—No sé a lo que se refiere.
—Oh, ¿en serio?... Porque Aoba me dijo, que ese pobre muchacho había quedado más que irreconocible…—Anko cruzó los brazos, desafiándola a contradecirla.
—Eso no era su asunto. –replicó la rubia en un vago murmullo—. Fue hace casi tres semanas… cuatro. Para el caso, ya debería haberse olvidado todo. –Insistió—Shikamaru dijo…
—No creo que sea tan fácil. Vinieron a buscarte ayer en la mañana…—Anko pareció sonreír más ante esto último—…el chico era de Konoha, asi que con cerrar el expediente de defunción de Ame no iba a bastar. –Hizo una pausa—eso es algo que ni Nara-san había pensado, ¿o si?
—Un simple detalle que…
—Que te incriminaba totalmente –completó Anko, alzando la voz. Bajó el tono, abruptamente—…pero descuida, todos tenemos nuestras fallas. –espetó una risilla burlona—Yo también prefería los bocadillos "importados"… Además, ¿De qué sirve ser inmortal si te niegas los placeres sencillos de la vida? –caminó hacia uno de los ventanales. La oscuridad menguaba por uno de los faroles del exterior—Es parte de nuestra naturaleza.
Ino dejó escapar un suspiro de impaciencia.
—No voy a volver… Anko-sensei –dijo con aplomo y el término, que en años anteriores había sido casi un título de respeto y obediencia, ahora sonaba como un simple y mero despectivo.
Una ira, antigua y profunda había emergido en su mente. Las imágenes empezaron de nuevo a sucederse; ventanas rotas, cuerpos en tensión, gritos de agonía…sangrientas escenas seguían congregándose como un grupo de morbosos mirones que estuvieran contemplando un accidente.
No voy a volver…
—Lo que ocurrió con Sai… —apartando aquellos recuerdos de muerte, Ino le encaró—…fue un accidente.
Anko asintió con un tono digno de alguien que intentase solidarizarse con ella. Mera y vil hipocresía reflejada en sus orbes gris oscuro.
—Lo sé, a todos nos pasa. –dijo diletante—En algún momento, entre el desayuno y la cena una puede perder el control. –su voz bajó a un tono serio—No fue tu culpa –sentenció—. Llámalo… ley de vida si quieres.
—Eso se acabó.
Anko pareció incómoda por un instante, y luego adoptó un aire de divertida incredulidad.
—Claro, te está yendo bien con tu nueva "dieta" del banco de sangre, ¿o me equivoco?—su mano se deslizó hacia el hombro de Ino, ésta le apartó bruscamente. Se alejó apenas un par de pasos, cuanto ésta le detuvo—¡Ino! –apremió a la chica que estaba inmóvil delante de ella.—Más de doscientos años bajo mis órdenes y no tienes ni la mínima cortesía… —las delgadas líneas que conformaban sus cejas, se arquearon en un furtivo gesto de severidad. Chasqueó la lengua en tono desaprobatorio—Todos están preocupados por ti.
—¿Desde cuándo les preocupan los exiliados? –replicó Ino en respuesta. La paciencia de la mujer de oscuros cabellos iba en aumento.
—Desde que exponen a riesgo a todos. —la voz de Anko resolló con un fugaz eco.
Ino sacudió la cabeza como si aquella última frase fuera un completo absurdo. ¿Acaso ella la única que había puesto en evidencia? Conocía a Anko, más allá de los servicios en batallas, antes, mucho antes de que el País del Fuego se industrializara y sabía perfectamente que si existía alguien en este mundo que no podría recriminarle nada era justamente ella. No podría echarle en cara las atrocidades de aquel oscuro pasado simplemente porque habían sido ordenadas por ella misma… por aquella a quien consideraba como su maestra.
Ino sospechaba desde hacía mucho tiempo que Anko había servido a los Clanes sólo para ascender de posición. En una organización jerárquica basada principalmente en la antigüedad, una reputación de sobreviviente de guerra proporcionaba un atajo bastante eficiente a los escalones superiores de la sociedad vampírica. La muerte del traidor Orochimaru le había hecho famosa y, al menos por lo que Ino sabía, desde entonces había avanzado a lomos de ese triunfo. Para su perpetuo asombro, Anko carecía de toda paciencia para cualquier cosa que interfiriera en sus hedonísticos entretenimientos, y eso incluía evidentemente a esta improvisada reunión.
