✧ Recomendación musical: Miéntele - Los Bunkers.
La tediosa monotonía que solía gobernar su vida, poco a poco fue desvaneciéndose hasta ser llevada a su extinción. Los ocasionales encuentros que mantenía con su amante se tornaron relativamente frecuentes; comenzaron viéndose una vez cada dos semanas. Posteriormente, eran dos veces por semana. Agregaron una tercera, aprovechando sus horarios de salida para citarse en algún sitio y cenar juntos. Y sin previo aviso, el sexo había pasado a un segundo plano.
Si bien al inicio de su relación la mayoría (por no decir todos) sus encuentros eran meramente carnales, con el pasar del tiempo algo más atrayente que la pasión despertó en ellos. Se buscaban; mutuamente requerían de la presencia del otro. Los sonoros gemidos que en algún momento eran todo lo que podía percibirse entre las cuatro paredes se habían convertido en estruendosas risas que ambos soltaban cuando estaban juntos. Sasuke era un hombre rígido y distante, pero poco a poco su férrea coraza caía a pedazos ante la dulzura e ingenuidad del Uzumaki. Por su parte, el rubio sentía su corazón derretirse y sus mejillas arder cuando toda la atención del pelinegro se encontraba puesta en él, y por efímeros instantes se preguntaba si realmente se estaba enamorando. La respuesta era obvia, por más que quisiera negarla.
Pese a ser adultos llenos de responsabilidades, aún podían divertirse como si fuesen adolescentes. Cada vez que se reunían era una experiencia completamente gratificante y emocionante; asistían a diversos lugares en los que convivían y conocían más del otro. Citas clandestinas que variaban desde ir juntos a algún restaurante o bar hasta ver películas acurrucados.
Lamentablemente aquella vida de ensueño no era más que una ilusión.
El divorcio del Uchiha había sido mucho mejor de lo que esperaba. Sarada, pese a que aún era tan sólo una niña, era lo suficientemente madura como para comprender la situación. Además, debido a lo ausentes que sus dos padres solían estar gracias a sus extensas jornadas laborales, resintió en lo mínimo que los tres ya no vivieran bajo el mismo techo. Después de todo, nada había cambiado; ella seguía teniendo a su madre y a su padre, quienes la hacían sentir protegida y amada.
El rubio deseó profundamente correr con la misma suerte. No obstante, era consciente de lo imposibilidad de su quimera. Su familia sólo iba en decadencia: la dulce Hinata, quien durante todo su matrimonio adoptó una actitud pasiva y sumisa, perdía los estribos de vez en cuando y exhibía un comportamiento que Naruto jamás consideró propio de ella. Se había vuelto posesiva, controladora e incluso... Histérica.
La pelinegra regañaba a Boruto sin razón aparente, dado que cualquier cosa que éste hiciera lograba ponerle los pelos de punta. Constantemente bombardeaba a su esposo con un millón de preguntas tan pronto como éste pusiera un pie sobre la casa. Aunado a ello, empezó a aislarse aún más del exterior. Se negaba a ejecutar por su cuenta tareas tan sencillas como realizar las compras de la semana, ya que exigía que Naruto estuviese con ella. Además, las visitas a la familia Hyūga precisaban, forzosa y estrictamente, la presencia de ambos. Por mero capricho e imposición de su mujer.
Naruto tuvo que planificar y distribuir mejor sus escapadas. Con su esposa pisándole los talones, conseguir algo de tiempo era prácticamente inasequible. Aun así, se las ingeniaba para dedicarle algo de tiempo a la persona que verdaderamente amaba. Pero eso no significaba que desentendiera sus obligaciones.
Sasuke estaba al tanto de las cosas. Aceptó, tras un pesado suspiro, que diferentes condiciones los dividían. No estaba en posición de exigirle más, por lo que tragó con amargura sus protestas. Él quería al Uzumaki, seguramente tanto como el rubio a él. Por más que anhelara que Naruto reuniera el valor necesario y encarara a Hinata, sabía de sobra que esa no era su decisión y tampoco podía apresurar los hechos. Aunque... También oprimía dolorosamente su corazón el pensar que aquello jamás ocurriera. No obstante, era consciente de las circunstancias bajo las cuales se conocieron y los implícitos términos que esto acarreaba. Podía evadirlo, mas no escapar.
Era de madrugada. Las 02:45am, para ser exactos. El reloj digital que descansaba sobre su mesita de noche indicaba la hora con unos gigantescos números en rojo.
—Mierda... Es demasiado tarde —susurró el Uzumaki, sobándose la cabeza con una suave negación—. Debería irme ya —mencionó entre largos bostezos que reflejaban su cansancio.
—Quédate por esta noche —sugirió, aunque mas bien sonó como una débil súplica—. Sólo en esta ocasión —añadió con la intención de que su acompañante lo reconsiderara.
—Sasuke, ya hemos hablado de esto —fue su única respuesta. Buscó a tientas en el suelo su ropa desparramada y una vez que la encontró comenzó a ponerse los pantalones.
—Nunca te he pedido algo, Naruto —contraatacó el pelinegro, arrastrándose hacia el extremo de la cama más cercano al de él—. Pero ahora lo estoy haciendo —abrazó su desnuda espalda, aferrándose a ésta como si fuera todo lo que tenía—. Compláceme por esta vez —su voz no era impetuosa, pero tampoco instaba. Pese a ello, lo solicitó con firmeza. Como si no aceptara una negativa como respuesta.
