BEING HUMAN
Cap. 21.- HACIENDO HISTORIA
¿Qué diferencia separa a un ser humano de un monstruo, aparte de la naturaleza y la horrible verdad que escondemos?
Caminamos por las mismas calles. Llevamos las mismas ropas, respiramos, inhalando y aspirando el mismo aire que ustedes, caminamos tras sus pasos.
Incluso un monstruo puede poseer la emoción más dominante de un ser humano: el miedo.
Sabemos lo suficiente como para recordar lo que fuimos alguna vez. Sabemos lo suficiente como para temer lo que ahora podemos hacer. Y como los humanos, nos obsesionamos… sobre el amor, sobre la vida, sobre cada cosa perdida.
Tenemos las mismas debilidades que nosotros, pero incluso eso no nos hace normales pero si nos hace…
…Devastadoramente inolvidables.
—Anko Mitarashi
Prefectura de Shinto, posteriormente límites del País de la Lluvia. Verano de 1613.
El cielo de la tarde se había consumido en un rojizo vacuo y cálido. Brillante y ominoso como el color de la sangre, como la que habían derramado aquellos hombres en el campo de batalla. Esos a los que bien les fue; el resto… del resto, ellos se encargaron. El recuerdo resonaba en la mente de Anko Mitarashi con una extraña algarabía, mientras sus grisáceos orbes contemplaban con distraído interés hacia el horizonte.
Los campos estaban solitarios ahora; el ocaso había llegado y con ello el declinar de la jornada de trabajo de los menguados pueblerinos. Pero eso no mermaría el alimento para ellas. Después de todo, el negocio de la casa de té daba bastante sustento…
"Allá afuera, medio mundo matándose, hombres luchando entre ellos por el poder. Shogunes, samuráis, gente inocente mientras que nosotros, sólo nos preocupamos por sobrevivir" pensaba con cierto aire indulgente. "Que pena por ellos, que pena."
Sonrió ante el sutil pensamiento; era de esperarse después de todo. Ella debió haber muerto hacía diez años, hasta que lo conoció a él. Aquel hombre de angulosas facciones, mirada casi reptiliana enarcada en un sombreado purpúreo. Tan pálido como un muerto y sin pulso ni calor corporal; igual que uno. Su nombre era Orochimaru, uno de los sirvientes personales al servicio del feudal Shimura; y él era quien le había obsequiado el don de la inmortalidad. Anko había aceptado, tan fervientemente como lo había aceptado a él bajo sus sábanas.
Aquello se tornó su naturaleza y ella estaba complacida con ello. Ése poder, esa fuerza, velocidad y resistencia; algo que nunca en su vida mortal hubiera podido siquiera anhelar y todo fue gracias a él.
…Hasta que la guerra del noroeste provocó su ausencia, arrebatándoselo por más de un año. Pero ella aseguraba que volvería y Anko le esperaría; aun si las cosas cambiasen y los tiempos corriesen a la velocidad de un abrir y cerrar de ojos. No importaba, tenía la eternidad para ello.
Mientras podría entretenerse con algo, y ese algo tenía un nombre; Ino Yamanaka.
Un aprendiz era un peculiar pasatiempo, pese a que Anko no lo había meditado de esa manera al inicio. Al estallar una guerrilla entre los frentes de Tokugawa y Owari, había terminado involucrada en una rencilla contra tres campesinos; dos de ellos terminaron abiertos en canal, el tercero había corrido hacia el abrigo de su hogar. Ella le vio huir tras intentar defenderse arteramente, y sus facciones quedaron clavadas en su memoria aun cuando en un último intento por sobrevivir trató de córtale con el filo de una hoz para cultivo.
