Ya es viernes! y volvemos con los "pov´s" antes de cada capítulo, jeje... bueno, no adelanto nada, asi que
A LEER!
BEIING HUMAN
Capitulo 17.- TÚ ERES A QUIEN PERSIGO
El amor debería ser lo opuesto a la muerte.
Debería ser nuestro motivo principal de querer estar aquí; porque, ¿qué más tenemos? ¿La aburrida programación de un domingo por la tarde? ¿La banalidad del dinero?
El amor es complicado, se entremezcla con otras cosas, como la posesión, la angustia, la lujuria…
…y la muerte.
—Shisui Uchiha
Aunque la lluvia había dejado momentáneamente de caer en las calles de la ciudad, por todas las alcantarillas quedaban charcos grasientos como testimonio del diluvio. Se oía el chapoteo de unos raídos botines al pisar los charcos de agua apestosa, mezclado con el sonido de unas garras de hueso que arañaban la barda que lindaba el lado de la civilizada Amegakure.
Hubo un crujido y un chasquido de huesos que perturbó aún más a las alimañas que tenían su morada en las alcantarillas.
Todavía siseando como un reptil herido, Tayuya echó a andar por el húmedo y ruinoso pasillo. Sus ropas enlodadas estaban empapadas de sangre, gruesos surcos cruzaban su espalda producto de las zarpas de aquellas bestias y el muñón de brazo le provocaba una sacudida de agonía desgarradora a casa paso que daba.
¡Jodidos bastardos!, gritó al silencio y a la lluvia mientras hacía esfuerzos por cerrar la herida. Había perdido demasiada sangre ya y la regeneración hacía demasiado lento su trabajo.
Sus ojos humanos, acostumbrados perfectamente a la penumbra de la oscuridad pasaron de ésa tonalidad ónice a la contextura humana. Perdía más sangre.
Necesitaba reponerse. Necesitaba alimentarse… ya luego ajustaría cuentas con la roñosa pareja que se cargó al resto de la pandilla como si fuesen simples mortales. No… no con ellos dos… Tayuya sólo tenía una imagen fija en su contusa memoria.
¡Esa asquerosa perra! Sintió que lo que restaba de su propia sangre hervía de furia. Apretó el único puño y las uñas, aun con la consistencia de garras se clavaron en la palma, como si este contenido gesto pudiese ahogar siquiera un poco su resentida ira.
Se repondría… y la encontraría, tomaría a esa asquerosa bestia del cuello y le arrancaría el pellejo con su propia mano!
—Mira nada más –exhaló una voz detrás de ella. La mano fría de Anko se posó en su hombro. Soltó un largo suspiro—Les doy una sencilla tarea… ¿y así es como terminan? ¡Estúpidos!
Tayuya se giró hacia ella y sus labios, cubiertos de una densa capa seca de sangre se torcieron en una mueca de irritación y fiereza incontenida.
—Ellos… ellos… ¡Esos hijos de puta los mataron y tú… tú sólo piensas reprocharme… grandísima puta..!
Y la voz se cortó. Un hilo caliente y húmedo le dio de lleno en la boca y entonces se percató de que era sangre. Su propia sangre.
Un estertor abatió su pecho. Bajó la mano, temblando, jadeando, y sus dedos tocaron otros dedos, emergiendo desde el plexus. La mano de la mujer, fría como un carámbano y con uñas largas y afiladas como dagas, estrujaba los órganos de la joven de pelo magenta, la cual había dejado de gritar… y de respirar.
Cayó sobre un charco, como un maniquí desmadejado. Anko miró despectivamente hacia el cuerpo de Tayuya, y la suela de su bota dio contra el cráneo de esta. Hubo un crujido, puede que hasta una última sacudida involuntaria del cuerpo, antes de que la cabeza estallase como la cáscara de una nuez.
—Cria cuervos y te sacarán los ojos… creo que te equivocaste con ello, Kabuto-san —masculló Anko sin mucha ceremonia, y mirando hacia el cielo raso. –Por lo menos me fueron útiles…
Alzó la mano todavía cubierta de sangre de la joven; la otra, sacó un frasquito del interior de la gabardina y ahí vertió los últimos resquicios del rojizo fluido vital. lo levantó y sus ojos brillaron con la astucia de un demonio pensativo y su sonrisa se curveó en un aire casi demencial pero moderado.
Ahora había que poner manos a la obra con el resto; deshacerse de lo que quedó de Tayuya y los demás muchachos, a los que conscientemente había mandado a una muerte segura, recapituló mentalmente, mientras se limpiaba el dorso de la mano con un pañuelo.
