ĒTERU

Capítulo LVI

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Sigues sumida

En la naturaleza

De ellos, ínfimos

Entre lo más hermoso.

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Su luz juega al

Borde de la emoción

Entonces es que

La noche aparece.

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¿Buscas la noche?

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Busco al final de ella.

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La noche resultaba agradable, el cielo permanecía despejado y con apenas una fina línea que iluminaba la luna, lo que conseguía que las estrellas brillaran sin objeción. InuYasha las miraba, llevaba largo tiempo haciéndolo, porque quizás buscaba en ellas un significado mayor a lo que sucedía en cada momento de la vida de los seres que habitaban este mundo. En ocasiones pensaba que si en algún lugar podía haber respuesta debía ser en las estrellas, dado que ellas permanecían inamovibles y eternas a lo largo del tiempo. Suspiró, del mismo modo que había hecho un rato antes. No conseguía dejar de pensar en Kagome y en el enfado mordiente que ella sentía, y que él previó desde el mismo momento en que había decidido callar lo concerniente a Moroha.

Su compañera aún no había asentado del todo la idea de que su hija estuviese viva en este tiempo y cuando lo hiciera, probablemente querría saber más. InuYasha no se sentía preparado para contarle que Moroha había crecido en soledad y sin conocer a sus padres. Le dolía. Una parte de él podía decirlo, probablemente las palabras saldrían de su boca como cuando escupía algún mal alimento. No obstante, a pesar de no llorar como lo había hecho Kagome, su corazón estaba tan destrozado como el de ella.

Movió la cabeza a un lado y otro de sus hombros, en un gesto que buscaba liberar la tensión que notaba en el cuello. A continuación sacudió las orejas con levedad, indagando en los sonidos que Kagome podía estar haciendo en la cabaña que tenía a poca distancia. Comprobó, una vez más, que ella parecía tranquila.

Después de las lágrimas que dejó caer en su presencia, no había vuelto a notar el olor salino de éstas en torno a ella. Dada la reacción que su compañera tuvo, al inició de toda esta historia, pensó que Kagome se mostraría más vulnerable al saber de la existencia de Moroha en este tiempo y de la soledad en la que había crecido; al parecer estaba equivocado. Era probable que hubiese cometido un error, incluso, en su decisión de mantenerlo en secreto, aunque su hija estuvo de acuerdo con que era mejor no causar un sufrimiento innecesario a su madre.

Volvió a suspirar. La noche se le iba a hacer muy larga.

Probablemente, ante esa expectativa, un recuerdo tocó su memoria; se trataba de la última vez que se había quedado a dormir en un árbol. Fue hacia el final del primer ciclo en el que vivió con Kagome y recordaba ese tiempo con una añoranza sabia, por entonces el ímpetu que poseía sobrepasaba a su experiencia. Todo es primer ciclo fue hermoso y caótico a la vez, ambos se estaban reconociendo en medio de una nueva forma de vida. Kagome y él habían pasado por muchas cosas juntos durante el tiempo en que la Perla de Shikon regía sus decisiones. Luego de aquello, se vieron forzados a una larga pausa que no sabían si terminaría en algún momento. InuYasha pensaba que ese tiempo lejos les había forjado un poco más el carácter a los dos.

Habitualmente se llevaban bien, la vida era buena para ellos. Sin embargo, en ocasiones a él se le olvidaba que cuidar de Kagome también implicaba permitir que ella explorase sus propios límites. Tal como aquella vez en que una serpiente blanca se estaba llevando a los jóvenes de una aldea dentro de una cueva en la montaña. Cuando dicha aldea pidió la ayuda de la sacerdotisa, Kagome estuvo dispuesta a ir de inmediato. Nadie había pedido la presencia de un hanyou, no obstante, InuYasha no estaba dispuesto a dejar que su compañera fuese sola.

Recordaba muy bien la tensión que les ocasionaron los acontecimientos de ese día, también el modo en que el ánimo de Kagome y el propio se enturbiaron. El primero, de aquellos sucesos, ocurrió cuando una anciana de la aldea comenzó a explicar el problema que tenían y el lugar en que suponían estaba oculto el youkai que lo ocasionaba.

