BEING HUMAN

Capítulo 12.- Otro pequeño Lío

La tarde ya había caído y la odiosa lluvia parecía no querer terminar, igual que en las últimas semanas. El clima era el peor incordio, seguido de la falta de algún buen restaurante de ramen que tuviese algo decentemente digerible y que no fuese esa cosa seca y pastosa que solían servir en la cafetería frente a la estación de policía.

Y ahí estaba Naruto Uzumaki, a casi un mes y un ritmo de vida diametralmente opuesto al que solía llevar en Konoha, en una ciudad que distaba mucho del agradable calorcito soleado y veraniego del centro del País del Fuego y con un empleo –si es que podía llamarle así al intrincado encubierto en el que le habían metido— que técnicamente se había tornado un hastiado turno de papeleo, y sin contar la desconfianza que aun mostraban con él por el hecho de ser "nuevo" en la jurisdicción de Ame.

Afortunadamente ésta vez no se había quedado horas extra.

"Si el "teme" no se hubiese largado a Otogakure en busca de no se qué diablos, no tendrían que dejarme todos los aburridos archivos, dattebayó", se quejó internamente, sentado sobre el sofá en el medio de la sala del apartamento de Sakura; lugar en que prefería pasar el tiempo muerto después del trabajo. Simplemente, solía sentirse más cómodo ahí que en el diminuto departamento que había conseguido y al que regresaba contadas veces.

Sus dedos sujetaban el mando del televisor, pasando incesantemente de canal en canal, hasta que un crujido proveniente de la cocina irrumpió el sonido de la fluctuante señal. Una taza había caído colapsando contra el linóleo. Naruto se irguió al instante, encontrándose con la transparente chica de cabellos negro azulados. Ésta estaba de pie delante de la mesa del comedor, con ambas manos cubriendo su boca y mirando los trozos de la taza yacientes, como lo haría un niño que ha roto una de las preciadas porcelanas de su madre.

—Ne… ¿Estás bien? –preguntó él.

"Pregunta ridícula", acusó mentalmente. "Es un fantasma, ¿no? esta muerta, así que nada podría lastimarle… ¡realmente eres brillante, Naruto! " Espetó una risilla y Hinata se sobresaltó como si le hubiesen gritado.

—Ah… perdón... e…s…es que… —tartamudeó en voz baja.

—Oh no te preocupes –Naruto se inclinó hacia el objeto, levantando cuidadosamente los pedazos. Alzó la mirada hacia Hinata, con una sonrisa amplia y confortable—Sólo me he asustado un poco…—notó un gesto compungido en ella—¡No por ti! Bueno… no tú. Lo decía por lo de la taza y el ruido.

La enmudecida chica sólo bajó la cabeza. Naruto percibió un fugaz y casi invisible rubor en su semblante. Hinata simplemente se había quedado sumida en un nervioso silencio justamente en el instante en que su mirada se cruzó con el vivaz brillo de las pupilas de Naruto. Era un gesto meramente cordial, y eso ella lo sabía… sin embargo aquella era la primera vez, en mucho, mucho tiempo, que había sentido conectar aquel brío desenfadado, tan distinto de los gestos secos y escuetos de Neji… o las ofuscadas y exageradas expresiones de Hanabi. Hipocresía, ahora ella sabía que con ellos todo había sido una odiosa careta de falsedad y "amor" fingido. Pero las chicas, y Naruto…

Y ahora el silencio se había convertido en una muda e incómoda contemplación.

—¿Pasa algo?

La pregunta de Naruto le volvió a la realidad.

—No, no… nada… —jadeó ella, intentando no tensarse más, o el resto de la vajilla colapsaría.

Casi un mes, desde la abrupta "visita" y más de una semana con cortadas charlas, y sin embargo seguía causándole el mismo efecto ¿Porqué Naruto seguía poniéndole nerviosa? Si sólo fuera como cualquier otro mortal normal…

—Sólo… sigo sin entender, porque puedes verme y… escucharme.

—Créeme que el que menos entiende soy yo, ´tebayó –masculló levemente alborozado. Éste entornó la mirada un momento en ella y luego nuevamente volvió su atención a los trozos de porcelana.