El teléfono móvil resonó en su bolsillo con un constante pitido. Lo tomó, contestando al tercer timbrazo.
—Han llegado. –enunció la voz parsimoniosa de Danzo desde el otro lado de la línea—¿Terminó lo que tenía que hacer, Mitarashi-san?
—Si, sólo queda "tirar la basura" en su lugar. Fuera de eso, creo que podemos empezar ya, aunque creí que esperaría hasta el mes entrante.
—El Consejo tiene sus sospechas, así que entre más pronto mejor. Así que más vale que se apresure, Mitarashi-san –dijo, colgando abruptamente.
Los cuerpos, repitió Anko internamente y ahogó un suspiro de fastidio.
Ya mandaría a Izumo y a Kotetsu a tirar los "deshechos" a la basura, justo a donde pertenecían aquellas escorias. Por ahora, el tiempo estaba encima, había que adelantar el plan.
—0—
—Yo estaba enamorado de Ayame. –dijo suavemente—Habíamos estado saliendo desde el último semestre de preparatoria; aun hasta que me enlisté en la policía distrital de Konoha, junto con Itachi.
El brillo ónice en la mirada de Shisui Uchiha quedó parcialmente cubierto por la densa sombra que se formaba en el pórtico de la casa de Iruka Umino. El viento agitaba las hojas del cuidado jardín con una apacibilidad típica de aquellos días de verano en Konohagakure. El cielo despejado de la noche dejaba entrever a toda claridad una luna casi llena y el vago reflejo de ésta se proyectó en las marfileñas facciones dándole un aire más fantasmal del que poseía.
Hinata parpadeó levemente.
—¿Fue cuando… moriste? –inquirió ella.
Shisui movió lentamente la cabeza, aun con una fugaz sonrisa invadida por el recuerdo.
—Fue un año después… –musitó—Duré mi primer año como oficial, ganaba lo suficiente para poder mantenerla… íbamos a casarnos –la sonrisa se borró, dejando una línea escueta en los labios de Shisui—pero yo… aún no estaba seguro. Su padre era dueño de un pequeño restaurant y ése año la recesión había pegado duro en la economía, poniendo las cosas más difíciles. A mí no me hubiera importado hacerme cargo de todo, ganaba lo suficiente y créeme que por ella hubiera sido capaz hasta de hacerme de un segundo trabajo. Sin embargo, necesitaba pensarlo. La amaba y la amaba mucho, necesitaba pensar y asegurarme de mi decisión, por eso tuve la estúpida idea de ese viaje improvisado a las montañas, arrastrando al idiota de mi primo y… —hizo una pausa, alzando el rostro hacia la chica—bueno, el resto ya lo sabes, esa cosa me dejó en calidad de carne tártara y a Itachi… buf, el pobre lo pasa peor.
El gato, al que Ayame había nombrado "Kuro-kun", se había echado sobre el regazo del muchacho –más bien sobre el espacio en el pórtico ocupado por el regazo de Shisui- y movía lentamente la cola como una adormecida serpiente. Hinata alzó una mano hacia el felino y se sorprendió que éste inclinó la cabeza hacia sus pálidos dedos, esperando aquella intangible caricia.
—Iruka era uno de mis amigos desde la preparatoria, no precisamente mi mejor amigo, para eso tenía a Itachi –Shisui continuó hablando muy despacio, como si pasara de una palabra a otra de la misma manera en que alguien sube una escalera poco segura—…antes del viaje, le mencioné lo de la boda, y en ese entonces ya me había cargado la mitad de mi sueldo con el pago de la sortija –chasqueó levemente la lengua, remarcando un poco aquello último—la estúpida sortija que se me olvidó sacar del bolsillo de mi chaqueta y la misma maldita sortija que él le entregó justo a los tres meses de que yo había muerto.
Una brisa fresca sopló alrededor, meciendo suavemente los árboles y Hinata parecía sentirla, tan fría y amenazadora como aquella expresión que creyó ver fugazmente en la cara de Shisui momentos antes dentro de la casa..., aquel siniestro y malicioso regocijo.
—Por eso le llamaste traidor…—enunció casi para ella misma.
De pronto, con una brusquedad pasmosa, el muchacho se cubrió la cara con las manos, tratando de contener un fugaz resuello.
—El muy bastardo se quedó con la sortija —dijo con voz ahogada—. Después del accidente, no quedaba más que mis pedazos regados a lo largo y ancho de aquel maldito páramo en Iwagakure, así que cuando exhumaron mis restos y estando Itachi hospitalizado y casi en coma, no había de otra más que enviar mis pertenencias de nuevo a Konoha —Shisui casi gemía ahora—. Iruka se quedó con la sortija –repitió— se quedó con la sortija y con Ayame.