—Debe ir a la cueva de la noche —comenzó a decir la mujer, con ambas manos apoyadas en el bastón blanco que la sostenía—. Se llama así porque dentro sólo encontrará oscuridad.

—¿En qué direc…

—¿Cómo sabes que ahí está el youkai? —InuYasha se adelantó un paso e interrumpió a Kagome. No confiaba en la vieja que parecía ignorarlo desde que habían llegado y volvió a hacerlo ahora, al continuar dirigiendo sus palabras sólo a su compañera.

—Tiene que volver sobre tus pasos y al encontrar un árbol marcado con dos profundos surcos verticales, debe entrar por medio del bosque —para indicar el camino, la mujer alzó una mano huesuda y de piel traslucida que permitía ver bajo ella el color oscuro de las venas— y seg…

—Te he preguntado algo —insistió InuYasha, conteniendo el gruñido que buscaba escapársele con cada palabra. Algo en esta aldea lo mantenía tenso desde que habían llegado. La vieja le dio una mirada que sólo duró un instante y él pudo ver un brillo intenso en el verde deslavado de sus ojos.

—¡InuYasha! —Kagome lo detuvo con una mano sobre el pecho, probablemente con temor a que se le echara encima a la anciana.

Él miró a su compañera y finalmente dejó escapar un bufido, justo antes de dar media vuelta y alejarse de ambas un par de pasos. No entendía cómo era posible que Kagome no viera lo mismo que él.

Esperó y observó el modo en que su compañera aceptaba las indicaciones y hacía una reverencia final a la mujer. Luego de aquello, Kagome pasó por su lado e InuYasha siguió el camino que ella tomaba. Comenzando así a recorrer el sendero que la anciana había indicado. Kagome no admitió que la llevase a su espalda, esa fue la primera muestra clara de su enfado. Así que cuando encontraron el árbol con las dos marcas y entraron por medio del bosque, InuYasha decidió ir por delante para allanar el camino. Se mantuvieron en silencio durante un largo momento, hasta que Kagome empezó a hacer sus descargos.

—¿Qué te ha pasado antes? Has sido muy grosero —por el tono de su voz se notaba que sus palabras no eran sólo la constatación de un hecho, su compañera continuaba enfadada.

—No me gusta esa vieja y no me gusta que te mande hacia aquí, sin más —InuYasha habría sido algo más amable en su respuesta si no estuviese tan inquieto por algo que no conseguiría explicar, menos ahora que Kagome parecía poco receptiva, con lo que a él las palabras le resultaban más difíciles.

—Hemos venido a ayudar, para eso nos han llamado —argumentó ella. InuYasha le dio una mirada por encima del hombro.

—Te han llamado, querrás decir —aclaró, observando que Kagome caminaba con cierta dificultad por entre la hierba y los restos de madera y hojas húmedas.

—Y si te molesta tanto ¿Por qué has venido? —lo increpó.

InuYasha alzó la barbilla y gruñó su frustración a las tazas de los árboles en respuesta.

—¡Ahí lo tienes, ni siquiera eres capaz de dar un argumento! —Kagome insistió y él se giró de forma abrupta, obligándola a detenerse con rapidez para no chocar.

—¡Estás tonta si piensas que te dejaría venir sola! —luego se arrepentiría del calificativo que le había dado, no obstante, le parecía absurdo que Kagome no lo viese.

—¡Tú! —lo acusó alzando el dedo índice de la mano derecha muy cerca de la cara, igual que si quisiera evidenciar algo que él no veía— ¡Después de tanto tiempo sigues pensando que no puedo cuidar de mí misma!

InuYasha no tuvo tiempo de expresar nada sobre esa acusación. La tensión que notaba en la espina dorsal, y que no había desaparecido en todo el camino, se acentuó aún más. Aquello lo obligó a cambiar el foco de su atención al bosque y a los puntos ciegos que tenía del lugar.

