Disclaimer
Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi de su obra Ranma 1/2. Sólo los utilizo para mi propio entretenimiento y el de los que leen. No obtengo ningún beneficio monetario por ello.
Se aceptan todos los comentarios y críticas que sean hechas con respeto. Comentarios ofensivos serán ignorados. Muchas gracias.
Nota: Esta historia está estrechamente relacionada con otras escritas por mí y posteadas en este lugar: Hasta siempre: Una historia sobre Mousse (con algunas variantes); No era vida antes de ti; Deberías haberlo imaginado y Aquí, allá y en todas partes (aparecida en Ranma, Akane, Mousse y otras diversas historias de amor (O desamor)). De todos modos, no es necesario leerlas para entender el plot de este escrito.
Un nuevo problema
Mousse pasó por casa de Akane, al caer la tarde, tal como habían quedado el día anterior. Hacía mucho tiempo que ésta no sentía mayores deseos de salir, sólo algunas veces con Kasumi, aunque esta vez era distinto, sabía que pasaría un buen momento.
– Querida Akane, te tengo un regalo – le dijo el muchacho sonriente y de una de sus mangas sacó un cerdo de peluche el cual Akane inmediatamente reconoció.
– No puedes ser tan caradura: ese cerdo siempre ha sido mío. Lo gané en esa feria aquella vez en que tú me secuestraste – sonrió Akane. Le sorprendía que aún lo conservara.
– Cierto, lo había olvidado. Lo encontré tierno y lo guardé. Se parece un poco a Ryoga ¿no crees? – dijo mirándolo con atención.
¿A Ryoga? Jamás se le hubiese ocurrido tal comparación. No tenían nada que ver el uno con el otro. Qué ocurrencias las de Mousse. En fin. Akane estaba ansiosa por saber adónde irían. Mousse no tenía la más mínima idea. Era mejor que vieran lo que pasaba por el camino. Mientras lo hacían, recordaron viejas anécdotas.
– ¿Te acuerdas aquélla vez en que me secuestraste y querías convertirme en pato? – dijo Akane fingiendo estar dolida. Mousse rió nervioso. Le explicó que era sólo para hacer caer a Ranma, para vengarse de él por considerarlo el culpable de todas sus miserias; pero que no tenía la menor intención de hacerle nada a ella. Akane protestó: lo había visto y lucía feliz con su potencial desgracia. No, no, no era así. No se hubiese atrevido a tanto. Recordaron el día en que se conocieron: Ranma y él lucharon por ella, qué ironía. ¿Qué hubiese pasado si Mousse hubiese vencido? Eso sí que habría sido interesante. También recordaron aquélla vez en que se perdieron en un jardín encantado del que por poco no salen. Akane nuevamente le hizo ver que había sido él quien la había secuestrado. Mousse se defendió diciendo que no quería llevársela a ella sino a Shampoo y, como siempre, las cosas le salían torcidas. Ambos rieron de buena gana hasta que Mousse se puso serio y suspiró.
– ¡Qué días aquellos! Hice tanta locura por Shampoo y, finalmente, se quedó con otro. Siempre pensé que lograría ganarme su corazón pero ella nunca me vio como nada más que su amigo, un hermano. La otra opción era que Shampoo, con todas sus trampas, hiciera caer a Ranma. Pero, si me hubiesen dicho que sería Ryoga quien la conquistaría, no lo hubiese creído – sentenció el chico. Akane lo miró algo entristecida.
– ¿Todavía sientes algo por ella? – le preguntó. La respuesta fue afirmativa. Sí y siempre lo haría. Pero ahora era un sentimiento distinto, bonito, no de desesperación, temor o dolor. Shampoo se veía tan bien, contenta. Akane le aclaró que eso duraba hasta que Ryoga se perdía o dejaba un desastre en los dineros del café. Rieron los dos: ambos conocían el temperamento de Shampoo. ¡Pobre Ryoga! Sin embargo se veía tan enamorado que los regaños de Shampoo los veía como muestras de amor. Amor al estilo Shampoo.
– ¿Qué hay de ti, Akane? ¿Aún quieres a Saotome? – se atrevió a preguntar al fin. Akane sabía que esa pregunta vendría y trató de mostrarse lo más fría posible, aunque sabía también que, en el fondo, le sería imposible engañar a Mousse.
