23. La historia de Christopher Silence
Era otra época cuando Christopher Silence acababa de terminar sus estudios universitarios como el mejor de su clase, justo en la carrera que sus padres le escogieron para adentrarlo al mundo empresarial. Se esperaba que como su padre, su abuelo y así sucesivamente, aumentara el prestigio y la fortuna de la familia un poco más como cada generación conseguía hacerlo.
Sin embargo, a pesar de ser obediente en cuanto a lo que su familia proyectaba en su futuro laboral, era bastante rebelde en otras cuestiones, específicamente y lamento decirlo, en las mujeres.
Tengo entendido que llegó a producirle más de un dolor de cabeza a sus padres por todo lo que se decía de él en los pueblos y comunidades alrededor, acerca de lo mujeriego que podía llegar a ser prometiendo mucho, sólo para obtener lo que quería sin tener que después pagar nada… está bien, en ocasiones sí que pagaba y grandes sumas. Era muy selectivo.
Hartos de su comportamiento y ante el temor de tener que heredar el emporio a sus primos, dado que a sus hermanos más jóvenes les habían permitido labrar caminos distintos, sus padres le exigieron que sentara cabeza de una vez por todas. Resignado a obedecerles, pero desinteresado en buscar entre las hijas de los socios acaudalados cercanos, Christopher puso en manos de su familia la elección de un matrimonio arreglado, prometiéndoles acceder a casarse con quien fuese con tal de darles gusto y le dejasen en paz.
Pasados unos meses, los Silence llegaron a un acuerdo para el compromiso con la hija de una eminente familia, quizá no tan opulenta como ellos, pero lo suficiente para que ambas partes salieran beneficiadas del arreglo. Así fue como se acordó el matrimonio entre Christopher Silence y Catherine Dresde, una joven de su edad que se decía parecía una muñeca de porcelana.
Christopher se sintió ciertamente atraído por su belleza, pero sólo eso, pues en realidad no la conocía bien. Aunque en el poco tiempo que trató con ella pudo congeniar sin problemas, pero sin que sintiese nada significativo.
Un par de meses antes de la gran boda que ya se estaba organizando, acompañado de sus amigos, Christopher fue al pueblo más cercano donde se había montado una feria. Entre diversiones y convencido por ellos, se acercó al stand de una adivina para que le leyera el futuro, algo que riéndose sus acompañantes le advirtieron necesitaría para saber qué le esperaría con su futura esposa.
La doncella que tomó su mano para leérsela le diría cosas banales, nada relevante o nada de lo que esté enterado, pues Christopher no puso tanta atención a lo que la doncella le explicaba, como la atención que le prestó a ella y el aura de misterio que la rodeaba.
Esa noche sus amigos regresaron solos a sus hogares deseándole suerte en lo que supusieron se trataría de su última conquista antes del gran día. Aunque al principio cautelosa, la adivina aceptó la invitación de Christopher a compartir un tiempo juntos esa noche… junto con la que le seguiría, así como las que vendrían después.
Aunque al inicio sólo había intentado tener nada más que una aventura, lo cierto es que Christopher se había enamorado de la joven, tanto que entre más se acercaba la fecha de la boda, más dudas tenía sobre la misma.
Decidido y a sólo pocos días del gran evento, Christopher habló con sus padres sobre la relación que mantuvo en secreto con esa chica para que cancelaran su compromiso con Catherine, pues era con la joven a quien conoció con quien deseaba compartir su vida.
Los padres naturalmente se molestaron por lo abrupto de su cambio de parecer, pero en cuanto se enteraron que la doncella que flechó su corazón no era más que una pueblerina que se ganaba la vida leyendo cartas, hija de vulgares empleados de una feria, enfurecieron.
Tras cansarse de convencerlo de la locura que estaba pidiendo, acusando a su amada de ser una inculta cazafortunas interesada, además de negarse a romper su compromiso, o de amenazarlo inútilmente con desheredarlo si él lo hacía, fue que las amenazas se dirigieron hacia ella. Cosas graves podrían pasarle a la gente y los Silence tenían el poder de provocar ese tipo de cosas.
El prestigio de los Silence poco le importaba a Christopher, se consideraba lo suficientemente inteligente para hacer su propia fortuna a donde quiera que fuera, pero era consciente que no tenía los suficientes recursos para proteger a su amada, encima conocía más que de sobra a sus padres para comprender que sus amenazas no eran vacías.
Christopher aceptó continuar con el acuerdo nupcial y el abandonar a su verdadero amor con tal que a ella no le hicieran daño. Todo lo que pidió a cambio fue que le permitieran despedirse debidamente de ella.
Esa última noche que compartieron juntos hubo lágrimas a partes iguales, no sólo porque deberían dejar de verse, sino porque también ella le tenía una noticia que en otras circunstancias hubiese sido objeto de dicha y alegría, pero ahora sólo producía un gran pesar en ambos. La joven estaba embarazada.
Comprendiendo que ya no sólo su vida, sino también la de su bebé correría peligro debido a la influencia de la poderosa familia, la cual jamás aceptarían a un niño nacido fuera del matrimonio de alguien como ella, la doncella se marchó del pueblo con sus padres buscando suerte en otro lugar de Canadá.
Con congoja por no poder reconocer a su primogénito como suyo, Christopher la dejó partir. Al final sí se casó con Catherine Dresde, con quien al poco tiempo tendría una hija a quien sí le dio su apellido. Lo que nadie sabía es que el inteligente joven tenía un plan en mente que buscaría ejecutar a largo plazo.
Con la excusa de evitar a futuro peleas de herencia entre hermanos, Christopher se negaría a tener más descendencia con su esposa, volcando aparentemente todo su amor, atenciones y enseñanzas en su pequeña. A los padres esto les gustó menos que a Catherine, pero nunca quitaría el pie del renglón al respecto. Su labia conseguiría convencer a todos que esto era lo mejor, poniendo a sus tíos y primos como ejemplo, debido a los conflictos que siempre existieron con sus padres y antes de ellos con sus abuelos. Las verdaderas intenciones de Christopher eran otras, por supuesto.
Los años pasaron y sus padres fallecieron, entonces sin nadie que estuviera mirando sobre su hombro, finalmente Christopher Silence se convirtió en el único señor y patriarca de la familia. Fue cuando usó todos los recursos que tenía a la mano para buscar a su amada y al hijo que tuvieron juntos. Su intención sería abandonar a su esposa legándole la mayor parte de la herencia a ella y a su hija, todo con tal de poder volver con su amada a quien pese al paso de los años, jamás pudo superar, pero principalmente, conocer a su primogénito.
Con tristeza se enteraría que su hijo muy joven se reclutó para pelear en la guerra de Vietnam tras la muerte de su madre. Enfermo de dolor al ver que no podía hacer nada para recuperar lo único que realmente anheló toda su vida, Christopher redactó su testamento dejando sólo a dos herederos en el mismo.
A partes iguales su fortuna se dividiría entre Rita Silence, la hija que tuvo con su esposa Catherine; si regresaba de la guerra, la otra mitad sería para Albert, el hijo que tuvo su amada Harriet Loud.
