—¡Vamos, pásamela a mí! —gritó enérgicamente Boruto mientras agitaba sus manos al unísono, indicando su disponibilidad.

El joven de cejas prominentes accedió, por lo que, tras burlar a los demás contrincantes, aquella acertada maniobra los condujo a la victoria.

—¡Eso es, dame esos cinco! —festejó alegremente el Uzumaki mientras corría por toda la cancha, felicitando a sus compañeros de juego.

Shikadai, pese a ser únicamente espectador, celebró internamente el triunfo de su camarada. Este gesto fue materializado mediante una leve sonrisa formada en su rostro.

—Qué tontería, ¿no crees? Hace un escándalo por un partido amistoso —opinó Inojin, quien se encontraba parcialmente recostado boca arriba sobre las gradas, con las piernas flexionadas de tal forma que le servían como una superficie para colocar su libreta . Mantenía su cabeza sobre el regazo de su amigo, de tal manera que se le facilitaba visualizar lo que trazaba.

Antes de que el Nara pudiese replicar con algún comentario sarcástico como usualmente hacía, sus músculos se tensaron al percatarse de la presencia de Shinki y Mitsuki, anticipando las futuras disputas que estaban a punto de ocurrir.

—Fue una interesante partida —aduló el castaño, dirigiéndose directamente a Boruto—. Cuando estén preparados es nuestro turno.

El rubio frunció el ceño con disgusto. Le echó un rápido vistazo al acompañante de Sabaku No, encontrándose con rostros que definitivamente aborrecía. Apretó su mandíbula, y al poco tiempo de ejecutar esa acción, bufó:

—¿Piensas que jugaré contra ti, fenómeno? —se burló el Uzumaki, menospreciando no sólo a Shinki, sino al equipo entero que lo acompañaba—. Piérdanse, imbéciles. Si no estoy en el club de baloncesto es justamente porque la mierda atrae a las moscas.

Pese al vocabulario poco amigable de Boruto, el castaño ni siquiera se inmutó. Ni tampoco Mitsuki pareció hacerlo, en realidad. Ambos permanecieron inamovibles, con expresiones faciales perfectamente neutras.

—¿Qué no escucharon? —ahora era Iwabee quien vociferaba, dado que había adoptado el puesto de guardaespaldas del rubio—. ¡Lárguense y dejen de fastidiar! —se agachó y recogió una piedra del suelo, como si aquello fuese una primitiva advertencia.

—¡Iwa, es suficiente! ¡N-No es necesario llegar a esos extremos! —suplicó Denki, quien anteriormente había estado sentado en las mismas gradas que Shikadai e Inojin, sólo que en unos peldaños más abajo. Ahora se encontraba sujetando del brazo al moreno, con vagas esperanzas de que éste lo escuchara.

—¡Apártate! —el mayor empujó a Kaminarimon, provocando que el de lentes cayera al suelo—. Este asunto es entre ellos y nosotros.

—¿Así tratan a sus amigos? —preguntó Shinki con sorna, arqueando una ceja mientras se compadecía mentalmente del indefenso Denki, quien fue auxiliado casi inmediatamente por Metal Lee.

—Y deberías ver cómo tratamos a los idiotas que no entienden un V-Á-Y-A-N-S-E —ladró el moreno—. Esta es la última advertencia.

—Ya oyeron, maricones —agregó Wasabi, cruzándose de brazos. Más que por vocación propia, quería apoyar a sus amigos.

—¡Fuera de aquí! —el moreno alzó su mano en un intento por soltar la pedrada, pero fue detenido abruptamente por la inesperada mano de Kawaki, que sujetó agresivamente su muñeca.

Tanto el albino como el castaño quedaron anonadados ante la intervención del mayor.

—No sé que pretenden, pero será mejor que no cometan estupideces —alertó Kawaki, apretando tanto la muñeca del contrario que éste no pudo evitar retorcerse—. No es una advertencia, es un hecho —su intimidante mirada logró helarle la sangre a la pandilla de Boruto, incluyendo al mismo líder.

Shikadai e Inojin observaban con suma minucia la escena, incluso este último se había incorporado y hacía rato que paró de dibujar. Situados dos peldaños debajo de ellos se encontraban Denki y Metal Lee, quienes al parecer no quisieron verse involucrados en el conflicto y, al igual que los niños de arriba, no tenían plena certeza de qué deberían hacer.

—¡S-Suéltame! —Yuino trató de sonar demandante, pero lo único que consiguió pronunciar fue un quejido patético.

Kawaki ejecutó lo pedido, pero lo soltó con tal agresividad que logró tumbarlo. Posteriormente se dirigió hacia el rubio, quien lucía como un lamentable insecto al lado suyo.

—Para ser hijo del profesor Uzumaki estás demasiado malcriado —mencionó, lanzándole una mirada llena de repudio—. Las personas como tú no deberían existir.

Y tras soltar aquella cruda frase, Kawaki se retiró. No fue necesario que sucediera algo más para que la situación se detuviera. Ninguno de los dos equipos tenía la menor idea de por qué el muchacho actuó de esa forma, o en qué momento había decidido redimirse, pero tampoco planeaban averiguarlo. Por una parte, Mitsuki lo amedrentaba con difusas miradas absortas en desconcierto, ya que era bien sabido que entre él y Kawaki siempre existió una enemistad, por lo que resultaba irreal que abogara a su favor. Boruto jamás cruzó palabra alguna con él, de hecho, era alguien con quien prefería no interactuar. Haber recibido semejantes palabras provenientes de aquel sombrío joven no era nada para tomarse a la ligera... Kawaki nunca andaba con rodeos. Quizá, por primera vez en su vida, entendió lo que era temerle a alguien.