Habían dicho cosas… decían cosas, y ella misma las escuchó de boca de Shikamaru. Leves rumores que habían comenzado a inquietarle.
—Entonces es cierto, ¿verdad? ¿Necesitan ayuda con el plan de reclutamiento para lo que sea que traen entre manos…?
—Nadie planea nada.
—Shikamaru me lo dijo, han estado reportándolo todo a Danzo-sama y el cuerpo de Sai se lo habían llevado después de la autopsia. ¿Cómo explicas eso?
Anko aspiró hondo para contener su temperamento.
—Sólo eres una chiquilla… ¿Qué podrías saber de todo esto? Sólo te la has pasado cumpliendo tu jodida voluntad en los últimos años… haciendo lo que te viene en gana a riesgo de traicionarnos. Ahora entiendo las prioridades de Inoichi…
Y puso el dedo en la yaga.
—Eso no es tu asunto. Déjame en paz. —anunció Ino con tono helado, antes de darle la espalda a Anko y salir del pasillo dando un portazo.
¡Ojalá Asuma volviera a estar entre nosotros!, pensó con ansiedad y con una expresión neutra en el rostro que ocultaba una creciente aprensión. ¿Cómo es posible que nuestra seguridad y nuestro futuro dependan de una ególatra insufrible como Anko?
Acaso envalentonada por el silencio en el pasillo, Anko no pudo evitar mofarse un poco.
—Ino… —su rostro pétreo nuevamente mostró una sonrisa lacónica—…¿Hace frío afuera, sin nosotros, verdad?
Ino no respondió.
—0—
La distancia que existía desde Konoha, la capital del modernizado Pais del Fuego, hasta la desolada zona de Amegakure comprendía más de ciento ochenta kilómetros. Un viaje de ida por lo general comprendía de tres a cuatro horas, si se tomaba el tren. Y si se iba en auto, había que sumarle una hora por el peaje de Kusagakure.
Konoha tenía más comercio, más población… más hospitales; Ame sólo era un austero poblado húmedo y desprolijo y con el peor sistema de salud del lado oeste del País del Viento; entonces, ¿porqué simplemente tenía que encontrarle allí? Justamente allí.
—¡Por Kamisama!… —con un ánimo totalmente distinto al de la chica de cabellos rosas, Naruto aprestó a voz en grito—¡No creí encontrarte aquí, Sakura-chan!
Saliendo de su ensimismamiento, sólo pudo responder con un murmullo.
—Bueno, supongo que el mundo es realmente pequeño…–Sakura desvió la mirada de los azules y atentos orbes de Naruto, eludiendo todo contacto visual—¿Me has estado buscando?
El muchacho apremió con una escueta risa.
—Je, no…—se detuvo abruptamente—…Estamos aquí porque mamá ha pillado un mareo por lo de su diabetes; no es nada grave, le darán de alta mañana. —Se pasó una mano por detrás de la nuca—. Íbamos de paso para llegar a Kusagakure y… —bajó el rostro, tratando de encontrar la mirada de la joven—, te encontré aquí. —exhaló—Ha sido tanto tiempo…
Él la estaba mirando detenidamente con una expresión tan sinceramente perpleja que ella experimentó como una oleada de su culpa intentaba salir de su propio silencio.
—Un año –musitó Sakura. Bajó la mirada y se cubrió súbitamente el rostro con las manos. Sus palabras sonaban amortiguadas—He estado muy ocupada, eso es todo.
La sonrisa exagerada de Naruto se contrajo en un gesto más relajado.
—Te he echado de menos, dattebayó. –Aun antes de que ella pudiese proferir algo, él acentuó, con ese habitual e hiperactivo aire de decir mil y un palabras a la vez, aquella emoción tan eufórica y típica de él—¡Kami! ¡En cuanto se entere Kakashi sensei! Todos en el hospital han estado preguntando por ti desde entonces…
—Naruto, no…
—¡Y en el Ichiraku! ¡A Ayamke-nechan le dará gusto saber que estas aquí…!
—¡Naruto!
—…y Sasuke…
—¡Naruto! ¡Basta!
Su voz, pese a aquel grito exasperado, será un murmullo sordo. Miró fugazmente a Naruto y volvió a bajar los ojos.
