Disclaimer
Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi de su obra Ranma 1/2. Sólo los utilizo para mi propio entretenimiento y el de los que leen. No obtengo ningún beneficio monetario por ello.
Se aceptan todos los comentarios y críticas que sean hechas con respeto. Comentarios ofensivos serán ignorados. Muchas gracias.
Nueva vida, aunque cueste
Shampoo despertó cuando la luz de la mañana se metía por su dormitorio de manera tan potente que le quemaba la piel. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta ahí?
– Estás en tu casa y lo que pasó, bueno, creo que esa pregunta debería hacerla yo –. Ryoga se notaba molesto, frío. La última vez que lo había visto, él se había ido a la casa de Akane y ella ¿Ella había ido donde Ranma? No tenía muy claro lo que había hecho.
– Eso fue lo que él mismo dijo cuando te trajo, completamente aturdida. Ahora, lo que no sé, es que hacías en esa casa. ¿Él te buscó?
No lo recordaba muy bien. Al parecer había ido a hablar con Ukyo y pelearon, sí, eso sí pero después cayó en una niebla oscura y no recordaba más. ¿Ukyo la había vencido? Eso no lo podría soportar. Si era así, iba en ese mismo momento a acabar con ella. Ryoga no se mostraba interesado en saber sobre su lucha con Ukyo, era lo que menos le importaba en ese momento, sinceramente.
– ¿Él te buscó o tú a él? – Ryoga insistía, quería saber a toda costa si Shampoo lo engañaba, si le ocultaba la verdad. Se notaba un poco celoso. Bastante quizás.
– No, yo fui a su casa. Pero para hablar… – Shampoo trataba de hacer memoria pero tenía la cabeza completamente revuelta.
– ¿De qué, Shampoo? ¿De queeeeeee? – Ryoga perdió la paciencia con ella. Le pedía que fuera a consolar a Akane mientras salía a escondidas, no era capaz de decirle el motivo, llegaba a su casa inconsciente, en brazos de Ranma ¿Cómo pretendía que estuviera tranquilo? Shampoo lo sabía pero no, no lo había engañando. Sí sintió compasión de Akane y le pidió sinceramente y de buena fe que la visitara. Estando sola le vino toda la furia contra Ukyo y fue a molestarla, tal como antes hacía con Akane. Ryoga le hizo ver que la diferencia no era tanta: molestaba a Akane por Ranma; molestaba a Ukyo por Ranma. ¿Qué quería que pensara?
– Lo siento, no fue mi intención confundirte. Es sólo que no puedo soportar a Ukyo, no puedo. Pero no es por Ranma, créeme. Te lo juro, Ryoga: debes creerme, por favor – Shampoo, llena de culpa, empezó a sollozar. Ryoga dudó un momento. Muchas veces, cuando discutían, ella fingía llorar para arreglar las cosas y él siempre caía. Esta vez no sería la excepción. Se metió a la cama con ella y la abrazó. En ese combate, no era capaz de poner mayor resistencia y, en consecuencia, Shampoo siempre lo derrotaba.
– Ranma te llevó a la casa de Akane antes de venirnos – le contó Ryoga. Shampoo le preguntó cómo estaba Akane. ¿La había visto? Sí y estaba mal, muy mal. Esperó mucho tiempo esperanzada a Ranma y éste llegaba, nada más ni nada menos, que con una esposa que no era otra que Ukyo por quien, según él, decía no sentir nada. Las vueltas de la vida.
– ¿Tú crees que está enamorado de ella? – preguntó Shampoo.
– No, en lo absoluto. La impulsividad de Ranma lo lleva a hacer cosas increíbles y esta vez se pisó la cola. Está metido en un lío de aquéllos porque Akane, aunque lo ame a morir, jamás se interpondrá entre él y Ukyo y eso él lo sabe–. Ryoga se veía algo triste. Había luchado tanto contra Ranma, por cualquier cosa, que lo había llegado a conocer muy bien. Si de algo estaba seguro, era de que estaba sufriendo inmensamente. Al decirlo se aferró fuertemente a Shampoo, no podía imaginar qué haría él en una situación semejante.
La escena se vio interrumpida por alguien que llamaba a la puerta. Ryoga fue a ver quién era. Era Akane. Shampoo salió poco después, detrás de Ryoga, se veía bien.
