—¿Y bien? ¿Cómo te fue? —preguntó el azabache, seriamente. Cerró los ojos antes de proporcionarle otro sorbo a su amargo café.

Era una noche agradable, tranquila; el cielo estaba despejado, por lo que numerosas estrellas se divisaban a la lejanía. El frío viento golpeteaba suavemente sus rostros, produciendo una sensación fresca y reconfortante. La gente conversaba, podían escuchar sus melodiosas voces como susurros a la distancia. Se encontraban cenando en la elegante terraza de algún opulento restaurante que Sasuke había elegido.

—¿En qué? —cuestionó el rubio, tan despreocupado como siempre. Su atención y devoción permanecían fijas sobre el platillo que se encontraba devorando apresuradamente, provocando que su acompañante quedase en un segundo plano. Este hecho, lejos de molestar al pelinegro, le resultaba cómico.

Había pasado, cuando menos, una semana desde la última vez que se vieron. No tuvieron oportunidad de encontrarse durante ese lapso, por lo que sus interacciones se vieron reducidas a incómodos y repentinos saludos.

—Con tu esposa —respondió el Uchiha, dirigiendo su mirada hacia el rubio. Al percibir la confusión asomarse por sus ojos, exhaló profundo y procedió a ser más conciso—. Tu divorcio —movió la palma de su mano libre hacia arriba, como si se tratase de algo obvio. Este gesto vino acompañado de otro sorbo.

—¿Mi divorcio? —repitió, anonadado—. ¿De qué estás hablando, Sasuke?

El azabache casi escupe su bebida al percatarse de que el desconcierto del Uzumaki era genuino. Teorizó que una situación así podría ocurrir, era meramente lógico; para el momento en el que Naruto juró cumplir su palabra, estaba completamente fuera de sí. Quizá sus declaraciones fueron sinceras y propias, pero no era su mente consciente la que hacía uso de la transmisión de sus pensamientos. Su corazón dictaba sentencias que desistían de su trágica realidad.

—Entonces... ¿No vas a dejarla? —inquirió el pelinegro, curioso y... Levemente, decepcionado.

El hombre de ojos zarcos se echó a reír. No era una risa burlona o lastimosa, más bien... Auténtica. Emanaba júbilo puro.

—Oye, idiota, ¿qué es lo que te parece tan gracioso? —cuestionó el contrario, arqueando una ceja con evidente fastidio. No comprendía el actuar de su amante, y a decir verdad, estaba sacándolo de quicio.

—Ay, Sasuke —susurró el rubio, cubriéndose la boca con una mano mientras intentaba acallar su risa—. No hay cosa en el mundo que me gustaría más que eso —confesó, desviando la mirada hacia la infinita oscuridad del cielo.

—¿Y entonces? —presionó el nombrado, más aturdido que antes—. ¿Por qué no simplemente lo haces?

El Uzumaki hizo su mayor esfuerzo por no estallar en sonoras risas de nuevo. Reconocía lo tentador que sonaba la idea, sin embargo, no era más que eso: la idealización de una quimera que jamás podría abandonar el mundo onírico.

—¿Qué sucede? ¿Es que acaso quieres que me divorcie para poder casarme contigo? —bromeó Naruto mientras negaba con la cabeza.

No obstante, a Sasuke no le causó gracia ni en lo más mínimo. Su adusta expresión era el vivo reflejo de ello.

—Seguramente sería mejor ejemplo para Boruto —mencionó el azabache, presionando un punto débil para el rubio.

—No juegues con un tema como ese —advirtió el de ojos azules, adquiriendo un tono demandante mientras fruncía el ceño—. Puede que no ame a su madre, pero sí que amo a mi hijo... Él es una de las principales razones por las que me planteo tanto el divorcio.

—¿Y no consideras que un cambio como ese quizá le sentaría bien? Él sabe que no hay amor entre sus padres. Es un niño, sí, pero eso no significa que sea incapaz de comprender lo que hay entre ustedes dos. No se puede forzar la existencia de algo que nunca estuvo ahí.

Las palabras de Sasuke le cayeron como un balde de agua fría. Directas, sencillas, frívolas. Lo peor de todo: verídicas. Un sinfín de veces dialogó con Shikamaru al respecto, siendo sermoneado de la misma forma en la que lo estaba siendo ahora mismo. No obstante, los consejos de su mejor amigo jamás se entrometieron en su paternidad como tal. La «familia» que concibió era una caótica farsa.