Aquellas preguntas, aquellos nombres, dolían más que cualquier otra cosa, dolían mucho más de lo que ella hubiera podido creer. El sentimiento de culpa y el miedo volvieron de nuevo en una especie de transparente y abrumadora ola.
—Perdona…—susurró Naruto, con la mirada ahora clavada en el blanco linóleo. El muchacho rubio se volvió hacia ella, sin tener ni la más remota idea de lo que debía decir.—Es sólo que, estuvimos preocupados. Yo me preocupé, han pasado meses en que nos preguntábamos si estabas siquiera viva o no se… ¿Cómo… ¡¿cómo puedes no decirle nada a la gente que te quiere?
Aparentar, claro, aparentar. Y así todo hubiera resultado menos dramático; pero no fue así. Ni sería así, Sakura… ni ahora…ni nunca.
—Les dije que no se preocuparan por mí.
—Si, yo leí tu nota…—las palabras brotaron con un dejo sombrío, un recelo dolido. —Sólo… sólo dime lo que te está pasando, ¿por qué te fuiste así de pronto? –preguntó amargamente.—Si hubieses visto lo furiosa que se puso la vieja Tsunade cuando se enteró…
La epifanía se perdió en una exasperada cólera de baja intensidad. "¿Por qué?", era la pregunta del chico. Su origen se perdía en aquel vago intento por mesurar las cosas. Disimular… ocultar lo que había ocurrido tras aquel infernal verano…
—No lo entenderías. –respondió cortante.
—Sakura-chan…
—¡No!...no lo entenderías, Naruto.— hizo una breve pausa de un segundo escaso, percibiendo el peso de la idea— Es…complicado.
Él volvió a negar con la cabeza.
—Sakura, nos conocemos desde la preparatoria, ¿Qué es lo que no entendería?
Tenía que cortar, dejar el tema… ¿qué podía explicar al respecto? Ella nunca lo hubiera creído, si no le hubiese pasado encarne propia. ¿Naruto podría creerlo?
No. Simplemente no… y si llegara averiguarlo…
No era una idea nueva a estas alturas porque los últimos veinte minutos habían sido los veinte minutos más largos de toda su vida. Al principio, había experimentado pánico... el crudo y agitado pánico de un pájaro atrapado en un garaje. La idea se le había ocurrido en caracteres cursivos, seguidos de puntos exclamativos como los de las historietas ilustradas: ¡Va a descubrirlo! ¡Lo hará! ¡VA A ENTERARSE!
Pero conocía a Naruto… lo conocía demasiado bien.
El pánico había sido sustituido por un sentimiento de culpa. El terror había sucedido al sentimiento de culpa. Y después se había instaurado una especie de apatía fatalista al tiempo que se iban cerrando suavemente ciertos circuitos emocionales. La apatía estaba teñida incluso de cierta sensación de alivio. El secreto al menos continuaba velado.
—Te he extrañado, en serio… pero necesito que no le cuentes a nadie que me has encontrado aquí, por favor
—¿Y qué se supondría que debería hacer? ¿Fingir que no te he visto y que esto no pasó? Tu sabes que yo no puedo, dattebayó.
Ella se apartó el cabello de la frente y asintió. Su rostro estaba pálido y macilento. Se observaban unas zonas de piel de color púrpura bajo sus ojos. Él sabía del desgaste de trabajar como médico interno, sabía de lo mucho que le estresaba un horario completo, sin embargo, nunca la había visto tan demacrada… y aquel brillo en sus ojos…
—Por favor, Naruto.
Él simplemente asintió… mientras le miraba alejarse por el corredor hacia el área de cuidados intensivos.
Alejándose de nuevo, apartándose de su vida… igual que hace un año.
—0—
El silencio pesaba, pero por alguna razón, ya no le abrumaba como antes.
Hinata había estado inmóvil frente a la ventana, un lapso de casi una o dos horas… ¿acaso había que saberlo con exactitud? El cuerpo simplemente había dejado de mostrar resquicios de cansancio hacía mucho tiempo atrás, así que el tiempo iba y venía sin que ella lo notase. La luz del día o el ocaso de la tarde era el único reloj que necesitaba.
Avanzar. Ir adelante. Dar el siguiente paso.
Ya sea el término o frase que fuese, el significado era el mismo; y éste se había quedado fijo en su mente desde que Ino se lo había interrogado.
