Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es MeilleurCafe, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to MeilleurCafe. I'm only translating with her permission.
Capítulo 3
El restaurante era muy pequeño, ocupaba el piso inferior de una casa renovada en Greenwich Village. Edward observaba mientras Bella estiraba su cuello para mirar las brillantes paredes color amarillo y rojo. Cada mesa pequeña estaba pintada con grandes girasoles o lirios.
—Diego Rivera —masculló.
Edward asintió con la cabeza en reconocimiento.
—El MoMa tendrá una exhibición de los murales de Rivera en noviembre —dijo mientras se sentaban—. Podríamos regresar cuando esté abierta.
—Eso suena increíble. Me encantaría ver esos murales. He oído mucho sobre ellos —contestó Bella.
—Aunque me gustaría ir de nuevo antes del otoño. —La expresión de evidente esperanza en su rostro, sin astucia o actitud, fue directo al corazón de Bella.
Él realmente quiere estar conmigo. El margen de incredulidad que ensombrecía la afección de Bella por Edward se redujó incluso más. Estas señales físicas —la sinceridad en sus ojos y la suave honestidad de su tono— coincidían con todo lo que él había dicho desde ese día en las canchas de la calle 4, y eran como un aislante contra sus frías inseguridades. Ella podría permitirse pensar que todo esto podía ser real.
—Oh, por supuesto que lo haremos. Iremos otra tarde, si tenemos que hacerlo —dijo ella con atrevimiento. La galería, diablos, todo el quinto piso, le pertenecía a ellos ahora, a pesar de todas las personas con las que tuvieron que compartirlo.
Edward sonrió, deseando mucho besarla pero pensando que esperaría y saborearía la experiencia mucho más luego.
Las mesas estaban presionadas entre sí. La conversación no era exactamente privada, pero no habían muchos clientes, ya que la hora de la cena estaba terminando.
—Tienes que ser prácticamente bidimensional para trabajar aquí —observó Edward mientras una camarera de complexión pequeña navegaba hábilmente por el pequeño espacio—. Pero la comida es realmente buena.
Se quedaron en silencio mientras estudiaban los menúes que les habían acercado.
—¿Qué te gusta aquí? —preguntó Bella.
—Todo —respondió él, sonriendo. Frotó su dedo índice contra su mentón—. Su chile relleno es excelente. —Entonces, señaló hacia un tablero negro ubicado en la pared opuesta a donde se sentaban—. Lo que sea que tengan para cenar esta noche probablemente sea increíble también.
Una familia sentada a dos mesas de distancia se puso de pie para marcharse. Mientras los padres juntaban sus cosas, su pequeño hijo caminó cerca de Edward y Bella, concentrado atentamente en el coche de madera que sostenía. Bella se inclinó ligeramente hasta captar su mirada, y él le sonrió tímidamente.
Él tenía un hermoso cabello rubio y rizado, y mejillas regordetas como una ardilla rayada, y Bella se rio maravillada con su perfección en tamaño pequeño.
—Hola, pequeño —dijo ella con cariño.
El niño se acercó y extendió el juguete en su mano para mostrárselo.
—Uh, ¿qué tienes allí? —le preguntó.
—Coche —respondió orgullosamente.
—Es un coche increíble —dijo ella con entusiasmo—. ¡Apuesto que va muy rápido! —Los padres esperaban pacientemente, sonrientes ante la atención mostrada a su hijo.
El niño asintió y se agachó para rodar su coche por el suelo, sus overoles abultándose a los costados. Sonriendo, miró a Bella en busca de su reacción.
—¡Tienes mucha suerte! Jamás he visto un coche ir tan rápido —lo elogió—. ¿Cómo te llamas?
—Matthew —dijo, aunque sonó "Matt yu". Bella no sabía si era un acento neoyorquino o simplemente vocabulario de niños, pero creía que era adorable de todos modos.
Su padre le hizo señas para que el niño fuera con ellos.
—Vamos, pequeño, es tarde. Es hora de ir a casa.
Bella les sonrió a la mamá y al papá.
—Su hijo es adorable. —Saludó con la mano mientras el bebé se alejaba—. ¡Adiós, Matthew!
Edward observó este intercambio primero con diversión, y luego con una sensación de calor que llenaba todo su ser. Bella le habló al niño con tanta simpatía e interés—todo un impulso natural, y no algo hecho simplemente para su beneficio.
—¿Sabes? —dijo él—. Normalmente, no me gusta ser eclipsado por otro tipo cuando estoy en una cita.
Bella sonrió.
—Espero que se lo dejes pasar debido a su inexperiencia juvenil.
—Sí, pero más porque fue demasiado adorable —dijo. Ella se sonrojó y bajó la mirada a su regazo.
—No, en serio. Mis ovarios están explotando aquí.
Ella rio.
—Eres tan gracioso.
—¡Lo digo en serio! Estoy listo para tener un hijo contigo ahora mismo.
Bella arqueó una ceja sarcásticamente, y esta vez el rostro de Edward se puso rojo.
—Ah, está bien, déjame retroceder aquí. —Segundo intento—. ¿Te gustan los niños?
El rostro de ella se iluminó.
—Oh, sí. Mucho.
—¿Entonces tienes hermanos? ¿Hermanas?