– Bueno, quererlo quererlo, no. Acuérdate que nuestro compromiso fue impuesto por nuestros padres sin que a ninguno de los dos se le consultara nada– mintió –. Ranma hizo una elección y ahora tiene hacerse cargo de sus decisiones. Yo no tengo nada que ver con eso: él tiene su vida y yo la mía.
Cualquiera que la hubiese oído se habría convencido de que lo que decía era cierto. Pero Mousse no era cualquiera y la conocía. Sabía lo mucho que estaba sufriendo por eso. Durante un momento pensó en plantearle su teoría a Akane pero, finalmente decidió callar. Por el momento no tenía pruebas de nada, ni siquiera una idea clara de lo que había podido suceder y no quería darle falsas esperanzas. No quería ilusionarla para después herirla una vez más. No, Akane nunca sufriría por su causa. No obstante, si descubría algo, sería la primera en saberlo.
– Vamos a probar nuestra puntería Akane. A ver si esta vez te ganas otro cerdo. Aunque sería mejor un pato, ¿no crees? – dijo Mousse, orgulloso de ser uno. Tomó a Akane de la mano y ella sólo se dejó llevar. De la puntería de Mousse era imposible sacar algo, cada día veía menos: con anteojos o sin ellos, era la misma cosa.. Pero Akane tuvo más suerte: ganó un gato de peluche. Pícaramente le dijo a Mousse que se lo podía quedar y ambos rieron a carcajadas con tal sugerencia. Se veían bastante felices o, al menos, eso creyó Ukyo quien, estresada por la situación que se daba en su casa, salió a pasear un momento, para despejarse. Akane no parecía tan afectada como podría haber supuesto en un principio. Quizás Ranma ya era parte de su pasado. Y así se lo hizo saber cuando llegó a casa; ella quería creerlo así.
– No te puedes imaginar a quién vi en la feria de diversiones – soltó de una sola vez mientras se acomodaba su delantal. Ranma estaba leyendo una revista y, sin levantar siquiera la vista, le dio la respuesta.
– A Akane y Mousse – respondió indiferente. Él ya sabía de esa "cita", Mousse se lo había hecho saber cuando se encontraron en el parque. Ukyo se sorprendió al ver que Ranma estuviera tan tranquilo con la noticia que acababa de darle. Eso era demasiado bueno para ella. Al parecer Ranma estaba perdiendo el interés en Akane. Definitivamente.
– Se veían bastante acaramelados – Ukyo exageró los hechos. En ningún minuto ambos chicos se mostraron como algo más que buenos amigos. Ranma se veía sereno, mientras pasaba las hojas de la revista, no decía nada. Pero por dentro era una bomba a punto de explotar. Sabía que ese Mousse tomaría la oportunidad de conquistar a Akane, ahora que la posibilidad de estar con Shampoo se había esfumado. Sin embargo, lo que no entendía, era que Akane parecía, según la versión de Ukyo, bastante cómoda con el pato. Se repitió un millón de veces que eran amigos, que Mousse no era un hombre para Akane, que era tonto, que era débil, que no veía, que estaba enamorado de Shampoo. Además, él era un hombre casado y no tenía por qué estar celoso por causa de otra mujer. El problema radicaba en que no era cualquier mujer; era Akane, la mujer que él realmente quería y que siempre había querido. La primera y la única. Se dijo a sí mismo de todo para convencerse pero fue inútil: nada calmó ese fuego que tenía dentro.
– Voy un rato a ver a Ryoga – fue todo cuanto Ranma dijo antes de salir. Ukyo salió tras él preguntándole si volvería a comer pero no obtuvo respuesta alguna. Abatida, asumió que sería una jornada más a solas. Como casi siempre… como todos los días.
Ranma no tenía la menor intención de pasar por el Café del Gato, al menos, no por el momento. Salió inmediatamente en dirección a la feria con el deseo de ver a Mousse y Akane y, si estos estaban en algo más que un simple paseo, les arruinaría la tarde. Se sentía pésimo al estar imitando el modus operandi que solía utilizar Shampoo con él y que tantas veces criticó pero, ahora, era más que necesario.
Cuando al fin dio con ellos, no vio nada extraño. Akane tenía un montón de peluches, los que seguramente había ganado ella porque Mousse estaba cada día más ciego. Caminaban uno al lado del otro riéndose de las bromas que decía Mousse, imbecilidades seguramente. Era evidente que Ukyo había exagerado. No tenía pensado dejarse ver pero una fuerza interna lo llevó frente a ellos.
