Debería morir.

Debería haber muerto en treinta segundos.

El corazón de un licántropo casi duplica el tamaño de sólo dos tercios del de un ser humano, pero para dilatarse obligadamente debe detenerse. Es decir… se sufre un ataque cardíaco.

Y todos los demás órganos internos van afectados, como una agónica cadena; así que durante el ataque cardíaco, también hay fallos en el hígado y los riñones… y si dejo de gritar, no es porque haya disminuido el dolor, sino porque la garganta, el esófago y las cuerdas vocales se están desgarrando…

para formarse de nuevo.

La glándula pituitaria debería funcionar a pleno rendimiento, inundando el cuerpo de endorfinas para aliviar el dolor, pero eso tampoco funciona.

Cualquier persona ya habría muerto por shock… pero ése no es mi caso.

Y eso es lo que parece más tortuoso. Me arrastra por todo aquello y me mantiene con vida incluso consciente, para resistir hasta el último segundo.

Una maldición propagada por medio de dientes y garras.

La víctima que engendra a victima que engendra a víctima…

es tan cruel que es… perfecto.

—Sakura Haruno

Being Human

Capítulo 10.- Cruel Luna Llena

El auto casi volaba por las calles de la ciudad en una loca carrera contra el tiempo y la insidiosa de la luna que estaba alzándose. Sentada al volante del vehículo, Ino entrevió el brillo de la luna entre los nubarrones apelotonados y frenó, derrapando por la calzada y casi subiendo el inocente vehículo a la acera en cuanto viraron por la embaldosada calle.

La puerta del apartamento se abrió con la misma fuerza que provocaría la corriente de un huracán e Ino entró, arrastrando a una casi convulsionada Sakura, asiéndole del hombro.

Hinata se levantó del sofá sobresaltada, como si éste le hubiese electrificado.

—Ino-chan… ¡¿Sakura-chan?! ¿Qué…? —la voz tiritaba confusamente mientras veía a ambas chicas mover el sofá hacia el ventanal de la sala, a modo de barricada.

Las cosas sobre la mesa, los estantes y el resto de pertenencias fueron a parar hacia el pórtico. La televisión, las revistas sobre la repisa del pasillo, la lámpara de piso… todo mientras Hinata se quedaba inmóvil y confundida.

—¿Qué… no se supone… que es ésa… "noche del mes"? –logró preguntar.

Sakura pasó a través de ella, cargando dificultosamente el perchero, una pila de discos y una caja con lo que se pudo guardar de la vajilla.

—¡Lo es… voy a hacerlo aquí! —resolló.

—Pe... pero… es mi casa. –Hinata apretó sus manos una contra otra, desconcertada.

—¿Qué pasa? –Sai bajó las escaleras, pasándose una mano por detrás de la nuca y una aparente y calmada mueca de somnolencia. –¡Eh! –gritó despectivamente a la chica de pelo rosa, luego miró a Ino, forcejeando con la cerradura de la puerta que daba al jardín—¡¿Qué rayos hace aquí?! ¡Hay luna llena!

—¡Ayúdame con la maldita puerta en vez de quejarte!—clamó la rubia desdeñosamente. Sai asintió a regañadientes—La sala de aislamiento está ocupada gracias a la estúpida Anko y nos hemos quedado sin tiempo… ¿Dónde está Lee?

El pálido muchacho atrancó la renuente cerradura.

—Salió a correr, o eso dijo –respondió Sai. Miró recelosamente a Sakura—¡¿Porqué tiene que hacerlo aquí?! ¡Va a destruir la casa!

—Porque no hay tiempo de nada más… —sin miramientos, Ino le dejó caer una pila de libros en los brazos—¡Ahora cállate y lleva esto al auto! ¡Ya!

—¡Las cortinas! –clamó Sakura, yendo hacia el pasillo con las últimas cosas.

—¡Voy! –resolló Ino empujando a Sai hacia el pórtico—¿Qué haremos con el ruido?

Y Hinata seguía en confuso y casi infantil shock.

—Es…es… mi… casa…

—El estéreo del auto… —respondió Sakura ignorando levemente los repetitivos monosílabos de la Hyuuga—ponlo a todo volumen, así los vecinos no lo notarán—a punto de ir hacia el pasillo, con otra pila de cd´s se detuvo, cayendo de rodillas cuando un violento espasmo le sacudió de cabeza a pies—Mierda… ya…¡YA HA COMENZADO!... ¡SALGAN!

Una oleada de vértigo la abrumó. Se agarró el costado como un adolescente borracho con un delirium tremens.

