Saludines querido público lector! pues volvemos de nuevo a la carga con lo que sigue de esta peculiar adaptación a fanfiction... ejem... espero y recuerden en lo que nos quedamos la última vez... en fin, a leer!


BEING HUMAN

Capítulo 15.- SE NECESITAN DOS, PARA PROVOCAR UNA TORMENTA

Hinata aun sentía que sus cuerdas vocales temblaban con un estertor inquietante. El miedo se podía leer en su mirada pese a la máscara de severidad que había adoptado en los últimos minutos de la abreviada explicación de Sakura.

La mirada apostada en los azules orbes de Ino seguía tan gélida e intrínseca como la lluvia que caía a raudales en el exterior. Ésta había escuchado paciente sin embargo, era más que obvia su propia y personal reluctancia ante la decisión que Sakura había tomado y que para colmo, Hinata secundó.

—No… —El rostro de Ino Yamanaka estaba pétreo y sus pálidas facciones dejaban entrever la inmisericorde naturaleza vampírica.—No, no… lo siento pero simplemente NO. Ya suficientes líos tenemos ahora como para agregar uno más. ¡Y ése tipo…!

—Si, lo mismo pensaba yo sobre Sai y pareció no importarte—Sakura irrumpió, desde el extremo opuesto de la sala.

—¡No es lo mismo!

—Tsk, obvio… —quien había hablado era Itachi, aquel ufano desconocido al que Sakura había traído y que había estado contemplando en vago silencio la escueta explicación de la joven de pelo rosa. Emergió de su silencio, levantándose de la silla y quedándose junto a Sakura, casi protectoramente. Territorialmente, diciéndolo de manera más obvia—…Todos los vampiros son iguales, demasiado vanidosos como para darse cuenta de que el mundo no gira a su alrededor. –miró de reojo a Sakura—Gracias, pero no pienso quedarme bajo el mismo techo que dos de ésas sanguijuelas…

Ino aprestó con un sonoro golpe en la mesa con la palma de la mano.

—¡Ahí lo tienes! Justo lo que menos necesitamos ahora es lidiar con un buscapleitos roñoso como éste. ¡No quiero meterme en más problemas por tu culpa!

Y el dedo tocó la herida abierta. Sakura no se quedó callada. Ley de acción y reacción; si agitas mucho una botella de soda, explotará con todo…

—¡¿Problemas?! Ah claro, soy yo quien ha estado robando los suministros de sangre de la bodega del hospital la semana pasada, y obviamente fui yo quien trajo a un psicópata paliducho…

—¿Quién rayos te dijo lo de los suministros? ¡Frentuda entrometida!

—¡Basta! –el aire se tensó y Hinata, pese a estar más muerta que un ladrillo podía sentirlo. No, más aun… podía casi verlo. Una sutil pero delimitada aura rojiza brotando en medio de la mesa como una barrera infranqueable. Hora de ponerse serios, una vez más. Aspiró hondo, aun con aquel aire cohibido y habló, casi menguando las sílabas—No… no quiero que peleen así. No… no en mi casa. — Bajó la mirada un instante y de nuevo la alzó, hacia Ino primordialmente y luego a Sakura—Es mi casa, yo decido y… y él… no me parece una mala persona…

La rubia frunció el ceño.

—Hinata, él no es una persona.

—Tu… tampoco. Ni yo pero… —la voz le temblaba en un atisbo de duda—… pero esto es parte de lo que tu tanto decías… Llevar una vida humana normal; la casa, el trabajo… amigos… eso, ¡eso es ser humano!

—Es fingir.

—No. Es mantenernos a salvo. El mismo motivo por el que trajiste a Sai. –resolló Hinata.

Las palabras parecieron retumbar con un fugaz eco, casi mediado en un atisbo severo. Ino trató de emular una sonrisa porfiada ante aquello último pero el brillo dubitativo de su mirada y la reiterada mirada acusadora de Sakura pudieron más que su orgulloso aplomo.

—Si pero una cosa es tener a Sai bajo mi vigilancia y otra completamente diferente es traer a un perfecto extraño que no ha hecho más que cargarse el ventanal de la sala de urgencias...

—Pero como siempre, cuando las cosas no son en tu favor te opones. —increpó Sakura hacia la rubia.—¿Sabes cual es tu problema? Que has olvidado lo que es ver tu propio reflejo. Enfrentarte a lo que eres.