Bueno, muerta ya estaba… ¿Qué era lo que seguía en la línea de tiempo?
Oh, claro… avanzar. ¿Avanzar a dónde?
—¿Tenías algún asunto pendiente o algo… que hubieras debido hacer antes de morir?—había preguntado Sakura esa misma mañana y con un modo desenfadado pero conciso.
Hinata negó en silencio.
La boda, eso fue lo primero que pensó, pero en lo sucesivo y con la lógica de las circunstancias, ni siquiera ella misma lo consideraba un asunto pendiente. Era un compromiso arreglado, de todas maneras. Y Neji-sama…
Neji…
Su mente se detuvo ahí, dudosa, mientras intentaba encontrar algún punto lógico. No le conocía, no más allá de tres cenas formales en el sofocante ambiente de los negocios. No hubo un intercambio de palabras que no fuesen los saludos obligados; no había nada más…
Hanabi le conocía mejor, recordó con pericia debido al carácter ufano y liberal de su hermana menor.
No, Neji no podría ser ese amarre que le tenía encadenada a una casa que ya no era suya… ¿o sí?
¿Hanabi?
Tampoco. Y esa respuesta salió al momento, sin rebuscarlo mucho. Hanabi era independiente, activa, desinhibida y orgullosa; casi como la otra cara de la moneda a comparación con ella. Le restaban un par de semestres en la facultad de Leyes y estaba más que preparada para hacerse cargo del negocio familiar… si es que se lo hubieran pedido.
Pero no lo hicieron, su padre la había puesto a ella. Su madre, antes de fallecer también tenía sus prioridades puestas en su primogénita y ahora, que ya no estaba, lo más seguro es que todas aquellas obligaciones hayan recaído en hombros de Hanabi Hyüga.
Tampoco era un asunto pendiente.
¿Entonces?
Un viento frío volvió a darle de lleno en la nuca. Su atención quedó fija en la puerta que daba hacia la calle y de momento le vino la duda respecto al tiempo que había pasado cavilando silenciosamente frente a la ventana.
Estaba oscuro, demasiado. Lo más probable era que pasase de las dos de la madrugada. Sabía que Ino y Sakura regresarían después de las cinco, y tal vez pudiese olvidarse un poco del silencio sofocante que invadía la casa.
Era agradable tener con quien hablar, al menos esta última semana había notado lo mucho que ayudaba el no sentirse como una relegada sombra en la pared. Ayudaba a…
Avanzar.
Ahora la idea se le antojaba menos depresiva.
Seguía con la mirada clavada en la puerta. En la cerradura. ¿Hacía cuanto que no salía? ¿Cuánto tiempo llevaba en aquella casa, entre aquellas mudas paredes?
La respuesta cayó al instante. Nunca había salido desde que murió.
¿El hecho de haber muerto en tu propia casa, significa que debas quedarte prendada en ella como si fueras un ladrillo más o parte de la tubería?
Se detuvo delante de la puerta. Alargó la mano hacia la manija. La leve idea seguía fija en su mente, despertándole una curiosidad inusual.
Avanzar.
La mano atravesó el picaporte con la ligereza del aire o del vapor. Había visto aquello anteriormente y aun así, el efecto le seguía provocando un cierto estupor.
¿Cómo era entonces que alguien en su actual condición podía mover cosas?
Volvió a extender la mano, y esta fue más allá de la cerradura.
No había peso ni textura, pero si un frío constante, como sumergir la mano en agua congelada a punto de hielo. Las puntas de los dedos traspasaron el metal del cerrojo, la madera; sintiendo un vacío estremecedor.
¿Y si no había nada más allá de la puerta?
Era una pregunta ilógica. Ella había visto el exterior, las calles, la gente a través de las ventanas, sin embargo, ¿no era también ilógico el que ella estuviese etéreamente presente en su casa, después de morir?
Media mano había desaparecido ya a través de la caoba de la puerta, sin tocar nada más que el absorbente y gélido viento.
El miedo emergió de nuevo.
—0—
El tono de marcado quedaba suspendido. Ino respiraba irregularmente, mirando de fijo los números en el aparato.
El vago recuerdo de su esencia aun pesaba en su boca, cómo esos condimentados sabores que se negaban a desaparecer. Su sangre… su piel…
Sai.