– Hola Ranma ¿cómo estás? ¿Qué haces aquí? No nos estarás siguiendo – dijo Mousse con algo de malicia.
– Ja ¿Tú crees que no tengo nada más que hacer que andar espiándote? – contestó Ranma con desdén.
– Entonces estás trabajando ¿En el restaurante de Ukyo? ¿O dónde? –. Sinceramente, ni lo uno ni lo otro ni nada. La triste realidad es que no hacía nada, salvo entrenar con su padre, pasar por el Café a ver a Ryoga, a Ryoga no a Shampoo enfatizó, y sería todo. Ranma se sorprendió de lo despierto que parecía estar Mousse. Antes no lo consideraba más que el perro faldero de Shampoo pero ahora se le veía distinto, más grande. Y a Akane le gustaba su compañía, para su desgracia.
– No, por ahora no estoy trabajando en nada de lo que dices – a Ranma le dolía verse derrotado y ridiculizado por Mousse pero a ese estado habían llegado las cosas. Akane sólo los observaba, nada decía.
– ¿Te gustaría ir a cenar con nosotros? – le preguntó Mousse a Ranma mientras Akane abría los ojos con desesperación. No, Ranma no se atrevería a tanto. Error. Ranma sí era capaz de atreverse a tanto.
– Esta bien – contestó Ranma algo nervioso porque, si Mousse proponía la casa de Akane, debería retractarse – : bien ¿y dónde vamos?
Al Café del Gato, dónde más. Así recordaban viejos tiempos. Y él aprovechaba de saludar a Shampoo a quien desde hace bastante tiempo no veía.
– ¡Mousse! – gritó Shampoo cuando lo vio y corrió a darle un abrazo ante la mirada celosa pero resignada de Ryoga. Ellos eran amigos desde mucho antes de que él apareciera en la vida de Shampoo. Pero ¿tenía que ser tan efusiva? Antes no lo era. Mousse la saludó de vuelta, saludó a Ryoga y les avisó que comerían ahí esa noche. Fantástica idea.
– Creo que en esta escena falta alguien: Ukyo – recalcó Shampoo con algo de desprecio ya que no la quería ahí ni mucho menos, pero no dejó pasar la oportunidad de fastidiar a Ranma porque sí–: así estaríamos todos en pareja.
– Espera, Mousse y Akane no son pareja, eso deberías tenerlo claro – interrumpió Ranma tan espontáneamente que no se dio cuenta de su desatino. ¿Qué tenía él que estar opinando de la vida de otros? Se sentó queriendo morirse de la vergüenza y la frustración de no ser capaz todavía de controlar su lengua.
– Es verdad: Akane y yo somos los mejores amigos y sólo eso. Nada de qué preocuparse Ranma – otro golpe bajo de Mousse a Ranma que, a esas alturas, ya estaba más que noqueado por el pato. Uf, era mejor no decir nada por miedo a ponerse en evidencia. La realidad era esa y ninguna otra: Ranma estaba celoso. Si antes era de Ryoga, ahora era de Mousse ¿quién sería el próximo? Lo peor es que Akane no tenía nada con nadie y que él no podía reclamar nada, que era un imbécil y que se odiaba por ello. Era mejor comer.
Nadie decía nada y el ambiente se sentía incómodo, muy tenso. Shampoo se encargó de acabar con la molesta situación.
– ¿Es verdad que ahora te las das de adivino, Mousse? Hasta tienes un carro en donde ves la fortuna – rió la chica a carcajadas.
– ¡Sí! Así fue como lo encontré, cuando Kasumi y yo pasamos a saber de nuestro destino – exclamó Akane aún impresionada con la divertida escena. Ryoga y Shampoo comenzaron a pedirle que les leyera la suerte, divertidos.
– ¿Ah sí? ¿Y qué te dijo este charlatán? – preguntó Ranma a Akane fingiendo indiferencia pero, en el fondo, deseoso de saberlo todo. No creía que Mousse pudiese adivinar nada pero, quizás, pudiese acertar algo, una pequeña cosa. Akane le explicó que la información obtenida no era de incumbencia, que se metiera en sus propios asuntos. Golpe bajo otra vez. Ranma sintió que estaba quedando como un soberano idiota; que eran cuatro contra él. Bueno, en rigor, tres porque Ryoga apenas hablaba pero, conociéndolo, seguramente se cuadraría con Shampoo. En fin.