Ella volteó a mirarle, esperando encontrar un gesto demacrado y austero en el rostro del muchacho, sin embargo una pétrea expresión, casi desafiante estaba impresa en éste. Como si sintiese la mirada de la joven, Shisui se giró y la línea sobre sus labios se volvió a curvar.
—Pero dije desde ese momento que me pensaría desquitar. –susurró.
—¿Has… intentado hacerle confesar por ello?
Él espetó un suspiro largo.
—En un inicio si… —dijo Shisui—Creía que así encontraría mi puerta y me iría de aquí pero luego…
—¿Luego?
—Luego me di cuenta de que me gustaba estar aquí. ¿Sabes? Casi podría decir que me va un poco mejor a como me iba estando vivo. Ir y venir, sin tener que estar sujeto a un aburrido ritmo de vida; hacer lo que me venga en gana… —había alzado la vista, hacia el cielo estrellado aun— No me importa si lo confiesa o no, simplemente he decidido divertirme a costa suya.
Shisui le dedicó una sonrisa más amplia y con esto, ella no necesitó volver a pensar la situación. Un corto estremecimiento le dio de lleno en aquel lugar donde estuviese su corazón si viviese; la clara y tranquilizadora verdad de que no estaba sola. No en el aspecto físico, sino sola en cuanto a su situación…
El miserable busca a otros más miserables, y sólo así podrá sentirse feliz.
—Si quieres podríamos volver ya –eludió el joven, acallando levemente las tribulaciones de la Hyuuga.
Sin embargo Hinata tenía la mirada perdida igual que su mente en el calmo cielo de madrugada. Aquel manto estrellado, tan vacío de nubes, tan apacible, tan distante del de Amegakure.
—Yo… —se volvió hacia él, con una corta y tímida sonrisa.—q… quisiera quedarme un poco más. Al menos no está lloviendo.
—De acuerdo. La noche aun es joven… o lo que queda de ella. –Shisui dejó escapar una hosca risa—No te culpo, esto, aun de noche es mil veces mejor que aquel charco de alcantarilla de Amegakure. –miró nuevamente hacia el cielo y luego hacia la casa—Espera, aún hay algo que debo hacer… espera aquí, no tardo.
Dijo, tras desaparecer al otro lado del umbral, mientras Hinata se quedó silenciosa y contrariada en el pórtico.
—0—
La llamita provocada por el encendedor destelló fugazmente, como una chispa amorfa con un crujido casi inaudible, en medio de la lóbrega y silenciosa habitación del área mortuoria del hospital. Un ala silenciosa, compuesta por dos cámaras para preparación y reconocimiento del occiso. La antigua sala de trabajo de Aoba Yamashiro.
Shikamaru Nara miraba ceñudamente a Ino.
—Eres más problemática que un dolor de muelas. –gruñó fastidiado. –Si esto se llega a saber…
—No me vengas con sermones ahora, que no estoy de humor. –Ino estaba sentada junto al camastro. Alzó la vista, hacia el hastiado rostro del muchacho de coleta—¡Y suelta el maldito cigarro, esto es un hospital!
Sai, quien estaba de pie y apoyado contra el portón como una muda y blancuzca estatua, se sobresaltó levemente. Shikamaru simplemente se sacó el cigarrillo de los labios y lo apagó contra la tapa del cesto de basural, más por quitarse las reprimendas de la joven que por convicción propia.
—Hospital o no, esta es mi área y bien podría fumarme toda la cajetilla si me diese la gana de hacerlo ahora mismo, pero tampoco estoy de humor para escucharte alegar durante lo que queda de mi turno. –dijo con una pereza lánguida en su voz—Después de que Aoba-san desapareció, me están juntando todo el trabajo, las cosas están patas arriba en el consejo, mi padre esta de malas por las averiguaciones y a ti se te ocurre ésto…
La voz de Shikamaru se perdió en la confusa mente de Ino Yamanaka. Su vista estaba fija en el cuerpo, tieso e inmóvil bajo la manta. La mano de Shiho sobresalía levemente bajo la blanca tela de loneta; los últimos dos dedos, el meñique y el anular parecían escabullirse bajo ésta, como dos pequeños gusanos emergiendo de una tierra nívea y llana.
