GRIMM TALE

-Cacería-

Se agachó y miró las marcas en el suelo, observándolas minuciosamente.

Pisadas.

Huellas.

Lobos.

Buscó el rastro entre las hojas caídas por el otoño, y pudo ver las huelas avanzar, metiéndose más y más hacia el interior del bosque.

Y ahí debía ir ella.

Se paró erguida, mirando hacia adelante, ajustando el agarre en su arco, lista para apuntar, para atacar, para cazar.

Ese era su trabajo, el mantener el perímetro libre de esas bestias, las cuales, si no se les monitoreaba, se acercaban demasiado a los pueblos, aniquilándolos. Y no iba a permitir eso, esa era la responsabilidad que su padre le dejó, su casa, su terreno, su trabajo.

Él le salvó la vida, y prometió que cumpliría con su deber una vez que él no estuviese ahí, y así le pagaría por su bondad, por su cariño, por su amabilidad.

Por la vida que le dio.

A diferencia de lo que se podía pensar al verla, nació en cuna de oro, vivió en uno de los castillos a las afueras. Estuvo rodeada de lujos durante su niñez, de muchas cosas que muchos envidiarían, pero no estaba libre de la codicia, de la envidia en su alrededor. No estaba a salvo ahí dentro, a pesar de que, a ojos ajenos, tuviese la vida perfecta.

Un día salió a las afueras del castillo, ni siquiera recordaba porqué, pero no pareció algo extraño en su ingenuidad, sin embargo, no se había dado cuenta en ese entonces de que su propia familia era su primer enemigo en el mundo, deseándole la muerte, hasta tal punto de pagarle a alguien para quitarle el corazón.

Alguien ahí afuera debía darle caza como si se tratase de un animal, abrirle el pecho, y llevarle a sus padres su corazón aun tibio.

Se vio llevando una mano al pecho, sintiendo la ira, el enojo, aun fresco en su memoria, y su corazón, aun ahí, acunado entre sus costillas, latía.

Y si estaba ahí, viva, era por el hombre que la salvó, quien también era el responsable de asesinarla en primera instancia, ya que le pagaron para que cazara a un supuesto monstruo, pero no era nada más que una niña, normal, sin nada que ocultar. Pero pensó, por mucho tiempo, si era un monstruo o no, si merecía eso o no, pero el cazador, al que consideró un padre, le repitió incansablemente que los monstruos eran quienes pidieron matar a una niña, así como quienes le marcaron el rostro, quienes permitieron que fuese marcada como un animal que tirarían al matadero.

Y él tenía razón.

Caminó, lentamente, con cuidado, atenta a su alrededor, mientras seguía las huellas, los rastros dejados por lobos, los cuales se acercaron demasiado a su territorio, y no podía permitir eso. Esas bestias sanguinarias solo querían devorar a los niños que paseaban por el bosque, o a las personas que tranquilamente vivían.

Ya habían dejado mucha muerte, y su padre hizo todo para evitarlo, para mantener a los lobos a raya, y asesinó a muchos de estos mientras se paseaban libremente, acosando niños, matándolos, devorándolos.

Monstruos hambrientos.

Gracias a él, muchas personas pudieron regresar a casa, vivas.

Y ella debía hacerlo orgulloso, seguir con su legado, y hacer exactamente lo mismo.

Se detuvo, mirando alrededor, usando uno de los arboles como escudo, como escondite.

Podía verlo.

Podía ver el hocico del animal desde la lejanía, entre los tupidos árboles. Su pelaje era de un color café oscuro, y su nariz era completamente negra. Sujetó con firmeza su arco, mientras que con la otra mano sacaba una de las flechas de su espalda. Se preparó para atacar. El lobo, a la distancia, se removió, y notó desde su posición como arrugaba la nariz, olfateando, y la parte de la cabeza del animal que no lograba ver desde su posición, se hizo visible.

Le sorprendió el ver unos ojos plateados en el animal, entre tanta mezcla de colores oscuros, estos parecían brillar, y esos ojos, la veían a ella. El cazador siendo cazado, la presa convirtiéndola en una presa.

¿La había descubierto?

¿La había olido?

No importaba, debía cazar a ese animal, no iba a arriesgarse a perder a alguien más. Era otro asesino de humanos del que debía deshacerse, y usar su pelaje oscuro para hacerse un abrigo para pasar el frio invierno. Puso la punta posterior de la flecha en la cuerda, y comenzó a tirar, apuntando, mirando fijamente a los ojos plateados, los cuales la miraban a ella.

El animal la observó, posicionándose, esperando, sin siquiera la más mínima intención de huir del disparo, y eso era mucho mejor para ella.

Y se enfocó tanto en el animal, mientras mantenía la tensión de la cuerda, que notó el movimiento que una de sus orejas rotas hizo, leve, escuchando. Y no era un sonido propio, sabía que era sigilosa, había entrenado con su padre, quien le enseñó todo acerca de la cacería, de ser un cazador. Así que aquel sonido que el animal oyó, la alertó también a ella.

Algo andaba mal.