—¡LÁRGUENSE YA!

Ino pasó por detrás de Hinata.

—¡Hinata, vámonos!

Esta asintió casi por reflejo. Le siguió y se quedó de nuevo inmóvil justo delante del umbral.

—De…debería quedarme. Es mi casa y…

—No, en serio no querrás quedarte. —Ino estuvo a punto de tomarle del brazo… salvo por recordar que la chica era tan etérea como el aire—¡Hinata!

Ella no se movió, quedándose congelada por un horror inimaginable.

En medio de la sala, el cambio volvió a hacer presa de Sakura, igual que estuvo a punto de ocurrir en el corredor del hospital hacía pocos minutos. Su cuerpo se retorció y se contorsionó en una serie de paroxismos que redujeron sus ropas a jirones. Los huesos fracturados volvieron a soldarse formando configuraciones nuevas. Tiras de pelaje grueso e hirsuto de un tono rosáceo oscuro surgían de sus poros con una fuerza desgarradora.

Salieron garras afiladas de las yemas de sus dedos y sin darse cuenta de ello empezó a arañar la duela del piso. Las mandíbulas y la nariz se estaban alargando y los colmillos surgieron con tal fuerza que le desgarraron las encías y le hicieron babear sangre y saliva.

Tendones y cartílagos chasquearon y crujieron. Sakura se estremeció, sacudiendo el cuerpo como para librarlo de los últimos vestigios humanos. La cola, resbaladiza y húmeda, había brotado de la rabadilla y se alargó en el aire cuando el cuerpo le obligó a erguirse a cuatro patas. Sus músculos siguieron vibrando como cuerdas de arpa y sus nervios se inflamaron. Fluidos de penetrante olor rezumaron en su pelambre, y un hocico lobuno de largos colmillos se abrió para lanzar un aullido, una mezcla horrible de angustia animal y humana.

Ino había echando los dos cerrojos y encendido la radio en una estruendosa estación occidental

retumbando levemente en el vacío de la calle. La lluvia serviría también para aminorar el escándalo abatido en el interior del apartamento.

—No deberíamos estar aquí. —enunció Sai, sentado en el asiento del copiloto.— Esto es un jodido suicidio, Ino-chan.

Ella no dijo nada. Miró a una asustada Hinata reaparecer a su lado. Lágrimas de terror habían brotado de sus ojos.

—Yo…yo…nunca imaginé… que sería así… —murmuró Hinata, sintiendo que le flaqueaba el aliento—¿Eso… es eso es por lo que Sakura tiene que pasar?

—…Cada cuatro semanas…–completó Ino, intentando que su aguzado oído se centrase en la música en vez de los grotescos gruñidos provenientes del interior del apartamento. Aspiró profundamente, casi conteniendo el aliento—… durante el resto de su vida.

Un aullido agónico resonó en la penumbra de la noche.

0—

Distante del centro de Ame, en las solitarias carreteras rurales y bajo la copiosa lluvia, cayendo como una densa cortina, un hombre de tosca fisionomía y ralas facciones, corría pesadamente entre la maleza.

Kisame Hoshigaki maldijo la molesta lluvia, maldijo el barro acumulado en sus botas dificultándole moverse más aprisa y maldijo el momento en que el radiotransmisor había fallecido ante las inclemencias del tiempo, perdiendo el rastro de su compañero y de aquella escoria que les había jodido todo el plan. "Al menos pude meterle un plomazo en el hombro", pensó con cierto alivio, quedándose quieto bajo la cornisa de un derruido granero. La lluvia dificultaba la visión y había borrado el rastro dejado por el fugitivo, el cual parecía terminar en un solitario edificio, yaciente a casi medio kilómetro de donde estaba. El maldito infeliz todavía podía correr.

Casi por inercia y en un vago sentido de orgullo propio, estuvo a punto de retomar la marcha y terminar el trabajo tal y como les habían ordenado, si es que Itachi le había perdido también, pero al sacar la pistola y recargarla, el vahído reflejo de una luna llena renuente a desaparecer entre los gibosos nubarrones, le hizo desechar la idea. Se quedó allí, inmóvil como una estatua.

Ahora sólo sería cuestión de esperar, se dijo, con una sonrisa torcida en su macilento semblante.

Zabuza Momochi era el nombre de aquel pobre infeliz a quien habían estado dando caza; y habría salido librado, a no ser por el sujeto de rasgos tiburonezcos que le había propinado un tiro en el brazo derecho, impidiéndole responder con tres disparos mínimo.