Todo había pasado tan rápido que parecía la ilusión de un sueño. Imágenes inconexas, dignas de un recuerdo vago a mitad de la madrugada. Ella había aprestado a hacer lo que el instinto dictaba; sobrevivir… o escabullirse de la manera más discreta posible. No eran más allá de las dos de la madrugada, el hospital estaba completamente solo y aquella mujer…
Su pulso. No olvides su pulso. Aquel delicioso elixir que fluía por sus venas… y no estaba congelado y envasado al vacío como esas asquerosas bolsas.
No había tiempo, ella recordaba lo estrepitosa que Shiho solía ser; lo molesta que podía tornarse en momentos de tensión, la insulsa presión que tenía casi durante todo el turno… y ésa manera odiosa en que se le insinuaba a Shikamaru.
Oh, ahora metemos al tedioso Nara en medio. Bien, ésa es la última escusa, Ino.
No quería matarla. No tenía la intención; Ino no quería hacerlo… pero la sombra, el instinto y naturaleza del inmortal se habían impuesto, mandando a la conciencia humana de vacaciones temporales.
Además, si la dejabas viva, ¿Qué aseguraba que no le fuese con el chisme a alguien más, alguien a quien no le convenía enterarse, como Izumo, o Anko? ¿… o Sakura? Bien podrías haberle borrado la memoria también, ah… es cierto… El hambre no deja pensar. Qué pena por la pobre tipa entonces. Al menos no tenías que…
—…romperle el cuello –resolló Shikamaru, casi como si estuviese a tres calles a distancia.
—¿Qué?
—Que fue una estupidez romperle el cuello. Ya estaba seca;… la dejaste seca. Creo que hasta la carótida esta reventada como hilacha. –Shikamaru espetó un bufido y se pasó una mano por la sien—Menudo lío… más papeleos, y tendré que suturar la piel. –se volvió hacia la rubia y ésta pareció temblar instantáneamente ante su mirada— ¿Sabías lo que estabas haciendo?
Ino seguía sintiendo el tumultuoso aliento pesándole en la garganta. Una sensación residual del frenesí anterior. Ése oscuro y tormentoso momento en que la culpa emerge, como un puño en medio de la oscuridad.
—Estaba gritando –resolló Sai desde el otro extremo. El bolso de Ino, aun lleno a tope con los embolsados semi-congelados (ahora sólo helados como soda recién sacada de la nevera) estaba contra la pared. Él tomó una bolsa, dándole un sorbo al contenido como si se tratase de un simple zumo.—Si alguien la hubiese escuchado las cosas se hubieran puesto peor. Ino-chan hizo lo que tenía que hacer...
—Reaccioné por reflejo –eludió Ino y escrutó represivamente a Sai.—Cuatrocientos años de costumbre no pueden erradicarse de la noche a la mañana.
—Tsk, si… pero hay un límite para todo—rezongó Shikamaru—¿Qué me dices de los pobres muchachos de la cafetería?
Ino alzó la cabeza, sobresaltada por el contrapeso de la realidad.
—Yo… —acorralada como un ratón contra la pared y las palabras temblando en sus labios, Ino se alzó de hombros, con una sombría acritud en sus ojos azul hielo—… fue un simple ataque instintivo –contempló iracundamente a Shikamaru— ¿Cómo te enteraste?
—Lo supe cuando feché el informe médico. –susurró Shikamaru. No había sentencia ni reprimenda en ello, sino una especie de sosegado alivio—Por un momento creí que habían sido los subordinados de Anko; pero los cuerpos estaban enteros.
—¿Te enviaron los cadáveres? –inquirió ella.
—Si pero tan pronto terminé la evaluación pasaron a mandar todo a la policía, con todo y los cuerpos. El forense del distrito se quedó con el caso esta mañana, porque parece que la chica sólo estaba aquí por sus estudios universitarios. –gruñó hastiado— Se armó una buena y el tal Morino Ibiki se llevó todo el papeleo, apenas y pude fechar el expediente antes de que me lo arrebatara. Chouji no le ha quitado el ojo de encima por si las dudas pero quedaron pendientes, hay que llenar formularios y pagarle a cierta gente para que mire a otro lado. Somos vampiros, no magos.
El muchacho se inclinó hacia ella. Había estado revisando los formularios de defunción. Anotando y corroborando junto con las melladuras en el cadáver, ahora descubierto desde la cabeza hasta la unión de sus pechos. Desnuda y vulnerable, tal y como había venido a este mundo, Shiho permanecía tiesa como ésas ranas que le dan a uno en la clase de biología; tumbadas sobre la fría plancha de disección. Ino sintió deseos de apartar la vista, de levantarse y correr, correr lejos, muy, muy lejos.
—Tú haz lo que tengas que hacer. –musitó Ino. Miró por sobre la persiana de la única ventana de la habitación, notando que la negrura de la noche se estaba apartando levemente.—Sólo… no quiero que nadie se entere, ¿de acuerdo?