Nuevamente, el recuerdo de Kurama afloró en su mente. Aquello no lo había expresado con nadie más, aparte de Jiraya y aun así, tenía sus dudas. Nah, no lo diría… al menos hasta no estar seguro de aquel presentimiento. Naruto dejó los restos de porcelana en el cesto de basura y pasó por un lado de ella. Dirigió por sobre su hombro una mirada curiosa, algo que bien podría tomarse como un gesto afable y que enarcado en los expectantes y azules ojos del chico, no hicieron más que incrementar el nerviosismo de la chica.

—Oye, Hinata-chan… —Naruto enunció, lentamente y el término, culminó ruborizándole más a ella. Se giró completamente, despegando el contacto visual y terminando de anudar la bosa del cesto de basura—… ¿Es cierto eso, de que los fantasmas pueden mover objetos a voluntad?, digo, he visto esas cosas en varias películas.

Se pasó una mano detrás de la nuca. Era una simple pregunta, casi tan involuntaria como las que ella misma solía hacer de vez en cuando a Ino o a Sakura. He aquí cuando el punto del cliché chocaba con la peculiar realidad. Hinata había bajado levemente el rostro, mirando más específicamente hacia sus dedos.

—Bueno… ehm… debería… —suspiró cortadamente—Debería poder hacerlo, pero toma algo de tiempo y…

— Y no es como en las películas, Naruto-baka… —Sakura irrumpió, entrando ruidosamente y dejando la puerta cerrarse a causa del viento.

Pasó trastabillando por el pasillo, ignorando los fútiles comentarios del hiperactivo rubio. Dejó sobre la mesa de la cocina un par de bolsas con las improvisadas compras de la semana. Miró de reojo el reloj empotrado sobre la pared que dividía la sala. Un gemido escapó de sus labios.

—Genial, ya voy tarde… —se dirigió a Naruto—¿Ino se ha ido ya?

Éste respondió hosca e inentediblemente. Había sacado y abierto un paquete de galletas y dos de estas llenaban casi la mitad de su boca.

—Hace veinte minutos… creo. —Hinata respondió casi cohibida e intentado traducir las agolpadas palabras del rubio.

Éste espetó un carraspeo.

—Y se llevó al paliducho ese —resolló Naruto, aun con sendas migajas cayendo de sus labios como una lluviecilla café.

Sakura se sobresaltó.

—¿A Sai? ¿Le ha llevado al hospital?

Naruto de alzó de hombros y Hinata asintió con la cabeza, sin saber que más decir. Ambos solo les habían salir apuradamente, luego de una fugaz llamada, la cual Ino había tomado desde el teléfono de la planta alta. Él estuvo a punto de comentarlo, abrió la boca pero la cerró de repente. Vio a la chica de cabellos rosas ir a la sala, tomar la bata, el gafete y el bolso dejados desprolijamente sobre una de las sillas y volver al pasillo, escudriñando la mesita del recibidor llena a rebosar de papeles, sobres y chucherías.

Todo estaba ahí menos las benditas llaves del auto. Y para colmo, había comenzado a llover.

—0—

Los dedos tamborileaban ruidosamente contra el metálico recubrimiento del escritorio y su semblante mostraba una mueca de contenida frustración. ¿Qué rayos estaba haciendo allí? O más bien, ¿Qué rayos le había impulsado a aceptar semejante propuesta? Él era un artista, no uno de esos mozalbetes pasantes de medicina o enfermería. Él tenía que estar delante de un lienzo o un ordenador o hasta podría conformarse con uno de esos baratos blocks de dibujo –pese a lo desgarbados que eran los terminados de papel y el sucio emborradero que se hacía con el grafito-, cualquier cosa que no tuviese que ver con esa peste etílica y el estresante ir y venir de doctores y enfermos.

Ah, pero había dicho que si a la propuesta de Ino. Si, se había quejado un poco, sólo un poco... antes de terminar cediendo.

"Pues de momento, tendrás que hacer algo… aquí no hay galerías de Arte y el único sitio en que por lo menos nadie te mirará raro por lo pálido, es aquí. Además, estamos el resto de nosotros; es más seguro", había proferido Ino con aquel tono mandón que hasta la ufana Sakura odiaba. Y él sabía perfectamente cómo se las gastaba la rubia si se le ignoraba tan campantemente.

Había un punto lógico en ello; aun la "no-vida" que solventaba con ella, al igual que el resto de los inmortales, re incorporarse a una rutina era algo que debía darse por hecho. Era eso o esperar a enloquecer sólo en aquella casa.

