N/A: Segunda temporada de Corrupted Body.
CORRUPTED MIND
-Pérdida-
…
Algo faltaba.
Algo le faltaba dentro.
¿Pero qué?
Abrir los ojos le causaba incomodidad, o quizás era el estar rodeada de la oscuridad tras sus parpados lo que le generada real confort, así que se quedó inerte, con los ojos cerrados, respirando lentamente, al fin y al cabo, no podía hacer nada más.
Lamentaba, odiaba, el tener razón.
Si, tenía razón, porque dijo que no sería la misma, que nunca sería la misma, y aquella frase seguía revoloteando en su cabeza, una y otra vez, como una burla, porque era así, y cada día que pasaba ahí volvía a caerle la realidad encima. Y lo peor, es que estaba débil, incapacitada. No solo no era la misma, nunca sería la misma, y lo tenía claro, pero esto, era prácticamente una mala broma, la realidad mofándose.
Abrió los ojos, estos ardiendo ante la luminosidad de la habitación de hospital, no, de esa clínica en la que estaba, ese centro de investigación al que volvía una vez más, y le daba asco estar ahí, más que por lo que pasó ahí, el trato que esa gente le dio, si no por que recordaba quien fue, quien ya no era, quien jamás podría ser.
Y cuando despertó aquella vez, cuando inició su largo paso por la corrupción, se sintió mal, se sintió agobiada, desanimada, rindiéndose fácilmente ya que no le quedaba nada más, y sabía que la corrupción la iba a terminar matando, que iba a devorar su mente y perdería su cuerpo ante esas garras. Tuvo que asumir que lo perdería todo, lo aceptó rápidamente, y se fue perdiendo, se dejó consumir, apreció cada segundo que tuvo de lucidez, así como cada segundo donde sus impulsos salvajes la hicieron sucumbir y se liberó de cualquier atadura.
Por supuesto que lo disfrutó.
No iba a morir en vano.
Pero no había muerto, y donde estaba ahora, era peor que la misma muerte.
Se miró el pecho, los cables pegados a su piel por aquellas ventosas, estas también en sus brazos descubiertos, en su frente, en su cuello, monitoreándola por completo. Cuando estuvo así, cuando fue obligada a estar así la primera vez, estaba de pie, se movía, a veces la hacían correr u ocupar su habilidad, y así la agotarían, así verían que tanto avanzaba la corrupción ante su esfuerzo físico.
Y ahora era diferente, ya que ni siquiera era capaz de levantarse, no tenía la fuerza, no tenía las ganas, su cuerpo tan débil, tan frágil, demasiado para hacer el más mínimo esfuerzo. Y lo que más la agobiaba era esa sensación de haber perdido una parte de sí misma, como si le hubiesen arrebatado un miembro, como si su humanidad se hubiese resquebrajado y partes de sí misma se derramasen por esas grietas.
Habían pasado días desde que despertó, ya se había acostumbrado a su cuerpo actual, ya no se sentía hipersensibilizada ante su despertar, al cual culpó de su estado, y se dijo, una y otra vez, se obligó a tener esperanzas, de que volvería a la normalidad, que sería ella misma de nuevo, ya que, su familia, sus amigos, la estaban esperando para volver a tomar las riendas, para que volviesen a hacer misiones juntos, para que hicieran del mundo un lugar mejor, tal y como ella les dijo años atrás, como los motivó a seguir el camino correcto.
Tal y como ella misma fue motivada cuando era niña.
Le enseñaron que así debía ser, que debía hacer lo correcto siempre, porque tenía esos ojos, porque era la hija de héroes.
Pero…
¿Era capaz de hacer lo correcto sintiéndose así?
Estaba cansada, tan cansada…
No le gustaba estar ahí, nunca le gustó, esa soledad la obligaba a encontrarse consigo misma, a hablar consigo misma, a pensar, una y otra vez, sin parar, sin tener distracciones, sin obligarse a ponerse una máscara encima y así seguir adelante, fingiendo con los demás, siendo quien debía ser, como aprendió desde que era una niña. Tenía a sus amigos que le confiaban su espalda, que le daban sus vidas para que ella las comandase, para que las guiase, pero el acto se desmoronaba.
Las vidas se desmoronaban.
Por su culpa, ellos morían.
¿Cuántos cadáveres tenía sobre sus hombros?
Muchos, más de lo que podía cargar.
No era una heroína, no podía serlo, si es que fallaba, si cometía un error, alguien perdería su vida, y la idea era protegerlos, protegerlos a todos, mantener a toda la humanidad a salvo, pero ya sabía, ya había aprendido desde sus quince años que no era así, que esa idea duraba un momento, porque era imposible, nunca nadie podría salvarlos a todos, era un sueño iluso.
