A/N: Hola a todos, ya estoy de vuelta. He tardado un poco en actualizar porque la verdad es que estos últimos dos meses no he estado muy bien. He estado bastante triste y desmotivada y casi sin energía para escribir o hacer algo más que no fuera ir a trabajar y luego hacer las cosas básicas para sobrevivir (comprar comida, cocinar, limpiar, etc). Quizás es el cambio de tiempo, el frío y las pocas horas de Sol... O quizás es que se acerca Navidad y todo lo que eso implica, pero como he dicho no he estado bien estos meses. La verdad es que uno de los principales motivos por los que he estado mal es que se acercaba el cumple de mi madre. Y no sé si es el destino o qué, pero quería actualizar ayer y al final entre una cosa u otra he acabado actualizando hoy, que es justo el día de su cumpleaños. Así que:
Felicidades, mamá, estés donde estés. Nosotros seguiremos aquí, celebrándote y recordándote. Te quiero.
Harry respiró hondo y giró la muñeca, mirando el reloj por enésima vez en los últimos dos minutos. Los segundos pasaban lentamente, al igual que la gente que caminaba frente a él, a lo largo del Callejón Diagon, y el chico estaba comenzando a ponerse nervioso. Sabía que Snape era un hombre puntual y, por eso, había llegado al lugar acordado con tiempo de sobra. Aunque, pensándolo bien, media hora de antelación quizás había sido demasiado. No le gustaba estar ahí, de pie frente a las grandes columnas blancas de Gringotts, donde cualquier transeúnte podría reconocerle. Por suerte para él, de momento, no había ocurrido.
El callejón estaba menos lleno de lo que solía durante los últimos días de verano, cuando infinidad de niños junto a sus padres venían a comprar túnicas, libros, varitas, calderos, y otras cosas necesarias para la escuela. Y, aunque seguía habiendo bastantes personas, éstas no se paraban a mirar asombradas los escaparates ni se reunían en grupos para charlar amigablemente en medio de la calle. En lugar de eso, caminaban con paso firme, entrando en las pocas tiendas de las que necesitaban algo y, una vez obtenido lo que habían venido a buscar, desaparecían con un chasquido. Aunque la Guerra había acabado era evidente que las cosas seguían sin volver a la normalidad. Todavía había aprensión entre la gente común, especialmente aquellos que no habían estado en Hogwarts durante la batalla y que no habían visto el final de Voldemort. Tenían miedo de que no hubiera sido derrotado definitivamente, de que sus mortífagos pudieran aparecer en cualquier momento y atacarles, sobre todo en un lugar como aquel que había sido duramente golpeado durante la Guerra. Harry podía ver las consecuencias de aquellos ataques sin necesidad de buscar demasiado. Las marcas de quemaduras y explosiones seguían ahí, en el suelo y en las paredes de los edificios. Y, aunque la mayoría de negocios habían sido reparados una vez los comerciantes habían vuelto al Callejón Diagon, todavía quedaban tiendas abandonadas, en las que se amontonaban los cristales rotos y pedazos de madera. El hecho de que nadie hubiera regresado aun para arreglarlas, daba una ligera idea de lo que les había ocurrido a sus dueños.
Intentando no pensar en ello, Harry volvió a consultar el reloj. Habían pasado quince minutos desde su llegada al Callejón Diagon, y faltaban todavía quince más para las nueve de la mañana, la hora acordada con Snape. Al mover la cabeza para mirar a su alrededor, en busca del maestro de Pociones, un mechón de pelo negro cayó delante de sus ojos. Harry lo cogió entre los dedos y se lo colocó detrás de la oreja. Volvía a tenerlo largo, aunque no tanto como cuando él, Ron y Hermione habían vivido en el bosque, durante el último año. Pero, aunque estaba llegando a un punto que la señora Weasley consideraría inadecuado, demasiado parecido al de su hijo Bill, a Harry le gustaba así. Le ayudaba a ocultar su cicatriz y su cara, lo que quizá era una de las razones por las que nadie le había reconocido todavía. El pelo largo, junto con la ligera barba incipiente que había comenzado a aparecer sobre sus mejillas, había transformado su apariencia. Atrás quedaba aquel crío que había puesto un pie por primera vez en el mundo mágico siete años atrás. Al notar aquel cambio en sí mismo, mirándose al espejo en el cuarto de baño de Grimmauld Place, una sonrisa se había dibujado en su rostro. A pesar de sentirse todavía un niño en algunos aspectos, la perspectiva de crecer, de poder llegar a envejecer sin la sombra de Voldemort sobre él, era reconfortante. Con una pequeña sonrisa, recordó que, por suerte, Ginny también aprobaba aquel nuevo aspecto. Los comentarios apreciativos que la chica le había dedicado volvieron a su mente, junto con aquel brillo divertido en sus ojos marrones mientras le acariciaba la mejilla, diciéndole que debía afeitarse pronto.
