RED KNIGHT
-Amistad-
…
Se sentía extraño, había algo extraño en el ambiente, pero no podía entender que era.
El bosque de la zona era tupido, solo había árboles, uno tras otro decorando el camino, cubriendo todo, cada rincón. Al menos era de día, y entraba suficiente luz por sobre la copa de los árboles para ver alrededor, aun así, se sentía preocupada por algo.
Giró el rostro, mirando hacia atrás, mirando a la princesa de reojo, notándola tan silenciosa e inquieta como siempre, observando alrededor, como si esperase un ataque, siempre temiendo, siempre a la defensiva.
No estaba segura en ningún lugar, y no lo estaría hasta que volviese a estar encerrada, las paredes, los muros protegiéndola.
Pero ¿eso sería suficiente para mermar su miedo?
No lo sabía.
Además, lo notaba, la princesa aún no confiaba en ella del todo, y por supuesto que no, si era una real idiota a la hora de comportarse, ¿Cómo no iba a asustarla? Y las cosas seguían así, tensas. Habían dejado la costa luego de pasar una noche en el muelle, y sentía que había hecho algo mal para que la princesa estuviese tan silenciosa, más que antes, ¿Qué? No lo sabía.
Tal vez esa era la razón para sentir incertidumbre en ese instante, esa tensión.
Ella era al problema.
La princesa la vio pelear contra una bestia semejante, y debió sentirse insegura a su lado, viendo lo que era capaz. Sin embargo, las pequeñas manos se aferraban a su cinturón, temblorosas, sujetándose como si de eso dependiese su vida, y tal vez era así. Le debía aterrar su fuerza, su habilidad, lo vulnerable que se sentía al lado de una mujer grande como ella, pero, aun así, era mejor que su padre.
Ya le daría asco siquiera parecerse un poco a ese sujeto.
Estaba a cargo de la seguridad de la princesa, de protegerla, de mantenerla a salvo y lejos de las manos de su abusador, y la princesa lo sabía, y eso era suficiente para quedarse tranquila, o al menos un poco.
Tal vez Weiss jamás podría confiar en nadie, en nada, y no era ella el problema, sino que el mundo en si le generaba desconfianza, y así seguiría por el resto de su vida, en un completo miedo, terror de su alrededor, todo por la culpa de ese hombre, de esa patética persona.
Monstruo.
Realmente lo odiaba.
Alcanzó a tirar de las riendas cuando volvió a mirar al frente, notando un árbol caído justo en el pequeño camino de tierra, bloqueándolo.
Zwei podría saltarlo sin problema, pero era mejor no estar arriba de él para no lastimarlo con la caída, seguían siendo dos personas, una liviana y otra demasiado pesada. Pasar por el lado les iba a costar por lo tupido de los árboles, estos tan cerca el uno con el otro, incluso a una persona le costaría pasar, mucho más su caballo, así que tendrían que cambiar de plan para seguir adelante.
Pero, pasar por ahí no era el problema.
El problema era lo sospechoso que era aquello.
Se quedó un segundo mirando a la base del árbol, notando los cortes en la madera, claramente hechos con un arma.
No fue un accidente ni una casualidad.
"¿E-está todo bien?"
Pudo escuchar la voz ansiosa de su compañera, y se dio cuenta de su propia ansiedad. Comenzó a mirar alrededor, esperando que alguien llegase, que alguien las atacase de golpe, incluso sintió a Zwei resoplar, atento.
"No lo creo."
Se bajó del caballo rápidamente, notando el rostro preocupado de la princesa, la cual miraba alrededor también, su pequeña mano firme en el mango de su estoque. Por su parte también desenfundó su espada, la hoja creciente que colgaba de su cinto. Eran humanos, quien sea que cortó el árbol, era imposible que un trabajo tan pulcro fuese hecho por una bestia.
Miró a la derecha y a la izquierda, topándose con árboles a cada lado, un montón de ellos, y parecía que el patrón se repetía, de hecho, sentía que llevaba caminando horas eternas por el mismo idéntico camino.
La princesa se bajó de Zwei a duras penas, y se quedó tras ella, protegiéndose con su cuerpo, entendiendo que la situación parecía peligrosa.
Pero no pasaba nada.
No venía nadie.
Soltó un suspiro, tomándolo como una falsa alarma, como que aquella jugarreta era para alguien más.
Cuando iba a darle un golpe en las ancas a Zwei para que saltase el árbol que bloqueaba el camino, escuchó unos pasos acercarse, y se puso alerta.
