Disclaimer

Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi de su obra Ranma 1/2. Sólo los utilizo para mi propio entretenimiento y el de los que leen. No obtengo ningún beneficio monetario por ello.


Se aceptan todos los comentarios y críticas que sean hechas con respeto. Comentarios ofensivos serán ignorados. Muchas gracias.


Un nuevo camino

Akane corrió metros y metros hasta asgurarse de que nadie la seguía y que estaba completamente sola. Tenía la peor sensación del universo: no había podido ayudar a su padre y, seguramente con eso, había condenado a su familia al desastre. ¿Por qué no fue capaz de mantenerse firme unos pocos minutos más? Kuno debía tener algo bueno, algo de lo que aferrarse para llegar a aceptarlo. Ella no lo veía. Nunca lo había visto como un hombre sino como un loco obsesivo que la perseguía por todos lados y que ahora, a falta de Ranko, la hacía objeto de sus obsesiones y locuras. Era increíble como todo, absolutamente todo en su vida siempre terminaba uniéndose, de una forma u otra con la de Ranma. Lo único que quería era sacarlo de su cabeza, convencerse de que todo entre ellos había terminado, si es que realmente hubo algo más que un compromiso ideado por su padres, compromiso que, de haberse cumplido, no los tendría en la triste situación en la que ahora estaban.

– Te odio, Ranma. Por tu causa mi vida y la de mi familia se ha transformado en un infierno – sollozó Akane amargamente. Se había dicho mil veces que no lloraría nunca más por el idiota de Ranma y ahí estaba, otra vez, bañada en lágrimas. Al paso que iba, se quedaría sin ellas. Mejor; así no lloraba más por ese imbécil. No derramaría ni una sola lágrima más por él. Nunca más.

Akane había llegado a una plaza de juegos, no muy lejos de su casa. Era la plaza desde donde Ranma apareció un día para entregarle sus regalos de navidad. Ella había nombrado así, a la pasada, lo que quería recibir y él lo memorizó todo para entregárselos después. ¿Cómo podía entonces pensar que no sentía nada por ella? ¿Ni un poquito? Si sus acciones siempre decían lo contrario. Se sentó en uno de los columpios y se balanceó lentamente. Ahí estaba cuando apareció Shampoo, hecha una fiera, corriendo como una loca, lo más probable es que se dirigiera al Café. ¿Qué le habría sucedido? Algo bastante grave para que reaccionara así. Unos minutos después fue Ryoga quien salió, quién sabe de dónde, gritándole que todo era un malentendido, que le dejara explicarle y un montón de cosas más. Era evidente que era con él que estaba furiosa. ¿Por qué? A pesar de pequeñas cosas y el comportamiento a ratos tirano de Shampoo, grandes problemas no tenían. Pero ella misma no tenía cabeza para meterse en problemas ajenos teniendo un catástrofe en su vida.

En su casa, el clima era oscuro, casi fúnebre. Sí, era cierto que el no matrimonio de Akane ponía a toda la familia en una situación extremadamente difícil. El tío estaba dispuesto a todo para quedarse con lo que era de su padre pero no todo estaba perdido. Nabiki, quien tenía la cabeza más fría de toda esa familia, deslizó otras posibilidades.

– Papá, lo primero, no puedes morirte en una buena cantidad de años más –. Kasumi la miró aterrada: su padre estaba deshecho y ella salía con esas estupideces pero Nabiki no había terminado aún –: Mientras tú estés bien, tenemos tiempo de encontrar un nuevo marido para Akane o Kasumi ¿No te gustaría a ti casarte con Kuno o su padre, por ejemplo?

Kasumi la miró sorprendida. ¿Realmente Nabiki estaba diciendo tales cosas? Sí, había que ponerse en todos los casos.

– Quizás tú también podrías considerar la opción de casarte, Nabiki – le preguntó Kasumi.

