BEING HUMAN
Capítulo 13.- No seríamos amables, si fuéramos humanos
Al mirar atrás, Ino Yamanaka pensaría —cuando pudo soportar pensar en aquello— que la pesadilla empezó alrededor de las diez y media de aquella noche, cuando el pabellón de Urgencias se convirtió en un completo infierno.
Hasta entonces, todo estuvo tranquilo. A las nueve, media hora después de que llegara Sakura –y luego de que ésta se pasara veinte minutos rebatiéndole acerca del improperio de haberse llevado el auto-, se presentaron las dos estudiantes de enfermera que harían el turno de diez a cuatro. Ino les dio un bollo y una taza de café y les habló durante quince minutos, para explicarles cuáles eran sus obligaciones y, lo que era tal vez más importante, cuáles no eran sus obligaciones. Luego, Sakura las tomó bajo su tutela. Cuando salían de su despacho, Ino la oyó preguntar:
—¿Alguna de ustedes es alérgica a la sangre o al vómito? Porque aquí van a ver mucho de las dos cosas.
—Eso es motivación… —murmuró Ino cubriéndose los ojos con la mano. Pero sonreía. No dejaba de tener sus ventajas contar con alguien tan peculiar y toscamente realista como ella.
Tómenlo a cortesía… no seríamos tan amables si fuéramos humanos, sostuvo irónicamente, mientras empezó a rellenar los largos formularios oficiales que suponían un completo inventario de los medicamentos y material traídos por Shikamaru hacía poco menos de veinte minutos. ("Todos los años la misma historia —murmuró éste con voz de mártir—. Todos los años, la misma problemática historia. ¿Por qué no pones: "Instalación completa para trasplantes de corazón. Valor aproximado: ocho millones de ryo?" Eso les dará que pensar.") Ino estaba totalmente absorta en su trabajo mientras el subconsciente le murmuraba que no le caería mal una taza de café, cuando oyó gritar a la jefa de enfermeras en el vestíbulo:
—¡Yamanaka-san! ¡Haruno-san!
El pánico que había en la voz de la mujer hizo que Ino saliera corriendo. Se levantó del sillón como si hubiera estado esperando aquello. Salió disparada a la sala de espera. Al principio, sólo vio la sangre, cantidad de sangre escurriendo por la alfombra hasta el marmoleado linóleo. Una de las aspirantes a enfermera sollozaba. La otra, blanca como la leche, se apretaba las comisuras de los labios con los puños, distendiéndolas en una ancha sonrisa de repugnancia.
Sakura, arrodillada en el suelo, trataba de sostener la cabeza del muchacho que estaba tendido sobre la alfombra. Desde la ventanilla del cubículo de archivo, Sai miró a Ino con los ojos agrandados por el horror. Abrió la boca, pero no le salían las palabras.
Al otro lado de las grandes puertas de cristal del Centro Médico se apretujaba la gente, haciendo pantalla con las manos para mirar al interior. Volvió la cabeza y vio más caras en las ventanas. Lo de las puertas no podía impedirlo; pero...
—Echa las cortinas —dijo a la aspirante que había gritado.
Como ella no se moviera, Ino le dio una palmada en el hombro.
—¡Muévete, niña!
La muchacha se puso en movimiento. Al momento, las cortinas quedaron echadas. Ino y Sakura se situaron instintivamente entre el herido y las puertas, a fin de tapar la vista en la medida de lo posible.
—¿La camilla dura? —preguntó la tosca mujer a cargo de recepción.
—Que la traigan, si es que la necesitamos —dijo Sakura—. Aún no sé lo que tiene.
—Vamos, tú —espetó Ino a la muchacha que había corrido las cortinas. La joven se volvía a tirar de los labios con los puños, formando aquella mueca de horror que le descubría los dientes como una sonrisa.
—¡Oh, agg! —gimió la muchacha mirando a la rubia.
—De acuerdo, "oh ag". ¡Pero andando! —Ino la sacudió por un hombro y la muchacha se alejó rápidamente, seguida de la escandalosa jefa de enfermeras
El muchacho tuvo una sacudida, para luego quedar tan tieso como una tabla.
Sakura se inclinó para examinarle; era un muchacho de unos veinte años, y la joven de cabellos rosas no tardó ni tres segundos en hacer su diagnóstico. Estaba prácticamente muerto. Tenía la cabeza aplastada y el cuello roto. La clavícula fracturada le tensaba la piel del hombro derecho, hinchado y deforme. De la cabeza, un fluido amarillo y purulento goteaba en la alfombra mezclado con la sangre. Por un boquete del cráneo, Sakura veía palpitar la masa del cerebro, de un blanco grisáceo. Era como mirar por una ventana rota. El orificio tenía unos cinco centímetros de diámetro.