– ¿Qué les pasó anoche? – preguntó Akane vpreocupada –, por un momento creí que estabas muy mal – no quiso agregar más. Shampoo y Ryoga se miraron. ¿Se lo decían? Sí, era mejor.
– Shampoo fue a casa de Ranma – dijo Ryoga –, pero ni ella misma sabe las razones –. Akane abrió los ojos sorprendida ¿Shampoo había vuelto a las andadas? No, no era lo que ella creía; sólo había ido a molestar a Ranma, por idiota. Akane bajó la vista, no quería que el tema se desviara hacia Ranma. Era muy pronto. Pero la suerte no estaba de su lado porque, a los pocos segundos, apareció el mismo Ranma en la puerta del café con la misma intención que Akane: saber de Shampoo. Se quedó helado al ver que ella estaba ahí.
– Hola… Veo que estás bien, Shampoo – dijo nervioso. Su mente se había ido a negro y ningún pensamiento pasaba por ella. Menos dio con alguna palabra que lo ayudara en ese trance.
– Estoy bien, gracias – fue la serena respuesta. Pero Ryoga no estaba tan tranquilo: casi había matado a su mujer ¿qué se creía? Eso no se lo perdonaría tan fácil. Ranma estaba nervioso, no quería hablar de las razones que lo habían llevado a actuar como lo había hecho. No con Akane ahí.
– Podemos conversar afuera, si quieres – le respondió Ranma queriendo que eso terminara pronto. No podía estar cerca de Akane: no podía ignorarla. Había pasado tan poco tiempo, demasiado poco. Akane entendió: era hora de marcharse. Se despidió de todos y se fue. Ranma quería seguirla pero sus pies no se movían, su cuerpo no le respondía. De pronto sintió un golpe en la cabeza: era Ryoga que buscaba sacarlo de su estado de estupidez.
– Si no sabes qué hacer, te puedo ayudar: podrías empezar por pedirle perdón a esa mujer, que no es cualquier mujer sino la que tú realmente amas.
Sí, eso debía hacer y salió tras ella. No iba muy lejos, un par de pasos más rápido de lo normal y la alcanzó.
– Akane – la llamó. Cuando ésta sintió la voz de Ranma, cerró los ojos. No estaba preparada para eso. No ahí, no en ese momento. Suspirando, reuniendo fuerzas, se detuvo y le preguntó qué necesitaba. Ranma olvidó todas las palabras que sabía, no podía formar una frase, se sentía un imbécil. El peor de todos.
– Ranma, no tengo todo el tiempo del mundo. ¿Qué quieres? –. Akane lo veía en sus ojos: un sentimiento de culpa lo atormentaba pero no era capaz de decir nada. Estuvieron así, largo rato, mirándose, como antes, cuando no necesitaban palabras para comunicarse. Ahora era todo tan diferente. ¿Cómo habían llegado esto? ¿Por qué?
– Akane, yo…yo – Ranma tenía un nudo en la garganta que apenas lo dejaba respirar, menos hablar. Akane estaba esperando las palabras que, quizás, podrían calmar en parte su dolor, pero Ranma ni siquiera era capaz de eso. Qué decepcionada se sentía.
– Adiós Ranma – fue todo lo que le dijo antes de dar la media vuelta y abandonar el lugar. "Parece que perdón es la palabra más dificil de decir" pensó él, abatido.
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Cuando Ukyo despertó al día siguiente, se dio cuenta de que su marido ya no estaba. Fue doblemente frustrante, después de lo que había pasado la noche anterior. Nada, absolutamente nada. En un principio creyó que Ranma se entregaría a ella pero pronto comenzó con sus excusas: que estaba muy cansado, que el shock que le causó el que su padre lo despreciara y otras mil disculpas tontas. Ella sabía muy bien que la causa de su actuar tenía nombre y apellido: Akane Tendo. Golpeó la almohada con fuerza, dolor y mucha frustración. ¿Cómo podría sacar a esa mujer de la cabeza de Ranma? Pronto oyó la puerta, era él.
– Fui a ver cómo estaba Shampoo – fue todo lo que dijo.
– ¿Y cómo estaba? ¿Se acordaba de algo? – le preguntó Ukyo.
– No lo sé. Pero si no se acuerda, tanto mejor. Así nos ahorramos problemas. Con ella y con Ryoga que la defiende hasta la muerte.
