Capítulo 36

Todo en mi mente era un desastre. Desperté en mi cama, según Loveday había dormido durante tres días completos. Sabía que estaba cansada, las horas que pasaba en la biblioteca eran excesivas, aunque necesarias para poder averiguar qué estaba ocurriendo con Moonacre. Lo que no pensé era que llegara a tal nivel de extenuación como para pasar días en cama.

Recuerdo que estaba en el jardín, recolectando flores para las canastas que adornarían la fiesta de Tom. Llegaron los chicos con Robin, luego se marcharon y al poco tiempo empecé a sentir un gran dolor en la cabeza, peor que los pasados días. A partir de ahí todo se volvió negro.

Los recuerdos eran confusos. Alguien me cargaba gentilmente, susurrando palabras que no entendí. Voces preocupadas se entrelazan. El dolor no cesa. Lo único que tuve por seguro es que estaba en una cama. Mi sueño no fue tranquilo, las pesadillas provocaron que la aflicción fuera a peor.

Repentinamente, una mano salió al encuentro de la mía, su tacto cálido y algo áspero me brindó tranquilidad y sosiego. El dolor de cabeza pasó, como si alguien lo hubiese ahuyentado. La paz llegó a mí como una bocanada de aire fresco. Agradecí silenciosamente el descanso que me proporcionó.

Me costó despertarme, como si hubiese hecho un gran esfuerzo durante mucho tiempo. Alguien se movió a mi lado. Cuando dejé de notar la presencia, me sentí alarmantemente sola.

Luché para abrir los ojos, cuando finalmente lo conseguí, no había nadie. Poco después Loveday, el tío y la señorita Heliotrope entraron por la puerta casi tropezando uno tras otro por las prisas.

Quise levantarme, dado que ya me sentía mejor, pero ellos se negaron en rotundo. Al menos permanecería allí hasta que se aseguraran de que estuviese bien del todo.

Loveday me hizo compañía durante el tiempo en el que estuve en mi habitación enclaustrada. Me sorprendí cuando me dijo quién era la persona que había velado mi sueño. Robin había prevalecido junto a mi lecho hasta que vio que me despertaba finalmente y avisó a todo el mundo. Al parecer, con mucho esfuerzo por parte de la mujer, convenció a mi tío de que lo dejara quedarse dada la situación. Muy a su pesar, lo permitió.

—Después de avisarnos esperó abajo hasta que le dijimos que todo estaba bien, luego se marchó —respondió después de que le preguntara el por qué no había subido junto a ellos.

Cada vez tenía más claro que me rehuía como si tuviese la peste, como si no quisiera hablar conmigo. Pero una persona que se queda contigo en un mal momento, no puede esperar que creas que no le importas en absoluto como él intentaba hacer ver. Un momento estaba bien, al otro se apartaba como si le repeliera mi compañía. Me exasperaba la contradicción de sus acciones.

Loveday quiso posponer la fiesta que tendría lugar en poco más de una semana, pero le rogué que no lo hiciera por mí. Me hizo prometer que me cuidaría más y que dejara de descuidarme tanto pasando demasiadas horas en la biblioteca, de lo contrario la cerraría con candado y jamás volvería a leer un solo libro.

No era tonta. Sabía que sospechaba de mi comportamiento, pero supe que confíaba en que se lo diría en el momento que yo creyera oportuno. Entendía que si me presionaba no serviría de nada y tan solo me cerraría aún más en banda.

Aunque tampoco es como si pudiera decir mucho. No había averiguado nada desde entonces, lo cual me creaba inseguridad. No tenía idea de lo que ocurría a mi alrededor; la casa cayéndose a pedazos poco a poco, el libro que narraba la maldición, el dolor de cabeza…

Estaba claro que como Princesa era un fracaso total si no era capaz de resolver lo que pasaba en mi propio valle.

Días más tarde, la señorita Heliotrope me despertó mucho antes de lo que solía levantarme. No presté mucha atención al detalle, tan solo quería que me dejara en paz para volver a mis dulces sueños.