Dejó de mirar al animal, a su objetivo, y miró alrededor.

En la oscuridad infinita del bosque, notó unos ojos azules brillar en la oscuridad, luego unos más amarillos, luego unos más rojizos.

Estaba rodeada.

No vio tantas huellas, así que no se lo esperó.

Por instinto, por reflejo, soltó su flecha, no sin antes haber apuntado a uno de los ojos que se asomaban en la nada. Escuchó un aullido, y esperaba que eso fuese prueba suficiente de que había logrado apuntar correctamente a su nuevo objetivo.

Pero cuando fue a sacar otra flecha, los otros dos lobos se acercaron, corriendo, feroces, ahora sus gruñidos resonaron como un eco, dejando de lado el completo silencio que habían demostrado hace solo unos momentos. Ya no tenían que ocultarse, ahora solo tenían que atacar.

Sintió ardor en su rostro, justo en una de las ultimas cicatrices que obtuvo al tener un encuentro con un lobo, la herida aun ardiendo a pesar del tiempo que había pasado. Pero era solo los atisbos de ese dolor, recordándole que no podía dejarse alcanzar por las garras de los animales rábidos.

Así que se movió, corrió, moviéndose entre los árboles, sin la menor intención de ser atacada. Mientras se movía, sacó otra flecha de su espalda, enterrándola en la cuerda, y tirando de esta, preparándose para girarse y volver a atacar.

Correr nunca había sido su fuerte, y sabía que los lobos la atraparían, que siempre serían más rápidos que ella, así que debía de estar lista para seguir peleando, de frente, esa era la mejor forma de sobrevivir ante un encuentro así.

Le desagradaba cuando las cacerías no salían bien…

Los lobos cada día se hacían más feroces, más sigilosos, ocultando sus rastros, aprendiendo rápidamente a quienes debían cazar, y siempre solían ser cazadores.

Recordó a su padre, de nuevo, este siendo cazado en una de sus cacerías, siendo atrapado, sin posibilidad de escape, los lobos aprendiendo que este era un enemigo que debía ser aniquilado, y lo lograron.

Aun recordaba el haberlo buscado en el bosque, para no encontrar nada más que sus ropas y sus huesos masticados.

Tal vez, así también sería su final.

Y a esta altura, prefería ser comida por lobos sádicos antes de morir a manos de su propia familia.

Pudo oír los pasos acercarse, y ya sabía que su estamina se estaba agotando, así que giró su torso, apuntando hacia atrás, llevando la punta de su flecha justo entre los ojos del lobo, logrando detectar su posición.

Y disparó.

El lobo detuvo su movimiento de inmediato, la flecha atravesando su cráneo, dejándolo inmóvil. El cuerpo pesado del animal cayó al suelo, pesado y se tomó un momento para recobrar el aliento.

Y ese segundo de respiro, fue su mayor error.

Cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde.

Solo escuchó el gruñido tras su espalda, el tercer animal habiéndose adelantando, avanzando más rápido, con la intención de aparecer frente a ella. Giró el rostro, ya siendo lo único que podía hacer ante tan poca anticipación, su mano buscando una de sus flechas, pero sabía que no podría alcanzar a disparar, pero lo hizo de todos modos.

Era su segunda naturaleza.

El lobo ya había saltado hacia ella, sus garras apuntándola, sus ojos rojizos iracundos, listos para destrozarla, para devorarla, salivando en anticipación.

Escuchó un segundo gruñido, casi de inmediato.

Y vio frente a ella un cuarto lobo lanzándose hacia su atacante.

Notó la mancha oscura asomarse, una mancha oscura y roja, que interceptó al lobo gris que la iba a atacar, y vio ambos cuerpos rábidos caer a su izquierda.

Se quedó inerte, sintiendo su pecho palpitar dolorosamente ante el pánico de haber sido atacada, de saber que no iba a llegar a casa impune, una herida más en su cuerpo. Solo pudo quedarse ahí, recuperando la compostura mientras los lobos se movían, mientras peleaban, el cuarto lobo que apareció viéndose mucho más grande que el lobo gris que la atacó. Y de un momento a otro, no había nada más que silencio, luego de los gruñidos alborotados llenando sus oídos.

La pelea se detuvo, luego de haber un ganador.

El lobo que quedó en pie fue el lobo oscuro, y ahora podía verlo con claridad, ya no más una mancha en la oscuridad. Y lo primero que notó fueron los ojos plateados brillantes, y luego, la capa roja que estaba sobre su lomo.

Era el mismo lobo al que iba a atacar, el lobo que persiguió, y ahí, teniéndolo cerca, notó lo grande que era.

Notó sangre en el animal, su hocico sangrando, al parecer logró ser atacado por el lobo gris.

Volvió a poner la flecha en la cuerda, apuntando, ahora que los ojos plateados la miraban, el animal posicionándose, frente a ella, mirándola, sangrando, y este olfateó, de nuevo, oliéndola. Era un lobo grande, probablemente una flecha no bastaría, así que debía de ponerse firme.

