GRIM REAPER
-Culpable-
…
¿Qué?
No podía ser.
Eso era imposible.
Retrocedió, y volvió a mirar alrededor, no sin antes cerrar los ojos e intentar recuperar la cordura que claramente había perdido, pero no, todo seguía detenido, todo parecía haberse quedado congelado, el tiempo, las personas, los sonidos, todo.
¿Era así?
¿Era realmente La Muerte frente a ella?
Y si era así…
No, no debía serlo, no podía ser verdad.
Pero de serlo…
Se vio apretando los dientes, se vio frunciendo el ceño, sintiendo la ira aflorar contra esa niña que veía ahí, tan joven, tan pequeña, pero sus ojos tan inhumanos. Si realmente era La Muerte, si algo así realmente existía, la personificación de aquello que tanto odiaba, entonces era la culpable de todo.
Todo lo que estaba mal en el mundo, era por culpa de ese ser.
Todo lo que estuvo mal en su vida, era por culpa de ese ser.
"¡Esto es tu culpa!"
Su grito resonó en la sala carente de sonido, como un eco, y para su sorpresa, los ojos plateados la miraron con tristeza, con dolor, y sintió de inmediato un golpe en su pecho, como si hubiese hecho algo que estaba mal, que era terrible, pero no lograba entender la razón de ese sentir, era ajeno, incomprensible.
La chica se acercó, y se vio alejándose en respuesta, sin querer estar cerca de un ser así, aunque fuese una locura de su mente, no quería siquiera aceptar el más mínimo acercamiento.
No se iba a acercar a quien era el culpable de todo su sufrimiento.
Del sufrimiento de tantos.
Si estaba ahí en ese preciso instante, fue porque La Muerte le quitó todo.
Una y otra vez, hasta que no tuvo nada más.
La chica se detuvo, ya sin poder acercarse más, lo que veía de su rostro se notaba expresivo, demasiado para la imagen que pudo haber imaginado que La Muerte tendría. Notaba tristeza, notaba sufrimiento, dolor, un montón de emociones que la hacían sentir mal por haberla atacado, por haberle gritado, por haberse alejado.
Pero era real, debía serlo, ¿No? Por algo todo su alrededor se veía así.
Entonces, con mayor razón debía odiarla.
Los plateados miraron al suelo, este manchado de sangre humana, sangre del paciente al que no pudo rescatar, el que La Muerte se llevó sin consentimiento alguno.
La Muerte tenía la culpa de todo.
"Me dijiste que te viniese a buscar, que te devolviese al lugar al que pertenecías, porque estábamos destinadas a estar otros cientos de años juntas."
La chica habló con su voz gruesa por el aparato que tenía en el rostro, aun mirando al suelo, su postura más diminuta ante el dolor, pero no entendió nada de lo que esta le dijo.
No la recordaba, era imposible que le hubiese dicho algo, mucho menos algo así.
Jamás.
Nunca había hecho una promesa así, con nadie, ni creía que lo haría.
Lo recordaría, ¿No?
Eso no tenía sentido alguno.
Los plateados la observaron, brillantes tras su capucha, el rojo de su máscara iluminándole la piel, y a pesar de lo aterradora de la imagen, lo intimidante de esta, seguía siendo el rostro de una chica joven, de una niña prácticamente, que se veía expresiva, mostrando tantas emociones en un rostro que creyó, en su ingenuidad, que sería carente de sentir alguno, La Muerte debía ser un ser carente de emoción para llevar a cabo la tarea de interrumpirle la vida a las personas.
Así que no tenía sentido la imagen que veía.
Y si era real, no sabía si debía huir, o mantenerse ahí.
Pero era La Muerte, manipuladora como debía de ser, ¿No?
La chica soltó una risa, una risa carente de humor, esta resonando a través de la máscara.
"La muerte debía abrir el portal entre ambos mundos, entre mi plano y el tuyo, y eso me daría la oportunidad de verte, de traerte conmigo, de poder volver a pasar la eternidad juntas, pero, me dolió inmensamente ver que cuando el portal se abrió, tú eras solo un bebé."
La muerte…
¿Estaba diciendo que la muerte atraía a La Muerte?
Cuando ella era un bebé, eso debía ser cuando ocurrió la muerte de su madre, la primera vez que sufrió la perdida, fue en su comienzo, apenas salió de la matriz.
El primer dolor que sintió.
Pero no el último.
Cuando perdió a quien la trajo al mundo, sin siquiera tener la oportunidad de conocerla, de saber de esta, de al menos sentir su calor, de estar en los brazos que debían reconfortarla durante su más inocente infancia, quien la nutriría y le daría fuerzas para moverse por sí misma. Era algo que debió superar desde el comienzo, el saber que no tenía madre, que la perdió antes de siquiera tenerla, pero era algo que siempre lamentó.
De cierta forma, fue la culpable de su muerte.