Él chasqueó la lengua. Sai parecía apartado de todo y puede que esto incitara a aquella mustia sonrisa en el semblante de Shikamaru Nara.
—Mientras esto no vaya a dar también con la policía y Morino no meta las narices aquí, no podría prometerlo del todo. Pero haré lo posible.
Miró a Ino, luego a Sai, quien parecía totalmente ajeno a la escena. Volvió a dirigirse a la rubia y ésta notó una sombra fugaz en los orbes de Shikamaru; aquel mustio gesto preocupado y mudo.
—Sólo detente antes de que sea tarde. No caigas en su juego, es lo que Anko espera… —susurró en un atisbo de sinceridad—Creo que no hace falta que te recuerde lo de Asuma-sensei.
Ino sintió un frío viento, dándole en la nuca con la fuerza de un puño. Fuerte y contundente. El eco de la razón.
Ino asintió en un dúctil e inmutado silencio. Antes de salir de la cámara, se giró hacia Shikamaru.
—Sé lo que hago.
Sin embargo, sabía que esto no era más que una mentira.
—0—
Algo resonaba cerca de su oreja, con el ruido constante de un motor fuera de borda. Sentía la respiración, su propia respiración pasar pesadamente en sus pulmones, como un herrumbroso tren andando sobre vías desquebrajadas. No había abierto los ojos simplemente porque tenía la sensación de que si lo hacía, una oleada de vértigo avasallaría con la poca estabilidad que sentía, aun estando recostada.
Ah claro, recostada… ¿contra qué?
Sakura sintió un brazo acalambrado y un calor inusual sobre éste. Trató de moverlo, y éste sintió el calor tenue de otra piel contra la suya. Bien, no estaba recostada contra algo, sino contra alguien. Y no contra, sino debajo de alguien.
Y ahí la cosa pasó a cobrar lógica en fragmentos inconexos. El bosque, la pelea, la extraña tipa de pelo magenta que estuvo a punto de abrirle el cuello a navajazo limpio… calor… ira… un salto de imágenes y…
…Y ahora Itachi estaba tumbado sobre ella, completamente desnudo y roncando a pierna suelta.
Y aprestó a lo más lógico y obvio que su mente le sugería: espetó un ridículo y entrecortado grito que no hizo más que sobresaltar a Itachi, quien en señal de reflejo movió un brazo buscando un punto de apoyo, tropezando y cayendo nuevamente sobre ella.
Hubo un intento de contacto visual por parte de él, mientras trataba de incorporarse de nuevo. Ella sólo eludió la mirada, con un jadeo intermitente y las mejillas tan ruborizadas como manzanas.
—¿Qué…?—Sakura miró alrededor, a cualquier parte que no fuese hacia la mirada pasiva de Itachi o a su desnuda fisionomía y la pregunta estalló con una elevación de voz, provocada por el caos sembrado a lo largo y ancho de la sala.—¡¿Qué rayos pasó?!
Itachi se quedó sentado, con la espalda apoyada contra lo que parecían ser los restos del mueble del televisor. Se apartó un mechón de cabello y estiró el cuello, produciendo un crujido ahogado.
—Las consecuencias de la víspera del plenilunio… perdimos el control –dijo casi sin importancia.
Sakura seguía inmóvil en el suelo, mellado, cubierto de los restos de su ropa, el futón, el relleno de éste y quien sabe cuántas cosas más. Contemplaba a Itachi con una inconexa expresión en su rostro, mezcla de miedo, sorpresa y exaltación.
—¡¿Qué?!
Itachi exhaló hondamente.
—Así de simple –dijo como si eso lo explicara todo.—¿Recuerdas que te dije que nuestros instintos son mucho más fuertes, conforme se acerca la luna llena? –notó que ella respondía sólo con la cabeza—Pues no hay nada más instintivo que el hambre, el miedo y el sexo. Y estabas en celo…
—¡¿QUÉE?!
Y entonces la cordura volvió a su punto fijo, imponiéndose con aquel imperioso tono que parecía resonar en los tímpanos de Itachi como si fuese sonido surround.
—¡¿Y por qué no me detuviste?!
—No es que hubiera sido fácil, con tus manos desgarrándome la ropa –interrumpió Itachi, nuevamente calmo y contenido.
Ella le fulminó con la mirada por la inmutable tranquilidad que veía en el semblante del muchacho. Itachi no lo había admitido, pero si estaba así de tranquilo era por el hecho de levantarse de aquella resaca completo y en una pieza. Ambos.
