Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es MeilleurCafe, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to MeilleurCafe. I'm only translating with her permission.
Capítulo 6
El sol se había puesto pero el calor y la humedad permanecían, vencedores en la guerra del clima en un día de verano. La llegada de la noche tuvo poco efecto en la temperatura, aunque eso no arruinó el buen humor de la fiesta.
Edward se encontraba sentado en una de las mesas bajo la carpa. Él estaba raspando el fondo de un pequeño plato de helado, su ceño fruncido en concentración como si fuera la tarea más importante en la costa oriental. Charlotte estaba sentada en el borde de la mesa, frente a Edward, sus piernas colgando y sus pies sucios. Sus acciones reflejaban las de él mientras raspaba su cuchara por el helado derretido, buscando las últimas granas.
Bella se encontraba al lado de ellos, su silla girada hacia afuera, sus manos alrededor de una taza de café helado. Varios invitados estaban comiendo postre, otros aún bebían, y algunos, como Bella, habían pasado a bebidas no alcohólicas. Alrededor de una hora atrás, ella comenzó a sentirse muy cansada. Eso a menudo sucedía después de una o dos copas de vino blanco, así que considerando que había perdido la cuenta de la cantidad que había bebido, realmente le estaba pasando factura ahora. Cuando Esme trajo varias garrafas de café, Bella casi la tacleó.
Edward y Charlotte habían estado jugando una versión improvisada de Ahorcado, donde uno de ellos dibujaba partes de una imagen y el otro intentaba descifrar qué era. Él había hecho un simple bosquejo de una noria, el cual ella había adivinado casi de inmediato. Ahora Charlotte intentaba poner a Edward al corriente.
Ella le tendió su hoja a Edward.
—No has terminado —dijo ella firmemente.
—¡Dije que era una tortuga!
—Bueno, tiene colores de tortuga en ella.
Había palitos verdes dibujados en la hoja que podrían haber sido briznas de césped. Charlotte había estado añadiéndolos uno por uno cuando fue el turno de Edward para adivinar. Habían estado en esto por casi una hora.
—Inténtalo una vez más, Edward —dijo ella con impaciencia.
—De acuerdo, déjame ver eso de nuevo. —Él apoyó su mentón sobre su puño y frunció el ceño. Finalmente, bajó el dibujo sobre la mesa victoriosamente—. Lo tengo. ¡Es una jirafa!
Ella lo miró con indignación.
—¡Ni siquiera se parece a una jirafa! Y, como sea, no son verdes, Edward.
Él entrecerró los ojos.
—Quizás es una jirafa alien.
Exasperada, ella tomó la hoja de nuevo.
—¿Quieres intentarlo de nuevo?
—Sí, señorita. —Él terminó su helado mientras Charlotte tomaba un lápiz marrón y dibujaba más líneas. Miró a Edward escépticamente.
—Voy a dibujar dos cosas para tu turno porque eres muy malo en esto.
—Eres muy generosa, pequeña. —Él se inclinó y le dio un fuerte beso que pudo escucharse alrededor del patio.
Bella lentamente giró los cubos de hielo en su café con un sorbete, observando su pequeño juego. Las interacciones de Edward con Charlotte eran naturales. Él sabía cuándo reírse de ella y cuando retractarse si estaba frustrándose. Habiendo pasado mucho tiempo de niñera, Bella tenía una sensibilidad similar. Edward, sin embargo, tenía un ingenio astuto cuando se trataba de niños—cuando se trataba de todo, en realidad.
Edward observaba a Bella también—sutilmente, por el rabillo de su ojos. Aunque ella parecía cansada, su expresión era feliz y relajada. Cuando la alegría cubría sus rasgos así, ella lucía incluso más encantadora, pensaba él: sus ojos eran de un color castaño bruñido, su piel suave, sus labios más invitantes. El calor y el deseo se despertaron dentro de él; quería besarla locamente, pero estaban rodeados por familia, así que eso estaba fuera de discusión.
Él chocó su muslo contra el de ella, disfrutando la sensación del rápido contacto piel contra piel. Bella sonrió y curvó su mano alrededor de su rodilla, arrastrando sus dedos por la parte interna justo lo suficiente para hacer que Edward se mordiera su labio con fuerza.
Ella se sonrojó y apartó la mirada, recordando que una niña se encontraba apenas a medio metro de ellos. Entonces, curvó su dedo hacia Charlotte, quien se acercó así Edward no podía escuchar.
—¿Es un árbol? —susurró Bella. Charlotte asintió energéticamente.
Edward puso mala cara.
—No es justo. ¿Están haciendo trampa?
Bella negó con la cabeza.
—Nunca hago trampa —dijo ella, sonriendo. Le guiñó un ojo a Charlotte y le susurró—. Solo dibuja unas manzanas allí antes de hacer las hojas —dijo, señalando donde deberían estar las ramas—. Él nunca lo descifrará.
La necesidad empalagosa de dormir no se iba. Y tocar a Edward por solo unos segundos la hacía sentir mareada y caliente de maneras que el vino jamás podría. Quizás si camino un poco… Ella se puso de pie pero de inmediato se sintió mareada y se volvió a sentar.
—Vaya. —Edward le dio toda su atención—. ¿Estás bien?
—Sí. —Bella agitó su mano, tratando de convencerle que no había nada de qué preocuparse—. Es el calor. Sucedió temprano también. No es un problema.
Él aún así la miró preocupado.
—¿Estás segura?
—En serio, estoy bien. —Se puso de pie de nuevo, con más éxito esta vez—. Iré a lavarme la cara. ¿Alguien quiere algo de la casa?
