Tras la cálida y entusiasta bienvenida por parte de su esposa, Naruto se dirigió apresuradamente a la habitación que compartía con Hinata. En cuanto ésta le preguntó amablemente si omitiría la cena, él lo afirmó sin ninguna pizca de vergüenza. Soltó una sencilla excusa al aire; como era semana de exámenes y manejaba más de dos grupos, necesitaba atender con urgencia a las largas hojas blancas que requerían ser calificadas a la menor brevedad posible. No volteó a ver a su mujer ni un sólo segundo, pero tenía la certeza de que en su rostro se mostraba esa terrible expresión abnegada pero al mismo tiempo compasiva, esa resignación que desde hace años lleva guardándose.
Su relación jamás fue recíproca. Al haber germinado abruptamente entre las grietas de un camino construido solamente por un individuo, nunca pudo florecer majestuosamente como las plantas que se erguían firmemente del otro lado de la acera; aquellas que habían sido cultivadas con cariño y dedicación, con homogéneos esfuerzos a fin de hacerles crecer inquebrantables y sólidas raíces. La envidia hacia los venturosos matrimonios de sus allegadas era innegable, así como inevitable.
La inteligencia era uno de sus pocos dones de los cuales podía alardear con orgullo frente a su padre. En la Universidad, era la fémina con las notas más altas de toda la institución. Era reconocida por dicho logro académico, pero su extraña relación con el capitán del equipo de fútbol, Naruto, también resultaba de gran ayuda para ubicarla. Tristemente, fuera de esas dos etiquetas vacías, ella pasaba desapercibida entre los grandes pasillos de las colosales construcciones. Los únicos que la recordaban por su mera esencia eran dos sujetos igual de peculiares, ambos amantes de la zoología; Kiba Inuzuka y Shino Aburame, con quienes, afortunadamente, aún mantenía un fuerte vínculo amistoso.
Aún así, recordar los solitarios días de su juventud le desencadenaba una serie terrible de emociones negativas, principalmente tristeza. No porque hubiera deseado recibir la atención y miradas de todos, tampoco por los pocos cambios que realizó en su vida personal durante ese tiempo. Sus verdaderos motivos trascendían más allá de su persona; todo se concentraba en alguien más, en su primer y único amor, en su, ahora, esposo. Siempre lo observaba de reojo durante las clases, lo admiraba en silencio mientras un notable sonrojo exponía sus sentimientos. Le agradaba verlo intentar torpemente resolver las complicadas ecuaciones que el profesor Kakashi escribía rápidamente sobre la pizarra, al mismo tiempo en el que Shikamaru tomaba una siesta y Chōji husmeaba minuciosamente en su mochila en busca de más frituras para devorarlas a escondidas. Naruto, pese a su trágico y doloroso pasado, siempre había sido sorprendentemente sociable. A diferencia de ella, él era conocido por ser él mismo, por su impetuosa y perseverante forma ser, y porque aquellos preciosos ojos azules como el mismo cielo y esa radiante y cálida sonrisa no eran fáciles de olvidar. No había ni una sola persona en su universidad que no hubiese entablado conversación con el Uzumaki, o que, al menos, lo hayan escuchado nombrar.
Pero esos sucesos tuvieron lugar en los años finales, porque al inicio de clases, él era un don nadie. Ese jamás fue impedimento para que los risueños ojos de la Hyūga se clavaran en él, y finalmente lo reclamaran como suyo tras la jugosa propuesta que Hiashi le ofreció al desamparado muchacho. Aunque originalmente esa no era su idea, dado la vulnerabilidad de la situación por la cual atravesaba el joven rubio, éste terminó aceptando, consagrando su futura unión.
Llevaba demasiado tiempo acosándolo como para no leer sus verdaderos deseos en un santiamén. Sus entusiastas orbes azulados se mostraron confusos, pero no de una manera positiva. En realidad, se tornaron ligeramente afligidos, y rápidamente dirigió su mirada hacia su consanguínea, quien lo tomó por los hombros y le pidió amablemente a la familia Hyūga un momento para que los Uzumaki pudieran dialogar en privacidad.
La obviedad nunca la tomó desprevenida, de hecho, era muy consciente de su realidad. Lamentablemente, prefería vendarse los ojos y caminar junto a él por un interminable sendero repleto de maleza que tarde o temprano irritaría su piel. Porque lo amaba, y aunque dicha emoción no fuese mutua, estaba maravillada con tener un trozo de su vida, por más mínimo que éste fuera.
—Papá es un imbécil —susurró Boruto una vez que el Uzumaki mayor estaba en el segundo piso. Continuó presionando furiosamente los botones de su Nintendo Switch y su vista permanecía fija en la pantalla mientras una partida de Mario Kart se reproducía.
—No hables así de tu padre, él hace todo lo posible por nosotros —le regañó inmediatamente su madre, mientras tomaba el aparato electrónico y se lo llevaba consigo, al mismo tiempo en el que su hijo protestaba contra tal acción.
Naruto alcanzó a escuchar esa falta de respeto por parte de su descendiente, pero no le tomó mucha importancia. Era bien sabido que su relación con su hijo era equivalentemente disfuncional a la que mantenía con su esposa, pero triplicado. Boruto lo aborrecía por los insípidos tratos que le proporcionaba a su progenitora, y porque la mayor parte del tiempo se hallaba ausente en su supuesto "hogar".
