Capítulo IV: Un simple toque de su piel.

— ¡Señor Sesshomaru!

Gritaron al unísono el demonio sapo y Rin al distinguir la figura de su señor. Rin bajo de Ah-Uh y corrió hacia Sesshomaru, quien se encontraba recostado al tronco de un árbol, igual que la primera vez que lo había visto.

—Desde ayer lo estamos buscando —dijo con la emoción que siempre la había caracterizado al hablar—. ¿Se encuentra bien, señor Sesshomaru? —inquirió con visible preocupación al ver la herida, aún descubierta, en el hombro del mencionado. El demonio abrió los ojos y la miró, pero no respondió a su pregunta—. Si quiere puede subir sobre Ah-Uh...

— ¡Rin! —gritó el pequeño demonio Jaken, interrumpiéndola—. Deja de ser impertinente, ¿Crees que el amo Sesshomaru es débil como ustedes los humanos? — ante esa declaración, la chica bajó la mirada, avergonzada—. El amo... —iba a continuar con su retahíla, pero una pequeña roca cayó sobre su cabeza, haciéndolo callar.

—Es la señorita Kikyo —mencionó al percatarse de la chica que se encontraba al lado de su señor—. Gracias a ella ese demonio no me llevo con él —dijo para sí misma, antes de girar hacia el demonio de cabellos color plata—. Señor Sesshomaru, ¿podemos...?

—Rin, deja de pedirle cosas al amo Sesshomaru, esa...

—Haz lo que desees, Rin —interrumpió Sesshomaru, haciendo callar nuevamente. No pretendía volver a permitir que la humana lo tocara, pero si Rin le debía la vida, permitiría que le pagara el favor, si eso era lo que deseaba—. Partiremos en algunas horas —aunque no quisiera reconocerlo, aún no tenía suficientes fuerzas para moverse. Las marcas en su cuerpo habían disminuido, pero el veneno no había sido purificado totalmente. Pero tenían que salir de ese bosque antes de que oscureciera.

—Como diga, amo —dijo no muy feliz el pequeño demonio. No solo por llevar con ellos a otra humana, sino específicamente porque sería quien la cargaría.

— ¿Volveremos a la aldea, señor Sesshomaru?

—Iremos al palacio —respondió simplemente, dando por terminada la conversación.

— ¿Puedo ir a buscar alimento, señor Sesshomaru? —preguntó emocionada la chica. Después de cinco años, al fin volvería a estar al lado de su señor.

—Haz lo que quieras, Rin.

Rin sonrió, alejándose del lugar mientras daba saltos como lo hacía cuando era niña. Sesshomaru observó a Jaken, quien inmediatamente corrió detrás de la chica.

Posteriormente, giró el rostro hacia un lado. Observando a la sacerdotisa que no despertaba desde la noche anterior. Realmente no le importaba este hecho, ya que antes de que Jaken y Rin llegaran, pretendía marcharse. Después de todo, ya era de día y no había realizado ningún trato con aquella humana.

La vio fruncir el ceño, mientras pronunciaba cosas que para cualquiera hubiesen sido inentendibles, pero para su fina audición no lo ó como el nombredel hijo mestizo de su padre había salido de sus labios, seguido de algunas estupideces tan propias de los humanos.

Desvió su atención hacia el horizonte, dejando de prestar atención a la sarta de tonterías que escuchaba. Percatándose que se había equivocado, aquella mujer era una humana más... tan débil física y emocionalmente como los demás.


La luz que se colaba entre las hojas de los árboles, la obligó a abrir los ojos. Había dormido toda la noche y, al parecer, gran parte del día. Sin embargo, aún se sentía agotada. Cerró nuevamente los ojos, girando el rostro para que la luz dejara de incomodarle. Estaba dispuesta a seguir descansando.

No obstante, su cerebro empezó a divagar en los sueños que había tenido. Recordando cómo había vivido en sueños sus dos muertes, y sentido nuevamente las emociones que le provocó InuYasha en cada una de ellas.

Suspiró, tratando de ignorar anhelo que empezaba a embargarla. Estaba decidida a no dejarse agobiar por añorar la presencia de InuYasha. Se relajó, dispuesta a dejar que el cansancio nuevamente la arrastraba. Pero una sensación fría en su costado, la devolvió a la realidad. Por instinto, y en un rápido movimiento, detuvo lo que parecía ser una mano mientras buscaba con su extremidad libre el arco, pero lo único que tomó fue la hierba que se deslizaba entre sus dedos.

Escuchó un grito de mujer y, posteriormente, una voz.