—Sí, ¿puedes traerme una copa de vino? Puedes beber una, si quieres. —Él la miró furtivamente, con cara de poker, hasta que ella vio su boca crisparse solo un poco.
Lo golpeó suavemente y se puso en camino a visitar de nuevo El Baño Bajo las Escaleras, su tercera vez desde que había llegado.
La cocina estaba vacía, por primera vez en esta fiesta. Carlisle y Esme se encontraban afuera circulando entre sus invitados, yendo de mesa en mesa como si fueran una novia y un novio. Bella podía imaginarlos fácilmente en su recepción, luciendo incluso más atractivos treinta años más jóvenes, moviéndose con facilidad entre los invitados. Belleza y extroversión parecían ser rasgos genéticos fuertes en esta familia.
Bella pensó de nuevo en lo bendecidos que serían los hijos de Edward. Probablemente tendrían habilidades sociales y ventajas físicas en abundancia. Por supuesto, eso dependía de la madre también, aunque no era probable que Edward se casara con un troll.
La idea de que Edward se casara con alguien la hizo hacer una mueca. Varias horas atrás, ella no se permitía pensar en la palabra con "c". Era simplemente muy pronto. Pero su mente esquivó la obstrucción y corrió en esa dirección de todos modos. Ella se dio cuenta que Edward encontraría una esposa algún día; y no había manera de predecir el camino que llevaría a ese punto. Podría ser ella; podría ser que no. Bella estaba preparada para aprovechar sus oportunidades, pero dolía saber que podría ser alguien más.
Ella intentó distraerse con revistas que encontró en un Sombrero Seleccionador de cerámica. Bella lo observó por unos momentos. Dime, ¿en qué casa terminaré algún día?
Vertió agua fría en su rostro varias veces, recordándose que esta era una fiesta increíble, que Edward la había invitado, su familia y sus amigos eran maravillosos, y él fue lo suficientemente cariñoso toda la noche. El agua fría la ayudó a sentirse menos estresada.
Después de secarse, abrió la puerta y casi chocó con una señora mayor que estaba dirigiéndose a la cocina. Bella la reconoció como una de las invitadas que había estado sentada adentro temprano.
—¡Lo siento mucho! No sabía que había alguien aquí afuera.
—Está bien, querida. —La mujer le dio unas palmadas en el brazo indulgentemente—. No hay daño.
—Debería haber sido más cuidadosa. Jamás siquiera pensé que alguien podría estar del otro lado —respondió Bella, sacudiendo la cabeza.
La mujer hizo un ademán con la mano.
—Oh, no te preocupes por eso. Pero me vendría bien un poco de ayuda para bajar esas escaleras —dijo, señalando hacia el porche y el patio trasero—. Tengo que irme ahora, y me gustaría despedirme de los Cullen.
—Por supuesto. —Bella con gusto le ofreció a la mujer su brazo—. Es la Sra. Mallory, ¿cierto?
—Ah. Eres tan inteligente como hermosa —contestó. Bella sonrió y le agradeció.
—Todos estamos muy contentos de que Edward tenga una novia tan encantadora. —Le dio a Bella unas palmadas en el brazo de nuevo—. Mis amigas y yo hemos estado tan preocupadas por él. No se está haciendo nada joven.
Cielos, él tiene veintiséis, pensó Bella, y entonces contuvo una risita cuando se dio cuenta que ella no era la única persona que se preocupaba de que Edward se casara.
Ellas hablaron de camino a las escaleras, y Bella abrió la puerta para ella. Edward estaba sosteniendo a Charlotte, quién se había quedado dormida, mientras hablaba con Siobhan y Liam. Él echó un vistazo a la casa y vio a Bella ayudar con cuidado a la Sra. Mallory a bajar los escalones, uno a la vez, mientras la señora se apoyaba en su brazo. La gentil paciencia en el rostro de Bella lo fascinaba. Mantuvo su mirada fija en ella, queriendo que ella encontrara sus ojos; y cuando ella lo hizo, su sonrisa cariñosa la hizo sonrojar. Edward le tendió Charlotte a su padre y se despidió de sus primos.
Bella acompañó a la señora mayor hasta llegar a Esme antes de regresar a Edward. Él se encontraba de pie con las manos en sus bolsillos, sus pies separados y su cabeza inclinada a un costado mientras la observaba.
—¿Qué? —dijo ella, desconcertada.
Él la llevó hacia sus brazos y la sostuvo con firmeza.
—No sé qué pasa con nosotros esta noche, pero pasé gran parte de mi tiempo con los jóvenes y aquí estás tú, pasando el tiempo con los viejos. ¿Qué tal si pasamos tiempo juntos?
Bella se rio y cerró los ojos. El pecho de Edward era un muy buen lugar donde descansar, y era muy tentador permanecer exactamente donde se encontraba hasta que la última luz fuera apagada. Él, sin embargo, tenía otros planes. La llevó hacia una mesa y ella comenzó a tomar una silla, pero él llegó allí primero. Suavemente jaló de su mano y dijo, «Vamos. Siéntate».
—Tomaste mi asiento —contestó ella, riendo.
—Lo sé. Ven aquí —dijo Edward insistentemente, y antes de darse cuenta, él la había colocado sobre su regazo.
Bella echó un vistazo a su alrededor, avergonzada al principio, pero nadie los estaba mirando. La multitud se había reducido, ya que eran cerca de las diez p.m. Y no podía negar que se sentía bien estar tan cerca de Edward. Sus piernas eran musculosas y firmes; y a ella le gustaba cómo la sostenían: fuertes y seguras. Se acomodó fácilmente sobre su regazo y volvió a cerrar los ojos, para inhalar su aroma mejor; una mezcla masculina que era excitante y agradable. Eau de Edward.