El cuello, la piel estaba embadurnada de sangre. Dos enormes surcos, amplios como cuchilladas cruzaban de la yugular hasta el hombro. Rasguños amorfos, como los de un…
—Es… es uno de… —Sakura sintió su voz congelarse en un atisbo de gélido temor. Alzó la mirada hacia la rubia.
—Mierda… Kotetsu acababa de terminar su turno hace dos horas, él sabría quien... —se dio una palmada en la frente. Sobreentendiendo el ofuscado momento, su mente daba vueltas. Anko fue en la primera en quien pensó…
No. No ella… esto lo ha hecho alguien más. Ésas marcas y esa rapiña… No le mataron, se ensañaron con él como si fuese un simple trozo de cuero…
Esto no lo hizo nadie de Ame. Esto lo ha hecho...
—¡Ino! –apremió Sakura.
Le miró desconcertada y luego a Sai, aun en visible estado de shock detrás de la ventanilla.
—¡Sai! Iremos por Aoba, en el piso doce. Él sabrá que hacer.
Ino parecía aturdida y trastornada, algo insólito en ella, supuso Sakura, pero su voz sonaba bastante firme, saliendo junto con Sai. Éste se fue, pero no sin que Sakura captara la mirada de profunda conmiseración que le lanzó. Aquel muchacho, escuálido y menudo que no llevaba más ropa que unos "shorts" colorados con listas blancas y sudadera deportiva.
Aquel muchacho que parecía que iba a morir, agitó los párpados y abrió los ojos. Unos ojos azules con el iris ribeteado de sangre, que miraba sin ver.
—0—
Hinata Hyuuga no había despegado la mirada de aquella pequeña taza de porcelana blanca inerte en el centro de la mesita de la sala, mientras sus ojos estaban clavados en ella con el mismo escrutinio que tendría un halcón hacia su presa. Había alargado una mano hasta el asa, y esta se quedó repentinamente inmóvil a sólo unos pocos milímetros de la agarradera.
Concéntrate…
Rock Lee estaba a un lado de ella, silencioso por un lado, y por otro, quieto y expectante, todavía con el trémulo recuerdo de lo ocurría cuando las emociones intempestivas hacían mella en Hinata Hyuuga. Tenía el impulso de comentar algo, pero no lo hizo, prudentemente debido al asustadizo temperamento de la chica. Literalmente, un movimiento o palabra en falso, podría ser desastroso… así como lo fue para las otras cuatro tazas que habían "muerto en cumplimiento del deber" durante la noche, cuando Lee volvió. Ahora eran cerca de las diez de la noche, y el "entrenamiento" proseguía sin mucha mejoría. No era una queja por parte de él, simplemente era un imprevisto.
Concéntrate…
La taza finalmente se movió. Una décima de centímetro pero se movió. Oh, no, no se movió… sólo se deslizó. Y eso porque Lee no pudo evitar empujar levemente la mesa. La mano de Hinata no había ni siquiera rozado la superficie. Los dedos de la joven traspasaron el asa, nuevamente como solía ocurrir con todo objeto físico.
—No… puedo… —Hinata dejó escapar un suspiro lánguido y cansado, dejándose caer contra el respaldo de la silla y sin provocar ningún movimiento tampoco en ésta.
El joven de abundantes cejas se puso de pie de un salto, alargando la mano hacia el asa.
—Es fácil, Hinata-san, casi lo consigues –dijo, con la mano sobre la taza sin tocarla—sólo concéntrate, es… es como si quisieras sujetarlo, como cuando estabas viva… —Se detuvo, sintiendo que las palabras se le agolpaban en la boca y trastabillaban. En un sentido sincero, y que le costaba demasiado admitir, Rock Lee no estaba tan seguro como quisiera para explicarlo… y aun en breves lapsos, ni siquiera para intentarlo. Mover objetos era un desgaste casi comparado a correr un kilómetro en medio de una soleada tarde de verano, y con el mismo ímpetu, él solía evitarlo preferentemente. La energía se renueva, sí, pero no en un lapso tan corto como cuando se esta vivo—…sólo… es encausar un poco más de energía.
