Twilight es propiedad de Stephenie Meyer, esta historia es de Alby Mangroves, yo solamente la estoy traduciendo para todos ustedes con la ayuda de Larosaderosas y sullyfunes01, ¡gracias!


Capítulo 8: La resolución de una Swan

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—No hice nada. Debí haberlo entregado, pero no lo hice. Observé y esperé a ver si daba un paso en falso. Si ese hombre le hubiera levantado la voz a John Banner, habría estado sobre él más rápido que una garrapata en el trasero de un perro. Pero nunca se pasó de la raya, ni una sola vez en todos estos años.

Mientras callaba, Charles se preguntaba por la reacción de Isabella ante su historia.

Se sentía más aliviado por haberse desahogado, pero se preguntaba si su hija pensaría mal de él, si pensaría que había hecho mal en no denunciarlo a la justicia. La observó con la mirada perdida por la ventana y esperó que entendiera que vigilaba a Masen en silencio y con cuidado en lugar de entregarlo, asegurándose de que el hombre no se tomara libertades con el bien y el mal.

Cosa que, gracias a Dios, nunca hizo. John Banner ciertamente no se quejaba, pues siempre le pagaban, a veces con oro, a veces mediante trueque. Masen nunca dio su nombre, pero no molestaba al tendero lo suficiente como para que al viejo le importara.

—¿Estás completamente seguro de que es él? —preguntó Isabella, con los ojos lejanos clavados en el verde oscuro, el rostro ilegible. Charles nunca había sido capaz de saber lo que ella pensaba en aquella inteligente cabeza suya. Era igual que su maravillosa y desconcertante madre, llena de misterios de mujer.

—Estoy seguro, Bella.

¿Consideraría ella que Masen había pagado un precio suficientemente alto por renunciar a su derecho a vivir en una sociedad civilizada? Charles esperaba que sí.

»También estoy seguro de que vive solo en algún lugar de las montañas. Lleva una vida sencilla, supongo, se mantiene al margen y viene al pueblo de vez en cuando, cuando necesita algo como herramientas o provisiones.

Isabella se irguió al oír aquello, con un interés no disimulado animando sus ojos.

—¿Por qué crees que vive allá arriba? ¿Quizá se desplaza de un lugar a otro, viviendo junto a un campamento?

—No, no, no creo que se mueva. Ya te he dicho que lo he estado observando. No es un vagabundo. Compra cosas que no le servirían si fuese uno, cosas que serían una carga para él y su caballo. Cosas como granos y sacos de azúcar. Una vez compró una pala nueva. ¿Para qué quiere un vagabundo una pala, Bella?

Ella asintió, dirigiendo de nuevo sus ojos al exterior.

—¿Por qué crees que está solo ahí arriba? —preguntó con demasiada indiferencia.

Charles levantó la vista y se atusó el bigote, consternado. —Está solo, sin duda. Si tuviera una banda de hombres con él, todos habrían estado llegando al pueblo en un momento u otro, y él ha sido el único que ha venido. Tampoco hay ninguna mujer allí arriba, a juzgar por la forma en que se mantiene, todo andrajoso y peludo como un santo ermitaño. Ninguna mujer que se precie que haya sostenido una aguja le ha zurcido esos calzones, eso es seguro.

Isabella se imaginó al jinete en las montañas, con su aspecto rudo y su vida elemental lejos de la influencia del pueblo, y tuvo que darle la razón a su padre. Se sorprendió en silencio de lo mucho que Charles se había fijado en el hombre. Pensaba que su vista era escasa y su cuerpo enfermizo, pero estaba claro que la mente de su viejo padre estaba tan ágil como siempre.

»Creo que pagó un precio muy alto por la pérdida de su familia y por atreverse a vengarla —dijo Charles en voz baja, cansado y entristecido. Habían pasado diecisiete años desde la muerte de sus padres, y Anthony Masen pagaría ese precio hasta el día de su muerte.

Mientras guardaba silencio, Charles miró a su hija con tristeza, preguntándose si había hecho lo correcto al contárselo.

Sabía que era una confidente digna de confianza, pero lamentaba cargarla con aquel secreto. Ella lo guardaría, lo sabía, aunque sólo fuera para mantener a salvo a su propio padre. Lo juzgarían duramente por no haber entregado a Masen a la ley años atrás.

Sin embargo, esa no era su mayor preocupación.

No, si era sincero consigo mismo, Charles estaba más preocupado por el interés que Isabella había mostrado por el tema.

¿Su nuevo interrogatorio significaba que había vuelto a ver a Masen o que no había dejado de pensar en él desde entonces?

¿Y qué era peor?

A Charles no le gustaba el silencio cargado mientras ella analizaba sus palabras, mirando fijamente con ojos que no veían mientras la casa crujía y gemía y se asentaba a su alrededor, el calor del día disipándose en el fresco atardecer.

A medida que pasaban los minutos sin que ella dijera nada más, finalmente la dejó a solas con sus pensamientos, esperando que ella volviera a él a su debido tiempo.

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Isabella se quedó atónita ante los recuerdos de su padre, aunque no porque juzgara su decisión o temiera al vagabundo que ahora sabía que era Anthony Masen.

A su padre le habría sorprendido saber que ella creía haber encontrado un alma gemela y una inspiración.

En resumen, estaba asombrada.

Se trataba de alguien que había sufrido una pérdida desgarradora y, de algún modo, había sobrevivido a ello.

Anthony Masen no sólo había sobrevivido a la tragedia, sino que se había recuperado, y parecía que podía haber planeado meticulosamente su venganza contra la gentuza que había diezmado a su familia, a costa, en última instancia, de un futuro para sí mismo.

Isabella habría dado cualquier cosa por haber tenido esa oportunidad de vengarse, pero no había ningún hombre responsable de la muerte de su amado Peter hacía tantos años.

Fue un espectro sin rostro que se lo llevó en nombre de la Guerra de la Rebelión.

Lo único que pudo hacer fue tragarse su silencioso dolor hasta que este, a su vez, se la tragó a ella.

Estaba desolada, entonces y ahora, y envidiaba la venganza de Masen.

Entonces se dio cuenta de que estaba dando falsas esperanzas al pastor Newton.

Hacía tiempo que sabía que nunca se casaría y debería haber tenido el valor de decírselo sin rodeos, en lugar de hacerle esperar semana tras semana. Con el pretexto de no herir sus sentimientos, había tomado el camino más fácil.

Ahora, con la historia que le había contado su padre resonando en su mente, ya no podía excusar su cobardía ante el sacrificio extremo de Anthony Masen.

Al igual que él había hecho una vez, enderezaría la espalda y se enfrentaría a sus miedos con los hombros erguidos, como debe hacer una Swan.