Se permitió hundirse contra él, así su cabeza descansaba sobre su hombro y su cuerpo se ajustaba al de él como arcilla. Edward soltó un pequeño sonido de apreciación y envolvió su brazo derecho a su alrededor, estirándolo sobre su cadera. Su blusa se subió hasta su cintura, y él deslizó su mano por debajo así sus dedos descansaban sobre su estómago. Bella se derritió aún más ante la sensación de su piel contra la suya. ¿Cómo algo podía ser tan tranquilizante y tan estimulante al mismo tiempo?
Se sentaron en un cómodo silencio por unos minutos; otra revelación para Bella, que a menudo se retorcía por dentro cuando se encontraba con otra persona y el silencio los rodeaba. Ella siempre se sentía responsable por llenarlo. Este era solo otro detalle de su vida que era más fácil con Edward.
—Y bien, ¿qué piensas de Brooklyn hasta ahora? —dijo Edward.
Bella levantó la cabeza y sonrió.
—Oh, me gusta. Tiene… No lo sé. Personalidad.
—¿Personalidad? —Edward se rio tan fuerte que Bella comenzó a temblar en su regazo—. Sí, podrías decir eso. También podrías decir, ya sabes, que la Torre Trump tiene alquileres que están un poco fuera del control de alquileres.
—Oh, detente, tú. —Ella tomó su rostro a los lados de su boca y apretó así sus labios estaban fruncidos—. Siempre con las ocurrencias.
Él se zafó de su mano y besó sus dedos.
—Ahora hablas como una chica de Brooklyn. Cuidado o te tendré en la entrada jugando a skelsie.
Ella soltó unas risitas.
—¿Acaso quiero saber qué es eso?
—Es un juego de niños con tapas de botellas. —Él la movió ligeramente mientras silenciosamente se cuestionaba rápidamente su decisión de colocarla en su regazo. Amaba tenerla tan cerca, y su cuerpo ardía por mostrarle lo mucho que lo disfrutaba. Él no quería avergonzar a ninguno de los dos si ella lo notaba.
—¿Jugabas a eso cuando eras un niño?
—Todo el tiempo.
—Quiero que me lo muestres.
Edward soltó una risita.
—De todas las cosas que quieres saber sobre Brooklyn, quieres aprender a jugar a skelsie. Claro, te enseñaré.
—Me gusta imaginarte de niño jugando afuera. Apuesto que eras de terror.
—Las monjas pensaban eso. Mi mamá también. Mi papá era un poco neutral con la cuestión, y los otros niños en el vecindario usualmente no tenían mucho de qué temer.
—Quiero escuchar todo sobre ello… —Antes que ella pudiera terminar, bostezó.
—Me encantaría contarte, pero no creo que esta noche sea una buena noche para eso. No estoy seguro de cuánto recordarás —dijo él—. Quiero saber todo sobre cuando eras niña también. Mañana por la noche, en la cena. No vas a olvidar que vamos a cenar mañana, ¿cierto?
—Por supuesto que no —dijo ella, frunciendo el ceño—. Tengo sueño, no estoy borracha.
—Como si hubiera una diferencia cuando debes recordar algo.
—Gracias por tu voto de confianza, oficial. —Ella tomó su mano y la colocó alrededor de su cintura de nuevo, dejando que descansara donde había estado en su vientre. A Bella le gustaba allí. A Edward también. Él movió las piernas, primero la izquierda y luego la derecha, esperando que Bella pensara que él intentaba ponerla más cómoda y no que él estuviera reajustándose.
Ella suspiró y se hundió contra él de nuevo. Eso era bueno, ya que ella parecía inconsciente de que él tenía una guerra interna. También era malo, porque su cercanía, aunque era exquisita, quería decir que él estaba perdiendo la batalla. Él gruñó suavemente, pero ella no lo notó.
—He estado en el centro de Brooklyn. Pero aparte de eso, realmente solo he visto dónde vives en Greenpoint y aquí Brooklyn Heights. Los vecindarios tienen una cierta sensación en ellos. Son urbanos sin ser demasiado… no lo sé, ¿duros? —Bella pausó por un momento, preguntándose cómo estaba explicando esto—. Puedes sentir que las personas reales viven aquí, no solo un montón de ciudadanos que lucen como si podrían ser extras de películas.
—Mmm —contestó Edward, asintiendo de acuerdo. A él le gustaba cómo ella lo había descrito. Como alguien que había vivido en la ciudad toda su vida, él creía que era perspicaz viniendo de alguien que provenía de un pequeño pueblo. Era fácil conseguir una mirada aislada en Nueva York si eras lo suficientemente afortunado de crecer en un buen vecindario. El trabajo de policía le había quitado. Aún así, con la excepción de la muerte de su hermano, él sabía que se encontraba entre los afortunados. Las imágenes en su espejo retrovisor personal generalmente eran color de rosa.
—Mucho de Nueva York me recuerda a esa pintura de Edward Hopper —añadió Bella, su voz disminuyendo.
Las cejas de Edward se alzaron, y su interés se despertó.
—¿Cuál? —preguntó.
—La de la cena.
—Oh, Nighthawks. Maravillosa pieza. Una mirada perfecta al aislamiento urbano. —Repentinamente inspirado, Edward consideró la idea de volar con Bella al Instituto de Arte de Chicago mañana, para ver la pintura Hopper en vez de cenar. Entonces, se dio cuenta que probablemente no conseguirían un vuelo ya que era un fin de semana festivo y todos los billetes habían sido reservados meses atrás. Qué mal. Él hizo una promesa silenciosa de ir allí con ella pronto.
