Capítulo III: Soledad destinada.

Sentía frío, y la oscuridad devoraba lentamente su existencia, pero la fuente de calor a su lado aliviaba sutilmente aquella miseria. Se movió un poco, tratando de aferrarse más a su alivio, apretando la superficie suave que acariciaba la piel de su rostro, agradecida por lo reconfortante que era en ese momento. Movió su mejilla, devolviendo la caricia. Pero un tirón en sentido contrario desestabilizó el ancla que la protegía de las penumbras.

El miedo de quedar desampara, provocó que sus ojos se abrieran lentamente. Observando al demonio que estaba meditabundo, mientras olfateaba el aire, a su lado. Apartó su rostro de la extensión del ropaje del demonio, mientras sentía el aura que lo rodeaba. Era un demonio con un aura muy fuerte.

Movió la mano, mojando sus dedos con el agua que cubría a partir de sus muslos, buscando el arco y cajac. Tuvo suerte al encontrarlos enredados en su cabello. Y, cuando nuevamente giró en dirección del demonio, con el arco tensado, lo encontró con la garra levantada sobre su cabeza.

Se veía imponente, pero jamás mostraría duda ante una bestia de ese tipo. Sabía que apuntar a un demonio sin poderes espirituales era una estupidez. Pero era consciente de quién era ese demonio y de lo que podría hacerle por ser humana. Pensando en ello, tensó aún más el arco, dispuesta a soltar la flecha si el demonio realizaba algún movimiento que amenazara su integridad.

Sin embargo, al igual que ella, el demonio la observaba fijamente. Y, a pesar de que mostraba una expresión estoica, pudo notar brevemente como su mandíbula se contraía, probablemente por la furia que sentía por su amenaza.

Sesshomaru rompió el contacto visual cuando movió el rostro de un lado hacia otro, captando la fragancia que parecía danzar a su alrededor. Ante esta acción, Kikyou aprovechó para rodar hacia el pasto, antes de arrodillarse, y volver a apuntarle.

—La sacerdotisa muerta.

Escuchó su voz, tan carente de emociones como la recordaba, observando cómo su mano caía lánguidamente.

Sesshomaru la miró nuevamente, notando esta vez el parecido que tenía con la pareja de InuYasha, y la mirada tan impropia de humanos que la caracterizaba.

En una de sus encuentros, había quedado claro que ninguno de los dos se interpondría en el camino del otro. Y, al parecer, así seguiría siendo. Simplemente porque Sesshomaru no podía atacarla y Kikyou no podía purificarlo. Y, aunque pudiera hacerlo, no lo haría porque aquel demonio moriría.

Bajó el arco, ante la atenta mira del demonio, y le dio la espalda, recogiendo el cajac y las pocas flechas que habían sido arrastradas por la corriente. Para, posteriormente, alejarse en el sentido contrario, mientras pensaba en cómo romper el sello y, finalmente, purificar aquel demonio, como debieron haberlo hecho cientos de años atrás sus ancestros.

Después de algunos minutos de camino, miró al horizonte, notando que oscurecería y aún se encontraba en las profundidades del bosque. Eso jamás había sido un problema, pero en ese momento no poseía poderes espirituales, por lo cual sería una presa fácil para cualquier demonio con el que se topara.

Transcurridos algunos minutos, y después de no haber encontrado un lugar seguro, decidió subir a un árbol parecido al árbol sagrado. Se sentó en una rama, colocando el arco y una flecha sobre sus piernas, dispuesta a defenderse en caso de que fuera necesario.

Observó hacía el cielo, el cual era decorado por la luna y las estrellas. La noche era armonizada por el suave ruido que hacían los arboles al ser movidos por la brisa, el chirrido de algunos insectos y el croar de las ranas. Cerró los ojos, sintiendo como la soledad la atravesaba.

A pesar de odiar la soledad, parecía estar destinada a recibirla como su única compañía.

—InuYasha.

Ya ni siquiera tenía aquella pequeña esperanza que atesoraba cinco años atrás, de que InuYasha, tal vez estaría algún día a su lado, a pesar de que su corazón había dejado de latir cincuenta años antes.

Al recordar la nueva vida de su amado, se sintió miserable, y volvió a ser embargada por una sensación que amenazaba con hacerla llorar. Pero no quería hacerlo. Se reprendió tratando de no hacerlo. No quería que su fortaleza nuevamente fuera desecha por los sentimientos que poseía por InuYasha. Si quería derrotar al demonio que la acosaba, no podía permitirse ser débil. Tenía que enterrar aquellos sentimientos en un lugar en el que no pudieran alcanzarla, sobre todo por saber que no volverían a ser correspondidos por él.