"Era un accidente", se decía mentalmente, con un forzado intento de convencimiento.
…Nadie te culpa, después de todo es NUESTRA naturaleza…
Las palabras de Anko resonaron en su mente, crudas como el recuerdo de una ventisca.
—¿Desea que le comunique a la línea local de Konohagakure? –la casi mecánica voz de la operadora le volvió a la realidad.
—Si, por favor. –dijo sintiendo su voz extraña e inaudible. Sus dedos se paseaban nerviosos sobre la arrugada notificación, rescatada de una de las paredes del hospital.
—¿Tiene el número?
Los ojos de Ino quedaron fijos en los orbes del muchacho de la fotografía. Aquella versión a blanco y negro impresa de Sai le contemplaba… le incriminaba…
—¿Señorita?
¿Qué vas a hacer… Ino-san?, su mente parecía escucharle. Su voz grave y seca…como si él estuviese junto a ella. "¿Qué vas a hacer?... Sabes, notificar mi muerte a manos tuyas sería muy educado, Gracias…"
—¿Hola?
Colgó, dejando caer el auricular como si éste hubiese sido un rayo de sol sobre su desnuda piel. Ino se pasó una mano por la frente. Dejó caer la hoja y se pasó ambas manos por el cabello. Seguía experimentando aquella sensación de punzada y jadeo. Experimentaba miedo, dolor y confusión. Pero, de entre aquellos tres sentimientos, la emoción que más le dominaba y abrumaba era la de una culpa terrible.
Dos horas antes había estado en su despacho en la el área B de urgencias refunfuñando con uno de los internos de guardia acerca del pésimo llenado de fichas de ingreso; vio a Sakura pasar por su lado, e Ino le había dicho que regresaría tarde. Sakura empezó a preguntarle por qué y por qué hablaba de aquella manera tan extraña. Ella le dijo que estaría en casa antes del mediodía.
Eran las dos y media del día, y estaba de pie, delante del umbral de la puerta, balanceando nerviosamente las llaves en una mano.
Ahora pretenderás que nada paso, Ino-san… la voz de Sai se negaba a apartarse. Tal y cómo lo hiciste estas últimas semanas…
¡Basta!
Entró con el ánimo de un desahuciado, dejando que la inercia de la puerta se ocupase de cerrarla y dejando caer el bolso sobre la mesita que había junto a la pared.
—Ya vine… —sus palabras reverberaron con un eco en la vacía casa.—¿Hin…?
Apenas había intentado llamarle, cuando le encontró, arrinconada nuevamente en el filo de la escalera.
—¿Hinata?
Muy suavemente, oyendo todavía el temblor de su propia voz, ella reveló todo lo que era significativo, escupiéndolo como si fuera una horrible medicina demasiado amarga como para poder tragarla.
—He intentado marcharme… de verdad que si… —musitó, con una voz que se desvanecía entre un llanto reprimido—He estado delante de la puerta, casi, casi paso del umbral… pero no puedo dejar de pensar que si salía, fuera de esta casa… ¿y si desaparecía, asi… sin más? ¿Y si no pudiese volver… a encontrar el camino de vuelta a casa?
Bajó la mirada y se cubrió súbitamente el rostro con las manos.
Ino no supo que decir… ni que hacer. ¿acaso podría haber hecho o dicho algo, si ni siquiera poder acallar la culpa de su anterior desliz? Hacer algo, cuando ella misma había arrebatado vidas inocentes en el pasado… haber condenado a gente de la misma manera en que…
En que Hinata sufría ahora.
"De ésa misma manera, Ino-san", musitaba la voz de Sai en su cabeza. "Yo tenía una vida, ¿sabes?... la tenía hasta que tú me la quitaste…"
Se sentó junto a ella en el escalón contiguo, sintiendo aun el peso liviano de la hoja doblada en el bolsillo de su bata. Sopesando el fútil intento de aquella mañana.
Suspiró agobiadamente.
A veces el silencio podría ser una respuesta acogedora.
—0—
—Bueno, a ti algo te pasa… —los azules orbes de Kushina Uzumaki miraron de reojo el semblante meditabundo de su hijo.—llevas mirando esa soda por casi una hora.
Naruto se sobresaltó levemente y se irguió sobre la silla.
—No, no es nada, madre… —dejó la lata de soda sobre la mesa dispuesta contra la cama y esbozó una forzada sonrisa.