Dio un salto cuando la chica soltó un quejido, su rostro contorsionándose en dolor, en llanto, pero parecía que sus ojos no podían soltar lagrima alguna, y quizás pensaría que todo eso era un acto, una manipulación de ese ser que aparecía frente a sus ojos, al que no le podía dar explicación lógica alguna. Pero dolía verla así, no sabía por qué.
Nada tenía sentido.
"Eras solo un bebé, Weiss, llorabas cuando entré por el portal, y te sostuve, te sujeté hasta que dejaste de llorar, y lloré también, porque no me vi capaz de llevarme el alma de tu madre, porque sabía que ibas a sentir la soledad demasiado pronto, de nuevo."
Y sintió la soledad, mucha soledad.
La chica la miró, su rostro dolido, sus ojos brillosos, y se vio en silencio, sin siquiera poder refutar a lo que ese ser inhumano le contaba. Porque no había forma que una persona desconocida, asumiendo que era solo un humano metiéndose ahí para jugar con su cabeza, pudiese saber eso. Y por su parte podría enloquecer, el estrés llevándola directo a un episodio psicótico, pero ni siquiera creía que tuviese la imaginación para inventarse todo eso.
Entonces, asumiendo, una vez más, de un ser casi mitológico estaba realmente parado frente a ella, esta la vio no solo ahora, si no también cuando nació, incluso la sostuvo, pero no lo recordaba.
No, ¿Cómo podría hacerlo? Era un bebé.
"Creeme que, de ser mi culpa el que los humanos fallecieran, jamás, nunca, te habría causado aquel daño. De ser mi decisión, toda tu familia estaría con vida, y me habría asegurado de que tuvieses la infancia más feliz que pudiese darte."
Iba a preguntar algo, aun sin entender lo que ocurría, aun sin entender lo que esa chica le decía, pero esta negó antes de decir palabra, antes de poder siquiera formular la pregunta.
Como si esta ya supiese lo que iba a decir antes de que ella misma lo supiese.
"Solo me llevo las almas, Weiss, las llevó al otro lado, las guio, nada más. Lo que ocurra aquí, las causas de las muertes, del sufrimiento, de la pérdida, no tienen que ver conmigo. Solo hago este trabajo, como lo hice cientos de años atrás en mi vida pasada, así como lo hizo tú vida pasada, sintiendo la impotencia que sientes ahora, porque no hay nada más que se pueda hacer, el universo es cruel, y siempre lo será."
Pero ¿No era La Muerte quien mataba? Si, eso iba a preguntar.
Y la respuesta, no sabía que pensar de esta.
La chica se acercó a su paciente, ya fallecida, y llevó una mano enguantada sobre esta, rozando su cuerpo, y desde dentro, una figura espectral apareció, retorciéndose, así como el cuerpo inerte, como si estuviese tratando de escapar de la jaula que era la humanidad, ese cuerpo de carne y hueso, herido, roto, sin salvación.
"Está bien, puedes descansar."
La mano ajena rozó la figura transparente, y esta detuvo sus movimientos bruscos, ya más en calma, ahora simplemente danzando sobre el cuerpo muerto que la mantenía sujeta, esperando pacientemente el momento de perecer, de ser llevaba por ese ser, de liberarse de las ataduras del mundo humano.
Y era tan real.
Se veía tan real.
Realmente no podía estar imaginándoselo.
La Muerte la miró una vez más, su rostro más compuesto, más calmo, más resignado, frio, como quien llevaba haciendo eso cientos de veces, miles de veces.
"La segunda vez que nos vimos, fue cuando tu padre falleció."
¿Qué?
Era una niña en ese entonces…
¿Cuántos años tenía? ¿Ocho? ¿Diez? Ni siquiera lo recordaba, esos años fueron tan complicados, tan difíciles, que todo parecía una película en su cabeza. Su padre empeorando día tras día, sin poder soportar la pérdida de su madre, sin poder mirarla a ella a la cara, porque era la razón de su muerte.
Esos años fueron difíciles.
"Sabía que debía traerte conmigo, pero aun eras muy joven, aun tenías una vida que vivir, y te vi tan rota, tan agotada. Recuerdo que me senté a tu lado, que intenté distraerte, pero no pude hacerlo, el dolor era demasiado y terminé llorando más que tú, que eras quien estaba pasando por ese dolor."
Eso debía de recordarlo.
Se forzó a hacerlo.
Era la única forma de saber si esa persona, ese ser, hablaba en serio, si todo eso era real, y su cabeza comenzó a arder por el esfuerzo, por el dolor de los recuerdos, porque detestaba esa época, detestaba cada momento donde sintió la mirada de La Muerte acechando a sus seres queridos.
Porque los iba perdiendo, y los fue perdiendo, lentamente, vio como las vidas se les escapaban y ella no podía hacer nada más que esperar a que ocurriese, inmutable, contando los minutos que le quedaban.
Pero algo recordaba, sí.
Una figura.
No veía con claridad, solo veía una figura encorvada vestida de rojo, cuyas manos estaba enterradas en su rostro, en llanto, pero no veía ningún rasgo, nada.