—¡Iwabee, Boruto! —la profesora Anko se aproximó hacia ellos, caminando tan furiosamente que el sonido de sus tacones gobernó el lugar—. ¡Irán con la directora Tsunade ahora mismo!

Los nombrados pudieron divisar la tímida figura de Denki, quien se escondía detrás de ella. Sonrió débilmente en cuanto se percató de las miradas de sus compañeros, era como si se avergonzara de haberlos acusado. De haber hecho lo correcto.

Había atardecido. Naruto tenía que regresar a casa cuanto antes, o de lo contrario su esposa enloquecería. Los comportamientos erráticos de Hinata sólo empeoraron con el pasar del tiempo.

En cuanto recogió sus pertenencias se dirigió a la dirección en busca de su retoño, quien se hallaba sentado en uno de los bancos de madera. Miraba hacia la aburrida e inexpresiva pared blanca a modo de castigo.

—No soy quien para darte órdenes más allá de lo laboral —habló Tsunade, captando la atención del profesor—, pero como tu superior debo advertirte algo que ya bien conoces; si tu mocoso sigue causando problemas, lo expulsaré —la mujer frunció el ceño con evidente ira. Era bien reconocida por su corta paciencia—. No me complicaré la vida ni me tentaré el corazón. Una falta más y ese niñato estará fuera. Estás siendo demasiado blando con él, Naruto.

El nombrado sonrió apenado. No tuvo el valor de contestarle algo, de todas formas poco o nada cambiaría. Sus sentencias eran un hecho, no erró ni una palabra.

Se encaminó hasta su vehículo, acompañado de su descendiente. Eran días largos y los problemas con su familia jamás disminuían. La situación se le estaba yendo de las manos, sentía que poco a poco todo comenzaba a colapsar.

—Y bien, ¿me dirás qué sucedió esta vez? —preguntó el mayor, observando brevemente por el retrovisor el enfadado rostro de su hijo—. ¿O tendré que preguntárselo personalmente a la directora Tsunade?

—¡Denki es un traidor de mierda! —bufó Boruto, cruzándose de brazos. Al parecer, maldiciones serían lo único que saldría de sus labios.

El adulto suspiró. Intentar dialogar con su terco hijo era imposible, pero debía seguir tratando. Después de todo, era en parte su culpa que fuese así de grosero e impertinente.

Durante el resto del viaje prevaleció el silencio. Naruto aparcó en la cochera, y una vez que todo parecía estar en orden, ambos se dirigieron a la entrada de su casa. El adulto rebuscó las llaves de la puerta en su bolsillo, y mientras lo hacía decidió empezar su sermón:

—Boruto...—mencionó, intentando llamar la atención del nombrado—. ¿De nuevo peleaste por el mismo tema, hijo? ¿Tanto te molesta la existencia de Shinki? —cuestionó durante una pausa que pareció eterna. Finalmente sacó las llaves y las introdujo en la cerradura—. ¿Qué hay de malo con ese niño?

—¡Ya hemos hablado de esto, papá! —el menor se cruzó de brazos, manteniéndose reacio a su postura—. ¡Él no es normal y nunca lo será!

—¿Por qué no lo es? ¿Es porque tiene dos padres? —interrogó. En ese momento se abrió la puerta, pero no precisamente por acción suya.

—¡Exactamente por eso! —exclamó su hijo, desesperado—. ¡Eso es pecado, jamás serán perdonados por Kaguya

—Boruto tiene toda la razón —intervino una tercera voz, proveniente de la persona que abrió la puerta desde el interior—. Buenas noches, yerno. Ha pasado un tiempo desde la última vez que nos vimos —el anciano sonrió ampliamente. No era una sonrisa cálida, ni una burlona. Era mucho más siniestra y malévola de lo que Naruto podría describir. No era precisamente falsa, pero había algo en ella que le erizó la piel.

El Uzumaki mayor miró de reojo el interior de su vivienda. Su esposa se hallaba sentada a la mesa, y en cuanto sus miradas se encontraron, ella lo esquivó por completo. Parecía avergonzada, o más bien... Culpable.

—¡Abuelo! —chilló Boruto mientras se abalanzaba hacia él, atrapándolo en un efusivo abrazo. El anciano correspondió el gesto.

—Naruto, hay asuntos que me es menester tratar contigo. De hombre a hombre. ¿Por qué no me acompañas a dar una vuelta, hijo? —sugirió el Hyūga, aunque más bien sonaba como una orden.

Y de nuevo, esa repulsiva sonrisa adornó su rostro. Podía sentir como cada fibra de su cuerpo le imploraba que se alejase, que simplemente se echara a correr sin mirar hacia atrás y volviera cuando el viejo estuviese fuera. Sin embargo, se convenció a sí mismo de que estaba siendo paranóico, por lo que terminó accediendo a la petición.

Su corazón dio un vuelco tras ignorar sus especulaciones. Pero ya no había marcha atrás; estaba sentado en el asiento del copiloto mientras Hiashi conducía hacia alguna parte en esa fría y desolada noche.