Dos sombras más se sumaron a la causa de Mitarashi y derrumbaron la casa del mortal. Los muros cayeron sobre una cama de fuego y destrucción y el emblema de la familia Yamanaka, enarcado en uno de los raídos portones se consumió como papel de arroz. La premisa era sutil pero obvia; un humano que defendía así a su familia no era digno de arrancar como un tallo marchito; podía aprovechársele y en este momento no vendría mal engrosar las filas de inmortales. Los dos vampiros que le acompañaban se encargaron de él, mientras que Anko debatía si debería perdonarle la vida a la única descendencia de aquel hombre; una asustada muchacha de veintidos años, cabellos rubios claros ahora bañados en despojos de ceniza y tierra y unos orbes azul hielo, acuosos por el terror. El último recuerdo de aquella fútil y frágil existencia humana, clavada en ésas juveniles facciones pudo más que el instinto predatorio de Mitarashi… y una alejada y marcada voz en su mente, alusiva a las ominosas palabras de Orochimaru enarcaba una sentencia severa y llana: Ella podría serle útil.
Lo fue. El poder de control hacia un "protegido" ejercía mucho en la naturaleza inmortal carente de alma y de sentimientos; pero Anko nunca lo consideró así, no al inicio, no cuando sabía que ella le necesitaba.
…Y la idea de Ino, de emplear aquel raído hostal como casa de té había quedado magnífico para abastecerse de alimento. ¿Quién podría desconfiar de dos solitarias mujeres en medio de aquel solitario campo?
Ni siquiera aquellos hombres, tres simples aldeanos que se encaminaban hacia la alejada comarca de Tsouki…
…hacía casi una hora, justo en cuanto el sol se oculto.
Ah, que propicio…
—Anko… —la voz resonó suave y cercana como un murmullo a media noche—…ha…hambre…
La difusa sombra en la pared blanquecina temblaba trémulamente por la iluminación de las únicas tres velas que se apostaban en el centro de la habitación. La mirada fría e intrínseca de Anko Mitarashi contempló de reojo hacia el pasillo. El semblante pálido y desganado de una joven de cabellos rubios parecía desvanecerse entre la penumbra del pasillo. El brillo de sus orbes azules destelló como insignificantes ascuas al fuego.
—Debes probar alimento, pequeña… —enarcó Anko.—Ven.
Ino Yamanaka, de tan solo dos meses de existencia inmortal, se quedó inmóvil en el pasillo. Temblando como una chiquilla asustada en medio de una densa tormenta.
Bajo la mortecina luz, los cuerpos de dos hombres, ataviados con el hakama de campesino, formaban sombras amorfas. Los cuerpos ya presentaban el rigor mortis, petrificados como troncos inertes. Un difuso hilillo de sangre corría del cuello de uno de ellos.
El aroma, metálico y todavía cálido hizo un eco ahogado en la mente de la joven rubia. Sintió sus manos temblar y sus labios apretarse en abnegación.
—N-no…
—Ven. –reiteró Anko.
No había tristeza, ni ira ni emoción alguna en su voz, mucho menos compasión.
La mujer se levantó, yendo hacia la rubia. Una curva tenue cruzó sus labios y un reflejo carmesí . La exigua luz enarcaba el tono rojizo de sus labios.
El último vestigio de sangre pululaba entre sus comisuras con una lasciva sonrisa.
—Necesitaras sangre para sobrevivir… ya lo habíamos hablado. –sentenció, en un tono casi imperativo. –Anda.
Se acercó a la paralizada doncella que la miraba temblando, con las manos delante de los labios, como si temiera ponerle voz a las tumultuosas emociones que atormentaban su alma. Estuvo a punto de desvancerse cuando Anko le puso las dos manos sobre los hombros desnudos y le miró los ojos.
—Confía en mi, pequeña… soy todo lo que tienes. Todo lo que necesitas.
Ella asintió. El sabor de la sangre pesaba en los labios y nublaba sus sentidos.
Sus manos quedaron inmóviles y la carne tensa de la rubia se estremeció incontrolablemente mientras el cuello de su mentora. Su piel era tan suave como la porcelana y tan fría como el agua de un arroyo de montaña.
Ino jadeó una vez y entonces mordió el cuello de Anko, hundiendo los crecientes y jóvenes colmillos en la marfileña piel.