—¡Jovencita, no te lo voy a repetir! —tiró de la manta y yo temblé por el repentino frío. Froté mis brazos en un intento de conservar el calor que se me había arrebatado—. Cámbiate y baja a desayunar. Presiento que hoy será un buen día —el tono risueño con el que finalizó aquella frase antes de marcharse hizo que levantara la cabeza de la almohada y mirara con una ceja levantada la puerta por dónde se había marchado la institutriz.

«Tanto tiempo sola con Loveday le ha contagiado su humor» —o tal vez solo era su romance con el mayordomo, quiénes no tenían ningún problema en mostrarles al mundo lo mucho que se querían. Parece que el tiempo que estuve fuera, la mujer se apoyó en él y fue su mayor consuelo.

A regañadientes salté de la cama para empezar a arreglarme. Una vez ceñí la cinta que sujetaba mi trenza, bajé para reunirme con los demás para desayunar. Incluso el tío estaba de excelente humor esa mañana.

«¿Tendría que desconfiar?»

—Maria, ¿hoy tienes planes para ir a algún lado? —Loveday preguntó desde su asiento con una sonrisa.

—No tenía nada pensado. ¿Por qué?

—Oh, es que necesitaría que me ayudaras con el traje de Tom. Hay una parte del hilado que se me resiste y en dos días es la ceremonia. Ya sabes lo perfeccionista que soy y si le veo el más mínimo fallo, no podré dejar de notarlo —su drama me hizo reír.

—Claro, te ayudaré con eso —sonreí tenuemente, viendo cómo el pequeño engullía todo lo que le colocaban en su trona. Su padre tenía asignada la ardua tarea de darle de comer.

—¡Excelente! —aplaudió. Tanto entusiasmo por un simple arreglo… Bueno, era Loveday, a ella siempre le emocionaba hasta la más mínima cosa.

Pasé el día ayudando con las cosas que quedaban pendientes sobre el bautizo. Loveday había insistido en organizar un baile, no una simple fiesta de bebés. Ella quería lo más ostentoso posible. Así que pasé horas organizando los carnets de baile que se le entregarían a las invitadas. Prácticamente había invitado a más de medio valle.

El sonido de caballos relinchando hizo que levantara las vista del nudo que estaba haciendo a todas las cintas que colgaban de cada papel. Me incliné hacia la ventana del salón, la cual tenía vista directa a la entrada y vi nuestro carruaje parar en frente. ¿Digweed había salido a algún lado? No lo había visto en todo el día.

—¡Ya están aquí! —Loveday saltó en su asiento y corrió hacia la salida. Me puse de pie completamente confusa por su arrebato. ¿Esperábamos visita?

Recogí mi falda para bajar los peldaños, mirando con curiosidad cómo el mayordomo saludaba a la mujer antes de abrir la puerta del carruaje. Pude ver a dos personas sentadas una en frente de la otra dentro.

Se me cayó la mandíbula al suelo por la sorpresa que me llevé al ver de quién se trataba. Bajó con ayuda de Digweed y su sonrisa se amplió al verme allí parada.

—¡Evangeline! —me lancé para abrazar a mi amiga, quién rió y me abrazó de vuelta.

—¡Sorpresa! —extendió los brazos una vez me alejé.

—¿Y para mí no hay abrazo? —habló alguien desde atrás.

—¡George! —bajó del carruaje y me apretó tanto que casi me deja sin respiración. Rió al ver la mueca que hice por la efusividad. Eva negó con la cabeza, divertida.

—¡¿Qué hacéis aquí?! Se supone que tú deberías estar en la escuela —le dije a mi amiga, luego me giré para ver a su novio— y tú ocupado con los negocios familiares.

—Bueno, si Mahoma no va a la montaña…

—La montaña irá a Mahoma —terminó él por ella. Eva le dio un codazo en respuesta, arrancándole una risa en el acto—. Vaya recepción, ¿no te alegra vernos?

