PIRATE JOURNEY
-Sobrevivencia-
…
El mundo le dio vueltas.
De nuevo se sentía como cuando despertó, mareada, su cuerpo moviéndose sin su permiso, el mundo girando a su alrededor sin ser realmente consciente, pero lo sentía, y lo sentía con mucha claridad.
Era agobiante.
Lo peor, es que no solo sentía eso, si no que ardía.
Todo ardía, y no como el ardor en su ojo, sino algo aún más grande, en todo su cuerpo, no solo enfocado en su rostro, en el ojo que quedó inutilizable bajo sus parpados. El ardor, pasó a ser calor, mucho calor, empezó a hervir.
No lo soportaba.
Intentó respirar, jadear, tratar de apaciguar tal calor, pero no era posible.
¿Por qué le pasaba eso ahora?
De nuevo asumía que era esa maldición que sus progenitores le pusieron encima, donde evitaban que pudiese vivir, que pudiese ser libre, estar en paz sin sentirse al borde de la muerte, así que ahí, de nuevo, veía la muerte golpear su puerta.
Y haber estado bajo el mando de una bandera, cuyo logo era la muerte en sí misma, le causaba aún más pesar.
Tal vez era una señal, una señal de que su martirio continuaría.
Logró calmarse, al menos lo suficiente, solamente porque el movimiento se acabó, el martirio de sentir todo girando a su alrededor era suficiente para hacerla sentir mareada, y vomitar era algo que realmente no quería hacer, ya se sentía lo suficientemente mal y desagradable para además añadir eso a su lista. No quería perder su dignidad de esa forma, ni quedar con el malestar por lo que le restaba de vida.
¿Qué había pasado?
No recordaba.
Había estado comiendo, y luego todo se fue a negro.
Y lo primero que pensó, es que alguien había envenenado su comida. Era lo más lógico, se solía hacer eso en las altas ramas de la sociedad, la forma más limpia y con menos rastro, que la socialité solía usar en contra de sus enemigos.
Y sabía que su madre solía matar así, que así se deshacía de los estorbos en su vida.
¿Qué habría pasado si su madre se hubiese encargado de ella en vez de su padre?
Si, estaría muerta, pero su cuerpo estaría intacto, prístino, perfecto.
¿Era eso algo bueno?
Negó, no podía ser.
No era posible, no estaba hablando de la gran ciudad, no estaba hablando de la alta alcurnia, no estaba hablando de personajes adinerados y reconocidos que debían ocultar sus rastros para que sus reputaciones no estuviesen manchadas, estaba hablando de piratas, personas que siguieron un camino errado, un camino delictual, y viendo los logos que estos tenían en su ropa, en su barco, incluso en sus pieles, el ocultar de una manera así una muerte, sería incluso estúpido.
Si, sabía que robaban, no debía asumir mucho más, pero viendo a la mujer, quien la tenía acorralada entre una caída al mar y un arma, sabía que matar no era un problema, no era algo que ocultasen, era algo que debía hacerse si es que la situación lo ameritaba.
Si quisieran matarla, lo harían con sus sables, la harían sangrar, la cortarían, y le darían una muerte lenta, arrojándola al mar, sangrando, esperando que los tiburones oliesen su sangre y fuesen a darse un festín con los restos de su humanidad.
Además, siguiendo esa lógica, también vio como el cocinero le sirvió la comida frente a ella, y luego le sirvió a la capitana, si hubiese puesto veneno en la comida, ambas estarían muriendo, y dudaba que tuviesen el valor de desafiar a su líder, a quien claramente le mostraban respeto y cariño.
Entonces, ¿Qué ocurría?
Sintió una mano en su rostro, sujetando su mejilla, y la sintió fría, muy fría, lo que era reconfortante ante el calor horrible que sentía, sobre todo los anillos que parecían incluso más helados que la misma piel.
La mano se movió, golpeando su mejilla.
Y le resultó lo más desagradable del mundo.
Abrió su ojo, dispuesta a quejarse con quien la golpeo, y vio una imagen borrosa del capitán del barco. Le costó enfocar, su ojo inútil ardiendo con el intento, pero era lo único que podía hacer, necesitaba entender lo que ocurría.
No notó una mueca divertida en la mujer, una burla más, ni una mueca desafiante, una amenaza más, pero si una mueca seria, profesional, se atrevería a asumir que incluso preocupada. Cuando pudo notar su rostro, también sintió su aroma a ron, y de nuevo sintió desagrado.
Si la mujer quería ayudarla o algo, no estaba funcionando, por el contrario.
Apretó los dientes, dispuesta a decirle algo, pero no pudo, su cuerpo, su existencia, demasiado agotada para hacer lo más mínimo.