—¿Notaste que no hay ninguna puerta en ese cuadro? Ves las ventanas y las personas dentro de la cafetería, pero no hay manera de entrar o salir. Me encanta pensar en por qué Hopper hizo eso y qué quiso comunicar con ello. Y la mujer en la barra era su esposa. Ella era su modelo en todas sus pinturas…
Un leve sonido lo interrumpió. Edward bajó la mirada y Bella estaba completamente dormida contra su hombro, roncando suavemente; su boca abierta un poco, sus mejillas sonrojadas.
Diablos, ella es adorable. Apartó el cabello de su rostro así no se pegoteaba por el calor, sus manos rondando en su suavidad. Su aliento le hacía un poco de cosquillas cerca de su cuello y él sonrió para sí mismo, imaginando cómo sería verla así más seguido, en la vulnerabilidad del sueño. La idea de todo ello, de estar así de cerca —e incluso más cerca durante las noches donde ella dormía, en su cama y especialmente en sus brazos— hacía que la adrenalina lo invadiera, y podía sentir su sangre arder mientras recorría su cuerpo. Él se movió en su asiento de nuevo. Sería mejor para los dos si la llevaba a un lugar donde podría descansar con más comodidad.
Edward giró en la silla, con cuidado de no despertarla. Plantó sus pies firmemente en el suelo e hizo una fuerte presión así podía pararse rápidamente sin dejarla caer.
Se tambaleó un poco, pero encontró el equilibrio e intensificó su agarre. Ella se movió mientras él cruzaba el patio, y él plantó un beso cariñoso en su frente.
Ella encajaba tan perfectamente en sus brazos. Él estaba seguro que ella era el regalo que había necesitado pero que jamás pensó pedir porque temía que ella no existiera. Él recordaba cómo siempre quería el resto de la limonada de su madre cada vez que ella la preparaba durante los veranos de su infancia. Quedaba tan poco en la jarra que él siempre temía que nunca hubiera suficiente para llenar su vaso. Casi infaliblemente, él estaba feliz de saber que estaba muy equivocado. Siempre terminaba con más de lo que creía posible. Era una lección de fe que se quedó con él a pesar que era muy pequeña. Edward de nuevo pensaba en la importancia de creer en algo a pesar de no tener evidencia de que aparecería.
Carlisle estaba apilando sillas pero se acercó, con mirada preocupada, ni bien notó que su hijo cargaba a Bella.
—Creía que eras policía, no bombero. ¿Qué pasó?
—Estábamos hablando hace unos minutos y se quedó dormida. Dudo que esté enferma. Supongo que simplemente estaba exhausta.
Su padre pasó sus manos por la frente y las mejillas de Bella, y entonces presionó su dedo índice y del medio contra su garganta.
—No tiene fiebre, y su pulso parece estar bien. Quizás el alcohol y el calor simplemente le pasaron factura.
—Eso supuse —dijo Edward—. Realmente me siento mal. Todos no paraban de ofrecerle tragos toda la noche, incluyéndome a mí. —Su mirada estaba en Bella, y él parecía como alguien que estaba enamorándose pero inconsciente de que lo estaba transmitiendo.
Carlisle alzó sus cejas, pero solo dijo «¿Por qué no la llevas dentro y dejas que descanse un rato? Estaré cerca si ella necesita algo».
—Allí es donde me dirigía. —Le echó un vistazo al rostro quemado por el sol de su padre—. Necesitas un poco de aloe o crema o algo.
Carlisle frotó su nariz e hizo una mueca.
—Parece que sí. Gracias por hacérmelo saber.
—Sí, mejor yo que mamá. ¿Puedes abrir la puerta por mí?
El siguiente obstáculo era su madre, que estaba guardando los platos en la cocina. Ella volteó casualmente cuando escuchó la puerta abrirse, pero su expresión cambió dramáticamente una vez que vio a su hijo con su novia en brazos.
—¡Edward! Oh, por Dios, ¿qué pasó? ¿Bella está bien?
—Simplemente se quedó dormida —contestó Edward.
—¿Estás seguro que ella está bien? —Esme pasó una mano por la frente de Bella, acariciando su cabello—. ¿Papá le echó un vistazo?
—Por supuesto. Voy a llevarla arriba y dejar que duerma.
Ahora su madre volvía a ser la de siempre.
—Buena idea. Vamos, llevemosla a tu antiguo cuarto. Acabo de cambiar las sábanas. —Ella se dio la vuelta y le indicó que la siguiera, como si él no supiera dónde ir en la casa que él había crecido.
Esme abrió la puerta y encendió el ventilador de techo en el cuarto de Edward a pesar que había un aire acondicionado central. Ella encendió la lámpara de la mesa, apartó el edredón y ahuecó las almohadas.
—Aquí tienes.
—Gracias. —Su madre observó mientras Edward acostaba a Bella gentilmente y le quitaba los zapatos. Él la cubrió con la sábana, ajustándola alrededor de sus hombros. Ella vio la misma expresión en el rostro de su hijo que su marido había visto antes, una variación de su sonrisa fascinada cuando él le había presentado a Bella horas atrás. Ella se quedó sin aliento cuando sus emociones la abrumaron.
Espero que esto salga bien, creo que ella es buena para él y amo a mi hijo, todo pasó rápidamente por su mente.