—¡InuYasha! —ella insistió, ajena a lo que él percibía.

—¡Shts! —la silenció.

Kagome quiso replicar, sin embargo, obedeció a pesar de sí misma. Confiaba en InuYasha, aunque él no le correspondiese con la misma consideración. Al menos eso pensó ella en ese instante, y no fue hasta mucho más tarde que tendrían tiempo para poner la situación en contexto.

El bosque permaneció en silencio y al paso de un momento Kagome decidió continuar.

—Estoy harta de esto —masculló al pasar junto a InuYasha y retomar el camino.

Durante unos cientos de metros más, él llegó a pensar en que quizás había exagerado y en realidad no pasaba nada. Sin embargo, la sensación de tensión no se iba de su cuerpo. Era como cuando de niño el peligro se acercaba, él no podía verlo, ni siquiera podía estar del todo seguro de qué se trataba, no obstante el instinto de sobrevivencia lo había salvado en más de una oportunidad.

Y en esta ocasión no fue distinto.

Cuando encontraron la cueva, ésta pareció estar esperando por ellos como si fuese una gran boca que se abría para tragar a cualquiera que se acercase lo suficiente. Para InuYasha, el olor nauseabundo que despedía el interior fue suficiente para dar un paso por delante de Kagome. Le cruzó un brazo ante el pecho y con la mano sobre el hombro la apartó hacia atrás. Pudo escuchar el reclamo que ella hizo, no obstante, sus sentidos estaban puestos en la oscuridad que se cernía en el interior de la cueva. Notó que se le erizaba el vello de la nuca y la piel a lo largo de la columna. Desenvainó Tessaiga cuando consiguió ver un par de enormes ojos verdes relampaguear desde el negro profundo. Entonces se lanzó a la batalla.

InuYasha recordaba el modo en que se había enfrentado al nido de youkais serpientes. Sabía que por su tamaño podían engullir perfectamente a un humano y por el veneno que desprendían sus colmillos lo desintegrarían en un corto plazo. También recordaba haber conseguido destruir a muchos de ellos con un mandoble de su espada y el modo en que una de las flechas de Kagome lo había salvado de recibir un certero ataque por la espalda. Cuando creyeron que ya no quedaba ni un sólo youkai, apareció desde el exterior uno más grande y más fuerte que los anteriores. Una vez más fue InuYasha el que dio un paso adelante, aunque la acción conjunta con Kagome determinó el destino de aquel ser que al morir se transformó en la vieja que los había recibido en la aldea. En ese momento, todos y cada uno de los cuerpos de los youkai serpiente que atacaron y destruyeron se había transformado en personas envejecidas. Decidieron llevar consigo el cuerpo de la mujer, de regreso a la aldea que los había convocado. Al llegar al lugar se encontraron un poblado vacío.

No hallarían respuestas hasta hablar con Miroku, al día siguiente. Él les habló de un tipo de youkai que se alimentaba de la energía de los jóvenes para sobrevivir y que probablemente la petición de ayuda que Kagome recibió fue lo último que hicieron los habitantes originales de aquel pueblo.

El camino de regreso a su propia aldea lo recorrieron en silencio. InuYasha tenía claro que Kagome estaba enfadada con él, aunque seguía pensando en que había tomado la decisión correcta. Cuando estuvieron a poca distancia de la cabaña que compartían y la noche hacía su aparición en el cielo, su compañera le dejó caer una sentencia que él no esperó.

Esta noche duermes en el árbol.

InuYasha recordaba la sensación de quedar pasmado. Primero pensó que se trataba de una broma, el tiempo que llevaban juntos le parecía suficiente como para que este tipo de actitudes no tuviesen lugar entre los dos. No obstante, la mirada que Kagome le dio cuando quiso dar un nuevo paso en dirección a la cabaña, lo llevó a comprender que aquella era una decisión tomada. Alzó la barbilla y acató lo que su compañera había determinado, no tanto por respeto a su decisión, como por dignidad hacia sí mismo.

