Todo el mundo muere.

Yo tenía que morir en la vejez… o al menos… ése era el plan.

Ino Yamanaka tenía que morir en el resplandor de los disparos del fuego en medio de una guerra; no muerta de frío y temblando de miedo.

Ella no creía que la muerte le sonreiría.

La muerte siempre ha sido una certeza, la frase final que todos vemos venir; pero para Ino Yamanaka, no fue así. Para un vampiro la muerte no es el final… sino el principio.

Así que aquí estamos, relegadas y olvidadas, antinaturales y sobrenaturales… observándolo todo desde fuera.

Por lo menos yo estaba rodeada de amigos y familiares… creo que es lo único que hice bien.

¿Saben que es lo peor de ser un fantasma?

La soledad.

Lo darías todo… por unas migajas de consuelo. Ésa sensación de tu piel con otra piel que te dice "Estoy bien" "Estoy aquí". Es como un anhelo, el instinto más básico. Incluso puedes arrastrar a otros a este mundo de los muertos, aunque eso signifique convertirlos también en monstruos.

Y luego están los que son como Sakura. Los que deberían haber muerto.

Pero destrozados y ensangrentados, sobreviven al accidente, pero ¿a qué precio?

Están marcados. Ahora ellos también son monstruos… aberraciones… material de pesadillas…

A nosotros, los refugiados, ¿qué esperanza nos queda?

Los restos y los desechos de la muerte.

Tal vez, si somos merecedores de algo de compasión… nos encontremos todos bajo la misma balanza.

Hinata Hyüga

BEING HUMAN

Capítulo 5.- Tan vivo como yo.

—¿Es… es él? –Hinata había sujetado los puños de su suéter, enroscándolos entre sus dedos nerviosamente. El foco de la lámpara de la cocina no dejaba de fluctuar a pesar de estar apagado—¿Es él?

El timbre sonó interrumpido. Ino movió ligeramente la cortina de la sala, abrió la ventana y esta se cerró estruendosamente.

—Hinata, ¿podrías calmarte? –renuente volvió a abrirla, mientras miraba de reojo a Hinata ir y venir en torno a la puerta.

—Pe…perdón, es que…

—Ya, con que no intentes volar la casa me basta —andando con paso desenfadado, se quedó con la mano fija en la cerradura y se dirigió brúscamente hacia la nerviosa joven.—Creo que deberías quedarte en las escaleras.

—¿Qué más da que se quede en la sala o en la escalera? —Sakura bajó terminando de abotonarse la blusa, todavía con los rosáceos mechones húmedos y una expresión más nerviosa inclusive que la de Hinata. —Definitivamente sigo pensando que no es una buena idea…

Ino le dedicó una sonrisa forzosa.

—Disimular es buena idea –abrió la puerta.

Hinata se había quedado sentada al pie del cuarto escalón, ambas manos sujetadas en uno de los maderos del barandal. De haber tenido pulso, podría jurar que éste estaría tan acelerado como el de alguien previo a padecer un infarto.

—Buenos días…—la voz de Neji Hyüga sonó con aquel usual tono educado que ella recordaba.

La afable contestación por parte de Ino se vio interrumpida por el saludo escueto de una chica, quien con aire jovial y desenfadado tomaba de la mano a Neji.

Hinata se inclinó un poco, hasta que su vista se encontró con la silueta de su ex prometido...acompañado de una figura. Una joven, de cabellos largos y castaños. Sus orbes perla contemplaban con aire inquieto, de un modo casi radiante en su semblante juvenil.

—¡Hanabi! –Hinata no pudo evitar un grito.

La bombilla de la sala explotó en medio de insignificantes chispas.

La mirada desconcertada del muchacho y de su acompañante quedaron fijas en el foco ahora enegrecido, mientras que Sakura dirigió un fugaz vistazo a Hinata; quien se escondió tras el barandal en cuanto notó el gesto inquisitivo.

Neji se percató de la expresión desconcertada de Sakura y estuvo a punto de voltear hacia la escalera.

—Ése es uno de los problemas… el cableado está mal puesto o algo –Ino se atravesó en su campo de visión rápidamente.—Eso y la tubería de la cocina…

La joven que acompañaba a Neji seguía sin soltarle del brazo. Su rostro enarcó una duda fugaz, todavía escrutando el foco.

