Capítulo 32

—¿Qué haces aquí? —mi voz salió sosegada, casi en un susurro, pero gracias al silencio del lugar se podía entender lo que decía a la perfección.

—Yo podría preguntarte lo mismo —se cruzó de brazos, medio sentado, reposando la espalda en el cabezal de la cama. Hubo un breve silencio antes de que su expresión se aligerara—. Necesitaba pensar —me miró de nuevo, estando yo aún parada en la puerta—. Pero si te molesta que esté aquí, puedo irme —hizo ademán de incorporarse, pero di un paso adelante y levanté la mano, negando con la cabeza.

—No, no. Estabas tú antes. Además, la Princesa de la Luna era tu antepasada, después de todo, tienes todo el derecho de estar aquí —me quedé ahí parada, sin saber muy bien qué hacer. Tal vez lo mejor era que yo me fuera. Agarré la manija, lista para salir.

—Estás molesta —no era una pregunta. Volví la vista atrás para ver que se había levantado, quedando de pie a los pies de la cama. Su rostro era inescrutable—. ¿Te ha ofendido? —enarqué una ceja, sin entender.

—¿Qué?

—Rogers —tardé un poco más de lo que me gustaría admitir en reconocer a quién se estaba refiriendo, pensando que se trataba del capitán, pero luego recordé que en el parque debía haber visto que andaba con su hijo—, ¿ha hecho algo para molestarte?

—Ah… No, para nada —pensé con gracia que aquel muchacho parecía incapaz de matar una mosca, demasiado políticamente correcto para ofender a alguien siquiera—. Más bien es mi tío, que por mucho que pasen los años, no aprende a meterse en sus propios asuntos.

Asintió despacio, posando la mirada en otro rincón de la habitación. Por mi parte, había dejado la seguridad de la puerta y me había acercado un poco más. Tanta distancia entre nosotros me parecía incómodo.

—Es un buen hombre.

—¿Disculpa? —arrugué la frente en confusión por su repentino comentario.

—Chris, es una buena persona —aclaró sin mucho ánimo.

—Ya… Es bastante agradable —¿a dónde quería llegar con eso?

—Es una buena opción a considerar.

—¿Qué se supone que tengo que considerar? —la incredulidad aumentaba a cada palabra que decía.

—Una propuesta de cortejo —abrí la boca, pasmada con lo que me estaba diciendo. Lo peor de todo es que ni siquiera me miraba, tan solo fijó su vista en la estatua que reposaba en la estantería, la que guardó las perlas por años.

—Ya veo —apreté la mandíbula—. ¿Tú también vas a tener voz y voto en lo que a mis decisiones personales se refiere?

—Solo estoy dando mi opinión porque lo conozco y sus intenciones son bastante obvias —la impasibilidad en su voz me ponía enferma.

—No me está cortejando —le dejé claro—. Solo hemos salido una vez a dar un paseo, por el amor de Dios.

—Me parece que estás siendo ingenua, princesa.

—¿Y ahora te atreves a decirme lo que soy y lo que no, después de ignorarme todo este tiempo? ¡Vaya cara la tuya, Robin! —estreché el espacio que había y me planté frente a él, atrayendo su mirada por fin. Mi voz destilaba rabia—. ¿Tú que sabes de lo que quiero o no? No tienes ni idea.

—Nunca me atrevería a asumir nada sobre ti —quiso alejarse, pero yo me acerqué a su vez. No iba a huir esta vez—. Lo único que sé, es que no hay nadie lo suficientemente bueno para ti —su tono era suave a la vez que monótono.

—¡Oh! ¿Cómo estás tan seguro? Además, ¿qué más te da? Si yo no te importo nada —lo juzgué duramente, la ira nublándome por completo.

—Eso no es verdad, Maria —defendió, sacando su carácter a relucir.

—¡Si no fuese así, no me habrías dejado sola durante años! —llegados a ese punto, ya había perdido todo atisbo de tranquilidad y gritaba pese a la poca distancia. Se quedó mudo por mi arrebato, callando lo que fuese que iba a decir. Volví a hablar, esa vez con un murmullo cansado, sin fuerzas ni ganas de pelear. Con él era inútil. Ninguno de los dos cedería—. ¿Por qué? —tragó saliva, su rostro mostrando una mueca triste. Por fin mostraba que estaba vivo después de todo.

—Porque creí que así sería más fácil —habló en voz baja.

—¿Sabes lo que fue fácil? —miré hacia arriba, directa a sus ojos marrones. Sentí su aliento irregular en mi rostro, notando lo cerca que estábamos. Su característico olor a bosque me golpeó, haciendo que todo fuera más doloroso—. Romper mi corazón en pedazos al no enviar ni una sola misiva, Robin —me tembló la voz. Se tensó frente a mí. Esa vez no tuvo necesidad de apartarse, ya lo hice yo por él. Intenté recomponerme lo mejor que pude—. Así que, no te atrevas a insinuar que te importo. Porque sería la mentira más cruel que me dirías en toda tu vida —me di la vuelta, dejándolo solo en la habitación.

A esas alturas, dudaba que se pudiese rescatar lo que alguna vez compartimos.