Ésta se levantó intempestivamente. Sus miradas estaban fijas, en una especie de silencioso duelo.

—Se lo que no nos conviene… y eso incluye ponernos en evidencia.

—¿Más de lo que nos has puesto en el hospital? –inquirió Sakura mordazmente.—Casi pareciera que lo que ocurrió la otra noche fue a propósito. El chico ese, en la sala de urgencias, de no ser por Itachi…

—¡Creo que será mejor que me retire! —Rock Lee, quien había estado en un obligado silencio inferido más por la alebrestada alarma de Hinata hacía minutos atrás, se irguió levemente—Ehm… es tarde y, bueno, no vendría mal un descanso…

Shisui Uchiha, el otro "acarreado" que había estado sentado en una de las sillas del comedor, con el respaldo desenfadadamente inclinado hacia atrás; proclamó un gruñido ininteligible a modo de risa.

—¿Descanso? Hombre, pero si estás más muerto que una tabla. En mis términos diría que es mejor escaquearse de algo que no nos incumbe; suena mejor que poner un pretexto ridículo como ese.

Lee se cruzó de brazos, evidentemente compungido y escrutando con recelo al desenfadado Uchiha.

—No es pretexto, se llama educación –se giró hacia Hinata impostando una de sus usuales y sobreactuados saludos a modo de despedida; ése gesto que uno acostumbra ver en esos cadetes de la milicia… o en su caso, en un alebrestado deportista de tiempo completo—Con permiso, Hinata-sama.

Ésta espetó un fugaz gesto con la cabeza y el chico desapareció cual nube de humo desvanecida por una corriente de viento. Shisui alzó ambos brazos enlazando las manos detrás de la nuca y siguió meciéndose en la silla como un balancín y miró a su primo.

—Bueno en vista del "éxito" obtenido, deberíamos hacer lo mismo, "comadreja". Ya que dos son multitud, como que estamos de más.

El Uchiha de pétreas facciones y profundas ojeras asintió con un gruñido corto. Estuvo a punto de ponerse en pie hasta que Sakura le tomó del brazo.

—No. –subrayó delimitante. No mirándolo a él, sino a Ino, sin despegar aquel hipnótico desafío visual. Casi imponiendo algo de presencia; un mero intento, sabía perfectamente que Ino tenía más autoridad, personal y sobrehumanamente hablando, sin embargo el tono decidido de su voz hizo que la rubia enarcara una ceja—Itachi dijo que podría ayudarme a sobrellevar… mi problema; así que se queda. ¡Te guste o no!

Éste soslayó un gruñido áspero.

—No voy a arriesgarme a pasar la noche en la misma casa que dos vampiros –musitó, separándose del agarre de la joven con escueto ademán—Puedo acampar en el parque.

Impulsivamente Sakura le volvió a sujetar del brazo y le sentó de nuevo.

—¡Te quedas!

Shisui se detuvo con tal aplomo que casi cae con todo y silla. Soltó una estrepitosa y sonora carcajada como no lo había hecho en años.

—¡Jah! ¡Eso es autoridad, ja ja ja! ¡Te va a costar domarla, "comadreja"!

Hinata terció, para incordio de ambos vampiros.

—Si quieres puedes quedarte también, Shisui-kun.

Ahora un estallido del otro lado de la mesa.

—¡¿Qué?!—Los orbes ónice de Sai contemplaron a su rubia compañera, en una mueca de furia contenida, casi como esperando alguna protesta secundada. No la hubo más allá de un suspiro fatigado y harto por parte de ésta –Mierda, si esto no es un maldito hostal.

Ahora había menos testigos y si la situación lo ameritaba… algo se podría hacer al respecto. Pero Ino calló, al menos lo que Sai había estado esperando escuchar, pese a que casi podía escucharlo en sus pensamientos.

Ino exhaló hondamente. Hinata no le quitaba la vista de encima, pese a que la atención y expresión en su marfileño rostro seguía de fijo en la joven de cabellos rosáceos. Levemente más calmada pero aun había un resquicio de tensión en el ambiente.

—Esta bien. –dijo Ino, adosando un tono casi neutro. Chasqueó la lengua, alzándose de hombros como si la cuestión no requiriese mayor importancia –Haz lo que te plazca entonces, Sakura… —una fugaz sonrisa, casi burlona bailaba en sus labios—…pero no te quejes si tengo que recalcarte el "te lo dije".