Ukyo hizo una mueca de molestia. Era lógico; Ryoga amaba a Shampoo. Eso hacían las personas que se quieren, defender a la persona amada. Ranma no tenía ganas de discursos morales, menos a esa hora. Para evitarse problemas, no mencionó su encuentro con Akane. Sería agregar más leña a una fogata que podía convertirse en un volcán en erupción. Él conocía a Ukyo.
– Creo que lo mejor es que cocine algo, asi me distraigo y no nos morimos de hambre – agregó Ukyo. Ranma asintió y, cuando ella salió, se tiró en la cama de espalda, afirmando los brazos detrás de su cabeza. ¿Por qué tenía que haberse encontrado a Akane? ¿O es que quizás sospechaba que la encontraría ahí y fue, precisamente por aquella razón, a esa hora de la mañana, al Café del Gato y no antes o después? Estaba tan confundido: el mundo se la había vuelto patas para arriba con sólo ver a Akane. Tendría que ocupar su mente en algo porque, si no, se volvería loco.
– U-chan, creo que es tiempo de que vea lo que voy a hacer – dijo mientras comían. Ukyo no entendía ¿hacer sobre qué? Bueno, algo para ganarse la vida. Podía ayudarla en el restaurante, si quería. No, no era eso lo que andaba buscando. Es decir, mientras empezaban, estaba bien pero no podía continuar así para siempre. Él era un artista marcial y, como tal, quería dedicarse a eso.
– Supongo que podrías ver si puedes trabajar en un dojo, hasta que puedas abrir el tuyo propio – Ukyo paró en seco su relato. ¿No estaría pensando Ranma en ir a la casa de los Tendo? Claro que no, no era eso lo que estaba pensando, por ahora.
– Ranma, con respecto a lo de anoche…
– ¿Te refieres a lo de Shampoo? Uf, lo siento: esa mujer no cambia. Sigue tan loca como siempre. Pobre Ryoga, las que tendrá que pasar para manejarla. No se lo deseo a nadie pero, como está loco por ella…
– No, no me refería a eso, precisamente – Ukyo se ruborizó. No sabía cómo exponer el tema, no era fácil de hablar. Con Ranma se tenían mucha confianza, antes. Pero ahora ya no eran los amigos de la infancia sino marido y mujer. En el papel porque la realidad distaba mucho de eso.
– Perdóname, no fue mi intención. Pero, entiéndeme, fue un día difícil: encontrarme con mi papá, con los Tendo, con ese Kuno Tatewaki llorando por mi muerte. Y si a eso le sumamos el incidente llamado Shampoo pues no, me fue imposible. Lo siento –. Ranma pudo zafar esta vez y creía que podría hacerlo un par de veces más pero hasta cuándo podría sostener esa situación, no lo sabía. Sentía lástima por Ukyo, ella no merecía vivir así, su único error había sido quererlo, desde siempre. Pero ni eso podía convencerlo. Se sentía muy joven para todo. Pero su realidad era otra: se había convertido en hombre de la noche a la mañana y algún día debería actuar como tal. Con Ukyo, con todos. Con Akane no hubiese sentido esos miedos, nunca.
– Voy a abrir el restaurante esta tarde – le dijo Ukyo, visiblemente triste. No había problema, si necesitaba ayuda, él se la daría. Que contara con ello. Ukyo sonrió agradeciéndole. No, no era así como lo había imaginado.
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Akane no de dirigió inmediatamente a su casa luego de visitar a los Hibiki. Se fue a caminar, sola, a un lugar que no le trajera recuerdos de su pasado con Ranma. Era imposible; habían recorrido casi toda la ciudad juntos. Pasó por la reja al lado del canal por donde pasaban para ir al colegio, el parque que visitaban siempre, el laberinto en donde él le dijo que la amaba, sólo por vengarse de los planes de Nabiki, la pista de hielo. Todo, absolutamente todo le traía recuerdos de Ranma. ¡Pero qué tonta era! Ranma ya no podía estar con ella, él tenía otras responsabilidades, prioridades y ella no estaba entre esas. Se lo repetía siempre, a todas horas, a cada minuto. Pero era muy terca, así siempre se lo había dicho Ranma. Hasta en lo más mínimo aparecía él.
–¡Basta ya, Akane! ¡Esto se te debe pasar ahora porque no tiene ningún futuro! –. Quizás nunca lo tuvo y ella dejó crecer una ilusión sobre nubes…
Cuando llegó a su casa, encontró a todos sentados a la mesa ¿Tanto tiempo había pasado? ¡Había estado casi todo el día afuera! Pero, increíblemente, no sentía hambre, ni sed, ni cansancio. Sí tenía un poco de sueño, por eso, se disculpó con la familia y se fue a dormir sin prestar oídos a Kuno que reclamaba porque Akane no pasaba tiempo suficiente en la casa.