– La respuesta es fácil: no. Y eso no porque en este mundo hay muchos hombres pero sólo una Nabiki Tendo. No me casaré con cualquiera y menos por salvar el dojo –, al ver que su padre se llevaba la mano al pecho con gesto de dolor, continuó –: papá, tú sabes y lo has sabido siempre que no me interesa mayormente tu dojo, es decir, la tradición de la familia y todo eso para mí. Sería injusto que yo me sacrificara por él. Y también lo sería que Kasumi lo hiciera, por la misma razón –. Kasumi intentó detenerla para decirle que a ella sí le importaba el dojo pero Nabiki no se lo permitió –. La única que realmente esta interesada en ello es Akane, lo lógico es que sea ella quien haga algo para que no lo perdamos. La solución la tenemos; el problema es que no tenemos solucionador – y diciendo ésto, Nabiki miró a Genma quien dirigió su mirada hacia cualquier lado. Sí, gran parte de la culpa la tenía su hijo.

– No tienes para qué repetirlo, Nabiki. La culpa es de Ranma. Pero es que, si yo hubiese sabido lo que pretendía hacer, jamás lo hubiese dejado partir solo a China.

– Eso lo sabemos todos: hubiese ido usted para librarse de la maldición y, quizás, ahora sería usted quien estaría casado con Ukyo. No hubiese sido una mala idea – soltó finalmente Nabiki.

– Nabiki, papá se siente realmente mal. Ya no lo atormentes con esto. Estoy segura de que encontraremos una solución. Nuestro padre es aún joven y nosotras también lo somos. Tiempo tenemos.

– No me cuentes a mí entre las casaderas – y Nabiki se fue a su habitación no sin antes pasar por la habitación de Kuno para decirle que su contrato de arriendo había caducado y que al día siguiente debía abandonar su hogar. Debía tener el espacio para arrendarlo a un nuevo pretendiente, ya sea de Kasumi o de Akane. Los llantos y pataletas de Kuno no le sirvieron de nada. Cuando Nabiki decidía algo, no había lugar para cambios.

Soun estaba muy mal por todo pero, principalmente, por el estado de Akane: había salido como una loca y quizás dónde estaría en ese momento. Trató de ponerse de pie para ir a buscarla pero estaba tan débil por los malos ratos vividos que no fue capaz de lograrlo.

– Es mejor que te quedes en cama, Saotome. Yo iré a ver a Akane. Muy lejos no debe estar – dijo Genma mientras se paraba y salía rumbo a la búsqueda de la pequeña Tendo. Kasumi tranquilizó a su padre, ella también ayudaría en la búsqueda. Pero, por ahora, él debía descansar, beberse el té que le había preparado y dormirse. Al despertar, Akane ya estaría de vuelta.

– Eso espero, Kasumi. Eso espero – fue todo lo que dijo Soun.

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Mousse estaba en su habitación tocando el erhu cuando sintió dos portazos: uno en la puerta de la calle y luego en la de la habitación de Shampoo. ¿Qué estaría sucediendo? No había pasado mucho tiempo desde que ella y Ryoga habían salido y, ahora, llegaba sola y con un genio infernal. Dejó el instrumento de lado y fue a ver lo que pasaba.

– Shampoo ¿estás bien? – le preguntó.

Nadie contestó. Cuando pensaba insistir, Ryoga llegó llorando detrás. Pensó que estaba borracho pero no. Tampoco estaba completamente sobrio pero, al parecer, eran los vestigios del día anterior, nada más.

– Shampoo, por favor, escúchame: déjame explicarte — Mousse se dio cuenta de que ese hombre estaba completamente destrozado y quiso ayudarlo pero, si nada sabía, nada podía hacer.

– ¿Qué pasó? – le interrogó.

– Nada – dijo un sollozante Ryoga. ¿Cómo nada? Shampoo era irascible pero no al punto de enojarse por nada. Algo pasó y, si quería que lo ayudara, necesitaba saber.

– Shampoo se enteró de que yo y Ukyo entramos juntos al túnel del amor… – le respondió Ryoga sin levantar la cabeza.

– ¿Tú y Ukyo entraron al túnel del amor? – Mousse lo miró como si hubiese oído algo del otro mundo. Ryoga aclaró las cosas inmediatamente.

– Sí, pero no porque yo estuviera enamorado de ella ni mucho menos. Fue un plan que Ukyo urdió para separar a Ranma de Akane.

Y parece que les había resultado porque ellos estaban juntos, por la razón que fuera, lo estaban. Ryoga asintió pero no fue por causa de ese estúpido plan sino por algo que pasó después. ¿Y qué pasó después? Eso sí que le interesaba a Mousse.