Se había levantado, casi arrojando la silla hacia atrás. He ahí una sutil muestra de que todavía quedaba algo de enojo, pero no lo expresaría tan abiertamente al menos con Hinata presente; no iba a rebajarse a terminar como decoración del tapiz como ocurriese con Sai. No, simplemente se levantó y tomó el abrigo del perchero, yendo en un vago y severo silencio hacia la puerta. Escuchó que Sai inquirió algo, seguido de Hinata y sus casi inaudibles frases que parecían ser mediadas en código morse a causa de su típico tartamudeo. Ambas expresaban algo así como "¿A dónde vas a mitad de la noche?".

La rubia simplemente aprestó a una intrínseca y cortante respuesta. Casi tan fría como el viento que entraba del exterior.

—Necesito aire fresco, la peste a perro me está mareando.

0—

No por vez primera, Anko Mitarashi dio gracias a los dioses oscuros por el hecho de que, al contrario de lo que aseguraban el mito y el folclore, los vampiros fueran perfectamente capaces de admirar su imagen en los espejos, claro, siempre y tanto éstos n fuesen forjados en un marco de plata. Ah, el maldito metal puro que tanto ellos como aquellas roñosas bestias odiaban.

Estaba posando con la sinuosa figura cubierta por un ceñido y escotado vestido negro satinado frente al espejo triple de su suntuosa suite privada de aquel adosado y inmenso edificio que antaño había pertenecido al propio Orochimaru, cuando la horda de Otogakure confiscó el régimen de Ame, hacía casi dos siglos. El espejo de cuerpo entero ofrecía tres visiones igualmente sobrecogedoras del cuerpo de Venus de la anterior regente de inmortales del País del Arroz. Unos penetrantes ojos castaño claro, complacidos por lo que estaban viendo, le devolvían la mirada desde el espejo central. Sólo el tono casi humano de la piel, más claro de lo que era normal en un vampiro, sugería los siglos de indulgencia que se había concedido.

No está mal para setecientos y pico, se dijo con admiración.

Dos atractivos jóvenes vampiros, ni siquiera con una vida a sus espaldas cada uno de ellos y por consiguiente menos para ella que simples mozos y tan hechizados aparentemente por su perfección física y seductora mirada, la atendían con toda diligencia, arrodillados a su lado.

A Anko le complacía la adoración de los jóvenes neófitos.

Que se diviertan, pensó con magnanimidad. ¿Por qué no iban a sentirse privilegiados de poder poner las manos sobre quien pronto sería la dama y señora de Amegakure?

Y muy pronto sería mucho más que eso… claro, en cuanto se encargase del vejete burócrata de Danzo y sus pedantes lamebotas.

Todo a su tiempo. Así lo habría querido Orochimaru…

Las puertas de sus aposentos se abrieron de par en par y la sacaron a la fuerza de sus dichosas ensoñaciones. Se volvió y vio a Kidomaru y Tayuya, irrumpiendo con toda su desgarbada falta de educación en la privacidad de sus habitaciones. La mezquina y disgustada mueca impresa en las facciones de ambos muchachos no auguraba nada bueno.

Los mozos se apartaron instintivamente mientras ellos atravesaban la habitación, empapando a conciencia la alfombra. Kidomaru dio un manotazo sobre la faz lacada de la antigua mesa de caoba de Anko. Unos vehementes ojos negros se clavaron en los suyos.

—Se nos está agotando la paciencia… Anko-sensei—dijo arrastrando las últimas palabras, con un tono despectivo y seseante.

Tayuya le secundó.

—Nos lucimos con el puto numerito del hospital, ¿Dónde mierdas esta lo que acordamos, Anko? ¡Coño! ¡Que no somos tus putos sirvientes!

Anko caminó hasta la ventana del balcón y se asomó a la tormentosa noche.

—Vaya grupito de incivilizados. ¿Tengo que recordarles que esperamos invitados muy importantes? Dentro de poco tendremos al Consejo de Antiguos y lo que menos necesito es tenerlos a ustedes fastidiando por aquí—dijo con aire condescendiente, sin siquiera mirarles— Además su trabajo ni siquiera esta empezado ¡Les dejé a ésa roñosa salvaje totalmente a su merced y ustedes no hicieron nada más que mandar un maldito pedazo de carne podrida! ¿Es eso lo que les ha enseñado Kabuto después de que yo me fui? ¡Ahora entiendo por qué quería deshacerse de ustedes así de rápido!