Harry suspiró, girando la muñeca para mirar la hora una vez más, el afecto por Ginny calmando parte de los nervios causados por la espera. Diez minutos para las nueve, Snape debía de estar a punto de llegar. Pensar en el Maestro de Pociones hizo que un nuevo recuerdo apareciese en su mente. El hombre también había tenido algo que decir sobre la longitud de su cabello, como si el suyo no fuera todavía más largo que el de Harry.
"No quiero que un solo mechón acabe dentro de la poción, Potter. ¿Me has entendido?" Había dicho de pronto una mañana. "Si ocurre, te lanzaré un maleficio de calvicie. Y solo yo sé el contra hechizo, así que no me tientes."
El brillo de humor en los ojos del profesor estaba mezclado con un toque de seriedad y, desde aquel día, Harry había decidido no tentar a la suerte. Cada vez que preparaba una poción bajo la atenta mirada de Snape, lo que ocurría varias veces por semana ahora que le estaba dando clases particulares, Harry se recogía el cabello para evitar contaminarla. Desde aquel momento, además, el propio Snape había seguido su ejemplo, sujetando su grasiento pelo oscuro en un pequeño moño. Por el modo en como lo había hecho, con naturalidad y rapidez, y lo desgastada que estaba la goma de pelo que el Maestro de Pociones había usado, estaba claro que aquello era algo que solía hacer a menudo. Tenía sentido, si uno se paraba a pensarlo, pero aquella revelación había sorprendido a Harry y por un segundo casi había soltado una carcajada de sorpresa. Por suerte para él, se había contenido a tiempo, evitando que Snape se diese cuenta de su reacción. Más tarde, tumbado en su cama en Grimmauld Place, pensando en lo ocurrido aquel día, Harry se alegró de haberse controlado. Aunque el hombre nunca lo diría en voz alta, sabía que Snape tenía problemas de autoestima con respecto a su cuerpo. Tal vez había empezado cuando era niño, siendo un chico flaco y feo, obligado a ponerse ropa de segunda mano mucho más grande que él, o quizás, fuera su pelo grasiento, sus dientes amarillos o su postura de murciélago… Pero Harry había visto el modo en el que Snape se vestía y se movía, ocultándose desde el cuello hasta los pies con aquellas túnicas negras, y controlando cada postura, con gestos deliberados y previamente estudiados, con movimientos precisos y meticulosos, como si quisiera estar seguro de que todo lo hacía de un modo perfecto, de que no iba a ponerse en ridículo. Tiempo atrás, quizás habría pensado que aquel comportamiento era una consecuencia del carácter arisco del profesor, de su personalidad extraña y sarcástica, pero ahora Harry veía las señales y las entendía. Si Snape no se había recogido el cabello durante las clases normales, preparando pociones delante de los alumnos, y sólo lo había hecho una vez en su laboratorio personal, lejos de las miradas de los demás, era por algo. Podía parecer una tontería, pero después de haber vivido una infancia siendo el centro de comentarios y carcajadas crueles, Harry lo comprendía. Y no iba a hacer que Snape se arrepintiera de haber bajado la guardia delante de él.
Sumido en sus pensamientos, el chico no fue consciente de una figura oscura que se había ido acercando hacia él, hasta llegar a pocos metros de donde se encontraba. De repente, un movimiento por el rabillo del ojo captó su atención y Harry se giró como un resorte, su mano derecha buscando su varita por instinto. Por suerte, era Snape quien se encontraba de pie junto a él, vestido en sus habituales túnicas negras, alzando una mano en gesto de saludo.
"Potter."
"Señor." Dijo Harry, dejando caer la varita de nuevo en el bolsillo de sus pantalones. "Perdón, no le había visto".
"Claramente. ¿Estás seguro de que esas gafas son las adecuadas para ti, Potter? ¿Cuánto hace que no te revisan la vista?" Preguntó. "Quizás sería prudente ir a que te las miren. No queremos que el salvador del mundo mágico se tropiece con algo y se abra la cabeza, ¿eh? "
"Las gafas están bien, gracias por preocuparse." Replicó Harry, acostumbrado a los comentarios de su profesor. "Simplemente estaba distraído".
Snape le miró durante un segundo de más.
"¿Distraído? ¿Y eso?"
Harry se encogió de hombros. Había varios motivos, pero no iba a ponerse a explicarlos ahí en medio.
"No me digas que te preocupa volver a Gringotts, Potter." Dijo Snape, con una de sus pequeñas sonrisas irónicas. "Estoy seguro de que se han olvidado por completo de lo que ocurrió la última vez que estuviste aquí. De ese pequeño robo que tú y tus amigos llevasteis a cabo."
Parece que hoy se ha levantado sarcástico, pensó Harry. Más de lo normal. Quizás el chico no era el único que estaba nervioso por dejar la seguridad de Hogwarts y salir al mundo exterior. Pero, si Snape iba a ocultar su nerviosismo bajo una fachada de sarcasmo, entonces Harry no iba a complacerle mostrando su propia agitación. Poniendo una expresión decidida en su rostro, dijo:
"Seguro que sí. ¿Nos vamos, entonces, señor?" Señaló con una mano las grandes puertas de bronce de Gringotts y se alegró de ver la sorpresa en los ojos de Snape. Probablemente había esperado tener una conversación más larga antes de entrar, y así poder retrasar su enfrentamiento con los duendes del interior del edificio. Harry habría deseado lo mismo minutos antes. Sin embargo, ahora que ambos estaban allí de pie, prefería acabar cuanto antes.
