Disclaimer
Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi de su obra Ranma 1/2. Sólo los utilizo para mi propio entretenimiento y el de los que leen. No obtengo ningún beneficio monetario por ello.
Se aceptan todos los comentarios y críticas que sean hechas con respeto. Comentarios ofensivos serán ignorados. Muchas gracias.
Afortunadamente estás aquí
A todos los Tendo les vino bien la visita de Mousse, después de tanto tiempo sin verlo. Fue un bálsamo que les alivió la cruel situación que estaban viviendo. Mousse contó sus experiencias como adivino, algunas verdaderas y otras, muy probablemente inventadas pero que a todos les causaron gracia.
– ¿Y te iba bien siquiera? Si tenías muchos clientes, debiste ganar mucho dinero – expuso Nabiki con ya alguna sombría intención monetaria en su cabeza. Desafortunadamente para ella, Mousse era bastante torpe en lo que a finanzas se refiere pero ella podría guiarlo. Harían una buena dupla, según ella misma.
– Siendo sincero, me quiero retirar. Es un oficio agotador y bastante peligroso si no le dices a la gente lo que quiere escuchar – determinó Mousse. Akane lo miraba enternecida. Era tan bueno que él estuviera ahí, era un amigo en el que confiaba, que sabía sacarle una sonrisa; siempre. También confiaba en Kasumi, claro, pero era algo distinto. Kasumi no sería imparcial si se trataba de aconsejarla. Quizás Mousse lo era más.
El único que se veía a disgusto era Kuno que persisitía en su afán de quedarse en esa casa aun cuando nadie lo había invitado y a nadie le alegraba mayormente su visita. Excepto Nabiki que siempre encontraba la forma de retenerlo. A ella sí que le convenía.
– Creo que tu visita se ha extendido demasiado pajarraco – intervino Kuno sin que nadie le pidiese su opinión. Soun y Akane lo miraron con cara de odio.
– La visita que sí se ha extendido demasiado es la tuya – le dijo Akane. Kuno hizo una muestra de dolor: Akane no podía ser tan cruel con él sabiendo además el momento tan duro por el que estaba pasando. Manipulación pura.
– Para con eso ya muchacho. Lo que se ha ido no volverá jamás – dijo Soun afectado por la pérdida de Ranma, de su dojo, de la tradición. Él sí que estaba sufriendo.
– Son todos unos insensibles. ¿No pueden entender que sólo estando cerca del lugar que ocupaba podré superar la muerte de mi chica de la trenza? – Kuno sacó todo el dramatismo que tenía dentro.
Mousse abrió los ojos y miró a Akane desconcertado. ¿Ranma muerto? ¿Cuándo? ¿Cómo? Akane le hizo un gesto indicándole que le explicaría después; no quería darle alimento a Kuno para que siguiera con su melodrama. No fue posible porque Kuno no necesitaba combustible para empezar su eterno lamento. Como nadie tenía ganas de escucharlo, comenzaron a ponerse de pie y retirar los platos de la mesa. En medio de esa acción, apareció Genma, saludando tranquilo. No se veía como un padre que hubiese perdido a un hijo ni nada por el estilo. Para nada. Genma saludó a Mousse y se fue con Soun, seguramente a hablar, de cualquier cosa. Mientras todo eso pasaba, Mousse y Akane ayudaron a Kasumi a levantar la mesa, lavar los platos, ordenar, con un Mousse cada vez más desesperado por saber lo que había pasado. Akane no tenía apuro; dilató el momento lo más que pudo hasta que, finalmente, tuvo que hacer frente a la realidad.
– ¿Cómo es eso de que Ranma murió? ¿Qué le pasó? – Mousse no daba más de la curiosidad.
Akane suspiró. Tendría que contar nuevamente la historia, esa historia que le dolía tanto. Ambos muchachos se sentaron en el jardín a conversar. Ahí nadie los molestaría, al menos, eso esperaban.
– No, no está muerto. Pero Ranko sí lo está – afirmó Akane.
¿Ranko? ¿Ranma mujer?
– Me estás queriendo decir con eso que…
– Sí, Ranma se libró de la maldición. Ya es completamente hombre.
El rostro de Mousse se iluminó. Si Ranma lo había conseguido entonces él también. Sin embargo, su ilusión duró muy poco. Akane se encargó de acabar con ella. Le contó toda la historia: el manantial del hombre ahogado seco, el viejo, el viaje, la recuperación. Todo. A Mousse le llamó la atención la actitud de Akane.