Abrió los ojos, segundos antes de que los arboles dejaran de moverse, y el silencio invadiera todo el lugar. Inconscientemente agarró el arco, colocando la flecha, y lo tensó. A pesar del tiempo, aquella sensación la reconocía perfectamente.

— ¡Sal de donde estas! —no podía defenderse de un demonio, pero jamás se dejaría amedrentar. En respuesta, se escuchó un canturreo suave. Respiró profundo, sabiendo que clase de demonio era—. ¡Muéstrate!

Un fuerte rugido fue emitido a algunos metros, antes de que los árboles empezaran a moverse con violencia. Incluyendo, el árbol en que descansaba, por lo cual bajo sus piernas al vacío, cruzándolas debajo de la rama donde estaba sentada, tratando de mantenerse, lo más fija que pudiera, en su sitio.

Vio una luz venir hacia su posición, por lo cual, sin más opción, se dejó caer segundos antes de que el árbol que le brindaba protección cayera al suelo. En su bajada, se golpeó con algunas ramas antes de caer al pasto, pero gracias a eso su caída se amortiguo un poco.

Alzó la mirada y, sin importarle el dolor provocado por la caída, rodó hasta alcanzar el arco y el carjac. Tensó nuevamente el arco, justo en el momento que aquella luz se dirigía hacia su posición, y disparó, segundos antes de sentir un ardor en el hombro derecho.

En ese momento, el demonio hizo presencia. Era aproximadamente de dos metros, poseía dos grandes cuernos de color negro en la cabeza. Su rostro, casi humano, poseía dos grandes ojos rojos. Su boca poseía tres filas de dientes afilados, de los cuales sobresalían un par de colmillos, que le llegaban hasta la barbilla. Su cuerpo, que parecía ser de un gran felino, poseía un pelaje rojizo. Poseía cuatro patas, de las cuales, las traseras poseían lo que parecían ser tres pares de espinas en forma vertical, y su cuerpo terminaba en una gran cola similar a la de un escorpión. Era una Mantikoa.

Lanzó algunas flechas, pero ninguna se iluminó. En ese instante se preguntó por qué con aquel demonio había funcionado. Pero antes de que pudiera llegar a una conclusión, un golpe hizo que cayera al pasto, y un ardor invadió su costado izquierdo. Bajó sus ojos hasta esa zona, percatándose de que en el lugar donde sentía la molestia, la tela blanca del hitori se empezaba a colocar roja.

La sangre brotando de su cuerpo hizo que la bestia relamiera las esquinas de su boca con una lengua bípeda. Haciéndola consciente de que si no encontraba una forma de matarla, moriría irremediablemente en ese lugar.

Tratando de ganar tiempo para realizar una estrategia que le permitiera matar al demonio sin sus poderes espirituales, agarró el arco y lo tensó nuevamente, sintiendo la presión de la única oportunidad que poseía. Sin embargo, tuvo que rodar porque la bestia saltó a su encuentro. Cuando logró estabilizarse, y antes de que el demonio pudiera reaccionar, lanzó la flecha a uno de sus ojos, logrando que el demonio emitiera un rugido fuerte.

Sin detenerse a observar el área en que había herido al demonio, se levantó con un poco de dificultad y corrió. Mientras se alejaba, agarraba con una mano el lado izquierdo de su cuerpo y con la otra empuñaba el arco y el cajac, sin percatarse del camino que tomaba.

Simplemente andaba tratando de ganar tiempo.

No sabía que distancia llevaba corriendo, pero aún podía escuchar claramente los gemidos de dolor que se iban trasformando lentamente en rugidos de ira.

En el camino, tropezó en varias ocasiones, pero su cuerpo solamente cedió cuando se percató en el lugar en que se encontraba y la figura que descansaba plácidamente debajo de un árbol. Estaba concentrada en aquella imagen, que no tuvo tiempo de reaccionar cuando la bestia la alzó por una pierna, lanzándola por el aire como si fuera una simple marioneta.

Levantó la mirada, mientras mordía su labio inferior para no gritar. La herida en su costado estaba sangrando más. Por instinto, miró hacia su izquierda, observando la figura que seguía en la misma posición con los ojos cerrados, como si nada sucediera a su alrededor.