Un héroe los salvaba a todos, los protegía, los cuidaba, tomaba las decisiones correctas, no huía, no los traicionaba, no le mostraba los dientes, ni les rugía amenazantemente.
Podía culpar a la corrupción de sus actos, de haber querido atacar a las personas, de destruir a la humanidad que se dijo desde la infancia que protegería, como los héroes de los libros, los que le leyeron una y otra vez, se memorizó su palabrería, sus actos, sus valores, y su familia la alentó a seguir haciéndolo, a seguir siendo un personaje ficticio, irreal, sin problemas, sin dudas, sin vacilaciones, siempre valiente, siempre caminando hacia adelante, escogiendo el camino correcto.
Y la realidad la golpeaba, porque por más que intentase ser así, mantenerse en el camino que tomó siendo una niña para que así su familia estuviese orgullosa, manteniendo la máscara en alto, era imposible, porque cometía errores, tantos errores, donde la gente moría a sus pies por sus decisiones, y el miedo de perder a alguien más la obligaba a retroceder, a evitar ser consumida una vez más por la culpa, evitar cargar con otro cadáver más.
Su responsabilidad, eran su responsabilidad.
Y ahora, más que nunca, no tenía fuerzas suficientes para aceptar ese peso, ni siquiera para pretender que podía.
Pretender era tan agotador…
Pero más de alguien debió notar las grietas, las grietas que tenía su máscara antes de tener la de Grimm sobre el rostro. Yang y su padre debieron notarlo cuando huyó de casa, cuando no soportó ver a su hermana en ese estado, su mente preocupada de su compañera más que de su propia sangre, o sus amigos debieron darse cuenta cuando los usó, estos aun en duelo, para viajar por Mistral y hacer algo de provecho, para luego abandonarlos a su suerte, yéndose por sí misma a Atlas, sin siquiera avisarles.
Porque lo único que le importaba era Weiss, el volver a tenerla, porque era más importante Weiss que mantener su máscara, que seguir pretendiendo ser la heroína perfecta. Por Weiss haría lo que sea, incluso las peores de las atrocidades, matar incluso.
Le faltaba una parte de sí misma sin Weiss.
Así como ahora sentía lo mismo, pero de una manera completamente diferente.
Le faltaba la oscuridad.
La corrupción.
Lo invencible que se sentía con esa máscara, otra más que se ponía encima, pero esta le dio libertad, le dio confort, le dio seguridad, valentía, no como la de la heroína, que lo único que le dio era culpa, cansancio y decepción.
Y dolor, tanto dolor.
Cerró los ojos de nuevo, buscando ese confort que la oscuridad le daba, así se calmaría, así dejaría de pensar, de darle vueltas a las cosas, a las sensaciones que la sometían fuertemente. Sabía que debía seguir adelante, seguir su vida como antes de caer a la fosa aquella. Ya no había oscuridad alguna así que desear lo que jamás tendría de vuelta solo era un sueño iluso más y estaba harta de darse falsas esperanzas.
Por ahora, solo debía aceptar que ese cuerpo, que esas sensaciones, que su mente inestable sería su realidad de ahora en adelante.
Escuchó un pitido que la hizo salir de su cabeza. Eran los sonidos de las maquinas que trajeron a su habitación, para monitorearla, junto a las voces, difusas, que parecían hablar y comentar sin parar, y sus orejas eran sensibles, capaces, las de un animal, así que debía ser capaz de oír sin problema, por lo mismo entendió que simplemente no le interesaba oír lo que estos decían.
Su mente rota hacia suficiente ruido para servir de distracción del mundo a su alrededor.
Y estaba demasiado cansada para ponerles atención de todas formas.
Una de las puertas se abrió, reconoció el movimiento, y siempre se sentía animada, energizada, cuando escuchaba ese sonido, porque significaba que podía ser Weiss quien le daba una visita, así que siempre miraba hacia la puerta, esperando ver esos hermosos ojos, ese hermoso cuerpo, y así al fin sus problemas dejarían de afectarle.
Porque si tenía a Weiss a su lado los problemas eran ínfimos.
Pero no, para su absoluta decepción, era otro de los doctores, y por suerte ya no veía a aquel sujeto que vio tiempo atrás, al que quiso herir, al que quiso torturar, al que quiso matar, y a pesar de no tener la oscuridad dentro, la sensación, las ganas, los impulsos, parecían seguir ahí, latentes.
Y ya no sabía si era ella misma la que pensaba así, la que se sentía así, o eran los atisbos de oscuridad que quedaron grabados en su ser.
