Disclaimer

Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi de su obra Ranma 1/2. Sólo los utilizo para mi propio entretenimiento y el de los que leen. No obtengo ningún beneficio monetario por ello.


Se aceptan todos los comentarios y críticas que sean hechas con respeto. Comentarios ofensivos serán ignorados. Muchas gracias.


Segunda parte

A medida que pasan los años

Soñé una vez con ardientes amores

con bellos bucles, mirtos y resedas

dulces labios y palabras acerbas

tristes melodías de tristes canciones.

Disperso e inerte ha mucho está mi sueño

disperso está ya el más querido en sueño

solo queda en mí lo que algún día

con indómito ardor vertí en tiernas rimas.

¿Quedas tú, huérfana canción?

Disípate igual y busca el sueño que ha mucho perdí

y si lo encuentras salúdalo por mí.

A la volátil sombra le envío un soplo volátil.

Heinrich Heine - Sueños

Akane precalentaba en el dojo mientras esperaba que llegaran sus alumnas. Le gustaba hacerlo antes de que ellas estuvieran ahí para ahorrar la mayor cantidad de tiempo posible. Aunque estaba con las revoluciones a mil, como siempre antes de enseñar, esta vez no aplicaba demasiada fuerza: Koki dormía en su cuna, dulcemente. A pesar de que tenía el sueño pesadísimo, no quería despertarlo antes de tiempo. Sus esfuerzos no sirvieron de mucho porque, sin ella darse cuenta, el bebé despertó y la miraba sin llorar ni nada.

– Tú sí que eres un buen niño – dijo mientras lo tomaba y lo sacaba de la cuna. Koki sólo reía, feliz. Se le hacían unos hoyuelos en las mejillas que lo hacían lucir exquisito. Akane le hizo cosquillas con su nariz en el estómago y el bebé reía a carcajadas. Era un niño feliz.

– ¿Te gusta compartir tu tiempo conmigo, verdad pequeño Koki? –. El niño sólo la miraba y reía con su boca sin dientes e intentaba alcanzarla con sus manitos. Por mucho que lo adorara, no podía quedarse con él mientras daba clases, por eso, se lo llevó a Kasumi.

– Enseña tranquila, Akake. Yo cuidaré de este principito hermoso – y al tomarlo, el niño volvió a reir a carcajadas. Nabiki lo miraba a extrañada: era el bebé más raro que existía. Nunca lloraba, parecía estar siempre feliz.

– Debe parecerse a su padre. A su madre imposible – dijo Nabiki mientras dejaba atrás a sus hermanas. Lo sentía, pero ella no tenía paciencia con los bebés, por muy dulces y tranquilos que fueran.

– No le hagas caso, Akane. Ya sabes como es ella. Ve a dar tus clases, después te das un baño y vuelves a comer – le dijo Kasumi –: ¿Mousse cenará aquí?

– No lo sé. Debe estar aún trabajando. Si no llega antes de que termine de dar clases, iré por él – respondió Akane saliendo hacia el dojo.

A pesar de todo su entusiasmo, las cosas en el dojo no iban bien. Si bien finalmente Akane estaba a cargo, en la práctica, el tío Yasuhiro aún se encargaba de mortificarlos aduciendo que Mousse no era digno heredero de la familia Tendo por ser, en resumidas cuentas, un chino que peleaba como chino, usando trucos de chinos. A eso se sumaba el hecho de que el número de alumnos bajaba considerablemente. En principio, muchos se anotaron para tomar clases, la gran mayoría movidos por la curiosidad de ver a una mujer dirigiendo un dojo. Pero con el tiempo, el entusiasmo bajó y, si bien todos respetaban a Akane, sus alumnos se reducían a un pequeño grupo de niñas. Toda esta situación frustraba a Akane enormemente pues era consciente de sus capacidades y sabía que algo raro había en todo eso. Un boicot de Yasuhiro, qué más.