Diciéndose a sí mismo que todo iría bien, Harry respiró profundamente mientras Snape pasaba junto a él, abriendo las puertas del banco y cruzándolas con un par de largas zancadas. Sin una pizca de inquietud en el rostro, el hombre se giró para comprobar que Harry le estaba siguiendo y, una vez vio que era así, siguió caminando con decisión hacia los mostradores del fondo del vestíbulo. Había un par de personas frente a ellos, lo que provocó que Snape bufase con impaciencia al verlo. Pero a Harry no podía preocuparle menos; su corazón había comenzado a latir con fuerza al estar de nuevo en aquel lugar. Resonaba en sus orejas de tal modo que una parte de él se preguntó cómo era posible que Snape no lo oyera. Pero el profesor seguía junto a él, con la mirada clavada en los clientes que tenía delante, como pensando que eso haría que acabasen antes, y movía un pie contra el suelo, provocando un leve sonido rítmico. Harry intentó concentrarse en aquel ruido, centrando su atención en el repiqueo, mientras los segundos pasaban y su estómago se contraía desagradablemente. De repente, un recuerdo apareció en su mente. Una explosión de luz verde, seguida de otra, y luego otra, iluminó sus pupilas, mientras la ira pulsaba por sus venas y los cuerpos de los duendes se amontonaban en el suelo. No, ese no fui yo, fue Voldemort. Se recordó el muchacho. Pero una parte de él no podía evitar sentirse responsable. Apartando aquel sentimiento, parpadeando con fuerza, Harry volvió su mirada otra vez hacia el zapato de Snape que seguía dando golpecitos contra el suelo. Contra aquellas baldosas oscuras que, descubrió de pronto, eran más nuevas que las demás. Las habían cambiado hacía relativamente poco y el muchacho no necesitaba preguntar por qué. Estaba seguro de que, donde ahora se encontraba aquel nuevo patrón de brillantes mosaicos negros y verdes, semanas atrás había un agujero causado por las garras de un dragón. El dragón que él y sus amigos habían ayudado a liberar, para ser más específicos. Harry estaba recordando lo dura que se sentía la piel de la bestia bajo sus dedos y cómo se había agarrado con todas sus fuerzas para evitar caerse, hasta que sus manos y brazos dolieron, cuando Snape le llamó.
"Potter, es nuestro turno."
El muchacho se giró, sorprendido de pronto, con el corazón en la garganta. Las personas delante suyo se habían ido, y Snape se encontraba junto él, mirándole expectante. Obligando a sus pies a moverse, Harry caminó los pocos metros que le separaban del mostrador. Antes de poder pensar demasiado en lo que ocurriría a continuación, alzó la vista y vio que el duende le miraba con aburrimiento.
"Siguiente." Dijo, extendiendo una mano en su dirección.
"Buenos días." Le saludó Snape, sin un ápice de calidez a pesar de la educación en sus palabras. "Queríamos acceder a la cámara del señor Harry Potter."
La expresión en el rostro del duende, que había sido algo fría hasta entonces, se tornó gélida y Harry pudo ver la furia latente bajo sus ojos.
"¿El señor Harry Potter?" Repitió, retirando la mano abierta y enseñando una hilera de dientes puntiagudos. "¿Harry Potter? ¿El chico que hace un mes, utilizando los típicos engaños de los magos, se infiltró en este banco? ¿El ladrón que consiguió acceder a una cámara que no era suya y robar un objeto que no le pertenecía? ¿Que liberó a un dragón propiedad de Gringotts, destruyó parte de las cavernas subterráneas y causó la muerte de una decena de empleados? ¿Ese Harry Potter?" Había ido alzando la voz mientras hablaba, provocando que los demás duendes y magos se girasen con curiosidad y también algo de temor.
Harry tragó saliva, asustado, y dio un pequeño paso atrás. Por el rabillo del ojo pudo ver como Snape movía la mano sutilmente, acercándola al bolsillo que contenía su varita.
"El señor Potter ha sido absuelto de todos los cargos contra él."
"Absuelto por magos." Replicó el duende. "No por mi gente."
"Absuelto por el Ministerio, sí. Pero los duendes estuvieron de acuerdo." Corrigió Snape. "Kingsley Shacklebolt me aseguró que se habían reunido con los altos cargos del banco. Y su… gente concordó que las acciones del señor Potter, si bien imprudentes y temerarias, habían sido claves para derrotar al señor Oscuro. Un señor Oscuro que, si no recuerdo mal, fue quién asesinó a esa decena de trabajadores que usted mencionaba antes, no este muchacho."
