MAD WORLD

-Huida-

Caminó por los pasillos del castillo.

Podía hacerlo, tenía la libertad para hacerlo, sobre todo si se trataba de visitar a su hermana, ese era el trato.

Tenía a su hermana a su alcance mientras pagaba por su condena.

Y aceptaba esa libertad, el poder moverse por los terrenos, por los pasillos, sin ser una forastera más que debía ser aprisionada. Y eran unos beneficios que aceptaba, que le agradaban, sin embargo, ahora no se trataba de una visita más, y, de hecho, no se había sentido lista para enfrentar a Yang en todo ese tiempo, en hablar con esta, en hacer algo más que verla a través de los barrotes para ver si estaba viva y nada más.

No, ahora iba a enfrentarla.

Había tomado una decisión.

Luego de lo que ocurrió, las palabras de la reina seguían pasando por su cabeza, una y otra vez, y no quería repetir la historia, no quería ser obligada a vivir, como pasó con su madre, quien la obligó a seguir adelante, quien le puso obligaciones que debió jurar, que debió prometer que llevaría a cabo, y si no lo hacía, no podría descansar, no podría morir.

Y ahora volvía a recordar aquella época.

No quería volver a eso.

Avanzó hasta las celdas, una tras otra, algunas bulliciosas, otras silenciosas, otras vacías, pero nadie le dirigió la palabra, siendo la reina un monarca que mantenía a todos obedientes ante el miedo, así que nadie decía nada, todos seguían en lo suyo sin intentar siquiera hablar con quién sea que se acercase.

Porque si resultaba ser la reina, sus cabezas rodarían lejos de sus cuellos.

Esa mujer no era misericordiosa, solo mantendría vivo a quien ella quisiera, y por una buena razón.

Así como mantuvo viva a su hermana, solamente para sacarle información.

Solamente para descubrir la verdad y darle un castigo igual o peor al que se merecía.

Finalmente llegó a la celda de Yang, dándole un golpe a la puerta de metal, asegurándose con eso de llamarle la atención, dándole a entender que quería hablar.

"Yang, necesito hablar contigo."

A penas miró a través de la ventanilla, fue capaz de notar el mal humor de Yang en su mera respiración, así como notó de reojo como los ojos lilas hervían, como si fuesen a tornarse rojos.

Oh no.

Yang estaba enojada con ella, más de lo normal.

Al parecer, había pasado demasiado tiempo alrededor de la reina, y notaba la molestia en esta, y era entendible, la dejó de lado para hacer misiones para el reino. Era suficiente para que su rencor subiese, y era entendible. Ojalá Yang pudiese entender que lo hacía solo por esta, para liberarla, pero a esta altura, dudaba siquiera que pudiese lograr aquel cometido.

Había caído en las redes de aquella araña, y ahora le iba a costar zafarse.

Sabía que Yang no la perdonaría por el cambio de mentalidad, pero debía intentarlo, debía hablar, no podían permanecer más tiempo en ese reino, no debían seguir ahí, o en cualquier momento algo horrible ocurriría.

No podían confiar en esa reina, ni en ese reino.

Ya había aprendido la lección.

"Tenías razón, Yang."

Al menos ya sabía que decir cuando Yang se ponía así.

Y para eso, había que darle en el gusto.

Notó de inmediato como esta cambió su expresión, ahora dándole una sonrisa, pero de esas sádicas, y estaba segura de que, si no estuviese al otro lado de la puerta, esta habría hecho un movimiento para atacarla. La conocía demasiado bien.

Tener una mano menos no era suficiente para detenerla.

Para calmar sus ansias de sangre.

"No sé de qué mierda hablas, pero por supuesto que tenía razón."

Si, podía sentir la rabia en cada una de sus palabras.

No la iba a perdonar fácilmente luego de lo que ocurrió, lo sabía.

Pero no necesitaba que esta la perdonase, ahí tenían un objetivo y tenían que hacerlo juntas.

"Tenías razón acerca de la reina, tenías razón acerca de desconfiar de ella, quiere mantenernos prisioneras por siempre, tenemos que salir de aquí."

Pero Yang no parecía impresionada, por el contrario, parecía aburrida, y notó como esta se acomodó en el suelo de la celda, cómodamente, como si ya hubiese hecho de ese lugar su hogar.

No, eso no era lo que imaginaba.

Eso estaba mal.

No había contado con eso.

"Ja, pues, tengo malas noticias para ti, hermanita, no pienso salir de aquí."

¿Qué?

No contuvo su sorpresa, sus manos aferrándose a los barrotes, intentando estar lo más cerca posible de la rubia, intentando entenderla.

"¿Por qué no? Si odias tanto a la reina, ¿Por qué vas a querer quedarte acá, encerrada?"