—¡No metas a ése cabrón en esto! ¡Ni que usted fuese mejor… sensei!—Tayuya le lanzó una mirada de advertencia.

—Además la chica no estaba lo que se dice sola—admitió Kidomaru.—Usted nos dijo que sólo era ella pero son dos. El otro es un macho, eso cambia las cosas y estando cerca del plenilunio esto se hubiera convertido en un suicidio.

Anko dejó escapar un largo suspiro de exasperación. Mientras apretaba los puños a ambos lados del cuerpo.

—¿Es que tengo que hacerlo yo todo personalmente? –musitó entre dientes.—¡Ustedes son cuatro! ¿Tan difícil es abrirles el maldito cuello con una daga de plata?

No esperó respuesta ante la retórica cuestión. Kidomaru estuvo a punto de replicar algo pero en el último momento cambió de idea. Tayuya se le había adelantado, reacia a quedarse callada ante la sutil reprimenda de la mujer pero ésta le había ceñido por los hombros. El brillo ónice de sus ojos se acrecentó con un resplandor mortífero y temible, casi petrificando a la voluntariosa joven de cabello magenta. Era como ver a una serpiente hipnotizando a una presa

— Tienen hasta esta noche para quitar a ese par de pulgosos de mi camino –sentenció Anko. Su mirada pasó a Kidomaru y nuevamente a Tayuya. La chica temblaba bajo el firme y gélido contacto de los dedos de Anko Mitarashi—¡Esta noche antes de la maldita luna llena si no quieren terminar como Aoba! –las uñas crecieron levemente, clavándose en la ropa y llegando hasta la piel no-muerta de Tayuya—… o Kimimaru.

Dirigió a los muchachos una sonrisa mordaz y a continuación salió sin decir palabra de la habitación. Kidomaru se volvió hacia Tayuya con una expresión hipócrita en su rostro marchito.

—Enhorabuena, creo que acabas de colocarte a la cabeza en su lista negra. Ahora tenemos trabajo en horas extras… ¡rayos!, a Jirobo no le va a gustar esto.

El semblante de Tayuya se contrajo por la amargura y resentimiento. La imagen de Kimimaru se paseaba en su mente, incrementando el enojo y la furia en aquel corazón que hacía medio siglo que había dejado de latir.

—Maldita puta. –musitó entre dientes.

0—

El vapor de la taza se había disipado hacía más de media hora, quedando el pastoso café americano, tan frío como la llovizna del exterior.

Ino miró con fastidio el castaño líquido antes de volver a remover la cuchara, con distraído aplomo mientras su mirada seguía fija en el giboso exterior.

El dolor menguaba; un eco resonante en su cabeza, como el zumbido constante de un taladro.

Casi pasaban de la una de la madrugada y el único lugar abierto a tan entradas horas y en mitad de semana era esta desvaída cafetería-autoservicio. El lugar parecía casi desaparecer en medio de una larga callejuela de edificios marrones y derruidos y el interior estaba un tanto peor que el exterior. Bocadillos baratos cuya fecha de caducidad parecía haberles alcanzado prematuramente, las mismas bebidas enlatadas que uno podría costearse en cualquier otra abarrotera pero el enlatado parecía verse con un aspecto más decaído y deprimente y un café que no era más que una insípida resma negro-castaña espesa e insípida como brea.

Sin embargo, ¿qué más se podía esperar estando a la mitad de la última estación del metro de Ame?

Bah, no importaba. La cosa era salir y bajarse un poco la tensión antes que terminar haciendo una de sus nada propias imitaciones de Nosferatu.

Salir y despejar un poco la cabeza. Claro, no esperaba que Sai fuese a seguirle.

—…cierto?

La rubia alzó la mirada hacia él. Sentado justo frente a ella, Sai le dedicaba una mirada escueta, tan inexpresiva como su semblante. Parecía escucharle tan vago y lejano como si estuviese detrás de una pared de vidrio.

Y aquel resonante y molesto eco continuaba mellando en su mente.

—¿Qué decías? –inquirió Ino, tratando de disimular la fugaz distracción.

Sai parpadeó e intentó esbozar una sonrisa tenue y despreocupada. Bajo las mortecinas luces, aquella mueca pareció una retorcida curva en sus labios blancos como cera.