El duende entrecerró los ojos estudiando el rostro impasible de Snape, su postura aparentemente relajada, la mano a unos pocos centímetros de su varita… Quizás las palabras del Maestro de Pociones le habían convencido, o tal vez creía que no valía la pena causar una escena en medio del vestíbulo, pero, finalmente, todavía entornando los ojos con desconfianza, el duende abrió la mano de nuevo.
"Varita." Dijo con brusquedad.
Harry miró a Snape con sorpresa por aquel cambio de acontecimientos, pero se apresuró a entregar su varita. Inmediatamente se sintió vulnerable sin ella para protegerse y dio un pequeño paso atrás para estar más cerca del Maestro de Pociones. Aunque el duende había cerrado la boca, ocultando aquellos dientes afilados, el chico no se fiaba de él. Había aprendido esa lección de Griphook. Su nerviosismo, sin embargo, se redujo considerablemente al ver como el duende llamaba a otro trabajador y le entregaba una pequeña llave de metal.
"Mi compañero os conducirá a vuestra cámara." Dijo, devolviéndole la varita a Harry, quien se sintió mucho mejor al notar la madera bajo sus dedos. "Procure no entrar en otra cámara que no sea la suya, señor Potter, o liberar otro dragón. Los duendes no perdonamos dos veces. Y no le gustarán las consecuencias." Y, con eso, se giró hacia la persona que esperaba detrás de Snape. "Siguiente."
"Vamos, Potter." Murmuró el Maestro de Pociones, dándole un ligero empujón hacia delante. Harry asintió y, entre los dos, siguieron al nuevo duende en dirección a los carruajes.
Los siguientes minutos transcurrieron en silencio mientras descendían a las profundidades de Gringotts y una extraña euforia se apoderaba del muchacho. Era una sensación de inmenso alivio. De ligereza. Como si le hubieran hecho desaparecer una montaña de encima de sus hombros. Aunque Kingsley le había asegurado que iba a ser así, no había estado seguro hasta entonces. Se sentía tranquilo, casi contento. Sus acciones habían sido perdonadas, siempre y cuando no robara nada más, claro, y no iba a tener que enfrentarse a los duendes y a su sed de venganza. Y, para acabar de rematar la situación, la guinda del pastel había sido ver a Snape defendiéndole de aquel modo. El hombre se había enfrentado al duende, usando aquella mirada gélida y penetrante que antes solía usar con Harry, e incluso había estado dispuesto a usar su varita en medio del banco, rodeado de otros duendes. Sintiendo una chispa de calidez en el pecho, Harry cerró los ojos, y esbozó una pequeña sonrisa, girando el rostro para que Snape, que estaba sentado junto a él, no se diera cuenta.
A medida que subían y bajaban con el carro, la mente de Harry empezó a divagar, transportándole a un trayecto parecido siete años atrás. A aquella primera vez que había estado en el banco, cuando tenía solo once años. A la sensación de asombro y fascinación que había sentido, viajando en aquel mismo carrito, con Hagrid sentado a su lado. Harry miró de reojo a Snape y, con una chispa de humor, pensó que dos personas no podían ser más diferentes entre sí. Hagrid, enorme, corpulento, torpe, amable, acogedor y alegre. Snape, delgado, elegante, hábil, cruel, frío y sarcástico. Pero, si se paraba a pensarlo, no era tan simple como aquello. Hagrid también podía ser valiente y duro, como cuando había ido a hablar con los gigantes por orden de Dumbledore, en plena guerra, y tantos años lidiando con todas aquellas criaturas peligrosas y salvajes no eran para personas débiles o asustadizas. Y, por parte de Snape, el profesor también podía mostrar una calidez que Harry jamás habría creído posible, así como su propia amabilidad particular. Las imágenes de Hagrid en su cabaña, tomando el té con él y sus amigos, y de Snape en sus aposentos, haciendo lo mismo con Harry, se fundieron en su mente, una al lado de la otra, y el chico no pudo evitar sonreír.
Mientras reflexionaba sobre aquellos dos hombres tan diferentes pero que tenían más cosas en común de lo que ambos hubieran imaginado, las cuevas se hicieron más profundas y frías. Finalmente, el carro se paró delante de una puerta que Harry reconoció de inmediato.
"Cámara seiscientos-ochenta-y-siete." Proclamó el duende.
Harry descendió del carro y luego se giró para ayudar a Snape a hacer lo mismo. El profesor miró la mano abierta que el muchacho le ofrecía y esbozó una sonrisa sarcástica.
"Soy mayor que tú, Potter, pero no tan mayor. Creo que puedo yo solo, gracias."
Harry se ruborizó y asintió, retirando la mano con rapidez. Aquel gesto había sido algo automático, como cuando ayudaba al señor Weasley a bajar las escaleras del ático de la Madriguera o cuando le pasaba el trapo a la señora Weasley para secar los platos de la comida. Era algo que no había ni pensado, fruto de una familiaridad que, sin darse cuenta, había alcanzado con Snape. Esperando que el Maestro de Pociones no se hubiera ofendido demasiado, Harry observó como el duende introducía la llave en la cerradura, abría la cámara que sus padres le habían dejado y se hacía a un lado para dejarles entrar.