Aquella había terminado siendo una noche muy parecida a esta, aunque a diferencia de lo ocurrido hoy, en esa oportunidad Kagome había aparecido pocos más tarde y le había hablado de la necesidad que tenía que salvar la situación por sí misma para que no fuese él quien siempre corría los riesgos. Le habló del miedo que sentía a que le sucediese algo y de la furia que experimentaba al no saber explicar todo esto. Esa noche su compañera lo buscó como un modo de reconocer que no expresar lo que sentía e imponerse por la fuerza era un error.

Quizás esta vez le tocaba a él ser quién reconociera lo propio.

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El fuego dentro de la cabaña se mantenía con un calor estable. Su movimiento oscilaba con suavidad y permitía que las llamas crearan sombras difusas en las paredes del lugar. Kagome llevaba un largo tiempo observando las llamas, parecía querer buscar en ellas respuestas a las emociones que la habitaban, o quizás quemarlas para dejar de sentir la furia viva que la estaba consumiendo.

Saber que su hija estaba viva aún en este tiempo era un alivio, no obstante, el que le escondieran ese hecho la enfadaba; ella era su madre, tenía derecho a saberlo. InuYasha, su compañero, la conocía lo suficiente como para saber qué pensaría sobre esto, aun así, se hizo parte del secreto y eso la revolvía por dentro.

Nuevamente centró el pensamiento en el modo en que se movía el fuego. Respiró todo lo profundo que le fue posible para dar tiempo a su mente de despejar las ideas. En el proceso, observó las pequeñas llamas que se alzaban y chocaban entre sí, para convertirse en una flama que al paso de un instante se desvanecía en el aire, como si nunca hubiese estado ahí. Kagome deseaba ser capaz de apartar de ese mismo modo la ira, la decepción y la tristeza que sentía al recordar a su hija como una bebé y saberla una mujer adulta ahora. Notó el modo en que la frustración amenazaba con apoderarse de ella una vez más.

Shippo le había dejado su cabaña, del mismo modo que hizo días atrás. Cuando Kagome quiso preguntar por Moroha, su amigo negó con un gesto de su cabeza y acompañó aquella negativa física con unas pocas palabras que ella entendía, aunque no quería aceptar.

Debes preguntar a InuYasha.

No quería verlo. No quería hablar con él. No quería escuchar de InuYasha las excusas que le daría por no confiarle algo tan importante como la existencia de su hija en esta época. Odiaba sentirse iracunda, era como si todo su trabajo espiritual fuese olvidado y sólo quedase de ella la cáscara visceralmente humana de su ego.

Volvió a buscar algo de calma para su mente en una respiración profunda mientras observaba las llamas. El fuego danzaba con rítmica incoherencia, consiguiendo que Kagome viese que no todo debía tener un orden lógico para estar en el lugar correcto. Cerró los ojos y decidió que intentaría meditar para así sacar de dentro todo el ruido que ahora había en su interior.

La imagen del fuego se posicionó ante ella como una hoguera enorme en mitad de un claro de bosque. La invitaba a entrar, y quemar entre sus llamas todas las emociones que ahora la tenían exasperada. Kagome sabía que ese fuego estaba ahí para purificarla y no para causar daño, aun así, sintió miedo a quemarse junto con la cólera que le recorría el cuerpo como un ente que no conseguía apartar.

La imagen de Moroha llegó a su mente. La vio pequeña, siendo la bebé que había dejado en manos del clan de Kouga. Aún podía sentir en los brazos su peso y aunque hace semanas que no la tenía cerca, le pareció percibir la ropa impregnada del olor a hierbas que conservaba la pequeña ropa de su hija. Le parecía estar sumergida en el caos, así que respiró profundamente en busca de la calma que necesitaba para no romper a llorar y que su conexión con el éter se rompiese. Sintió, otra vez, el peso de la traición de InuYasha; ahora mismo no encontraba otra palabra para definir el silencio que él mantuvo. Su espíritu no conseguía el estado de tranquilidad necesario para continuar navegando el mundo de las sensaciones. Apenas se mantenía en una quietud débil, que no era suficiente como para de aplacar el sentimiento oscuro que la acompañaba. Se notaba molesta consigo misma por no ser capaz de sostener su voluntad de acompañar a InuYasha en cualquier decisión que él tomase. En este momento el sufrimiento y la apreciación errada de ser una víctima, era lo que alimentaban aquella oscura energía que la rodeaba.