—Anko…sama….
—…han llegado –la voz parsimoniosa de Torune Aburame le sacó de sus cavilaciones y aquellos siglos posteriores parecieron desvanecerse en su mirada como chiquillos que huyen de un cementerio abandonado.
Anko se giró displicente al guardaespaldas. El gesto inmutado de la mujer dio a entender a éste que no le había escuchado del todo, así que receloso lo repitió.
Una despectiva mueca enarcó las facciones de Anko, mientras bajaba hacia la sala principal del salón Shimura. Un acompasado y levemente estridente sonido provenía de la Victrola en la esquina de la amplia sala.
—El representante del Consejo de Kirigakure ha llegado. –musitó Torune—Danzo-sama insistía en que usted le comunicase si el resto del gremio esta presente, creo que está de más que le pregunte por Yamanaka-san.
—El que ella esté a mi cargo no significa que sea su niñera y eso Danzo lo tenía bien claro. –bufó— ¿Qué es ese estruendo? —dijo sintiendo que aquella música le sonaba como ejércitos de demonios combatiendo en el infierno.
Se acercó a la Victrola y vio el disco que giraba.
—Stravinsky —dijo Danzo con voz profunda y seca.—La Consagración de la Primavera. Es mi pieza predilecta. Esta, es la escena donde los ancianos del pueblo forman un círculo y observan a una joven que baila antes de morir en un sacrificio ritual pagano. —el líder, amo y señor de la horda inmortal de Amegakure cerró el único ojo visible unos segundos, como si viese el tono púrpura y carmesí de las saltarinas y frenéticas notas. Volvió a abrirlo y miró a Anko Mitarashi—Supongo que la naturaleza temerosa del ser humano tiende a ser exagerado, ¿no lo cree, Mitarashi-san?
—No sabría decirlo. —respondió ella, escuetamente.
—Yo si que lo sé, después de todo, es parte de nuestra historia… –dijo hacia los invitados—Y es por eso que estamos aquí. Para hacer historia.
Danzo escuchó un momento más la trepidante música; era la imagen de un mundo en guerra, luchando contra su propia barbarie, y triunfando claramente la barbarie. Entonces se puso en pie, levantó la aguja sin rascar el disco de setenta y ocho revoluciones y dejó que la Victrola se parase sola, mientras la élite de Ame daba la bienvenida a sus distinguidos visitantes de la neblinosa Kirigakure.
La bebida carmesí, de una calidad especialmente delicada y servida en unos cálices de cristal destellante, fluía por la recepción con largueza. Las damas y los caballeros vampiros, ataviados con sus mejores y más elegantes galas, flirteaban decorosamente con sus honrados invitados.
Anko Mitarashi hubiera debido de sentirse en su elemento. La recepción de gala era precisamente la clase de evento elegante y refinado en la que se sentía como pez en el agua. Pero en cambio ahora, mientras aguardaba junto a la entrada del salón, recibiendo los exagerados cumplidos de los dignatarios extranjeros y devolviéndolos a su vez, estaba distraída y se veía incapaz de divertirse. Su mente aun seguía en fijo, en el semblante y acciones de un miembro en específico.
Podrias estar aquí… si no siguieras con tus estupideces, Ino, pensó mientras le ocultaba su creciente frustración a los distinguidos invitados con los que estaba conversando. ¿Querer ser humano, pudiendo vivir como Dioses?¡Chiquilla estúpida! ¡Tantos años… en vano!
Anko resistió el impulso de dirigirse corriendo al departamentucho de Ino y arrastrarla hasta allí en persona.
Ya he tenido más que de sobra de su testarudez e insubordinación, pensó en silencio, enfurecido. Mi paciencia se está agotando.
Danzo Shimura el centro de la sala y golpeó el cáliz con la fina uña de su dedo índice para pedir silencio a los congregados. Anko reconoció a Chojuro, el más joven de los enviados de Kirigakure, al lado de Danzo. El inmortal regente de Ame esperó pacientemente a que las conversaciones de la sala remitieran y a continuación se aclaró la garganta. Anko comprendió, con cierta impaciencia, que el viejo presuntuoso iba a dar un discurso.