Escuchó bullicio a su alrededor, acercándose, y no sabía dónde estaba, a pesar de sentir su cuerpo descansado ahí donde había caído, pero no reconocía su alrededor. Escuchó voces a su alrededor, de nuevo, voces gruesas que no reconocía ni podía descifrar ante lo fuerte de su acento, incluso uno parecía ser extranjero porque no logró ni siquiera distinguir una palabra.
Sintió movimiento a su lado, y esperaba que eso se acabase rápido, que no quería volver a marearse y vomitar. Una mano se acercó, y le desagrado de nuevo la cercanía ajena. Sabía que, en su situación, el ser aun una especie de prisionera en ese barco y el no tener el menor estatus ahí, la hacía vulnerable a esas situaciones. Era un juguete, la mujer se lo dijo, y debía aceptar que desde ahora en adelante nadie le mostraría respeto alguno, y se acercaría como si tuviese el poder para hacerlo, para pasarle por encima, para usarla.
Y a pesar de su disgusto, de nuevo sintió alivio al sentir una mano fría, ahora pasando entre su cabello, apoyándose en su nuca, sujetándola, y sabía que estaba siendo movida de nuevo, porque su estómago volvió a retorcerse.
Había cerrado su ojo solamente para no marearse más, pero cuando el movimiento se detuvo y escuchó una voz indistinguible hablándole, tuvo que mirar.
Se vio temblando, nerviosa, cuando vio a una persona desconocida frente a ella, cerca de ella, notó una cicatriz en el rostro ajeno, de una esquina del rostro a la otra, en diagonal, así como los ojos oscuros, pequeños e intensos que la observaban. No pudo reconocer a esa persona, y se sintió incluso más enferma de ver a alguien acercándose así, y por inercia giró el rostro, sin querer mirar a esa persona, sin querer tener el más mínimo contacto.
El agarre en su nuca se puso más tenso, y se sintió como un felino siendo agarrado por el cuero del cuello. Recién ahí abrió su ojo, y sabía que la capitana estaba cerca, pero no se había dado cuenta de que tan cerca. Prácticamente al moverse, al huir del desconocido, terminó escondida en el pecho de la mujer, y lo sabía porque notó los tatuajes en su piel descubierta, el ancla, los timones, la calavera y los tentáculos de un kraken escapándose por el borde de su camisa.
"Vamos, pequeño kraken, tienes que tomártelo."
¿Tomárselo?
Reconoció la voz de la mujer, incluso notó la vibración de la garganta ajena al tenerla tan cerca, pero no alcanzó a sentir vergüenza por la cercanía, la curiosidad siendo más fuerte. Volvió la mirada, hacia el hombre que se acercaba, y recién notó como en sus manos tenía una botella, de la que le estaba ofreciendo el contenido.
Pero negó.
El aroma a ron le inundó los sentidos, y sabía que lo que sea que estaba en esa botella iba a tener ese olor, iba a tener ese sabor. Intentó moverse, huir de la botella, pero el agarre en su nuca se lo impidió, y por supuesto que miró a la responsable de eso, negándose, podía ser un juguete, una prisionera, pero no iba a dejar que decidiesen más cosas por ella.
No sin luchar.
"No quiero."
Le dijo, teniendo la fuerza para hablar.
Los ojos plateados la miraron, sorprendidos, y pensó que esta se enojaría, pero no fue así, ya que terminó soltando una risa.
"No puedes mejorarte si no bebes."
¿Mejorarse?
¿Se trataba de una medicina?
Recién ahí lo entendió.
Había sido atacada, había perdido mucha sangre y tuvo una herida abierta por quien sabe cuánto tiempo, luego cayó al mar, inconsciente, vagando entre las olas, y luego de todo eso, se vio ahí arriba, teniendo su propia pelea interna. Ahora tenía sentido, ¿Cómo no iba a enfermar? Era lo más obvio, y, de hecho, sintió calor cuando pasó de estar en la habitación del capitán a estar a la intemperie, lo cual no tenía sentido a menos que tuviese fiebre.
Se había descompuesto.
Soportar el frio del mar, y soportar su herida, debió ser demasiado para su frágil cuerpo, para sus defensas.
Y ahora estaba luchando para recuperarse.
Y quizás, perecer así era lo mejor.
Negó, sin querer beber, sin querer siquiera mejorar.
Si su vida iba a consistir en eso, en pasar de mal en peor, entonces no quería.
Sintió el agarre en su nuca menos intenso, ahora tornándose suave.
No se había dado cuenta, pero había bajado el rostro, escondiéndose de nuevo, y ahora lo volvía a levantar, un frio extraño en su mentón, forzándola a levantar la mirada y no lo logró ver con su ojo, pero sabía que era el garfio de la mujer haciendo la acción, su mano de carne aun firme en su nuca.
