Capítulo II: Una vez más.

Una caricia suave y fría en la frente la arrancaron de la inconsciencia. Pero a pesar de que sus sentidos estaban alerta, no puedo abrir los ojos al sentirse adolorida y cansada.

Escuchó un suspiro antes de recibir una nueva caricia y, sin pensarlo, tomó la mano que realizaba dicho acto. Inmediatamente, oyó un sonido de sorpresa y su nombre pronunciado en un susurro muy suave.

Estaba segura de que la voz era de una mujer. Sin embargo, por más que se concentrara y escarbara en sus recuerdos, en ese momento no pudo identificar de quien se trataba.

Abrió los ojos lentamente, encontrándose nuevamente con su reflejo. Esa existencia que alguna vez trató de eliminar. La observó con detenimiento, notando que ahora parecían ser de la misma edad, solo diferenciándose, como siempre, en el color de piel y la textura de sus cabellos. Se percató de que Kagome parecía querer decirle algo, pero no se decidía a hacerlo. Por lo cual se sumieron en un profundo silencio en el que ambas se analizaban, como si trataran de adivinar que pasaba por la cabeza de la contraria. Sin embargo, el sonido de la puerta abriéndose, rompió el análisis en que ambas estaban inmersas.

—Hermana, ya despertaste —giró la cabeza en la dirección en que escuchó la voz, encontrándose a su hermana menor—. Dormiste por un día completo.

—Iré por algunas hierbas —mencionó kagome, dejando el paño con que antes limpiaba a Kikyou en un cuenco, antes de retirarse de la cabaña, ante la atenta mirada que observaba los ropajes que ambas compartían.

—Te colocamos uno de los trajes de sacerdotisa de Kagome —ante la aparente duda de Kikyou, la anciana decidió responder a su pregunta no formulada—. Hermana, aún no comprendo lo que está sucediendo ¿Cómo es posible que estés…?

—No lo sé —respondió con un tono impasible, mientras se sentaba en el futón—. Recuerdo morir después del ataque de Naraku y, posteriormente, despertar en una cueva. Había un demonio, pero aún no estoy segura de por qué y cómo me resucito. Sin embargo, estoy segura de que utilizó un sello… uno muy poderoso.

— ¿Un sello?

—Sello mis poderes —dijo simplemente, sumiéndose en un breve silencio mientras miraba nuevamente hacia la salida, ante la atenta mirada de la anciana que esperaba pacientemente a que su hermana decidiera proseguir—. Luce diferente ¿Cuánto ha pasado?

—Cinco años, hermana.

—"Nuevamente" —el tiempo transcurrido, desde su percepción, no era más que un simple parpadeo. Sin embargo, para las personas que de alguna u otra forma le importaban, no era de esa forma. A pesar de su sorpresa y decepción, no realizó ningún gesto que delatara su estado.

Después de permanecer perdida en sus cavilaciones por algunos minutos, dejó escuchar su voz nuevamente.

— ¿Dónde está InuYasha?

—Él tuvo que salir con el monje Miroku— Kikyou notó que su hermana parecía haberse incomodado por su pregunta y, aunque imaginaba cual podría ser la razón, decidió no interrumpir lo que sabía escucharía, pensando que, tal vez así, lo aceptaría más rápido—. Hermana, creo que debes saber que InuYasha… —la vio titubear por algunos segundos, como si decidera que palabras exactamente utilizar—… él tomo a Kagome como su compañera.

Kikyou apretó las manos en su regazo, intentando aplacar las sensaciones que le invadían ante dicha aclaración. A pesar de todo, de sospecharlo, la situación no dejaría de ser tortuosamente dolorosa.

Siendo consciente de que no podría mantener por mucho tiempo su compostura, se levantó, dispuesta a salir.

— ¿Adónde vas?

Kikyou se detuvo en la entrada de la cabaña y, sin ser capaz de mirar o responder a la pregunta de la anciana, tomó un arco y carjac que descansaba al lado de la entrada, y salió.

Con pasos lentos, se dirigió al bosque. Ignorando a su paso las miradas de miedo de algunos aldeanos o los rezos que le dedicaban otros. Llegando finalmente, sin proponérselo, al árbol sagrado. Cuando estuvo frente a este, no pudo evitar colocar una de sus manos en el lugar donde había sellado cincuenta y cinco años antes a InuYasha.