– ¿Por qué el tío Yasuhiro querría que al dojo le fuese mal? Después de todo, la tradición de su familia se vendría abajo y con ella su prestigio, si es que tiene alguno – se preguntó Akane.

– Lo que él quiere es que nuestro padre acepte que se equivocó al permitir que Akane se casara con Mousse y no con Susumu – replicó Nabiki volviendo donde sus hermanas –: si te hubieses casado con el primo yo seriamente hubiese pensado en quedarme con Mousse –. Nabiki lo decía con la mayor desenvoltura del mundo, como si fuera muy natural hablar así de su cuñado. Akane y Kasumi sólo movieron la cabeza. Nabiki era incorregible.

– Susumu no apoya las canalladas de su padre, lo ha demostrado más de una vez – lo defendió Kasumi y era cierto. Si bien el tío se dedicaba a atomentarlos, su hijo se había vuelto muy cercano a sus primas y tío Soun. Eso había abierto una gran brecha entre padre e hijo lo que aumentaba aun más el resentimiento del padre. Sí, probablemente todo era una estrategia de él pero no podían afirmarlo a ciencia cierta.

– Asumo que en algún momento se delatará y podremos pillarlo. Espero que para ese entonces el dojo aún exista – fue todo lo que dijo Nabiki mortificando más aun a su hermana pequeña. Akane decidió, entonces, tomar un baño e ir, junto a Koki, en busca de Mousse.

Ahí estaba el niño, tranquilo, sin llorar. En cuanto la vio, lanzó sus contagiosas carcajadas.

– Tranquilo ya bebé hermoso. Te llevaré en un rato con tu padre – le dijo mientras comenzaba a vestirse y el bebé seguía riendo. Cuando estuvo lista, tomó a Koki y salió. En las escaleras se encontró con Kasumi que llevaba una taza de té: Genma se sentía mal.

– ¿El tío Genma? ¿Qué le pasó?

– Ni él mismo sabe. Dice que se siente sin fuerzas. Le llevo este té relajante; probablemente no es más que un resfrío – le contestó Kasumi. Akane le dijo que a su vuelta iría a visitarlo. Tomó a Koki y salió. Había caminado un poco cuando, allá a lo lejos, divisó a Mousse, volviendo a casa. En cuanto lo vio, el niño lo reconoció y se alborotó completamente, extendiéndole sus manitos. Mousse se les acercó, besó a Akane en la frente y tomó al bebé en los brazos.

– ¿De dónde salió este bebé tan hermoso? – dijo mientras le hacía cosquillas y Koki estallaba en sonoras carcajadas –: ¿Cómo estuvo tu día, Akane?

Akane se encogió de hombros. Desde hace tiempo que las cosas no iban bien por más que ella pusiera todo su esfuerzo en que resultaran y Mousse lo sabía. Estaba frustrada, sabía que muchos conocían y admitían su capacidad como artista marcial y, más aun, como maestra pero de todos modos los alumnos escaseaban. No importaba lo que hiciera o hubiera hecho en el pasado: le había fallado a su padre. Mousse la corrigió, Soun no podría estar más orgulloso de ella. Había tomado sobre sus hombros la carga de la tradición familiar aunque eso implicara haber tenido que casarse con él.

– No digas tonterías, eso fue una de las mejores cosas. ¿O acaso no has disfrutado estos años que hemos pasado en familia? – le reprochó Akane.

– Claro que sí; no me mal intérpretes. Lo que quiero decir es que no cualquiera hace lo que tú hiciste. No le has fallado a tu padre. Saca esas ideas locas de tu cabeza – le dijo mientras la abrazaba y continuaban su camino.

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Genma no se veía bien. No quería comer, no salía, estaba en cama desde hacía cuatro días. Preocupada por su salud, Kasumi decidió llamar a Nodoka: quizás la presencia de su esposa podría aliviarlo, hacerlo sentir mejor. Ella podría animarlo, de algún modo.