– Ve Akane, te llevaré algo para que bebas y descanses – le dijo Kasumi. Akane subió a su dormitorio y estuvo largo rato mirando por la ventana, viendo la luna. Ese día estaba tan bonita. Kasumi llamó a la puerta: le llevaba té para relajarse. Le haría bien. Akane tomó la taza entre sus manos y bebió un poco.
– Hoy fui a ver cómo estaba Shampoo. Se encuentra bien; ni ella misma se acuerda de lo que pasó –. Akane hizo una pausa para confesarle a su hermana lo que había pasado –: Ahí me encontré con Ranma.
– ¿Qué te dijo? – le preguntó Kasumi. Ella también estaba muy triste por todo lo que estaba pasando. Sabía de los sentimientos de Akane y también de los de Ranma, debían estar sufriendo ambos. Ella sabía de ese tipo de sufrimiento, aunque no lo demostrara; algún día esperaba que alguien reuniese el valor para hablar con ella. Algún día.
– Nada. No me dijo nada, y eso es lo más frustrante. Sé que debe estar pasándolo pésimo pero no reconoce sus errores. O quizás siempre quiso a Ukyo y no a mí, no lo sé. Ya no sé nada – dijo Akane mientras bajaba la cabeza y hacía esfuerzos enormes por no llorar. Ya había derramado muchas lágrimas por Ranma. No merecía ni una más.
Kasumi la miró apenada, pero no podía hacer nada. La única solución sería volver el tiempo atrás y evitar que lo que pasó, efectivamente pasara. Y eso no se podía. Que hubiese dado ella por hacerlo, haría todo para ver feliz a su pequeña hermana. Akane se lo agradeció. Desde que su madre había muerto, Kasumi tomó ese rol, en todo sentido. A veces se preguntaba si eso era lo correcto: Kasumi era muy joven, linda, dulce: tenía todo para ser feliz. Merecía que alguien la amara. Bueno, todos, incluida la misma Kasumi, sabían que sí había uno pero era incapaz de decírselo. Y ella sólo quería ver a su hermana feliz, que tuviera la felicidad que ella no había tenido. Con estos pensamientos en su mente, y mucho más tranquila que la noche anterior, se durmió.
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Después de algunas semanas, la agitacion por la llegada de Ranma se había calmado, al menos en parte, y las cosas parecían haber recuperado, hasta donde se podía, su rumbo normal. Shampoo, que aún no soportaba a Ukyo, se estaba convirtendo en un verdadero escollo en la relación de amistad que Ranma y Ryoga podrían haber podido desarrollar. Éste último siempre le daba prioridad a Shampoo, y si ésta no quería tratar con Ukyo, él no la obligaba. Es más, evitaba encontrarse con ella. A veces Shampoo cedía y visitaban a Ranma, sólo para provocar a Ukyo y siempre todo terminaba con alguna pelea y el fin anticipado de la jornada. Por su parte, Ranma se las había arreglado para no intimar con Ukyo con miles de excusas: se reventaba entrenando para llegar fatigado a su casa y así no ser capaz de nada. Hasta había recurrido, a veces, a la vieja táctica del alcohol; tomaba más de la cuenta y nada hacía. Ukyo se sentía miserable, ella amaba a Ranma de verdad y pensaba que, una vez casados, éste cambiaría su actitud hacia ella. Pero no, la evitaba de mil modos cuando estaban solos. Shampoo, sabiendo esto, indirectamente hacía notar la gran vida sexual que llevaba con Ryoga, haciendo que Ukyo se sintiera peor y que Ryoga quisiera morir de vergüenza. No le saldría barato a esa Ukyo haberse quedado con Ranma. Y no era por celos, porque ella amaba a Ryoga, de eso estaba segura. Pero la manera con la que Ukyo se quedó Ranma no había sido honesta. Shampoo había madurado, al punto de no acordarse de las cosas que ella misma hacía para quedarse con Ranma. Pero eso era tiempo pasado.