Ella negó con la cabeza.
—Soy hija única. Mi mamá es una especie de espíritu libre. Creo que un hijo era todo con lo que podía lidiar —confesó.
—¿Una espíritu libre casada con un policía? —Ahora era el turno de Edward para enarcar una ceja.
—Lo sé, ¿cierto? Son bastante diferentes, pero son una de esas parejas que lo hacen funcionar. Mi mamá pasa de una cosa a otra. —Bella hizo un gesto como si estuviera saltando sobre damas en un tablero—. Ella dio clases de cocina vegetariana, y luego de yoga; hizo adornos de vitral y los vendía, y ahora creo que está asistiendo a un curso para ser una asesora de vida. Y mi papá… él siempre ha sido un policía en Forks. Trabajó duro para llegar a ser el jefe.
La camarera expertamente colocó los cuencos de guacamoles y papas fritas en el medio de su mesa.
—¿Te molestó ser hija única? —preguntó Edward.
—A veces —contestó Bella pensativamente. Ella tomó una papa y la inspeccionó por tamaño, y entonces la sumergió en la salsa—. No era la niña más extrovertida, así que no tenía muchos amigos. Y a veces, deseaba tener a alguien con quién hablar sobre las cosas de mi familia. Mis padres se llevan muy bien, y sé que se aman, pero tienen sus momentos. Hubiera sido bueno tener a alguien más allí. Como un mediador.
Edward se había cruzado de brazos sobre la mesa y se estaba inclinando hacia adelante, escuchando atentamente y observando sus movimientos mientras hablaba.
—Serías muy buena con tus hijos.
Bella tomó un sorbo largo de cerveza, apreciando que el alcohol le quitara los nervios. Este era un tema importante, y había surgido rápidamente. Al menos, parecían estar en la misma página con respecto a ello.
—Eso espero, algún día —dijo ella con cuidado—. Fui niñera por mucho tiempo. Era una buena manera de ganar dinero cuando era adolescente, pero también lo disfruté.
Ella observó cómo Edward acariciaba el cuello de la botella con esos dedos largos y elegantes, exactamente como lo había hecho en el bar Chelsea la noche en que se habían conocido. Era igual de hipnotizante, y Bella se movió un poco en su asiento.
—¿Tienes algún hermano o hermana?
Edward frunció el ceño un poco por un segundo, y entonces bajó la mirada a la mesa.
—No. Soy hijo único como tú, pero no comenzó de esa forma.
Bella estaba confundida.
—No estoy segura de a qué te refieres.
—Tuve un hermano. Él murió cuando él tenía seis y yo ocho años.
Pasmada, Bella se reclinó en su silla. Edward parecía una de esas personas que lograba escapar del dolor que le afectaba a la mayoría de los demás en un momento u otro. Él siempre se encontraba tan feliz, siempre con ese sentido del humor… pero entonces, ella había captado vistazos de su intensidad en la cancha de baloncesto, en el museo, incluso mientras solo hablaban. Ella jamás hubiera adivinado que algo como esto podría ser una de las razones para ello.
Bella se sentía mal de haber sacado un tema complicado, pero una vez que vio la expresión en el rostro de Edward, todo lo que quería hacer era consolarlo. Tomó su mano.
—Eso… Eso es desgarrador. No puedo imaginar lo duro que fue para ti. —Por un momento, se quedaron en silencio, y entonces Bella, valiente frente a su tristeza, habló de nuevo—. Cuéntame sobre él —dijo, frotando su pulgar sobre la palma de él.
Él parecía sorprendido al principio, y entonces agradecido de que Bella no preguntara cómo había muerto su hermano, sino que quiera saber sobre su vida.
—Su nombre era Garrett, y era un enorme dolor en el trasero —dijo él, riendo—. Jamás podía quitármelo de encima. Me seguía a todas partes. Se parecía a mi papá, rubio y de ojos azules. Como el pequeño que acabamos de conocer —añadió suavemente, señalando a la mesa donde se había sentado el pequeño—. Yo me parezco a la parte de la familia de mi mamá.
—Tu tía Maggie debe ser la hermana de tu mamá —dijo Bella.
Él sonrió de nuevo.
—La recuerdas.
—Eh, diría que ella es bastante inolvidable. —Bella sonrió y se reclinó de nuevo cuando la camarera se acercó con su cena—. Es divertido hablar con ella.
—Sí, tiene una gran bocota —dijo él, poniendo los ojos en blanco—. Pero ella hizo mucho para ayudarme a mí y a mis padres a superar la muerte de Garrett.
—A él le encantaba el baloncesto. Siempre intentaba lanzar al aro que teníamos afuera en nuestro garaje, pero siempre fallaba. Era demasiado bajo, a pesar que mi papá lo instaló bajo para nosotros.
—¿Es por eso que es tu juego ahora? —preguntó Bella.
Tan perceptiva. Ella sabe las cosas no dichas.
—Eso se podría decir. —Edward tomó su tenedor pero lo giró en sus dedos distraídamente en vez de comer.
—Él era inteligente. Diablos, era tan inteligente. Aprendía rápidamente todo lo que le ponían en frente en primer grado. La escuela estaba a punto de ascenderlo un grado cuando se enfermó. —Bella asentía y escuchaba, silenciosamente alentándolo a que siguiera.