Había corrido hasta el umbral herrumbroso de aquel edificio, con suerte les habría perdido, pero no podía fiarse tan fácilmente. Perdió a uno de los bastardos y eso era lo que también le preocupaba. Miró su reloj. Faltaban casi diez minutos para que viniese el coche a buscarle, tiempo suficiente para enviar a aquellos sujetos al infierno.

Amartilló la pistola y cruzó la oscura cámara. Una sombra pasó por su costado derecho. Apuntó con la pistola a la cabeza y se sujetó la muñeca con la otra mano: la pose de un pistolero. El silenciador tosió dos veces. La sombra saltó por la fuerza de las balas.

Y entonces, como un buen artista que quiere ver el resultado de su oficio, apartó la loneta que cubría el cadáver.

Sólo que no había tal cadáver.

Era un tablón, con dos agujeros de la bala.

Un movimiento, a su derecha. Rápido. Zabuza reaccionó y se volvió para disparar; pero recibió un silletazo en la espalda y las costillas, y perdió la pistola antes de poder apretar el gatillo. Ésta fue a parar entre los pliegues de una sucia loneta y se perdió de vista.

Zabuza Momochi era un hombrón, de casi uno noventa de estatura y unos noventa kilos de peso, con la musculatura de un toro; resopló con el ruido de una locomotora al salir de un túnel, arrancando la silla de las manos de su adversario, antes de que éste pudiese usarla de nuevo, y le lanzó una patada contra el vientre. El muchacho lanzó un gemido de dolor, para satisfacción de Zabuza y salió rebotado contra la pared, sujetándose el abdomen.

Zabuza le lanzó la silla. El muchacho la vio venir y la esquivó, y la silla se hizo pedazos contra la pared. Entonces el hombrón se le echó encima, apretándole furiosamente el cuello con las manos. Briznas negras pasaron por la retina de Itachi Uchiha y se dio cuenta de que aquel sujeto no era uno de tantos malvivientes ordinarios. Era un hombre experimentado enfrentado a otro, y sólo uno continuaría vivo después de unos minutos.

Que pasara lo que tuviese que pasar.

Levantó rápidamente las manos, librándose de la presa del asesino, y descargó la palma de la derecha contra la nariz de Zabuza. Quería incrustarle los huesos en el cerebro, pero el hombre era rápido y giró la cabeza para esquivar el golpe. Éste le aplastó la nariz, y los ojos del hombre se humedecieron por el dolor. Retrocedió dos pasos, tambaleándose, e Itachi golpeó con la derecha y con la izquierda su mandíbula. Partió el labio inferior del asesino, pero éste le agarró por el cuello del saco, echó el brazo atrás para golpearle en el cuello, pero de pronto el asesino alargó los brazos, y las manos carnosas se cerraron de nuevo sobre el cuello de Itachi, levantándole del suelo.

Éste pataleó, pero no tenía dónde apoyarse. El asesino le sostenía casi a la distancia de un brazo, y en cuestión de segundos lo arrojaría por encima de la baranda al suelo embaldosado de la planta inferior. Había una viga de roble a medio metro por encima de la cabeza de Itachi, pero era lisa y pulida, y no había posibilidades de agarrarse a ella. La sangre zumbaba en su cerebro, un sudor grasiento brotaba de sus poros.

La luna había llegado a su cénit y, en lo más profundo de Itachi Uchiha, algo empezó a despertar de un sueño de sombras.

Los dedos le apretaban las arterias, interrumpiendo la circulación sanguínea. Zabuza Momochi lo sacudió, en parte por desprecio y en parte para apretar mejor su presa. El fin estaba próximo; podía ver que los ojos de su adversario empezaban a salírsele de las órbitas.

Itachi levantó los brazos, rozando la viga de roble con los dedos. Su cuerpo se estremeció violentamente, y el asesino lo interpretó como señal de una muerte próxima.

Y lo era para él.

La mano de Itachi Uchiha empezó a retorcerse. Gotas de sudor rodaron por su semblante y una angustia total contrajo sus facciones. El vello del dorso de la mano se erizó sobre los hinchados tendones. Se oyeron débiles ruidos de huesos al romperse. La mano se volvió nudosa; la piel, oscurecida, dura y con grueso pelo negro, empezó a extenderse.

—¡Muere, hijo de puta! —profanó triunfalmente Zabuza.

Cerró los ojos, concentrando toda su atención en ahogar a aquel hombre. Ahora ya faltaba poco, muy poco.

Algo se movió debajo de sus manos, como hormigas que se escabulleran. El cuerpo de Itachi se estaba haciendo más pesado, más corpulento. Flotó en el aire un olor penetrante, un olor bestial.