– Tu padre está enfermo, Ranma. Kasumi acaba de avisarme. Creo que es conveniente que vayamos a verlo – dijo Nodoka.

Ranma no respondió ni hizo gesto alguno que indicara que iría. Nodoka estaba preocupada por su hijo. Después de salir de casa de los Tendo, se fue a un viaje quién sabe dónde y hace algunos meses había vuelto a la casa que su madre había reconstruido años atrás. No dijo nada, sólo comentó que Akane se había casado con otro y que probablemente era muy feliz.

– No fue su culpa: yo le fallé – le dijo su hijo sucintamente.

Nodoka entonces se enteró de que Ranma ya era complemente un hombre y que se había casado con Ukyo, a la que no veía desde hace casi cinco años. ¿Cómo era posible que su hijo se hubiese casado con una mujer que no era su novia? Las respuestas de Ranma eran vagas. Contó a medias la historia del viejo y cómo intentó hacer su vida con Ukyo. Le fue imposible. Akane siempre estaba metida en su mente.

– Siento que no estás diciendo toda la verdad, hijo. ¿Por qué dejaste a Akane? – preguntó Nodoka pensando que Ranma confiaría en su madre y le abriría su corazón. No, no podía hacerlo. Sabía que Nodoka quería mucho a Akane y podía decirle lo que había sucedido con ese viejo maldito en la montaña. Recordaba las palabras del infeliz: si Akane se enteraba, moría. No sabía si esa maldición aplicaba también si una tercera persona se lo contaba. No podía arriesgarse. Akane estaba feliz, él no arruinaría su vida.

– Nuestro compromiso era una acuerdo entre nuestros padres. Me di cuenta de que vivir una vida junto a ella sería insoportable – dijo Ranma, sin mirar a su madre a los ojos. Temía que pudiese leer lo que realmente guardaba en su corazón. Nodoka respetó el silencio de su hijo, sabía que en algún momento sería capaz de confiar en ella y estaría a su lado para apoyarlo, sin importar lo que hubiese sucedido.

– Iré a casa de Soun ¿vienes conmigo? – preguntó por última vez esperando que Ranma hubiese cambiado de opinión.

Ranma negó con la cabeza. No podía, no estaba listo. Soun lo había perdonado, era verdad. Y hasta la misma Akane lo había hecho. Sin embargo, ella era ahora una mujer casada, no sabía si podría estar a su lado sin demostrar sus sentimientos: él no la había olvidado en todos esos años. Además estaba Mousse. A pesar de siempre haberlo creído un tonto, era una buena persona y no quería sembrar la sombra de la duda en su corazón. No lo merecía.

– ¿Sabes qué? Saldré a pasear un momento. Una vuelta corta, no te ilusiones – advirtió Ranma. Nodoka sintió alivio: hacía casi un año que Ranma no veía la luz del sol. Era un pequeño comienzo. Salieron juntos pero, a poco andar, se separaron. Nodoka tomó el camino que la llevaba a la casa de los Tendo. Ranma la vio perderse por las calles mientras él de decidía qué hacer.

Soun y las chicas se alegraron de que Nodoka estuviera ahí: hacía mucho tiempo que no la habían visto ni tampoco sabido nada de ella. Precisamente desde que Ranma había vuelto a la casa de su madre, algo que ellos no sabían.

– Tía Nodoka, qué alegría verte. Pasa por favor. ¿Quieres algo de beber? – preguntó Kasumi con su habitual amabilidad. Ella lo agradeció pero prefería ver primero a Genma, saber cómo se encontraba.

Ahí estaba, acostado. Se veía débil aunque intentaba disimularlo delante de su esposa. No quería preocuparla ni menos inspirar lástima.

– ¿Cómo te sientes? – le preguntó mientras se arrodillaba a su lado.. Genma giró su rostro hacia ella y la miró a los ojos.