Bien por ello, pero sería mejor incorporarme a un trabajo que no estuviese rodeado por gente moribunda y ése horrible olor a metil metacrilato, pensó, aun postrado en la silla del escritorio perteneciente a Izumo. Éste le había dejado la tediosa tarea de reacomodar expedientes, hacía casi media hora y pareció tornarse una eternidad. ¿Ahora qué, voy a quedarme apilando carpetas con datos de gente muerta hasta el año tres mil?

—¡Nii-chan!… ¡Eh! –una vocecilla cercana le sacó de su ofuscado hastío.—¡Eeeh!

Sai bajó la vista del folder. Miró hacia un lado y hacia otro, por sobre su hombro y volviendo su atención al frente, apenas notó el infantil rostro asomándose por el vidrio de la ventanilla. Él espetó un bufido.

—¿Sí?

Haciendo esfuerzos por alzar más el rostro, el chico; un mozalbete no mayor de siete años, apoyó ambos brazos en la cornisa delante de la ventanilla, casi colgándose de ésta. Y esa mueca de absorta curiosidad clavada en sus rasgos infantiles.

—Eh, nii-chan, ¿Puedes llevarme hasta el asesor? Es que me he perdido y…

—No. Lo siento, yo no trabajo aquí. –Sai irrumpió, más fastidiado que otra cosa. El contacto tan "personal" y esa manera tan confianzuda de llamarle "nii-chan" eran demasiado chocantes para él. Simplemente porque no estaba acostumbrado a ello.

El niño hizo un puchero, sin soltarse de la cornisa.

—Oye, ¿pero si no trabajas aquí porque tienes el mismo uniforme?

—Porque estoy de paso, y disculpa, pero no puedo llevarte…

—¡¿Eres un mangaka?! –inquirió el chiquillo ahora con los expectantes ojos fijos en las hojas garabateadas apiladas sobre los expedientes—¡¿Puedo ver tus dibujos, nii-chan?! ¡¿Siiiii?!

—Yo, no…

—¡Inari! –clamó una mujer que venía desde el pasillo.—¡Inari! ¡Pero ve nada más donde voy encontrándote!

El niño se soltó de la ventanilla y agitó una mano efusivamente hacia su madre.

—¡Oka-chan!

La mujer, de largos cabellos castaño oscuro y no mayor de cuarenta, le tomó de la mano. Ésta le dirigió una mirada amable al muchacho pálido y de cabello negro, levemente desconcertado tras la ventanilla de archivos médicos.

—Perdón por las molestias, suele escabullirse así siempre que le toca su quimioterapia –enunció afable—, Inari-chan, discúlpate con el joven, ya sabes que no es correcto molestar a la gente.

—No es necesario. –Sai se levantó, más por educación que por impulso propio—No estaba molestando.

Ella asintió, sin borrar el gesto amable. Se excusó educadamente, andando con el inquieto chiquillo. Éste se había despedido de él de la misma vivaracha manera en que había llegado. Sai se quedó de pie, inmóvil y silencioso viendo cómo se alejaban hacia el pasillo que daba al ascensor. Posiblemente al piso de pediatría.

—Bueno, al menos tratas de socializar. –dijo Izumo Kamizuki detrás de él, entrando al despacho con una nueva remesa de expedientes—Nada mal, Sai-kun, nada mal.

—No lo entiendo –musitó él con aire ausente.—¿Porqué trabajar aquí? ¿Porqué nosotros, precisamente?

Izumo pareció entender el objeto de aquella interrogación. En su momento lo había escuchado de Ino, de Shikamaru… y hasta Kotetsu. Suspiró lánguidamente, evocando que la misma pregunta se la había hecho él mismo hacía años.

—Tal vez, porque es un poco menos cruel para nosotros, ayudarles a aceptar o asumir la muerte que jamás tendremos… Cuestión de balance, supongo.

—0—

Eh, ya vas tarde, frentuda. –resolló Ino al otro lado de la línea. Sakura gruñó enojada.

—No… ¿en serio? ¡Pues podría haber llegado a tiempo si alguien no se hubiese llevado el auto!

Pudiste haber ido en taxi –resolló Ino—Además te estuve esperando, y...

—¿Por qué te has llevado a Sai? –Sakura interrogó, casi con el mismo tono de voz de un policía. Oyó a Ino exhalar agobiada.

Cálmate, está en el despacho, al menos mientras Izumo-san arregla el papeleo.–respondió con una voz que parecía lejana.—Ya habíamos decidió que se reintegraría a un trabajo.

