Twilight es propiedad de Stephenie Meyer, esta historia es de Alby Mangroves, yo solamente la estoy traduciendo para todos ustedes con la ayuda de Larosaderosas y sullyfunes01, ¡gracias!
Capítulo 4: Un guijarro brillante
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Cuando se acercaban a la puerta, los ojos azules del pastor se cruzaron con los de Isabella con una sonrisa. Le tendió la mano, sin duda con la intención de coger la suya.
Isabella vaciló al recordar el beso que le había dado en los nudillos la última vez que le permitió llevarle la mano a los labios.
En un arrebato de inspiración, Isabella se agarró al codo de su padre y siguió adelante, ofreciendo en su lugar la nudosa mano de Charles Swan al pastor.
Acomodando cuidadosamente sus facciones en una máscara inexpresiva, no levantó la vista para ver su reacción; sabía que sería de confusión.
Se libró de la desagradable culpa gracias a su padre, que parecía encantado de hablar con el pastor en su nombre.
—Un sermón maravilloso como siempre, pastor Newton —comenzó Charles Swan, permitiendo que su frágil mano fuera vigorosamente estrechada.
Como era de esperar, el pastor se lanzó de inmediato a un examen en profundidad de la inanidad que había predicado. Isabella dejó que su atención se desviara mientras miraba fuera de la puerta de la iglesia, por el camino de tierra que conducía hacia las afueras del pueblo y se adentraba en el bosque densamente arbolado de Forks.
Y allí, por primera vez, se encontró mirando a cierto hombre a caballo.
Estaba oscuro dentro de la iglesia, y el hombre se recortaba en la silueta bajo un sol brillante y poco frecuente mientras cabalgaba con el sol de la mañana a sus espaldas.
Durante unos instantes, Isabella admiró el efecto etéreo del aura resplandeciente del sol alrededor del hombre y su caballo, pero a medida que se acercaba, empezó a ver algunos detalles en las figuras.
El gran caballo alazán llevaba las riendas sueltas y su jinete cabalgaba sentado con una delicadeza propia de quienes se pasan la vida en la silla de montar.
Se balanceaba con fluidez en su asiento, perfectamente sincronizado con el movimiento del grácil animal que tenía debajo.
Llevaba un sombrero de ala ancha que le cubría la frente, por lo que no podía ver claramente sus rasgos, excepto los mechones de una magnífica barba que se mecían con la brisa sobre su desgastado y largo abrigo de cuero.
Parecía bastante alto y, con el sol en los ojos, su barba era de color marrón óxido, como la tierra del huerto de Isabella. No recordaba haberlo visto antes y se preguntó de dónde habría venido.
Con el cuero de su largo abrigo lustroso y las botas polvorientas por el camino, parecía un vagabundo. Intrigada, observó cómo se acercaba, perfilándose dramáticamente contra el resplandor amarillo.
Lo que le pareció más interesante fue su actitud circunspecta: parecía querer desaparecer en un segundo plano.
Para Isabella, sin embargo, no podría haber sido más visible si hubiera llegado al pueblo en un carruaje real. Incluso el sol a su espalda parecía más brillante de lo que Forks permitía normalmente.
Era misterioso y fascinante, como un guijarro negro y rugoso en un lecho de miles de guijarros lisos. Quería coger ese guijarro y frotarlo con las yemas de los dedos para descubrir su brillo.
En una existencia tan mundana como la suya, cualquier cosa que se saliera de lo común atraía su mirada observadora, y ahora se aferraba al enigmático encanto de aquel desconocido, cautivada por el rompecabezas que presentaba.
Aquella barba, para empezar: sólo los viejos buscadores de oro o los salteadores de caminos llevaban barbas tan desaliñadas y recortadas.
Ciertamente, todos los hombres jóvenes de hoy en día preferían un bigote bien peinado a un crecimiento tan natural. Aquel hombre no parecía ni viejo (se mantenía recto como una flecha y erguido en su silla de montar, con el cuerpo intacto por la edad), ni un bandido, aunque supuso que nunca se podría saber si ocultaba un rifle bajo aquel abrigo tan gastado.
¿Ocultaba su rostro bajo aquella barba desaliñada? Esta interesante propuesta hizo que la mente de Isabella, curiosa por naturaleza, bullera de posibilidades.
Aunque una mano sujetaba las riendas de la brida con soltura, la otra descansaba ligeramente sobre su muslo, con los dedos callosos relajados y naturales.
Alto e imponente, constituía una presencia oscura en un paisaje de pueblo, caminos de tierra y bosques interminables. Atrajo el hierro de la sangre de Bella como un imán, y ella sintió más fascinación en ese breve instante que en todos sus últimos años.
Su ensoñación se vio interrumpida por un silencio expectante, y se dio cuenta de que los dos hombres que estaban a su lado esperaban su respuesta a una pregunta que había pasado por alto. De mala gana apartó los ojos del fascinante dilema del vagabundo.
—Lo siento, pastor; ¿podría repetir la pregunta? Me temo que no estaba prestando atención —admitió Isabella con culpabilidad. Sintió que su padre se cansaba de estar tanto tiempo de pie en el mismo sitio y apretó el puño para levantarlo.
—¿Por qué?, sólo aceptaba la invitación de su padre a cenar y esperaba su aprobación, confiando en que mi presencia en su mesa no interfiriera con sus planes para la noche... —Los ojos azules del pastor Newton eran tentativos mientras esperaba su respuesta. Isabella miró a su padre, ocultando cuidadosamente su decepción y su enfado. Así que volvíamos a lo mismo.
—Por supuesto que no, pastor, ¿a qué hora lo esperamos? —Habría sido una tontería oponerse a la idea, cuando todos sabían que ella no tenía planes.
Nunca.
Con la hora acordada y el asunto zanjado, Isabella condujo a su padre hacia el sol, que hacía unos instantes estaba lleno de promesas y misterio, y ahora se burlaba de ella con falsas esperanzas. Pasaron junto al pequeño y polvoriento cementerio, con sus gastadas cruces de madera que sobresalían de la tierra como dedos doblados.
—No creas que no sé lo que estás tramando, muchacha —murmuró Charles Swan mientras salían de la iglesia y se dirigían a la calle, hacia su pequeño carromato tirado por caballos.
Isabella se puso rígida. Ayudó a su padre a subir al banco y esperó a que la reprendiera.
Al no oír respuesta, Charles continuó en tono tranquilo.
»¿No crees que ya es hora de que dejes a un anciano a su aire? Soy perfectamente capaz de cuidar de mí mismo, ¿sabes?
Ambos sabían que estas palabras eran mentira, pero ahora ella se erizó con una incomodidad diferente. Ahora era dolorosamente obvio que Charles Swan estaba intentando casarla con el pastor Newton.