Su corcel relinchó, alertándose también, ambos con oídos entrenados.
Lo vio llegar por el mismo camino, no saliendo desde los arboles rojizos, no era una emboscada, al menos no una hecha por bandidos. No era lo que solía ver en sus viajes, era algo diferente.
El sonido del metal de la armadura resonaba y brillaba con el sol que entraba por la copa de los árboles. Era una armadura de oro, con un símbolo en azul. Sintió las manos temblorosas de Weiss en su cinturón, aterrorizada, y notó la pregunta silenciosa que esta le hacía.
¿Viene por mí?
Si, lamentablemente sí.
El momento finalmente había llegado, alguien les había seguido la pista y las había encontrado en la mitad del bosque, ¿Cómo? Claramente sabían quién era quien había secuestrado a la princesa, obviamente buscarían en sus tierras natales.
Logró ver el símbolo de la casa Nikos de Mistral, y se vio tragando pesado.
Solo era un hombre, no una tropa, pero dudaba que estuviese viajando en soledad, pero era claro que venía por ellas, no tenía duda. Atlas tenía grandes conexiones con Mistral, eran compañeros en guerras, por supuesto que iban a pedir ayuda para encontrarlas, sobre todo teniendo mejores accesos marítimos a Vale.
A pesar de todo lo que hicieron para pasar desapercibidas, fue en vano.
Claramente Vale sería uno de los primeros lugares donde buscarían luego de en Atlas.
El rey sabía que estaban ahí, y no iba a quedarse de brazos cruzados.
El caballero se acercó, pero se detuvo a unos metros de ellas, y se puso en postura firme, militar, observándolas desde detrás de su casco, su rostro completamente invisible.
"El rey de Atlas, Jacques Schnee, le ordena que cese sus acciones delictuales y permita que la princesa secuestrada regrese a su hogar."
El caballero habló, su voz resonando metálica, mientras le mostraba un pergamino. No podía leer lo que decía, pero si podía notar el logo de la casa Schnee al final de este.
Si, las habían encontrado, tal y como imaginó.
Soltó un suspiro.
El día iba a llegar, no tenía duda.
Pero la respuesta siempre sería la misma.
"La princesa se queda conmigo."
Dijo, sin dudar, inflando el pecho, mostrando su propia armadura, ahora ya más desgastada, pero seguía teniendo su logo rojo y brillante, siempre lo usaba con orgullo en cualquier situación y momento, por más ínfimo que fuese.
Era una Rose, era un caballero, era un héroe.
Tal y como su madre lo fue.
Escuchó un resoplido provenir desde dentro del casco, y el caballero llevó las manos ahí, para retirarse la pieza de metal dorado de la cabeza. Se asomó un cabello largo y rubio, en una coleta corta similar a la propia, así como unos ojos azules que brillaban con fuerza, brillantes, determinados.
Se quedó sin aire.
No podía ser.
"Sabía que eras una persona obstinada, pero no creí que tanto."
Se vio sonriendo al ver un rostro conocido.
Jaune se veía más mayor que la última vez que se toparon, cuando separaron sus caminos, ella se quedó en Vale y Jaune volvió a su tierra natal, Mistral. Podía notar algo de barba en su mentón, así como sus rasgos más masculinos. Era una pena, ya que al tener de amigo a Jaune no solía notarse tanto que no era un hombre real, pero ahora se notaba más esa diferencia.
Además, no lo recordaba tan alto.
La había dejado atrás.
Este comenzó a trabajar en Mistral hace un tiempo atrás, o eso supo en la última carta que recibió. Ya que siempre trabajaba en Vale, y luego había viajado a Atlas a pedido de uno de los jefes de caballería, Ironwood, creyó que no lo volvería a ver, y para ser honesta, encontrarlo ahora y en esta situación, era de seguro la opción más inesperada.
"Amigo mío, han pasado muchos años, has cambiado."
Jaune soltó una risa, su mano pasando por el logo en su pecho, una sonrisa orgullosa en su rostro.
"Podría decir lo mismo de ti, pero siempre te estás metiendo en problemas, creí que la edad te habría cambiado."
No, por supuesto que no. Seguía siendo la misma persona intrépida.
Pero ahora más fuerte, más determinada aún.
Además, ¿Que tanto se podía esperar de una mujer que mentía día a día para seguir teniendo ese trabajo? Rompía las reglas, después de todo.