Por otro lado, Akane evitó por mucho tiempo salir a la calle por temor a encontrarse con Ranma. Si lo divisaba por ahí, inmediatamente tomaba otro camino, aunque esto significaba andar el doble. Además, la atormentaba el hecho de que Kuno Tatewaki aún siguiera ahí, sin que a nadie pareciera importarle y, hasta estuviera tratando de engatusar a Soun con dejarle el dojo, no tanto porque le interesara tenerlo, sino para obtener la mano de Akane. Y tenía que verlo, todos los días y a toda hora sin poder evitarlo. Por eso, una tarde, cuando Kasumi le pidió que fuera con ella de compras, olvidando su temor a encontrarse con Ranma, fue. Lo único que quería era escapar de ese sujeto demente.
Ambas hermanas no eran muy aficionadas a quedarse vitrineando, menos cuando había cosas en la casa por hacer. Por eso, cuando vieron un carro, que parecía ser algo así como gitanos, Kasumi se entusiasmó y le propuso a Akane entrar. Ella no creía en esas cosas: una vez le habían dicho que se casaría con Ranma y no pudo estar más alejado de la realidad. Kasumi se ofreció a entrar primero, si consideraba que era un engaño, se lo diría, no entraba y se iban a la casa.
– Vamos Akane. ¡Anímate! Aunque sólo sea por diversión – le dijo Kasumi sonriendo. Accedió y, según lo acordado, Kasumi entró primero. Se tardó mucho en salir pero, al hacerlo, le dijo que habían acertado: se casaría algún día, tendría hijos con una persona que ella ni siquiera imaginaba. ¿Podría ser el doctor? Akane la miró incrédula: no le habían dicho nada especial. Eso era un rumbo más o menos normal de acontecimientos.
– ¡Entra Akane! Quizás conozcas tu futuro hoy –. Accedió. La verdad es que no perdía nada con intentarlo. Y así lo hizo. El pequeño carro era muy oscuro, no podía ver nada. El adivino se escondía tras una máscara y tenía una voz de ultratumba que podía llegar a amedrentar por momentos. Incienso, por todos lados.
– ¿A qué vienes jovencita? – le dijo la voz.
– Supongo que a lo viene todo el mundo – contestó Akane aún sin creer en nada. Era todo tan surrealista. No veía nada más que una mesa, los inciensos. ¿No se supone que los adivinos tenían una bola de cristal o algo así? Parece que no. Lo que sí tenía este adivino era un set de cartas con las que jugaba de manera impresionante. Más que adivino parecía un mago. El hombre empezó a poner las cartas sobre la mesa.
– Has sufrido este último tiempo, jovencita. Por fijarte en la persona equivocada. Éste es un hombre fuerte, pero no se compromete con nada ni con nadie. Un hombre muy malo que no estaba a tu altura y no te merecia.–. Akane comenzó a sorprenderse de la habilidad del adivino; parecía que realmente sabía ver la suerte de las personas, al menos, en parte.
– Bueno, sí. Usted no está tan equivocado – le dijo Akane que empezó a entusiasmarse más.
– Ese hombre, dejó de lado muchas cosas: su casa, su familia, su arte, todo. Todo lo perdió por su impulsividad. Por eso mismo, no te merecía – repitió el adivino. Akane empezó a sospechar. Ese hombre sabía muchas cosas, muchos detalles ¿No sería Ranma disfrazado de adivino quien le estaba tomando el pelo? No ¿Por qué haría algo así?
– No debes confiar en hombres como Saotome… – y al decir esto, el adivino se percató de su gran error y empezó a ponerse nervioso: había dicho demasiado, sin querer.
– Espera, ¡tú no eres cualquier adivino! – le gritó Akane y se le fue encima tratando de descubrir quién era. Empezaron a forcejear hasta que ella logró quitarle la máscara y ver su verdadera identidad.
– ¡Mousse! ¿Qué diablos estás haciendo tú aquí? – le dijo Akane, asombrada.
– Creo que me está confundiendo con otra persona – dijo el otro, tratando de escapar pero sin dar con la puerta –: mejor váyase, es usted una cliente muy desordenada.
Akane sonrió. Sólo Mousse podía confundir una pared con una puerta. No estaba loca ni equivocada, era él. Descubierto, a Mousse no le quedó opción que reconocer todo.
– Akane Tendo ¿Por qué, entre todas las mujeres de esta ciudad, tenías que ser precisamente tú la que llegó aquí a saber de su fortuna? – le dijo avergonzado.