—¿En el hospital? ¡¿Acaso perdiste la cabeza?!

Hey, no es para tanto. Sai no es el mismo loco psicópata que Anko estaba entrenando, sé que ha cambiando. Además, creo que sería más propio si yo le vigilo.

Un comentario escueto pero conciso emergió de los labios de la joven de cabellos rosas.

—Entonces, según tú, es más propio que se quede solo en plena zona de cardiología.

Estará en el cubículo de expedientes y le he pedido a Izumo que no le dejase solo —dijo Ino a Sakura, con una voz que sonaba perfectamente normal. Al menos en sus propios oídos—Estará bien.

Sakura esperaba alguna protesta, incluso tal vez una artero comentario a lo Ino. Y lo hubiera preferido; por lo menos, era algo conocido, y no aquellas frases cortas y socarronas que le desconcertaban.

Colgó. Hubiera podido preguntarle algo más, pero no se atrevía. Ya le había dicho más de lo que ella hubiera querido escuchar. Había algo en aquella decisión que seguía sin gustarle. Bastante malo era el tener a Anko deambulando de tanto en tanto en el hospital, y lo poco grato que era ver a alguno de los otros –Izumo, Kotetsu, Aoba o Shikamaru- pululando en los pasillos, ahora agregar a Sai a la ecuación, era como acortar más la mecha de un cartucho rebosante de dinamita. Aunque no lo expresara abiertamente, Sakura presentía que algo en Ame comenzaba a tomar fuerza, y sabía que Ino tenía idea de lo que podría ser.

Consultó su impermeable reloj de pulsera. Si se daba prisa, podía llegar al hospital a tiempo para el cambio de turno de las nueve en punto, siempre que el metro no fuera con retraso. Entonces sólo tendría que sobrevivir nueve horas y pico en Urgencias antes de volver a salir.

Una luna gibosa creciente se asomaba entre las agolpadas y negras nubes de tormenta que cubrían el cielo, al hinchado disco amarillento del cielo sólo le faltaba una pequeña franja para alcanzar ese estado, dejando el respiro de una noche más. Sakura hizo una mueca al verla y pensar en las largas horas que se avecinaban. No esperaba con impaciencia aquella noche. Por un lado la unidad de traumatología de urgencias parecía enloquecer cada vez que se aproximaba la luna llena y esto le haría más difícil escaquearse del turno; y por otro lado estaba la odiosa maldición que solía joderle su propia existencia. Ahora sin la cámara de aislamiento en la parte abandonada del hospital, no le quedaría otra opción más que volver al abrigo del solitario bosque; ni de broma contemplaría la opción de volverse a transformar en casa, eso estaba más que descartado.

Con los zapatos empapados, se dirigió chapoteando a los escalones que bajaban a la estación del metro. Al llegar al final de las escaleras, descubrió con frustración que el túnel de hormigón que se abría más allá estaba abarrotado de gente tan o más empapada que trataban de cerrar sus paraguas, lo que le obligó a pasar varios segundos más bajo la copiosa lluvia. Cuando por fin pudo refugiarse en la estación, parecía una rata mojada y se sentía como tal.

Se desquitaría con Ino, después de todo, la muy ufana se había largado con todo y el auto.

Completamente empapados, se echó el pelo hacia atrás mientras las escaleras mecánicas la llevaban a al andén, que estaba lleno a rebosar. Una buena señal, comprendió; la gran multitud significaba que no había perdido el metro.

Mientras pasaba una mirada despreocupada por la empapada muchedumbre, se quedó levemente inquietada al reparar en una silueta en particular. Un muchacho que había en el andén, apoyado en un quiosco y con un aire levemente familiar. Ésas sensaciones extrañas, de ver a alguien completamente desconocido y sentir haberle visto en algún otro lugar.

Sus orbes verdes le escrutaron meticulosamente; vestido con descoloridos jeans oscuros, camisa azul marino y sin mangas, dejando al descubierto unos fornidos brazos levemente bronceados y facciones tan poco expresivas y serias como las de…

¿Sasuke?

La idea la relegó al instante. No. Sasuke estaría con suerte todavía en Otogakure según aseguraba Naruto. Y el hiperactivo rubio no era tan despistado como para olvidar mencionarle si el Uchiha había arribado o no a Ame.