Kagome liberó un suspiró agotado y comenzó a buscar el camino de regreso a su ser, todo lo que conseguía visualizar estaba contaminado por su ego y sería una percepción manipulada de la realidad.

Abrió los ojos y se encontró nuevamente en la cabaña de Shippo, además del fuego que ardía ante ella. No fue consciente del modo en que InuYasha la observaba desde la puerta, oculto por el silencio y la sombra.

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—Es extraño que vengas justamente esta noche —Moroha dijo aquello mientras servía el té en una pequeña taza de porcelana finamente labrada.

—Es una noche como cualquier otra —la respuesta resultó amable, aunque marcada por la distancia que habitualmente procuraba Towa.

Moroha dejó la tetera caliente sobre la rueda de madera que tenía para proteger la mesa del calor y tomó su lugar en una silla. La ventana de la cocina mostraba el pequeño jardín interior al que ella le procuraba cuidado, y más allá, un cielo oscuro y sin luna visible, tal como evidenciaba el pelo oscuro que esta noche lucía su prima.

El silencio ocupó el lugar de las palabras durante un largo momento en el que ambas mujeres dedicaron su atención al espacio más allá de ellas, hasta que una finalmente Moroha habló.

—¿Quién cuida de Nyoko? —no parecía una pregunta complicada. De hecho, se podía decir que era una pregunta lógica y con una respuesta conocida.

—Setsuna.

Moroha no quiso ahondar en las diferencias que ambas hermanas parecían tener desde hace algún tiempo. Conocía el amor que ambas profesaban a la niña. Era extraño para ella recibir esta visita en noche de luna nueva y quizás fue esa idea, acompañada del silencio que se hizo parte del momento nuevamente, los que la llevaron a atar los hilos que había dejado sueltos el tiempo y que venían a enmarcar la razón por la que Towa estaba aquí.

—¿Cuántos años han pasado? —Moroha dejó una duda ambigua entre ambas, para permitir a su prima, tomar sus palabras y desarrollar la respuesta o, simplemente, cambiar el rumbo de la conversación.

Nuevamente el silencio las acompañó por un instante que bien podía interpretarse como un deseo de no responder. No obstante, Towa hizo una nueva pregunta a modo de respuesta.

—¿Desde que todo cambió?

Moroha suspiró. Las palabras de su prima iban en la dirección que esperaba. Era consciente que algo se había roto dentro de la mujer que ahora la acompañaba, aunque nunca hablase de ese instante en particular.

—Sí —el monosílabo que dejó Moroha en la conversación estaba destinado de crear el espacio suficiente a Towa para contar todo lo que quisiera. Ella esperaba que, algún día, su prima liberase el dolor que la había vuelto tan intransigente como lo era ahora. Pudo ver que ésta bebía un sorbo del té caliente que le había servido y a continuación, al dejar la taza nuevamente sobre la mesa, le dirigió unas palabras.

—Necesito algo más fuerte si esperas que hablemos de eso.

Moroha sonrió.

—Creo que tengo algo —fue su respuesta, antes de ponerse en pie para acercarse a la parte alta de una alacena. Era extraño ver a Towa dispuesta y no iba a cuestionarlo demasiado—. Creo que esto nos puede servir.

Puso ante su prima una botella de koshu, un sake envejecido por varios años, y pudo escuchar y ver la sonrisa de Towa, quien a continuación se aproximó a la alacena en que estaban las tazas de sake y tomó un par de éstas.

Koshu de la antigua Shinano —su prima aún recordaba el viaje que habían hecho a la zona que hoy se conocía como Nagano. El tono alegre que uso le trajo a la memoria la imagen de la muchacha que había conocido hace varios siglos.

—Veo que recuerdas el lugar —la azuzó y comenzó a abrir la botella.