"¿No querías ser libre? No puedes ser libre si te mueres, ya viviste todo eso, puedes superar esto."
Las palabras de la mujer sonaron tan agradables, sin la burla, sin ver todo como un juego, como una broma, como mera diversión. Notó genuina amabilidad de su parte, y la imagen le causó nada más que sorpresa. Pero si, esta tenía razón. No sabía porque, quizás con su habilidad innata, pero la mujer lo supo de inmediato, pudo ver dentro de ella.
Se quitó la dignidad del medio para poder sobrevivir, para respetar a esa mujer y así vivir un día más, y esta notó su desesperación.
Y ahora le recordaba quien era, cuál era su objetivo, cuál era su sueño.
La miró, y asintió, girando el rostro, mirando a uno de los tripulantes del barco, quien se veía intimidante, pero en ese instante su expresión se veía suave incluso. Este le acercó la botella, poniendo la boquilla en sus labios, y poco a poco comenzó a levantarla, forzando a que el líquido llegase a su boca, y poco a poco, comenzó a sentirlo dentro. Era denso, no era agua, no era ron, pero no tenía sabor alguno, nada que pudiese distinguir.
Se vio algo sofocada con la cantidad, su garganta sin querer tragar todo lo que tenía en la boca, y notó como la mujer detuvo al hombre, haciéndole un gesto con su garfio, y cuando tragó lo suficiente y recuperó la compostura, el hombre volvió a ayudarla para tragar el resto del contenido.
Se sintió aliviada cuando logró tragar todo. No sentía mayor sabor, pero era algo molesto, su cuerpo sin querer cooperar del todo.
La mano en su nuca la ayudó a recostarse de nuevo en aquel lugar, hasta que finalmente la soltó del todo, alejándose.
No sabía porque, pero anheló que la mano se quedase un momento más en ese lugar, y tal vez era su enfermedad, su fiebre, sus molestias, su vulnerabilidad o simplemente aquella necesidad de afecto que jamás tuvo en su vida.
Todos esos factores le crearon aquel pensamiento estúpido, el cual debía ignorar.
Si, esa mujer la había salvado, ya tres veces si es que lograba sobrevivir a esa fiebre, a ese dolor, pero seguía siendo un pirata, seguía siendo una mujer en la que no confiaba lo suficiente, y cada vez que hablaba su sangre hervía y le daban ganas de golpearla. No podía dejar que unos momentos de amabilidad, de suavidad, quitasen de su mente todo lo malo.
Ahí seguía siendo una prisionera.
Un juguete.
Y si un juguete se averiaba, se debía arreglar, porque si lo perdían, se acababa la diversión, y eso no se podía permitir. Ese mundo, esa gente, ese barco, no aceptaría que el nuevo juguete muriese, dejase de ser lo que era, un juguete. Necesitaban esa diversión, llevaban años sin tener a quien mirar, a quien molestar, a quien tener entre sus garras.
Y ella lo era.
Ese era su lugar en el barco.
Por una parte, su lado primigenio, su cara de mujer de alta sociedad, de un alto rango, una mujer respetable de altos estándares, la mujer que se convirtió en su cuna de oro, se sentía enfurecida, molesta, sin duda iracunda de ser eso para esa gente, ser un objeto, un objeto brillante a su alcance que no merecía respeto, porque era eso, un juguete, pero por otra parte, una parte muy estúpida dentro de ella, tal vez la parte de ella que abundaba en desesperación, sentía alivio, y si, era estúpido sentir alivio por algo así, pero al menos eso, ese puesto dentro del barco, le aseguraba que viviría, que no la dejarían morir, que la cuidarían al final del día, que no podían destrozarla, que no podían romperla, para no perderla.
Y luego de saber a ciencia cierta de que sus padres querían eso más que nada, destrozarla, romperla, hacerle perder su brillo, su vida, el saber que había alguien en el mundo que haría lo que sea para salvarla, era sin duda una bocanada de aire fresco.
Porque deseaba sobrevivir, vivir un día más, y siendo un juguete, el juguete de los piratas, la haría conseguir aquel deseo.
Miró al capitán, quien estaba mirándola desde su posición, de pie, su mano y su garfio en su cinto, una mueca preocupada en su rostro sonrojado por el alcohol.
Se sentía bien que alguien la salvara.
Como esa mujer la salvó, como esa mujer arriesgó su propia vida para ponerla a salvo.
Eso se sentía bien.
Se sentía como lo que la gente llamaba felicidad.
Al final, el cansancio la hizo cerrar su ojo, el cansancio acallando cualquier pensamiento, su mente cayendo en un sueño profundo, y lo último que pasó por su cabeza fue su deseo de vivir, de abrir su ojo una vez más y saber que aún tenía un día más en ese mundo.
Porque sobrevivir lo era todo.