Unas fuertes pisadas hicieron que dirigiera su mirada hacia delante. Encontrándose cara a cara con el demonio, que aún llevaba la flecha en el lugar donde antes se encontraba su ojo izquierdo.

—No eres humana —aquel ser pasaba su lengua por sus labios, degustando la sangre que aún quedaba sobre éstos.

Kikyou se sorprendió un poco ante las palabras del demonio, pero permaneció imperturbable. No podía darse el lujo vacilar. Rodó cuando dos luces se dirigieron hacia su cuerpo, percatándose de que estaba indefensa sin el arco y cajac que se encontraban justo detrás del demonio.

Miró de soslayo cuando se sintió observada, encontrándose un par de ojos dorados observándola. Pero el dueño de aquellos ojos no parecía querer intervenir en su ayuda. Hecho que confirmo cuando nuevamente volvió a cerrar los ojos. No le sorprendió. Aquel demonio no tenía la parte humana que poseía InuYasha.

—Disfrutare comerte —dijo con una risa chillona, al igual que su voz—, y después a él —inmediatamente terminó de hablar, la bestia tuvo que saltar, evitando un látigo de veneno.

Al igual que el demonio, Kikyou giró en la dirección en que descansaba Sesshomaru. Este hacia claramente un gran esfuerzo para levantarse, dispuesto a enfrentar al demonio que había insinuado ridiculizarlo.

A Sesshomaru jamás le habían importado los humanos, claro está, exceptuando a Rin. No había estado dispuesto a interferir entre un demonio patético y su alimento. Para Sesshomaru un humano más devorado no hacia la diferencia. Sin embargo, jamás le permitiría una burla a su nombre. Apretó el mango de Bakusaiga, sintiendo como el dolor incrementaba nuevamente.

El demonio que aniquilaría era débil, pero muy ágil. Además, estaba seguro de que, en las condiciones en las que se encontraba, si tenían una lucha cuerpo a cuerpo, había una probabilidad grande de que perdiera.

—Aún puedes moverte, pero... —dijo con aquella voz chillona—, ¡te comeré!

Sesshomaru apenas pudo esquivar la luz que derribó el árbol donde se encontraba recostado segundos antes. Se lanzó hacia la Mantikoa, logrando alcanzarla con la espada, pero para su sorpresa esta no pareció causarle ningún daño.

Después de algunos segundos, se percató de que en realidad si le causaba daño, pero la coraza que protegía el cuerpo del animal estaba formada por varias capas. Además, de que no parecían estar formadas por materia orgánica, ya que Bakusaiga no las había consumido en el primer toque.

Kikyou solo observaba la pelea. A pesar de que el hermano de InuYasha no lo demostrara, sabía que se estaba debilitando poco a poco, por lo cual sería cuestión de tiempo para que la Mantikoa lo devorara. Y, si eso sucedía, tenía la certeza de que también moriría. Aunque fuese paradójico, le costara aceptarlo y fuera humillante, su vida dependía de la de un demonio. Sin embargo, también era consciente de que la vida de Sesshomaru dependía de la suya.

— ¡La cola! —gritó al ver que, a pesar de que el hermano de InuYasha le había dado nuevamente con la espada en el cuerpo, esta pareció no causarle ningún daño.

Al escuchar la voz, la Mantikoa se giró hacia Kikyou. Sus ojos rojos brillaron y se lanzó en busca de su presa. Inconscientemente, Kikyou cerró los ojos, sabiendo que en esa ocasión no podría evitar ser devorada. No obstante, casi inmediatamente un fuerte gemido de dolor, la obligó a abrirlos nuevamente.

Arriba, a unos metros sobre su cabeza, se encontraba la Mantikoa, envuelta en lo que parecía ser una nube oscura y relámpagos verdes. Segundos después, aquella nube se disolvió, perdiéndose con ella cualquier rastro de aquel demonio.

Kikyou bajó la mirada. Sesshomaru se encontraba arrodillado sobre el pasto, apretando este fuertemente entre sus dedos. Sabía que él había llegado a su límite, aunque su expresión no se viese alterada.

Se levantó y, a pasos lentos se dirigió en su dirección, pero cuando Sesshomaru se percató de sus intenciones, sus ojos se colocaron rojos y le gruñó.

—Si me matas no sobrevivirás —a pesar de que su declaración fue sincera y sin nada de malicia, notó como la expresión del demonio se transformaba en una de desagrado, y alzaba la mano con la clara intención de lanzarle el látigo de veneno, pero no se amedrento ante la amenaza—. Supongo que ya observaste tu hombro. Es un veneno muy potente, ni siquiera un demonio como tú podrá sobrevivir —no le agradaba la idea de salvar a un demonio, pero gracias a él permanecía con vida—. Puedo purificarla.