—Lo único bueno, si podías decir eso, era que él no estuvo enfermo por mucho tiempo. Tenía leucemia agresiva. Intentaron todo, pero… —Edward negó con la cabeza—. No se pudo hacer mucho.
—Apuesto que eran los mejores amigos a pesar de que te volvía loco.
Él negó con la cabeza con tristeza y rio.
—Sí, lo éramos. Lo amaba a pesar de que no lo supe por la mayoría de su vida. Cuando se enfermó, no tenía idea de lo significaba. Simplemente asumí que regresaría del hospital.
Había una pesadez en los ojos de Edward que ella nunca antes había visto. Su vulnerabilidad, ahora tan visible, la hacía sentir protectora con él. Si no podía ir atrás y cambiar lo que pasó, quería asegurarse de que él nunca sufriera así de nuevo.
—Cuando me contaron que él había muerto, no se sintió real. No era porque era joven y no podía… procesar la muerte. Simplemente no podía creer que le sucediera a él. A nosotros, a mi familia.
»—Y entonces, después de eso, estuve molesto. —Edward comenzó a hablar con honestidad, diciendo cosas que jamás le había dicho tan abiertamente a otra persona—. Molesto con el mundo, con Dios, con mis padres. Y realmente molesto conmigo mismo, porque no lo protegí como un hermano mayor debería.
—No podías —dijo Bella con fervor—. Tenías ocho años. No había nada que pudieras haber hecho.
—Sí, lo sé. Simplemente sentía que debería haber podido, ¿sabes? —Hizo una mueca—. Dolió, pero no era nada como lo que mis padres sintieron.
—No puedo imaginar una sensación más impotente.
—Fue peor para mi papá. Él es médico, y a pesar que llamó a todos los especialistas que pudo encontrar, no pudieron encontrar un tratamiento que funcionara. Quizás, si hubiera sucedido hoy… —Edward miró por la ventana de nuevo, su voz disminuyendo.
Bella buscó las palabras correctas.
—Desearía haber tenido la oportunidad de conocerlo. Lamento mucho que lo perdieras tan pronto. Hubieras sido incluso un mejor hermano con el paso del tiempo. —Ella creía que se quedaba corta, pero Edward podía ver la compasión en sus ojos. Su deseo de consolarlo llegaba al lugar donde él había mantenido vivo a Garrett todos estos años.
—Sé que así lo crees —respondió él en un susurro—. Puedo sentirlo. Y gracias. No he hablado con nadie sobre esto en años. Se siente bien contártelo.
—Estoy feliz de que lo hicieras. Quiero decir, estoy contenta de que te sintieras lo suficientemente cómodo para contarme. Es doloroso hablar de ello.
Siguieron comiendo, sus cenas se habían enfriado un poco.
—Hay muchas mujeres que sentirían lástima pero no mucho más —dijo Edward, cortando el gran pimiento en su plato—. Ellas no verían cómo es algo que no puedes ignorar u olvidar. Pero tú… Tú sabes eso.
Bella bajó la mirada. Comenzaba a preocuparse de que su opinión sobre ella fuera un poco demasiado optimista, y eso solo quería decir que estaría decepcionado.
—No estoy segura de que soy tan buena, Edward —dijo ella con cuidado—, pero siempre haría lo que creo que sea mejor. Siempre voy a escuchar. Puede que no sepa decir lo correcto, pero por ti, lo intentaría.
Él sonrió genuinamente por primera vez en una hora, y suavizó su línea de mandíbula y trajo de vuelta las arrugas que se formaban alrededor de sus ojos cuando sonreía.
—¿Ves, eso justo allí? Lo intentarías. Y eso solo… no sabes lo mucho que importa.
Ella sacudió la cabeza.
—Desearía tener mejores instintos para saber hacer o decir lo correcto en una situación. Honestamente, Edward, no siempre soy tan rápida. —Ella le sonrió de manera apologética.
—¿De qué hablas? —reprendió él—. No se trata de ser inteligente, aunque lo eres, ¿sabes? Definitivamente lo eres. —Ella comenzó a protestar cuando él la calló—. Hay muchas cosas más importantes que eso, cosas sobre ti que puedo ver, y me dicen que lo que acabas de decir no es correcto.
Él tomó su mano derecha en su izquierda y las giró para que ambas estuvieran mirando arriba sobre la mesa. Con su dedo índice derecho, él suavemente trazó una línea desde la parte inferior de la palma hasta la punta del meñique de ella.
—Hablas con tus manos. Eso me encanta. Conozco ese lenguaje —dijo él, con una pequeña sonrisa curvando una esquina de su boca.
Llevando su dedo hacia su muñeca de nuevo, él lo subió lentamente por su palma y hasta la punta de su dedo anular.
—Te gusta hacer feliz a las personas, incluso a niños pequeños que no conoces en un restaurante de Nueva York. Apuesto que haces eso incluso cuando tú misma no te sientes feliz.
Bella escuchaba, incapaz de moverse, mientras él le contaba estas cosas que importaban.
—Probablemente no te des cuenta de esto, pero todo lo que sientes se refleja en tus ojos. Puedo verte y saberlo con seguridad como si tú lo estuvieras diciendo. Y todo es verdad. —Aún presionando ligeramente, él se deslizó por su mano hasta la punta de su dedo del medio.