– No te ves muy contenta con lo que estás contando.
– Lo estoy. Me alegró de que Ranma haya superado por fin ese trauma con el que cargaba y que lo atormentaba día a día. Lo lamento, de todos modos, por el tío Genma y por ti. Con el manantial seco, las probabilidades de curarse para ustedes son casi nulas – afirmó Akane, sinceramente afectada. Mousse sabía del buen corazón de Akane y, sabía también que estaba entristecida por los que no pudieron acabar con la maldición. Él el primero. Pero no, no era sólo eso. Había más.
– Siento que esa no es toda la historia; que te estás guardando algo. ¿Qué pasa Akane? ¿No confías en mí? – le preguntó el chico apesadumbrado. Akane se mordió los labios. Hablar de nuevo de lo mismo le hacía tanto daño pero Mousse tenía razón: ella sí confiaba en él.
– Ranma y Ukyo se casaron – dijo rápidamente tratando de esquivar la mirada del muchacho que, de seguro, era de asombro.
– No lo creo – fue todo cuanto pudo decir.
– Créelo, así es.
Mousse miró a Akane, dolido por lo que le estaba pasando. Ella lo había consolado tantas veces cuando aún sufría por Shampoo, lo apoyó cuando tuvo que asumir que ella se había enamorado de Ryoga, le había perdonado el haberla llevado a un jardín encantado y casi no poder salir de ahí y tantas otras cosas. Su sufrimiento le estaba doliendo, y mucho. Sin agregar nada, la estrechó contra su pecho y la abrazó fuertemente apoyando su rostro sobre la cabeza de Akane. Sintiéndose segura, ésta se pudo desahogar. Lloró con el alma, lo que le sirvió para tranquilizarse, en parte. Ya más serena, le contó toda esa parte de la historia a Mousse.
– Comprenderás que, por tal razón, Ranma ya no vive en esta casa sino en la de su esposa. No sé qué irá a ser de él ahora. Seguirá entrenando, trabajará en el restaurante de su mujer; no lo sé. Lo único que sé es que mi vida y la de él se han separado… para siempre.
¡Qué tristeza le daba escuchar todo eso! Sabía que Ranma era algo irresponsable, que evitaba comprometerse a fondo, entre miles de otros defectos. Pero, si de algo se podía estar seguro, era de su amor, no reconocido abiertamente, por Akane. No por nada había rechazado a Shampoo y hasta a la misma Ukyo, no una sino miles de veces. Que se haya casado con ésta última le parecía demasiado extraño. Y por las razones que le daba Akane: por cumplirle a un viejo que, si bien lo había ayudado, no tenía el derecho a arruinarle la vida así. Aquí había algo más y él trataría de descubrirlo. Aunque muchas veces había sentido que Ranma no se merecía a una mujer como Akane, ella lo adoraba. Por ella, él trataría de descubrir la verdad.
– Es mejor que me vaya, Akane. Ya se hizo tarde – le dijo mientras apartaba su cabeza de la de ella y la miraba a sus ojitos llenos de lágrimas.
– Puedes quedarte aquí, si quieres – le ofreció ella, dulce y sinceramente.
– No, no; gracias. Con un invitado tan especial como Kuno ya tienen suficiente, pero puedo volver mañana, si quieres – le dijo con una sonrisa. Claro que quería. La pasaría a buscar en la tarde.
– Mousse, no me has preguntado por Shampoo – observó Akane. Mousse sonrió con nostalgia. Había sido una parte linda de su vida, sin duda.
– No porque sé que ella está feliz. Y si no, Ryoga se las verá conmigo – dijo enseñando algunas de las tantas armas que guardaba en sus mangas. Una vez que Mousse cruzó la puerta de la calle, Akane suspiró pidiendo que ella pudiese hacer lo mismo con Ranma. Ojalá, lo más pronto posible.
v. v. v. v. v
Ranma no quería ir a casa. No quería ver a Ukyo, no porque no quisiera verla sino porque no quería rechazarla una vez; no se lo merecía. ¡Pobre Ukyo! Se vio involucrada en esa trama enredada sin querer o quizás sí quería. Ya no se podía estar seguro de nada. Además, la visión de Mousse en la casa de Akane, con ella feliz, lo había dejado un tanto perturbado. Él ya estaba al tanto de la creciente amistad entre los dos pero nunca había visto a ese pajarraco como una amenaza ni nada y ahora lo había intranquilizaba. Odiaba su situación; de haber podido, hubiese mandado todo al diablo. Pero, ahora, debía encontrar algo que hacer para no volver a su casa temprano y decidió que Ryoga sería su víctima.