Esme resistió la urgencia de tocar el rostro de Edward, y en cambio se estiró hacia el de Bella. Le dio unas palmaditas en la mejilla, y entonces volteó hacia su hijo.
—Estaré abajo con papá, limpiando tanto como podamos esta noche. Haznos saber si necesitas algo. —Le dio a Edward un beso antes de darse la vuelta así su hijo no veía la sonrisa en su rostro. Silenciosamente, cerró la puerta y dejó a los dos solos.
Edward se quitó las zapatillas y se acostó sobre las mantas, mirando a Bella. Se movió hasta encontrar una posición cómoda, deslizando su brazo por debajo de la almohada. Él se quedó acostado allí, observando su suave respiración.
Él quería tocarla pero no quería despertarla. Se veía tan relajada y dulce. Le llevó minutos antes de no poder resistirse más, y ligeramente trazó el borde de sus labios. Él acarició la línea de su mandíbula, y ella se movió, suspirando, antes de volver a quedarse dormida.
Él no podía decir cuántas veces, años atrás, había querido tener una mujer como ella justo aquí; aunque para su joven edad, sería más preciso decir que él había querido tener una chica en su cuarto. Mientras acariciaba la mejilla de Bella, pensaba en cómo su vida podría haber resultado si se hubieran conocido de alguna manera—si ella se hubiera mudado a Brooklyn de niña y hubieran terminado en la misma escuela. Si eso hubiera pasado cuando eran niños, ellos hubieran sido amigos; él estaba seguro de eso. Y si hubiera sucedido de adolescentes, ellos hubieran estado juntos como pareja.
Edward permitió que su imaginación volara a lo que hubieran sido sus años de secundaria con Bella. A él no le había hecho falta la atención femenina, y había tenido varias novias un poco serias, pero nunca hubo la conexión que ansiaba. Él era popular, pero eso no lo aislaba de la angustia adolescente o el anhelo. Todo hubiera sido mucho mejor si Bella hubiera estado con él.
Wouldn't it be nice if we were older, and we didn't have to wait so long… And wouldn't it be nice to live together in the kind of world where we'd belong… La canción favorita de sus padres de los Beach Boys vino a su mente hasta que sus pensamientos casi llegaron al presente. La relación más seria que él había tenido, y la más reciente, fue con Tanya. Por fuera, sus diferencias no parecían ser insuperables, pero Edward supo pronto que lo que Tanya podía darle no era suficiente. Él había presentido que no duraría; el centro no aguantaría.
La amarga decepción que sintió por ese fracaso, más que la pérdida de Tanya, no desapareció hasta que conoció a Bella. Hubo una conexión inmediata con ella que él jamás pensó posible, mucho menos explicable. Edward sentía gratitud de que ella lo había escuchado cuando le dijo que él la veía. Ella lo entendía. Sus palabras la habían alcanzado, y eso le daba más esperanza de lo que él jamás había conocido.
Cerró los ojos y se quedó dormido pacíficamente. Horas después, despertó, desorientado por un momento, relajándose solo cuando vio a Bella todavía durmiendo tranquilamente en la almohada frente a él.
Edward volteó para tomar su reloj de la mesa detrás de él, y el movimiento debió haber sido suficiente para despertarla. Bella se movió y abrió los ojos, y con un jadeo, levantó la cabeza. Frunciendo el ceño, se levantó sobre sus brazos.
—¿Qué pasó? ¿Dónde estoy? —dijo ella, con voz ronca.
—Estabas exhausta hace un rato. Te traje aquí así podías descansar.
Ella buscó un reloj.
—¿Qué hora es?
—Es la una a.m.
La boca de Bella se abrió en shock.
—¿Una A.M.? Oh, por Dios, ¿por cuánto tiempo dormí?
—Un par de horas.
Ella miró a su alrededor frenéticamente, como si esperara que todo fuera un sueño.
—¿Qué? ¡No! ¡Oh, Dios, tu familia debe pensar que soy una idiota!
—Oye, espera. —Tomó su rostro en sus manos para calmarla—. Nadie piensa que eres una idiota. Mis padres son geniales. De hecho, mi papá dijo que te trajera aquí. Y como sea, no es una fiesta Cullen si alguien no se queda dormido.
—Pero quería causar una buena impresión, Edward. —Él podía sentir su decepción por sí misma—. ¡Solo tenía una posibilidad para hacer eso, y me quedé dormida!
Él hizo un ademán con su mano como si no fuera gran cosa.
—Causaste una increíble impresión. Te aman. No debes preocuparte por esto. A menos que, ya sabes, te dormiste porque yo te aburría. En ese caso, yo soy el que debe estar preocupado.
Eso provocó una sonrisa en ella, y Edward vio su tensión romperse. La jaló hacia un abrazo reconfortante.
—Mira, no te culpo por sentirte avergonzada. Me sentiría igual, para ser honesto. Pero, en serio, no hay problema —dijo—. Como te dije, encajas muy bien. Espero hacerlo igual de bien algún día si conozco a tu familia —añadió, desviando la mirada y enderezando las mantas.
Bella captó el repentino cambio en su tono.
—Eso me encantaría —dijo suavemente.
—¿Sí? —Edward volvió a mirarla a los ojos, y su esperanza llenó el corazón de ella.
—Sí, me encantaría. Lo pasarás muy bien cuando conozcas a mis padres —dijo ella, escogiendo sus palabras deliberadamente—. Estarán locos por ti. No tendrás que preocuparte por eso, es muy fácil para ti.