Se quedaron mirando unos segundos, sintiendo un golpe de nostalgia al verse de nuevo, pero poco a poco comenzaron a volver al presente, y ahí notó algo de dolor en los ojos azules, como si tuviese miedo de hablar, o tuviese miedo de la respuesta que iba a conseguir.
Jaune estaba ahí por órdenes de Atlas, el cual le pidió ayuda a Mistral, quizás era por la buena jurisdicción marítima que tenían por la zona, o quizás Jaune estaba cerca de los puestos de avanza de Mistral, o lo habían mandado exclusivamente para solucionar el problema. No le gustaba la política, pero creía que, si Mistral recuperaba a la princesa de Atlas, sus relaciones mejorarían. Eran continentes aliados, pero siempre podían ganar más favores.
Y a ella, en su posición, no le favorecía ni la política ni las leyes, ya que bien dijo Jaune que ella siempre se metía en problemas, y si, era así, y siempre sería así.
Si lo correcto la metía en problemas, entonces así seguiría.
Jaune, en cambio, era un gran caballero, seguía las leyes, era cuidadoso y evitaba conflictos innecesarios, siendo más diplomático. Era hombre de buen corazón, si, no tenía duda que eso era lo que había hecho que la cabeza de la familia Nikos lo mantuviese a su lado, en una posición prestigiosa.
Él era su amigo, desde siempre, desde que entraron a las caballerizas para entrenarse, para salir como caballeros.
Pero, ahora, era su enemigo.
Y debía hacer lo correcto, incluso teniendo a su amigo frente.
Jaune tomó aire, y levantó el rostro, su cuerpo tenso, determinado, al igual que sus ojos.
"Tengo la orden de llevar a la princesa a Atlas. Quiero que solucionemos esto por las buenas, así nadie saldrá herido. Dejame cumplir mi misión para que todo esté en orden."
Si, todo estaría en orden.
El abuso seguiría.
El maltrato seguiría.
Si eso era estar en orden, entonces no lo aceptaba.
Jaune era su amigo, pero no iba a caer, no iba a vacilar.
"No."
Dijo, sin dudar, mientras miraba a Jaune, mostrando incluso más determinación que el rubio. Sus ojos azules se veían resueltos, y su armadura recién pulida se veía imponente, capaz de todo, pero no se acobardaría, no ahora, no nunca.
El caballero de dorado avanzó un paso, sus manos moviéndose, perdiendo su calma, su parsimonia, y volviéndose solo Jaune.
Siendo aquel su compañero de entrenamientos, de vida, no el hombre con la armadura.
No los caballeros que se convirtieron.
"Ruby, es en serio. Tengo que devolver a la señorita Schnee a su hogar. Una princesa no debería andar viajando sin rumbo entre reinos, es peligroso. Lo mejor que puedes hacer es entregarla."
Como si no supiese eso. Obviamente que era peligroso, por algo la acompañaba, y no la dejo a su suerte para que se salvase por sí misma. Nunca haría eso. Sería irresponsable de su parte, y había prometido que la protegería.
Se atrevía a decir que el camino era menos peligroso de lo que sería que esta estuviese de vuelta en su hogar, bajo el escrutinio de Jacques.
Estiró la mano, justo donde estaba la princesa, haciendo que esta retrocediera.
Sintió los pies pequeños de la mujer temblar mientras retrocedían, mientras se mantenía a salvo. Podía jurar que se había acercado a Zwei, afirmándose de las riendas, ese era el mejor lugar, el lugar más seguro.
Sonrió, mientras tomaba el mango de su gran espada tras su espalda.
"¿Reconoces esta espada, Jaune?"
Notó como los ojos azules la miraron, estos sorprendidos, pero con un dejo melancólico en su expresión.
Habían entrenado mucho, durante años, eran compañeros, grandes amigos, sus mejores peleas fueron con él a su lado, y la espada que llevaba en su espalda, era el recuerdo de esos tiempos, el mango hecho pensando en él, en su mejor amigo. La desenvainó, mostrando la grandeza del arma, y Jaune cerró los ojos un momento, podía notar cierta decepción en su rostro.
Él esperaba que esa misión fuese fácil; encontrar al caballero rojo y hablar un poco, llegar un acuerdo, y llevar a la princesa a Atlas.
Pero no.
No iba a ser así de fácil.
Jaune desenvainó su espada, tan grande como la propia. Por algo la hizo basada en él. Ambos se entrenaron de la misma forma, incluso lo ayudó cuanto tuvo sus mayores problemas a la hora de pelear.