—¡Por supuesto que sí, idiotas! —les di en el brazo a cada uno, se quejaron pero sus sonrisas no dejaron sus rostros en ningún momento. La mía tampoco.

—No nos perderíamos el bautizo del año —Eva señaló a Loveday, quién se acercó al grupo con grato gesto—. Loveday se aseguró de hacernos llegar las invitaciones —miré a la rubia, quien se encogió de hombros. Ladeé la cabeza. Con que eso era lo que no me cuadraba de todo el alboroto de aquel día…

—No me mires así, no podía decírtelo. Era una sorpresa. Supuse que te gustaría tener a tus dos grandes amigos contigo para que te apoyen, después de todo, eres la madrina y tendrás un papel muy importante.

—Gracias, Loveday —le di un rápido abrazo, en el cual puse todo mi cariño.

—Llevaré sus cosas a las habitaciones de invitados, señora —informó Digweed. Evangeline estrechó su brazo con el mío y el de Loveday, colocándose en medio. George insistió en ayudar al mayordomo, quien no negó la generosa oferta. Para tan escasos días, la chica había traído toneladas de ropa. A Eva siempre le gustó más prevenir que curar. Jamás se quedaría sin usar un atuendo distinto para cada ocasión.

Reímos cuando George saltó, casi dejando caer las maletas, cuando vio a Wrolf acercarse para ver de quién se trataba. Evangeline le acarició la melena, como si de un gato se tratara. Supongo que llevaba ventaja al haberle advertido de que el animal ni siquiera mataba una mosca.

La llegada de ambos me distrajo de mis pensamientos, de todo lo que estaba mal en el valle y de mi relación con Robin. En cierta manera, fue un pasatiempo que me hizo mucho bien. Despejar la mente de vez en cuando podía aclararte las ideas.

Evangeline's Pov

Moonacre era, sin duda, mucho más hermoso de lo que Maria había descrito. Desde el bosque hasta el modesto pueblo de Silverydew, todo era encantador y desprendía un halo mágico que en ningún otro sitio podías encontrar.

Una vez nos acomodamos en la mansión y nos presentamos apropiadamente a todos los residentes de la casa, Maria quiso llevarnos a dar un paseo por los alrededores. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y las cartas no eran suficiente para saciar mi ansia de cotilleos. Estaba enterada de absolutamente todo lo que había ocurrido desde su llegada, pero más tarde antes de que nos fuéramos a la cama, la bombardearía a preguntas sin que el chismoso de mi novio se enterara. George podía ser incluso más curioso que yo y eso era algo que me encantaba de él, pero no dejaría que avergonzara a Maria, al menos no más que yo.

Maldije en voz alta cuando mi bota pisó un charco de lodo y ensucié mi tan exquisito vestido.

—Te dije que trajeras algo más cómodo —me dijo, ayudándome a salir del apuro extendiendo una mano hacia mí. Miré su atuendo, llevaba un vestido sencillo, de esos que le gustaban a ella. Creo recordar que se los hizo Loveday a mano. La cola era bastante larga, así que la debía llevar colgada del brazo lo que sobraba para no mancharla en exceso.

—Antes muerta que sencilla —comentó George con una risa, sugiriendo con un gesto que tomara su brazo de apoyo. El terreno se estaba volviendo irregular y seguramente mis tacones no lo soportarían.

—Cómo me conoces —le di un beso en la mejilla a medida que volvía a reanudar la marcha.

En nuestro camino al pueblo, empecé a sentirme observada. Era una sensación rara. Un escalofrío me recorrió la espalda, haciendo que me estremeciera. Miré a mi alrededor, pero no había nadie. Agité la cabeza para quitarme ese pensamiento. Seguramente eran imaginaciones mías.

Un crujido de hojas no tan lejano volvió a alarmarme, esta vez haciendo más notorio mi mal estar.

—¿Qué pasa, Eve? —George mostró una mueca de preocupación, deteniendo nuestro paso. Maria andaba por delante, encabezando el pequeño grupo.