—¿Qué, bromeas? —dijo Edward—. Quedaré petrificado como un tonto. ¿Tu papá, el jefe? ¿Yo, un oficial de patrulla? —Hizo un movimiento circular con su dedo índice como si le recordara de su primera conversación sobre esto, en el bar—. Créeme, estaré hecho un desastre.
Los ojos de ella se agrandaron.
—Edward, eres la persona más segura que conozco. Renée y Charlie te amarán. —Ella rio—. Todo Forks lo hará.
—Recuerda, te dije lo mismo.
—¿Y?
—Y entonces, ¿me creíste?
—Tal vez.
—Claro.
—De acuerdo, no lo hice. Pero…
—¿Pero qué?
—Bueno, soy yo. Y tú eres… tú. Todos te aman desde el momento en que te conocen.
—Estoy contento de que pienses eso. No siempre me siento así.
Vaya. Este no era el Edward que ella conocía.
—¿Cómo puedes decir eso? Tienes que ver cómo las personas simplemente se acercan a ti. Incluso Rose te adora, y sabes que a ella no le agradan las personas con facilidad. —Bella frotó su brazo suavemente—. Dejaste una increíble impresión en Angela. A ella realmente le agradas. Sabía que lo harías.
—Es genial que le agrade. De verdad me agradó también. Estaba muy preocupado de lo que ella pensaría de mí.
—¿En serio?
Él tomó sus manos.
—Angela probablemente sea la persona más importante para ti aquí. La has conocido por años, y ella es como la única familia que tienes en Nueva York. —Bella escuchaba atentamente, aún no creyendo por completo lo que estaba escuchando a pesar que Edward se encontraba muy serio—. Era como conocer a un representante de tus padres o alguien más de tu familia. Realmente necesitaba su aprobación, más que eso, que le agrade de verdad. Quería saber si ella me acepta.
Bella lo besó.
—Más que acepta. Obtuviste tu deseo. Ella piensa que eres increíble, te dije eso. Ella está feliz de que esté contigo.
Él se dejó caer sobre la cama con una mano en el corazón como si acabara de ser disparado.
—Marone. Siento que esquivé una bala. —Aquí estaba el Edward que ella conocía bien, pero a Bella le gustó ver ese otro sorprendente lado de él también. Edward serio le ayudaba a sentir como si estaban en sincronía cuando se trataba de dudas, soledad, o tristeza. Era más que un consuelo para sus inseguridades; era la sensación importante de que ella no estaba sola.
Aún acostado boca arriba, con los ojos fijos en el techo, extendió su mano hacia ella.
—No que no me encante hablar de viajes contigo, pero en serio que es muy tarde. Vayamos a casa.
—De acuerdo. —Bella se inclinó para tomar sus zapatos del suelo—. ¿Puedes dejarme en la estación de metro?
—No.
—¿No?
—Estaba pensando que quizás simplemente podrías quedarte conmigo esta noche. —Él se sentó y observó su rostro seriamente—. No espero… bueno, quizás esta noche no sea el momento correcto para nosotros. Pero no me importa. Me gustaría que te quedes conmigo de todos modos. —Edward tomó su mano de donde había estado sobre las tiras de sus zapatos y la sostuvo—. Habrá más noches. Simplemente quiero estar contigo… Ven a casa conmigo.
Bella estaba quieta. De nuevo, las palabras de Edward la sorprendían. No se podía malinterpretar la sinceridad en sus ojos, o la intensidad de su voz.
Edward esperó su respuesta mientras medio deseaba que ella intentara convencerlo de que ella estaba bien, coherente, y para nada cansada. Pero una mirada a sus ojos rojos y cansados, y él supo que eso sería egoísta. Él preferiría esperar hasta que supiera que ella se sentía mejor. Tenía una visión para la primera vez de ellos, y estaba mucho más cerca de ser perfecta que la manera en que se encontraban las cosas ahora mismo. Esta no era la primera vez que el momento indicado no era el correcto, pero Edward estaba determinado a que sería el último.
Aún así, no estaba listo para dejarla ir todavía. La quería a su lado toda la noche, tranquila y suave, a pesar que sabía que sería difícil considerando cómo había reaccionado cuando ella se sentó en su regazo. Pero valdría la pena.
—Está bien —contestó ella suavemente.
Ella terminó de ponerse los zapatos mientras Edward se colocaba las zapatillas. Él cerró la puerta silenciosamente y rodeó la cintura de Bella con un brazo, guiándola por el pasillo hasta poder alcanzar un interruptor de luz. Las escaleras estaban a oscuras, y abajo él podía ver el suave brillo de la luz sobre la estufa, la cual su madre sin duda había dejado encendida para ellos. Sus padres probablemente estaban dormidos.
Llevaba a Bella por las escaleras hasta que ella jaló de su mano para detenerlo. Ella había notado la docena de fotografías que colgaban en la pared junto a la escalera. Había fotos de Edward y sus padres, otros familiares, y una de él y Garrett. Ella las estudió, sonriendo y señalando, hasta que Edward sacudió la cabeza.
—¿Qué tal si esperas y miramos estas en tu próxima visita? Te prometo que no irán a ninguna parte. No son, ya sabes, fotos al estilo Stephen King donde todos son diferentes la próxima vez que las veas.
Ella jaló de su brazo.
—Eres un listillo —susurró.
—Son casi las dos a.m., Bella. Si mi trasero fuera listo, probablemente estuviera durmiendo ya.
Edward sacó las llaves de sus pantalones y cerró la puerta de sus padres tras ellos. Había refrescado desde que terminó la fiesta, y Bella inhaló el aire de la ciudad por la nariz. Se sentía bien estar afuera de vuelta.