La mujer arqueó una ceja.
—Pues llevas así desde anoche…—se reacomodó un par de mechones rojizos por detrás de la oreja, sin dejar de contemplarle con aquella austera severidad maternal— Desde que saliste a la cafetería regresaste más callado que de costumbre… sé que la comida de hospital es una miseria pero…
—No era por eso, dattebayó. –se pasó una mano detrás de la nuca y volvió a tomar el refresco, aun sin abrir—Sólo estoy un poco cansado.
Ella espetó un suspiro de alivio.
—Uff… al menos me darán de alta mañana temprano… —ladeó momentáneamente el rostro—Y creía que el sistema de salud de Konoha era pésimo.
El muchacho no dijo nada, volvió a sumirse de nuevo en sus pensamientos, en esa bruma de ideas inconclusas que le asaltaron después de la acortada plática con Sakura.
Porque eso había sido una plática, ¿no?
—¿Seguro que nada te molesta? –Kushina lo miró con una expresión inquisitiva que lo puso nervioso.—Sabes, hasta pareciera que hubieras visto un fantasma.
¿Era el tono de su madre levemente acusatorio? ¿O era la propia conciencia de él la que estaba hablando?
—Estoy bien ¡dattebayó! –dijo enérgicamente. Volteó distraído hacia el pasillo—Veré si hay algo en la máquina dispensadora…
Un liviano pretexto para escapar del interrogatorio. Conocía bien a su madre y sabía que quedarse evadiendo aquellas indirectas recaería en alguna respuesta que él precisamente no hubiera estado muy de acuerdo en aceptar. No le había mencionado ni por asomo lo de Sakura… y era eso precisamente lo que quería evitar. Soltar la sopa en su personal y escandaloso estilo.
¿Pero qué cosa podría decir, si ni siquiera él lo sabía con exactitud?
—…necesito que no le cuentes a nadie que me has encontrado aquí, por favor.—Fue lo que le había pedido Sakura y desde entonces, su mente estuvo yendo y viniendo en un mar de ideas que no tenían ni la más mínima lógica.
¿Qué trataba de ocultarle? ¿Por qué se había ido tan abruptamente de Konoha sin dejar mayor aviso más que una carta en su despacho? ¿Y porque estaba, precisamente aquí, en uno de los poblados más recónditos y miserables del País del Viento?
Un año, casi un año ya desde la última vez que le había visto…
Su mente sólo hilvanaba fragmentos al azar, sin orden alguno: el nombramiento como residente en el hospital de Konohagakure a manos de la propia Tsunade, el apartamento nuevo en la zona central…
Sasuke.
¡Y cómo olvidarlo!, aquello le había provocado un cabreo que le duró casi un mes pero se lo había tragado. Lo había engullido como un trago de leche pasada sólo porque el bastardete Uchiha había tenido más agallas que él y se le había adelantado… y en el raciocinio de Naruto, eso era una regla que debería respetarse.
Se habían comprometido, tenían fecha en mano y la iglesia apartada y…
Y para aquella tarde de julio, ella simplemente había desaparecido.
Las personas enamoradas hacen cosas muy raras, había dicho su mentor Jiraya esa misma noche, mientras ideaban el modo más "práctico" para decirle la noticia a Tsunade sin que esta explotara en una extenuante búsqueda militar.
Naruto tampoco consideró la idea de que fuese por el compromiso; menos tratándose del patán de Sasuke.
Aquella parte extraña y celosa de su mente tenía una respuesta para todo y, en la oscuridad, no parecía importar que casi todas las respuestas fueran absurdas.
Contemplaba con aire apartado hacia el exterior, sentado en una de las bancas rígidas del pasillo que daban hacia la torre de especialidades. Los ventanales dejaban ver una luna amarillenta arrinconada tras unos inmensos nubarrones de lluvia reacios a desaparecer. Se levantó para desentumir la espalda.
Entonces la vio, dirigiéndose a paso rápido hacia las escaleras de servicio. Pasó detrás de él sin siquiera notarle.
—¿Sakura?
Le llamó, con un tono que se desvanecía en la duda. Le llamó, cuando ésta casi había desaparecido por las escaleras.