—Nosotras nunca tuvimos problemas con la luz ni la cocina –dijo casi con aire ausente. Bajó la mirada entornándola en la rubia—Oh, disculpen, no me he presentado… soy Hyuuga…

—Hanabi… —completó Sakura más inaudible que un suspiro.

La aludida muchacha ladeó levemente la cabeza.

—¿Perdón?

—¿Ah? —sintiendo el mismo impulso que un pinchazo en las costillas, aunado a la gélida expresión de Ino hacia ella, Sakura apremió a voz en grito y con una obligada sonrisa casi demencial—Ah… ¡Creo que iré a revisar los contactos del piso de arriba!

—Pero los fusibles están abajo, en la caseta que da al jardín –señaló Neji Hyuuga.

La improvisada sonrisa de la chica de cabellos rosas se amplió nerviosamente e Ino temió que fuese a decir o escupir cualquier palabra incriminatoria.

—Los enchufes del televisor…—irrumpió Sakura estrepitosamente—…la plancha de cabello y un par de lámparas extra… creo que eso produjo el corto, ¡las desconectaré ya mismo!

Arrancó pasando por detrás de Neji y subiendo trastabillando por los escalones. Hinata, casi arrinconada el final del descansillo sólo atinó a bajar la cabeza en un ofuscado ademán de mortificación. Pasó por un lado de la traslúcida chica.

—¿Qué rayos te pasa? –Sakura susurró lo más bajo que pudo.

—P…perdón… —Hinata volvió a esconder las manos entre las largas mangas de la sudadera, quedándose quieta contra una de las puertas del pasillo—… pero hacía tanto que no veía a Hanabi-chan que… ehm… —hablaba mirando hacia el suelo—lo siento…

Sakura había abierto uno de los ventanales que daban hacia el jardín a modo de disimular el evidenciado y sorpresivo arranque de Hinata. Pasó por un lado de la puerta y notó que la atención y el semblante pálido de Hinata seguían prendados de la chica de castaña cabellera. Sakura se dio cuenta del ensimismado sentimiento reflejado en los orbes perla de la tímida Hinata, con un dejo más allá de nostalgia.

—Esa chica… Hanabi, es tu…

—Mi hermana… —suspiró lánguidamente sin quitarle la vista de encima. Una de sus cejas se arqueó en ademán de duda…o de profunda intriga.—…¿Porqué habrá acompañado a Neji-san?

Sakura notó el circunspecto tono de su voz y prefirió no preguntar nada más.

—Bueno, podría echarle un vistazo a la cocina –dijo Neji con un vago intento de aire solícito. Se dirigió a Hanabi—¿Segura que no preferirías esperar en el auto, Hanabi-san? No creo demorarme mucho.

Ésta negó con un tono cortés que distaba mucho del aire estrepitoso y juvenil con el que había entrado inicialmente. Se sentó en el sofá. Ino le ofreció una taza de té y ésta aceptó, sin perder el aire de propiedad. Un gesto que de repente a la rubia le había parecido impostado y obligado.

Su mirada se paseaba con un escrutinio pensativo a lo largo de la sala, desde las paredes todavía con el mismo tapiz de aquellos años posteriores hasta la escalera.

—¿Tu vivías aquí, no? –La pregunta de Ino sonó repentina, haciendo que Hanabi se sobresaltara levemente.

Recuperando aquel aplomo despreocupado, asintió.

—Si, bueno… —dio un sorbo al té, mientras parecía enfocarse a alguna parte del pasado, volviendo a mirar hacia la escalera—… hace como seis meses. —ambas manos sujetaban la taza y ella bajó el rostro hacia el interior de ésta—Supongo que Neji-niichan les habrá comentado lo de mi hermana.

"Claro… venía de oferta con la casa", pensó irónicamente Ino, tratando de pensar alguna artera manera de preguntarlo más a fondo. Aun a estas alturas, ni la propia Hinata sabía cómo había muerto y Neji Hyuuga lo único que decía al tema era que fue algo inesperado; obvio, de lo contrario la tímida muchacha ya estaría en aquel "lugar mejor" en vez de ir y venir por la casa como una depresiva sombra errante.