—Que si lo que dijo Sakura era cierto. –explicó resueltamente—Lo de los suministros del hospital.

La joven suspiró lánguidamente. Tuvo la fugaz tentativa de fingirlo pero el pasivo y expectante contacto visual de Sai sobre sus orbes azules puso todo intento en el olvido. Simplemente porque tenía la respuesta casi escrita en el rostro; tan inegable como la suave curvatura de su nariz o el brillo coral de sus labios.

Asintió, sin tener otra alternativa. Fue un gesto rápido con la cabeza.

—Pero me habías dicho que estabas… absteniéndote. –las palabras, cortas y pausadas del muchacho casi parecieron tornarse acusaciones severas y hostiles.—Anko-sama había dicho que por eso te separaste del grupo. Que por eso les dejaste a ellos, aun a…

—Lo sé, Sai. –irrumpió ella, sabiendo y anteponiéndose a lo que seguiría en la frase—Fue mi decisión y…

—¿Porqué, Ino-chan?

Había bajado la mirada por un momento, postrándola en el café que seguía sin beberse; pero no conseguiría nada evitando la mirada acusadora de Sai. Tampoco negando aquella pregunta.

¿Por qué? En todo este tiempo y siempre tienen que preguntar ¿por qué?

—No tenemos por qué ocultar lo que somos. No nosotros. No de la manera que intentas hacerlo, Ino-chan. –una sutil sonrisa, casi empática emergió de los labios del pálido joven.

—Sé lo que Anko ha estado metiéndote en la cabeza, y no estoy de humor para que me lo recuerdes, Sai. No ahora.

—Anko no dijo eso. Eras tú, Ino-chan.

Sus helados dedos sujetaron las manos de Ino.

Ahora el dolor se había intensificado, casi como tener una bomba de tiempo entre sien y sien. Tic tac, tic tac.

Y sabes lo que es… vamos, que la sangre embolsada no es lo mismo que tomarla directo del empaque. Es adictivo, más si sientes cómo se evapora la vida de la víctima entre tus manos… oh, ¿cómo dice aquel comercial de patatas fritas? No puedes probar sólo una…

(¡Basta!)

Es eso, llámalo síndrome de abstinencia o como se te dé la gana, pero no lo vas a callar. No se puede vivir así… no se puede sobrevivir así.

—Sai…

—Disculpen –el único dependiente de turno; un escuálido muchacho que no pasaba de los veinte, pasó con medrosa cortesía junto a la mesa mientras sus nudosas y enclenques manos seguían sujetando la mopa con la que había estado limpiando el raído linóleo—pero cerraremos en media hora.

Sai miró por sobre su hombro, apenas denotando la presciencia del chico.

—Claro, no hay problema. –sonrió cortésmente, con un aire casi despreocupado y relajado. Casi humano.

La puerta se había abierto y entró una chica ataviada en un empapado abrigo de lana. El chico repitió la escueta escusa a la joven, ésta sólo inquirió si podía prestarle el sanitario y él asintió levemente receloso. El interior quedó nuevamente sumido en silencio, a no ser por los pasos nerviosos del muchacho yendo del mostrador hacia la nevera y el chasquido de los interruptores de ésta.

Chasquidos, como el eco que martilleaba en la cabeza de Ino Yamanaka.

No, sabes que no es eso. No está en tu mente, sabes perfectamente que ése sonido es…

—¿Para qué vivir eternamente, si no vas a vivir como se debe, Ino-chan?—la voz de Sai volvió a desvanecerse en aquella bruma.

Ino entornó la mirada hacia él y el semblante pálido del chico pareció casi brumoso. No, no era Sai quien le contemplaba con aquella mueca mordaz y certera; era Anko Mitarashi, todavía con aquel kimono color ébano y aquel brillo espectral en sus orbes castaños; igual que la noche tras el incendio en la aldea… Anko, la misma de hacía cuatrocientos años.

Bien ahora estamos en la fase de alucinaciones… pero no por mucho, resollaba su mente. Un vago intento de cordura y aplomo. O tal vez el último recurso antes de la perdición de éstos.

sabes cómo contrarrestarlo. Vamos que el chico tiene razón, ¿Vas a pasar el resto de la eternidad bebiendo sangre pre-congelada de patéticos humanos que estaban faltos de dinero? ¿Dónde dejas el respeto a tu especie?