—Puede que nuestras nobles casas estén separadas por un gran océano —dijo Danzo con voz sonora— pero ambas están igualmente consagradas a la supervivencia de nuestros sagrados linajes. Una vez que nuestra armada esté completa y purifiquemos el balance en esta deplorable ciudad, deshaciéndonos de la escoria que nos obliga a escondernos, será el momento de resurgir. Resurgir entre las cenizas como el glorioso fénix. Será entonces, cuando la ilustre Misukage, a quien me honro de servir, llegue para establecer la alianza de ambas naciones.
Alzó su cáliz para emplazar a los demás aristócratas a hacer un brindis.
—Vitam et sanguinem —recitó.
Vida y sangre.
Un coro de tintineos de cristal secundó el brindis y Anko dio gracias a que Danzo hubiese sido parco en su discurso. Una mano fría le dio un suave tirón en el codo y al volverse se encontró con el semblante pétreo de Kotetsu, con el cabello igualmente alborotado, enfundado únicamente en una camisa formal y una corbata mal anudada.
—¿Hay novedad? –inquirió ella, con gélido tono.
Kotetsu asintió, discreto y silencioso.
—Salieron de improviso. –murmuró casi inaudible—Ella y la… "chica" con la que comparte techo. Parecía que…
—Con eso me basta. –irrumpió Anko—. Dejemos que la princesita tome su último fin de semana libre, lo necesitará. –los grisáceos ojos se clavaron en el desgarbado enfermero con un gesto perentorio—¿Has hecho lo que te dije con el muchacho?
Nuevamente, el subordinado sólo asintió con la cabeza, para luego agregar:
—Doce horas apenas. –musitó Kotetsu—Ni una gota de sangre.
Anko miró un instante sobre su hombro, asegurándose de que nadie estuviese demasiado cerca como para escuchar.
—Déjenle así hasta el anochecer, yo me encargaré del resto –sonrió con una sutil pero mordaz sonrisa—… veamos si Ino-chan recuerda lo que es enfrentarse a uno de nosotros en ese estado. A ver… si eso la hace recapacitar.
—¿Hasta el anochecer? Anko-sama, el muchacho lleva más de dos días sin alimentarse, ¡ningún neófito puede durar tanto sin que…!
—Es una orden –sentenció ella—Haz lo que te digo.
Kotetsu tragó difusamente, sintiendo un nudo en la garganta. Desvió la mirada hacia el piso, ocultando aquella máscara de temor inusitado en una escueta reverencia.
—Cómo ordene, Anko-sama.
—0—
El barullo armado en el barrio, cerca del centro poniente de Ame parecía haber menguado totalmente, una vez que la sirena del furgón de bomberos y las dos patrullas hubiesen terminado sus pertinentes averiguaciones, casi después de las seis de la mañana.
El incendio se había detenido en un escasísimo perímetro del área frontal de la casa. Las llamas ahora reducidas a densos nubarrones de ceniza. La puerta principal se había combado en un ángulo extraño; no quedaría de otra más que reemplazarla y lo mismo iba para la mitad del barandal de la escalera, las sillas del comedor y los marcos de las ventanas de la sala.
La mirada atónita y desconcertada del jefe de bomberos se posó en el semblante sucio de ceniza de Naruto, más que en el de las dos chicas o el otro sujeto de profundas ojeras. Aun el gesto contrariado en el rubio era demasiado obvio y no evitó tartamudear dudoso de tanto en tanto ante el interrogatorio. Todavía tosía y el aroma a calcinado y escombro impregnado en sus ropas le mareaba como tener una cortina de humo de chimenea encima.