Los dedos de él, apenas provocaron un vahído movimiento. La taza volvió a quedar en el centro. Al menos esta vez no había salido volando, o explotado o alzado en el aire para luego caer por obra y gracia de la gravedad, como ocurrió con las otras. Ella volvió a alargar la mano. De nuevo, la mente volvía a traerle el recuerdo de su arrebato emocional. Hanabi… la pequeña Hanabi echándole en cara –no a ella, obviamente- lo mucho que había "apreciado" su amor familiar. El té que le había traído esa noche, el arma homicida de todo aquello. La traición…
Confesar. ¡Sí! ¡Eso haría!... la obligaría a confesar. La obligaría a admitir su culpa aunque tuviese que atormentarle hasta el fin de su vida. La obligaría y la doblegaría… La…
—¡Hinata-san! —Rock Lee apremió, notando que sin que la Hyuuga tocase el objeto, este comenzaba a temblar, oscilando trémulamente como si alguien estuviese sacudiendo la mesa por debajo.
No, no otra vez. Sopesó ella mentalmente, alejándose de aquella gélida sensación que comenzaba a rebatir en su mente y en su entorno, emoción que ocurría cada vez que siquiera evocaba el recuerdo de su hermana menor. El aire seguía frío, sentía su propia energía helada. Como estar dentro del congelador de una tienda.
Respiró hondo. Intentó hacerlo y notó que su mano tocaba algo. Ella lo sintió. Percibió la marfileña superficie del asa. La solidez de ésta, rozando fugazmente la yema de sus dedos. Y la sujetó.
Tal cual lo haría cualquier persona con cuerpo y consistencia física.
Los redondos y brillantes ojos de Rock Lee quedaron tan abiertos como platos, no dijo ni profirió nada. La expresión de Hinata no había distado mucho de la de él. Menos, cuando su mano se aferró al objeto, levantándole. Cinco, diez… quince centímetros de la superficie de la mesa.
—Lo… ¡Lo tengo! ¡Lee-san, lo…!
Y el momento se rompió, asi simplemente. Abrupto e intempestivo. La taza cayó de las incorpóreas manos de Hinata. Casi rozando el suelo de madera, en un ofuscado y veloz movimiento, Rock Lee se lanzó hacia el proyectil de porcelana, tal y como lo haría un jugador de baseball para atrapar una bola curva; y de la misma dramática manera, logró evitar que la última taza de la afamada vajilla victoriana de Ino Yamanaka colapsara en la duela de la cocina.
—Uff… estuvo cerca. –proclamó triunfalmente Lee, ante la mirada atónita y desconcertada de Hinata.
Ésta resolló cohibida.
—Lo… lo siento, Lee-san, es… es que…
—No te preocupes, Hinata-san. –respondió él, con una expresión calmada. Se levantó, todavía con la taza "flotando" sobre sus manos. La dejó en la mesa, y se volvió para mirarle, sin apartar aquel gesto afable.—En serio, no te alteres por ello. Tomará tiempo, yo lo sé… —bajó un poco la mirada, sólo por fracción de segundo—Me tomó casi un año poder controlarlo, pero sé que se puede. Un poco de paciencia y…
Pero Hinata había dejado de escucharle; su mente aun retomaba el vahído momento en que aquel torrente incandescente de emociones se apoderaba de ella y terminaban desatando un vendaval de caos y destrucción que le aterraban, le horrorizaban tanto como la constante idea de que ello podría absorberle como había comentado anteriormente Ino.
—Lee-san, yo… —ella negó con la cabeza, renuente a lo que pensaba y quería decir—… ¿es… es esto lo que tengo que hacer? No quiero dañar a nadie, yo no… —la idea se esfumó, y reapareció ese solapado sentimiento de aprensión; sabía que no bastaría con el susto provocado a Hanabi. Sabía que había algo más, sin embargo, el miedo seguía apretándole en la conciencia, como una mano helada e insensible—yo… no se que más deba hacer. –se dejó caer nuevamente sobre la silla—Ni siquiera sé porqué sigo aquí.
Y Rock Lee lo entendió. No era un tipo brillante, ni siquiera cuando gozaba de pulso y calor corporal; pero lo entendió, como se sobreentienden los silencios incómodos y los llantos silenciosos. Captó el miedo en la mirada de Hinata, porque él mismo lo había sentido, hacía más de un año. Tendió la mano a la chica, mientras su mente debatía silenciosamente una peculiar ocurrencia, sugerida en días posteriores por la entrometida Ino, justo después del desastre en casa de Hanabi Hyuuga. Hinata le miró, levemente desconcertada.
—Creo, que te ayudaría un poco más, ver esto… Hinata-san –dijo.