– Pésimo – fue la escueta respuesta.

– ¿Qué te duele? Quizás podríamos aplicar alguna de las medicinas de la familia Saotome. O visitar al doctor Tofu, él puede ayudarte…

Genma desvió la mirada. No, nada de eso serviría.

– Mi dolor no es del cuerpo sino del alma – dijo Genma de la forma más patética posible. Nodoka no sabía si fingía o no. Optó por creerle.

– ¿Es por Ranma, verdad?

¿Podía haber otra razón? Su hijo, el desconsiderado de su hijo, se había comportado como un cobarde: se fue a China, se curó de la maldición sin hacer caso de él, se casó con una mujer que no era su prometida dejándolo como un traidor delante de su amigo Soun, se fue sin decir ni una sóla palabra, sin decir dónde iba y durante esos casi cinco años no había sabido absolutamente nada de él. Ni una palabra, nada. Podría estar muerto y él no lo sabía. Nodoka se mordió los labios: le había prometido a Ranma no dar noticia alguna de su paradero. Se encontraba en una encrucijada. No quería fallarle a su hijo pero tampoco quería que el sufrimiento de Genma se prolongara.

– Trataré de contactarme con él – fue todo lo que dijo, sin prometer nada. Primero debía hablarlo con Ranma.

Antes de irse, Nodoka aceptó el té de Kasumi y se quedó conversando con los Tendo. Todo parecía seguir igual que siempre, Soun con su diario, Kasumi como ama de casa y Nabiki estudiando economía. Le sorprendió escuchar cómo aún recordaban a Ranma con cariño y lo extrañaban. ¿Akane? Fue a buscar a su marido; no debían tardar.

Mientras su madre visitaba a Genma, Ranma salió a dar su paseo, tal como había anunciado anteriormente. El aire le hizo tan bien; había estado tanto tiempo encerrado que ya hasta había olvidado el placer de sentir el sol sobre su piel. Decidió recorrer algunas calles, sin alejarse mucho, no quería encontrarse con alguien conocido. No estaba listo aún, no era el momento. Vio a niños jugando fútbol en la calle y recordó los días de escuela. Vio a una pareja discutiendo en la calle a grito pelado y sonrió: le trajo tan bonitos recuerdos, recuerdos de un pasado que fue mejor. ¡Qué días aquéllos! Siguió caminando y llegó hasta el río. Se sentó en la orilla y comenzó a lanzar piedras al agua. ¡Qué triste era su vida! Tuvo un futuro prometedor como artista marcial y lo tiró por la borda. Tuvo una novia a la que quería, y la abandonó. Tuvo amigos a los que olvidó y una esposa a la que despreció y terminó hiriendo profundamente. Ahora estaba ahí, sin hacer nada, lanzando piedras al río, como un ocioso. Tenía que hacer algo de su existencia, no podía permanecer en ese estado para siempre. Estuvo años vagando por diversas partes sin encontrar la paz que necesitaba, sin poder olvidar a Akane, sintiéndose culpable por cómo terminó su amistad con Ukyo, por abandonar a su padre. Por decepcionarlos a todos. Al lado de su madre recuperó algo de tranquilidad pero seguía siendo un hombre amargado, sin esperanzas, sin sueños que cumplir. Sin nada; esa era su triste realidad. Comenzó a caminar nuevamente sin rumbo fijo.

Sin saber cómo, llegó a las afueras de un lugar muy conocido por él: el Café del Gato, lugar de tantas aventuras y desventuras. Una oleada de nostalgia lo invadió. ¿Cómo estaría Shampoo? ¿Y Ryoga? ¿Seguirían juntos? ¿Qué sería de Cologne? No tuvo más tiempo de evocar el pasado porque notó que alguien se acercaba. Se escondió detrás de un árbol, no quería ser visto. Una pareja caminaba en dirección al Café. ¿Sería posible? Sí, eran ellos. Akane y Mousse caminaban con un niño en los brazos. Se veían felices. Ranma sintió que un rayo le partía el corazón. Akane tenía un hijo, un hijo que no era suyo. ¿Por qué se sentía tan mal? ¡Qué egoísta estaba siendo! Él no tenía ningún futuro con ella, lo sabía. Akane más que nadie en el mundo tenía derecho a ser feliz y a su lado jamás lo sería.