Temía saber la respuesta.
Pero su mente no alcanzó a seguir, la puerta abriéndose de nuevo, y ahora miró con menos esperanzas, sabiendo que se iba a decepcionar de nuevo, que no vería a Weiss, que su humanidad no encontraría la calma.
Weiss.
Era Weiss.
A pesar del cansancio, del dolor, de sus emociones difusas ante aquella parte que su cuerpo extrañaba, fue capaz de sonreír, o sea, ¿Cómo no iba a sonreír al ver a la mujer que más amaba? Fue su salvadora, fue su compañera, fue quien estuvo ahí cuando todos temieron acercarse, Weiss era por quien luchaba, por quien vivía, por quien moría, por quien mataba, por quien sonreía.
Su rostro estaba serio, intenso, una mezcla perfecta entre preocupación y molestia.
Si, todo ese análisis debió de haber terminado hace un buen rato, y no, seguían ahí, como si estuviesen haciéndolo de nuevo, una y otra vez, corroborando los datos, intentando descubrir cómo estaba su cuerpo, si había quedado algo de oscuridad, si su ADN seguía contagiado con la oscuridad, si habían quedado rastros, y por lo que su mente mostraba, creía que así era.
Weiss miró al doctor quien era el encargado, este revisando el papeleo, revisando los datos, revisando las pantallas, una y otra vez, hasta que finalmente miró a los azules, y este negó.
¿Negó?
Weiss frunció el ceño, avanzando, rápidamente, quitándole al hombre todo lo que tenía en las manos, revisando todo por sí misma, y sabía que esta tenía la capacidad, la sabiduría, los conocimientos para ser capaz de entender la información que ahí salía. Poco a poco, los copos de nieve, las líneas azules en su piel, comenzaron a avanzar, más y más, tomando la piel ajena, y le parecía aún más hermosa así, teñida, corrupta.
Pero temió.
Algo no andaba bien.
Weiss se quedó en silencio, así como las personas que estaban ahí dentro, quienes le empezaron a sacar las ventosas del cuerpo, una por una, con cuidado, y se sentía tétrico, se sentía como un funeral, y no fue capaz de preguntar, ya no tenía el valor, ya no tenía el ímpetu, la imprudencia, así que se quedó en total silencio, esperando, mientras las personas iban saliendo, una por una, llevándose las maquinas, llevándose todo, liberándola de la agonía que la multitud le causó en ese espacio reducido.
Finalmente quedó sola, sola con Weiss, quien aún revisaba el material en sus manos, su ceño fruncido.
Se miró las manos un momento, sin querer dejar de mirar a Weiss, porque como iba a querer dejar de mirarla, pero sentía la urgencia de observarse a sí misma, observar su cuerpo, el que claramente tenía algo mal.
Aún era un monstruo.
"Así que aún estoy corrupta."
Habló, sintiendo su garganta rasposa ante el silencio que la consumió.
Miró a Weiss, quien la miraba de vuelta, habiéndola escuchado con claridad, su ceño fruncido, pero ahora en preocupación. Y para su sorpresa, esta negó, acercándose, dejando los documentos en la mesa de noche, mientras se sentaba a su lado en la camilla, y a pesar de la ansiedad que esa respuesta le generó, porque, si no era eso, entonces, ¿Qué estaba mal con ella?
Pero no le importó, no cuando las manos de Weiss se posaron en sus mejillas, el frio de sus manos, estas aún más frías ahora que el Dust estaba siempre en sus venas, se sintió relajante, le causó tanto confort como la misma oscuridad, y cerró los ojos, disfrutando de la paz que ambos le otorgaban. Solo podía disfrutar lo poco que la vida le daba, consumirlo, devorarlo, sin culpas.
Las manos se pusieron más frías, sentía el picor del Dust saliendo desde el cuerpo ajeno, sus emociones desbocándose, pero no le molestaba, para nada, tanto así que llevó las manos hacia las de Weiss, sujetándolas, sintiendo aquel picor en sus mejillas y en la palma de sus manos. Pero se rehusó a abrir los ojos, porque eso le recordaría su fragilidad, su estado, y lo que sea que significaban los resultados que los doctores obtuvieron a su costa.
Pero debía hacerlo, debía saber la verdad.
Ya que, ahí, con Weiss, sería lo suficientemente fuerte para no desmoronarse.
Podría soportarlo, soportaría lo que sea.
Abrió los ojos, notando la desesperación en los azules, estos húmedos, pero sin dejar ni que una lagrima cayese, Weiss era fuerte, era más fuerte de lo que ella misma podría aspirar a ser.
"¿Qué es lo que tengo entonces?"
