Percy Jackson, pertenece a Rick Riordan.
Corrige tus errores y sonríe al futuro.
11: La trampa del Loto.
Salimos a trompicones a la tarde en el desierto. Debía de haber cuarenta y cinco grados, así que seguramente parecíamos vagabundos refritos, pero todo el mundo estaba demasiado interesado en los animales salvajes para prestarnos atención.
No estaba seguro de qué íbamos buscando. Tal vez sólo un lugar donde librarnos del calor por unos instantes, encontrar un sándwich y un vaso de limonada y trazar un nuevo plan para llegar a Los Ángeles.
Debimos de girar en el lugar equivocado, porque de repente nos encontramos en un callejón sin salida, delante del Hotel Casino Loto. La entrada era una enorme flor de neón cuyos pétalos se encendían y parpadeaban. Nadie salía ni entraba, pero las brillantes puertas cromadas estaban abiertas, y del interior emergía un aire acondicionado con aroma de flores: flores de loto. Mierda. Maldita sea, no puedo creer, que me olvidé de esto.
El portero nos sonrió. —Ey, chicos. Parecéis cansados. ¿Queréis entrar y sentaros? —Durante la última semana había aprendido a sospechar. Suponía que cualquiera podía ser un monstruo o un dios. No se podía saber. Pero aquel tipo era normal. Saltaba a la vista. Además, me sentí tan aliviado de oír a alguien que parecía comprensivo que asentí y le dije que nos encantaría entrar.
Dentro, echamos un vistazo y Clarisse exclamó: — ¡Wow!
El recibidor entero era una sala de juegos gigante. Y no me refiero a los comecocos cutres o las máquinas tragaperras. Había un tobogán de agua que rodeaba el ascensor de cristal como una serpiente, de una altura de por lo menos cuarenta plantas. Había un muro de escalar a un lado del edificio, así como un puente desde el que hacer puenting. Y cientos de videojuegos, cada uno del tamaño de una televisión gigante. Básicamente, tenía todo lo que se te puede ocurrir. Vi a otros chicos jugando, pero no muchos. No había que esperar para ningún juego. Por todas partes se veían camareras y bares que servían todo tipo de comida.
—Chicas. —les dije a ambas, ellas me miraron —Estamos en la versión moderna de los comedores de Loto. Comeremos lo que nos ofrezcan arriba, pero no aquí abajo, colocaré varios despertadores en la habitación, duchémonos, cambiémonos de ropa y durmamos una siesta, el tiempo que podamos. —Thalía y Clarisse, me besaron, en agradecimiento por la advertencia.
— ¡Eh! —dijo un botones. Por lo menos eso me pareció. Llevaba una camisa hawaiana blanca y amarilla con dibujos de lotos, pantalones cortos y chanclas. —Bienvenidos al Casino Loto. Aquí tienen la llave de su habitación.
—Esto, pero. . .—mascullé, fingiendo confusión. Una actuación perfecta.
—No, no —dijo sonriendo—. La cuenta está pagada. No tienen que pagar nada ni dar propinas. Sencillamente suban a la última planta, habitación cuatro mil uno. Si necesitan algo, como más burbujas para la bañera caliente, o platos en el campo de tiro, lo que sea, llamen a recepción. Aquí tienen sus tarjetas Lotus Cash. Funcionan en los restaurantes y en todos los juegos y atracciones.
Nos entregó a cada uno una tarjeta de crédito verde.
Subimos al ascensor y buscamos nuestra habitación. Era una suite con tres dormitorios separados y un bar lleno de caramelos, refrescos y patatas. Línea directa con el servicio de habitaciones. Toallas mullidas, camas de agua y almohadas de plumas. Una gran pantalla de televisión por satélite e Internet de alta velocidad. En el balcón había otra bañera de agua caliente y, como había dicho el botones, una máquina para disparar al plato y una escopeta, así que se podía lanzar palomas de arcilla por encima del horizonte de Las Vegas y llenarlas de plomo. La vista de la Franja, la calle principal de la ciudad, y el desierto era alucinante, aunque dudaba que tuviera tiempo para admirar la vista con una habitación como aquélla.
— ¡Madre mía! —exclamó Thalía—. Este sitio es. . .
—Genial. —concluyó Clarisse. —Absolutamente genial.
Había ropa en el armario nuestras tallas. Dejé la mochila a un lado. Total, reaparecería en mi espalda, en poco tiempo. Me di una ducha, que me sentó fenomenal tras una semana de viaje mugriento. Me cambié de ropa, comí una bolsa de patatas, bebí dos Coca-Colas y acabé sintiéndome mejor que en mucho tiempo.
Salí del baño y descubrí que Thalía y Clarisse también se habían duchado y cambiado de ropa. Clarisse comía patatas con fruición, mientras Thalía encendía el canal del National Geographic. —Con todos los canales que hay —le dije—, y tú pones el National Geographic. ¿Estás loca?
—Emiten programas interesantes. Y.… me ayuda a conectarme con Annie.
—Me siento bien —comentó Clarisse—. Me encanta este sitio. Pero... sé que debemos de continuar la misión. —Nosotras asentimos y colocamos relojes, agarré un reloj de muñeca y le coloqué la alarma y ellas me imitaron: En una hora, estaríamos fuera. —Estoy en el primer piso, jugando Age of Empires, búsquenme, por si el juego me absorbe. —Y con eso, se fue.
— ¿Y ahora qué? —preguntó Thalía—. ¿Dormimos?
—Si quieres... Hora de jugar —dije.