Apretó la mano de Sai y saliendo de su momentáneo vértigo, volvió a verle a él; sonriéndole con ésa torcida línea sobre sus labios.

Y entonces el sonido en su cabeza atenuó… y volvió. Ahí estaba, retumbando de nuevo y con más intensidad, a pocos metros detrás de ella, detrás de la barra del mostrador.

El latido proveniente del nervioso empleado.

Tumb. Tumb. Tumb.

Como un motor bien engrasado. Hasta podía escuchar el suave correr de su sangre por las venas.

Sai se había levantado, extendió su mano hacia ella, casi como si pidiese concederle una pieza de baile.

—Tú decides, Ino-chan. –Susurró él—Vivir… o fingir.

Y ella asintió, con el último resquicio de duda muriendo entre el suave siseo escapado entre sus labios, provocado por el filo de sus crecientes colmillos. Sai se había adelantado hasta la puerta y esta quedó trabada desde dentro.

Tres de la madrugada, nadie más llegó… y nadie salió de allí.

0—

Sakura Haruno estaba leyendo el texto impreso y medio borrado de la puerta de su casillero en el hospital. Un montón arrugado de papeles de color verde vómito quedaron dentro de la casilla cuando Sakura cerró la puerta con un chirrido metálico. Bostezando, colgó su bata y se dispuso a sellar su ficha de salida.

—¿Vas a casa, Haruno-san?

Sakura se volvió y se encontró con Shiho. La otra residente del área de patología, una mujer larguirucha de cabello rubio cenizo, estaba a mediados de la treintena pero el agotamiento acumulado le hacía parecer mucho mayor. Sus gafas de montura no lograban disimular los oscuros e hinchados círculos que rodeaban sus ojos. Llevaba un estetoscopio colgado del cuello y un par de hemostatos de metal asomaban por las solapas de su gastada bata blanca de laboratorio. Estaba tomándose la que debía de ser su novena o décima taza de café.

—Sí –respondió Sakura—Tengo turno partido hoy y mañana

Shiho asintió con el aire de alguien que se estuviera solidarizando con ella y Sakura se preguntó si parecería la mitad de cansada de lo que se sentía. Probablemente, pensó.

—Por cierto –añadió Shiho—, estaba buscando a Yamanaka-san pero no llegó a cubrir su turno a las doce, ¿verdad?

—Probablemente cambió su día de descanso por hoy. A mi no me dijo nada.

Muy su problema, pensó recelosamente. Supongo que se las habrá arreglado con Izumo o Kotetsu para cubrir la falta o qué se yo. Por mi que haga lo que quiera, así como lo dijo anoche.

Sakura logró esbozar una sonrisa sombría antes de tomar su suéter y dirigirse a la salida arrastrando los pies. Eran alrededor de las seis y media y casi estaba oscuro. El paisaje tenía un aspecto tétrico. El último resplandor de ocaso era una extraña franja anaranjada en el horizonte. El viento soplaba en paralelo a la calle, cortando las mejillas de la joven y arrastrando las nubecillas blancas de su aliento. Sakura sintió un momentáneo ardor a pesar del frío. Fue una sensación tórrida la que la hizo estremecerse. Era algo fuerte y perceptible, pero ella no encontraba metáfora que lo concretara.

Divisó a Itachi al otro lado de la carretera, envuelto únicamente con una camisa de franela y una raída sudadera deportiva. La capucha le sombreaba la cara. Allí, de pie en el helado jardín frente al hospital, parecía una estatua, otra cosa sin vida en aquel paisaje vespertino, en el que no cantaba ni un pájaro.

—Seis y media –musitó el muchacho, con un tono casi áspero en su voz grave y profunda.—Dijiste que salías a las seis.

Sakura se alzó de hombros, con cierto desenfado.

—Tenía que terminar unas cosas.

—Mañana deberás salir más temprano, si es que quieres evitarte algún contratiempo –dijo Itachi. Una ráfaga de viento levantó la capucha y Sakura vio que era Itachi, en efecto.

Las oscuras líneas bajo sus ojos se notaban más acentuadas. No le hubiera culpado por pasarse la noche en vela, el futón de la sala que había quedado en lugar del sofá que ella había destrozado el plenilunio anterior era bastante incómodo.

—Lo sé. Mañana termino mi turno a las cinco. –resolvió ella y su mirada se detuvo en una maleta deportiva de mano, yaciente a los pies del muchacho—¿Qué es eso?