– ¡No sé, no sé! Sólo sé que si entré junto a Ukyo a ese lugar no fue porque sintiera algo por ella ni nada. Ahora, ella se lo dijo a Shampoo, no sé con qué intención y así, como ves, terminaron las cosas – Ryoga suspiró para dar fin a su discurso. Era extraño. El que Ukyo sacara un tema tan poco relevante justo ahora, era muy extraño. La reacción de Shampoo la podía esperar porque era un poco posesiva y celosa pero que Ukyo le hubiese dicho aquéllo debería responder a algo. Podía ser que Shampooo la estuviera molestando, como siempre. ¿Y si había algo más?

– ¿Cuándo se lo dijo? –. Mousse empezó nuevamente con el interrogatorio.

– Mientras comíamos. Las dos estuvieron largo rato en la cocina hablando y, cuando llegaron a servir la mesa, Ukyo salió con eso y Shampoo perdió la cabeza. Yo no sé qué hacer, Mousse. Si ella me deja…

– No seas idiota. Eso no pasará. Ve ahora a tomar un baño, a beber algo que te tranquilice y déjame hablar con ella ¿sí? –. Ryoga lo hizo. No perdía nada. Mousse entonces golpeó la puerta y llamó a Shampoo. Tardó largos minutos en responder y, cuando lo hizo, sólo fue para lanzar las cosas de Ryoga fuera de la habitación.

– ¡Dile que no quiero dormir con él nunca más! – fue todo lo que Shampoo dijo frente a un Mousse que estaba helado, sin saber qué hacer. ¿Por qué tenía él que estar ahí y siempre recibir la ira de Shampoo?

Shampoo se lanzó sobre la cama a llorar de rabia. Siempre había creído que, aparte de ella, sólo Akane había sido objeto del interés de Ryoga. Sabía que con Akane nunca había pasado nada de nada pero ¿y si con esta otra si había pasado? ¿Si ella no había sido la primera para él? Era una tonta, cualquier cosa que hubo, si es que lo hubo, entre Ryoga y Ukyo fue antes de que lo de ellos partiera. No había necesidad de ponerse así. Ryoga la amaba a ella y sólo a ella. Pero al recordar la cara de esa tipa, diciendo con burla lo del dichoso túnel, la sangre se le subía a la cabeza y las ganas de romperle la cara a golpes le volvían. Sin saberlo, Shampoo había caído en la trampa que Ukyo le tendió.

Al aparecer Mousse, Ryoga le preguntó cómo le había ido con Shampoo. Éste le mostró la ropa que Shampoo había lanzado para desconsuelo de Ryoga. Mousse trató de clamarlo: Shampoo tenía esos arranques de furia pero luego se calmaba bueno, eso siempre y cuando la otra persona le interesara de verdad. No tuvo tiempo de seguir tranquilizándolo porque, en ese mismo momento, sonó el teléfono.

– Iré a contestar. Después seguimos con esta conversación.

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Ranma no se quedó para escuchar las justas recriminaciones de Ukyo. En ese momento le interesaba más saber cómo estaban las cosas entre Shampoo y Ryoga y, más aun, ¿por qué Ukyo actuó como lo hizo? ¿Qué pasó cuando ellas estaban en la cocina? Mientras caminaba hacia la casa de los Hibiki, se encontró con Akane, en la plaza, sentada en un columpio. ¿Qué haría Akane a esa hora ahí, sola? Se acercó a ella.

– Akane – le costó sacar la voz –: ¿qué estás haciendo aquí?

Ella alzó la vista para mirarlo. Estaba llorando, a mares. Ranma se preocupó de verla así: pocas veces la había visto en ese estado. Se sentó en el columpio al lado de ella.

– ¿Qué te pasó? ¿Por qué estás así? – el mismo Ranma debió aguantarse para no demostrar la desesperación que verla así le provocaba. Además de las ganas de llorar que a él mismo le venían. El dolor de Akane era una de las pocas cosas que lograba romperle verdaderamente el corazón.

– Perdimos el dojo, Ranma. Ya no nos queda nada – contestó Akane, desolada.

¿Cómo que habían perdido el dojo? Eso quería decir que…

– Sí, no me casaré. El primo Susumu es una buena persona y quizás podría haberlo aceptado pero él tiene sus propios sueños; yo no puedo matar sus ilusiones. Y bueno, de Kuno no tengo ni que hablar.