—Hum, más o menos. —enunció Ino, intentando solventar un poco el contexto—¿Cómo es que murió?, si es que no te importa que lo pregunte, claro.

Notó a Hanabi mirarle dubitativamente. Neji, quien estaba en la cocina, con las mangas de su camisa arremangadas y batallando con la llave del pretil, se giró levemente hacia Hanabi al oír la pregunta.

—Bueno… —la voz de Hanabi bajó, apostándose en un recuerdo lejano—… acabábamos de mudarnos debido a que me había trasladado a la facultad de Ame para terminar mi carrera. A nuestro padre no le parecía muy honorable que me graduase en medio de un grupo de más de doscientos y, aquí estaba más accesible el plan post-becario… y Hinata-onnechan había estado de acuerdo; más que nada porque tenía más posibilidad de establecerse aquí que en la capital del Pais del Fuego –dio un sorbo corto al té— aunque ella no tenía de que preocuparse, otou-san le había dejado al frente de las acciones y de la empresa desde finales del año pasado. –hizo una pausa, más deprimente y austera—. Pero su salud, fue algo que nos tomó por sorpresa. Un infarto…

—¡¿Qué? –con la fuerza e ímpetu de alguien que toca una llamarada de fuego, Hinata exclamó, con una voz que nadie más allá de Ino Yamanaka y Sakura Haruno pudiese escuchar.

Ésta última espetó una especie de tosido forzado.

—¿Ella estaba enferma? –interrogó Ino.

—Yo… yo no lo estaba… —Hinata reiteraba inútilmente desde las escaleras.

—Nosotros tampoco lo sabíamos, yo… —un brillo latente pasó por los orbes perla de Hanabi—Esa noche ella se había ido a dormir y al día siguiente…yo, le encontré en su habitación y… simplemente… no despertó.

La bruma y aquel frío… recordó Hinata, con mil palabras agolpadas en su garganta y sin poder siquiera expresar ni una sola. El temor de perderse en la negrura de aquella noche volvió a hacerse presente, como si algo lo hubiese incitado.

Se había impregnado un vago silencio en el que Hanabi simplemente paseaba sus dedos sobre el contorno de la taza. Ino irrumpió, dando pie a un leve cambio de tema… algo tal vez menos drástico.

—¿Cómo era? Ella…

Hanabi alzó la mirada, sin posarla en nada en particular. Aquel dúctil destello seguía inminente en sus pupilas.

—¿Hinata?... —inhaló, como quien toma un respiro antes de sumergirse en un aguas heladas—ella… era amable. Considerada… y la mejor hermana que cualquiera podría haber tenido. –volvió a enarcar una sonrisa, como si quisiese apartar el hondo aire nostálgico—je… es curioso, pero, hacía tiempo que no venía aquí y, tras lo que comentaron los inquilinos anteriores, me lo he estado pensando mucho—esto último sonó más a un pensamiento en voz alta. Se aclaró la garganta y prosiguió, emulando un tono menos sombrío—¿No ha pasado nada raro, verdad?

¿Raro?, aquel término resonó casi satírico en su mente. Ino negó, eludiendo la respuesta obvia.

—Ehm, define raro, porque si es por las bajas repentinas de voltaje no creo que sean cosa del otro mundo.

De pronto, Hanabi decidió insistir, porque ahora la cuestión le parecía importante; no era algo que pudiera soslayarse. No, no desde aquella tarde, después del funeral. Esa tarde en que se quedó sólo por fracción de minuto en la sala, esperando a que Neji terminase de subir las cajas al auto y ella la escuchó. Juraría por Kamisama que la escuchó; sus pasos, su voz… yendo del piso de arriba hacia su habitación.

¿Llamándole, acaso?

—Los últimos inquilinos, —enunció, casi cortadamente—…los chicos de Iwa comentaron que les parecía algo… siniestro.

Hanabi lo había notado. Sin decirlo, Ino parecía haberlo leído en sus ojos.

—Nah, yo no diría eso. —dijo Ino lentamente—Veras, por lo general dicen que las casas tienen un cierto "eco" de la gente que vivía allí…

Hanabi asintió, con un aire más aliviado. O superficialmente más calmado.