Algo no andaba bien, se lo dijo a Weiss, que sentía que algo le faltaba, o se le escapó, no lo sabía, no lo recordaba, su mente nublada en ese instante, aun nublada.
Weiss la miró, dudando si decirle o no, pero intentó que su propia mirada la motivase a hablar, le diese la seguridad que no se iba a derrumbar.
"Es lo que no tienes, Ruby."
¿Lo que no tenía?
¿La oscuridad?
¿Lo que tanta falta le hacía era la oscuridad?
Weiss puso la mano en su pecho, su camisa aun abierta lo suficiente para dejar parte de su piel visible, para que pudiesen entrar los cables, y el frio en su pecho se sintió tan agradable, tan fresco en su piel ardiendo, débil, cansada, agotada de existir. Pero vio en la mano ajena un destello, las marcas en su rostro brillando más de lo usual, como siempre que Weiss activaba su Aura. La vio, ahí, blanca, tan blanca, tan familiar, tan hermosa, su alma siendo visible para ella, solo para ella.
Y sabía que en una situación así, su propia Aura debía reaccionar, el rojo saliendo a encontrar el blanco, como siempre.
Pero nada.
No hubo rojo, ni la más mínima chispa.
Oh.
Eso era lo que le faltaba, su Aura.
Frunció el ceño, ya sabía que le faltaba algo, y saber que resultó ser eso, le hacía sentido, pero no entendía por qué, por qué había desaparecido de la nada.
No, no fue de la nada.
Cuando se vio corrupta, los petalos dejaron de salir, cada vez menos, luego su cuerpo dejó de tener ese escudo, su cuerpo recibiendo cada ataque, la oscuridad absorbiendo el dolor, alimentándose, así como se alimentó de su propia vida. Weiss destruyó la oscuridad que tenía dentro, pero la oscuridad ya había eliminado su Aura, su alma, la había erradicado, manchado, lo que sea que hubiese ocurrido, pero ya no se podía recuperar lo que se había perdido.
Sujetó la mano de Weiss que permanecía en su pecho, sujetándose a esta, sintiendo el Aura blanca en su piel, así como el Dust, así como el frio de la mano ajena, y era tan agradable, que era lo único que le impedía llorar, sufrir, el darse cuenta que había perdido algo valioso, algo extremadamente valioso, sobre todo para ella, quien era, quien fue, una cazadora, que necesitaba su alma para pelear, para contratacar.
Para ser quien debía ser, para usar los ojos con los que nació.
Tal vez por eso sus ojos ardían tanto con la luz, porque ya no tenían luz tampoco.
Al final, era su alma, su Aura, quien le daba aquellas capacidades.
Ahora, era solo una humana.
Eso era, una débil humana, sin poderes, sin capacidades, sin habilidades, sin luz, sin alma.
Por eso se sentía vacía, ya no tenía alma alguna.
Quería desmoronarse, simplemente cerrar los ojos y desaparecer en la oscuridad, pero no podía, Weiss estaba sufriendo por ella, intentando hacer, una vez más, todo lo que estaba en su poder para salvarla. Pero no, ya no había salvación, ese estado era imposible de solucionar, o quizás sí, pero lo sentía, sentía que no podría volver, y confiaba en sus instintos.
Eran lo único que le quedaba.
Apretó la mano de Weiss en la suya, le dio una sonrisa, intentando así calmar la tensión en el hermoso rostro de la mujer que amaba.
"No te preocupes, Weiss, lo que ocurrió aun es reciente, dale tiempo, sé que volverá."
Una mentira.
Una gran y vil mentira.
Sintió un sabor amargo llenándole la boca…
Mentirle a Weiss, sobre todo, causaba esa sensación en ella, pero debía hacerlo, debía mentir, debía seguir como siempre, sin preocupar a nadie, porque ese era su papel en ese mundo, esa era la persona que nació para ser, para convertirse.
El ser la hija de su madre.
El ser su madre.
Quizás, si lo decía, si tenía esperanzas…
Se lo terminaría creyendo…
Y se haría realidad…
Que ilusa era.
A pesar de todo lo que había ocurrido, aun seguía teniendo esos rasgos tan tóxicos de su personalidad, de la niña que le enseñaron a ser. El tiempo no solucionaría nada, solo terminaría de destruirla, como siempre ocurría.
Día tras día, año tras año, teniendo siempre el mismo resultado.
Pero sin la oscuridad amenazando con matarla, con liberarla de ese mundo en el que la obligaron a vivir, ya no tenía excusas, así que debía seguir pretendiendo, seguir mintiendo, seguir siendo la heroína que el mundo necesitaba.
La heroína que ya nunca sería.