La sonrisa de Towa permaneció durante un momento, probablemente repasando sus propios recuerdos.

—Fue hace tanto tiempo —mencionó y la sonrisa alegre fue mutando a una llena de nostalgia.

—No todos los recuerdos son tristes —Moroha quiso poner luz en lo que el aura de su prima le estaba mostrando.

Towa alzó la mirada y la fijó en los ojos de Moroha.

—Tienes razón, muchos de los que tengo de aquel tiempo son de los más hermosos que recuerdo. Quizá sea por eso que me resulta difícil aceptar todo lo que sucedió —aquellas palabras eran parte de lo que Moroha presentía, no obstante escuchar a Towa decirlo era algo totalmente nuevo.

Esperó en silencio por las palabras que aún no eran dichas.

—¿Sabías que fue él quien me mostró el palacio en que ahora vivo? —Towa habló con calma, a la vez que servía las tazas de koshu.

—¿Riku?

Moroha hizo un intento por no parecer sorprendida al escuchar la mención. Su prima le mostró una muy leve sonrisa.

—¿Recuerdas cómo era al inicio? Cuando lo conocimos —Towa preguntó aquello, y a continuación le acercó una taza llena.

Moroha observó el líquido de tono dorado cuyo borde se tocaba con una línea de color rojo que había en el interior de la taza de porcelana. Sus pensamientos viajaron atrás en el tiempo y quizá fuese la propia bebida que ahora compartían la que dirigió la primera remembranza.

—Recuerdo cómo era. En realidad, cómo eran ustedes dos en esos días que pasamos en Shinano —mencionó aquello con calma, queriendo abrazar a su prima con el calor de esos recuerdos. Towa mantuvo su atención en la propia taza que aún no comenzaba a beber.

—Él era divertido, y sagaz. Me instaba para que me sintiese segura y probara mis propios límites —la voz de Towa se fue dulcificando a medida que formó la frase.

—Lo recuerdo —continuó Moroha—, y también recuerdo el nido de serpientes de fuego en el que te metiste por querer probar tu valentía.

Las miradas de las dos mujeres se encontraron y sonrieron abiertamente, hasta que la sonrisa se transformó en carcajadas que dejaron salir para disfrutar del sentirse transportadas a como reían siglos atrás. Al paso de un momento la intensidad de la emoción se asentó y bajó, entonces pudieron recuperar el aliento nuevamente.

—Fuimos felices cuando éramos amigos —aceptó Towa.

Moroha soltó una sonrisa sarcástica y se mofó en su cara.

—Riku nunca te vio como una amiga —mencionó algo que para ella era evidente.

Su prima la observó y fingió cierta incredulidad, aunque cedió a una sonrisa suave que le hizo imposible sostener un desconocimiento sobre el hecho.

—No me equivocaba, tú también lo sabías —Moroha insistió.

Towa se encogió de hombros.

—Se podría decir que sí, aunque por aquel tiempo no sabía reconocer con claridad los signos ni las consecuencias —su prima dijo aquello y luego de eso bebió el primer sorbo largo de koshu. Moroha pudo leer en la expresión de Towa la fuerza del alcohol que acababa de beber. Sonrió al pensar en que un par de siglos atrás no le habría costado imitarla, no obstante, ahora se limitó a beber un pequeño sorbo de su taza.

El silencio volvió a acompañar a las dos mujeres mientras compartían la visión del pequeño jardín interior a través de la ventana.

—¿Sabes que fue él quien me mostró el Palacio del Oeste? —Moroha volvió a presentir en esas palabras el mismo trasfondo que al inicio de la conversación. Towa parecía estar construyendo un camino para contar algo que nadie más conocía— Dijo que era el tipo de lugar en el que debían residir las deidades —continuó. Moroha estuvo a punto de preguntarle si ella se consideraba de ese modo.

—No recuerdo que lo mencionaras nunca —aceptó.

Su prima hizo un sonido especulativo, el tipo de expresión que habla de un recuerdo que con el tiempo cambia en su contenido y por tanto, lo que haces con él.