Ella le tomó de la mano, casi por reflejo. La cálida energía de él, le devolvió un poco de confianza. Cerró los ojos, sintiendo fluctuar su propia aura, desvaneciéndose con él en la sala.
—0—
Increíblemente, el moribundo se movía. Trató de mover la cabeza y Sakura le sujetó con más fuerza, pensando que tenía el resto del cuello partido. El terrible traumatismo craneal no excluía la posibilidad de que sintiera dolor. El moribundo hacía una especie de gorgoteo. Estaba tratando de hablar. Sakura oía sílabas —cuando menos, fonemas— pero las palabras eran ininteligibles. Sintió un espasmo en el estómago. Se puso una mano en la boca para ahogar la náusea.
—Caaa —dijo el muchacho—. Caaaaaa...
Sakura miró en derredor y vio que se había quedado sola con el moribundo. En la alfombra verde había un círculo marrón oscuro que se ensanchaba por momentos en torno a la destrozada cabeza del herido. Menos mal que había dejado de fluir el líquido intercraneal.
—Están aquí… —dijo el joven con una voz que era como un graznido... y sonreía. Era una sonrisa muy parecida a la mueca grotesca e histérica de la aspirante que había corrido las cortinas.
Sakura le miró fijamente, resistiéndose a dar crédito a sus oídos. Luego pensó que había tenido una alucinación auditiva. Sí, los labios ensangrentados del herido se habían movido y los oídos de Sakura Haruno captaron unas sílabas, pero eso sólo significaba que la alucinación fue visual además de auditiva.
—¿Qué dices? —susurró Sakura.
Y esta vez, con la misma claridad que un cuervo con la lengua partida, las palabras sonaron, inconfundibles:
—Ellos… están aquí…
Los ojos que tenían la mirada extraviada y derrames de sangre se clavaron en los brillantes y aturdidos de ella. La boca se abría en una gran sonrisa de carpa muerta y los nudosos dedos se habían deformado, develando el brillo lacerante de las uñas… largas y afiladas como cuchillas.
Un atisbo de segundos, fugaces e inmisericordes, en los que aquella cosa saltó sobre ella, mostrando unos colmillos blancos y unas encías escarlata y dispuesta a cerrar sus mortales garras en la garganta de la joven de cabellos rosas.
Ocurrió rápidamente. Sakura no sabía exactamente cuándo, porque todo estaba confuso. Una llamarada brotó dentro de ella, quemándole las entrañas; sintió de nuevo un dolor cegador, y entonces alzó su mano derecha —una garra de lobo cubierta de lisos pelos rosáceos que se enroscaban en su brazo casi hasta el codo, por debajo de sus ropas— y arañó la mejilla macilenta de aquella cosa. Éste siseó embravecido y echó la cabeza atrás, con surcos ensangrentados donde los habían trazado las uñas.
Sakura se puso en pie, con el corazón palpitante y el cuerpo trémulo ante el bestial impulso de defensa, sintiendo una presión en los huesos cuando éstos empezaron a cambiar; antes de siquiera diez segundos de inicio del cambio, éste se invirtió completamente.
El cuerpo reanimado del muchacho daba zarpazos al aire con ciego furor. Aturdido, giró en redondo lanzándose hacia Sakura como un mortífero proyectil. El cristal de una de las puertas se hizo añicos con un estruendoso crujido y una sombra derribó al cadavérico vampiro, arrojándolo contra la pared del lado opuesto. Éste siseaba, arrojándose contra aquel desconocido, el cual, abrió la boca y una dentadura de caninos e incisivos serrados se mostró a la luz. Un gruñido lobuno escapó de sus labios. Un fragmento de hueso sobresalió de la carne y un arco escarlata salpicó el blanco linóleo.
Sakura sintió a alguien asirle por ambos brazos en un vago intento por levantarle. A los pies de ella, el cuerpo ahora totalmente desmembrado del muchacho que recién había ingresado en calidad de cadáver, estaba tendido en medio de un denso charco carmesí. La cabeza, con aquel agujero, yacía aparte del cuerpo, desprendida, aun con unas cuantas vértebras… como si ésta fuera un roído y podrido tallo sacado a la fuerza.
Sakura alzó la mirada, intentando enfocar en medio de aquella bruma que amenazaba con empujarle a la inconsciencia. Los orbes jade entrevieron unas facciones serias y rígidas, enmarcadas por unos mechones largos de pelo negro cual ala de cuervo. Su vista se nublaba y su respiración hacía intervalos abruptos por recuperar el ritmo vital. El reconocimiento inundó su rostro y con una voz que oscilaba en un susurro y en un jadeo logró inquirir:
—¿Tú…?