El oro de las monedas reflejó el fuego de la lampara, provocando que la luz danzase por las paredes. Harry observó aquellos montones de dinero y se tensó de pronto al pensar en lo que iba a decir Snape. Miró al hombre de reojo, pero el comentario que esperaba no llegó. El profesor se limitó a apoyarse contra el umbral de la puerta, con los brazos cruzados y observándole en silencio. Agradecido por ello, Harry se agachó para coger un puñado de monedas y meterlas en la bolsa que había traído. Ésta era un regalo de Hermione, en el que la chica había puesto el mismo encantamiento de extensión que tenía su bolsita de cuentas. Sintiendo el peso de los galeones entre sus dedos, Harry se alegró más que nunca por ello. Hubiera sido agotador caminar por el callejón arrastrando todo aquel dinero.
Los segundos pasaron en silencio mientras el muchacho, todavía agachado en medio de la cámara, metía los montones de galeones, sickles y knuts dentro de la bolsa. Una vez que ya había cogido lo suficiente para cubrir todos los gastos que tendría en los próximos meses, Harry se puso finalmente en pie.
"Coge más, Potter."
La voz de Snape le sobresaltó, casi se había olvidado de que estaba ahí. Se giró para mirarle, sosteniendo la bolsa entre sus manos.
"No se preocupe, señor. Creo que ya tengo suficiente."
Snape bufó, apartándose de la puerta y entrando en la cámara. Las monedas crujieron bajo sus zapatos negros al acercarse.
"Tus padres te dejaron todo esto por un motivo, Potter." Comenzó. "Y, aunque ahora mismo haya mucha incertidumbre respecto a tu futuro… No importa si vas a volver a Hogwarts o no. Tendrás que mantenerte hagas lo que hagas. Necesitarás ropa, comida, utensilios varios… Y deberás pagar por todas esas cosas. Así que haz el favor, no te hagas el humilde y…" Snape pronunció las siguientes tres palabras lenta y claramente, "coge… más… dinero."
Harry le miró sorprendido durante unos segundos, pero, tras reponerse, asintió y abrió la bolsa de nuevo. Cuando el Maestro de Pociones usaba aquel tono de voz, no había réplica posible. Además, visto así, tenía razón. De modo que cogió un par de puñados más y luego se giró hacia Snape, esperando que aquello hubiera dejado al hombre satisfecho.
"Más." Replicó él, sin embargo.
Harry suspiró. En su opinión había cogido suficiente dinero como para durarle varios años, pero aquella voz no admitía discusión.
"Bien." Dijo Snape una vez que Harry había metido otra decena de galeones. "Ahora podemos irnos."
El chico asintió, guardándose la bolsa en el interior de su túnica, y saliendo junto a Snape de la cámara. Al ver que ya habían terminado, el duende cogió la lámpara y se apresuró a cerrar la puerta. Mientras la llave giraba en la cerradura, provocando un quejoso sonido, Harry se giró, observando la cámara cerrada con una extraña tristeza, pensando en lo que dejaba en su interior. No era el dinero, las monedas, lo que le causaba esa sensación, sino el hecho de que aquellos círculos de metal, tan fríos y brillantes, eran lo único que le quedaba de sus padres. Todos sus objetos personales habían sido destruidos a causa de la explosión que tuvo lugar aquella noche en Godric's Hollow, y, tras dieciséis años, las pocas cosas que sobrevivieron habían desaparecido, ya fueran sustraídas por algún mago que quería poseer algo de los Potters, o destrozadas a causa de la exposición a los elementos. A Harry le hubiera gustado poder abrazar un abrigo de su madre, oler su perfume en él, ponerse las gafas de su padre, comprobar si ambos tenían las mismas dioptrías, sostener las varitas de Lily y James entre sus dedos, acurrucarse en aquella cama donde habían dormido, sentirse protegido bajo las sábanas… Pero lo único que tenía de ellos, además de aquellas monedas en lo más profundo de Gringotts, eran las fotos que sus antiguos amigos habían enviado a Hagrid durante su primer año. Eso y la mitad de la carta escrita por su madre que había encontrado en Grimmauld Place, aquella que Snape había dividido en dos. Recordando de pronto lo que el profesor había hecho, Harry levantó la cabeza, mirándole con una mezcla de tristeza, rabia y anhelo. Se preguntaba donde habría ido a parar aquella carta, aquella mitad de la foto. Sin embargo, por mucho que quisiera saber la respuesta, era obvio que aquel no era el momento, sentado en el carro que se movía a toda velocidad, las sombras de la lámpara danzando en las paredes oscuras de piedra, con el duende sentado frente a él y Snape quieto como una estatua, mirando hacia delante, su largo cabello oscuro agitándose con el viento.