De vez en cuando intentaba mejorar la relación con su engendro, llevándolo a jugar fútbol al parque más cercano o ingiriendo comida chatarra en algún McDonald's o Burguer King. Aún así, la barrera que Boruto había edificado entre ellos dos, permanecía irrompible como el primer día en el que decidió adoptar ese comportamiento.
Naruto dejó su maleta en el escritorio que compartía con su esposa, posteriormente se sentó y comenzó a sacar algunos papeles referentes a ámbitos académicos. Apartó las agujas y tela con la que Hinata tejía y empezó a trabajar en sus propios asuntos. Releía una y otra vez la misma pregunta del mismo examen, pero cada vez le era más difícil concentrarse. En todo lo que podía pensar era en aquel misterioso hombre de facciones delicadas y mirada gélida, y en lo mucho que había disfrutado su compañía en aquella difusa noche del viernes, donde solía sucumbir ante sus deseos prohibidos.
Pero... No había manera de que se tratara del mismo varón. No podía ser que aquel promiscuo y seductor sujeto que conoció en el bar fuese el mismo que hoy recogió gustosamente a su hija de la secundaria.
«Te sorprendería la cantidad de hombres casados y con hijos que también buscan muchachos en los bares. Uno pensaría que por estar vinculados a una familia son felices y llevan una vida plena, pero eso es meramente una visión romantizada de la vida adulta» las palabras de su mejor amigo, Shikamaru, hicieron eco en su mente. En alguna ocasión Naruto acudió a él en busca de consejos, ya que se sentía completamente perdido en cuanto a su vida personal. Fue entonces cuando el rubio le confesó lo que a su amigo ya le era evidente; su patente homosexualidad. El Nara comprendía su situación como ningún otro hacía. Era quien lo apoyaba y jamás juzgaba, era su lugar seguro.
—Yo sería incapaz de engañar a Temari porque la amo más que a nada en este universo —le había mencionado su fiel compañero en algún momento, en una de sus tantas charlas reconfortantes que habían tenido años atrás—. Pero... Tú no amas a tu esposa. No considero correcto que la engañes tan descaradamente, no me parece justo ni para ti ni para ella. Pero dadas las circunstancias, y considerando que el divorcio no es una opción, creo que tus acciones son comprensibles. Pero en serio, Naruto. Deberías dejarla en cuanto tengas oportunidad, mereces ser libre y feliz, al igual que Hinata.
Negó con la cabeza levemente y decidió acudir una vez más a él. Sacó su celular de su bolsillo izquierdo y le envió un breve mensaje explicándole rápidamente la situación. Se quedó mirando la pantalla unos segundos, y automáticamente las palomitas cambiaron a color azul. Obtuvo una respuesta casi inmediata, pues al igual que él, a esas horas Shikamaru solía descansar del trabajo y estaba al pendiente de los mensajes por si a alguno de sus superiores se le llegaba a ofrecer algo.
«No importa si no estás seguro de que sea él. De todas maneras, pronto lo descubrirás». Había escrito Nara como respuesta. Un tanto confundido, Naruto replicó manifestando su incomprensión. A los pocos instantes, el pelinegro mandó otro mensaje: «La reunión de padres de familia. ¿La has olvidado? Darán las calificaciones del primer trimestre». Y posteriormente, su mensaje vino acompañado de un burlón «Pff, ¡ni imaginar que tú eres el profesor! Despistado irresponsable».
Se sintió ridículamente torpe por haber olvidado un asunto tan importante como ese, pero al mismo tiempo una gran alegría inundó su corazón. Volver a verlo, aunque fuera un efímero momento, significaría mucho para él.
No importaba que hiciese, no podía sacarse de la cabeza aquel destello de lo que había ocurrido esa lúbrica noche. La manera en la que el pelinegro se movía era única; tan rítmica y satisfactoria, increíblemente inigualable a lo que había probado en el pasado. Y tenía un suave y blanco trasero, en el cual se habían quedado perfectamente marcadas sus manos. Tan sólo recordar vagas escenas en donde aquel hombre sujetaba fuertemente la espalda del rubio y echaba levemente la cabeza hacia atrás, extasiado con cada embestida que el Uzumaki daba, era suficiente para que su amiguito comenzara a reclamar atención. Y una traviesa duda cruzó su mente; ¿cómo sería su reencuentro? ¿Acaso... Terminarían de la misma manera? ¿Tendrían sexo en un lugar público como los baños de la secundaria, o acaso se encerrarían en la sala del conserje?
Se cubrió el rostro con las manos al percatarse de sus lascivos pensamientos. Diablos, empezaba a sentirse como un verdadero pervertido al imaginar tales situaciones, quizás había leído demasiados libros escritos por el profesor de filosofía de la universidad; el galante Jiraiya.
Sea como sea, aquellas memorias y fantasías habían sido suficientes para endurecerlo. Al principio pensó en ignorarlo, pero conforme pasaban los minutos, su mente le hacía malas pasadas y terminaba visualizando lo mismo una y otra vez. Y para su mala fortuna, la espera le salía un tanto cara... Y dolorosa.
No se resistió más y accedió a sus necesidades biológicas. Se dirigió a toda prisa al baño, y una vez estando ahí encerrado, prosiguió a ejercer la misma acción que cualquier adolescente de dieciséis años comúnmente hacía.
˚₊· ͟͟͞͞➳ ❝ ɴᴏᴛᴀ ❞
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