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– Cuando me fui a casa Shampoo estaba aquí – dijo Mousse mientras entraban al Café. No se veía ni un alma ¿Dónde estarían todos?

– No me extrañaría que Ryoga estuviese perdido de nuevo pero ¿y Shampoo? No creo que haya salido sin siquiera cerrar el negocio – observó Akane.

Llamaron pero nadie respondió. Analizaron la posibilidad de regresar más tarde pero, cuando iban saliendo, apareció Ryoga. El bebé lo reconoció al instante, comenzó a reír y a estirar sus bracitos hacia él.

– Te dije que te traería con tu padre, Koki – le dijo Akane mientras le pasaba el niño a Ryoga quien lo besó en la frente.

– ¿Y Shampoo? – preguntó. Mousse le dijo que, al parecer, había salido aunque el Café seguía abierto; él no había cerrado cuando se fue, se supone que ella lo haría. Ryoga sólo movió la cabeza. Shampoo estaba tan extraña. Siempre de mal humor, no quería trabajar, no quería salir, no quería entrenar. Lo peor: no quería estar con Koki. Cada vez que debía atenderlo inventaba mil excusas: que tenía mucho trabajo, que estaba cansada, que Koki no le obedecía, que era un niño complicado. ¡Pero si no había bebé más tranquilo que él! La desesperación de Ryoga lo llevaba a creer que Shampoo no quería a su hijo. Ni tampoco a él.

– No digas idioteces. Claro que lo quiere. A los dos. Probablemente no estaba dentro de sus planes ser madre y no se siente preparada. Ella siempre ha sido muy independiente; dale tiempo – lo consoló Mousse.

– ¿Más tiempo? Ya han pasado cinco meses – dijo Ryoga aguantando los deseos de llorar. Akane lo abrazó.

– Cinco meses puede ser muy poco. Mousse tiene razón, dale tiempo. Estoy segura de que recapacitará – le dijo Akane. Ryoga sonrió. Se armaría de paciencia y lo haría. Por sus dos grandes amores.

– ¿Ya cenaron? Pueden quedarse a comer – los invitó Ryoga. Koki se había dormido y fue llevado a su cuna mientras Mousse fue destinado a cocinar. Ahora faltaba que Shampoo llegara y todos estarían tranquilos. Todos menos Ranma que no podía sacar de su cabeza la imagen de Akane con su bebé. Curioso, decidió entrar a la casa de Shampoo y mirar cómo era el pequeño o pequeña. Se escabulló por una de las ventanas. Le costó encontrar la habitación, ya había olvidado cómo era la casa, pero finalmente lo hizo. Ahí había una cunita y dentro de ella, el bebé. Ranma se acercó y, para su mala suerte, el niño despertó. Sintió que se le congelaba la sangre pero inmediatamente un gran alivio lo invadió. Ese bebé era idéntico a Ryoga, con el color de ojos de Shampoo. Suspiró tranquilo al ver que no era hijo de Akane pero ahora le vino la desesperación de qué hacer si el niño lloraba. No era necesario: Koki no lloró. Sólo rió como solía hacerlo. Ranma se sintió aliviado y sonrió.

– Nunca creí decir esto pero eres muy lindo, pequeño – le dijo mientras Koki le tomaba uno de los dedos y lo apretaba.