—Señorita Kikyo, ya despertó —era la voz de una mujer, cargada visiblemente de emoción.

Kikyou intentó abrir los ojos, pero la sensación de cansancio no se lo permitió.

—Soy Rin. Era aprendiz de la señora Kaede .

Al escuchar el nombre de su hermana, su cuerpo se relajó y sus dedos se deslizaron suevamente por la muñeca de la chica hasta caer sobre la hierba.

La siguiente vez que abrió los ojos, estaba oscureciendo. Y ya no parecía estar recostada en el mismo lugar. En busca de respuestas a las preguntas que se aglomeraban en su cabeza, miró a los lados, percatándose de que estaba en movimiento. Además, de ir acostada sobre un demonio.

Llevada por sus instintos, agarró el arco y el cajac que reposaban sobre sus piernas. Cuando estuvo segura de que podía moverse libremente, se removió, dejándose caer.

En un vistazo rápido, se percató de que, además del demonio de dos cabezas en el que anteriormente estaba, había un demonio pequeño, al cual creía haber visto antes. Pero al no lograr recordarlo, no dejó de apuntarle.

— ¡Estúpida humana mal agradecida! —dijo con voz rasposa el pequeño demonio sapo al ver la posición en la que se encontraba.

Kikyou tensó más el arco en respuesta, pensando que si lograba concentrarse, tal vez podría purificarlo.

—Señor Jaken, la está asustando —miró de reojo hacia atrás, encontrándose con una chica con kimono floreado y un lazo pequeño recogiendo un mechón de su cabello azabache—. Señorita Kikyo, ¿Se encuentra bien? —Al fijarse en que la chica era humana, disminuyó un poco la tensión en el arco, pero no dejó su pose amenazante—. ¿Desea comer? —la chica le preguntó con una sonrisa, sin importarle que seguía apuntándole, mientras desenvolvía algo de unas hojas. Pudo notar que en una habían algunas bayas y en la otra algunos roedores pequeños.

—Baja tú arma, sacerdotisa.

Kikyou giró en dirección a la voz, encontrándose con Sesshomaru mirando hacia el horizonte, sin aparente interés en lo que estaba sucediendo a su alrededor. Pero el aura amenazante que desprendía le indicaba lo contrario. Sin embargo, no acató la orden que le había dado. A pesar del poder que poseía, se obligaba permanecer en su posición, sin amedrentarse.

—Señor Sesshomaru, ¿Usted también desea comer? —inquirió Rin, rompiendo el ambiente tenso que se había formado entre ambos, provocando que Kikyou nuevamente posara su atención sobre ella.

—Esta noche descansaremos aquí —fue su única respuesta, antes de dirigirse hacia el pie de un árbol, en donde posteriormente se sentó.

Aún en su pose de defensa, Kikyou se sorprendió cuando una mano se posó en su antebrazo.

—Espero sean de su agrado—Rin le entregó en una hoja algunas bayas, antes de dirigirse, junto con el pequeño demonio, hacia donde se encontraba Sesshomaru.

Kikyou se quedó ensimismada observando las frutas, decidiendo si debía comerlas. Cuando finalmente reconoció la especie, decidió hacerlo. Pero el llamado de Rin interrumpió su cometido.

—Señorita Kikyo, ¿Puede curar al señor Sesshomaru? —preguntó esperanzada, mientras jugaba con sus dedos.

—No puedo hacer nada por él —Kikyou no pretendía volver a tocar a un demonio, por lo menos no para ayudarlo. La única misión que tenía su existencia era purificarlos, no salvarlos. Además, corría el riesgo de morir si aceptaba.

—La señorita Kagome, puede purificar el veneno de los demonios —dijo mirando las bayas que sostenía en una mano—. La señora Kaede… Ella dijo que podía hacerlo porque era su reencarnación —Kikyou sintió la mirada suplicante—. Salve al señor Sesshomaru, por favor.

—Es un demonio —fue su única respuesta, dando por terminada la conversación.

—El señor Sesshomaru no es malo.

Ante esa declaración, Kikyou observó con detenimiento a la chica. Quiso responderle que todos los demonios lo eran, pero la mirada suplicante de la chica la hizo desistir.

—No puedo ayudar a alguien que no desea ser ayudado.

Rin sonrío ante su respuesta.

—Rin, se encargara de eso —dijo antes de salir corriendo en la dirección en la cual se encontraban los demonios.

Cuando terminó de comer las bayas, la chica se acercó nuevamente y, sin emitir ninguna palabra, la obligó a correr a su lado, sosteniéndola fuertemente para que no se soltara.

Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, pudo distinguir la expresión que el demonio verde le mostraba. Parecía sentir extremadamente repulsión por su persona. Cuando finalmente estuvieron en su presencia, Jaken se levantó e hizo, a pesar de las replicas, que Rin lo acompañara.

Al quedar a solas, Kikyou caminó de forma lenta hacia donde se encontraba el demonio, quien se encontraba mirando a su lado derecho, concentrado en un punto inexistente. Se arrodilló a su lado y, acercó las manos a su hitori, dispuesta a bajarlo. Pero cuando empezó a deslizar la tela, una mano tomó su muñeca.

—Esta será la última vez.

Sesshomaru tenía una expresión estoica. Sin embargo, pudo nuevamente percibir ese tinte de irritación en su voz, mientras se observaban mutuamente.

En ese momento, Kikyou notó que los ojos que la miraban eran muy parecidos a los de InuYasha. Inconscientemente, trató de encontrar la humanidad que caracterizaban los ojos de InuYasha, pero no encontró nada. Porque lo que caracterizaba al hanyo ese demonio jamás lo poseería. Los seres como el que tenía enfrente nunca podrían tenerlo. Siendo consciente de eso, sintió aún más curiosidad de saber por qué una humana seguía aun demonio.

—Haz lo rápido.

La demanda la devolvió a la realidad. Pero a pesar de sus palabras, no soltaba su muñeca. Contrariada, bajó la mirada hacía su extremidad y, sin pedirlo, la mano fue retirada como si su poder espiritual, a pesar de estar sellado, pudiera quemarlo.

Libre del agarre, terminó de bajar el hitori, y colocó las manos sobre la herida, concentrándose. Rápidamente, pudo lograr formar la esfera de luz, pero sintió más dolor que antes.

Por su parte, Sesshomaru también sentía nuevamente un ardor que se intensificaba mientras se extendía lentamente por su cuerpo. Sin embargo, también fue embargado por una sensación que lo relajaba. Era una extraña calidez que solo había sentido siempre que Kikyou lo tocaba y, a pesar de que le asqueaba que la mayoría de humanos lo tocara, la sensación que lo embebía en ese momento le agradaba. Dejándose llevar, cerró los ojos a pesar de que una voz en su cabeza le exigía no hacerlo, siendo envuelto completamente por una nube de calidez hasta que las manos temblando sobre su piel lo sacaron de su ensoñación.

Por reflejo, giró a verla. Kikyou mantenía una mano reposando en el pecho y sus parpados estaban cerrados de forma fuerte. La luz que se formaba en la mano que descansaba sobre su herida, temblaba ligeramente, amenazando con desaparecer.

En ese instante, al sentirse observada, Kikyou abrió los ojos. Estaba sudando y su rostro se había tornado rojizo. Abrió la boca, intentando exteriorizar algo, pero ningún sonido salió. Sus ojos se cristalizaron, mientras su mano empezó a deslizarse suavemente hacia abajo.

Ante esa acción, Sesshomaru frunció el ceño y le agarró la muñeca, deteniendo la mano cuando iba por su abdomen bajo. Dispuesto a hacerle pagar su insolencia, pero cuando sus ojos nuevamente la miraron, los contrarios se cerraron y, segundos después, cayó sobre su regazo. No pudo evitar observar el cuerpo que descansaba sobre sus piernas, siguiendo el cabello que cubría la parte inferior de su cuerpo y que contrastaba sobre su ropaje.

Antes de ese día, ninguna persona o demonio se había atrevido a acercarse tan íntimamente, ni siquiera Rin a quien le había permitido tomarse algunas libertades.

Sintió como la furia empezaba a invadir su cuerpo, dejando de importarle lo que Rin pensara si eliminaba a la humana. Sin embargo, al igual que la noche anterior, la sensación de calidez se apoderó totalmente de su cuerpo, engullendo cualquier resquicio de otro sentimiento. Volvió a ser absorbido por la nubla de calidez que le brindaba mientras lo tocaba, siendo incapaz de mover los brazos para levantarla. Y, nuevamente, esa misma sensación lo obligó a cerrar los ojos, mientras maldecía mentalmente a la humana que osaba debilitarlo simplemente con tocarlo, haciéndole sentir cosas que jamás le habían importado.

Mientras caía en la inconsciencia, se prometió no volver a permitir que la sacerdotisa lo tocara, aunque eso conllevara a su muerte. Prefería condenarse con su honor intacto a sentirse debilitado.

Sesshomaru jamás aceptaría ser doblegado por el simple toque de un humano.