—¿No lo has oído?

—¿El qué?

—Se oyen ruidos cerca —seguí examinando cada árbol de nuestro alrededor.

—Cariño, estamos en un bosque, aquí hay de todo menos silencio —bromeó.

—No, cada vez suena más cerca.

—Será algún animalillo de por aquí. No te preocupes. Maria dijo que en esta parte del terreno no hay osos ni lobos —había algo ahí, estaba segura de ello. Mi sexto sentido nunca me fallaba—. Por cierto, ¿dónde se ha metido? —dejé de mirar a mi alrededor para llevar mi vista al frente, donde se suponía que estaba nuestra amiga.

—¿Maria? —la llamé.

—La muy despistada no se habrá dado cuenta de que nos hemos rezagado —suspiró mientras negaba con la cabeza.

Un repentino grito nos dejó completamente descolocados. Nos dimos cuenta con horror de que ese grito pertenecía a nuestra amiga, más adelante en el camino.

—¡Maria! —corrí lo mejor que pude dado al estorboso atuendo que llevaba. Recorrimos una buena distancia hasta que llegamos a un claro. Nos detuvimos al ver una escena bastante atípica.

Maria estaba allí, dándole golpes a varios chicos, quienes reían y pedían disculpas al mismo tiempo. Un cuarto chico se quedó rezagado mirando la escena, como nosotros mismos. Solo que este no parecía tan sorprendido como nosotros, incluso sonreía tenuemente.

—¡No tenéis remedio! Casi me da un ataque por vuestra culpa —se quejó la castaña de ondas rojizas.

—Estabas tan distraída que creímos que teníamos que darte un toque de atención —se excusó el rubio, el más alto de los cuatro.

—¿Una no puede pasear tranquilamente?

—¡No bajo nuestra guardia! —rió el castaño, el único que no llevaba sombrero.

—Oye, hoy vienes acompañada, por lo que parece —señaló el moreno, advirtiendo nuestra presencia—. ¿No nos vas a presentar a tus amigos?

—¡Oh, claro! —mi amiga se acercó a nosotros, indicando con un gesto que acudéramos a su lado—. Ellos son Evangeline y George, unos amigos míos de Londres. Han venido a pasar unos días por el bautizo —los chicos también se acercaron—. Estos son David, Henry y Richard. Los bandidos más conocidos del valle —rió cuando terminó la frase.

—Es un honor que nos presentes así —los muchachos siguieron la broma con gusto. Sin duda estaban muy unidos. La confianza saltaba a la vista.

El chico que quedaba se acercó sutilmente. Reconocí el bombín que llevaba en la cabeza. Era el sombrero que guardaba mi amiga con tanto cariño en Londres. Era inconfundible de las tantas veces que lo había visto en su tocador.

—Y él es Robin, heredero del clan De Noir —explicó por último, señalando al chico de cabellos rizados. No se me pasó el tono en el que hizo la presentación y tampoco la sutil mirada que se dirigieron.

Dejé salir una mueca pícara. Iba a tener mucho de qué hablar, después de todo.

Rompieron rápidamente ese pequeño contacto visual

—Encantada de conoceros —dije, esbozando una sonrisa—. Maria me ha hablado mucho de vosotros.

—¡Qué honor! —dijeron los otros tres, dándose palmaditas en el hombro.

—Todo cosas malas, seguro —con eso, Richard se ganó un puñetazo en el brazo por parte de la chica.

—Bueno, unas cuantas —reí. Me gustaba el ambiente que creaban. George empezó a interactuar más con los chicos, ya que al principio se quedó un poco parado sin saber exactamente cómo proceder a entablar una conversación. Se llevaron muy bien.

Mientras escuchaba lo que decían, me percaté de que Maria había dejado el pequeño grupo y se había acercado a Robin, quien organizaba algunas bolsas olvidadas. Al parecer las transportaban a algún lado.