Ranma no sabía qué decir. Todo era su culpa. Si sólo pudiese remediar el daño que había hecho.

– Akane, lo siento mucho – fue todo lo que pudo decir. Akane no le contestó. Siempre que hablaban, terminaban peleando. Y lo menos que quería ahora era discutir con alguien. Menos con él. Lo único que quería era morirse.

– No digas eso: eres my joven, tienes mucho que vivir. No puedes dejarte vencer así – Ranma tuvo que detenerse ante el temor de que el llanto explotara y ya no pudiera hablar más. Quería consolar a Akane, no hacerla sentir peor.

– Pero es mi culpa, la pérdida del dojo, es mi culpa – Akane estalló en llanto otra vez. Ranma le tomó la cara y lo obligó a mirarlo.

– No. La culpa es mía y créeme cuando te digo que me faltarán días para arrepentirme por lo que hice pero, a veces, la vida te da opciones y debes elegir. Y las opciones no son muchas. No me estoy justificando, no lo creas así. Pero si hay un culpable en toda este historia, soy yo.

Akane lo miró. Ya era tarde para esas cosas. Muy tarde.

– Tranquilo, Ranma. Eso ya está olvidado – mintió –: ya no te culpes, las cosas se dieron de ese modo, quizás fue para mejor, no lo sé. El tiempo lo dirá.

– Akane, perdóname – Ranma bajó la vista para que Akane no viera sus ojos llenos de lágrimas –, si hay algo en esta vida que nunca hubiese querido hacer es dañarte. Y debo ser quién más lo ha hecho. Pero, pero…

– ¿Pero qué?

– A veces tienes que dejar a quienes más quieres para protegerlos…

Las palabras de Ranma confundían a Akane. ¿Por qué le hablaba así? ¿Por qué no era directo? ¿No se daba cuenta que así la atormentaba aun más?

– Ranma, habla claro. Si quieres decirme algo, hazlo directamente. Me estás confundiendo más de lo que ya estoy. No me enojaré ni deprimiré, te lo prometo.

– Akane – Ranma estaba haciendo un gran esfuerzo, le costaba decir lo que quería decir –, yo, aunque tú no lo creas, yo… yo siempre te he querido. Mucho. No sabes cuánto. Nunca pude decírtelo así, de frente, porque soy un cobarde, un idiota y ahora que encuentro el valor, simplemente es tarde para nosotros. Me duele mucho porque la única persona con la que hubiese querido estar es contigo. Ustedes, tu padre y tus hermanas, son mi familia. Tú eras mi novia y te quería, aún te quiero, pero jamás podría permitir que algo malo te sucediese. Prefiero ser infeliz toda la vida a ver tu sufrimiento…

Akane lo miraba sorprendida. Era la primera vez que Ranma reconocía así, tan abiertamente sus sentimientos.

– Yo también te quiero. Siempre lo has sabido, no necesité decirlo con palabras. Si tú me hubieses pedido ir contigo esa vez a China, yo hubiese ido tras de ti. Me pediste que me quedara y lo hice, confié en ti. Pero nunca, nunca llegué a pensar que todo lo nuestro terminaría de este modo. ¿Qué hicimos mal?

– No, tú no hiciste nada mal. Fui yo quien cometió todos los errores del universo y tendré que pagar por ello pero si tuviera que pagar mil años para que tú estés bien, sin duda lo haría – ya Ranma no trataba de ocultar las lágrimas. Éstas corrían por sus mejillas.

– Está bien Ranma. Te entiendo. Y te creo. Pero ahora nuestras vidas ya tomaron un rumbo distinto. Aun así, no quiero guardar rencor hacia ti. Lo que sea que hiciste, lo hiciste porque sentías que era lo mejor.

Ranma miró a Akane. Cada día que pasaba la quería más, no importaba lo mucho que se dijera que era imposible, que debía estar lejos de ella, por ella, nunca podría dejar de quererla. La conversación con Ranma, aunque aún la tenía llena de dudas, la dejó tranquila. Era un capítulo que debía cerrar y ahora, quizás, estaba lista para empezar con ello.

– Estaré bien Ranma, no te preocupes. Ve donde tengas que ir. Necesito estar un tiempo sola –. Ranma entendió el mensaje. Se puso de pie y sin poder evitarlo, la besó en la mejilla.

– Adiós Akane – fue todo lo que dijo.