—"Logro estar con él" —cerró los ojos, mientras acariciaba la corteza, y sentáque su corazón nuevamente se cuarteaba.

A pesar de haber sido consciente de que eso en algún momento sucedería, no podía evitar que doliera menos. No lograba evitar sentir aquel dolor que en el pasado la destruyó.

Kagome era el resultado de todos los sentimientos que a pesar de la muerte aún conservaba por InuYasha. Sin embargo, eso no había sido razón suficiente para que la odiara con menor intensidad. Sabía que ella no había sido responsable de lo injusto de su destino. Pero no podía evitar tenerle envidia. Siempre lo había hecho, al ser y conseguir todo lo que siempre deseó desde que era una niña. Kagome poseía todas las debilidades de las que había carecido… aquellas que en realidad había tenido que ocultar para llevar a cabo la misión para la que le habían dicho estaba en ese mundo. Kagome era como ese reflejo empañado del cual no pudo deshacerse, representando todo lo que no pudo ser y la atormentaba con su mera existencia. Recordándole, cada vez que se encontraban, lo que jamás conseguiría. Incluso hizo algo que siempre anhelo pero la vida no se lo permitió; sanar el corazón de InuYasha.

Dejándose llevar una vez por su egoísmo, creyó que si Kagome desaparecía todo seguiría el curso que debió haber seguido si Naraku no se hubiese interpuesto décadas atrás. Pero aunque en ese momento le costó aceptarlo, su relación con InuYasha ya no tenía cabida en ese mundo. Sus almas nuevamente se habían encontrado, pero no de la forma en que creyó estaban destinas a hacerlo.

Acarició una vez más la corteza cuando sintió su presencia. Habían pasado muchos años, pero no parecía haber cambiado en lo absoluto. Sonrió de forma nostálgica antes de hacerle saber que estaba al tanto de que la observaba.

—Sal, InuYasha —mencionó, mientras pensaba que si aún podía sentir la presencia de los demonios, su sello debía ser temporal—. Sé que estas ahí.

Pasaron algunos segundos antes de que pudiera escuchar algunos arbustos moverse, y su nombre saliera en ese susurro melancólico que siempre utilizaba cuando se trataba de ella.

—Supongo que deseas saber por qué estoy aquí nuevamente —se tomó unos segundos más para apreciar la marca en el árbol, no queriendo separarse de lo único que ahora la unía a InuYasha—. No lo sé… todavía. Pero esta vez es diferente… mi corazón… late.

—Pero...

Las palabras de InuYasha murieron en sus labios cuando Kikyou se giró con las manos sobre su pecho.

—No me resucito de la misma forma que utilizó aquella bruja. Él… —no sabía si decirle a InuYasha lo que creía había hecho aquel demonio para traerla devuelta. No quería que quisiera involucrarse demás—… debe creer que la perla aún existe.

—La anciana Kaede ¿te hablo sobre todo lo que sucedió? —preguntó con visible nerviosismo por lo que había escuchado.

—No hace falta — Al principio creyó que por el sello no podía sentir la presencia de la perla, pero después lo descartó al recordar que había percibido la presencia de InuYasha. Lo que significaba que lo único que no podía hacer era purificar demonios.

Se quedaron en silencio, observándose mutuamente. Pero después de casi un minuto, InuYasha no pudo evitar realizar un pedido que sabía probablemente le sería negado.

— Quédate aquí, en la aldea.

—Sabes que no lo haré —miró hacia el horizonte, concentrándose en un punto inexistente.

—Por favor, Kikyou… déjame protegerte.

Ante su tono lastimero, Kikyou lo miró nuevamente. InuYasha estaba suplicándole que no se marchara y ella… estaba ahí, viva de nuevo. Después de mucho dolor, finalmente parecía ser una mujer normal. Era una mujer que no había dejado de amar a InuYasha.

— ¿La amas? —él pareció sorprendido ante su pregunta, pero eso no la detuvo cuando decidió acercar su rostro porque en lo único que pensaba era que nuevamente estaban juntos. Y, aunque nuevamente no había pedido volver, si el destino se empeñaba en sacarla de la muerte, no evitaría sucumbir ante los sentimientos que siempre la traían de vuelta—. ¿La amas… a ella?