—0—
Sai corría a la par de Ino y trabó el portón que dividía la zona de traumatología con el piso de cuidados intensivos. El interior de este, más allá de las herméticas puertas –ahora cerradas de par en par-, se había abarrotado de gente. Los oscuros orbes de Sai se paseaban de un lado a otro en el pasillo, con un atisbo nervioso y preocupado. Seguía a Ino, ahora casi a medio metro de diferencia mientras que la rubia se movía airosamente y con la vista fija en el frente.
—¡¿Qué rayos está pasando?! –inquirió Sai, deteniéndose en el filo de las escaleras. No esperó respuesta.—¡Ino-san!... el tipo ése… él era… es uno de…
—No lo sé.
—Lo sabes… —Sai le tomó del brazo, haciéndola detenerse— ¡¿Qué es lo que está pasando, Ino?! Viste las marcas que tenía en el cuello, sabes de lo que somos capaces de hacer y… y eso no lo habría hecho nadie de Amegakure…
Ino se encogió al escuchar un estruendo abatido contra uno de los ventanales colapsados de la sala de recepción. Una noche apacible que se había convertido en un infierno desquiciado y sangriento. El metálico aroma persistía en su nariz… y se acrecentó en cuanto llegaron al ascensor.
Su mente aterrorizada trataba febrilmente de encontrarle algún sentido a todo aquello.
—Anko… —en nombre emergió de aquellos labios que no querían pronunciarlo. Sai le miró sin entender.
—No, no creo que ella haya tenido que ver con esto. Nunca mencionó nada de un reclutamiento que no fuese supervisado por Danzo o alguien de su escolta.
—Lo sé… —resolló ella—… esto no es un reclutamiento. –los azules ojos se clavaron en los de el, con aquel gélido contacto inhumano—Lo de ése muchacho, eso fue una provocación… ella no lo haría, pero si alguien que ella conoce…
Sus zapatos golpetearon el suelo con impaciencia hasta que las puertas del ascensor se abrieron... frente a un desconocido que esperaba en el vestíbulo.
—Hola, Ino-sama --dijo un muchacho, no mayor de treinta años. Tosco y fornido como un toro, casi calvo a no ser por tres ralos mechones de pelo naranja.
Jirōbō sonrió, secundado por la carcajada de otro, oculto a sus espaldas. Las facciones morenas de Kidomaru enarcaron una mueca lacónica, mostrando unos dientes que parecían demasiado blancos y afilados.
—Oh… tanto tiempo, "princesa"… —enunció—¿Qué serán, veinte? ¿Treinta años, quizá? –Kidomaru miró a su alrededor, como si contemplase un cuadro surrealista—Y por lo que veo esta ciudad de porquería no ha cambiado para nad…
—¿Qué es lo que están haciendo aquí? –la rubia interrumpió, zafándose del agarre de Sai e interponiéndose entre éste y Jirōbō.
—A nosotros también nos da gusto verte, Ino-sama…— Jirōbō exhaló en un mustio tono de impostada solemnidad. Sus pequeños y rapaces ojos, en medio de su rostro enjuto y embarnecido brillaban, como dos pasitas en medio de una tosca masa amorfa. Un brillo de astucia contenida. Contempló a Sai de soslayo y volvió a dirigirse a la rubia—Por cierto, no nos has presentado a tu nuevo consorte —volvió a contemplar al pálido y enmudecido muchacho de cabellos negros—No nos esperábamos que fueses a reemplazar a Kimimaru-san tan pronto.
—Y con alguien que tiene más pinta de zombi que de vampiro, jeh, jeh… —Kidomaru rió hoscamente.
Un bramido entrecortado que fue interrumpido cuando las afiladas uñas de Ino apresaron el cuello del moreno. El filo comenzaba a hundirse en la carne no-muerta de éste.
—Pues a mí me sorprende que unas sabandijas carroñeras como ustedes sigan vivas — Un furor silencioso e iracundo cruzó por la mirada de ésta, sin soltar a Kidomaru. El tono azul-hielo de sus ojos se ensombreció y las uñas se tornearon largas como cuchillas. Un hilillo carmesí cruzó cerca de la yugular de Kidomaru.—… ahora quisiera saber, ¿Quién carajo les ha traido hasta aquí?
Aun con el aire fluctuando en sus podridos pulmones y el calor de su propia sangre a punto de escurrírsele por el tajo del cuello, Kidomaru carcajeó.