—¿Y qué hay de ti? —contraatacó Naruto, molesto—. ¿Que acaso no has sido capaz de dejar a tu mujer por los mismos motivos?

—En realidad —el azabache se apresuró a contestar—, ya tramitamos el divorcio. Hablaremos con Sarada en cuanto lo consideremos oportuno, pero aunque ella se oponga, ya avanzamos al punto de no retorno.

El rubio miró con sumo asombro al contrario, absolutamente incrédulo. Si sus palabras eran ciertas, celebraría con él su valentía.

—Por Kaguya, cierra la boca o parecerás caja registradora —mencionó el pelinegro, haciendo alusión a la colgante mandíbula del Uzumaki.

—Yo... Vaya, no sé ni qué decir —confesó, pasándose una mano por su cabello mientras lo peinaba hacia atrás—. ¡Felicidades, Sasuke! ¡Tienes mucho coraje! —sonrió ampliamente, alegrándose del logro ajeno como si fuera suyo.

—No lo soy —admitió el Uchiha, esbozando una ligera sonrisa por el halago—. Sólo escuché a un grandísimo idiota parlotear acerca de lo mucho que ansiaba ser libre —miró hacia las estrellas, recordando esa misma noche en la que decidió tomar las riendas de su vida—. Supongo que la estupidez es contagiosa.

Naruto rio tan fuerte que incluso algunas personas cercanas voltearon hacia él. Entre ellos, había un par de amigos que lo lograron distinguir: se trataba de un veterinario y un biólogo especializado en entomología médica.

—Oye, Shino... Ese —señaló discretamente hacia el Uzumaki, cuidándose de no llamar su atención—, ¿qué no es el esposo de Hinata? —preguntó el veterinario, regresando su mirada hacia su compañero.

—Sí, lo es —asintió el entomólogo—. No creo que su plática nos concierna. Igualmente, no están delinquiendo —mencionó el pelinegro, prácticamente sugiriéndole que no se entrometiera.

—Eso ya lo sé, pero ese imbécil nunca tiene tiempo para Hinata y lo malgasta con sus camaradas —bufó Kiba, indignado—. Hinata merece a alguien que sí la atienda.

—Entonces inténtalo. Con algo de suerte lograrás ser padrastro —bromeó, dándole un trago a su vino.

Soltó ese tedioso comentario con la esperanza de que su amigo reaccionara con su habitual molestia ridícula. Su sorpresa fue inmensa en cuanto, en lugar de su típica actitud altanera, obtuvo una respuesta apenas audible.

La perpleja voz del moreno delató la gravedad de la situación, pero su compañero aún no asimilaba la razón.

—Oye, Shino... No creo que ellos sean amigos.

—¿Hm? ¿Por qué lo mencionas? —cuestionó el nombrado, sin despegar la vista de la jugosa carne que se encontraba cortando.

—Porque se están besando —respondió escuetamente, estupefaciente.

El sonido metálico de un cubierto al chocar con el suelo no tardó en hacerse llegar.

Las predicciones de Hanabi jamás erraron. Naruto le era infiel... Con un hombre.

—¡Lo voy a matar! —exclamó Kiba, dándole un leve golpe a la mesa. Afortunadamente no había sido lo suficiente escandaloso como para llamar la atención de los demás presentes.

Inuzuka estaba a punto de levantarse e ir tras la cabeza del Uzumaki, pero el firme agarre de su conocido lo frenó por completo.

—Tranquilízate, actúa con la cabeza fría —recomendó Shino, sujetándolo fuertemente del brazo para impedir que su acompañante hiciese algo de lo que después podría arrepentirse—. Me duele, tanto como a ti. Yo también aprecio a Hinata. No de la misma forma en la que tú lo haces, pero la valoro, y por supuesto que me hiere que la engañen de esta manera. Pero moliéndote a golpes con ese infame no conseguirás despertarla.

El moreno chasqueó la lengua. Por mucho que le disgustara, en el fondo sabía que su amigo tenía razón.

—Bien, ¿entonces qué pretendes que hagamos? —inquirió, cruzándose de brazos. Se sentía derrotado.

Aburame sonrió. Era un buen estratega, y una jugada como ésta sólo resaltaría sus dotes.