Hice mi mejor esfuerzo por dejar de atender a los hombres de mi alrededor y centrar mi atención en lo que de verdad me interesaba, la situación amorosa complicada de mi amiga.

Maria's Pov

Reuní el coraje para acercarme a él. Quería que habláramos, al menos aunque fuera un poco. Lo vi colocar las bolsas que los chicos habían tirado a un lado al sorprenderme en el claro. Tendría que darles una lección en consecuencia por casi provocar que me muriera del susto.

Junté mis manos tras mi espalda asomando la cabeza para ver lo que traían dentro. Advirtió mi presencia y se giró para confrontarme. Tuve que dar un paso atrás para evitar que chocara conmigo.

—¿Son regalos? —señalé. Los miró por un momento antes de volver sus ojos marrones a mí.

—El clan De Noir también quería contribuir a la tradición.

—No es su cumpleaños —alcé una ceja, sabiendo muy bien que había entendido la indirecta.

—Si nos presentamos en el bautizo de mi sobrino sin nada que aportar, puede que mi hermana nos borre de la faz de la tierra —reí. Sí, a Loveday no le sentaría muy bien—. Costaron de convencer, aún no aceptan que se trata de un Merryweather y no un De Noir.

—No te creas, tiene lo mejor de las dos casas —suspiré. Ese niño era la viva unión de ambos clanes. Esbozó una sonrisa, seguramente pensando lo mismo que yo. Apreté mis labios, pensativa. No quería que la conversación terminara allí—. Y, ¿qué le has regalado tú? —se quedó quieto un momento ante la pregunta. Pensé que había cruzado algún tipo de línea, que había roto una especie de protocolo, por lo que fui a retirarla, hasta que me dio la espalda y rebuscó entre las bolsas de cuero.

Esperé pacientemente hasta que me mostró una caja verde con un lazo blanco. La abrió y sacó un pequeño bombín de su interior. No pude evitar ladear la cabeza y sonreír por lo bonito que era.

—¡Oh, qué pequeño es! —lo tomé de sus manos y le di vueltas, admirando los detalles. Era exactamente igual que el suyo, pero unas cuantas escalas más diminuto—. ¿Lo has hecho tú? —asintió.

—En el pueblo me dijeron que nadie hace sombreros tan pequeños, así que, no iba a dejar que mi ahijado se quedara sin el suyo particular.

—¿Cómo no? —se lo devolví. Recogí un mechón detrás de mi oreja—. Es muy bonito.

—Gracias —dejó la caja de vuelta a su lugar. Ahora fue su turno para detenerse antes de volver a hablar—. ¿Ya estás mejor? —la pregunta hizo que mi corazón aleteara en mi pecho, recordando lo que me había contado Loveday, cómo me había cuidado mientras estaba enferma.

—Sí, mucho mejor —no pude evitar sentirme como lo hacía cuando estaba con él—. Gracias, por preocuparte —asintió varias veces, sin decir nada al respecto. No hacía falta. Para mí las acciones muchas veces mostraban más que las palabras.

—Tengo que llevarle esto a Loveday —agarró varias alforjas y las cargó. Me agaché para ayudarlo, dado que había muchas, y sin querer agarramos la misma juntando las manos en la correa. Compartimos una mirada antes de que dejara que yo la cogiera, haciéndose a un lado.

—Os ayudaremos —la ajusté en mi hombro, poco a poco volvía a sentir la confianza que creía haber perdido en algún momento de mi camino en esos dos largos años.

—¿Nos acompañais? Venga, luego podemos llevaros a dar una vuelta —ofreció Henry, contento de haber hecho nuevos amigos. Eva y George se mostraron conformes y también cargaron con algunas bolsas.

No se me escapó el guiño que me dedicó la castaña mientras me señalaba a mí y a Robin. Le di un codazo para silenciarla y entre risas nos marchamos de vuelta a la mansión, la esperanza tintineando en mi interior, esperando que todo eso fuera el comienzo de algo bueno tras todo lo acontecido.