—Supongo que nunca lo había visto así.

Desde la cocina, un resoplido de frustración escapó de los labios de Neji Hyüga. Cerró el gabinete del lavaplatos con reprimido desdén y salió de la cocina, volviendo a acomodarse las mangas.

—Creo… que debería traer a alguien –musitó pasándose una mano por detrás de la nuca—…la verdad las cosas manuales nunca se me dieron bien. Podría revisar la caja de fusibles.

—No creo que sea necesario… —Ino se levantó, mirando de reojo hacia la escalera y nuevamente al foco chamuscado—…Podríamos arreglárnoslas con eso.

Pese a que nadie lo había notado, ni siquiera Sakura Haruno o Ino Yamanaka, la silueta de Hinata Hyüga, acurrucada en el quicio de la escalera, había desaparecido.

0—

—…Cuestión de tiempo, quizá—fue lo último que había dicho Ino al notar a Hinata tan callada como la pared luego de la improvisada visita de esta mañana.

Sakura no le mencionó el ensombrecido gesto que percibió en la ofuscada Hyüga al momento en que la hermana menor de ésta entró con Neji. Quizá inconscientemente relegó aquella observación a un detalle aislado; eso o porque no estaba de humor como para aguantar las agobiantes preguntas de Ino… suficiente había tenido ya con lo ocurrido con Naruto.

No volvió a pensar en ello hasta en la noche. Pasó buena parte de aquella tarde de víspera de fin de semana repasando los detalles de los expedientes de cardiología con Ino. Ésta era tan meticulosa con los detalles que casi parecía paranoica; y entonces, en medio de dos carpetas a medio sellar, lo encontró. Doblado con pulso apurado y descuidado se hallaba la notificación de desaparición de un muchacho de la capital del Pais del Fuego.

La imagen de Sai se denotaba borrosa a causa de la apresurada impresión y el doblado del papel. La sostuvo entre las manos, recordando fugazmente las contadas veces que le había visto rondar el hospital. Era artista, pintor o algo así… y salía con Ino. Nunca hablaron más allá de un hosco y forzado saludo, y Sakura siempre detestó esa sonrisa hipócrita con la que se le veía siempre.

Luego, simplemente, desapareció. Ino nunca dijo nada al respecto, salvo la misma expresión de sorpresa que tenía todo el le conocía y que había visto el aviso pegado en la entrada del hospital.

En el fondo de su mente, sin que apenas se diera cuenta, experimentó el repentino impulso de romper la hoja en dos mitades, en cuatro trozos y en ocho y arrojarlos a la papelera. Pero, en lugar de eso, volvió a doblarla, dejándola en el secante de su escritorio, agolpada entre la pila de folders y carpetas.

El reloj de pulsera marcaba las ocho y media de la noche; pensó iniciar su ronda por el pabellón de urgencias temprano y decidió regresar a su despacho y echar primero un vistazo al fichado de la tarde. La enfermera de recepción ya se había marchado, adelantando las vacaciones del fin de semana. Qué demonios, ya no podías conseguir que una simple enfermera se quedara hasta las cinco, tanto si era un fin de semana festivo como si no.

Con súbita premonición, el pasillo desolado le dio una peculiar sospecha.

Entró en el despacho, encendiendo la luz, mientras que alguien cerró la puerta a sus espaldas.

Sakura vio al pálido muchacho, con la espalda apoyada contra la puerta. Alli estaba Sai, enfundado en un abrigo con capucha color negro. Estaba sonriendo de oreja a oreja.

—Haruno…Sakura… —dijo con una voz más profunda de la que ella podía recordar.

El brillo azabache de sus ojos fluctuaba y no a causa de la mortecina luz de la lámpara.

—¿Sai? —Sakura miró al muchacho con expresión desconcertada. —¿Tu… tú estás…?

—Tan vivo como tú… —la sonrisa se tornó una mueca circunspecta.

No, retribuyó ella mentalmente. Este muchacho debería estar en un cajón frigorífico de Konoha con la marca del patólogo en la espalda. Debería estar allá y no…

Sai se acercó, sin dejarle espacio. Acorralándole contra el escritorio. Estaba lo bastante cerca como para que Sakura notara su olor a muerte.