Cuando apareció en la casa de Shampoo era ya tarde, muy probablemente los dueños de casa no estaban despiertos pero, de todas formas, llamó a la puerta. Tuvo que hacerlo varias veces. Cuando ya no tenía esperanzas de que le abrieran, apareció Shampoo despeinada, mirándolo extrañada.
– Ranma ¿qué haces aquí a esta hora? – le preguntó incrédula.
– Vengo a ver si Ryoga está – dijo como si fuera lo más normal del mundo el presentarse en una casa, como si nada, entrada la noche. Claro que estaba; él vivía ahí. Ranma le dijo que necesitaba decirle algo urgente. De ser así, no había más que hacer. Le abrió.
Ryoga se tardó mucho en llegar. Ranma podía imaginar en qué estaban porque, al parecer, esos dos siempre estaban en lo mismo. Libidinosos.
– Ranma ¿qué haces aquí a esta hora?
Misma pregunta, misma respuesta.
– Necesito decirte algo, urgente – le contestó Ranma –. Pero no tan urgente tampoco por lo que podemos beber algo, comer algo… ¡Qué se yo!
Ryoga no tenía ganas de nada; estaba muy cansado pero, adivinando en parte lo que le pasaba a Ranma, decidió acompañarlo. Shampoo insistió en quedarse y Ranma exigía que no, que lo tenía que hablar con Ryoga era algo privado, que ella no podía estar. Shampoo insistía y Ranma seguía negándose por lo que estuvieron un buen rato así, al tira y afloja, sin que ninguno consiguiera nada. Ryoga los dejó hablar y discutir porque sabía que lo que Ranma buscaba era no llegar a su casa y encontrarse con Ukyo. Finalmente, Shampoo se dio por vencida y se fue a dormir.
– Bueno, ¿y qué venías a decirme? – preguntó Ryoga, ya impaciente.
Ranma se mantuvo callado un buen tiempo porque no sabía qué inventar.
– Mousse está de vuelta – fue todo lo que atinó a decir.
¿Mousse? ¿Eso era lo tan importante?
– Es que Mousse podría venir por Shampoo, no sé… – Ranma no tenía la más mínima idea de qué decir. Hablaba puras idioteces y se sentía el ser más idiota de todos.
– Mousse no va a venir por Shampoo y tú lo sabes. Yo lo sé. Y todos lo sabemos. Pero ahora que lo nombras, creo que estás aquí por dos motivos: por no llegar a tu casa y porque, seguramente te intranquiliza que Mousse retome su amistad con Akane. Ellos se habían vuelto muy cercanos el último tiempo. Antes de que él se fuera – Ryoga pensó un momento y añadió –: creí que estaba en China.
No, no estaba en China. Nunca se había ido de la ciudad y ahora andaba como los gitanos, en un carro, haciendo quizás qué cosa. Y podía meter a Akane en un problema. Ryoga sonrió: Ranma estaba celoso. Una estupidez si se consideraba que era un hombre casado. No tan estúpido si se tenía en cuenta que su matrimonio había sido un tanto, sino completamente, forzado.
– Ranma, si no quieres ir a tu casa, puedes quedarte aquí el tiempo que quieras. Pero creo que deberías hablar con Ukyo. No es justo que ella te espere eternamente. Además, si no la quieres…
– Uf, tengo hambre sabes. Podrías darme un par de fideos. Te los pago mañana – cortó Ranma la conversación. Ryoga movió la cabeza. No podía hacer mucho más.