Ambos estaban callados de camino al coche de él. Las calles de Brooklyn eran silenciosas también, con la excepción de una cafetería en una esquina que estaba abierta. Varios clientes se sentaban cerca de la ventana. Parecían estudiantes universitarios, bastante enérgicos a estas horas. Jóvenes noctámbulos. Bella los observó por unos momentos, preguntándose por sus historias; si eran visitantes o residentes en esta enorme ciudad. Ellos nunca miraron en su dirección.
Mientras Edward ponía en marcha el coche, ella volteó a preguntar si él realmente quería que fuera con él, preguntándose si quizás él simplemente debería dejarla en casa después de todo. Incluso bajo la débil farola, el perfil de Edward era fuerte: frente prominente, nariz derecha, una firme mandíbula a la que ella le encantaría mordisquear con sus dientes en una mejor noche. Solo sus ojos parecían diferentes ahora mismo, sus párpados casi a medio cerrar por el cansancio. Siempre había algo gratificante en sus ojos; Bella había notado la primera vez que lo vio, y se daba cuenta ahora que era un tipo de bondad que era una parte permanente en sus rasgos. Y él la había notado. Esos ojos la habían encontrado y la habían tenido en su punto de mira.
Era raro, y ella no iba a renunciar a ello. En ese momento, ella decidió que quería estar con Edward esta noche, mañana, y por un largo tiempo después.
Él debió haber sentido su mirada.
—¿Qué?
Bella sonrió y dijo, «Nada». Se estiró hasta su mano derecha y enlazó sus dedos con los de él, entonces besó sus nudillos.
—Vayamos a casa.
Cuando llegaron a Greenpoint, condujeron por los alrededores cerca de quince minutos buscando un lugar para aparcar. Edward maldijo suavemente.
—Son las dos a.m., carajo… No estoy de humor para esto —masculló él.
—Son las dos a.m. un domingo por la mañana —le corrigió Bella con una sonrisa—. Todos están en casa y durmiendo, o están afuera y tuvieron la sensatez de tomar el tren. Siempre podríamos ir a Weehawken y estacionar —dijo ella enfáticamente.
—¿Ahora quién es la listilla?
—Oye, mira, allí hay un lugar. —Ella señaló a un espacio entre coches donde el Volvo podría encajar sin problemas. Incluso parecía ser legal.
Edward mantuvo la puerta abierta para ella mientras bajaba. Una vez que puso llave al coche, colocó un brazo alrededor de ella y la mantuvo firmemente contra su costado, atento a cualquier movimiento que pudiera ser sospechoso. Las casas adosadas lucían acogedoras en sombras que evitaban las farolas, haciendo que el vecindario se viera pacífico y silencioso. Había muchos callejones oscuros cuestionables entre los edificios, y Bella jamás hubiera caminado las calles por su cuenta, pero tener a Edward allí lo neutralizaba, como si no fuera diferente a estar allí a la luz del día. Su entrenamiento policial ciertamente ayudaba a su nivel de comodidad.
Caminaron hacia el apartamento en silencio, el único sonido era el tintineo de sus llaves, las cuales tomó mientras se acercaban a su edificio. En un movimiento rápido, él abrió la puerta, y fueron recibidos por el maullido recriminatorio de Mookie. Edward encendió la luz de la sala.
El gato se contoneaba alrededor de sus piernas mientras Edward dirigía a Bella por el pasillo hacia su cuarto. Él sacó una camiseta de su cómoda y se la tendió.
—Toma. ¿Supongo que necesitarás algo en qué dormir? —Le echó un vistazo pero no la miró por completo.
Divertida, Bella abrazó la camiseta contra su pecho. Edward parecía estar nervioso, y eso tranquilizaba sus nervios. Sabiendo que ellos sentían lo mismo, ella encontró el valor de intentar hacérselo más fácil para él.
Bella tocó su rostro, la punta de sus dedos deslizándose por su mejilla.
—Gracias.
—Bueno, es vieja, pero es una de mis camisetas favoritas de los Knicks. Me gustaría verte en ella. —Su boca, tan dulce y tan llena, se curvó en una sonrisa burlona.
Bella soltó unas risitas y negó con la cabeza.
—No, tonto. Gracias por cuidarme. Sé que querías asegurarte que estaba bien. No me refiero a solo físicamente. Querías asegurarte de que no me preocupara por el resto de la noche. —Ella levantó la cabeza para darle un beso, diciéndole sin palabras que estaba agradecida de su cuidado.
Él rodeó su cintura con sus brazos y la levantó para devolver el beso por completo.
—También soy egoísta. Me gusta tenerte conmigo. —Los labios de él buscaron los suyos de nuevo, su beso volviéndose cada vez más fuerte a pesar de su dulzura. Él movió su lengua inquisidoramente contra sus labios y ella abrió más la boca, recibiéndolo. Finalmente, a regañadientes, él se apartó y dijo—: Vamos. Puedes usar el baño primero. Incluso está limpio.
Edward la acompañó por el pasillo hacia el baño, tomó una toalla de un estante, y entonces encontró un cepillo de dientes que aún seguía en su envoltorio.
—Toma. Es tuyo ahora. —Quedará aquí para la próxima vez que lo necesites.
Una vez que él cerró la puerta, ella se miró al espejo y soltó un largo suspiro. Ella era un desastre; su cabello era un halo de frizz por la desafortunada mezcla de humedad y una siesta. El maquillaje en sus ojos se había corrido alrededor de sus ojos, dejando sombras oscuras de la máscara y zonas desiguales en sus párpados donde la sombra se había esfumado.