—Veo que estás algo confundida… —dijo—Veras, justo antes de morir, tuve un pensamiento muy extraño, y creo que podrás entenderlo…—Había en su cara una expresión que en un principio Sakura tomó por compasión. Pero no era compasión, sino una horrible paciencia.—¿Recuerdas todo aquello a lo que la gente le teme, todo lo que se cierne bajo el manto de la noche? Pues todo… todo es real…

El rostro de Sai, inclinado sobre ella, llenaba todo su campo visual. Le sonreía con sus labios ensangrentados enseñando el brillo nacarado de unos prominentes colmillos.

—Ino...—musitó Sakura—…¿Ino te ha hecho eso?

La sonrisa siniestra había desaparecido.

—De modo que tú lo sabes… —enunció Sai.—Descuida, prometo que será rápido.

Antes de que Sakura pudiera moverse para defenderse, Sai la levantó en el aire tomándole por el cuello y la puso de espaldas contra la pared con tal fuerza que vació de aire sus pulmones. La boca del muchacho se abrió presta a tomar el vital líquido del cuello...

—¡Mierda! –exclamó Sai, retrocediendo con alarma y asco, llevándose una mano a la nariz—¡Eres una mujer lobo! ¡Ugh, que peste!—siseó furioso.—Debería matarte.

Sakura intentó moverse pero le flaquearon las piernas y no pudo hacerlo.

—No. No merece la pena que te mate —decidió Sai. Nuevamente sus pálidos labios espetaron una sonrisa pérfida—. Vives con Ino, ¿verdad? Lo he escuchado. Creen que así pueden protegerse una a la otra —Pronunció mal la palabra, como si le repugnase. Lanzó un bufido y prosiguió—Si yo fuera tú tendría cuidado… perra.

Sus ojos eran fríos, crueles.

—Hoy te dejaré vivir —dijo; dándoselas de misericordioso—. Ya te he dicho que tienes suerte.

Salió bruscamente del despacho, sin siquiera mirar a Sakura.

0—

Los dedos de Ino se paseaban nerviosos sobre la tablilla de notas, repasando la lista del inventario, tratando de despachar el trabajo del día, o quizá de recubrirlo de una capa de rutina. Cuando entró Sakura, mirándole de una manera fulminante y casi demencial.

—¡¿Qué rayos has hecho, Ino?

—Y… ¿Estamos de malas por…?

—¡No finjas! ¡Acabo de verle, paseándose por aquí cómo si nada! –Sakura dejó caer el puño contra el dispensario, con un golpe seco.

Ino le miró perpleja.

—¿De qué hablas?

—De Sai.

—Sakura… Sai está muerto. –resaltó Ino lentamente.

La chica de cabello rosa exhaló, irritada.

—Dijiste que había desaparecido.

—Sakura, yo…

Pero ella no quería escuchar. Estaba echando chispas.

—¡Dijiste que había desaparecido y en cambio le has convertido! –gritó Sakura—¡Yo controlo mi condición! ¡Me oculto en ese cuartucho o en pleno bosque para no dañar a nadie! ¡¿Dime de qué carajos sirve que finjamos llevar una jodida vida normal si tú atacas a cuanta persona se te pone enfrente y los conviertes en monstruos?

Ino se daba cuenta de que Sakura estaba, no ya irritada, sino francamente furiosa. La duda que ahora se le planteaba era si debía dejar las cosas como estaban o tratar de arreglarlas. Hubo un momento, en el que fluctuó el resentimiento, el reproche que había escuchado años anteriores. Siglos anteriores… y el remordimiento le hizo hablar.

Sakura fue a pasar por su lado, pero Ino la retuvo asiéndola del brazo.

—¿Cómo crees que he sobrevivido los últimos cien años? –dijo Ino ásperamente—Yo no puedo escapar. No soy como tú, Sakura. No tengo días libres… ¡Esto es lo que soy!

—¡¿Entonces porqué fingir? —le gritó Sakura.

Giró bruscamente y se fue, dejando a Ino sola en el pasillo, en el que aún vibraba el eco de sus voces. El aliento se había entrecortado mientras que su mente aun ofuscada por la abrupta discusión giraba en torno a un solo nombre:

Sai.