Zabuza abrió los ojos y miró a su víctima...Lo que sujetaba ya no era un hombre.

Lanzó un grito y trató de arrojar aquella cosa por encima de la baranda; pero dos zarpas se clavaron en la viga de roble y el monstruo levantó una rodilla todavía humana y le golpeó en el mentón con una fuerza que casi le dejó sin sentido. Zabuza soltó aquella cosa y, todavía gritando, aunque ahora en un tono más estridente, se alejó a toda prisa. Tropezó con un andamio, se arrastró hacia el portón, miró atrás y vio que el monstruo desprendía las uñas de la viga. Aquella cosa cayó al suelo, agitándose y retorciéndose. Matas de erizado pelaje de color negro emergían entre los desgarrones de la ropa.

Y ahora, Zabuza Momochi, el asesino, uno de los mejores en su oficio, conoció el horror en toda su intensidad.

El monstruo se puso en pie y avanzó a cuatro patas hacia él. Todavía no se había formado del todo, pero sus ojos escarlata estaban fijos en él, amenazándole con una angustia atroz.

Zabuza agarró uno de los barrotes del andamio, la herrumbrosa pieza se desprendió al instante. Golpeó a aquella cosa y ésta saltó a un lado, pero la punta de la varilla le alcanzó en la deformada mejilla izquierda, produciéndole un tajo carmesí sobre la negra piel, casi debajo de una de esas peculiares marcas, ahora más oscurecidas y remarcadas sobre el hirsuto pelaje. Momochi pataleó desesperadamente, tratando de cruzar la cámara y llegar hasta el portón, y entonces sintió que unos colmillos se cerraban fuertemente sobre uno de sus tobillos, rompiéndole los huesos como si fueran palos de cerillas. Las mandíbulas se abrieron y volvieron a cerrarse sobre la pantorrilla de la otra pierna. De nuevo, se rompieron huesos, y el asesino ya nada pudo hacer.

Clamó al Cielo, pero no obtuvo respuesta. Sólo oyó el fuerte zumbido de los pulmones del monstruo.

Levantó las manos para protegerse, pero de poco servían unas manos húmedas. La bestia saltó sobre él, acercando a su cara el mojado hocico y los abiertos y terribles ojos. Y entonces el hocico se desvió hacia el pecho, con los colmillos resplandecientes. Fue como un martillazo en el esternón, seguido de otro que casi le partió por la mitad. Las zarpas trabajaban de firme, y las uñas producían rojos hilos. El asesino se retorcía y luchaba pero infructuosamente. Las uñas de la bestia se clavaron en sus pulmones, desgarrando el tejido, adentrándose hacia el corazón del hombre; y entonces el hocico y los dientes encontraron el órgano pulsátil, y con dos sacudidas de la cabeza el corazón fue arrancado del pecho como una fruta madura y mojada.

El corazón quedó aplastado entre los colmillos, y la boca sorbió su jugo. Zabuza tenía todavía los ojos abiertos y su cuerpo se retorcía, pero perdía tanta sangre que ninguna llegaba ya hasta el cerebro. Lanzó un gemido entrecortado y terrible, mientras la vida se le escapaba…bajo aquella cruel luna llena.

En un gesto meramente instintivo, con los sentidos embotados por el sabor de la sangre y el frenesí destructivo; el enorme lobo negro echó la cabeza atrás dejando escapar un grave y estruendoso aullido.

Una nota aguda resonó en la lejanía a modo de respuesta; un aullido largo y lastimero que le hizo quedarse quieto. El lobo negro emitió una nota gemebunda y discordante que tembló, creció en fuerza y en volumen, cambió de tono y se elevó, como un tañido fúnebre.

En medio de aquel torbellino de predominante ferocidad animal; una lívida intuición, corta y fugaz, emergió de la brumosa conciencia de Itachi Uchiha.

Le había encontrado…

0—

Amaneció y el corto lapso de semiinconsciencia le había arremetido la culpa con la misma intensidad que un balde de agua fría en el rostro.

Sakura se irguió levemente, todavía con los músculos del cuerpo acalambrados y doloridos. Empujó lo que parecía ser los restos del librero de la sala, ahora destrozado y astillado como las piezas sobrantes de algún aserradero.

—Oh…no… —exhaló, sintiendo la voz ronca, como si hubiese estado gritando desaforadamente durante toda la noche. Logró ponerse de pie sobre sus temblorosas y lampiñas piernas. Contempló el inmenso desastre ceñido a su alrededor—¡Rayos!