—Algunas cosas.

—¿Para qué? A fin de cuentas terminaremos yendo al bosque, así que más allá de la muda de ropa que suelo llevarme no creo que necesite algo más.

Itachi se quedó en silencio durante unos segundos y levantó la maleta, echándosela al hombro.

—Tú sígueme, ya te explicaré para qué. ¿Querías que te enseñara a transformarte de manera segura, no?

—Pues… si

—Entonces sígueme.

Y Sakura fue con él.

Dos veces —tal vez tres— Sakura trató de hablar a Itachi aquella noche, pero éste no respondió y Sakura desistió. Seguía sintiendo aquel sosiego, extraño, dadas las circunstancias, pero real. Parecía dimanar de todas partes. Lo percibía incluso en el andar resuelto y desenfadado de Itachi. Lo percibía en el viento helado que le insensibilizaba las partes de su cuerpo que estaban al descubierto.

Dejaron atrás el ala éste del bosque, el área que ella conocía y habían llegado al claro. La hierba del prado estaba muy alta; les llegaba casi por la cintura. A extremo del claro, casi oculto entre los descuidados matorrales se hallaba un cobertizo. Una hosca casucha de madera carcomida y techo metálico, que en algún lejano ayer puede que haya servido como caseta de vigilancia o algo parecido.

—No recordaba esta parte del bosque –murmuró Sakura casi para sí misma—Y menos ése cobertizo.

—Lo sé. El área este aún tiene un leve rastro tuyo. Por eso te encontré –Itachi se había adelantado. La puerta estaba entreabierta y chirriaba sobre sus goznes—De la misma manera que podría encontrar a otros.

—¿Otros? ¿Hay más como nosotros por aquí?

Itachi se giró levemente hacia ella.

—Aquí en Ame no, los vampiros los han exterminado a todos. –dijo resueltamente.

El interior estaba polvoso y cubierto de telarañas. Algunos yerbajos brotaban de una de las comisuras del piso. Las paredes estaban tan demacradas como las del exterior, pero aun parecían poseer cierta solidez. Sakura dio un tenue empujón al quicio de la puerta y ésta a lo más dejó una fugaz tolvanera pero no colapsó.

Fuera de eso, un espacio acuartelado y en medio de la nada le pareció más permisible y seguro que la área abandonada del hospital.

— ¿No podríamos transformarnos aquí? Supongo que con un par de candados en la puerta y el ventanal…

—No –irrumpió Itachi—la caseta es segura para dejar nuestras cosas pero no para transformarnos.

—Pero con un poco de refuerzo en la puerta, una tranca o algo así bastaría para…

—Aja ¿y si alguien te escucha? –Itachi dejó la maleta en el piso, apartando un montoncito de tierra con el pie—Aunque estemos en medio de la nada, el aullido de un lobo resuena en un radio de casi tres metros, añádele el eco de un espacio cerrado. Si alguien pasara infortunadamente por aquí llamaría a la policía.

—Bueno, no es que sea tampoco muy seguro tener a un lobo de cien kilos corriendo libremente por el bosque. –expresó Sakura con un tenue dejo de sarcasmo. El muchacho había abierto la maleta—¿Qué tanto traes allí?

Éste apenas alzó la mirada.

—Lo que tendrás que empacar mañana. –susurró roncamente, sacando lentamente el contenido de la maleta—La muda de ropa es importante, también un paquete de toallitas húmedas, para limpiarte los resquicios de sangre y tierra. Tampoco viene a mal una botella de agua. He notado que la transformación en un poco menos dolorosa si te has hidratado antes de ella. Un poco de agua al día siguiente sirve para enjuagarte la boca. ¿Tu estómago ya se ha ajustado?

—¿Ajustarse a qué?

Itachi le miró sin la menor sorpresa.

—El estómago de un lobo digiere la carne cruda de manera diferente a la de un ser humano. Las primeras veces que me transformé, terminé vomitando todos los animales que había cazado como lobo. –dijo Itachi. Su voz aunque tenue, era dura—Además del típico problema de todos los cánidos salvajes… un lobo es capaz de comer cosas muy raras.

Sakura suspiró cohibida y sintió el estómago darle un vuelco de náusea.