Y ahí, apuntando entre los ojos del animal, se dio cuenta de algo.

¿Por qué el animal la salvó?

Porque eso había hecho, ¿No?

No, por supuesto que no, era un animal, probablemente de otra manada, y no querría que los otros lobos se llevasen su presa, así que la obtuvo mientras tuvo la oportunidad.

Pero, este tampoco la atacó cuando apuntó la primera vez, cuando lo persiguió por el bosque, porqué al final, ese lobo, era el cual estuvo rastreando.

Se vio apretando los dientes, no tenía que pensar demasiado, era una cazadora, debía cazar, y los lobos eran su primera presa, eran quienes mataban a las personas, quienes destrozaban familias y se comían a los más vulnerables y débiles que encontraban.

No iba a permitir que ese lobo matase más.

El lobo avanzó, y ella, por inercia, retrocedió, manteniendo la distancia para que su disparo fuese más certero.

Este avanzó más.

Y ella retrocedió más.

Y luego, el lobo comenzó a moverse, a moverse de una manera extraña, como si sus músculos estuviesen temblando, distorsionándose dentro de su pelaje. Escuchó un crack, luego otro, y se vio retrocediendo más de la sorpresa que por otra razón.

Había cazado lobos por años, y jamás había visto algo así.

El lobo bajó la mirada, dejando de conectar con la propia, su capa cayendo sobre su cabeza, y ahí, vio cómo su cuerpo se sometió al mayor cambió.

El pelaje desapareció.

Fueron segundos, minutos, horas, el mundo se había detenido en ese momento, así como sus propios movimientos, su espalda terminando pegada a uno de los árboles, sin posibilidad de moverse.

Y cuando el lobo levantó la mirada, cuando la volvió a mirar, ya no era un lobo.

Era una mujer.

Los ojos seguían siendo los mismos, los irises plateados, brillantes, pero la esclera de sus ojos no era blanca, era oscura, como el mismo animal que estuvo frente a ella hace solo unos momentos. Su cuerpo era grande, fuerte, con cicatrices por varios lugares, y su cabello era largo, oscuro, con tintes rojizos, tal y como era el pelaje del lobo.

Era mujer era el lobo.

No era un lobo, si no que era un hombre lobo.

El animal, la mujer, se acercó, más y más, hasta que las manos se acercaron, las garras negras brillando sobre sus dedos, y ambas manos llegaron al árbol tras ella, impidiéndole el moverse, el huir, y se sintió enojada consigo misma por dejar caer su arco ante la sorpresa.

Nunca había visto algo así.

Pero creía que quizás su padre sí.

La mujer la miró, sus ojos sin dejar de conectar con los propios, mientras su nariz sangraba profusamente ante el daño que el lobo gris le hizo. Finalmente, luego de tortuosos segundos simplemente mirándose, esta abrió la boca, los colmillos notándosele.

"Te ayudé, solo porque hueles como el cazador que salvó a mi abuela."

¿Qué?

Su padre. Por supuesto.

¿Quién más hacía dichas labores?

Solo él, el héroe.

Olía como su padre, vivía en aquel lugar, en su hogar, usaba sus herramientas, usaba su arco, usaba sus pieles, por supuesto que olía como él. Al fin y al cabo, él la adoptó.

"Es mi padre."

Habló, obligándose a sí misma a hablar con esa creatura que no era realmente su enemigo, un lobo, o quizás si, y eso la enfurecía. Sabía que debía actuar, pero en ese momento, aún estaba confundida por ver a un hombre lobo, y avergonzada por que este fuese una mujer que se le había lanzado encima sin consideración de su metro cuadrado.

Lidiar con lobos ya era complicado, ¿Pero con humanos?

Un momento.

Miró a la mujer frente a ella, miró la capa que seguía sobre su espalda, esta amarrada en su cuello, y recordó algo que le dijo su padre años atrás, cuando perseguía a un lobo, cuando salvó a una mujer mayor de las garras de este, pero, había una niña en la ecuación, niña que no pudo ayudar, que no pudo salvar, que buscaron entre todos, sin lograrlo.

Él buscaba a la niña de capa roja, a la que su madre había mandado a visitar a esa mujer mayor, pero que no volvió, que no fue encontrada, y que presuntamente había muerto a mano de los lobos.

Era ella.

"Si tú eres esa niña, mi padre te buscó. Todo el pueblo te buscó."

La mujer la miró, su rostro sin mayor expresión.

Los ojos dejaron de mirarla, y se fueron a la luna, esta asomándose entre las ramas de los árboles, su rostro ahora brillando con la luz, así como sus ojos, así como la sangre fresca aun saliendo de la herida.

"El lobo me convirtió. Luego de eso, ya no pude volver, tuve que quedarme acá, o me matarían si sabían de mí, de lo que era."

No tenía duda de eso.

Un ser así debía ser asesinado.

Y así era, eso debía hacer.

Como cazadora, eso era su deber.

Acomodó el arco en su mano.

Hombre lobo, o lobo, era lo mismo.

Así que debía cazarlo.