Las cortinas del ventanal principal de la sala estaban hechas jirones. Los pocos libros restantes de la estantería terminaron como simples despojos de papel, dispersos y rasgados a lo largo y ancho del pasillo y la sala. La duela era la que en peores condiciones sobrevivió: densos y profundos rasguños cruzaban irregularmente, enarcando las zancadas dejadas por aquella bestia enclaustrada y enfurecida.

Ino pasó por detrás de ella, desde la cocina, una mano acarreaba una bolsa negra llena a rebosar de los restos de la vajilla y demás enseres reducidos ahora a simples trastos rotos e inservibles; y la otra llevaba una frazada, la cual dejó escuetamente a la desnuda joven de cabello rosa.

—¿Sabes? —Ino se quedó con la mano libre apoyada en la cintura, mirando desinteresadamente la desordenada sala—… deberías dejar la medicina y dedicarte al negocio de las demoliciones—emuló una sonrisa relajada, a fin de animarle un poco—…no te iría nada mal.

Sakura exhaló hondamente, cubriéndose con la frazada.

—¿Ahora ves a lo que me refería… con que no puedo estar con alguien?... esto es lo que siempre tiene que pasar… lo que siempre pasa…—gimió, amargamente—… lo destruyo todo.

—No es tu culpa –asintió la rubia, levantando los retazos de lo que parecía haber sido uno de los cojines del sofá—Al menos no directamente. –arrojó las sobras a la bolsa de basura—De todas maneras, nunca me gustó ese sofá. Creo que hasta será una buena excusa para pasarse la tarde en el centro comercial…

—¿Y Hinata?

La pregunta sonó repentina. Ino alzó levemente los hombros.

—Afuera, con Lee… y descuida, no creo que le importe mucho que mitad de la casa esté…

—¿Lo… lo vió?

Ino supo inmediatamente a lo que se refería. Asintió, casi obligada.

—Le dije que saliera junto con los demás pero ya sabes lo necia que puede ser a veces –notó levemente ensombrecido el rostro de Sakura. Impostó de nuevo aquel gesto taciturno—Bueno, supongo que no fue peor que su propio berrinche en casa de su hermana.

—Debería ser yo quien limpiase todo esto.

—Nah… yo me encargo –enunció Ino resueltamente, yendo por otra bolsa para basura—Tú ve y tómate una ducha, que la peste a perro me está mareando.

En un fingido gesto más calmado, Sakura no espetó respingo alguno más que una leve mirada altanera hacia la rubia vampiresa. Subió al cuarto de baño aun sintiendo un vago desaplomo en sus pasos. Todavía la agudeza del oído y otros sentidos estaban agitados. Bajo el chorro de agua templada –bien podría estar helada, no importaba, su temperatura corporal también continuaba levemente elevada-, pudo escuchar a Hinata murmurar algo desde el pórtico, a Ino reprender a Sai estando éste aun en el auto y a Lee excusar algo con aquel fastidioso y estridente tono de voz.

Al menos el mundo continuaba su marcha… y ella haría lo mismo.

0—

—¡JODER! –escuchó la voz de Kisame, alzándose en medio de una bruma y sintió que el estrépito le taladró los oídos—¡Que caraj… oh por Kami!

Itachi Uchiha levantó levemente el rostro en respuesta al estruendo. Los párpados le pesaban y el oxidado sabor a sangre persistía en su boca, ahora con un gusto amargo y nauseabundo. Logró abrir un ojo, encontrándose con el rostro de Kisame Hoshigaki, el cual escrutaba el entorno con una mueca de ofuscado horror. Las baldosas de aquella ruinosa bodega estaban cubiertas por algo rojizo y líquido. El cuerpo del prófugo asesino de Kirigakure había sido esparcido en pedazos de un modo salvaje. El muchacho de cabellos negros se quedó sentado, totalmente desnudo en medio de un charco denso color carmesí; cerca de él estaban los huesos de una mano y más allá la coyuntura de un brazo.

Se cubrió la boca, ahogando una arcada.

Pff… se te pasó la mano, muchacho –gruñó Kisame, se detuvo, tambaleándose y miró fijamente hacia los amorfos pedazos—El "trabajo limpio" se fue a la mierda.

Se había cernido un nudo en el estómago del Uchiha y éste no pudo responder nada más allá de un gemido. Kisame le miró de reojo, con una sonrisa torcida; una expresión que intentaba emular un poco de convalecencia.