Los minutos pasaron, mientras Harry seguía absorto en sus pensamientos, su mente todavía atascada en aquel objeto que había visto en los recuerdos de Snape. Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, sus pies habían bajado del carro, cruzado el vestíbulo y seguido al Maestro de Pociones hacia el exterior del banco. Al sentir la luz del sol en sus ojos y el aire en el rostro, el muchacho fue finalmente consciente de donde estaban porque se giró hacia Snape y dijo:
"Espere un segundo… Estamos en el Callejón Diagon."
"Una vez más tus poderes de deducción me asombran, Potter." Replicó Snape. "En efecto, estamos de nuevo aquí."
Harry frunció el ceño y se apresuró detrás del Maestro de Pociones. Snape había comenzado a caminar con sus grandes zancadas, desviándose de la avenida principal hacia una calle secundaria paralela a ésta, donde había menos gente.
"Pero, señor," Insistió Harry, "no hemos ido a su cámara."
"¿Perdón?"
"En Gringotts, quiero decir." Contestó el muchacho. "Se le ha olvidado ir a coger su dinero. ¿Quiere que volvamos?" Señaló en dirección al inicio de la calle, donde se vislumbraba la fachada lateral del banco.
"No, Potter. No te preocupes." Dijo Snape.
"Pero-"
"Antes de que insistas," Añadió, "no es que me haya olvidado. Simplemente no guardo mi dinero en Gringotts. Y ahora, ven. Tenemos muchas tiendas que visitar."
Pero aquellas palabras habían despertado la curiosidad de Harry. El muchacho se paró en medio de la calle y preguntó:
"¿En serio? ¿Es que hay otros bancos que no sean Gringotts?" Tenía sentido que fuera así, pero no había oído hablar de ellos.
"Sí, Potter, por extraño que pueda parecer, en todo el país hay más de un banco…" Dijo Snape, intentando no perder la paciencia. "Pero, en mi caso, no guardo mi dinero en ninguno de ellos."
"De verdad?" Harry alzó una ceja. "¿Y dónde está, entonces?"
"Escondido en un sitio seguro." Replicó el profesor, comenzando a caminar de nuevo, sabiendo que aquellas palabras captarían la atención del muchacho. Así fue, y Harry aceleró el paso para situarse junto a Snape.
"¿Más seguro que Gringotts?"
"Más accesible. Para, en caso de emergencia, escapar sin perder tiempo."
"¿Emergencia?" El interés en el rostro del chico era evidente. "¿Quiere decir en caso de que Voldemort le descubriera?"
Al oír aquellas palabras, Snape dejó de caminar por la calle y se apartó a un lado de la calzada, cogiendo a Harry del brazo para que viniera con él. Tener a un adolescente detrás suyo haciendo preguntas en voz alta y, lo que era peor, utilizando el nombre del Señor Tenebroso, era una forma segura de llamar la atención. Acercándose a la entrada de una tienda abandonada, el Maestro de Pociones suspiró, y luego se volvió hacia Harry, que le observaba aún con curiosidad en los ojos.
"No." Dijo finalmente. "En ese caso no habría escapado. Aunque ya no pudiese actuar como espía, mientras el señor Oscuro no fuese derrotado mi lugar seguiría estando aquí."
Harry frunció el ceño.
"¿Pero entonces cuando…?" Y en ese momento lo comprendió. "Espere… ¿Iba a huir después de que ganásemos?"
Snape desvió la mirada, algo incómodo.
"Era una opción, Potter. Incluso dándoles mis memorias, había la posibilidad que los demás miembros de la Orden no me quisieran escuchar. Que no creyeran que había estado siempre de su parte. Y, contigo muerto…" Snape cerró los ojos un instante al decir esa palabra. "Mi propósito habría desaparecido. No tendría sentido quedarme en Gran Bretaña."
"Pero…"
"No iba a arriesgarme a pasar el resto de mis días en Azkaban, Potter. O peor, a recibir el beso de un Dementor."
Harry frunció el ceño, apartando aquella imagen de su mente. No le estaba gustando pensar en Snape lejos de Gran Bretaña, de Hogwarts, de la Orden, de todo lo que había conocido… aunque, visto así, podía comenzar a entenderlo.
"Pero, entonces, si no iba a quedarse aquí… ¿A dónde tenía pensado ir?"
"¿Quién sabe?" Repuso Snape, encogiéndose de hombros. "Albus siempre decía que algo de Sol me iría bien. Así que había pensado… ¿El Mediterráneo, quizás? Grecia, Italia, España…" Enumeró aquellos destinos levantando tres dedos. "O, tal vez, podría haber ido a la otra punta del mundo; para estar todavía más lejos de los Aurores. Sudamérica, Asia, o alguna isla perdida de Oceanía." Snape suspiró, apoyando la espalda contra la pared del edificio. "Cualquiera de estas opciones hubiera ido bien como primer paso. Pero no tiene sentido hablar de esto, Potter. Las cosas sucedieron de otro modo." Añadió, intentando dar el tema por zanjado.
Pero Harry había entrecerrado los ojos y le miraba con curiosidad.
