El azabache condujo de vuelta a su hogar, siendo únicamente acompañado por las fieles estrellas.

Un sepulcral silencio lo envolvía mientras diversas incógnitas merodeaban estruendosamente por de su cabeza, otorgando prolongas y sempiternas vueltas que no anunciaban un propósito fijo.

—¿Y tú? ¿Cuándo serás libre?

La pregunta propiciada por el rubio no dejaba de resonar desde lo más recóndito de su memoria. Se había sentido como un balde de agua fría que lo despertó de una dimensión onírica; amaba a Naruto, sí, y más de lo que merecía para ser un simple amante. Compartieron momentos íntimos que, en lo más profundo de su corazón, anhelaba que no tuvieran que ser ocultos. No obstante, era consciente de la ridiculez que sus emociones emanaban, por lo que había acordado divorciarse no por un hombre, sino por su propio bienestar y el de quienes quería. No tenía caso seguirse engañando, ni a sí mismo ni a la mujer que juró amarlo hasta la muerte.

Él, a diferencia del Uzumaki, nunca tuvo en juego su futuro. Se había casado con Sakura en pleno uso de sus facultades mentales, sin ninguna consternación o chantaje que sirviera para alentarlo a tomar tal decisión, ni siquiera la presión social de sus familiares. Esto apuntaba a un inequívoco hecho: si aún no le había pedido que se separaran, era simplemente porque no disponía del coraje suficiente para enfrentarla.

Pese a ello, esa noche se sentía extraño, como si algo hubiese despertado dentro de él. Quizá la cercanía con el rubio le había alborotado las hormonas, o probablemente su estupidez se le estaba contagiando, pero lo cierto era que el pelinegro decidió cambiar su suerte.

En cuanto llegó a su preciado hogar, su amorosa esposa lo recibió con un delicado beso. Era costumbre suya saludarse así, pero en ese momento se sintió distinto.

Tras preguntarse las trivialidades diarias e intercambiar banales palabras, el Uchiha habló de lo que verdaderamente le interesaba:

—Hay algo...—empezó, sin saber exactamente cómo abordar la conversación. Dirigía sus ojos hacia todas partes, notablemente nervioso—. Que quiero decirte.

—Claro, te escucho —mencionó la mujer, sentándose a un lado suyo en el sofá. El hombre desvió la mirada y se llevó una mano a la frente, echando su cabello hacia atrás—. Pareces muy afligido, dime de qué se trata —suplicó su esposa, mirándolo con severa preocupación—. Sea lo que sea, sabes que podremos afrontarlo juntos —posó una de sus manos encima de las del varón al mismo tiempo en el que le dedicaba una lánguida sonrisa, provocando que su corazón se estrujara aún más.

La miró directamente a los ojos, y al instante supo que era la peor decisión que pudo haber tomado. Era tan incapaz de sostenerle la mirada, puesto que aquellos consternados orbes verdes imploraban una pronta explicación. Al percatarse de su doliente semblante y su genuina inquietud, sintió como su espontánea determinación se esfumaba y se reducía a nada mas que vestigios de su inexistente osadía.

Quizá nunca llegó a amarla. Pero cuando menos, la quiso. Sabía mejor que nadie que por esa misma razón debía liberarla; no tenía caso retenerla bajo quimeras. Además, era demasiado tarde como para retractarse, la intención ya estaba puesta y debía serle fiel a su voluntad. Así que, con un inmenso ardor en el pecho y el frío sudor recorriéndole la frente, pronunció:

—Pienso que debemos...

—¿Papá? —interrumpió Sarada, parada en el umbral del extremo opuesto a la sala. Se talló los ojos reiteradas veces, al parecer se había despertado a causa de alguna pesadilla.

—Cariño, ¿qué haces aquí? Es muy tarde para ti —le regañó su madre, dirigiendo toda su atención hacia ella—. Después terminamos la conversación —musitó a Sasuke, quien asintió con la cabeza. Posteriormente se levantó y se encaminó hacia su hija.

Nuevamente, el pelinegro estaba solo con sus pensamientos.

Su descendencia. ¿Cómo había dejado pasar por alto lo mucho que podría afectarle su precipitado actuar a esa inocente criatura? Conocía de sobra lo mucho que la ausencia de los padres podía influir en el desarrollo de los infantes, él mismo lo había experimentado en carne propia cuando sus padres fueron brutalmente masacrados por un ajuste de cuentas y su hermano mayor, Itachi, tuvo que hacerse responsable de ambos.

Ciertamente eran situaciones distintas: al menos ellos estaban vivos. Aun así, estaba dispuesto a ahorrarle esa injuria a su amada niña; estaba en sus manos el destino de la persona que más adoraba. Concebía lo egoísta que estaba accionando, por lo que la dichosa charla pendiente ahora carecía de sentido.

—Bien, puedes contarme —mencionó Sakura en cuanto estuvo de regreso, no sin antes cerciorarse de que la menor estuviese profundamente dormida.

La fémina se cruzó de brazos y se posicionó justo delante de él, observándolo con curiosidad.