Entonces, como el viento helado que avecina a una devastadora tormenta futura, sintió un escalofrío por su nuca.

"Las cosas están a punto de cambiar…"

Y de repente, todas las piezas encajaron.

0—

Las puertas de la entrada principal del despacho forense se abrieron de par en par, como si una tromba hubiese azotado el umbral. Ino Yamanaka ni siquiera se molestó en cerrar la puerta una vez que entró. Sus ojos azul hielo se clavaron como dagas en el semblante adusto de Anko Mitarashi.

—Vaya, vaya… miren nada más lo que ha traído el viento… —eludió Anko.

—¡¿Qué han hecho con él?

Anko tomó la pregunta con una expresión inescrutable.

—Vas a tener que ser más específica… aun no me recupero de la nochesita aquella que…

—¡¿Dónde está? ¡¿Qué le hicieron a Sai?—la voz de Ino resonó en la habitación, donde las ventanas y la luz permanecían tan ausentes como el sol en Amegakure.

Con un lúdico aire de orgullo, Anko se levantó de su escritorio cruzándose de brazos.

Tsk... qué carácter…—fingió un gesto pensativo—Hum, ¿te refieres al muchachito paliducho, verdad? bueno imagino que estará hambriento y lo más seguro es que esté buscando algo que comer…

Ino se adelantó hasta donde estaba ella, mientras apretaba los puños a ambos lados del cuerpo.

—¡¿Qué le han hecho a Sai?

Una puerta situada en la parte trasera de la recepción se abrió y Danzö Shimura entró, acompañado por una palpable aura de fuerza y autoridad. Su lustroso abrigo marrón barrió el suelo. No perdió el tiempo con preámbulos.

—Señoritas… ¿Qué incordio es este? –reprendió con desdén, denotando el ceño severo enarcado en sus facciones.

Aunque de apariencia engañosamente liviana, Danzö se conducía con el porte y la gravedad de un líder nato. Amo incuestionable de la horda vampírica de Amegakure, poseía un aire de cultivado lustre del que carecían sus súbditos. No parecía tener muchos más de setenta años, aunque sus verdaderos orígenes se perdían en las impenetrables nieblas de la historia.

—Usted… —dijo Ino con voz tensa—…usted ha sido el responsable de…

—Se que la vida es larga, pero no malgastemos nuestro tiempo con suposiciones –excusó Danzö, sin siquiera mirarle—Nos pidió ayuda, Yamanaka-san… y creo que cumplimos adecuadamente.

Ino dejó escapar un suspiro de exasperación.

—Pedí una limpieza. —señaló pausadamente—No tenían derecho a convertirlo. Les pedí un favor.

Una expresión filosófica se aposentó en los visibles rasgos del hombre.

—Claro, claro, y eso fue lo que hicimos, ¿no? Le hicimos a él un favor —las palabras salían como una amenaza circunspecta y seca—Además, el muchacho parece ser alguien con influencias en la capital del País del Fuego; esto podría sernos muy útil.

Je, aunque el chico necesita "domarse" –eludió Anko, irrumpiendo con una ronca risa lacónica.—Es algo alebrestado… lo siento por la pobre víctima que se lo tope enfrente.

Eludiendo la ufanidad de Anko, Ino volvió a interrogar, con el mismo tono de urgencia.

—¿Dónde está?

Un carraspeo meditabundo aplomó en el tono de voz de Danzö, con un aire distraído y diletante.

—Parece que le gusta mucho el exterior…—enunció las palabras, como si se refiriese a algo sin importancia—…árboles con sombra, flores bonitas, gente feliz… una brisa que transporta el aroma a carne fresca…

Ino dirigió a Danzö una mirada mordaz y a continuación salió sin decir palabra. Antes de cerrar la puerta, él señaló con tono sombrío

—Hemos trabajado duro en su instrucción, Yamanaka-san. Será mejor que no le meta ideas absurdas en la cabeza.

0—

La tarde había caído y un manto oscuro, sin estrellas ni luna cubrió el cielo de Ame.

Hinata Hyüga seguía en la sala, sentada en el sofá sin hacer mella alguna en éste y tan silenciosa como el resto de la casa. Su absorta mirada seguía fija en la taza que Neji había dejado sobre la mesita de la sala, mientras que una idea se hacía más y más fuerte.