Ella sólo le hizo adiós con la mano.

Ranma se secó las lágrimas de camino a la casa de Ryoga. No sabía cómo estaba la situación allá; no iba a ser él quien pusiera más drama a todo. La puerta estaba abierta. Dentro un Ryoga destrozado bebía sake para ahogar sus penas.

– Ryoga, deja de beber. ¿Qué pretendes con todo esto? – dijo Ranma mientras le quitaba la botella de las manos. Shampoo no se veía por ninguna parte. Tampoco Mousse.

– Shampoo está encerrada en nuestra pieza. Bueno, ahora su pieza. Mousse salió…

Ranma suspiró, encontraba que todo lo que estaba pasando esa demasiado para tan poca cosa. Ambos, Ryoga y Shampoo, estaban exagerando. Ryoga no pensaba lo mismo: Shampoo lo odiaba, nunca le perdonaría lo que hizo.

– ¡Pero si no hiciste nada, hombre! Eso del túnel pasó hace tanto tiempo y ya todos sabemos por qué. Y es una soberana imbecilidad. Si quieres hablo con Shampoo – los ojos de Ryoga se iluminaron. Con la cabeza le indicó que lo hiciera. Pero, antes siquiera de llegar a la puerta, Shampoo salió y le exigió a Ranma que no se entrometiera en líos de casados. A buen entendedor, pocas palabras.

– ¿Cómo te fue? – preguntó esperanzado Ryoga.

– Pésimo. Realmente no sé qué estoy haciendo aquí. Como dijo Shampoo, son cosas de ustedes. Me quedo tranquilo de saber que estás vivo.

Pero Ryoga no quería que Ranma se fuera. No quería estar solo y sentir el desprecio de Shampoo. Ranma le explicó que no lo despreciaba; Shampoo era así, un poco… ¿apasionada?

– Nunca debimos ir a tu casa. Pero Shampoo es porfiada y, en cuanto vio a ese tipo chino, se obsesionó con la idea de visitarlos. No pude hacer nada para detenerla – lloriqueaba Ryoga.

¿Hombre chino? ¿De qué hombre chino estaba hablando? Ryoga había perdido la razón y deliraba.

– De ese que confundió a tu mujer con otra muchacha.

Ranma sintió algo en el corazón ¿qué tenía que ver Ukyo con todo esto, con ese hombre del cual hablaba Ryoga? Ranma tomó a Ryoga del cuello de la camisa y lo obligó a decirle todo sobre ese incidente o no lo soltaría. Sí, sí, lo haría: le contaría.

– Un hombre chino vino aquí ayer y conversó con Shampoo, no sé de qué cosa. Hablaron en chino, una mala costumbre de ella cuando habla con chinos –. Ante la mirada amenazadora de Ranma, Ryoga siguió –: Ese hombre ya había estado aquí antes, yo ni me acordaba pero Shampoo sí, ella tiene tan buena memoria, es tan inteligente, tan bella. Es única… – Ranma estaba a punto de perder la paciencia con Ryoga. No quería saber las cualidades de Shampoo, quería que continuara con la historia. Ryoga protestó diciendo que, si lo presionaba, no era capaz de recordar bien.

– Está bien, tranquilo. Tómate tu tiempo – le contestó Ranma tratando de encontrar paciencia donde fuera.

– Bueno, ese hombre había estado aquí antes y había confundido a Ukyo con una tal Yin o Yun, ya ni me acuerdo. Dijo que Ukyo era muy parecida a la hija de su maestro que me imagino que era chino también; que era igual a la tal Yin Yun. Bueno, es lógico que vengan chinos a comer fideos chinos…

– ¡Ryoga no te pierdas! ¿Cuándo viste a ese tipo? ¿Antes de mi último viaje a China? –. Ryoga le respondió que la primera vez, sí. Ranma comenzó a llenarse de temores y dudas.

– Era un hombre joven y no sé qué más. No me acuerdo.

– ¿Él supo quién era Ukyo?

– Puede ser. La siguió cuando ella se fue.

– ¿Hasta su casa? ¿Él supo dónde ella vivía? –. Pero Ryoga estaba empezando a sentirse hostigado. Se supone que Ranma estaba ahí para darle apoyo moral, no para torturarlo.

– Eres malo, Ranma.