—Sientes que lo que dices o piensas es insignificante y que eso te hace insignificante; pero estás muy equivocada por eso. No hay muchas personas como tú, y créeme, lo sé porque he buscado. —El dedo índice de Edward tocó el suyo, trazándolo hasta llegar a la punta. Ella levantó la mirada entre lágrimas y vio sus ojos verdes y oscuros observarla con una profundidad que la conmovió tanto y clavó sus pies en la tierra.
Él finalmente frotaba su dedo sobre la articulación cerca de su pulgar.
—Tienes un corazón que es demasiado grande para esta ciudad. Y por tan grande que sea, temo que saldrá lastimado. Quiero asegurarme de que eso nunca suceda —dijo. Sin decir nada, dibujó círculos alrededor de su palma.
—¿Cómo haces eso? —susurró ella finalmente.
—¿Hacer qué?
—¿Cómo siempre sabes decir las cosas correctas?
—Porque es todo real para mí. —Tocó cada una de las puntas de sus dedos como si estuviera haciendo una lista—. Cada vez que te veo o hablo contigo, encuentro algo nuevo que realmente me gusta.
Varias lágrimas cayeron por las mejillas de Bella. Él se inclinó sobre la mesa para quitarlas, y entonces sostuvo su rostro en sus manos.
—No llores. Quiero que seas feliz —dijo con cariño.
—Soy feliz —contestó ella. Por una vez, no tenía que convencerse a sí misma.
Él se mordió el labio para contener la risa.
—Cariño, si así eres feliz, no puedo esperar a ver Titanic contigo. —Alejando su silla, él se inclinó aún más y la besó cariñosamente—. Es tarde. Deberíamos irnos.
Salieron a la cálida noche de junio, tomados de la mano mientras Greenwich Village se abría a su alrededor. Docenas de parejas de todas las edades y creencias estaban afuera esta noche, y en cualquier otro momento Bella disfrutaría de la mezcla de personas a la vista. Pero todo en lo que ella podía concentrarse ahora era en su necesidad de besar a Edward de nuevo.
Ella lo tomó del frente de su camisa y lo jaló hacia una vidriera. Él soltó un sonido de sorpresa que se transformó en un gemido de placer mientras su boca buscaba la suya agresivamente.
Todo lo que él le había dicho en el restaurante la abrumaba demasiado, tenía que devolverle algo. Quería decirle lo mucho que significaba para ella que, por una vez, la manera en que alguien la describía la hacía sentir libre en vez de restringida, pero ella aún no tenía las palabras. Era más fácil, y rápido, y probablemente más significativo simplemente besarlo.
Edward estaba emocionado con su contundencia. Ella lo deseaba y parecía lo suficientemente segura para hacérselo saber. Él quería que se sintiera cómoda.
Bella realmente podía besar, especialmente cuando se sentía cómoda.
Su boca era suave pero insistente, y él inclinó la cabeza así sus labios se encontraban con facilidad. Él gruñó de nuevo cuando sintió su lengua deslizarse por su labio, y entonces abrió la boca voluntariamente. Edward envolvió un brazo alrededor de su cintura y levantó su otra mano para sujetar la parte trasera de su cabeza. Ella sabía a dulzura, gratitud, y comida mexicana.
Hola, ardor.
Bella se apartó primero, después que el sonido de pisadas en la acera le recordara que se encontraban en público. Edward la soltó a regañadientes, y besó alrededor de su rostro hasta que ella abrió los ojos para ver un brillo rojo un poco extraño en sus mejillas.
—¿Te hice sonrojar? —bromeó ella.
—No, pero… bueno, puede que sea eso. —Su mirada estaba dirigida a la vidriera detrás de ella. Un enorme maniquí con una postura provocativa tenía puesto un corsé, una tanga, unas medias que llegaban al muslo y tacones. El resto de la ventana contenía estantes de juguetes sexuales y accesorios. Todo el exhibidor estaba iluminado con un gran foco rojo que brillaba por la ventana y pintaba la piel de Edward, ya que él estaba mirando hacia la tienda.
Bella ardía con vergüenza.
—Oh, por Dios. Por favor, vámonos.
—¿Estás segura? Podríamos ver sus horarios mientras que estamos aquí.
—Vamos —gruñó ella, jalando de su camisa de nuevo.
Eran casi las once, y Bella intentaba esconder sus bostezos mientras esperaban en la plataforma del metro. Edward observó con creciente cariño cada vez que sus párpados se cerraban. Había sido una noche increíble, especialmente considerando que comenzó con un exhibicionista, pero no quería agotarla. Pensó en los momentos juntos que vendrían en su futuro, y su garganta se cerró al darse cuenta cómo todo sería diferente ahora simplemente porque fueron afortunados de conocerse por casualidad. (Ciertamente con un poco de ayuda de Rose.)
—¿No seguirás el viaje? —preguntó Bella mientras bajaban del tren juntos.
—Nah, te acompañaré hasta tu apartamento. Puedo regresar al tren L luego.
—Es tarde. Tienes que trabajar mañana también —notó ella.
—En serio, está bien. Quiero ver que llegues a casa.