—Bah… tampoco esperaba que lo controlaras… si en diez años no has podido, dudo que…

—Esto no se puede controlar…—Itachi jadeó copiosamente, mirando directa y desdeñosamente al hombre de ralas facciones. Un fugaz brillo escarlata cruzó sus pupilas, menguando hasta volver a tomar aquel humano y normal color ónice.

—Al menos puedes sacarle algo de provecho. —Kisame sólo se alzó de hombros. Miró hacia arriba, como evocando un recuerdo– Conocía al cabroncete de Zabuza, pudo haberte arrancado la espina de haber tenido la oportunidad, je. –inhaló y exhaló una bocanada de aire, Volvió a contemplar los restos que adornaban el piso. Chasqueó la lengua—Tsk… pobre hijo de puta.

Arrojó una raída maleta hacia su compañero y le dio la espalda, dándole un poco de privacidad. Un harapo rasgado estaba tirado en el suelo, Kisame lo levantó y algo rojo y destrozado cayó al suelo; el cráneo del fiero "Kirigakure no Kijin"* había sido partido por la mitad, Kisame pudo ver las muescas dejadas por grandes colmillos.

—Rayos… y yo que no quería tener que juntar esta mierda con pala—gimoteó Hoshigaki, yendo renuentemente hasta la camioneta aparcada enfrente—Bueno, le habían puesto precio a su cabeza… ¡pues les traeremos la maldita cabeza entonces, je, je! –no obtuvo respuesta por parte de Itachi. Miró por sobre su hombro, encontrándole de pie, terminando de enfundarse los desteñidos pantalones, limpiándose la sangre seca del torso y los marcados brazos con lo que restaba de la botella de agua. Tenía la mirada perdida en algún punto del nublado cielo—Eh, date prisa chico, quiero entregar eso y largarme a Kirigakure lo antes posible. Este pueblucho no me da buena espina…

—¿Qué tan lejos queda Ame?

La pregunta sonó intempestiva y abrupta. Kisame escrutó el horizonte cernido más allá del solitario camino rural. Arqueó una ceja y sus pequeños ojos brillaron en gesto indagador.

—Casi cinco o seis kilómetros. Media hora de camino –musitó sin mucho ánimo—Dos si vas a pie.

Le vio asentir con la cabeza y Kisame preguntó algo más, pero Itachi no le escuchó. Su mente se había perdido en aquel vago eco repicando en su cabeza. Aspiró fuertemente y el lejano aroma, más allá de la húmeda tierra y la densa brisa le hicieron constatarlo, dándose cuenta de que en medio de aquella neblina inhumana que seguía resonando en su mente, había algo que concordaba… algo… que había estado haciendo mella en él; desde hacía un año.

Era como dos piezas encajando entre sí lentamente.

—Encárgate de llevar eso a Hanzō-sama. –enunció y los rasgos ajados de Kisame Hoshigaki enarcaron una mueca de extrañeza.

—¿Y ahora me dejas la bronca de entregarle esta "carne tártara"? –gruñó hoscamente. Una sonrisa porfiada emergió en su dentadura afilada como las cuchillas de una sierra, notando el gesto concentrado de su compañero, olisqueando el aire—Vale, si es lo que supongo, haz lo que te plazca; pero serás tú quien se arregle con él si se cabrea por como quedó el cuerpo, no yo.

—Hmp –Itachi sólo espetó un gemido corto.

Se cubrió el desnudo torso con una camiseta gris sin mangas, dejando al descubierto sus brazos. Una cicatriz desfigurada y curveada cruzaba desde la muñeca del brazo izquierdo hasta el tendón del codo; cuatro profundos desgarrones que bien podrían haber arrancado el brazo entero o al menos dejarlo inutilizado, en vez de lucir ahora sólo como cuatro gruesas líneas oscurecidas. Tomó uno de los despojos de la gabardina destrozada a causa de su anterior transformación, desprendiendo una tira de tela delgada y usándola para anudarse el largo cabello en una coleta baja.

Kisame levantó el desprolijo y mellado cráneo de Zabuza, como si se tratara de un trozo de cuero viejo y la dejó caer en una bolsa plástica para preservar cadáveres; una de tantas de las que había robado de la morgue de Kirigakure donde solía trabajar anteriormente. Dirigió una mueca cansina al Uchiha.

—Ne… ¿Y para qué rayos quieres ir a Amegakure? ¿Negocios o placer?

Detenido en el umbral, con ambas manos descansando en los bolsillos del pantalón y el negro fleco ondeando con la brisa de tormenta, Itachi Uchiha respondió sin siquiera mirarle.

—…Redención.