– Ryoga, respondéme lo siguiente: ¿supo dónde ella vivía? – preguntó nuevamente Ranma desesperado.

– No lo sé pero probablemente sí. La siguió de cerca. Es imposible que no haya podido darle alcance –. Las palabras de Ryoga estaban calando hondo en Ranma. Ese tipo puede haber sido uno de los alumnos del viejo, sí, podía ser. Y si ese hombre había visto a Ukyo, bien pudo haberle dicho al dichoso maestro de su existencia. ¿Podría ser que el viejo que lo ayudó a sanarse no llegó de sorpresa y conocía a Ukyo de antemano? De ser así ¿qué tan inocente era ésta? ¿Lo había engañado haciéndole creer que no conocía al viejo? Eran tantas cosas, tantas. No podía pensar con claridad. Necesitaba estar seguro.

– Ryoga ¿te acuerdas de cómo era ese hombre? –. Ranma insistió una vez más. Pero Ryoga ya no estaba en pleno uso de sus facultades mentales.

– Feo…

Dejó a Ryoga ahí y fue donde Shampoo amenazándola con tirar la puerta si no le abría. Shampoo no le hizo caso en un comienzo pero, al ver que Ranma estaba más que decidido a cumplir su palabra, le abrió. Ella confirmó la historia y nada más. Aún estaba con la espina clavada por lo que Ukyo le había dicho. No quería saber nada de nada sobre ellos.

– Sólo dime una cosa ¿cómo lucía ese hombre? – le suplicó Ranma.

Shampoo lo recordaba bien: no había nada de especial en él salvo una cicatriz en una sus cejas. ¿Cuál? ¿Izquierda, derecha? Shampoo lo pensó un momento.

– La izquierda.

Ranma se puso pálido. Le dijo que debía irse pero que le diera una mirada a Ryoga.

– ¿Dónde vas Ranma? – le gritó Shampoo.

– Tengo un asunto que arreglar con mi esposa – fue la seca respuesta.

v. v. v. v. v

En cuanto se enteró de todo lo que había pasado en casa de los Tendo, Mousse salió en busca de Akane. ¡Pobrecita! Debía estar destrozada. Lo único que ella quería era que su padre pudiese conservar su dojo. Estaba dispuesta a sacrificarse pero algo debe haber sucedido con el primo Susumu, porque lo de Kuno lo entendía. La encontró en la plaza, cerca de su casa, sentada en un columpio. Se acercó a ella.

– Hey ¿qué pasó amiguita? – le dijo dulcemente mientras la besaba en la frente y se sentaba en el suelo, frente a ella, con la piernas cruzadas.

– Mousse, ¿qué haces aquí? ¿Cómo supiste dónde estoy?

– Kasumi llamó para preguntar si estabas en la casa. Me contó que saliste de allá desquiciada. Me ofrecí a salir a buscarte hasta que te encontrara y aquí me tienes – Mousse explicó de forma rápida. Le preocupaba ver a Akane así.

– Soy una mala hija ¡Por mi culpa perdimos el dojo! – dijo mientras se cubría la cara con las manos y se largaba nuevamente a llorar. No sabía de dónde había sacado más lágrimas pero ahí estaban ¿Ya lo habían perdido? No, pero casi. Era cosa de tiempo.

– No Akane. No es justo que te trates así. Tú padre se sentiría muy mal si te escuchara decir eso. Tú eres la mejor hija porque no cualquiera estaría dispuesto a hacer lo que tú haces para ayudar a tu papá.

– Pero no pude hacer nada para ayudarlo en lo que realmente importaba.

– ¿Qué pasó con el primo? ¿No te gustó? – le preguntó Mousse pasádole un pañuelo que acaba de sacar de las mangas. Akane se secó las lágrimas.

– No es eso. Me gustó y es un buen muchacho. Pero está completamente dominado por su padre; de una forma u otra ese hombre nos quitará el dojo – Akane empezó a llorar otra vez. A Mousse ni siquiera se le pasó por la mente el mencionar a Kuno. Esa historia sí que se la sabía.

– Ay Akane – suspiró mientras le secaba las lágrimas con sus manos –, no sé cómo ayudarte.

O quizás sí.

– Akane – le dijo mientras sostenía su rostro con las manos y la miraba a los ojos, seguro –: cásate conmigo.


Aquí está un capítulo que, al parecer, era esperado.