Terminada la cena, Mousse y Akane caminaban a su casa en silencio. La situación de Ryoga les preocupaba. Lo de Shampoo había ido escalando. Cuando supo que estaba embarazada lloró de desesperación, la que aumentaba a medida que pasaban los meses. Cuando Koki nació, no mostró mayor apego por el niño. En principio, se creía que no sabía cómo tratarlo pero luego fue evidente que no quería atenderlo. Ryoga tomó su rol pero el bebé necesitaba a su madre y ésta parecía no reaccionar. Pasaba la mayor del tiempo acostada, llorando. Cuando Akane le preguntó qué era lo que la tenía tan mal ella respondió que era el miedo a que Koki estuviera maldito y se convirtiera en gato o cerdo.

– Pero Shampoo, tu bisabuela te ha dicho hasta el cansancio que las maldiciones no son heredables. Además, ¿por qué Koki se transformaría en cerdo? – respondió Akane.

– En gato, en gato. Ya no sé ni lo que digo…

La situación de Shampoo era preocupante y ellos se sentían impotentes, no sabían cómo ayudarla. Estaban preocupados también por Ryoga, considerando su naturaleza meláncolica, podía colapsar en cualquier momento. Y ni hablar de Koki, no podría contar con ninguno de sus padres. Y era tan sólo un bebé.

– Ya pensaremos en algo para ayudarlos, ahora entremos a la casa, estoy cansada – dijo Akane para terminar el asunto. Se sorprendió de encontrar a Nodoka ahí. Se alegró de verla después de tanto tiempo.

– Es bueno verte Akane. ¿Cómo estás Mousse? – preguntó dulcemente. No tenía nada en contra de él, era un muchacho correcto y simpático. Él también la apreciaba y se alegraba sinceramente de verla.

– Muy bien, gracias. Algo preocupado por el tío Genma. ¿Pudo hablar con él?

– Sí, sólo necesita descansar – respondió Nodoka amablemente.

– Creo que iré a ver cómo está. No te preocupes, Kasumi, Mousse y yo ya cenamos – dijo Akane mientras subía al segundo piso. Nodoka anunció que era tiempo también para que ella se marchara. Nabiki y Kasumi le pidieron que se quedará, como antes lo hacía, pero ella declinó el ofrecimiento. Tenía cosas por hacer. ¿Qué cosas? No respondió y cambió abruptamente el tema. Nadie indagó más. Pero sus palabras no pasaron desapercibidas para Mousse quien notó el nerviosismo de la madre de Ranma y, haciendo gala de una capacidad silenciosa que antes no tenía, salió detrás de Nodoka. Ella estaba actuando de forma extraña y él necesitaba saber la razón. Una vez en su casa, saltó los muros del jardín, se metió por una de las ventanas y esperó. Tenía la corazonada de que algo estaba pasando, que Nodoka algo ocultaba. Y estaba en lo correcto: ahí dentro estaba nada más ni nada menos que el propio Ranma Saotome.

– ¿Cómo está mi papá? – le preguntó a su madre. Nodoka se sentó junto a él y le explicó que Genma estaba muy débil y lo extrañaba.

– ¿No crees que pudieses ir a visitarlo? Le haría muy bien – rogó su madre.

Ranma desvió la mirada. No, no podía. Su padre tendría que perdonarlo pero no podía ir donde los Tendo.

– ¿Por qué? Soun, Akane y todos los demás te perdonaron.

Ranma lo sabía pero de todos modos, no podía. Ver a Akane le haría muy mal. Tampoco quería perturbar su vida, ella se veía bien. Sólo le haría daño.

– ¿Qué pasó, Ranma? Dime la verdad. Confía en mí, hijo – le dijo Nodoka mientras lo abrazaba. Sentir los brazos de su madre lo hizo sentir seguro, como nunca antes y le dio fuerzas para hablar.