Hanabi…

No.

Hanabi y Neji.

Ella notó ése brillo latente en los ojos de su hermana menor. Ésa vida que no solía expresar a menudo.

—Un infarto… —resonó la voz de su hermana menor.—la causa de su muerte…había sido un infarto.

Sí. De repente tenía toda clase de preguntas. Lo malo era que no parecía querer respuesta a ninguna de ellas.

Un nuevo pensamiento cruzó por su mente. ¿Y si hubiese alguna conexión entre Hanabi? Hinata no recordaba haber padecido ninguna afección cardiaca, ni la más mínima dolencia…

¿Y qué? ¿Iba a echarle la culpa de su muerte? ¿O iba a incordiarle por estar cerca del parco sujeto con que ella estaba comprometida?

Saliendo de su ensimismamiento, prestó atención a la puerta al abrirse. De haber tenido pulso, éste se habría alebrestado, al encontrar a su hermana menor al otro lado del umbral.

—¡Buenas noches! —llamó, sin obtener respuesta. Encendió la luz de la sala, no eran más allá de las ocho, por lo que el apartamento estaría solo hasta entrada la madrugada.—¿Ino-san? ¿Sakura-san?

Hinata permaneció en el sofá, mirándole acarrear el bolso de mano con el mismo desenfado con el que ella recordaba verle cuando llegaba de la escuela.

—Hanabi…—le llamó inútilmente a la chica que pasaba desenfadamente por la sala, justo delante de ella para dirigirse a la cocina.

Suspiró, mientras escrutaba una de las repisas.

—Neji-baka… —masculló buscando algo con la mirada—…tenía que olvidar el móvil, sabe perfectamente que no me gusta venir aquí… y menos de noche –se quejó en medio del silencio.

Estaba claro que no había nadie en casa. La casa ofrecía una atmósfera silenciosa, cálida y expectante. Una casa vacía llena de muebles resultaba en cierto modo inquietante cuando no era tu casa. Te sentías observado.

—Hanabi… Hanabi-chan –inquirió Hinata, a espaldas de la chica de cabellos castaños.

Un frío, como el provocado por una ventana abierta, le dio en la nuca.

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa? –por cortesía, y por sentir el alivio de su propia voz rompiendo el apabullante vacío, indagó de nuevo, sin que nadie le respondiese.

Encontró el teléfono móvil sobre la superficie de estuco del lavaplatos. Lo tomó, llevándoselo al bolsillo en un movimiento apurado.

Se dirigió al salón y permaneció de pie, mirando a su alrededor. Llevaba las mangas de la blusa remangadas y las bajó, como si alguien hubiese encendido el aire acondicionado a su máxima potencia.

Voces de un pasado no muy lejano se detuvieron en su mente. El frío era más intenso y ella sólo alcanzó a decir una única y entrecortada palabra.

Onnechan

El apartamento quedó a oscuras.

0—

—¡Sai! —la voz de Ino se tornó un grito ahogado e inhóspito.

En medio de una densa oscuridad, logró verle. Su silueta, difusa entre las sombras de un árbol, casi inadvertida a no ser por el tono blanco-vela que había adquirido su piel. Él le miró al instante en que le llamó y el resplandor que encontró en aquellas pupilas ónice le devolvió gran parte de la culpa y miedo que había estado ocultando tras una máscara de indiferencia.

Se había quedado quieta, bajo la amarillenta luz de uno de los faroles. Notó que él sonrió, con un gesto que ennegrecido por el contraste de las sombras lucía como la torva boca de una gárgola.

—Vaya, Ino-san… —dijo caminando con paso aminorado hacia ella.—…no pareces precisamente sorprendida al verme, pese a que me has dado por muerto.

Hubo un lapso momentáneo, un atisbo de segundos en los que su mente se ocupó de recrearle maquiavélicamente los últimos segundos de vida del muchacho… y su desgarradora muerte en sus manos, le provocaron el impulso de ni siquiera poder verle al rostro.

—Yo… yo no quería que te hiciesen esto. —susurró Ino, incapaz de encararle.

—Oh, entonces ¿preferirías haberme matado?