—No era nada, sólo... Pensé que... Deberíamos salir de viaje los tres juntos —se excusó hábilmente, retomando su insípida actitud. En su mente, incluso sonaba como un plan perfecto para «intentar» enamorarse de su esposa.

—¿De viaje? —repitió la mujer, confundida. Arqueó una ceja, evidentemente escéptica—. Una noticia tan benigna como esa no es motivo de abatimiento —le recordó, helándole la sangre a su marido—. A no ser, claro...—se llevó el dedo índice al mentón, dándose leves golpecitos con la yema de éste—. Que incluyamos a tu amante.

—No tengo idea de...

—¡Oh, Sasuke! —rió la mujer mientras negaba con la cabeza—. Me enteré de todo en cuanto empezaron a frecuentarse —admitió, con una gran sonrisa que alarmó al azabache—. ¿Por qué no eres lo suficiente hombre y lo aceptas de una buena vez? Incluso antes de que te acostaras con él, ya sabía de tus encuentros casuales. Que el trabajo absorba todo mi tiempo no es sinónimo de que sea tonta, o cuando menos, intuitiva —le sermoneó divertida, manteniendo en todo momento su triunfante expresión—. No podemos salvar nuestro matrimonio porque eso lo perdimos tiempo atrás. Lo nuestro es, meramente, una relación de respeto. El amor dejó de unirnos desde que compartimos la misma cama, pero nuestras espaldas apenas y se rozan.

Mentiría si dijese que no estaba sorprendido. ¡Qué va! La palabra misma se quedaba corta a comparación de lo que sentía. Jamás imaginó que su esposa estuviese al tanto de sus movimientos y mucho menos que los procesara con tanta ligereza.

—Además... —ladeó la cabeza mientras apartaba su mirada—. No eres el único en el clóset —agregó, levemente ruborizada.

Como si todo lo anterior no lo hubiese desconcertado en demasía, aquel comentario culminó cualquier silencio que estuviese dispuesto a guardarse.

—¿De qué estás hablando? —interrogó, severamente ofuscado. No comprendía hacia dónde se dirigía la conversación o qué era lo que pretendía.

—No eres el único que ha estado jugando sucio —confesó la fémina, sin el menor ápice de pudor, hecho que asombró aún más a su marido—. Será mejor que dialoguemos como adultos y lleguemos a un acuerdo, porque me encantaría formalizar mi relación con Karin.

—¡¿Qué?! —exclamó, atónito—. ¡¿Tu compañera de trabajo, tu asistente de cirugías?! —reclamó completamente alterado. Ni siquiera conocía la razón de su incomprensible comportamiento.

—¡Ya me dirás tú, maldito sinvergüenza! —contraatacó, dispuesta a defender el honor de su amante—. ¡¿En serio, el profesor de NUESTRA hija?! —recriminó, haciendo énfasis en cierta palabra—. ¡Con que cara vienes a santiguarte, insolente! ¡Yo también tenía derecho a rehacer mi vida!

—¡Sí, pero no a base de engaños! —protestó el pelinegro, como si estuviese en posición de hacerlo.

—¡Mira quién habla! —se mofó su esposa—. ¡¿Esa es la vida que pretendes ofrecerle a tu hija si no nos divorciamos?! ¡¿Una familia a base de apariencias?!

Las palabras de su mujer lo golpearon tan duramente como fornidas rocas. Había resentimiento entre ambos, pero no era momento para pensar en ellos. Arreglarían sus diferencias personales con el pasar del tiempo, por ahora debían mantener la cabeza fría y los pies en la tierra.

El Uchiha respiró hondo e intentó tranquilizarse. Era obvio que con el indomable carácter de Sakura y su enfado sinsentido no eran una buena combinación. No deseaba acabar en malos términos con ella, por lo que optó por ser razonable.

—Lo sé, discúlpame. No debí tratarte de esa forma —reconoció, avergonzado—. Lo que me gustaría que aclaremos primero es... ¿Qué haremos con respecto a Sarada?

—Hablaremos todo con calma después. Son muchas cosas a tomar en cuenta y lo principal es nuestra hija. Considero que, por lo mientras, lo mejor que podemos hacer es tramitar el divorcio —opinó Sakura, y el Uchiha estuvo de acuerdo.

No tardaron mucho en irse a dormir. Compartieron la misma cama, como era habitual, pero ninguno de los dos logró conciliar el sueño. Posiblemente por la ansiedad que les causaba pensar en cómo reaccionaría la única persona que los unía.

Sasuke miró al techo, derrotado. Por un instante, se preguntó si Naruto corrió con la misma suerte que él.

˚₊· ͟͟͞͞➳ ❝ ɴᴏᴛᴀ ❞

Hola. Perdí noción del tiempo y no actualicé como era debido, pero espero que aún haya alguien por aquí. En algún momento pensé en cancelar el fic, pero no me gusta dejar las cosas a medias.

Feliz navidad atrasada y feliz año nuevo, espero que la pasen muy bien e inviten al festejo. Por cierto, leve spam: si les gusta el Inosaku, pásense por mi perfil, tengo un fic de ellas. Ahora sí, hasta el próximo año.