Seguían comiendo cuando pasó lo impensable: Ukyo apareció. ¿Qué hacía ella ahí? Ranma se puso pálido. ¿Qué iba a decir? Estaba en el lugar indicado pero no con la persona indicada.
– Veo que estás bien acompañado – fue todo lo que la chica dijo. Ranma estaba nervioso.
– Te dije que vendría donde Ryoga, creo.
– Pero no me dijiste con quien estarías – la voz de Ukyo dejaba entrever una mezcla de rabia, decepción y tristeza. ¿Por qué Ranma le hacía eso?
Viendo el problema que podía ocasionarse, Akane intervino. No le gustaba mentir aunque, esta vez, no era mentira, al menos no completamente. Era una verdad algo maquillada; a medias.
– No vinimos con Ranma, Ukyo. Mousse y yo nos encontramos con él por casualidad.
Ukyo no le creía pero era mejor no insistir. Dio a conocer el motivo de su visita:
– Unos hombres llegaron preguntando por ti. No sé quiénes son. Ahora, tú verás si vienes o no. Adiós a todos – dijo bruscamente Ukyo al salir. Ranma no quería irse tan pronto pero debía averiguar quiénes eran esos sujetos, qué querían, qué buscaban.
– Bueno, perdonen, pero me tengo que retirar – dijo a modo de despedida, mirando especialmente a Akane. Creyó ver algo de tristeza en su mirada. Pero también podría estarlo imaginando. Se fue tan rápido como pudo. Mousse le preguntó a Akane si prefería irse a su casa y ésta le respondió que no, que habían salido a pasar un buen rato y Ranma no arruinaría sus planes. Shampoo, Ryoga y Mousse se miraron resignados. Akane aún quería a Ranma.
v. v. v. v. v
Efectivamente, en casa de Ukyo estaban dos hombres a los que Ranma nunca había visto antes. No tuvo necesidad de decir nada porque ellos se adelantaron.
– ¿Ranma Saotome? – preguntaron. Ranma respondió que era él –. ¿Tú eres el prometido de Akane Tendo, el futuro yerno de Soun Tendo?
Esa pregunta caló hondo en Ranma, hasta los huesos. Qué deseos tenía de que aún fuera así, que nada hubiese cambiado. La realidad era otra; otra muy dura. Ukyo lo miró furiosa pero ¿qué culpa tenía él?
– Fui el prometido de Akane por un tiempo pero – suspiró profundamente – ahora estoy casado con Ukyo Kuonji. Ella es mi esposa – dijo señalando a la chica que estaba detrás de él. Los dos tipos sonrieron.
– Entonces, era verdad lo que nos contaron.
– No sé que les dijeron ni quién se los dijo, por lo tanto, no puedo afirmarlo ni desmentirlo.
– ¿Dónde vive Soun Tendo? – dijeron sin dar una respuesta. Ranma le indicó a Ukyo que los llevaría a la casa de Soun. Ukyo protestó ¿no podía darle las indicaciones? Así lo hizo Ranma, para evitarse problemas. Desafortunadamente para Ukyo, los hombres no vivían en la ciudad por lo que no entendieron nada. No había otra opción: debía llevarlos él, aunque Soun lo matara a golpes. Por lo menos, ahí vivía su padre… Ukyo dijo que también iría.
– ¿Para qué? Eso sólo causará mayores problemas – le explicó Ranma. Pero ella no cambió de opinión. Resignado, Ranma aceptó advirtiéndole que ellos dos sólo conducirían a los visitantes pero no entrarían en la casa. Ukyo aceptó.
– Síganme – fue todo lo que dijo Ranma.
Después de caminar un trayecto no muy largo, llegaron a casa de los Tendo. Ranma llamó a la puerta. Soun, que en ese momento leía el periódico, reconoció la voz del malagradecido y traidor de su ex yerno y salió con la clara intención de despedazarlo.
– ¡Te dije que no te acercaras por aquí! – le gritó a Ranma, enfurecido. Éste le explicó que no era una visita de placer; traía a dos hombres que llegaron preguntando por él a su casa. Eso era todo. Soun los observó por un momento y reconoció a un familiar cercano. Con una mezcla de felicidad, por verlo después de tanto tiempo, y a la vez de preocupación, porque intuía a lo que iban, los hizo entrar. Luego despidió a Ranma quien ahora sí que no tenía nada que hacer ahí.