Como era de esperarse, no faltó que uno que otro vecino entrometido llegase a abultar el chisme; Ino estuvo a punto de intervenir en las entrecortadas y confusas respuestas de Naruto, quien alegaba contradiciendo a uno de los inquilinos de la casa de junto cuando éste comenzó a reverberar que un loco había llegado a mitad de la noche prendiendo fuego al jardín y la casa para luego salir corriendo como si algo lo hubiese espantado de muerte.
Y ahí se hubiera caído el numerito de un conato de incendio accidental… a no ser por la presencia del oficial en turno: Torifu Akimichi, a quien Ino reconoció con un sutil gesto de alivio. Ya sería lio de ellos adjuntar lo que Neji tendría que decir en su defensa –si es que quedaba lo suficientemente cuerdo para hacerlo- y el incidente que ella había resumido como un fallo en la instalación eléctrica.
Ya se arreglarían con el resto. Se atarían los cabos, se cerraría el caso… y tratándose de la hermandad vampírica, habría que cerrar algunas bocas también, si es que se daba la oportunidad.
Se encontraban en la sala y el viento entraba a raudales de los huecos donde estaban los marcos de las ventanas. Estaban sentados en medio de la sala ahora vacía como si se tratase de un día antes de una improvisada mudanza; cada uno perdido en sus propios pensamientos. Naruto estornudó varias veces y dijo que estaba a punto de pescar un resfriado.
—A este paso, es lo único que vas a pescar, niño –repuso Shisui, amistoso.
Y eso fue todo.
Hinata seguía esperando que ese loco interludio causado por Neji tomase la tonalidad de los sueños. "Retrocederá y se hará pedazos –pensaba–, como pasa con los sueños. Uno despierta jadeando y cubierto de sudor, pero quince minutos después ya no recuerda siquiera de qué trataba el sueño."
Pero eso no ocurrió. Todo lo ocurrido, desde el momento en que había estado contemplando en ensoñador silencio a Naruto.
…un pequeño punto de anclaje con la realidad.
Itachi se levantó.
—Creo que no me necesitarán por aquí… —murmuró casi para si mismo, se levantó del sofá.
Shisui le dirigió una mirada inquisitiva.
—¿Qué? Pero si acabábamos de volver…
Itachi lo contempló con gravedad.
—Vámonos.
El otro Uchiha asintió con un mohín inconforme.
Y como si fuese casi ensayado, Ino, Hinata y hasta Naruto le dirigieron una mirada escrupulosa e interrogante a Sakura. Nadie dijo nada. sólo el gesto silencioso e incriminatorio.
La joven de cabellos rosas eludió el contacto visual… hasta que escuchó que la puerta principal casi se cerraba.
—Itachi…
Fue todo cuanto pudo decir, antes de tomarle del brazo.
—0—
El cielo raso era todo cuanto inundaba su mirada. El aire estaba frío. Helado.
Neji Hyuuga se quedó quieto, muy, muy quieto y silencioso. Con el rostro hacia arriba, contemplando el techo de aquella celda en la jefatura de Ame. Unas enormes ojeras cruzaban bajo sus ojos y el brillo nacarado de sus pupilas lucía ausente. La palidez de su rostro era equiparable con la de su mirada, aun desencajada y rezumante de terror.
Monstruos…
No… no sólo ellos…
Hinata… Hinata… Hinata-sama…
Una risa nerviosa volvió a aflorar en sus labios.
La maldición… de la familia… principal…
Y de la nada, empezó a reir. No, a casi desternillarse de risa. Las carcajadas retumbaban como disparos psicópatas en medio del vacío de la celda. Chouji Akimichi, volvió a levantarse de su escritorio, por casi novena vez en la mañana, desde que el tipejo llegó… "declaró" y se desmayó. Al menos el resto del caso quedó a manos de su tío, de eso el joven de robusta complexión pudo alegrarse.
El resto del problema, era contener al histérico muchacho bajo vigilancia, hasta que llegasen los peritos y los encargados del centro de Sanidad Mental.
Pero mientras tanto, había que mantenerle en calma. El escándalo y el bullicio era una de las cosas que desesperaban a Chouji, casi tanto como el hecho de que se mofasen de su "generoso" físico.