A diferencia de aquella vez, cuando…
—Oh…¡No! –la ofuscada voz de Sakura le distrajo afortunadamente de aquel borroso recuerdo.
Y notó a lo que ella se refería. El resto de la sala parecía un campo de batalla tras ser avasallado por un tornado, un tsunami y un terremoto al mismo tiempo. Había papeles, retazos de libros, trozos de madera, y gajos de tela posiblemente pertenecientes a las cortinas o la funda del futón que estaba también en la sala…
Estaba.
—¡Rayos! ¡Rayos! ¡Rayos! ¡Rayos! –dejando de lado la confusión y el dilema de haber dormido con un desconocido por simple impulso biológico; Sakura se levantó cubriéndose fútilmente con los trozos de tela del mueble y mirando nerviosamente hacia el caos que iba desde el umbral hasta la cocina—¡Ino me va a matar! –miró ceñudamente a Itachi—¡Muévete, ayúdame a limpiar aquí!
Éste sólo espetó un bufido y volvió a tumbarse.
—¡Itachi!
—Hmp, para cuando llegue probablemente ni lo note...
Y justamente, como para mostrar cuan equivocado podía estar Itachi, la puerta se entreabrió; Ino apenas dio un paso hacia el interior del pasillo.
—¿Qué no note qu…? ¡¿QUÉ DIABLOS PASÓ AQUÍ?!
Sai entró y a los pocos segundos salió como si el piso le hubiese electrificado.
—¡Oh por Kami! Arrg… ¡Apesta a madriguera! –gimoteó ante una monosilábica Ino Yamanaka.—¡Peor aun… a perrera! –se giró hacia su compañera, todavía con la mano cubriendo su nariz.
Ésta dejó caer el bolso hacia el suelo, su expresión pareció palidecer más que la raída pintura de la pared y los ojos casi salirse de sus cuencas cuando estuvo a punto de pisar el fragmento de lo que solía ser un caro jarrón blanco.
—Mi… ¡Mi florero! ¡Había comprado esa cosa en ebay… y…! –el grito retumbó en niveles agudos—¡Mi futón! ¡La vajilla de mi padre! ¡Mi…!
—¡MI CASA! –clamó Hinata desde el extremo más alejado del umbral.
—0—
Ayame terminó de acomodar la última taza en el secador, dispuesto con la misma pulcritud que el resto de los muebles de la cocina y de la casa. Suspiró mientras escuchaba la calmada voz de Kakashi Hatake al otro lado de la línea.
—¿Entonces está bien? –volvió ella a repetir la pregunta, pese a que el hombre se la había respondido apenas contestó al teléfono.—Supuse que se tomaría a mal el cambio de horario, sé que Iruka-chan se estresa con facilidad…
Kakashi carraspeó al otro lado de la línea, posiblemente un intento de esa usual risa despreocupada tan peculiar en él.
—Je, descuida Ayame-san, esta entero y estable. Nada que una buena dosis de Valium y una siesta no arreglen; estoy acostumbrado a ello desde la preparatoria.
—Lo sé, es que… me asusté al llegar a casa y no encontrarlo. –Ayame se sentó en el mullido sofá con el teléfono inalámbrico en una mano y la otra apoyada contra uno de los cojines.
Miraba hacia la ventana, mientras el soleado reflejo del mediodía caía a raudales entre las cortinas. Una pertinaz pregunta bailaba en la comisura de sus labios; una peculiar explicación que rondaba en su mente desde que llegó del restaurante y encontró la casa sumida en silencio.
—Kakashi-kun… Mi esposo… ¿ha estado… hablando de él otra vez?
Kakashi se interrumpió y quedó silencioso por fracción de segundo. Sabía de lo que ella se refería. Se le oyó carraspear y atenuar la voz, como si enunciara un secreto.
—No podría mentirte, Ayame-san, fue lo primero que estuvo tartamudeando desde que me llamó. –musitó. El tono de voz se tornó serio y meditabundo. Sumido en las sombras del pasado—Pero no lo culpo, fue algo demasiado impactante y…
—Seis años desde que Shisui murió –completó ella—Lo… lo entiendo. Era mi prometido, yo debería ser quien estuviese devastada… y aun lo estoy, pero no sé por qué a él…
—Supongo que siente que es su culpa. –Kakashi elevó un poco sus palabras y Ayame recordó aquel tono como el que empleaba en la academia de policía hacia los cadetes novatos—Él había insistido en cambiar su semana de vacaciones por las de Shisui, y sigue diciendo que indirectamente él lo mandó a ese "viaje suicida". –exhaló lánguidamente—Pero no queda más remedio que el tiempo.