En su casa, Ukyo esperaba a Ranma. Había pasado casi todo el día afuera; ni siquiera había aparecido a almorzar, menos a la hora de la cena, dejándola con todo preparado y servido. ¿Por qué le hacía todo esto? ¿Es que acaso no la quería ni un poco? ¿No le tenía un mínimo de consideración? Se acercó a la ventana para ver cuando Ranma apareciera, esperándolo ansiosa, pero de éste no había ni rastro. De pronto, una idea empezó a circular por su cabeza. ¿Y si se había ido donde Akane? ¿Y si había pasado toda la tarde con ella? Después de todo, su padre aún vivía en su casa; era la excusa perfecta para ir allá. El fantasma de esa mujer nunca los dejaría tranquilos, especialmente a ella.
v. v. v. v. v
Al día siguiente, Ranma y Genma se juntaron a entrenar. El primero apenas había pasado por su casa: durmió un poco, se bañó, cambió de ropa y salió nuevamente sin siquiera dar una explicación de lo que había pasado la noche anterior. Ukyo lo enfrentó:
– Ranma ¿no me dirás nada? – le preguntó ofuscada. Si algo le pasaba, ella tenía derecho a saberlo.
– No hay mucho que decir. Fui a visitar a Ryoga y se nos pasó el tiempo conversando. Ya sabes cómo es él – fue la respuesta. No, Ukyo no sabía cómo era Ryoga mas sí sabía como era él y, por lo mismo, sabía que todo eso de la conversación era una vil excusa para evitarla.
– ¿Por qué me haces esto? Yo… yo no lo merezco – dijo la muchacha mientras bajaba la cabeza para ocultar las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos. No, no era justo y Ranma lo sabía. Una serie de hechos más que desafortunados, palabras necias pronunciadas a la rápida, egoísmo y tantos otros factores que se juntaron en el momento menos indicado los habían puesto a ambos en esa situación lamentable. No obstante, él no podía hacer mucho más. ¿La quería? Sí y mucho. Sin embargo, ese amor que sentía por ella no era el que Ukyo esperaba de parte de él. No quería engañarla pero tampoco quería hacerla sufrir. Era una situación dolorosa, una situación que no le deseaba a nadie.
– Mira U-chan – dijo Ranma tomándola de las manos y tratando de mantener la calma –, tú sabes por qué y cómo llegamos a esto. No estaba preparado para casarme, ni contigo ni con nadie, pero aquí estamos, por cobardía, orgullo; llámalo como quieras. Sabes que te quiero; que te quiero mucho pero – Ranma tomó todo el aire que pudo guardar en sus pulmones y suspiró –: pero no de la manera que tú quieres. Y que te mereces. No puedo mentirte.
– ¿Y la promesa? ¡Tú lo prometiste! – le gritó enfurecida y dolida.
La promesa. Una vez más la maldita promesa. ¿Es que lo perseguiría hasta el último momento de su vida?
– Eso es otro cuento – dijo Ranma a la pasada. No quería recordar el peor error de su vida: el hablar sin pensar, sin reflexionar sobre las consecuencias que sus palabras podían traer. Hasta el momento, sólo decepción y sufrimiento para todos. Ranma salió entonces a juntarse con su padre, dejando a Ukyo hecha un mar de lágrimas porque sentía que nunca, jamás nunca, Ranma la vería como su esposa. Y eso era lo que ella era al fin y al cabo.
Genma esperaba por Ranma, impaciente. Ya llevaba media hora de retraso y no daba señales de aparecer. Allá, por fin, a lo lejos, lo vio venir. Salió a su encuentro pero, en vez de un cordial recibimiento, lo tumbó al suelo de un sólo golpe. Ranma no lo esperaba, tampoco lo vio venir. Genma lo miró con el rostro completamente teñido de decepción.
– ¿Qué te pasa hijo? No fuiste capaz de adivinar mi golpe – le preguntó Genma preocupado. Ranma no contestó, se puso de pie lentamente y le lanzó un golpe de vuelta a su padre quien lo esquivó sin mayor esfuerzo.
– Estoy cansado. No pasé una buena noche – fue la escueta respuesta. Y sí, se le notaba en la cara.
– ¿Mucha acción con Ukyo? ¿O, en realidad, problemas con ella?
Ranma no dijo nada pero sabía que no podía esconder lo evidente. Su matrimonio estaba cimentado sobre arena y ahora amenazaba con volarse.
– No, en realidad, pasé la noche con Ryoga –. Al ver el rostro de espanto de Genma tuvo que aclararle que no era lo que estaba pensando: estuvieron conversando largo rato, la hora pasó volando y así fue. No había más misterio que ése. Era la verdad.