—Eh… Hyuuga-san –dijo, yendo hacia la celda nuevamente. Una mano llevaba su taza habitual de chocolate caliente, como acostumbraba servírselo con una doble dosis de crema batida. En la otra, el obligado tolete… sólo por si las cosas se ponían un tanto violentas –Basta ya, está haciendo mucho ruido, ¿No cree?
Del otro lado de la celda, Neji apenas y le devolvió la mirada. Una sonrisa extraña, torcida y demacrada cruzaba su rostro.
—No lo entiende… ¡No lo entiende! –clamó, un poco más calmado al inicio. Estaba inmóvil, sentado en cuclillas sobre el catre. La torva sonrisa se ensanchó—¡Esta aqui! ¡Sabe lo que hicimos!
—Ehm… señor Hyuuga, ¿a qué se refiere?
La boca se abrió como la mueca de una carpa muerta.
—¡Ella lo sabe! ¡Hinata! ¡Ella sabe que la mató! ¡Que ella la mató!
Y ahí venía otro frenesí histérico.
—¡La maldición de la familia principal! ¡Es la maldición de la familia principal!
—Señor…
—Nosotros nos ocuparemos, Chouji-kun –una mano se posó en el hombro de Chouji.
Éste se giró, encontrándose con el semblante taciturno y severo de su tío… y su padre, detrás de éste.
Torifu Akimchi escrutó severamente al Hyuuga.
—Bien, señor Hyuuga… díganos exactamente, que pasó…
Chouji miró de reojo y notó a una joven, en el área de recepción. Cabellos castaños oscuros y ojos perlados como los de Neji Hyuuga.
Hanabi escuchaba a su primo clamar a voz en grito desde el pasillo.
Un escalofrío recorrió su nuca.
El aliento de una verdad pronta a descubrirse.
—0—
Se decía que el agua corriente era anatema para los miembros de la raza de los vampiros pero no era más que un mito; de lo contrario, Ino Yamanaka no hubiera podido disfrutar de la ducha que tanto necesitaba y que estaba escaldando su cuerpo desnudo con un chorro de agua deliciosamente caliente.
El arremolinado vapor llenaba su cuarto de baño mientras el vigorizante chorro caía sobre su piel para llevarse por fin los residuos de sudor, escombros y cenizas. En el fondo de la bañera de mármol blanco se formaba un charco de agua sucia alrededor del desagüe antes de desaparecer en las entrañas de la aun chamuscada y humeante casa.
Y aun asi sigue en pie… ah… Hinata y su necedad… al menos tienen algo bueno. Si sólo Sai hubiese estado aquí…
Por desgracia, la ardiente ducha no podía llevarse los temores que inquietaban su mente. ¿Seguía Sai con vida? ¿Y qué pasaba con los Hyuuga? ¿Había dicho Neji la verdad y había sido tomado en serio?
No, no con los Akimichi cuidando nuestras espaldas… y los Nara, pensó apasionadamente.
La relajante agua se llevó el jabón y el champú de su rubio cabello y su piel de porcelana pero Ino sabía que no podía esconderse en el baño para siempre. Había demasiadas preguntas vitales que responder y se le estaba acabando el tiempo.
El Despertar casi está aquí, recordó a Shikamaru comentárselo, justo después del incidente de la cafetería. Mei y su séquito llegarán justo a finales de este mes… según lo que planeaba Danzo.
En la que, por una infeliz casualidad, resultaba ser la primera noche de luna nueva.
Ino se estremeció al pensar en lo que aquello podía traer. La creación de una horda de neófitos según lo suponían ella y Shikamaru… y una reunión con los Antiguos de la Niebla, justamente en luna nueva…
De mala gana, cerró la ducha y dejó que las últimas gotas de agua recorrieran su cuerpo.