– Gracias. Ahora puedes marcharte – le dijo dándole la espalda. Ranma se sintió ofendido pero, en el fondo, entendía la actitud de Soun. Le indicó a Ukyo que se fueran y ésta, aprovechando el momento, lo tomó de la mano. Lamentablemente, por el mismo camino venían Mousse y Akane quien, al verlos, sintió que el mundo entero se le venía encima. Trató de actuar de manera tranquila pero le costaba tanto. Ranma también sufría y quiso soltar la mano de Ukyo pero ésta no se lo permitió; más se aferró a él.
– ¡Qué tengan una buena noche! – les dijo Ukyo a ambos y siguió su camino junto a su marido. El rostro de Ranma mostraba que todo eso era una tragedia para él. Akane, por su parte, no dijo nada, sólo agachó la cabeza mientras las lágrimas corrían por sus blancas mejillas. ¡Pobre Akane! ¡Cómo sufría! Pero Mousse, por más que quisiese ayudarla, no podía. Era un proceso que debía vivir ella. Él podía acompañarla, sí, tal como ella lo hizo cuando tuvo que aceptar que Shampoo nunca estaría a su lado. Nada más que eso. Sabiendo que llevaba el corazón roto, no le dijo a Akane ni una sola palabra mientras caminaban a su casa.
Cuando Ranma y Ukyo llegaron a la suya, Ranma le dijo a ésta que todo lo que había hecho era innecesario.
– ¿Innecesario? Sólo te tomé de la mano ¿no puedo hacerlo? Fue triste que nos encontraramos a Akane por el camino pero, algún día tendrá que terminar de aceptarlo – respondió Ukyo segura. Lo recién vivido le había dado mayor seguridad en sí misma y en sus acciones.
– Como quieras – fue todo lo que dijo Ranma e indicó que estaba absolutamente cansado, que sólo quería dormir. Se tomaría un té relajante y se dormiría. Ukyo le preguntó si comería; Ranma contestó que ya lo había hecho en el café de Shampoo. De todos modos, se le había esfumado el hambre. Una vez solo, se encerró en su habitación y se lanzó boca abajo en la cama. No podría con todo eso, era demasiado para cualquiera. Si Akane estaba lejos, él sentía que podría lograrlo. Sin embargo, le bastaba verla para que sus esperanzas se vinieran abajo. ¿Y si ella nunca lo quiso? Si estuviese seguro de aquéllo, todo se haría más fácil ¿Y si ella se olvidaba de él para siempre? Su corazón se caía a pedazos de sólo pensarlo. ¡Pero qué egoísta estaba siendo! Aunque quisiera, no podía estar con ella, no tanto porque estuviera casado con Ukyo sino porque no podía permitir que algo le pasara, que alguien la dañara. De sólo pensarlo, le entraba todo el miedo del universo. Si a Akane le pasaba algo, él enloquecería, no podría soportarlo.
En ese mismo momento, en casa de los Tendo, una situación extraña se estaba dando. Los dos hombres que buscaban a Soun eran familiares de él: uno era un primo cercano; el otro, su único hijo. Ambos tenían también tras de sí una larga tradición en la prácticas de las artes marciales y eran muy reconocidos en su ciudad por eso. Yasuhiro, que era el padre, era algo mayor que Soun, un hombre correcto aunque algo ambicioso. Susumu, el hijo, era un muchacho de diecisiete años, demasiado alto para su edad. Era bastante guapo pero, se notaba que estaba sometido completamente al arbitrio de su padre. Yasuhiro alguna vez había poseído un dojo, sin embargo, no había funcionado por diversos motivos que no era necesario precisar en ese momento. Ahora llegaba a casa de Soun para hacerle ver que, hasta donde él recordaba, sólo tenía hijas y, si no había escuchado mal, el prometido de su hija Akane, que sería quien heredara la tradición de la familia Tendo, se había casado con otra. ¿Estaba en lo correcto?
– Sí – respondió Soun. Dolorosamente era así.
– Bueno, y recordarás que la tradición de nuestra familia exige que un hombre se haga cargo de los dojos levantados bajo nuestro apellido. Al menos, así ha sido siempre. No tienes descendientes varones ¿Sabes lo que significa eso?
Soun lo sabía. El dojo podía pasar a sus manos por ser el pariente varón más cercano. Pero la fama de Yasuhiro era la de acabar con todo proyecto que había empezado. No podía permitirlo, jamás. Era su trabajo de años, había dejado su alma en construir ese dojo.
– Ahora, si lo que necesitas es un heredero, Susumu puede casarse con alguna de tus hijas – puntualizó el hombre señalando a su hijo que se mantenía con la mirada hacia el suelo, sin decir absolutamente nada.