Ayame sintió palidecer y un frío le dio de lleno en la nuca. Su vista se enfocó en algo, algo moviéndose fútilmente en la mesita esquinera de la sala.
—¿Ayame-san?
La voz le sacó levemente del trance, pero seguía viendo lo que había en la mesa.
—Si… lo sé. –dijo ella por reflejo.—¿Crees que necesite que vaya por él o…?
—Descuida, en cuanto despierte te lo mandaré para allá. –enunció el hombre, recuperando el habitual tono desenfadado.—Sólo no le recuerdes del asunto. Ya se le pasará.
Ella agradeció, sintiéndose alejada de la conversación como si le oyese tras una pared de cristal y colgó. Se quedó muy quieta sobre el sofá y sin darse cuenta, se había levantado, como si fuese un reflejo condicionado. Yendo hacia la mesita, cerca de la ventana.
Mecida por el suave viento de verano, una pequeña hoja en papel de block, levantaba sutilmente los pliegues de una de las aristas que no estaban bajo el peso opresor del tazoncito para las llaves. Ayame la levantó, pensando que era una de las usuales notas de la despensa o algún recado olvidado por ella o por Iruka.
No era nada de eso.
La nota no procedía a un block ni a un trozo de propaganda impresa –como Iruka solía aprovecharlos para anotar- y mucho menos esas cuidadas hojitas que ella había comprado para los recados importantes del restaurante. Era una hoja de papel, amarillenta por el tiempo y garabateada con el pulso apurado de un adolescente. Letras curveadas y un manchón en la última palabra, procedente de un bolígrafo cuya tinta desfallecía en intermitentes sílabas.
"Tus labios son fuego de invierno
Brazas de enero.
Ahí arde mi corazón."
Ayame Umino, anteriormente, Ayame Ichiraku, sintió que el corazón le daba un vuelco y la mente se colmó de recuerdos que ella misma se había prohibido volver a tener desde que se casó con Iruka.
No. Desde que murió él.
Tantos años… tantos… y aun recordó aquel anónimo poema dejado en su casillero. Ella sabía que no era de Iruka, ni de Kakashi ni de nadie más que de él… en ésa misma hoja, con los borrones de lápiz y las manchas de tinta de su mordisqueado bolígrafo.
—Shisui…—susurró ella y su suspiro se perdió en el vacío de la casa.
—0—
Pese a sus coherentes suposiciones y la esperada discusión que había previsto venir en los fríos y contrariados ojos de Ino o la aterrada expresión en el traslúcido semblante de Hinata; el momento no llegó. No más allá de una escueta y casi inexistente sarta de preguntas por parte de Hinata. Ino sólo se limitó a un par de sus mordaces comentarios al respecto… un alivio para Sakura conociendo como la rubia solía apañárselas.
Tal vez eso fue lo que le hizo desconfiar. ¿Ino siendo discreta, teniendo la oportunidad de haberle sepultado en una avalancha de preguntas y comentarios insidiosos?
Algo no encajaba. Sakura lo notó cuando la rubia se dirigió a toda prisa a la nevera y dejar algo allí. Sakura no pensó en ello ni siquiera por la tarde. Habían terminado de dejar la sala lo más "civilizada" posible casi al caer del mediodía. Decidió tomarse el resto de la tarde, después de todo, tendría que salir temprano; hoy habría luna llena.
Y aquello trajo consigo lo que parecía que su memoria había "censurado" durante el día; el vago recuerdo del ataque de los chicos de Otogakure–recordaba a dos de ellos, por las anécdotas de Ino- y… lo que ella e Itachi hicieron con ellos.
Los cuerpos desperdigados ocultos en los altos matorrales. Trozos de manos, brazos y quien sabe que más regados como piezas de un morboso rompecabezas. Y ella había sido parcialmente responsable.
…y se había sentido tan bien. Tan endemoniadamente bien.
—¿Crees que sea seguro ir al bosque? –se interrumpió a sí misma, dirigiéndose a Itachi, que andaba delante casi a tres palmos, mientras se adentraban más en la mellada reserva forestal de Ame.—Después de lo de anoche.
Itachi se giró levemente, aminorando un poco el paso hasta que ella quedó a su lado.
—Iremos al lado este. –enunció con soltura.—El bosque es muy grande y lo más probable es que esas alimañas sólo revisen el área cercana a la cabaña, si es que quedó algo.
El brillo de la emergente luna, oculta tras las grisáceas nubes proyectaba una luz azul; acentuando el brillo ónice en las pupilas del muchacho. Sakura contemplaba silenciosamente las facciones de Itachi y aquella sensación de cosa ya vivida le dio de lleno, haciéndole sentir un vuelco en la cabeza.