—Kikyou… yo…

No pudo escuchar lo que InuYasha pretendía decirle porque el abrazo que le dio parecía haberle quitado la posibilidad de hablar. Y, a pesar de su decepción inicial, sonrió cuando finalmente terminó estrechándola en sus brazos, acunándola sin ninguna variación a pesar de los años.

—Existen cosas que jamás cambiaran —escuchó su voz. Ese tono suave parecía también acariciarla—. Te quiero, Kikyou. Eso nunca cambiara, pero…

Notó que InuYasha titubeaba, como si no pudiera darle una respuesta concreta. Y eso le hizo tener nuevamente esperanza en que no todo era irremediable. Impulsada por ese anhelo, se hincó hasta alcanzar sus labios. Sin embargo, gracias a ese contacto, se percató de que algo había cambiado, y el suave empujón que le dio se lo confirmó.

—Lo siento —InuYasha no parecía atreverse a mirarla—. Yo… te quiero, pero…

InuYasha dejó de hablar cuando pareció percatarse de algo y, la expresión que colocó después de olfatear el aire, le confirmó de quien se trataba.

Sin decirle nada, se giró y corrió en dirección a la aldea. Dejándola con la dolorosa sensación de que aquel amor que había sobrevivido a la muerte la arrastraba aun agujero rodeado por tinieblas. Sin embargo, no tuvo tiempo de ser consumida totalmente por esa sensación porque una fuerte presencia demoniaca aturdió todos sus sentidos.

—"Está en la aldea"

Sin pensarlo, tomó el arco y se encaminó a la aldea. No podía utilizar su flecha sagrada aún, pero su puntería seguía siendo excelente.

Faltándole algunos metros para llegar a su destino, observó a la bestia que se dirigía en su dirección. Era un demonio alado, con cola de serpiente, que aprisionaba a una mujer. Supo que ese era el demonio que la había resucitado cuando, al notar su presencia, voló en su dirección.

Cuando el demonio estuvo lo suficientemente cerca, lanzó a su presa contra unos arbustos y tomó a Kikyou en su lugar, posando sus ojos rojos sobre ella.

—Te encontraré, sin importar a donde vayas —mencionó, mientras apretaba el agarre que mantenía en ella, sonriendo mientras lo hacía.

Mientras el demonio disfrutaba sus expresiones de dolor, con un poco de dificultad levantó el arco, tensándolo. Si tenía que morir para llevárselo al infirmo, lo haría sin pensarlo. Sin embargo, al ser consciente de su cometido, el demonio apretó aún más su agarre, provocando que todo a su alrededor empezara a perder color. Pero antes de que perdiera el conocimiento o dispara la flecha, sintió como su cuerpo caía de forma brusca al suelo.

Intrigada, Kikyou levantó la cabeza, sorprendiéndose por el otro demonio que parecía haberse unido a la batalla.

—"El hermano de InuYasha"

Sesshomaru se mantenía tan impasible como siempre, mientras observaba hacía el cuerpo de la mujer que antes había desechado el demonio, quitándole su atención solo cuando sintió que su enemigo se alzaba.

—Un daiyokai. Creí que los de tu especie ya no existían —el demonio habló de forma lenta, mostrando una sonrisa de complacencia—. Sin importar quien seas te matare, no me gusta que se inmiscuyan en mis propósitos.

— ¡Como te atreves a hablarle así al amo Sesshomaru! —se escuchó una voz rasposa detrás del daiyukai imponente. Jaken estaba totalmente indignado porque ese ser frente a ellos creyera que vencer a Sesshomaru era muy simple—. ¿¡No sabes con quien estás hablando, demonio insignificante!? ¡Mi amo te matará por tu impertinencia!

El aludido miró al pequeño demonio con forma de sapo, provocando que este último volviese a esconderse detrás de su amo.

—Jaken, llévate a Rin —dijo de la misma forma inexpresiva que siempre utilizaba para hablar, pero sus ojos se estaban colocando lentamente de color rojo.

—Amo, y… ¿la otra humana? —inquirió con un poco de temor.

—No es mi problema lo que suceda con ella —respondió sin importarle observar al cuerpo que permanecía a algunos metros del de Rin. A Sesshomaru le daba lo mismo si ese demonio en ese momento mataba a la humana frente a sus ojos. Sin importar lo que quisiera hacer con ella, no intervendría. Tampoco lo haría si deseaba masacrar la aldea completa. Sin embargo, no toleraría el hecho de que ese demonio se hubiese atrevido a lastimar a Rin.