Asunto arreglado. Todas las miradas se dirigieron a Kasumi y Nabiki. Ésta última no vio en Sususmu nada de interés: era guapo, sí, pero no debía tener ni una pizca de dinero si andaban mendigando el dojo de su padre. Kasumi se negó también, primero, porque no le gustaban los hombres más jóvenes y, segundo, porque aún esperaba que el doctor Tofu se decidiera por ella. Claro que esto lo tenía muy guardado en su corazón. Todos lo sabían pero, de su boca jamás habían oído nada.
– Bueno, tienes otra hija, la abandonada – Yasuhiro sonrió con algo de maldad –, ella bien podría hacerlo. Te doy tiempo para pensarlo – y diciendo esto, hizo junto a su hijo una reverencia y se marchó.
Una verdadera catástrofe se apoderó de los Tendo. Soun, descontrolado, culpaba a Genma por todo lo sucedido: si Ranma no fuera un cobarde, nada de eso estaría pasando. Genma se defendía diciendo que no podía responder por los actos de su hijo. Soun le recordó que, si él no se hubiese robado el carro del padre de Ukyo y lo hubiese comprometido con ella, sabiendo que antes le había dado su palabra de que su hijo se casaría con Akane, las cosas seguramente serían de otra forma. En medio de todo el escándalo, Akane y Mousse llegaron a casa. Al ver las caras de todos, Mousse decidió que era mejor retirarse diciéndole a Akane que se vieran algún día pronto. Akane asintió. Estaba desconcertada ¿qué estaba pasando? Nabiki le explicó la situación, con todos los detalles.
– No es justo, papá – dijo Akane –, yo puedo hacerme cargo del dojo.
– Es tradición que lo haga un hombre. ¡Por eso Ranma era el indicado, el elegido! ¿Y qué hizo? Se va con otra – gritó Soun. Akane le dijo a su padre que no era necesario que se lo repitiera a cada momento.
– Pero tú puedes solucionar todo Akane – comenzó Nabiki –: puedes elegir un marido que se haga cargo del dojo o bien puedes casarte con el hijo de este tío sorpresivo que nos cayó del cielo. O del infierno, velo como quieras. El chico es guapo. La otra opción es que Kasumi se case con el doctor Tofu. Son varias las posibilidades – remató. Claro que, entre esas posibilidades no entraba el que Nabiki se casara pues, según ella misma "era necesaria para los negocios de la familia". Explicación que sólo le satisfacía a ella.
Calmada la tempestad primera, quedaron de acuerdo en lo siguiente: la primera opción era la de Kasumi y el doctor, la segunda, Akane y Susumu u otro hombre. Akane se sintió entre la espada y la pared: no quería casarse con alguien a quien no conocía, más aun porque seguía enamorada de Ranma pero, por otro lado, no quería que el esfuerzo y sueño de toda una vida de su padre se viniera abajo. Rogaba para que lo del doctor Tofu y Kasumi resultara, al menos, ellos se querían.
– Y si no me gusta el tal Susumu, ¿qué otra opción tengo? – preguntó Akane, temerosa de la respuesta que podría obtener.
– Ya lo tengo arreglado – dijo Nabiki. Era increíble que su hermana estuviera decidiendo este asunto cuando debería hacerlo ella o su padre, por último. De pronto, apareció el segundo candidato: ni más ni menos que Kuno Tatewaki quien aceptaba feliz. Akane lo miró espantada. ¿Nabiki se había vuelto loca? No, hablaba muy en serio.
Akane se fue a su dormitorio sin poder creer lo que estaba pasando. En unos días podría decidirse su futuro sin tener ella la mayor participación. Confiaba en que el doctor por fin dejara se comportarse de manera tan loca y aceptara sus sentimientos por Kasumi. Eso sería lo mejor; él era muy diestro en las artes marciales. El dojo estaría en las mejores manos. Y si eso no resultaba, rogaba al cielo para que ese Susumu fuera una persona agradable, buena. Tener que casarse con Kuno Tatewaki era algo impensado e imposible para ella. De sólo pensarlo le venían unas ganas enormes de morir ahí mismo.
– Y todo por tu culpa Ranma Saotome – dijo llorando desconsolada.
Actualización rápida aprovechando que tengo un poco de tiempo libre para hacerlo. Pero una golondrina no hace el verano :(
Gracias por pasar :)