No, simplemente no podía ser Sasuke; él no tenía el cabello medianamente largo y anudado en una coleta, se le veía mayor y tenía esas profundas marcas bajo los ojos. Pasará todas noches en vela probablemente o trabajará como guardia nocturno quizás, pensó un tanto ensimismada en él. Fue incapaz de apartar la mirada incluso cuando éste alzó la cabeza y la miró directamente.

Durante un momento interminable, sus ojos se encontraron. Sakura se vio sumergida en unos enigmáticos estanques negros cómo la misma noche que parecían contener profundidades insondables. Él le devolvió la mirada y sus ojos parecieron penetrar hasta el fondo de su cráneo. Su expresión gélida y neutra no revelaba la menor pista sobre lo que estaba ocurriendo tras aquellos orbes ónice que le examinaron sin disimulos y, por un segundo pasajero, Sakura creyó detectar en ellos un destello de interés, mezclado acaso con un rastro de pesar y remordimientos inefables.

Un tenue aroma terregoso, casi como el que procedía de una nublada mañana de invierno se aprisionó en el agudo olfato de la joven. Esta se percató de pronto, sobresaltada.

¿Estaba olfateándole? ¿A un completo desconocido?

Maldijo internamente el ofuscado instinto lobuno y maldijo el hecho de que esté se intensificaba más y más conforme se aproximase el plenilunio. Notó algo.

Él también había captado su escencia.

Entonces, para su alivio y decepción, la escalera mecánica le estaba llevando hacia abajo, más cerca del desconocido tan similarmente Uchiha. Sakura tragó saliva. Sin embargo, justo cuando las escaleras mecánicas llegaban al andén y Sakura ponía el pie sobre ésta, un tren de color azul brillante entró como un trueno en la estación, acompañado por una bocanada de aire frío y un ensordecedor estruendo. La repentina llegada del tren sobresaltó a la chica de melena rosada y quebró por un momento el silencioso trance visual con aquel muchacho de prominentes ojeras y cuando se volvió para buscarle de nuevo, descubrió que éste había desaparecido por completo de su vista.

Las puertas del metro se abrieron con un siseo y los impacientes peatones se lanzaron a su interior. Sakura pasó unos segundos más buscando a aquel desconocido y a continuación entró a regañadientes en el vagón.

¿Y ahora lo lamentas? ¿Por un simple extraño que se le parecía levemente a Sasuke? Ya déjate de obsesionar por él… Probablemente sea lo mejor,pensó, aunque sin llegar a convencerse ni de lejos. Una voz amplificada habló por los altavoces de la estación para pedirle a los transeúntes que esperaban en la plataforma que se hicieran a un lado y dejaran salir a los pasajeros.

Ya llego tarde al trabajo.

—0—

—Ne… esto comienza a tornarse demasiado aburrido. –Kidomaru enunció hastiado, andando con la espalda encorvada y casi arrastrando las pisadas. El humo de la colilla del cigarro escapaba lentamente, fusionándose con la nubecilla de su propio hálito. Dedicó una mirada insidiosa a la joven que estaba a su lado—…Y tengo hambre.

—Una hora de viaje, y sin un solo bocado –quien habló ahora era un muchacho robusto y facciones ralas y enjutas. Respondía al nombre de Jirōbō. Su grueso cráneo sólo impostaba tres desgarbados mechones de color naranja, a lo mohawk.—No puedo creer que Kabuto-sama haya accedido. Yo personalmente me hubiera quedado en Otogakure. No me gusta para nada Ame.

La joven, de largos cabellos de tonalidad magenta, lacios y ahora apelmazados por la densa lluvia, espetó un bufido estridente.

—¡Joder! ¡¿Qué ninguno puede callarse la puta boca?! –gritó exasperada sin importar que alguien más pudiese escucharle— ¡Además con esta lluvia de los cojones, ¿cómo carajos esperan conseguir comida?! ¡Menudo equipo de mierda! ¡Y menuda ciudad de mierda! ¡Por mi Kabuto podría irse directo al puto infierno!

Jirōbō gimió ofendido.

—No creo que sea propicio armar semejante escándalo, Tayuya-san. –enunció.

Tayuya, a modo de respuesta, correspondió con una seña con el dedo medio, hosca y vulgar. Un cuarto muchacho, de cabello gris platinado y cuyo flequillo cubría el ojo derecho, les seguía a escasos palmos de diferencia. Tayuya dirigió su atención a éste.