Esta soltó un bufido en respuesta, una sonrisa en su rostro que cambió rápidamente a una mueca de pura ira, de pura molestia.

"¿Y qué quieres, que vuelva a casa? No seas estúpida, jamás volveré ahí."

Yang no era así, apreciaba su libertad, siempre, era su prioridad, el estar libre, sin ataduras, haciendo daño, moviéndose en lugares ruidosos, buscando a la presa perfecta, y seguir avanzando, buscando un nuevo lugar donde pudiese dar rienda suelta a sus más perturbadores placeres.

Pero ¿Aceptar quedarse encerrada?

Consideró que esta no querría volver a casa, y no la culparía por eso, pero decir sin más que iba a quedarse ahí, en esas cuatro paredes, sonaba ridículo, ¿Cómo su hermana podía cambiar tanto en tan poco?

"¿Planeas quedarte entonces? ¿En una celda? Tú no eres así."

Esta simplemente se levantó de hombros, no parecía ni querer mirarla, porque cuando la miraba a su rostro maltrecho, la ira subía, y a la distancia, no podía agarrarla, no podía atacarla, no podía dejarse llevar, así que la evitaba para calmarse.

Si no era una presa segura, no perdía el tiempo.

No perdía el tiempo con ella, en particular.

Y no sabía porque, pero prefería que esta jalase de su brazo con tal de acercarse, de herirla, de lastimarla, porque en esta situación, se sentía tan inferior, tan minúscula, que para Yang ni siquiera valía la pena el sentir enojo por ella, ni siquiera era suficiente para ser golpeada, ni su sangre valía el esfuerzo.

Su existencia era aborrecible.

"¿Qué quieres que te diga? La gata me divierte. Creo que podría acostumbrarme a vivir aquí, teniendo sus visitas usuales, y creeme, es difícil encontrar a alguien a quien puedas romper una y otra vez. Realmente lo disfruto, el poder tener su delgado cuello en mi mano, y que resista el dolor, que resista el sufrimiento, y que me pida más, y más."

Yang comenzó a hablar, sonriendo, genuinamente, disfrutándolo, para luego soltar una risa de puro placer, de puro gusto, de satisfacción.

Si, se equivocó.

Realmente ni siquiera lo pensó.

Solo había una cosa que Yang priorizaba más que su libertad, y era el tener su ansiado placer, sus ganas de matar, de destruir, a su alcance, el poder disfrutar del dolor ajeno, de la sangre, de las heridas, y mucho mejor si se trataba de alguien a quien podría torturar de manera infinita.

Porque de nuevo, ella no era suficiente para tomar ese papel.

Creyó que tener a la gata a cargo de su hermana sería beneficioso, pero no imaginó que eso haría que Yang decidiese quedarse en una celda, pagar por sus pecados, el traicionar sus ansias de libertad para tener su placer infinito.

No, ahora que lo pensaba, sonaba tan plausible.

Ahí la alimentaban cada día, ahí podía divertirse, era algo que no siempre obtenía afuera.

Mierda.

Sabía que Yang la miraba, sentía la fuerza de sus ojos en ella. Notaba su postura cambiando, pareciendo más amenazante que hace unos momentos. Ya no estaba la gata en sus pensamientos, ahora estaba ella, su hermana…

Y solo sentía odio.

Asco.

Repulsión.

"Pero vete, huye. Como siempre, huye de tus malditos problemas."

El claro mal humor de Yang empezaba a consumirla, sus ojos dejándose cautivar por la intensidad de la persona con la que se crio, ni siquiera tenía que mirarla a los ojos para sentirse influenciada.

Maldición.

Esa conversación era más difícil, más complicada de lo que creyó que sería.

Solo quería callarla a golpes, era insoportable.

"Tú eres mi problema, y aquí estoy, buscándote, salvándote. Si huyese de mis problemas, estaría en mi casa."

Su propia voz salió como un gruñido, como salía la voz de Yang, y ahora no solo podía sentir el calor en sus ojos, en su cabeza, en sus venas, si no que era algo que su cuerpo demostraba sin problema.

Notó como la sonrisa sarcástica de su hermana cambió, su boca formando una fina línea, y la celda comenzó a calentarse, más y más, y con eso su propia cabeza, hirviendo.

Cuando los ojos de Yang la miraron, estos estaban rojos, sabía que lo estaban, los sentía arder en su frente, en su cabeza.

La ira se volvió insostenible.

"¿Mi casa? Esa no es casa, Ruby, nunca lo será, es mía, tú y tu madre solo eran estorbos, parásitos de mi familia, y terminaron destruyéndola con sus miserables existencias."

Ya había empezado.