Encantador. Ella no necesitaba que Edward la acompañara por Greenpoint esta noche. Ella hubiera espantado a cualquiera que se le acercara.
Ella probablemente debería lavarse el rostro —de hecho, quería hacerlo desesperadamente, porque ahora que lo veía, se sentía asquerosa— pero eso quería decir que su rostro estaría desnudo. Y no estaba segura de si estaba lista para que Edward la viera sin maquillaje. Por supuesto, seguir con este puesto dejaría un desastre en la almohada, después de dormir sobre ella toda la noche.
Al diablo. Ella ya no podía soportar más la sensación de su piel sucia, así que tomó la barra de jabón más cercana, esperó que no fuera muy dura para su piel, y formó espuma. Cuando terminó, se cepilló los dientes y dejó el cepillo alrededor del lavabo con mucho más cuidado de lo que necesitaba.
El maquillaje no era nada comparado con la decisión sobre su sostén.
Ella se quitó la blusa, y entonces hizo una pausa, preguntándose qué hacer con este. Esto normalmente no era algo en lo que tendría que pensar, ya que dormía sin sostén todas las noches. Pero quizás debería dejarlo puesto esta noche. ¿Sería menos, bueno, tentador si lo tenía puesto? Ella no tenía los pechos más grandes de la ciudad, ciertamente, pero ellos afirmaban su presencia lo suficiente. Aunque dormir con sostén parecía raro, y definitivamente incómodo.
Lo estás pensando de más. Ella simplemente dormiría a espaldas de Edward y se arrastraría hacia el borde de la cama si debía hacerlo. Solo para ayudarlo a sentirse más cómodo, por supuesto.
Se quitó el sostén y lo enrolló dentro de sus jeans, y entonces dobló la blusa encima. Sobre el inodoro, Larry Bird la fulminaba con la mirada en una horrible foto en movimiento que tenía un gran círculo rojo con una barra en el medio—el signo universal de prohibido. «Deja de juzgar», espetó ella. Bella cuadró sus hombros y abrió la puerta para regresar al cuarto de Edward.
Mookie estaba paseando por el pasillo, y dejó que Bella lo acariciara por unos segundos. A ella le gustaba esta nueva amistad que habían comenzado hace solo doce horas atrás—una de muchas hoy. Parecía que los cambios que había tenido en este tiempo abarcaran más que medio día: ir a la casa de la familia de Edward, conocer a sus padres y otros familiares y amigos, hablar de conocer a los padres de ella. Y ahora estaba de vuelta aquí, y nerviosa por razones completamente diferentes a las de antes.
Bella vaciló en la entrada, su mano en el picaporte, antes de abrir la puerta. Edward se encontraba en el rincón metiendo ropa en un cesto de ropa sucia, de espaldas a ella. Ella intentó pensar en algo casual para decir.
—¿Por qué tienes una foto de Larry Bird sobre tu inodoro?
—Es para cuando mi puntería es mala. —Él cerró la tapa del cesto y se dio la vuelta.
Las emociones pasaron tan rápido por su rostro que ella apenas los captó: incertidumbre, cariño, y lujuria, o algo como eso. Él la señaló de pies a cabeza.
—Eso te queda muy bien —dijo, su voz un poco tensa.
Bella estaba prácticamente nadando en la camiseta, la cual caía a mitad de sus muslos. Dejaba una parte de sus piernas expuestas, y de repente se sentía cohibida. Señaló a la cama.
—¿En cuál lado? —preguntó.
—El que quieras. Voy a… —Él comenzó a caminar alrededor de ella y hacia la puerta—. El baño. Sí. Ya regreso.
Bella dejó su ropa sobre la cómoda de Edward, y entonces se subió a la cama. Las sábanas eran suaves, y la manta proveía el calor suficiente con el aire acondicionado aún andando. Bella se puso cómoda y se acostó sobre su costado, mirando hacia afuera.
Cuando Edward regresó, apagó la luz y cuidadosamente se acostó de su lado. Intentó descifrar, en la oscuridad, si ella se había quedado dormida cuando la escuchó preguntar suavemente, «¿Eres tú?».
La ridiculez de la pregunta le hizo reír, una liberación bienvenida de la tensión y la incomodidad. Él se movió y se ubicó detrás de ella, su pecho firme contra su espalda, pero sus caderas un poco separadas.
Él envolvió un brazo a su alrededor, como lo hizo en el picnic.
—¿Esto está bien? —preguntó suavemente.
—Mmm —dijo ella, completamente contenta. Él acercó su almohada, el aroma y la sensación de su cabello tan relajante como una canción de cuna.
—¿Edward? —preguntó ella, sus palabras amortiguadas.
—¿Sí?
—¿Lo arruiné?
Ella escuchó movimiento mientras él levantaba la cabeza, y su voz vino justo por encima de su oído derecho.
—¿Arruinar qué?
—Esta noche. ¿Arruiné el final de la velada? Quiero decir, el tiempo que podríamos haber tenido juntos. —Bella se movió incómodamente, no queriendo esquivar el tema que había sacado, pero insegura de cómo expresarlo.
Edward intensificó su agarre a su alrededor, tanto para tranquilizarla como para tenerla cerca.
—Cariño, vamos a tener muchas noches juntos. Este es solo el comienzo. Y puedo abrazarte toda la noche. Así que, ya sabes, es una maravillosa entrada en calor. —Besó su oreja, entonces su cuello, y luego su hombro—. Estoy feliz con lo que tenemos justo aquí porque sé que lo que le sigue será incluso mejor.
Marone: expresión italiana de asombro equivalente a decir "diablos" u "oh, por Dios".