—Jeh… si eres tan lista, "princesa", ¿por qué simplemente no dejas de negar lo que tú misma provocaste hace años? Ahí está tu respuesta
—¡Maldito bastardo!
La mano que tenía libre, se alzó hacia el rostro de él cómo una mortífera daga, presta a arrancar de tajo el rostro burlesco del moreno muchacho. Unos dedos ágiles y pálidos le detuvieron.
Sai se había abalanzado hasta ella, en un instintivo y certero movimiento, sujetando a la rubia por ambos brazos. Kidomaru cayó cual costal de carne contra el linóleo. Alzó el rostro, enarcando una furibunda expresión. Se levantó, a punto de contraatacar, siendo detenido por una impasible sombra a sus espaldas, sujetándole por el cuello de la raída y sucia camiseta.
Aoba Yamashiro había emergido del ascensor contiguo y su rostro impasible denotaba un atisbo de furia contenida. Sus ojos, ocultos tras el cristal oscuro de sus gafas parecieron destellar levemente.
—Los Cuatro de Otogakure… —musitó mirando a Jirōbō y a Kidomaru, a quien aun no había soltado. Chasqueó la lengua—Faltan dos de ustedes. ¿Dónde están?
—Buscábamos a Anko-sama – Jirōbō se había cruzado de brazos, emulando un aire pensativo y casi calmado—Hasta les hemos traído un pequeño "presente", pero por lo visto aquí en Ame no son tan agradecidos…
—¿Dónde están Tayuya y Sakon? –repitió Aoba en tono autoritario.
—Posiblemente aun en la entrada… —Kidomaru miró por sobre su hombro, haciendo contacto visual con él, sin despegar aquella mueca lacónica de su semblante—… quien sabe, este jodido hospital parece un laberinto. Cualquiera podría perderse… —Aoba le soltó y éste casi tropieza contra uno de los escalones.—¡Eh! ¡Más cuidado, viejo!
Jirōbō se adelantó hasta Aoba. Ino permaneció inmóvil, con los puños cerrados en ademán defensivo ante cualquier pronta provocación. Sai podía sentir el aire tornándose denso; el siseo furioso que escapaba de los labios de Ino y el brillo de los colmillos de aquellos muchachos. Aoba Yamashiro frunció el ceño y contempló despectivamente a los dos vampiros de Otogakure.
—Lárguense de aquí. —ordenó, con aquel tono dominante que Ino recordó escucharle de aquellos días en la milicia. Casi a un siglo de diferencia.
El muchacho moreno espetó un bufido.
—Pero si acabamos de llegar… y ni siquiera he…
—¡Lárguense ahora, a menos que quieran volver a Otogakure de la misma manera en que lo hicieron la primera vez! —reiteró, alzando minuciosamente la voz. Ésta sonaba grave y seca, como el gemido de un viento de tormenta—Si buscan a Mitarashi-san, vayan a la funeraria Shimura… a ver si son tan capaces de pasar por la escolta de Danzo. Pero si vuelven a poner un pie en este hospital, seré yo quien me encargue de empacarlos como carne seca.
Kidomaru le dirigió una despectiva mirada de odio, Jirōbō le asió de un hombro, moviéndole a regañadientes. Éste gruñó, con una entrecortada risotada en voz baja.
—Y esto apenas comienza… viejo.
—0—
Sakura parpadeó confusa. Miró al cuerpo yaciente a sus pies y nuevamente al desconocido que tenía enfrente. Un boquete del tamaño de la mitad del ventanal se cernía en el cristal a espaldas de éste. Trató de incorporarse pero el movimiento hizo que le diera vueltas la cabeza. Una alternancia de escalofríos y oleadas de calor recorrió su cuerpo.
—Vaya manera de presentarse… —resolló una voz a sus espaldas y entonces se percató de que alguien seguía sosteniéndole por los hombros. Ella se sobresaltó, encontrándose con el semblante taciturno y casi transparente de un chico de cabellos negros. Éste le soltó, espetando una media sonrisa desenfadada—…Me llamo Shisui, y el bruto éste que se cargó el ventanal de la puerta es Ita…
—Te había visto… esta noche en la estación del metro… —musitó ignorando la impostada frase del otro chico. Se alzó, increpándole y con un brillo alerta y desconfiado en sus verdes orbes—¡¿Quién eres?! ¡ ¿Haz estado siguiéndome?!
—No, yo… —El muchacho de profundas ojeras estuvo a punto de proferir algo, pero el ofuscado gesto exclamado por ella le hizo cerrar la boca, contrariado.