El nombrado quedó pasmado. Aquel carácter emotivo no era típico del Uchiha, dado que no solía comunicar sus pensamientos salvo contadas ocasiones especiales. Aunque se lo planteara tan efusivamente, él ya había tomado una decisión y no permitiría que su amante interfiriera en ella.
Pero cuando se volteó para encararlo, el azabache atacó con hambre sus labios. Y él no pudo negarse.
Seis en punto. De la mañana. La alarma sonó estruendosamente, por lo que ambos varones se vieron en la forzosa necesidad de levantarse.
No hubo desayuno, tacto o siquiera diálogo alguno. Simplemente se enfocaron en sus labores y cada uno partió por su cuenta, no sin antes entablar una breve conversación.
—Maldición, ¿ahora cómo le explicaré a Hinata en donde estuve metido? Se supone que sólo iría a beber unas cervezas con Shikamaru —bramó el rubio mientras se sobaba el puente de la nariz con sus dedos. Permanecía sentado en la orilla de la cama—. Agh, mi cabeza...
—Miéntele —contestó el azabache, como si hubiese descubierto el mejor hallazgo del mundo.
—¡Claro! ¡Cómo no lo consideré antes! —respondió el Uzumaki con marcado sarcasmo mientras se incorporaba rápidamente. Estaba furioso y el contrario lo sabía de sobra—. Hasta luego, Sasuke.
—Cierra la puerta con llave —fue su despedida. Estaba en la cocina, bebiéndose otro amargo café.
No hubo ningún beso de despedida, ni tampoco palabras amorosas. Era bastante extraño para el Uchiha, ya que era la primera vez que discutían desde que se conocieron.
Ahora su departamento se encontraba vacío y su corazón estrujado. La compañía del silencio era todo de lo que disponía para refugiarse.
—Qué imbécil, cómo pude...—se maldijo internamente por su mal actuar mientras la palma de su mano golpeaba levemente su frente.
Como si se tratara de una epifanía, inmediatamente sacó su teléfono para disculparse apropiadamente con el rubio. Hubiese preferido hablarlo cara a cara, pero supuso que otra reunión tardaría siglos en llegar. Debía remediar su error lo más pronto posible.
«Hey. Siento haberte retardado. La próxima vez seré más comprensivo y menos egoísta». Fue lo que texteó. Tras ello, suspiró con pesadez y presionó el aparato contra su pecho.
¿Y si Naruto no estaba dispuesto a verlo en algún tiempo?
El rubio llegó a su vivienda media hora después de su partida. A trompicones, ingresó al domicilio. Subió las escaleras entre perceptibles tambaleos que delatarían su evidente estado. En cuanto abrió la puerta de la habitación en donde descansaba Hinata, se dejó caer bruscamente sobre el blando colchón. Esta acción no provocó ni el menor estímulo en su esposa... Porque ella ya se encontraba despierta. En realidad, veló toda la noche por su llegada.
La Hyūga se incorporó lentamente, procurando hacer el menor número de movimientos y ruidos para evitar que su marido despertase. A hurtadillas, robó su teléfono del bolsillo izquierdo de su pantalón y prosiguió a revisar sus mensajes.
Tan pronto como abrió la aplicación de mensajería, obtuvo lo que estaba buscando tan arduamente. La escueta disculpa del pelinegro bastó para que ella dedujera en dónde pasó la noche su esposo.
No estuvo con Shikamaru, ni con una mujer. No la había engañado cuando negó haberse acostado con otra mujer. Tampoco mintió cuando le explicó que se juntaría con un hombre. Pero la combinación de las irrefutables verdades era peor de lo que esperaba.
Le había clavado los cuernos. Con un hombre, para su mayor terror.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Sus manos sudaban y su piel se erizó. Un terrible frío se apoderó de su cuerpo, y al poco tiempo un insoportable malestar estomacal revolvió sus entrañas. Su respiración, irregular, se agitaba más con cada segundo que pasaba. No, no había manera de que esto pudiera estar pasando.
Pero ella era más astuta de lo que aparentaba, y más fuerte también. No podía perder la batalla, jamás dejaría ir a la única persona que amaba.
«Discúlpate como es debido: frente a frente. ¿Nos vemos hoy por la tarde?» escribió como respuesta. Miró la luminosa pantalla por unos segundos antes de apagarla.
Casi al instante, la pantalla brilló de nuevo. Había recibido otro mensaje.
«Claro. Déjame llevarte a comer como compensación». Y posteriormente, otro: «Hey, ¿no tuviste problemas con Hinata?».
La sonrisa que se formó en su rostro desapareció por completo. El horror la consumió, casi sintió su corazón detenerse.
Así que lo sabía. Sabía de su matrimonio, de su esposa y probablemente de su hijo. Era un descarado sinvergüenza.
El miedo se transformó en ira, por lo que tuvo motivación suficiente para seguir con su plan. Por lo que tipeó:
«Por ella no te preocupes. ¿Dónde nos veremos?».
Tras acordar la cita, eliminó todo rastro de sus fechorías. Naruto era de ella y defendería la familia que habían formado. No le importaba qué tuviera que hacer.