Sin pensárselo dos veces, le siguió, sintiendo que sus pasos se movían más por inercia que por decisión propia. Bajó por las escaleras, hasta el piso de bodega. Un pasillo largo delimitaba el área. Ella había aumentado el paso. No llevaba puesta la bata, sino una blusa floja de un desteñido color rojo.
—¡Sakura! –gritó, haciendo un eco en el austero corredor sin obtener respuesta.
Pasó el letrero de "AREA EN REMODELACIÓN" hasta una zona derruida. Sakura se detuvo delante del portón abriéndolo apresuradamente con manos temblorosas. Su respiración comenzaba a tornarse agitada.
Al menos había llegado a tiempo… sin tener que preocuparse por…
—¡Sakura! ¿Qué…?
—0—
—¿Qué es lo que quieres? –el rostro de Ino Yamanaka se ensombreció. Sus palabras brotaron de un tono despectivo.
Anko no se sorprendió en lo absoluto. Estaba de pie, con los brazos cruzados, detrás del umbral del apartamento, con aquella odiosa mirada severa y autoritaria. Se pasó la lengua por los labios, halando un poco de aire.
—El Consejo quiere verte. —dijo resueltamente.
—¿Porqué?
—Eres mucho más descuidada que antes, Ino… —replicó en un aire circunspecto—El muchacho… saben que fuiste tú.
La rubia tragó saliva y algo hizo clic en su garganta.
—0—
—¡¿Qué estás haciendo aquí?
—¿Qué es lo que haces TU aquí, dattebayó?
Un desconcierto estremecedor se proyectaba en el semblante de la joven. Una tenue capa de sudor cubría su frente bajo el fleco despeinado.
El miedo le apremió en un intempestivo frenesí. Las pulsaciones aumentaban. La luna… el cambio…
—¡Naruto lárgate! ¡Tienes que irte! ¡No puedes estar aquí…!
Y entonces él sintió que toda la máscara de entereza se desvaneció en un arrebato de desesperación.
—¡NO! –el rubio rompió a voz en grito, desconcertado, dolorido y confundido— ¡Meses sin saber nada de ti! ¿Y ni siquiera eres capaz de hablar conmigo? ¡¿Qué significa todo esto?
—¡No, Naruto ahora no!
Exhaló pesadamente, como el viento alterado antes de una tormenta.
—Yo sé que es lo que te pasa, ¿crees que soy idiota? Tenias demasiadas cosas encima, querías ser tan perfecta como la abuela Tsunade y…¡y… te ibas a casar con el maldito "teme"! ¡Te entró el pánico, lo entiendo… ¿porqué no fuiste capaz siquiera de decirme? ¡¿Porqué te apartaste?
—¡Es complicado! ¡Necesito estar sola AHORA! – Había gritado en tono sombrío y mostraba una expresión enfurecida.
Su conciencia le obligaba a hacer un esfuerzo sobrehumano por contenerse mientras que el cuerpo clamaba lo contrario como una enardecida furia pronta a estallar.
—¡¿Sakura?
Ella empezó a retroceder. La cabeza también le dolía mucho, como si en el interior de cada sien estuvieran retorciendo un rollo de alambre cada vez con más fuerza incendiada y un pálpito insoportable recorría su cuerpo entero. Una película de sudor frío le pegaba la blusa al cuerpo. Las rodillas se le doblaron, haciéndole caer ante un atónito y sobresaltado Naruto.
—¡¿Qué es lo que está pasando, Sakura?
—¡LARGATE!
La ardiente adrenalina consiguió ponerle de pie, su mano se aferró al hombro de Naruto empujándole hacia la puerta con la fuerza de un ariete. Éste logró asirse del borde del portón y lo cerró. Con ambos dentro de la cámara.
La estupefacta mirada de ella quedó fija en la puerta.
¡Naruto… ¡¿Qué has hecho?
N/A:
Porqué siempre tengo que poner a Naruto en las peores situaciones?... ok, eso ya es costumbre, una muy mala, lo sé.
Las cosas con Ino se complican y Hinata... bueno, tampoco las tiene fáciles. -_-
Ya con esto de que el "display" de reviews ha digievolucionado a modo extraño, no puedo ponerme en situación más que decir COMENTEN. xDD
y nos leeremos la siguiente semana, A LA MISMA HORA Y EN ESTA MISMA PÁGINA :D
Siguiente capítulo: NOCHE DE VIDA Y MUERTE