—¡¿También eres uno de ellos?!
—No soy un vampiro… —enunció con una soltura parsimoniosa el muchacho de largos cabellos negros. Miró hacia el cuerpo desmembrado en el piso y le empujó con el pie, como si se tratase de un desagradable saco de basura—… deberías haberte dado cuenta, Sakura-san.
Entorno la vista en ella y el contacto visual fue sobrecogedor, casi eléctrico.
—¿Cómo es que… sabes mi nombre?
El semblante pétreo de Itachi Uchiha permaneció inmutable durante una fracción de segundo. Las palabras temblaban internamente y el término finalmente emergió.
—Te he estado siguiendo desde hace tiempo, sé que tú…
Y ahora sin cautela, ella apretó los puños. Genial, no era un vampiro, era un maldito acosador.
—¡¿Qué?!
—Ehm… chicos, creo que los dejo a solas… —Shisui se alzó de hombros, haciendo ademán de escabullirse hacia el pasillo de recepción—¿Dónde queda la cafetería? Tengo ganas de un expresso y…
—Shisui, estás muerto. No puedes comer ni una maldita migaja –irrumpió Itachi, haciendo que éste espetara un bufido a modo de queja.
—Bah, eso no significa que pueda poseer a un tipo y obligarlo a beberse un maldito capuchino ¡mierda! Yo sabré lo que haga con mi no-vida, comadreja pulgosa… ¡Con permiso! -clamó antes de esfumarse cual humo de cigarro entre el portón que daba al pasillo.
Él emitió un gemido corto, un peculiar "hmp" que le recordó a las expresiones hoscas y escuetas de Sasuke.
—Me llamo Itachi –expresó escuetamente.
Genial, te ha salvado el pellejo un fantasma y un…
Sakura osciló sobre sus talones, todavía con el vestigio de ofuscada contrariedad visible en su rostro y su mirada se dirigió hacia una brillante abertura en el brazo desnudo del muchacho. Él exhaló, entendiendo el gesto sutilmente preocupado en las facciones de Sakura.
—No es nada —musitó él, sin darle importancia.
Itachi se pasó una mano sobre la coagulada mancha apartando lo que podía del ya reseco líquido y dejando visible únicamente una difusa línea carmesí. Un exiguo tajo transversal que cicatrizaba lentamente. La lógica y el aprensivo instinto que no podía ignorar se ocuparon de constatar aquella insidiosa sospecha que Sakura comenzaba a verificar.
—Entonces, tú también…
Ahora un imperioso recelo instintivo irradiaba el subconsciente, y el olor que había captado…
Ah claro; era el mismo aroma húmedo, ese sutil olor a pelambre salvaje que había distinguido en el andén y que solía percibir aún en su misma piel días antes del plenilunio.
Y ésa mirada, ése gesto indómito y canino en ésos ojos oscuros.
Sakura, Sakura… de veras que eres tonta… resolló una voz en su mente. Sólo mírale… nah, que va… huélelo… es bastante obvio que él es…
Itachi asintió mustiamente ante la incompleta pero sobreentendida frase y sus labios se curvearon en una tenue y fugaz media sonrisa. Un gesto ufano y lejano de empatía.
—Tambien soy un hombre lobo.
—0—
—Donde… ¿Dónde estamos? –la voz de Hinata quedó sumida en un susurro casi ininteligible.
Vio a Rock Lee justo a su lado izquierdo, sin soltarle. Sus abundantes cejas se inclinaron levemente en un gesto apacible de seriedad.
—Mira detrás de ti, Hinata-san.
Ésta le soltó y sus perlados ojos vislumbraron la verja de hierro forjado que brillaba a la última luz del día. Arriba, en un arco, letras de forja formaban la palabra AMEGAKURE NO HAKA*. El cementerio, muy bien arreglado en forma de paisaje natural, abarcaba varias colinas de suave perfil; había largas avenidas arboladas y unos cuantos sauces llorones aislados. El lugar no era intranquilo. La autopista estaba cerca y el viento fresco traía el zumbido constante del tráfico.
En aquel modesto suburbio de muertos, Hinata Hyuuga miró en derredor. Lee le encaminó por un sinuoso sendero. Enseguida se encontró en una avenida bordeada de árboles que agitaban sus hojas nuevas con misterioso susurro sobre su cabeza. Las tumbas y monumentos estaban dispuestos en hileras.
Se detuvieron. De haber tenido pulso, hubiera sentido que el corazón le palpitaría con fuerza.