"Ha dicho 'primer paso'." Le recordó. "¿Cuál era la siguiente parte del plan? ¿Vivir el resto de sus días tumbado en la playa, tomando el sol?" De alguna manera, no creía que aquel estilo de vida fuera del agrado de Snape.
El Maestro de Pociones esbozó una sonrisa sarcástica al oír aquellas palabras.
"No exactamente" Dijo. "Aunque, después de tantos años, es cierto que agradecería un par de semanas de vacaciones… La verdad es que se volvería tedioso y aburrido al cabo de poco tiempo."
"¿Aburrido?"
"Sí…" Murmuró Snape. "Sé que la mayoría de la gente sueña con retirarse a un lugar así, a vivir sus últimos años en medio de la arena y el mar. Pero, siendo sincero, creo que me hartaría rápido."
"¿Y qué haría entonces? ¿Con solo cócteles, paseos en barco y sesiones de spa para gastar sus galeones?" Preguntó Harry con una sonrisa divertida. Le hacía gracia imaginarse a Snape en aquella situación.
El profesor le devolvió la sonrisa y dijo:
"Oh, creo que tarde o temprano habría tirado mi dinero al mar y luego acabado con esto de una vez por todas."
Había pronunciado aquellas palabras con humor en su voz, pero Harry podía ver la realidad en ellas. No estaba bromeando. La sonrisa se congeló en su cara.
"¿Señor?" Dijo, asustado y preocupado de pronto. "¿Quiere decir que…?"
"No quería decir nada." Replicó Snape. "Estaba exagerando, Potter."
Pero Harry había visto la verdad en sus ojos.
"No, no lo estaba."
Se miraron el uno al otro durante unos segundos, hasta que, finalmente, Snape suspiró.
"No, no lo estaba." Repitió, desviando la mirada. "Pero ¿tanto te sorprende, Potter?
Harry tragó saliva, sin saber qué contestar.
"¿Qué otra cosa podría hacer en esas circunstancias?" Continuó Snape, alzando la voz. "¿Con la mitad del mundo mágico en mi contra y sin ningún aliado o nadie a quien le importase lo que me sucediera?"
"No sé," Replicó Harry, enfadado de pronto, "podría hablar con Kinglsey, con McGonagall. ¡Incluso con Remus si hubiera sobrevivido!" Los pocos transeúntes que había cerca suyo se giraron y Harry se obligó a mantener un tono de voz adecuado. "Ellos le escucharían. Sé que lo harían-"
"¿Y qué conseguiría con eso?" Dijo Snape, con emoción en la mirada. "No ser enviado a Azkaban, de acuerdo. ¿Y luego? Los magos vivimos más que los muggles, Potter, como bien sabes. No me gustaría pasar los siguientes cien años pudriéndome en la casa de mi familia, contando los días que me quedan."
Harry sacudió la cabeza, testarudo.
"Podría haber empezado una nueva vida." Insistió.
"Podría…" Reconoció Snape. "Pero ¿para qué? Tarde o temprano hubiera cometido los mismos errores. No sé cómo vivir en un mundo sin guerra, Potter. Y, en esas circunstancias, no tendría ningún motivo para aprender a hacerlo. No." Dijo, negando con la cabeza. "Dame la poción justa y un lugar cómodo donde estirarme. Es mucho más rápido y menos deprimente que ver pasar los años uno detrás del otro, sin nada que justifique seguir aquí."
Harry abrió la boca para replicar, pero se dio cuenta de que se había quedado sin palabras. Su corazón se estrujó de tristeza, sin embargo, imaginando aquel universo paralelo. Aquel en el que él estaba muerto y Snape no tenía a nadie. Aquel en el que, tumbado en la arena de alguna playa perdida, tras tomarse la "poción justa", sus ojos se cerraban para siempre.
"Señor…" Empezó el muchacho. Su voz sonó débil y temblorosa, y Harry se calló de inmediato al oírla.
Snape también debió darse cuenta, porqué su expresión cambió y sus ojos se tiñeron con un deje de preocupación.
"Potter, no quería decir… Yo…" Dijo dando un paso tentativo hacia el muchacho. "Ahora es diferente. Las cosas son diferentes."
"Lo sé…" Replicó Harry. "Pero no me gusta pensarlo. Incluso en esas circunstancias… Usted hubiera podido encontrar algo por lo que vivir. Tiene solo ¿cuántos? ¿Cuarenta años? ¿Cincuenta?"
Snape hizo una mueca.
"Treinta-y-ocho. Pero no te lo tendré en cuenta."
En otro momento Harry se hubiera ruborizado, pero estaba demasiado disgustado como para hacerlo.
"A esto me refiero." Continuó. "Treinta-y-ocho. Y hay muchos magos que han llegado a superar los doscientos. ¿De verdad cree que en todo ese tiempo no encontraría nada que le llenase? ¿Amigos? ¿Aficiones? Incluso, yo qué sé… ¿Una pareja?"
"Potter..." Suspiró Snape. "¿Por qué es esto tan importante para ti? No tiene sentido hablar de lo que podría haber sucedido. No voy a desaparecer, no voy a irme a ninguna playa desierta, ni a tomarme ninguna poción. Puedes estar tranquilo."