– Me trajo Kasumi. Me contó sobre lo que le dijiste y eran cosas muy vagas… ¿Qué clase de adivino eres? A algunas personas le lees la fortuna con tanto detalle y, a otras, apenas si le dices algo útil – Akane no podía disimular lo divertido que toda la situación le parecía. ¿Había algún oficio que Mousse no hiciera? Artista marcial, mago, cocinero, vendedor, mesero. Y ahora adivino. De no creerlo.
Kasumi, en tanto, alertada por los gritos y golpes que se escuchaban desde dentro, se asomó a mirar. Vio a Akane hablando con Mousse ¿cuándo había entrado éste ahí? ¿No sería él el adivino? Efectivamente, era él. Kasumi le preguntó cómo había llegado hasta ese lugar. La respuesta: él vivía ahí, en ese carro. Leyendo la suerte a veces, haciendo trucos de magia otras veces y así sobrevivía. Kasumi y Akane estaban muy contentas de encontrarlo, era como un oasis en medio de tanto desierto. Kasumi como siempre, lo invitó a su casa.
– Ven con nosotros a cenar – le dijo amablemente.
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Sabes que te amo y siempre lo haré
Estoy decidido por
La manera en la que me siento
No hay inicio,
No habrá final
Por que en mi amor puedes confiar
Wet wet wet - Love is all around
Ranma había ido a hablar con su padre esa misma tarde. Se reunieron cerca de la casa de los Tendo pero no tanto como para que Soun o Akane los vieran.
– Tendo está leyendo y Akane no está. No tienes de qué preocuparte. ¿A qué viniste? ¿Cómo va tu matrimonio? – le preguntó padre a hijo.
– Pésimo y no creo que mejore, al menos no en el corto plazo – dijo un desilusionado Ranma –: pero no venía para hablar de eso. Quiero retomar mis entrenamientos ¿te interesaría entrenar conmigo? Desde un tiempo hasta ahora es como si me hubiese convertido en un paria.
– No es para menos. Tendo es bien conocido en la ciudad y bueno, lo que pasó, no es como para felicitarte – le dijo Genma, francamente. Ranma le agradeció su empatía, de todo corazón como le dijo irónicamente.
– Bueno ¿puedes o no puedes? – le dijo impaciente.
– Un padre siempre debe sacrificarse por los hijos – dijo Genma con tono de víctima. Siendo sinceros, no le quedaba, él lo conocía mejor que nadie. Quedaron de verse al otro día, en un parque, cercano a la plaza. Mientras estaban hablando, vieron pasar por ahí un carro cubierto de chucherías, juguetes, amuletos; un mundo completamente estrafalario con aroma a incienso. ¿Qué podía ser? Se acercaron un poco, pues ambos estaban intrigados y se dieron cuenta de que el carro paró fuera de la casa de Soun Tendo.
– ¿Tienen visitas? – preguntó Ranma a Genma, lleno de curiosidad.
– No que yo sepa – le contestó.
De pronto, las puertas del estrafalario carruaje se abrieron y de él salió Mousse. ¡Mousse! ¿De qué se las estaba dando ahora? Parecía sacado de un cuento de las Mil y una Noches. Mousse entonces tomó la mano de Kasumi y la ayudó a bajar. Ésta bajó y le dirigió una hermosa sonrisa de agradecimiento. Pero quedaba alguien más arriba.
– Que no sea ella, por favor, que no sea ella – decía Ranma murmurando inquieto. Si por ella se refería a Akane, sí, lo era. Pero, lo peor para él es que, esta vez, Mousse no la tomó de la mano para bajar sino en sus brazos y mientras entraba con ella a la casa, iba girando. Ranma escuchaba las risas de Akane pidiéndole a Mousse que se detuvieran, que se marearían, que podían caerse. Ranma sintió que algo le estallaba dentro. Desde hace algún tiempo Akane y Mousse se habían hecho amigos; él, a veces, le contaba sus penas de amor, cuando estaba enamorado de Shampoo. Ella le daba consejos. Mousse había estado desaparecido por largo tiempo ¿tenía que volver justo ahora? ¿Y por qué había regresado?
– Hace mucho tiempo que no veía a la pequeña Akane sonreír de esa forma – remató Genma.
Me apuré y revisé este capítulo en tiempo récord, debido al gran entusiasmo que generaba la aparición de ese señor a quien adoro: Mousse. Espero no defraudarles.
Nota: Ranma no es malo, pero es tonto, infantil. Ya madurará...
Gracias a todos por leer.