– No contestaste a mi pregunta – insistió Genma. Pero Ranma no quería hablar, no de eso, al menos. Dispuesto a demostrar que poseía toda la fuerza y destreza de antes, incluso más, ahora que era un hombre completo, se fue sobre su padre y, aunque en un principio éste fue capaz de resistir sus golpes, poco tiempo pasó para volver a ser el Ranma de siempre: ágil, poderoso.
– Sigues siendo el mismo, papá – rió Ranma – ni sueñes con que volverás a tumbarme – se sentía completamente seguro de sus palabras. Genma también rió: le alegraba ver que su hijo era el mismo de siempre; ése que nunca debió dejar de ser.
– Ah, hijo: me alegro. Por un momento creí que te habías vuelto un cobarde – suspiró Genma.
– ¿Cobarde? ¡Qué poco me conoces! – dijo el muchacho dispuesto a derribarlo una vez más.
– Cobarde no sólo es quien pierde: se puede ser un cobarde siendo el mejor de los guerreros.
No, no otra vez. No quería volver una vez más a lo mismo. Sabía que tenía hecha su vida un desastre, que había cometido todos los errores de universo pero no quería hablar más del dichoso tema.
– Esta bien – respondió Genma –. Esto del entrenamiento me dio hambre. ¿Vienes a comer?
O era una broma o su padre era un tonto. ¿Quería que lo acompañara a comer donde Soun, en donde se encontraría con Akane? Si era una broma, era de muy mal gusto. Definitivamente.
– No estaba pensando en eso realmente sino en el restaurante de tu mujer: ella cocina como los dioses. Sin embargo, y ya que tocas el tema ¿piensas escapar para siempre de los Tendo?
Su padre estaba loco: no podía estar preguntando semejante estupidez. Él había acabado unilateralmente su compromiso con Akane ¿con qué cara quería que se presentara allá? Además, Soun le dejó muy en claro, la noche en que buscaba desesperadamente a Ryoga, que no quería verlo en su casa, menos cerca de su hija. Había entendido el mensaje, tonto no era.
– Esa familia no es rencorosa. Dales tiempo y lo superaran. Te lo digo yo – dijo Genma, seguro de su amistad con la familia.
– Basta, no quiero seguir con esta conversación. Si no quieres entrenar más, puedes irte. Si quieres comer, ve donde Ukyo; ella nunca dejará que pases hambre. Y si quieres quedarte, hazlo ¡pero con la boca cerrada! – le gritó Ranma.
Genma se encogió de hombros: tenía hambre y también quería hacerse una idea más nítida de cómo iba la vida de casado de su hijo aunque, a la luz del humor de éste, podía imaginarlo. Tomó la segunda opción.
– Iría a casa pero está muy lejos. Iría al café de Shampoo pero tendría que pagar. No, mejor mi nuera, claro está – dijo Genma poniéndose de pie y comenzando su marcha –. Nos vemos la próxima vez que quieras entrenar.
– Espera ¡te prohíbo que interrogues a Ukyo! Sobre cualquier cosa –. Una advertencia que no estaba de más.
Ranma se sintió un poco más tranquilo una vez que estuvo solo. No quería más tormentos, más angustias. Sólo quería estar en paz, meditar sobre su vida futura, tratar de acostumbrarse a la presente, a hacerse la idea de que ahora tenía una esposa. Si no lo hacía, se volvería loco. Su deseo duró poco. Alguien comenzó a molestarlo. Por un momento pensó que era Shampoo; que su costumbre de seguirlo y acosarlo no se había ido realmente. Pero no, no era Shampoo. ¿Quién demonios era?
– No nos vemos desde hace mucho tiempo, Saotome.
Era él. El pajarraco chino.
– Cierto; bastantes meses ya, gitano cegatón.
Mousse sonrió; el sentido del humor de Ranma estaba intacto aunque, físicamente, se veía bastante a mal traer.
– Creo que el matrimonio te ha hecho mal – le dijo irónicamente – claramente, no es para ti. Ranma deseó golpearlo pero ¿qué sacaba con eso? En el fondo tenía razón. Mousse lo miraba, si eso era posible en él, de manera extraña: con una mezcla de rabia y compasión. Rabia porque finalmente había conseguido lo que todo el resto no pudo: curarse de la maldición. Compasión, porque había tenido que pagar un alto precio por ello.
