17. Silencio
Recelosos y agazapados en la limosina, poco a poco fuimos aproximándonos a la mansión Silence, pero no a la entrada principal de la misma como imaginé haríamos al igual mis hermanas, sino que el vehículo rodeó la propiedad para entrar en lo que parecía una puerta de servicio sin iluminación. Supongo ahí se quedaba la idea de hacer alguna entrada espectacular para los abuelos en cuanto llegáramos.
Ya había una persona en la puerta de servicio haciendo señas al agitar una lámpara de mano, el chofer lo observó y estacionó lo más cerca posible de él. Lo primero que pensé fue que se trataba de uno de los sirvientes, quizá el mayordomo de la casa a juzgar por el saco gris elegante y viejo con la camisa blanca. Era un hombre mayor con el poco cabello que le quedaba de color gris, con nariz de cotorra, pocos centímetros más bajo que papá, además por lo menos veinticinco años más viejo que él.
—Todos, dense prisa. Por esta puerta —nos indicó con voz gruesa hablando de forma lenta y pausada, luego se volvió hacia el chofer que nos trajo—. Tú, Malcolm. Procura regresar la limosina al garaje principal antes que el técnico o la señora se den cuenta que no está. Yo me encargo desde aquí.
El chofer que acababa de bajar le hizo una inclinación con la cabeza, enseguida entró una vez más al vehículo y se marchó en cuanto todos estuvimos ya afuera con nuestras maletas.
Papá observó a aquél anciano como si acabase de ver a un muerto por lo pálido que se puso. Se le intentó acercar, pero el sujeto, el cual me convencía cada vez más que se trataba quizá del mayordomo al servicio de la familia desde hace muchos años, por ello un antiguo conocido de papá, se dio la vuelta sin haber dado señales de reconocerlo, dándonos indicaciones con ese hablar lento y pausado a bajo volumen.
—Adelante, que nadie se retrase. Todos manténganse callados. No hagan ruido. No hablen.
Luan no pudo contenerse.
—Pudo decirnos: "Manténganse en silencio en la mansión Silence. ¿Entiende?"
El hombre se volvió brevemente para mirar con una severidad amedrentadora a mi hermana por un par de segundos antes de ver a papá, quien tragó saliva y en voz baja se le acercó a Luan.
—Ahora no, cariño. Por favor.
Luan comprendió pronto que no era el momento para bromas, quizá por la situación, quizá por la mirada de ese hombre, quizá sencillamente por lo asustado que nuestro propio padre parecía estar.
Por dentro la casa permanecía tan callada que hacía lo propio al apellido de la familia que la habitaba, tan oscura que no podía distinguir nada más allá del pasillo que nos llevó al vestíbulo principal, donde en medio frente a la entrada estaba una enorme y robusta escalera que con luz no me sorprendería brillara su mármol blanco. Tras ver el pasamanos, Lynn y yo compartimos una mirada cómplice con la misma idea en mente: Sería realmente divertido deslizarnos por esa cosa en cuanto tuviésemos la oportunidad. Quizá el mayordomo fuese capaz de leer los pensamientos, pues ahora fue a mí a quien miró con mayor severidad que a Luan cuando se percató de lo que hacía con Lynn. Su mensaje era claro: "Sea lo que sea que estés pensando, guárdatelo y ni se te ocurra exteriorizarlo".
No subimos por la escalera bonita y elegante tan ancha como para subir de cinco en cinco, sino que entramos a otro pasillo, donde detrás de otra entrada estaba otra escalera, sólo que más adusta y estrecha, por la que únicamente podríamos subir uno detrás del otro a la vez.
Me las arreglé para ayudarle a Lisa con sus maletas, dado que la pobre realmente se le veía muy cansada. Lynn me dio una mano con las de Lola, así como Luan y Leni lo hicieron con las de Lana y Lucy. Papá ya tenía suficiente trabajo con llevar a Lily además de sus cosas y las de ella. De pronto pensé en lo fácil que sería esto con Luna y Lori ayudándonos, por lo que una vez más tuve que hacerme a la dolorosa idea que ellas no nos acompañaban más en el camino.
El trayecto fue pesado, pues omitiendo los corredores que nos topábamos, llegamos hasta la última planta cargándolo todo, de ahí tomamos camino hacia la izquierda siempre siguiendo a aquél hombre que encabezaba nuestra marcha. En algún punto creo que torcimos a otro pasillo a la derecha. Acostumbrarse a este sitio tan grande no sería sencillo, lo mejor sería que mañana lo explorara e hiciera un mapa para no perderme. Tal vez Lana y Lynn quisieran ayudarme.
Cuando Lola parecía a punto de preguntar con justa razón cuánto nos faltaba por llegar a donde sea que nos llevaba, el anciano se detuvo frente a una puerta, la cuál abrió con una de las llaves de un enorme llavero que guardaba dentro de su saco, después se posicionó a un lado de la entrada indicándonos con un gesto de su mano que entráramos.
No esperaba nada, quizá por eso me sentí complacido de ver aquella habitación, cuyo tamaño lo sentí como la mitad de toda la segunda planta de nuestra vieja casa. Había tres camas realmente grandes, creo que las llaman Kingsize. Al fondo estaban dos puertas, pero tan cansado me sentía que no tuve curiosidad por averiguar qué podría haber dentro, ni tuve interés por ninguna otra cosa que no fuese tirarme boca abajo contra una de las camas, cuyos colchones resultaron ser más rígidos de lo que nunca me imaginé. Sí sólo hubieran sido un poco más duros, me hubiese roto la nariz cuando me di de cara contra una.
—Levántate —escuché que me gruñó el anciano detrás de mí—. Esa no es tu cama.
Le hice caso al instante y tras cerrar la puerta a su espalda, encendió la luz. Resultó ser tan viejo como intuí la primera vez que lo vi, a pesar de la fuerza que demostraba en su porte y la velocidad en su modo de andar.
La habitación estaba adornada con papel tapiz rosa oscuro, con sombras de lo que parecían ser siluetas oscuras de enredaderas y flores. Al fondo había un espejo de cuerpo entero, con una base ornamentada de metal que llegaba hasta su marco. Al lado derecho del espejo estaban tres baúles.
Frente a la puerta, el malhumorado anciano nos estudió uno a uno con la mirada. Papá carraspeó un poco antes de hablarle rompiendo el silencio comenzando a señalar a cada una de mis hermanas antes que a mí.
—Ella son mis princesas: Leni, Luan, Lynn, Lucy, Lana, Lola, Lisa y Lily —luego me hizo una seña para que me acercara, poniendo con orgullo su mano sobre mi hombro—. Y este es mi muchacho, Lincoln. Familia, saluden a su abuelo: el señor Lynn Silence III.