—Es… ¿es mi… ?—la voz se congeló, en un susurro ahogado.
Allí estaba ya la lápida. Sólo tenía grabado el nombre, HYUUGA, HINATA, en cuidados Kanjis al igual que el emblema familiar, legado de casi cinco generaciones. Las dos fechas estaban centradas, como un cabezal, adosado en el mismo estaño dorado.
Rock Lee suspiró hondamente.
—La mayoría de los fantasmas no lo entienden o no lo aceptan inmediatamente… —enunció casi solemne—Lo de estar muertos. Así que lo más propicio es ver su propia tumba. –hizo una pausa breve, sopesando las palabras—Constatarlo. –recalcó—Aceptar… que si se sigue aun aqui, es por una razón. Un asunto pendiente… o algo que aun te retenga aquí. Tal vez, el hecho de que te enterases de lo de Hanabi no era todo, tal vez aun queda algo que debas hacer, Hinata-san.
Hinata contemplaba con aire meditabundo y un fluctuante silencio, no depresivo sino nostálgico, trazado en sus suaves facciones. Y el recuerdo de dos meses en que su "inexistente" mundo había cambiado radicalmente.
—Yo, no creí… que hubiera algo más –dijo, dejando que el viento arrastrase las palabras—Creí que saber cómo morí, sería más que suficiente.
Sintió el contacto del muchacho. Su mano, apoyada frágilmente y con aplomo en su hombro.
—Entonces falta algo, Hinata-san. Y cuando lo encuentres, la puerta aparecerá.
—¿Qué puerta?
Rock Lee carraspeó, pasándose la otra mano detrás de la nuca.
—La que aparece para todos, si no tienes asuntos pendientes —enunció—.Te lleva al más allá. Se abrirá cuando llegue tu hora de irte.
La pregunta surgió, por un breve atisbo de curiosidad.
—¿Qué pasó con la tuya, Lee-san?
La sonrisa no se borró y el brillo en los ojos del muchacho no se apagó, sino emularon un aire pensativo. Lejano.
Se encogió de hombros.
—Supongo que también tengo algo que me retiene aquí. –respondió, con una voz tan baja que parecía más una respuesta para él mismo, casi como un comentario autocompasivo.—Pero bueno, tal vez parte de mi misión de seguir aquí, sea ayudar a otros… y como lo prometí, Hinata-san, voy a…
—¡Mi anillo! –la exclamación irrumpió el peculiar soliloquio del efusivo Rock Lee.
Hinata sintió su voz temblar, en un arrebato de sorpresa y perplejidad. Lee miró hacia el brillante punto que destellaba fluctuante en medio de la hierba, a los pies de la lápida. Oculto, como un minúsculo e insignificante tallo. La joven se inclinó, alargando la mano hasta éste. Los dedos percibieron y sujetaron la superficie.
Sin problema, sin soltarlo… sin desvanecerse como ocurrió con las tazas o cualquier otro objeto.
—Me lo dio Neji-san… —susurró—y me… me habían enterrado con él. –miró a Lee, con una expresión contrariada, mientras su mano extendida seguía sosteniendo la pequeña y cuidada argolla con un pulso casi vívido—¿Cómo es que está aquí? ¿Porqué puedo… tocarlo?
Él solamente bajó un poco la mirada, enfundando las manos en los bolsillos de su sudadera deportiva. Exhaló, con el mismo tono de un entrenador concentrado en explicar una complicada jugada. Le sonrió ampliamente, con aquella usual confianza.
—Tal vez, sea una pequeña pista de lo que te quedó pendiente, Hinata-san.
El anillo. Su forzada muerte. Hanabi…
Y ella lo comprendió. Entonces, la sopesada idea, el fugaz sentimiento e impulso de lograr que su hermana confesara lo que hizo, comenzó a tomar más fuerza.
Como una pieza en un rompecabezas, encajando lentamente.
CONTINUARÁ
Siguiente Capítulo: AQUI NO HAY QUIEN VIVA
N/A:
Uff... pues milagrosamente pude terminarlo! luego de que entré en un pozo de "página en blanco", y demasiadas ideas agolpándose en este capítulo... ok, avanzamos e Itachi ya será personaje regular de la trama, je, eso si, aténganse a los deseos de esta fangirl.
Nuevamente Gracias por leer y comentar, ya saben, cualquier detallito, duda, pregunta o tomatazo... al apartado de REVIEWS, que son la mejor paga para esta mundana autora :D
Nos leemos!
HIGURASHI'S OUT!