– Estuve con Akane – fue todo lo que dijo.
– ¿Ah sí? – contestó Ranma pareciendo sorprendido. Claro que sabía que había estado con ella: los vio cuando llegaban en ese carro destartalado –. ¿Está bien?
Mousse movió la cabeza. Obviamente no estaba bien y Ranma lo sabía. Entendía también que era una forma algo retórica de saber algo más de ella.
– ¿Por qué lo hiciste Ranma? ¿Por qué le hiciste tanto daño a Akane, a Ukyo, a ti mismo? – le preguntó, de corazón. No por favor, otra vez no. Ranma no quería hablar más de aquéllo. Había contado tantas veces la historia que, al volver a repetirla, parecía que hablaba ya de otra persona. Fue sincero: le dijo que estaba seguro de que ya conocía la historia, seguramente su amiga Akane, o quizás Shampoo, le había contado todo así es que él no tenía nada más que agregar. ¿Todo claro?
– A Shampoo no la veo desde que, bueno, ya sabes, desde que comenzó su historia con Ryoga. Y no te preocupes – Mousse se adelantó a Ranma que, seguramente tomaría ese camino para evadir su propia situación –, eso ya lo asumí y, se puede decir que lo superé. Pero lo que no entiendo es como tú, Ranma, te casas fácilmente con una mujer, que si bien creció contigo y a la que debes tenerle cariño, no amas y dejas a la mujer a la que sí amas por una estupidez como una promesa. ¿Una promesa Ranma? ¿Cómo pretendes que crea eso? Si siempre te las arreglabas para evadir tus famosas promesas o compromisos: lo hiciste con Shampoo, lo hiciste con la misma Ukyo. ¿Y esta vez no pudiste? ¿Qué hay de diferente? – lo de Mousse era un interrogarorio, verdaderamente. Ranma desvió la mirada, no quería responder a ello. No podía. Nadie sabía lo que había sucedido en ese viaje ni cómo se arrepentía de haber ido. Hubiese preferido ser mujer para siempre. No podía agregar más, era algo demasiado delicado. Mousse no lo entendería y, además, sabía que, aunque lo hiciese jurar que no diría nada, lo haría; se lo terminaría contando a Akane. Y ella sí que no podía enterarse de la historia completa. Ella no.
– Aunque no lo creas, así se dieron las cosas. Me vi atrapado y no tuve más que cumplir lo prometido. ¿Tú no lo habrías hecho? ¿Cumplirle a quien te curó de la maldición? – preguntó. No, fue la rotunda respuesta de Mousse. No si esa dichosa palabra hubiese significado romperle el corazón a la persona que él amaba. Cada palabra de Mousse le retumbaba en la cabeza. No quería oírlo más, se había hartado.
– Mira Mousse, nuestra conversación está extremadamente interesante – dijo irónicamente Ranma –: pero yo, a diferencia de ti, tengo a alguien que me espera en la casa para comer. No puedo quedarme más tiempo contigo, aunque muera de ganas.
– No te preocupes: a mí también me espera alguien. Akane y yo saldremos en un rato más – dijo Mousse, con los ojos brillantes.
Akane y Mousse. Mousse y Akane. ¿Qué había entre ellos? Sabía que su amistad había crecido enormemente en los últimos tiempos, por un montón de razones. Sin embargo, su amistad no podía ser tan grande como para verse todos los días. Maldito Mousse. Ranma no agregó nada más; se fue tan rápido como pudo. Mousse permaneció un tiempo más en el parque. Algo en toda esta historia no le calzaba. Ranma era una persona que, a veces, no razonaba con claridad pero, como había dicho antes, él era capaz de zafarse de cualquier compromiso. Menos del de Akane, obvio, pero ahí era porque no quería zafarse, por más que dijese lo contrario. Ranma estaba ocultando algo porque había algo que no encajaba en todo este asunto y él trataría de averiguarlo. Por Akane. Y, aunque le costara reconocerlo, por el mismo Ranma.
Gracias a todos los que leen y dejan reviews. Les cuento que este fic, hasta donde lo dejé, tiene muchos capítulos más. Y no está terminado aún, como ya les conté antes. Por lo tanto, sean pacientes, no puedo lanzar todo de una vez: sería un poco aburrido. O estresante de leer. O lo que sea. Espero que este capítulo sea de su agrado :)