– He cometido muchos errores mamá, uno de los más graves fue haberme casado con Ukyo. Yo a ella la quise mucho, la quiero mucho pero le hice un daño muy grande al casarme con ella sin amarla. Pero, si no lo hacía, las consecuencias podrían haber sido peores – Ranma sacudió la cabeza temiendo perder la compostura. Nodoka le acariciaba la cabeza dulcemente.

– ¿Peores con respecto a qué? Si sabías que le harías daño ¿por qué te casaste con ella entonces? – le preguntó a su hijo.

– No tenía otra opción. Si no lo hacía, Akane podría haber… – no continuó. No pudo –. Lo hice para proteger a Akane, creeme – terminó diciendo.

– ¿El daño que le podrías haber provocado a Akane era más grande que aquel que sufrió Ukyo? –. Ranma asintió con la cabeza y comenzó a sollozar. Nodoka no preguntó más. No era necesario; Ranma se lo confesaría algún día, cuando se sintiera capaz. Le tranquilizaba saber que su hijo no había traicionado a Akane, al menos no en su corazón. Lo que fuera que haya sucedido, él sólo quería cuidar de la que alguna vez fue su novia.

Mousse estaba impactado por lo que estaba escuchando. Ranma, al parecer, había tenido una razón poderosa para dejar a Akane por Ukyo pero ¿por qué permitió que Akane sufriera de la manera en que lo hizo? ¿Por qué no fue sincero con ella? ¿O es que no podía contárselo? ¿Qué había pasado en ese viaje que cambió tanto a Ranma? Mousse sabía que algo turbio había detrás del casamiento de Ranma y Ukyo y se lo había contado a Akane antes de casarse, pero no pensó que esa razón estuviera directamente relacionada con la seguridad de su esposa. Siempre pensó que había sido una apuesta, una deuda que pagar, cualquier estupidez en las que se metía Ranma. No era tan así. Comenzó a respirar agitadamanente y a sentir un enorme miedo. No quería perder a Akane, él se había enamorado verdaderamente de ella y estaba seguro de sus sentimientos. Pero ¿y Akane? ¿Había olvidado realmente a Ranma? ¿Qué pasaría si se encontraba con él y supiera que, en el fondo, él había actuado como lo hizo para protegerla?

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– ¿Cómo te sientes tío Genma? ¿El té de Kasumi te ha hecho bien? Eso todo lo cura –. Akane trataba de animar a Genma pues ella sospechaba que la enfermedad de éste tenía que ver más con la nostalgia que con algo físico.

– Un poco mejor – fue todo lo que dijo. No sentía deseos de hablar, con nadie.

Akane lo miraba entristecida. Aunque Genma no decía nada, todos sabían que lo que le hacía falta no era nada más que Ranma. Lo peor era que nadie había sabido de él desde el día en ella que se casó con Mousse. Nunca volvió al restaurante de Ukyo o al Café del Gato. Ryoga, Shampoo y Cologne decían no haberlo visto y, a pesar de la casi nula comunicación que tenía con Ukyo, era evidente que ella tampoco sabía de su paradero. ¿Qué hacer en esos casos? Akane planteó el problema ante su familia.

– ¿Y tú no tienes problemas con que Ranma venga a la casa? – inquirió Nabiki.

– Por supuesto que no – dijo Akane, sin pensar. Hasta ese momento no se había planteado tal problema.

– ¿Y Mousse? – siguió Nabiki.

– Tampoco – respondió Akane segura.

– Entonces, no hay mucho más que hacer. Si están de acuerdo, tenemos que buscar y traer a Ranma a esta casa nuevamente – sentenció Soun.


Notas

1) Actualización rápida porque me desaparaceré por un tiempo por cosas laborales y académicas. Espero, al menos, tratar de subir un capítulo por mes, de cada una de mis historias. Ojalá.

2) Sí, esta historia no ha terminado. Yo misma cree confusión en el último capítulo, perdón. Me queda un montón por escribir aquí. No sé si eso es bueno o malo.

3) Chao.