—Es probable, hay muchas cosas que he conservado para mí como un tesoro —su voz mostraba cierta tolerancia que parecía dirigida a su decisiones pasadas.

—Todas lo hemos hecho. En ocasiones, simplemente por pensar que aquello a lo que damos valor no es importante para otros —Moroha recordó los muchos pasajes de su vida que permanecían sólo en su memoria, algunos porque jamás los había compartido y otros, porque aquellos que conocieron esos hechos con ella ya no estaban entre los vivos.

—Cuando hablas con esas dosis de sabiduría, te pareces mucho a tu madre —dijo su prima y Moroha se tomó aquello como un cumplido que la llenó de alegría, a la vez de traer uno de aquellos pensamientos que no compartiría con nadie; añoranza.

El silencio se hizo parte nuevamente y Moroha volvió a llenar la taza de Towa. A continuación bebió un poco del contenido que aún había en la propia.

—¿Qué te ha hecho venir hoy? —la pregunta se repitió y fue directa, de algún modo estaba ahí esperando a ser recuperada y ambas mujeres lo sabían.

Towa respiró hondamente y dejó salir el aire en un suspiro suave, parecía buscar el ánimo necesario para hablar.

—Riku estuvo en el palacio —comenzó a decir. Moroha esperó en silencio, a pesar de que su mente exigía más información—. Trajo una advertencia, aunque habló de ese modo críptico que comenzó a usar por entonces, cuando todo se volvió extraño.

Moroha recordaba ese tiempo y cómo afectó a Towa. Sin embargo, lo importante ahora no era eso.

—¿Qué dijo? —preguntó.

Towa miró el fondo de su taza y casi se encogió de hombros. Moroha comprendió lo cansada que estaba su prima por la nostalgia que le traían los recuerdos.

—Pronto se partirá la montaña en dos y los que deben vivir, vivirán. Prepárate, porque también los sellos se romperán.

Moroha no necesitó pensar demasiado para dilucidar la segunda parte de aquella advertencia.

—Kirinmaru —mencionó.

—Eso pensé.

—Buscará a Riku y lo acabará con él —Moroha no tenía duda.

—Es lo más probable —la voz de Towa era completamente neutral.

Moroha pensó en que después de todo el tiempo sí había cambiado muchas cosas. Su prima ya no era la mujer desesperada que había pedido su ayuda para sellar a Kirinmaru. No tuvo mucho tiempo para pensar en ello, dado que había algo más de lo que preocuparse.

—Aunque no sé a qué se refiere con la primera parte —confesó Towa.

Moroha tomó la botella de koshu y comenzó a servir un poco más para ambas. Mientras lo hacía, su mente empezó a repasar posibilidades, llegando a pensar en su madre como una ayuda para un nuevo sello.

—Supongo que has consultado la biblioteca —hizo la pregunta para luego beber de su taza un sorbo algo más grande que el anterior. Notó el alcohol quemando su garganta.

—Una buena parte de ella, aunque no he encontrado nada —aceptó Towa.

—No me refiero a la de arriba —Moroha buscó ser específica.

Su prima la observó con más sorpresa de la que esperó.

—¿Qué? ¿No creerás que has podido mantener el secreto? —la increpó—. Pocas cosas se le escapan a esta nariz —se tocó la punta de la nariz con un dedo.

Towa sonrió con cierta divertida rendición.

—Y ahora te pareces a tu padre —mencionó, antes de tomar el contenido de su taza de un solo trago.

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Continuará

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N/A

Aquí estoy con un nuevo capítulo de ĒTERU. Agradezco enormemente a todas las personas que siguen esta historia, tanto por la compañía como por la paciencia que tienen para esperar las actualizaciones.

Esta historia tiene tantas cosas para contar aún, que en ocasiones tengo que repasarme la lectura de la mitad de lo que llevo para recordar si he hecho mención antes de alguna de esas partes o no. Amo escribirla.

Espero que les haya gustado el capítulo y que me cuenten en los comentarios.

Besos

Anyara