Tomaron el ascensor hacia el quinto piso de su edificio y giraron hacia un pasillo estrecho y largo típico de edificios de apartamentos de Manhattan: temperatura siempre controlada a los 37 grados, no importaba la temporada.
—Eh… estoy justo aquí —dijo Bella, y entonces se detuvo frente a la puerta, mirando al suelo.
Edward esperó, girando un mechón de su cabello alrededor de su dedo. Podía ver que ella quería decir algo pero su timidez había regresado.
Ella tomó su mano y encontró su mirada de nuevo.
—Deseo poder invitarte a pasar —susurró ella, a pesar que estaban solos en el pasillo. Sus ojos estaban llenos de intención, y Edward sintió su estómago dar un vuelco, no de manera desagradable.
—Deseo poder entrar —dijo él—, pero no creo que sea la noche indicada…
Ella asintió.
—A pesar que Angela está durmiendo, quisiera que ella supiera que estarás aquí. Y, como sea —Suspiró—, son, ¿qué? —Ella le echó un vistazo a su reloj por primera vez en toda la noche—. Once treinta. —Con una sonrisa triste, dijo—: Lo siento. Tengo el sueño un poco ligero.
—No te disculpes. Podemos tener muchas noches más juntos. —Esta era una oferta, pero él quería estar seguro de entender lo que ella había dicho, así que dejó que ella decidiera si lo tomaba o lo dejaba.
Bella sonrió de nuevo, y su mirada estudió su rostro, terminando en sus labios.
—Eso espero. Me encantaría.
Edward dio medio paso y jaló a Bella hacia él. Puede que tuviera que esperar para más, pero era el último beso de la noche, y haría que valiera la pena.
Llevó sus manos hacia el rostro de ella, uniendo sus labios firmemente. Cuando abrió la boca contra la de Bella, ella respondió con entusiasmo. Edward deslizó sus manos primero hasta sus hombros, luego hasta su cintura, antes de presionarla contra la pared repentinamente, su aliento ahora brusco y acelerado. Una de sus piernas se abrió camino entre las suyas. Ella las abrió aún más y se apoyó sobre su muslo, arqueando sus caderas, mientras sus bocas continuaban el intercambio más caliente que Bella había sentido en su vida. Hubiera sido frustrante saber que tenía que terminar sin tal promesa.
Edward movió sus manos lentamente por sus costados, rozando sus pechos antes de sujetar su rostro de nuevo. Jadeando, descansó su frente contra la de ella. Sus ojos estaban cerrados, y Bella lo observó, cautivada por su expresión intensa. Ella podía suponer por qué parecía tan concentrado.
—Edward —susurró, acariciando sus mejillas con las puntas de sus dedos.
Él abrió los ojos y sonrió.
—Estoy aquí —dijo.
Ella lo besó de nuevo, una caricia suave de labios.
—¿Me prometes algo?
—Lo que sea. —Lo que sea.
—Retomemos donde lo dejamos muy pronto.
Está bien.
—Está bien.
—Llámame cuando llegues a casa.
—Estaré bien, Bella. Llegaré a casa bien.
—Lo sé. —Ella jugó con su cabello un poco, apartando las mechas cortas de su frente—. Quizás solo quiero que tus palabras sean las últimas que escuche antes de quedarme dormida.
—Eso casi me hace querer irme. —Después de un último beso, Edward la miró entrar por la puerta y despedirse con la mano.
Él caminó lentamente de vuelta a la estación, esperando haberse calmado lo suficiente para evitar llamar mucho la atención. La plataforma estaba desierta, y el L cooperó de nuevo ya que un tren llegó en minutos.
Él deseaba que la noche no hubiera volado tan rápido.
Deseaba que hubieran tenido mucho más tiempo juntos.
Deseaba que no tuvieran que trabajar al día siguiente, porque quería que ese tiempo continuara hasta la mañana.
Pero todos esos deseos tendrían que esperar, así que Edward se encontraba de regreso en su guardia ocho horas después. Sus rondas los siguientes días no trajeron nada inusual hasta el martes. Cruzando la avenida Lexington en la 63, divisó a un hombre cerca de su edad vistiendo al estilo Tío Sam con una chaqueta estilo azul y blanca, un sombrero de rayas colores rojo y blanco, Converse negras, ropa interior ceñida color azul, y nada más.
—¡OYE! ¡Oye, tú! ¡Capitán Calzoncillos! ¡Detente!
—¡No puedo! ¡Voy tarde! ¡Voy tarde! —repitió el tipo.
—Oh, lo entiendo. El sombrero loco, ¿eres como el sombrerero? ¿Alicia en el País de las Maravillas? —Edward sabía que era el conejo el que iba tarde, pero supuso que la distinción pasaría desapercibida con este tipo.
—¿Qué? No. —Capitán Calzoncillos lucía confundido—. Tengo que llegar a casa para vestirme. —Señaló a sus piernas peludas, como si la visual explicara todo—. Llego tarde a trabajar.
Edward resistió la tentación de preguntar cómo terminó aquí en la calle medio desnudo.
—De acuerdo. ¿Dónde vives?
—En West Side, frente al parque High Line.
— ¿Qué estás haciendo aquí?
—Estaba visitando a un amigo —dijo evasivamente.
—¿Celebrando el Cuatro de Julio un poco temprano?