0—

Mierda, mierda, mierda. Primero el autobús, luego la pérdida del equipaje y una maldita fila de hora y media para recuperarlo… y ahora el maldito teme… ¡Dattebayó, quiero irme a casa!

El pensamiento se cortó en la mente de Naruto Uzumaki, ahora desquitando su ira reprimida con la inocente caseta de teléfono. El aparato marcaba intermitente la llamada y ésta ahora se había cortado, por décima vez. Poco bastaría decir que también se había tragado el cambio.

—Arg… ¡Cosa estúpida! –gimoteó haciendo un berrinche. Puso una moneda más y presionó de nuevo las teclas aporreándolas como si quisiera sumergirlas en la caja—¡vamos, marca de una vez!

Y apareció el sonido de marcado y la contestadora culminó su furia. Sasuke se había largado a Otogakure sin avisar nada a nadie y le había dejado plantado en plena estación de autobuses de Konohagakure, había perdido el estúpido papel con la dirección de un apartamento previamente reservado por Jiraya, habían confundido sus maletas, se acabó la batería de su teléfono móvil y ahora…

Deposite dos ryo por favor –anunció esa odiosa vocecilla pregrabada.

Si, ahora la máquina se había quedado con el cambio.

—¡DATTEBAYÓ! —un iracundo Naruto dejó caer la bocina con fuerza y sin fijarse, que el costado del aparato rozó sus dedos, por lo menos con la inercia suficiente como para hacerle proferir otro grito.

Salió echando pestes y azotando la puertecilla de la caseta telefónica, arrastrando la maleta y reacomodándose la chamarra.

—Genial… y para colmo, llueve —gimió—…¿Ahora, qué más?

Como respuesta y para acrecentar más su furibundo estado anímico, un Honda Civic de color negro pasó de lleno sobre un charco, justo delante de él… dejándolo en calidad sopa.

Y Naruto estalló.

—¡Eh! ¡¿Por qué rayos no te fijas, 'tebayó?! ¡¿Acaso estás ciego?!

El auto frenó ruidosamente y dio en reversa nuevamente hacia él. El muchacho no se quedó callado.

—¡¿Se te olvidó algo o es que quieres que me arroje sólo al char…?!

La voz se cortó, en el momento en que el cristal polarizado del lado del conductor se bajó y reveló un rostro levemente pálido y familiar.

—¿Naruto? –inquirió Ino al contrariado muchacho de zorrunas facciones.

0—

Sentada en el borde de las escaleras, Hinata permanecía en meditabundo silencio. Rock Lee se había sentado a su lado.

—Ne, Hinata-san… —mediaba las palabras, todavía repasándolas. Se decidió por una pregunta corta y animosa—¿Quieres continuar con lo que quedó pendiente en la práctica?

Pero la joven seguía perdida en sus pensamientos. El vago recuerdo de aquel arrebato de furia y descontrol todavía pesaba y hostigaba, y esto había traído consigo una palabra que surgía con intermitencia pertinaz en su mente.

Monstruo.

Y el término seguía acuñándose con más fuerza. Haber visto los alcances mortíferos de Ino –y Sai-su propia furia en medio del terror que ocasionó a su hermana menor… y ahora lo de Sakura.

También yo… Soy… ¿soy un monstruo?

—¿Hinata-san?

—No… —ella resolló entrecortadamente, como si quisiese ahogar un sollozo—No sé… no sé si deba… continuar con esto, Lee-san.

El muchacho sintió perfectamente el porqué de aquella respuesta. Podía verlo, sentirlo en el aura fluctuante de Hinata y ese brillo temeroso en sus ojos. No podía culparle por ello, tampoco por el contundente golpe de realidad que había tenido a causa de su hermana.

Vivir después de morir, no era nada sencillo y él lo sabía. Pero tampoco podía permitirle quedarse ahí, encogida en las escaleras y sollozando por no saber que hacer. Corrección… SI había algo por hacer e Ino se lo había sugerido. El problema sería… que Hinata accediese.

Bah, iba a intentarlo, iba a ayudarle simplemente porque él, Rock Lee, la "Hermosa Bestia Verde de Konoha" no iba a permitirle hundirse en su propia derrota como ocurrió con él… ¡Sacaría el fuego de su juventud costase lo que costase!

—Hinata-san –se plantó delante de ella, con el mismo aire autoritario que su entrenador solía hacerlo con él—…voy a ayudarte, sé que puedo hacerlo. ¡Y tú también puedes! ¡Tu…!

—No… —ella bajó la mirada—… tu viste lo que pasó… no puedo… no puedo hacer algo así… de nuevo.