Eran hermanos de armas.
La espada ajena llegó al suelo, enterrándose en la tierra, y ahí recién los ojos azules la miraron, se veían desesperados. Podía notar que iba a intentarlo una vez más, el convencerla, pero la primera pregunta era suficiente, él sabía que su determinación era precisa, única, y que jamás vacilaba.
Jamás rompía ni sus promesas, faltaba a su palabra, ni vacilaba en hacer lo correcto, y él lo sabía mejor que nadie.
"Si la llevo ahora, estarás a salvo, Ruby. Si estoy yo aquí en vez de las tropas de Mistral, es porque soy el único que te conoce lo suficiente, que puede convencerte, que puede hacer algo para cambiar lo difícil de la situación sin que llegue a correr sangre."
Pero no, no podía.
Este apretó los dientes, notando su silencio.
Desesperándose.
"¿Sabes el daño que estás provocando? ¡El mundo entero se puede ir a guerra por tu culpa! ¡Tú reino! ¿No has pensado en eso? El rey Jacques tiene el poder suficiente para someter a todos los reinos más débiles, ¡Incluido el tuyo!"
Si, lo tenía claro.
Giró el rostro, mirando a la princesa, la cual parecía esconderse detrás de Zwei, su pequeño rostro asomándose apenas, observando lo que sucedía, pero demasiado temerosa para mostrarse por completo. El mismo grito de Jaune parecía haberla puesto incluso más nerviosa.
Sabía que estaba secuestrando a la princesa, que estaba secuestrando a la princesa de uno de los reinos más poderosos de Remnant, lo tuvo claro desde un comienzo.
Mistral tenía los mayores tratados con Atlas, así que sería el primero en sufrir las consecuencias. Y su propio reino sería el más afectado, un pequeño país, una isla, un terreno ínfimo en comparación con las tierras heladas en lo alto del mapa.
Si, la decisión más sabia era dejar ir a la princesa, devolverla a su hogar.
Pero veía esos ojos, veía ese ojo descolorido, veía ese cuerpo pequeño y tembloroso, ese rostro desconfiado, veía esas incontables heridas bajo sus mangas, veía esa humanidad desgarrada y abusada.
No, no podía dejarla ir. No podía permitirlo.
Era una niña asustada dentro de un cuerpo maltratado.
"Lo sé, sé que mis actos traerán discordia al mundo entero, pero voy a seguir adelante, porque prefiero que el mundo arda antes de ser responsable de que la princesa vuelta a sufrir por la culpa de ese hombre. No podría vivir, no podría seguir adelante, sabiendo que no hice nada cuando pude hacer algo y evitar un horrible desenlace."
Volvió a mirar a Jaune, mientras apoyaba la gran espada sobre sus hombros, el peso conocido en su mano derecha. Le agradaba ese peso, ese dolor en sus músculos tensados, su muñeca ardiendo, lista para mover el filo.
El hombre la miraba, sus ojos cada vez más cansados, su rostro decepcionado, triste incluso.
"Si sigues adelante, él va a destrozarlo todo, te va a destrozar a ti. Todos están aterrados. Pyrhha me dijo que intentase convencerte de disculparte, que era lo mejor, que así todo estaría en paz. Eres como mi familia, no quiero que algo malo te pase."
Entendía su miedo.
Pero ya se lo había dicho, no una, ni dos veces.
"Juré que haría lo correcto hasta con mi último aliento, y eso estoy haciendo. Si muero haciéndolo, entonces bien por mí, porque lo intenté todo hasta que mis latidos se silenciaron."
Jaune apretó los labios, y notó una lagrima caer de su rostro.
Estaba enojado, estaba triste, podía ver una mezcla de sentimientos en su rostro, y luego, finalmente, fue determinación, este levantando la hoja del suelo, apuntándola hacia ella.
"Tú me enseñaste a usar esta espada, así que te voy a demostrarte todo lo que aprendí."
Se vio sonriendo, con nostalgia.
Probablemente sería la última vez que vería a Jaune.
Pero era lo que debía hacer.
No iba a darle en el gusto a ese rey, a ese condenado, no lo haría, o sería lo mismo que fallarle a su madre, fallarse a sí misma. No se iba a acobardar ahora, no tenía ni miedo de ganar ni de morir, así que seguiría adelante, sin importar nada.
Iba a proteger a la princesa, a como dé lugar.
Con su vida.