—¡Eh, Sakon! –clamó—¡A ver si mueves las putas piernas, ya me harté de estarte esperando! ¡Y la puta lluvia arreció! –alzó la vista, ante el insignificante chubasco que caía sobre la solitaria calle que conectaba hacia la estación del metro. Dio una patada a una abollada lata, lanzándola hacia un lodazal—¡Me cago en Kamisama! ¡Deja que se entere Anko, juré que le haría pagar por lo de aquella vez y había prometido no volver a este puto pueblucho de mierda! ¡Me las pagará…!

—Ya cállate –esta vez, quien habló fue el enmudecido Sakon, emergiendo de su meditabundo silencio, apresurando el paso sólo para alcanzar a la furibunda joven y encararle—Órdenes son órdenes, y si tanto quieres ajustar cuentas, te recuerdo que es con Ino Yamanaka con quien deberías, no con Anko-san… al menos deberías de mostrar un poco de agradecimiento.

Ésta le miró con un gesto que casi echaba chispas.

—Agradecimiento…¡Mi puto culo! –bufó—¡Si hago esto es porque aun respeto a Orochimaru, fuera de eso, lo demás me vale una entera mierda!

—Pues yo sigo con hambre, y gritar como histéricos no hará que caiga siquiera un simple vagabundo –aquejó Kidomaru. Escupió la colilla del cigarrillo, ya casi consumida y la aplastó con la bota, como un insecto mezquino. Entornó la mirada y se detuvo de repente, llevándose una mano a la nariz—¡Oh mierda!

Jirōbō, Sakon y Tayuya le miraron. Una mueca de desagrado y nausea apareció en las morenas facciones de Kidomaru.

—Huele a perro… ¡Joder! ¿No los habían cazado a todos? –inquirió.

El tosco sujeto miró en derredor, igual que Sakon. Tayuya frunció el ceño. El aroma, débilmente perceptible a pesar de la lluvia, develaba el rastro dejado por un licántropo, a pocos metros de la empapada acera. Era un olor acre y muy difuminado, sin embargo el agudizado olfato vampírico podía percibirlo aun entre la densa humedad de la lluvia.

—¡Puta madre! ¡Son dos!— Tayuya aspiró fuertemente— Un macho y una hembra.–enarcó una sonrisa insidiosa. Sus marfileños colmillos destellaron fugazmente—Jeh… ¿Hace cuanto que no nos divertimos un poco con alguno de esos roñosos cabrones?

—¡Por mi, no hay problema!–clamó Kidomaru con un bramido alebrestado—Eso sí, me pido el pellejo, quiero una estola de piel de lobo como la de Dosu. Eso si que era un buen trofeo de cacería.

Jirōbō estuvo a punto de proferir algo, pero su atención se centró en una de las mustias calles y un siseo furioso escapó de sus pálidos labios. A menos de ocho metros se erigía el adosado edificio del centro médico de Ame. Un espeso aroma de sangre tibia y el calor de sus poseedores emanaban del lugar.

—Olvidémonos de esos pulgosos –señaló con la cabeza hacia el edificio—Ya llegamos. Además…—una sonrisa hambrienta apareció en su circunspecto rostro. Un fulgor sanguinario emergió en sus ojos y sus colmillos crecieron—…creo que sería poco educado no pasar a saludar a Anko-sama.


CONTINUARÁ


Siguiente Capítulo: NO SERÍAMOS AMABLES, SI FUÉRAMOS HUMANOS


N/A:

Pues los problemas acrecentan! Honestamente he de confesar que el NaruHina me está costando casi un riñón (o una neurona LOL), el rubio es demasiado alebrestado y me es un poco dificil lidiar con personajes taaan enérgicos y por otro lado está la otra cara de la moneda que es Hinata, demasiado tímida, delicada y hasta dulce... ya se, demasiado para mi, pero bueno, como le dije a otros, acepté el reto porque puedo darle más variedad a mi repertorio, jejeje.

Por otro lado.. ok, vuelvo momentáneamente al ItaSaku, aunque aqui se me antoja desarrollar una versión un tanto más... retorcida de la cosa, je...

Los cinco del sonido... bueno los cuatro del sonido hacen su aparición! (larga vida a los extras, como dice Kusubana :P), las cosas van a ponerse muuy pesadas con estos... y como tenían inicialmente en mente... a lo mejor algun lobito resulta herido en el proceso.

...habrá que ver, jejeje. Bueno, gracias a todos y todas las ke leen y comentan, nos veremos la siguiente semana!

HIGURASHI´S OUT!