—Sí, supongo que podrías decir eso. —Sonrió nerviosamente.
Edward notó que el hombre no parecía estar drogado. Aunque podría aún tener drogas en él. Podrían estar en los bolsillos de su chaqueta y no en su ropa interior, la cual luce demasiado ajustada como para guardar algo más que sus genitales.
Él debatió qué tan lejos llevar esto, y entonces decidió que no quería llevar a Capitán Calzoncillos a la estación. Desafortunadamente, aún lo tendría que cachear para asegurarse de que no cargaba nada ilegal. El tipo probablemente solo era culpable de pobres decisiones sartoriales, pero Edward sabía que no podía arriesgarse. Había policías que seguían su intuición y dejaban ir a las personas, y entonces se enteraban de la dura manera que estaban equivocados.
—De acuerdo, señor —dijo, suspirando—. Quítese las zapatillas, levante los brazos, apoye las manos aquí —Señaló a la pared más cercana—, y separe los pies.
—No hice nada malo —protestó el tipo.
—Estoy seguro que no lo hizo, aunque la manera en que está vestido no es exactamente correcta, incluso para un día caluroso. Acabemos con esto.
Edward colocó una mano en la espalda del tipo y tomó una zapatilla con la otra, balancéandola contra su pecho. Tratando de no poner una cara, revisó su interior y no encontró nada, entonces repitió el proceso con la otra zapatilla.
Él cacheó el trasero y la ingle, haciéndolo lo más rápido y ligero posible. No había nada allí que no debía estar. Edward quitó el sombrero del hombre, pasó una mano por el interior y luego revisó los bolsillos de la chaqueta. Encontró una billetera.
—¿Esto es tuyo?
—Sí. No me la vas a quitar, ¿no?
Edward ignoró la pregunta.
—¿Cómo es que tienes una billetera si perdiste tus pantalones? —preguntó Edward.
—Estaba metido entre los almohadones del sofá donde me quedé dormido. Encontré mis llaves allí también, gracias a Dios.
Edward sacó las llaves del bolsillo de la chaqueta, las observó, y luego las volvió a guardar.
—Muéstrame tu licencia —instruyó. Él estudió la dirección y le pidió ver todo lo que había en el interior. Parecía que el tipo estaba limpio, solo con resaca, si el atuendo y el aroma a licor eran alguna indicación.
—Escucha, no puedes ir caminando por ahí así —dijo Edward duramente.
—¡No estoy desnudo!
—Sí, pero ¿quién sabe cuánto tiempo va a durar eso? Voy a llamar a una patrulla, y te llevaremos a casa.
—¿Pueden hacer eso? —dijo con sospecha el Capitán Calzoncillos.
—¿Por ti? Lo que sea —contestó Edward—. Además, tengo una novia, una mamá, y muchas tías que vienen a Manhattan todo el tiempo. Quisiera asegurarme que no sean sometidas a tu esplendor patriótico.
Novia. Esta era la primera vez que Edward había puesto otro nombre para ella además de Bella, a pesar que él lo había sentido en sus huesos casi desde el comienzo. El "clic" de esta comprensión era casi audible. Algún día, una palabra menos juvenil sonaría mejor, pero "novia" estaría bien por el momento.
Edward se comunicó por radio con uno de sus compañeros para que trajera una patrulla y quitaran al Capitán de la calle. Esperaron en la acera hasta que el coche llegó alrededor de diez minutos después. Capitán Calzoncillos se movió impacientemente de lado a lado, lo cual hizo sospechar a Edward de que él estaba drogado después de todo. Sus ojos estaban rojos, aunque eso fácilmente podría ser por el alcohol.
Edward se preguntaba qué podría llevar a alguien al punto de caminar por uno de los vecindarios más élites en el país vistiendo solo ropa interior ajustada y una chaqueta con brillos. Como policía, Edward había visto mucho peor, pero aún así—incluso después de una noche de fiesta en la universidad, él jamás había sido pillado con los pantalones abajo, o desaparecidos, así. Sus amigos lo hubieran llevado a casa si tenían que hacerlo.
—Hola, Al —saludó al policía que estacionó.
—¿Qué tenemos aquí? —Al era un gruñón reticente con varias décadas en la fuerza. Si él se hubiera cruzado con este personaje caminando por Upper East Side, probablemente lo hubiera arrestado sin pensarlo dos veces.
—Aquí el Sr. Peter Dombrowski necesita que lo lleven a casa. —Edward tomó la cabeza del tío Sam y lo ayudó a meterse en la parte trasera del coche—. ¿La dirección en tu licencia aún sirve? —preguntó.
—Sí. —Peter lucía desalentado y un poco ridículo detrás de la rejilla que separaba los asientos delanteros de los traseros de la patrulla.
Al condujo alrededor de los coches que se habían estacionado a pesar que las luces no estaban encendidas. Edward notó afortunadamente que él estaba tomando el camino más rápido hacia el vecindario High Line.
—Y bien, ¿cómo terminaste caminando en el Upper East Side, con poca ropa y sin depilar? —Edward preguntó a su pasajero.