No recordaba la última vez que me lo había pasado tan bien. Venía de una familia relativamente pobre. Nuestra idea de derrochar era salir a comer a un Burguer King y alquilar un vídeo. ¿Un hotel de Las Vegas de cinco estrellas? Ni hablar.
Hice puenting en el recibidor cinco o seis veces, bajé por el tobogán, practiqué snowboard en la ladera de nieve artificial y jugué a un juego de realidad virtual con pistolas láser y a otro de tiro al blanco del FBI. Ví a Clarisse unas cuantas veces, pasando de juego en juego.
Le encantó el Age of Empires III.
Ví a Thalía jugar a juegos como Doom, mientras le quitaba la música al juego y ella colocaba su Green Day.
Salí al pasillo y me topé con mi belleza italiana. Una lagrima, resbaló por mi mejilla. Allí estaba: Bianca Di Angelo.
Viva.
Al verme, ella me abrazó y yo también la abracé con fuerza, antes de fundirnos en un beso. —Lady Caos, resucitó a Hazel y la trajo aquí. Hicimos algunos cálculos y llevamos aquí unos cuantos...
—Son demasiados años. —le dije tranquilamente, acariciando su mejilla. Bianca suspiró y asintió.
—Nacimos en 1922 y supuestamente, tengo doce años de edad. —Bianca se encogió de hombros y yo la abracé. —Hazel me ha estado entrenando, en todo lo que puede: Viaje en sombras, esgrima, control de esqueletos, de huesos, de riqueza. Creé una daga de Hierro Estigio con el control de metal, que ahora mismo, tengo escondida en el calcetín y entreno con ella. Usamos de esos Sables de Luz de combate, que hay en el segundo piso, en la tienda de recuerdos... —yo asentí, como si supiera de qué sables de luz me habla. Obviamente de Star Wars, no sabía cuan buena idea era entrenar con un juguete, para algo auténtico, pero me parecía bien — y me entrena con ellos en esgrima autentica.
—Estoy muy feliz de verte y de saber que ahora, cuentas con algo de entrenamiento autentico y no solo, aquello que les ha sido otorgado por Lady Artemisa. —Acaricié su mejilla nuevamente y ella cerró los ojos.
—Lady Artemisa me transformará en una cobaya —se burló de sí misma, antes de agarrarme del brazo y arrastrarme con ella, entrando ambos, en (la que supongo yo, se trataría de) su habitación.
— ¿Qué estás...? —Colocó en la puerta el letrero de "No Molestar" y le mandó un mensaje telepático a Hazel: «Encontré a Penny, mi novia y si ustedes dos entran en esta habitación, en los próximos veinte minutos, te devolveré a los Campos de Castigo, Haz.»
No necesito relatar que hicimos el amor. Bianca era muy apasionada y tan buena, que me asombró cuando admitió, que lo hizo instintivamente y que solo oró a Lady Afrodita, para estar haciéndolo todo bien.
Nos despedimos con un beso desesperado, mientras que yo me encaminaba, hacía la habitación, que compartía con mis compañeras de aventura/amantes. —Venga —le dije—. Nos marchamos. —No hubo respuesta. La sacudí por los hombros. — ¿Thalía? —Pareció molestarse.
— ¿Qué?
—Tenemos que irnos.
La mirada se le aclaró a Thalía, quien ahora parecía enfadada. —Bien. Estúpido hotel trampa. —En ese momento, nuestros despertadores sonaron al unísono y sonreímos.
—Oh sí. Justamente eso, es este sitio: Una trampa. Tenemos que encontrar a Clarisse.
Tras buscar un buen rato, la vimos jugando al Devil May Cry 4 Edición Especial. — ¡Clarisse! —llamamos.
Fue derrotada en el juego. — ¡Bien, salgamos de aquí, antes de que me enfade más!
El botones del Loto se acercó presuroso. —Bueno, bueno, ¿están listos para las tarjetas platino?
—Nos vamos —le dije.
—Qué lástima —repuso él, y me dio la sensación de que era sincero, como si nuestra partida le doliera en el alma—. Acabamos de abrir una sala nueva entera, llena de juegos para los poseedores de la tarjeta platino.
Nos mostró las tarjetas. Sabía que, si aceptaba una, jamás me iría. Me quedaría allí, feliz para siempre, jugando para siempre, y pronto olvidaría a mi madre, mi misión e incluso mi propio nombre.
Clarisse tendió un brazo hacia la tarjeta, pero Thalía le pegó un tirón y la rechazó. —No, gracias.
Caminamos hacia la puerta y, a medida que nos acercábamos, el olor a comida y los sonidos de los videojuegos parecían más atractivos. Pensé en nuestra habitación del piso de arriba. Podíamos quedarnos sólo por esa noche, dormir en una cama cómoda y mullida por una vez...
Salimos a toda prisa del Casino Loto y corrimos por la acera. Era por la tarde, aproximadamente la misma hora del día que habíamos entrado en el casino, pero algo no cuadraba. El clima había cambiado por completo. Había tormenta y el desierto rielaba por el calor.
Llevaba la mochila que me había dado Hera colgada del hombro, gracias a los dioses, por los artefactos encantados.
Fui hasta el quiosco más cercano, miré la fecha de un periódico. Gracias a los dioses, seguía siendo el mismo año en que habíamos entrado. Agradecí nuevamente: 17 de junio. Habíamos pasado un día días en el Casino Loto.
Nos quedaban cuatro días y medio para el solsticio de verano. Para llevar a buen puerto nuestra misión.