Lo vio venir.

Las sienes le comenzaron a palpitar, y se vio llevando dos de sus dedos a la zona, a la piel chamuscada, a la piel dañada. Dolía, pero dolía más el no poder usar sus manos, su cuerpo, y ese era el sentimiento de Yang, que a la distancia solo podía tirarle palabras, sin poder llevar a cabo sus intenciones de quebrarle cada uno de los huesos.

Y a esa altura, prefería los golpes.

Su cuerpo ya sangraba tanto, estaba tan herido, tan marcado, que no le importaba seguir destruyéndolo, perder más piel, más carne, le daba igual…

Pero escuchar eso…

"Si sales de acá, mejor, así no tendré que volver a ver tu deformada cara, realmente no te soporto, te miro y recuerdo cuando mi padre dejó a mi madre por el engendro que era tu madre, arruinando todo."

Soltó un suspiro pesado, su cuerpo obligándola a permanecer ahí, sus ojos obligándola a seguir ahí, a escuchar, a oír, a sentir. Así su retorcido poder se alimentaría, se llenaría de emociones ajenas, y estallaría, como deseaba.

Pero su mente solo quería alejarse, salir de ahí.

Huir de sus problemas, como Yang dijo, y era verdad.

Huía, eso hacía, y debió hacer eso desde un comienzo para mantenerse viva, para no tener ese rostro deforme, para no tener ese cuerpo quemado, hubiese sido lo más normal posible si se hubiese quedado encerrada, tal y como debía, con los ojos que tenía.

Oculta de todo y de todos.

A salvo.

"Pensé que venir a hablar contigo sería lo mejor, así ambas solucionaríamos el problema, pero me olvidé de que es imposible tener una conversación contigo."

Solo quería irse de ahí.

Solo quería volver a la isla y salir de ese continente, volver a esa casa que jamás sería suya, porque los engendros como ella no merecían un hogar, solo merecían la muerte, solo merecían ser aniquilados.

"¿Por qué crees que soy así contigo? Tú eres la razón por la que mi padre es un saco de lastima, de tristeza, un insecto inservible, si no hubiese llegado tu asquerosa madre y tú, mi familia seguiría en pie. No quiero verte, no quiero hablar contigo, lo he hecho nada más que por lastima de tu condición de mierda."

En momentos así, nunca sabía que era la rabia hablando y que eran los verdaderos sentimientos de Yang, y probablemente jamás lo sabría.

Si, realmente a esa altura, prefería los golpes, los abusos de Yang, antes que sus palabras. Cuando no se veían durante tiempo, Yang viajando sin parar, cuando se reencontraban, solo había amor y cariño, el lazo que permanecía desde que eran niñas, porqué, al final, fueron niñas que no entendían lo que ocurría en la familia, simplemente disfrutaron de la compañía que se daban, pero apenas pasaban días alrededor de la otra, siempre ocurría una desgracia, los recuerdos, el rencor, apareciendo.

Dejaban de ver la realidad con ese velo familiar que les pusieron encima.

Si su madre aun estuviese viva, probablemente el odio de Yang sería incluso mayor.

Porque disfrutaba decirle que se alegraba de que su madre hubiese muerto, que estaba feliz de eso, de no tenerla ahí, ensuciando su hogar con su inmundicia, a pesar de que le molestase las secuelas que esa muerte dejó en su padre.

Siendo tal y como Yang dijo, un inútil, apenas respirando, sin ganas de vivir, porque se enamoró del parásito, y eso le consumió la vida entera.

La verdad aparecía, recordándole a Yang que su vida era perfecta, hasta que dejó de serlo.

Por su culpa.

Por la culpa de esos ojos, que donde aparecían, todo lo arruinaban.

Y si, los golpes sanaban, pero las palabras permanecían, como las de su madre, siempre permanentes en su memoria, imborrables.

Por lo mismo no podía decir nada, porque era verdad, todo lo que esta decía era verdad. Si Yang no la había matado, era porque su padre las quería a ambas, y si ella aun seguía acercándose a Yang, era por las obligaciones que su madre le obligó a seguir.

Solo quedaban los vestigios de su niñez, poco a poco desapareciendo, quedando nada más que todo el odio que las unía.

Todo el peso de sus progenitores que las obligaba a mantenerse unidas.

Y esa unión obligada era lo que más las separaba, cada vez más.

Y ahora ya parecía ser definitivo.

Era un adiós, entonces.

Dio un salto cuando escuchó a Yang reír, su risa resonando entre las paredes de metal y ladrillo, y temió mirarla, temió que siquiera ver su postura fuese suficiente para destruir lo poco que le quedaba de cordura, de sanidad.