Harry se mordió el labio y miró a su alrededor. Al ver que no había nadie cerca suyo, agradeció que Snape les hubiera traído por aquella calle casi vacía.
"Yo…" Inspiró hondo. "No quiero que piense que me estoy dando demasiada importancia, ¿de acuerdo? Es sólo que... Entre esos dos escenarios, el que estamos viviendo y el otro... La única diferencia que veo, señor, es que en uno estoy vivo y en el otro… no."
Snape se removió algo incómodo, mirando tras de sí para comprobar que nadie les estaba prestando atención.
"Potter…" Empezó. "Yo…"
"El caso es que eso me preocupa, señor." Le interrumpió Harry. "Porque, si en algún momento me pasase algo, no quiero que usted decida-"
"¿Pasarte algo? ¿Qué es lo que tendría que pasarte, Potter?" Snape entrecerró los ojos, la sospecha en su mirada. "No estarás pensando en hacer alguna estupidez, ¿no?"
Harry se dio cuenta de lo que Snape estaba implicando y se apresuró a negar con la cabeza. No lo había pensado, no realmente. Aunque, de vez en cuando, podía sentir una idea que danzaba y flotaba entre sus pensamientos, como una nube sin estructura. Aquella imagen nunca había tomado una forma concisa y clara, pero, a veces, cuando la observaba con detenimiento, especialmente en sus peores noches, comenzaba a adquirir un aspecto casi reconocible. Y, aunque le asustaba, una parte de él se preguntaba si no hubiera sido mejor coger 'el siguiente tren' tal y como Dumbledore lo había llamado.
"No." Dijo, sin embargo, con firmeza, mirando a Snape a los ojos. "Es solo que la vida es impredecible y, si me caigo de la escoba mañana, no quiero que usted pague las consecuencias de mi torpeza."
La mirada de Snape estaba en su rostro, estudiándole.
"No tienes que preocuparte por mí, Potter. Incluso aunque sufrieras ese pequeño accidente… Las cosas han cambiado y…" Snape carraspeó, su típica incomodidad resurgiendo al mostrar algo de vulnerabilidad, pero continuó hablando. "Aquel plan… Aquellas… vacaciones. Ya no me tientan tanto como solían hacerlo."
"¿En serio?" Preguntó Harry. Tenía que asegurarse.
"En serio." Asintió Snape. "Pero más te vale no caerte de ninguna escoba, Potter. No has llegado tan lejos como para acabar así… ¿Entendido?"
"Entendido." Respondió el muchacho. "Pero, entonces, más le vale a usted no tomarse 'la poción justa'."
"No lo haré." Dijo Snape con solemnidad. "Lo prometo."
Harry asintió, y un silencio extraño cayó entre ellos. No era incómodo, más bien al contrario. Estaba lleno de un entendimiento que ninguno de los dos habría esperado tiempo atrás. Se sentía bien, poder hablar así, sobre la vida y la muerte, sobre pensamientos que quizás habrían asustado a otras personas. Pero no a ellos dos, que habían perdido y sufrido tanto. Ambos apreciaban poder decir las cosas de ese modo, sin rodeos, sin evasivas, sin andarse por las ramas. Y, sobre todo, apreciaban saber que cada uno seguiría ahí, viviendo, intentándolo, por mucho que costase algunos días, y que, en parte, era gracias al otro.
Una vez aquel silencio se hubo alargado demasiado, Snape se apartó de la tienda abandonada y carraspeó.
"Bien, Potter… Creo que deberíamos seguir con nuestras compras. De lo contrario se nos va a pasar el día.
Harry asintió y había comenzado a dar un paso hacia delante cuando Snape añadió:
"¿A no ser que quieras preguntarme algo más?"
Harry se mordió el labio, pensando en la mitad de la carta. Pero algo le decía que no era aquel tampoco el momento.
"No, nada más…" Dijo, mirando a su alrededor, observando aquella calle por la que no había pasado nunca. "Bueno, en realidad, sí." Se corrigió. "Una cosa."
Snape suspiró con impaciencia, pero luego hizo un gesto con la mano para que continuase.
"¿A dónde estamos yendo?" Preguntó Harry. "La mayoría de las tiendas están en el Callejón Diagon, ¿no?"
"Oh, acabaremos volviendo ahí, no te preocupes, Potter." Le tranquilizó Snape. "Pero, hay ciertos ingredientes que no los venden en los apotecarios comunes. Para eso tendremos que ir a sitios más, eh, interesantes."
Harry arqueó una ceja.
"Sitios como el callejón Knockturn, concretamente." Dijo Snape, y sus finos labios se curvaron en una sonrisa ante la expresión que había aparecido en el rostro del muchacho.
A/N: Y hasta aquí el capítulo de hoy. Espero que os haya gustado :)
Intentaré actualizar el siguiente lo antes posible pero ya aviso que entre Navidad y todo puedo tardar un poco. Por si no nos vemos antes: ¡felices fiestas!