El vapor nublaba el espejo que había sobre el lavabo. Decidida al fin, se acercó hacia allí y extendió la mano hacia el espejo. Sus dedos trazaron suavemente una cadena de letras sobre el cristal
Anko
Se detuvo uno o dos segundos, embargada de desdén por el nombre que había invocado. A continuación pasó la mano por el cristal y lo borró.
—0—
Silencio, casi eterno. A lo lejos, el reloj de la torre de la plaza central anunció las seis de la tarde. El frío templado menguaba levemente.
—Creí que no te importaba… —la voz de Itachi casi parecía flotar en el viento húmedo.
Sakura, a su lado, en la solitaria banca del parque, apenas pudo asentir.
—No fue tu culpa. –musitó –No sabías lo que hacías… y lo que ocasionaste… no puedo reprochártelo, Itachi.
—¿Entonces?
—No… no lo sé. Mi vida no es la misma y lo sabes… No puedo volver con Sasuke aunque quisiera y…
Silencio y el tictac del reloj.
Itachi se puso en pie.
—Yo aun quisiera intentarlo, Sakura.
Aun ante la remota frase, y la austera expresión de sus negros orbes, Sakura lo notó, notó aquel brillo distante… solitario y suplicante. El mismo que ella misma había tenido al llegar a Ame, esa misma y desolada expresión.
—Al menos somos lo mismo… tal vez funcione, tal vez… —dijo ella al fin con voz insegura. No lo creía. No quería, no podía creerlo.
Oprimió fuertemente la mano de Itachi.
—Entonces déjame intentarlo. –resolló él roncamente
Y Sakura asintió.
Pero en el fondo de su mente subsistía una especulación, como un leve destello que no acababa de apagarse.
—0—
La voz resonó en medio de la oscura cámara
—¿Duele?
El aliento le pesaba al muchacho. No respiraba. No jadeaba… casi no sentía nada más allá del denso dolor.
Casi como estar expuesto ante la luz del sol.
—¿Duele, muchacho?
—D…D-d-déjeme… ¡V-v-váyase- al… d-de-demonio! –Sai estaba semi agachado.
Temblaba, arrinconado contra uno de los gruesos muros de lo que parecía una cámara contenedora…
Apretaba los dientes para no gritar. Desde hacia horas el dolor era insoportable, pero se negaba a gemir siquiera.
¿Cuánto llevaba? ¿Cuarenta y ocho horas? ¿Setenta y dos?
Anko Mitarashi lo contemplaba con su habitual cara parca e impasible;, ni alegre, ni triste, ni nada. Sostenía un tembloroso bultito entre sus manos y lo dejó en el suelo: un pequeño gatito; dulce, torpe, hermoso, lo soltó y empezó a correr dando bamoleos por aquí y por allá.
Sai lo miró, no con ternura, no con una sonrisa, si no con unos ojos famélicos; y un hilillo de saliva se corrió por la comisura de sus labios. El minino se acercó a él, quien se quedó quieto súbitamente, mirándolo acercarse. Estaba a centímetros de sus tensas manos, solo unos centímetros más..., cuando reacciono, y se dio cuenta de lo que estaba por hacer, empujo al gato mientas gritaba.
El felino se alejó chillando del susto. Anko sonrió.
—Casi, casi… pero, ¿Cuanto más podrás soportar, muchacho? ¿Encontrare al gatito al anochecer? –no esperó respuesta—No, no lo creo.
Chasqueó la lengua, en un ademán déspota y pernicioso.
—Bueno, yo me voy a tomar algo... nos vemos a la noche, espero que disfrute su compañía.
Anko se retiró cerrando la sólida puerta, mientras el felino se acercaba nuevamente a Sai, con sus grandes ojos mirándolo casi como sonriendo, y moviendo su adorable colita lado a lado.
…A un aterrorizado Sai que sabía que no podría resistir la tentación mucho más...
Continuará
N/A: Y con este ya van dos fics que se avecinan a final de temporada... jejeje, si, me siento como productora de series HBO... todas con el mismo tiempo de duración, casi, jejeje... bueno ya saben, comentarios y reviews (tomatazos no, no los cubre mi seguro)