—Si… lo sé. –bajó tenuemente la mirada, eludiendo el incómodo contacto visual con Itachi, sabiendo perfectamente a lo que se refería—Aun así pienso que esto no es buena idea, nadie está seguro con nosotros merodeando por el bosque…

—Tengo un método para solucionar eso –Itachi había sacado un bulto envuelto en una bolsa plástica que a ojos vista parecía más un trozo de manta enrollada que otra cosa.

Lo sacó del envoltorio y los ojos de Sakura se abrieron al notar algo rojizo y sanguinolento pendiendo de un cordel grueso. La cosa goteaba un líquido carmesí espeso. El aroma metálico de la sangre le dio de lleno a Sakura en las fosas nasales, casi como un golpe de gancho.

—¿Qué rayos…? –Sakura frunció el entrecejo con una sutil expresión de repulsión.— ¡¿Eso no es humano, verdad?!

El chico pareció espetar un bufido hosco, un intento de risa más bien.

—Es un trozo de lomo de res –dijo Itachi, un poco menos escueto—Tenemos un par de horas hasta la puesta de sol antes de transformarnos, así que usaremos ese tiempo para sacar esta cosa. Tomaremos la caseta como un punto central y caminaremos en círculo, de un diámetro de dos metros más o menos, arrastrando la carnada. Cuando te transformes, el lobo instintivamente identificará el olor y se pasará la noche tratando de cazar ese inanimado pedazo de carne como si fuera una presa viva.

—Así que el lobo sólo caminará en círculos…

Itachi le miraba fijamente y, durante un momento, Sakura creyó percibir un brillo empático e indudable en sus orbes ónice.

—Nada de alejarse. –enunció él, y su voz sonó más relajada—No pondremos en peligro a nadie ni a nosotros.

Sakura parpadeó levemente, analizando la situación y notando que todo encajaba con ligera lógica calculada.

—Tiene sentido.

—Te dije que te enseñaría a controlarlo. –dijo Itachi—Bien, este es un inicio.

Y una sutil sonrisa apareció en aquel semblante serio. Una tenue línea en sus labios; una imagen que recordó ella haber visto hacía mucho tiempo atrás… en otra persona. Una sonrisa confiada y segura, casi tan similar y calcada a la de Sasuke.

Sakura estuvo a punto de decir algo, cuando un estruendo abatió parte del ventanal de la desvaída caseta.

—¡¿Qué d…?!

Itachi reaccionó al instante, un segundo antes de que una sombra emergiera con la fuerza de un estallido de la oscuridad, lo empujara contra la pared y lo inmovilizara allí. Entrevió una cara femenina oculta entre las sombras.

—¡Joder, que hasta para echarlos de este puto pueblucho uno tiene que sacarlos de sus asquerosas madrigueras! –siseó una voz fría y dura. Unos dedos poderosos, dotados de una asombrosa fuerza, sujetaron a Itachi por la garganta.

—¡Itachi! –Sakura gritó yendo hacia él.

Antes de que pudiera siquiera acercarse, el frágil techo de la caseta se estremeció. Tres objetos pesados cayeron sobre el tejado y provocaron una lluvia de polvo sobre sus cabezas. Itachi logró librarse del agarre de la mujer. El aliento no muerto de esta le dio de lleno en el momento en que con un rápido giro del brazo la mandó hacia el exterior de la caseta. Siseando como una serpiente, la misteriosa mujer cayó de pie, delante de la silueta de tres sujetos; Jirobo, Kidomaru y Sakkon.

Itachi se interpuso delante de Sakura, con la soltura natural de un macho alfa; sintiendo el impulso natural de su especie ante aquellas basuras chupasangre. Miró confiado y desafiante hacia su compañera de cabellos rosáceos.

—Lección dos…—su voz se tornó un gruñido áspero, mientras las dimensiones de sus colmillos caninos y sus garras crecían en cortos chasquidos—…Depredador y presas.


CONTINUARÁ

Siguiente Capítulo: HUNGRY LIKE THE WOLF


N/A:

Uff, si ya se que me he tardado cantidad con actualizar, pero entre trabajos, convenciones y el doujinshi uno apenas y se da tiempo; además de haberme bloqueado momentáneamente por problemas técnicos con la trama... pero bueno, aqui estoy de nuevo y con el compromiso de volver a las actualizaciones semanales... asi que sigan en sintonía y ya saben, comentarios, dudas y críticas al apartado de reviews!

Nos leemos!