Claro, el intempestivo arranque animal era lo que procedía en aquella maraña de imágenes recapituladoras de la noche anterior, además, ¿de qué otra manera pudo haber amanecido el apartamento así? Vaya cambio radical, hacía menos de dos meses tenía que estar ocultándose temerosa en una sala de aislamiento en el hospital y viviendo con la discreción de un refugiado de guerra y ahora… se había cargado a media pandilla de vampiros como si fuesen peleles de trapo y se había acostado con un tipo al que no hacía ni media semana que conocía; a no ser por ese peculiar parecido con…
—¿Sucede algo?
¿Sasuke?
Ella negó al instante, como un reflejo condicionado.
—No… nada —se cambió el bolso de lado, echándoselo casi a la espalda.—Sólo que… no sé si deberíamos… —habló sintiendo que las palabras, una gran cantidad de ellas, se agolpaban en su boca.—…continuar con esto.
El tosco y aun sanguinolento rollo de carne atado a un cordel se balanceaba en la mano derecha de Itachi mientras dejaba un rastro carmesí en la deteriorada hierba. Escrutó con el rabillo del ojo el perímetro delimitado y se pasó a la izquierda el bulto, y con la mano despejada, sujetó la de Sakura. Un gesto que él no había pensado ni planeado hacer; simple y llano instinto.
—Estaremos bien –enunció.
—Lo que hicimos anoche… –dijo ella—…jamás lo hubiera hecho. Yo… nunca habría hecho eso.
—¿Y cuál es el problema? Son sanguijuelas asesinas. Simples parásitos que no hacen otra cosa más que fastidiarnos la existencia. Son débiles, nos odian porque nosotros estamos vivos y ellos no.
Entonces una marejada de ideas inconexas se incrustó en su mente; había perdido el control, dejado llevar por la naturaleza cruel de la bestia tal y como él le había dicho. Había cruzado el límite y le había gustado… ¿y si esto volvía a ocurrir? ¿Y si no había vuelta atrás? ¿Y si no podría controlarlo después?
—No –dijo de pronto, soltando la mano de Itachi. Un sudor frío cruzaba por su sien. Aspiró hondo y sintió el pulso alebrestarse poco a poco.—Itachi… yo no soy así. No.
Él pareció asentir, aun con aquella inmutable expresión en su semblante.
—Es defenderse o morir. –musitó secamente. Los labios se curvearon en una corta y fugaz sonrisa—Lo entiendo, es algo estresante pasar de cero a diez en menos de un mes, tal vez te he presionado demasiado. Lo tomaremos con calma si quieres.
—No. –Sakura resolló con la voz en un hilo.—Yo puedo arreglármelas sola, lo he hecho hasta ahora y… no quiero meterme en más problemas.
—Ni siquiera puedes referirte al cambio sin que te horrorices por ello. Sigues hablando de los lobos como si fueran monstruos en un cuento de hadas, como si no tuviese que ver contigo…
—¡Porque yo no soy así! ¡No quiero ser así! ¡Esto no es un don, es una maldición!
Itachi alzó levemente la mano, buscando contacto. Veía aquella emoción distante reflejada en los orbes jade de Sakura y él mismo se vio con el mismo sentimiento; el mismo temor que había sentido años atrás. Y lo entendía perfectamente.
—Por eso no quiero dejarte sola. Ninguno de nosotros debería de estarlo.
—Itachi…
Y las palabras surgieron, como un viento próximo a una tormenta. Itachi no pudo evitarlo, aquello simplemente emergió de sus labios… era arriesgar y decirlo de una vez por todas… o callar y terminar engañándose una vez más.
—Te he estado buscando… desde hace un año, Sakura.
CONTINUARÁ
Siguiente Capítulo: DONDE TERMINA EL INSTINTO, DONDE INICIA LA NATURALEZA HUMANA
N/A:Y antes que nada, me place comentar que este capítulo salió por una extensa plática con Kusubana-yoru... nuevamente resurgo el Ayame/Shisui tras haberme olvidado de ellos luego de la Rosa... ejem, en fin... lo dicho, dicho está y nuestro querido Uchiha acaba de decir algo realmente contrastante...
¿Cómo lo irá a tomar Sakura?... Bien, el título del siguiente capitulo dice y despista mucho... jeje. En fin, nuevamente gracias por leer y seguir esta peculiar historia que ya va más alla de una simple adaptación... y ya saben...comentarios y cualquier detalle que quieran compartir con la autora, al apartado de REVIEWS!