No sabía lo que esta le diría, pero ya se imaginaba lo mucho que le dolería.

Siempre dolía.

Siempre.

"Es gracioso que quieras morir, y tu madre te dijo que no lo hicieras, así como lo hizo con mi padre, obligándolos a vivir sus miserables vidas."

Yang volvió a reír, una carcajada grotesca resonando.

No había terminado.

Aun no la lastimaba lo suficiente.

Aun no rompía su corazón en mil pedazos, tal y como ansiaba hacerlo desde siempre.

Desde que su llegada le arruinó la vida.

¿Cuántas veces no la agarró de la quijada y la obligó a mirarla, solo para que sus ojos plateados enloquecieran y explotasen?

No veía a Yang, pero sabía que sonreía, que le daba esa sonrisa llena de maldad, de sadismo, de satisfacción, disfrutándolo. No era necesario hacerla sangrar para satisfacerla, también podía apuñalarla de otras formas.

"Nadie te quiere viva, Ruby, nadie. Todos te queremos destrozar, hacer enloquecer, explotar en mis pedazos, todos queremos que un fenómeno como tú desaparezca. Y sé que muchos deseamos torturarte y hacer que tus ojos tan especiales se salgan de tu rostro, y, aun así, tu insistes en vivir, en alargar tu miseria hasta que alguien decida destruirte. Si que eres una estúpida."

Lo sabía.

Mierda, lo sabía.

Por supuesto.

Tenía que vivir, tenía que seguir respirando, se lo había prometido a su madre.

No tenía permitido morir, no tenía permitido el suicidarse, no se lo permitía, y siempre que la vida la golpeaba duro, cuando tenía la soga en el cuello, cuando tenía la oportunidad de dar fin a su miserable existencia, su madre aparecía en su cabeza, obligándola a resistir, a vivir, a pesar de que sabía que ser ella en ese mundo era peligroso, que en cualquier lugar alguien iba a intentar destruirla desde dentro, hacerle vivir el mayor sufrimiento, la muerte más lenta y dolorosa que le podían dar.

Tenía una cadena en el cuello, un grillete manteniéndola atada a ese mundo insano, cruel y loco.

Y odiaba a su madre por hacerle eso.

Apoyó las manos en la puerta de metal, sintiendo el calor provenir desde adentro, pero ya no miraba a Yang, ya no podía, sentía sus ojos arder, las lágrimas queriendo salir, inundando toda su cabeza, todas las lágrimas contenidas, las que mantenía a raya, porque debía ser fuerte, porque debía seguir adelante, porque debía sonreír cada maldito segundo de su vida para que sus propias emociones no saliesen despedidas y terminase todo en caos.

Pero, ya no quería sonreír más.

Ya no quería vivir más.

Y Yang, para su absoluta tortura, continuó.

"Probablemente la única persona que te quiere viva es la reina, tal y como tu madre, te obligan a vivir. Quizás deberías quedarte aquí, para siempre, y ser su perrita personal. Seguir viviendo a costa ajena, mientras sigues sufriendo, de todas formas, estás acostumbrada a esa vida decadente, luciendo así, viviendo así, siendo una patética y miserable cucaracha."

Ya no lo aguantó.

Apretó los dientes, se sintió hervir, su propia rabia emergiendo.

Su sonrisa completamente desaparecida de su rostro, sus emociones saliendo, sin contención, siendo motivadas por el calor, por la ira, por sus ojos malditos volviendo su cuerpo loco, completamente loco, siempre inestable.

"Cállate."

Su voz salió, una vez más, como un gruñido, y hace tiempo que sus propios sentimientos emergían, siempre manteniéndose ahí, sonriendo, fingiendo que todo estaba bien, que podía controlarlo, y ya no podía.

Escuchó a Yang reír desde el otro lado de la puerta, disfrutando de su rabia, disfrutando de que sus sentimientos se escapasen, como siempre.

Deseando verla colapsar.

Ese era su mayor disfrute.

Su mayor venganza.

Y no debía dejar que esta ganase, no debía, pero no podía hacer nada.

Quería morir.

Quería morir de una maldita vez.

Sus dedos se enterraron en la puerta de metal, sus uñas raspando, chirreando, mientras que sus ojos estaban absolutamente fijos en la puerta, en el gris parecido a sus ojos, y pudo ver un atisbo de su reflejo, reflejo que también evitaba, porque era repulsiva, le daba asco saber cómo lucía, como su cuerpo decadente seguía en pie, miserable y viva, siempre.

Solo tenía que eliminarla.

Solo tenía que destruirla.

Solo tenía que matarla.

Y eso hizo.

Golpeó su reflejo con su cabeza, lo más fuerte que pudo.

Y luego todo se fue a negro.