—Estaba en una fiesta. Supongo que me quedé dormido, y cuando desperté, todo lo que tenía puesto era mi ropa interior. Todos se habían ido. Lo único que pude encontrar para ponerme fue esta chaqueta. —Peter hizo silencio por un momento—. El sombrero estaba allí, así que también lo tomé. —Un suspiro—. Parecía correcto hacerlo en ese momento.
Edward creyó que ese último comentario probablemente fuera el tema para toda la noche de Peter.
—¿Qué tan ebrio estabas? —preguntó, más curioso que otra cosa.
Peter contrajo su rostro.
—¿Esa es una pregunta trampa?
—Te puedo arrestar si estás borracho, pero no si estuviste borracho. Afortunadamente para ti, tener resaca no es un crimen, por sí mismo.
—Por sí mismo. —Al resopló bajo su aliento. Edward le dedicó una cara molesta. Típico de Al, él no le permitía zafarse de nada fuera de la jerga neoyorquina.
—¿Vas a atravesar el parque? —preguntó Edward mientras doblaban a la izquierda en la calle 66.
—Sé cómo llegar a High Line, Picasso.
Se comenzó a circular alrededor de un año atrás que a Edward le gustaba el arte. Los otros policías se burlaban de él por ello, y él había aprendido a vivir con eso. Sabía que lo separaba aún más del resto —no todos, pero muchos— de los chicos de clase trabajadora en la fuerza. Cada cierto tiempo, salía con otros oficiales de su delegación cuando terminaba la guardia. A él le agradaban lo suficiente y sabía que todos cuidaban del otro cuando las cosas se ponían difíciles. Pero la verdad era que él tenía más en común con chicos más jóvenes y solteros como Emmett y Jasper. Los hombres de mediana edad de su profesión tenían familias y preocupaciones sobre trabajar horas extra mientras que necesitan tener reuniones con los maestros.
Edward dejó pasar el comentario de Al. Estaba aprendiendo a cuándo defenderse a sí mismo y cuándo dejarlo pasar. En cambio, observó a la gente cerca de Central Park como si estuviera buscando a un sospechoso.
Los grupos de transeúntes se abrían paso para dejar que el coche pasara mientras Al expertamente maniobraba por la calle 65 de manera transversal. La radio graznaba cada par de minutos con conversaciones apenas comprensibles entre el operador y los otros oficiales. Edward escuchó con atención normal a medias, en caso de que alguien de la delegación los estuviera llamando. Su mente se encontraba mayormente en Bella.
Doblaron a la izquierda en la calle 30 y cruzaron hacia la avenida 11 cuando Peter educadamente dio un golpecito en la rejilla que separaba los asientos traseros de los delanteros.
—Esta no es una escuela católica. Puedes hablar sin levantar la mano —le informó Edward.
Peter señaló al edificio bajo a su derecha.
—Mi apartamento se encuentra justo aquí.
Edward había memorizado la dirección en la licencia de conducir, y notó que encajaba con su ubicación. Al se detuvo y Edward se bajó, y entonces dejó que Peter bajara del asiento trasero.
—Esperaré aquí hasta que entres. —Dudaba que Peter hiciera algo problemático, pero valía la pena esperar esos minutos extra.
Peter entrecerró los ojos, ajustándolos bajo la luz del sol.
—¿Por qué te llamó Picasso?
Edward señaló a su uniforme.
—Este es mi período azul. Ahora, ve a casa, vístete, y jamás deja que te vea de nuevo sin estar completamente vestido.
—Sí, oficial —dijo Peter avergonzadamente. Adicionalmente, añadió—: Gracias.
El calor de finales de junio traía una lista de peculiaridades a las personas que casualmente estaban en la ciudad. Los temperamentos se disparaban cuando los termómetros subían, y Edward sabía por experiencia que mucho sucedía durante el verano, gran parte en el exterior.
Había bichos raros mucho peores que el Capitán Calzoncillos en Nueva York. Edward estaba preocupado de que su novia se cruzara con alguno de ellos. (Él estaba seguro que su mamá y sus tías podrían derribar a un rarito más rápido de lo que él podría, verbalmente o de otra manera.) La sensación de impotencia al respecto le molestaba cada vez más. Quizás él estaría menos preocupado si no estuviera expuesto a los criminales todos los días, pero mientras más pensaba en ello, más sabía que jamás superaría esta necesidad de mantener a Bella a salvo—más que a salvo, incluso. Más cómo, mucho menos vulnerable a estos elementos.
Había tanto que sabía que podía ir mal. A pesar que Bella era muy capaz de cuidarse a sí misma, y lo había hecho desde que se mudó a la ciudad hace más de un año, Edward aún sentía el impulso de protegerla. Simplemente no sabía cómo reaccionaría ella a eso.
La patrulla había regresado al Upper East Side. Edward echó un vistazo a su reloj y vio que era casi la hora del almuerzo.
—Oye, voy a buscar algo para comer. Déjame en Lexington y la 68 —le instruyó a Al.
Edward se bajó del coche antes que se hubiera detenido por completo. Caminó por la calle hasta que se encontraba a mitad de la cuadra y frente a la entrada que buscaba.