A pesar del temblor que había invadido su cuerpo, después del último golpe que le había dado a la Mantikoa, logró levantarse, tratando de aparentar que se encontraba bien. Se giró, con la intención de marcharse, mientras maldecía a la humana que no podía matar por encontrarse muy débil. Prefería morir antes que humillarse ante un ser insignificante.

—Yo, Sesshomaru, no necesito de nadie para sobrevivir —dijo—, y menos de una insignificante humana como tú.

—Mi trabajo es matar los de tu clase —dijo sin ninguna expresión, a pesar de que la forma despectiva en que aquel demonio la había llamado, le había molestado—. Pero esta vez te devolveré el favor.

—Mi intención no fue salvarte la vida —dijo, con el mismo tono parco—. Ese demonio creyó que podría meterse en mi camino y truncarlo —sabiendo que no podría continuar más, se detuvo frente a un árbol, recostando la espalda sobre este—. La próxima vez que te cruces en mi camino, no tendrás tanta suerte, sacerdotisa.

—Morirás.

—Creo que ese es mi problema.

En esa ocasión, Kikyou pudo notar, aunque era casi imperceptible, un tinte de irritación en la voz del demonio. Sin embargo, era consciente de la situación. Estaba herida, en medio del bosque y sin poderes espirituales.

Sabía que era humillante lo que diría, pero si aparecía otra Mantikoa, era comprendía que no sobreviviría. Pero aún no podía morir, no antes de cumplir su cometido.

Solo por esa noche salvaría la vida de un demonio, para así salvar su propia vida en el proceso.

—Soy consciente, aunque me desagrade aceptarlo, que ninguno de los dos sobrevivirá sin el otro —dijo de forma seria, a pesar de que la mano de Sesshomaru a apuntaba en su dirección—. Si vuelve a aparecer otro demonio, tú morirías en batalla y, posteriormente, yo lo haría devorada. Míralo esta vez como un intercambio.

Vio a Sesshomaru relajar su mano derecha, antes de deslizarse hasta quedar sentado en el pasto. Tomando esto como una respuesta afirmativa a su propuesta, se encamino hacia donde se encontraba el demonio.

Sesshomaru podía escuchar sus pasos, pero decidió ignorar su presencia. Sabía que, aunque los humanos eran débiles y paleticos, la sacerdotisa tenía razón. Pero no estaba dispuesto a reconocerlo en voz alta. Al sentirla posarse a su lado, giró el rostro en su dirección, notando como deslizaba la manga de su hitori hacia abajo.

Kikyou analizaba la herida. Presentaba unas líneas negras que se extendían hasta el tórax, lo cual indicaba que la infección iba migrando. Decidida, colocó las manos sobre la herida, esforzándose en su tarea. Pero nada sucedía.

Sesshomaru emitió un sonido de molestia, hastiado porque lo estuvieran tocando, pero cuando iba a exigirle que lo dejara, una luz pequeña empezó a salir de las manos de Kikyou, provocando que la herida comenzara a árdele. Debido a esto, cerró los ojos, tratando de pensar en otra cosa, y así evitar que cualquier expresión de dolor a pareciera en su rostro.

Por su parte, Kikyou también sentía dolor, pero por seguridad no estaba dispuesta a mostrarle su debilidad. Quitó una de sus manos de la herida y la llevó inconscientemente a su pecho. Miró las líneas, que simplemente habían desaparecido unos pocos centímetros. Pero el dolor en su pecho estaba aumentando paulatinamente hasta el punto de hacerla sudar. Sus manos comenzaron a temblar sin que pudiera controlarlas, cuando el dolor en su pecho empezó a dificultarle respirar. Sin poder controlar más a su cuerpo, se apartó de Sesshomaru. Sin embargo, el dolor y la dificultad para respirar no desaparecieron.

A pesar de que sus ojos pesaban, levantó la mirada, observando el rostro del demonio. Sesshomaru permanecía con los ojos cerrados, mostrando la que parecía ser su expresión facial normal. La cual se fue oscureciendo lentamente por los bordes, así como todo lo que estaba a su alrededor. Kikyou apretó más fuerte la tela del hitori que permanecía entre sus dedos, tratando de evitar que la oscuridad la consumiera. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, fue inevitable, ya que fue jalada sin piedad por la oscuridad.