¿Cómo había olvidado algo así?
Había sucedido, si, lo sabía.
En ese entonces, tener compañía no era algo común, solía estar sola, siempre sola, solitaria, y tener a alguien a su lado, acompañándola en su sufrimiento, no era algo usual. Su abuelo intentaba estar el mayor tiempo posible para criarla ante la falta de sus padres, pero aun así era un hombre con una vida ocupada, así que permanecía sola con niñeras que se aseguraban de que estuviese viva.
Quizás solo creyó que era su abuelo, pero no, su abuelo no lloraría por su yerno, lo tenía claro, ahora lo sabía bien, con la edad.
Cuando volvió a enfocarse en los plateados, esta parecía sonreírle, veía la sonrisa en sus ojos, aunque no viese el resto de su rostro.
Algo recordaba, y La Muerte parecía darse cuenta, viendo más allá, leyéndole la mente de alguna forma.
Pero la expresión alegre no duró mucho, de nuevo tornándose triste.
"Luego volví a venir por ti, como prometí, pero aun eras joven, aun tenías una larga vida por vivir. Y yo debería estar feliz de verte de nuevo, luego de separarnos, pero cada vez que el portal se abría, te veía sufrir. Esa vez, no pude acercarme demasiado como las veces anteriores, porque podía sentir tu dolor, tu ira, tu molestia, y sabía que me culpabas, siempre me culpaste, y no quería darte más razones para que me odiases."
Maldijo a La Muerte.
Siempre lo hizo.
Sobre todo, cuando sintió la pérdida una tercera vez, porque a su abuelo si lo tuvo más, si logró estamparlo en su memoria, en su vida, él lo era todo, y lo perdió, y no lo aceptaba, porque siempre se lo quitaban todo.
Siempre la dejaban sin nada.
En la soledad más profunda.
Y ahora, volvía a ocurrir, volvían a quitarle a alguien, volvía a sentirse así, inútil, impotente, porque no podía hacer suficiente, nunca era suficiente.
Los plateados dejaron de mirarla, y esta avanzando por la sala de operaciones, tomando su guadaña, el filo brillando con la luz de los focos, fijándose ahora en el alma que estaba ahí, danzando sobre el cuerpo ya muerto, sin vida.
"Culpame de todo, Weiss."
La voz de esta sonó fría, sonó dura, inhumana.
Cuando le iba a preguntar porque, esta soltó un suspiro, sabiendo exactamente lo que ella preguntaría.
"Así no te culparás a ti."
¿Qué?
¿Se estaba culpando a si misma?
Si, lo estaba haciendo…
Eso hacía siempre, cuando dejaba de culpar a La Muerte, la culpa caía en ella, siempre en ella, porque nunca podía hacer más por nadie, aunque lo intentase, no podía, jamás era suficiente.
La chica movió la guadaña, enorme en comparación con su pequeño cuerpo, moviéndola, llevando el filo hacia la figura transparente, esta rompiéndose, rompiendo la unión que sostenía el alma y el cuerpo, y esta se elevó, se movió, liberada, desapareciendo en la nada.
La Muerte acabó con el trabajo, y la vio retroceder, volver a la oscuridad de la sala, alejándose, y luego vio un portal apareciendo ahí, a su lado, tan oscuro, tan negro, pero brillante.
"Espero no nos volvamos a ver."
Los plateados la miraron, su expresión ahora realmente carente de emoción, sin felicidad, sin tristeza, sin dolor, sus ojos pareciendo derramar lágrimas que no existían, y así, esta se metió en el portal, desapareciendo.
"Espera…"
Habló, pero ya era demasiado tarde.
Esa chica, realmente parecía que la conocía, que la quería, pero decirle eso, ¿Por qué?
Oh.
Claro, porque si se veían de nuevo, significaba que habría más muerte.
Que volvería a estar rodeada de muerte.
Se sintió llorar, sintió un dolor en el pecho, como si hubiese perdido algo importante, y reconocía esa sensación, ya la había sentido, más veces de lo que debería. Pero no, nada de eso podía ser verdad, no, solo estaba alucinando por el cansancio, y no le iba a hacer caso a sensaciones confusas, inestables.
Nada de eso podía estar ocurriendo.
No era lógico.
No era real.
El sonido del monitor resonó, el mundo volviendo a estar en movimiento, el escalpelo cayendo al suelo, sus colegas comenzando a hablar, y notó como más de alguien la observó, ya que se había alejado, ya no estaba al lado de todos como debió de estar hace un segundo.
No era real, pero era demasiado real.
Se sentía real.
"¿Doctora Schnee?"
Una de las enfermeras le habló, y asintió, acercándose, haciendo que nada de lo que ocurrió realmente pasó, ignorando sus sentimientos, enfocándose en el ahora.
Así había sobrevivido todo ese tiempo.
"La hora de la muerte es a las 3:47pm."
Y debía seguir adelante, de la misma manera.
Ignorando el pasado.
Y culpando al verdadero culpable.