Jaken cargó a Rin con un poco de dificultad en su hombro y se marchó lo más rápido que pudo del lugar.

Por su parte, Kikyo intentó levantarse para agarrar el arco que había caído un poco alejado, pero su cuerpo dolía y se sentía pesado. Sin más remedio, empezó a arrastrarse mientras observaba como Sesshomaru lanzaba un látigo verde que salía de su garra, logrando golpear directamente al demonio hasta llevarlo al piso. Girándose, posteriormente, para seguir su camino. Ignorándola cuando pasó a su lado. Caminando de aquella forma elegante y serena que lo caracterizaba. Pero en ese momento algo se lanzó hacia Sesshomaru, enrollándolo completamente y, sin darle tiempo a reaccionar, unos colmillos se aferraron a su hombro.

El demonio había tomado su verdadera forma, a pesar de que estaba débil, transformándose en una serpiente negra de dos cabezas y con dos alas del mismo color que presentaban un par de cuernos cada una. Estaba decidido a matar a cualquier ser que se interpusiera en su cometido, sin importarle la energía que gastara.

Sesshomaru observó a la bestia, y sus ojos empezaron a tornarse nuevamente de color rojo. Asqueado, intentó desgarrar al demonio con el brazo contrario, pero este se asió con más fuerza a su cuerpo. Sin poder evitarlo, un sonido de molestia se escapó de sus labios. Estaba aún más asqueado y molesto porque se había atrevido a tocarlo. Sin esperar un segundo más se transformó en un perro endemoniado, y apretó con sus colmillos a la serpiente gigante, lanzándola a un par de metros de distancia.

La serpiente intentó erguirse pero su cuerpo volvió a caer. Sesshomaru, dejándose llevar por la ira, empezó a caminar hacia el demonio. Sin embargo, no pudo llegar muy lejos cuando su cuerpo fue arrastrado hacia el pasto.

—"¿Qué demonios?"—sin poder controlar su verdadera forma, tomó nuevamente su apariencia humana. Pero su cuerpo parecía seguir pesando más de lo que podía tolerar.

La serpiente también estaba gravemente herida, pero se arrastró hasta donde se encontraba sesshomaru, enrollándolo nuevamente con la cola y apretándolo lo más fuerte que podía con la poca fuerza que le quedaba. En todos sus siglos de existencia, jamás había devorado a un igual, pero no dudaba que sería una presa más agradable que los asquerosos humanos o hanyos.

Kikyou atestiguaba la escena sin poder controlar totalmente su cuerpo. Era consciente de que si el demonio lograba matar al hermano de InuYasha, no habría quien más lo detuviera en esos momentos. Se levantó con un poco de dificultad y tensó el arco, mientras pensaba en que tal vez no serviría de nada, pero debía intentarlo.

—"Si el sello se rompiera…" — se concentró dispuesta a disparar. Sin embargo, un fuerte dolor en el pecho casi le hace perder el equilibrio. Pero no le importó, solo pensaba en que tenía que acabarlo o nuevamente moriría… sin estar al lado de InuYasha. Con esto en mente, cerró los ojos y disparó, sorprendiéndose cuando la flecha se iluminó un poco.

No era lo que esperaba, pero fue suficiente para lastimarlo.

El demonio se revolvió dolorosamente, soltando involuntariamente a Sesshomaru, quien impacto contra ella, arrastrando sus cuerpos al precipicio. Intentó sostenerse enterrando sus uñas al suelo, pero todo fue en vano; la fuerza de arrastre era mayor. Lo último que vio antes de caer, fue a InuYasha corriendo en su dirección. Pero por más que corrió, no la alcanzó.

— ¡Kikyou!

Observó como InuYasha estiraba su mano, tratando de sostenerla aunque los dos sabían que era imposible que lo hiciera, mientras lloraba nuevamente por ella.

Kikyou cerró los ojos y sonrió.

—"Viniste, InuYasha"

Sabía que moriría, pero estaba feliz porque al menos lo había visto una vez más.

Sintió su espalda chocar contra el agua y una corriente de dolor recorrió todo su cuerpo. En reflejo, su mano se aferró a los ropajes de aquel cuerpo que había caído a su lado. Estaba débil, y el dolor en su pecho no había cesado, pero en ningún momento lo soltó. Se aferraba a ese demonio como si su vida dependiera de ello.