—Puedo enseñarte a mover objetos, de manera controlada, Hinata-san —explicó—En forma segura, sin tener que sumergirte en ese mar de emociones sin control. No es tan difícil.—emuló una amplia y radiante sonrisa—¡Gambatte… Hinata-san!

Un diluido y casi invisible rubor apareció en las mejillas de Hinata. El muchacho de prominentes cejas indicó seguirle a la cocina. Ella estuvo a punto de ponerse en pie cuando la puerta principal se abrió e Ino Yamanaka entró, seguida de un muchacho de la misma edad que ella y Sakura, cabellos rubios despeinados y empapados.

—¡Eh, "frente de marquesina"! ¡Mira nada más a quien me he encontrado! –profirió Ino estruendosamente. Dejó la sombrilla estilándose en el pórtico y se dirigió al chico—Ponte cómodo, iré por el teléf…—Ino cerró la boca inmediatamente, indicándole con la mirada a la transparente chica que no hiciese aspaviento alguno. Ahora, con media sala destruida y vacía lo que menos necesitaban era que los focos volviesen a estallar—…el teléfono –retomó con vaga propiedad.

El muchacho asintió, todavía levemente desconcertado por el anterior exabrupto. Se quitó la empapada chamarra dejándola en el perchero y las maletas arrinconadas contra la puerta. Sólo llamaría al despistado de Jiraya para volver a pedirle la dirección del apartamento y se iría sin más; sabía que Sakura sería la primera en recriminarle el hecho de estar ahí –y él mismo había aceptado renuentemente el ofrecimiento de Ino por el mismo motivo.

Sintió a alguien a sus espaldas y se volvió, esperando encontrar el ofuscado semblante de su amiga de rosácea cabellera, pero quien estaba contemplándole con dubitativo y casi nervioso gesto era una chica de ojos color perla. Cabellos largos, lisos y de un evocador color negro azulado, como el de un cielo estrellado de media noche. Piel blanca. Pálida…

Demasiado pálida.

Él sonrió con el mismo gesto de educación que se espera de alguien en casa ajena y Hinata se sobresaltó.

Los azules y vivaces ojos de Naruto estaban fijos en Hinata.

En ella, sólo en ella, en vez de atravesarle, como lo harían los demás humanos…

—Oh… jejeje, Ino-san no mencionó que tuviesen a otra compañera de piso—dijo, hablándole a Hinata, con un aire desenfadado y cordial.

¡¿Hablándome… a mi?!

—¿P…puedes verme?

Naruto parpadeó, sin entender. Como si aquello último hubiese sido expresado en otro idioma. Su semblante confundido proyecto una risa nerviosa.

—Pues si, ´tebayó…—contestó con una risa bromista—¿Qué acaso no debería?—Alargó su mano hacia ella—Ne, perdona por no presentarme… Me llamo Naruto Uzumaki y soy amigo de Sak…

Los dedos de Naruto sólo rozaron el aire y atravesaron la mano de Hinata, cómo si ésta fuese un holograma.

Un holograma o un…

Los orbes azul cielo del rubio joven se abrieron como platos y un escalofrío intenso recorrió su nuca.

Un… ¿fantasma?

Tartamudeó algo ininteligible antes de exclamar un grito. Hosco y estridente al más puro estilo Naruto Uzumaki.


Continuará


Siguiente Capítulo: LOS MONSTRUOS QUE HAY DENTRO


*Kirigakure no Kijin- Traducido como "El demonio oculto en la Niebla". Para los fervientes lectores canon, es el título con el que se le conocía a Zabuza Momochi; aqui, tecnicamente no podía evitar usarlo.

N/A:

Y Naruto literalmente... VE GENTE MUERTA! LOL

Wiii... ya se, ya se, he vuelto a mi zona de confort... ¡MALDITO Y SENSUAL ITACHI! ejem... ok, pues con esto ya podemos comenzar a dar un paso con el NaruHina aunque como muchos saben, el pairing aqui no es mi prioridad. Si los habrá (ya tenemos el Ino/Sai, en su más oscura y retorcida expresión, jejeje) sólo que aqui, a diferencia de mis otros fanfics, pues la subtrama tiene un peso que no se puede ignorar... pero descuiden, habrá más lemon y ciertas situaciones "personales" de las que suele escribir tan gustosamente su querida servidora. :3

Como siempre, Gracias a mis queridas lectoras y lectores asiduos, a los que me comentan y a los que regalan parte de su tiempo a leer este peculiar fanfiction.

Nos Leemos la semana entrante!