Finalmente pudo alzar la cara, encontrándose a poca distancia de la de Sai.

—No…no, yo no…

—¡Me diste por muerto! –él elevó la voz, sin que su semblante enarcase más allá que una simple gesticulación de lástima, y de resentimiento—Sabes, acaso tienes la más mínima idea, de lo asustado que estaba cuando me desperté. No sabía que era lo que había ocurrido ni de dónde estaba… —se bajó el capuchón de la gabardina, señalando el marfileño cuello. Dos líneas, correspondientes a la sutura permanecían como insignificantes y difusas estelas carmesí.—…y ESTO…

—Sai, de haber sabido que te harían eso yo…

—¡¿Tú qué? ... ¿eh? ¡¿Qué hubieras hecho? —volvió a cubrirse el cuello—No tengo nada porqué agradecerte salvo por haberme dejado medio muerto en medio de mi propia cama.

—Fue mi culpa, lo sé…

—Da igual. – Declaró Sai, sin que su pétreo rostro se inmutase— Tú me dejaste con la garganta cercenada… Danzö-sama me lo dijo. Podría decir que le debo la vida…—chasqueó la lengua—O cómo sea que se le llame a esto. ¿inmortalidad, acaso?

Ino ladeó la cabeza hacia un lado, denotando internamente el estado tenso del muchacho.

—Te ha aleccionado bien, se nota—sentenció Ino—Pero sé lo que pasa en cuanto "eso" se apaga. Vendrá el hambre y tú…

—Y yo puedo disponer de cuanta persona se me antoje, ¿no?

En un dejo de arrebato, ella intentó tomarle de la mano. El miedo fluctuaba en sus ojos, el temor ante aquella sombra que poco o nada había dejado del muchacho con el que había salido por casi dos meses… ahora a una vida de distancia.

—Puedo enseñarte a sobrellevarlo. A controlarlo, Sai.

Él apartó la mano bruscamente.

—¿Acaso esperas que me fie a la única persona que rompió su abstinencia con mi cuello? –Sai le miró fijamente. Su sonrisa se torció aun más. Una explícita mueca de burla que distaba mucho de algún gesto que él, el verdadero Sai hubiera podido hacer antes.—¿Qué te ha pasado? Anko-sama me dijo que eras diferente…

—Era peor.

—¿Cómo puedes desperdiciar esto, Ino-san?... Es… es tan poderoso, es tan… increíble. Puedo, puedo oír el pensamiento de la gente, lo rápido que laten sus corazones… hasta sé lo que van a cenar y mi cuerpo…

Hablaba en tono sombrío.

—Sí, tiene sus ventajas, pero tienes que recordar quién eres.

—Lo recuerdo, Ino… y era patético. –arrastró las palabras con modulación densa—Me metí en la cama contigo después de dos vinos y un rato de charla. ¡A la mierda con lo que era!—la mueca de su cara no espetó nada más allá que aquella sonrisa socarrona— Mi hermano Shin nunca pensó que llegaría tan lejos… je, bien podría tomarle del cuello y arrancarle el corazón ahora.

Ella percibía el olor de algo denso y desagradable en el aire y comprendía con desaliento que era una mezcla de su propio temor y de la furia de Sai. Era algo que se escapaba de los poros de ambos.

—Sai…—su voz menguaba, presa de la duda de lo que podría decir o hacer.—No voy a permitírtelo… no después de lo que ellos te han hecho.

—¿Celosa? ¿O acaso temes que pueda ser mejor?. –fue lo último que dijo, antes de perderse entre la espesura de la noche.

Ino sintió que el aliento se le congelaba en la garganta. se dejó caer de rodillas, mirándole alejarse... sin poder decir o hacer nada más.

Sai...

Le había perdido.


CONTINUARÁ


N/A:

Bien! un capitulo más, una semana más... y las cosas se estan poniendo más envolventes por aqui... Vale, vale, pues como digo siempre, gracias a todos y todas por leer y por comentar, ya saben que el mejor pago de un autor es la opinión certera y libre de sus lectores, y que en cierto modo son el combustible de motor de estas historias jejeje...

Me despido y nos leeremos la semana entrante con el proximo capítulo llamado:

"Aquello que he Provocado"

Higurashi's Out!