Él se detuvo junto a la recepción para charlar brevemente con el guardia de seguridad como una inversión en benevolencia antes de dirigirse a los ascensores. Mientras esperaba que llegara uno vacío, Edward dio golpecitos en su gorra impacientemente contra su muslo. Solo habían pasado un par de días desde que había visto a Bella para cenar, y habían hablado la noche anterior, como lo habían hecho cada noche desde que tuvieron su cita. Aún así, podrían haber pasado años luz desde la última vez que él la vio sonreír. La extrañaba casi todo el tiempo, y lidiar con los criminales y excéntricos de la ciudad le hacía preguntarse con quién estaba en contacto cuando él no se encontraba con ella, y se sentía dejado en un rincón con todo esto, incluso si era un lugar placentero para estar. Sabía lo que le estaba pasando pero no estaba acostumbrado a que sea tan profundo y tan rápido.
La única cura para Bella, parecía ser que era más Bella.
Sonó la campana, se bajó del ascensor y se movió hacia su izquierda, considerando brevemente si debería pasar y ver a Rose, porque ella ciertamente le echaría una bronca si no lo hacía. Quizás más tarde, después de ver a Bella. Rose lo entendería si él iba a ver a Bella primero.
Todos los cubículos parecían iguales, pero Edward recordaba que ella tenía una oficina con una ventana, lo que quería decir que ella tenía que estar en el perímetro del piso. Él sabía que habían tomado esta dirección cuando había venido con Rose el día que él planificó el fatídico partido en las canchas de la calle cuatro con Mike. Él siguió avanzando, sonriendo en lo que esperaba que fuera una manera reconfortante a los empleados que lo miraban con aprehensión, hasta que encontró lo que estaba buscando.
Vio su placa de identificación en la ventana de su cubículo y asomó su cabeza por su puerta abierta. Ella estaba concentrada en una hoja de cálculo, carpetas y papeles esparcidos alrededor de su escritorio, con una mirada de completa concentración que unía sus cejas en una línea.
—Hola.
Bella se sobresaltó, y levantó la cabeza alarmada.
—¡Oh! ¡Edward! —Su rostro se despejó inmediatamente al darse cuenta que él se encontraba, en efecto, de pie en su entrada—. ¡Edward! —Se puso de pie con un salto y corrió hacia él en dos pasos.
De inmediato, la nube de ansiedad que lo rodeó toda la mañana se disipó. Envolvió sus brazos a su alrededor y la levantó del suelo mientras ella reía, encantada con la sorpresa de su presencia. Edward se inclinó y enterró su rostro en su cabello, amando el leve aroma y la suavidad cosquilleante.
—¿Por qué estás…? —Fue interrumpida por su beso—. Vaya —dijo, exhalando—. Estoy… eh, contenta de verte también.
—Te extrañé —dijo él simplemente. No estaba seguro de si podía explicarlo de alguna otra manera.
Ella se apartó un poco, una sonrisa perpleja en su rostro.
—También te extrañé. Pero jamás estoy lejos, ¿sabes? —Ella había dado un par de pasos hacia atrás, y Edward aflojó su agarre para pasar sus manos por sus brazos, deteniéndose para sujetar sus palmas.
Edward en su uniforme era impresionante: la camisa y los pantalones azules le quedaban lo suficientemente bien a su complexión para insinuar los músculos que había debajo. Para su diversión, ella deslizó sus dedos por los firmes pliegues en las mangas de su camisa.
—¿Te gustan esos? —Señaló hacia abajo—. Prueba con los pantalones. Son incluso mejores.
Ella no pudo contener una risita.
—Tenía la sensación de que iba a pagar por eso.
—Si te gustan los pliegues, soy tu hombre. —Edward estaba sintiéndose mejor, y mucho más relajado. Él podría bromear con ella de la manera que a menudo hacía.
Ella le dio un empujón a su hombro.
—Los planes para esta noche siguen en pie, ¿cierto?
Tenían planes para encontrarse en los embarcaderos Chelsea donde Edward, Emmett y Jasper iban a jugar al baloncesto de nuevo. A Bella le gustaba volver allí; se había encariñado con el lugar donde se habían conocido. Con suerte, ninguna nariz se rompería esta noche.
—Definitivamente —Edward contestó firmemente—. ¿Puedo recogerte después del trabajo?
—Me encantaría —dijo ella.
La sonrisa de él creció aún más, y luego se volvió traviesa.
—¿Tienes un traje de animadora que puedas usar?
—¿Qué? —Ella sacudió la cabeza, riendo—. Lamento decepcionar, pero no, Edward.
—¿Botas quizás? ¿Al menos ponte una falda?
—Regrese al trabajo, oficial.
Edward estiró su mano y la jaló hacia él como si estuvieran bailando. Inclinó la cabeza para besarla de nuevo, pero este fue tan largo, lento y dulce que ella tuvo que apartarse, a regañadientes, de vuelta donde debía estar.
Mientras él caminaba hacia la puerta, Bella lo llamó de nuevo.
—¿Realmente viniste aquí solo porque me extrañaste?
Su rostro se volvió serio.
—Sí, así es. Lo hago. Todo el tiempo. —Otra sonrisa dulce—. Te veré esta noche a las seis.
Bella regresó a su silla y observó los papeles en su escritorio en un deplorable intento por recordar lo que ella había estado leyendo antes que Edward entrara. Ella sonrió un poco, y entonces llevó una mano a su boca y suspiró. También te extraño, todo el tiempo. Cada minuto, parece.
