Capítulo 33

Me abaniqué usando el libro que estaba leyendo, sofocada por el calor que hacía. Bastante considerable y normal tratándose de agosto. Hasta el pobre Wolf estaba espanzurrado en el mármol del suelo, intentando refrescarse como pudiese.

—Por estas cosas prefiero el otoño. No pasas calor y tampoco frío, además, el paisaje es mucho más bonito en tonos marrones —divagué en voz alta, ganándome una risita de Loveday, quien me acompañaba en la lectura, sentada en uno de los asientos que estaban pegados a las ventanas de la sala de piano. Era mucho más luminoso y acogedor. Podríamos haber ido fuera, pero el sol molestaba mucho al mediodía.

—Todo tiene su encanto, querida. Yo soy más de primavera. A tu institutriz, en cambio, le encanta el verano.

—Cuando dijo que quería ir de picnic, creí que había perdido la cabeza —comenté, aún sin creerme que la mujer que era tan poco dada al campo se hubiese ido a pasar el día al parque de Moonacre con Digweed. Loveday y yo insistimos en que fuese sin preocuparse, ya que yo estaría con ella en todo momento. No seríamos la causa que aguara su fiesta.

—Bueno, por amor uno hace lo que sea, hasta lo que no le gusta mucho —asentí, de acuerdo con ella—. ¿Cuánto tiempo crees que tardará en pedirle matrimonio?

—¿Digweed? Yo creo que será la señorita Heliotrope la que se lo pida. Empieza a impacientarse, ya la conoces.

—Sí, esa mujer tiene mucha determinación y nuestro querido mayordomo es demasiado sosegado —reímos a la vez. Formaban una pareja compleja, sin duda.

Ese día nos encontrábamos solas en la mansión. El tío había salido por negocios al pueblo y Marmaduke quiso acompañarlo, así de paso compraba ingredientes que le empezaban a escasear en la cocina.

Por más que pasara el tiempo y ya llevara un par de meses en casa, no dejaba de pensar en el libro y lo que ocurría con el chef. De alguna manera presentía que estaba relacionado y que no era nada bueno. Intenté entrelazarlo con el significado de mi sueño, pero no podía ver la similitud por mucho que pensara en eso. En la pesadilla todo estaba en ruinas, paisajes desoladores. No tenía nada que ver.

Todo aquel misterio me provocaba dolor de cabeza.

Un quejido por parte de Loveday me llamó la atención. Se frotó la barriga, una mueca de disgusto en su rostro.

—¿Ya empieza con las patadas otra vez? —últimamente el pequeño le estaba dando mucha guerra a su madre y no paraba de moverse en su vientre.

—Eso me temo —se sentó mejor, apoyando la espalda en la vidriera—. Esta vez parece estar jugando todo un partido de fútbol ahí dentro —reí con la comparativa.

—¿Quieres que te traiga un té? Puede que eso lo calme un poco.

—Sería genial. Gracias, cariño —me apresuré en llegar a la cocina y preparar rápidamente la bebida para la mujer. Sabía exactamente dónde buscar la menta que Marmaduke apartó para el té preferido de Loveday. Cuando el agua terminó de hervir en la olla, vertí el líquido y empapó las hierbas, dejando un color verde intenso. Coloqué la taza en un plato junto con una cuchara y lo llevé de vuelta a la sala.

Oí un gimoteo justo cuando estuve a punto de entrar. Crucé el umbral de la puerta y no pude evitar quedarme ahí, petrificada por lo que vi.

La mujer se había levantado, aún sujetando su vientre con una expresión de puro dolor. Su vestido estaba mojado y a sus pies un gran charco de un líquido extraño se extendía en el suelo.

Dejé caer la taza de porcelana por la impresión, haciéndose añicos debajo de mí.

—Creo que ya viene —se las arregló para decir en medio de su respiración agitada. Corrí a su lado al ver que se doblaba sobre sí misma, casi cayendo al suelo. La sujeté como bien pude, tratando de estabilizarla.

—¡¿Cómo puede ser?! Se suponía que hasta el mes que viene no salías de cuentas.

—Me parece que hay cambio de planes —soltó un grito repentino. La senté dónde estaba antes, pero el lugar era muy pequeño e incómodo para ella.

«¿Qué hago?» —pensé frenéticamente. Nunca había asistido a un parto.

—Espera aquí, voy a buscar a alguien para que nos ayude —antes de que pudiese hacer nada, su mano salió disparada hacia la mía, apretándola con fuerza, tanta que casi podía sentir sus uñas clavarse en mi piel.

—¡No, no te vayas! No me dejes sola, Maria —suplicó, aún retorciéndose del dolor.

—Loveday, no puedes tener al bebé aquí. Debemos llevarte a tu habitación. No puedo hacerlo sola —las escaleras era el gran problema de la situación. Si la llevaba corría el riesgo de caer. Estaba muy débil y yo no tenía la fuerza para cargarla todo el camino. Por no hablar de que no era doctora y no sabía cómo proceder después.

No respondió, tan solo tomó mi mano con más fuerza, alentándome a mantenerme en mi sitio. Miré con urgencia a mi alrededor, en busca de algo que pudiese ayudarla. Loveday me necesitaba, no podía entrar en pánico en ese momento.

Vi a Wrolf junto al piano, mirando todo lo que ocurría sentado regiamente. Una idea me pasó por la mente. No me quedaba de otra.

—¡Wrolf! —lo llamé. El león se acercó, obediente—. ¡Ve a buscar ayuda, corre! —me entendió a la perfección, ya que nada más ordenarlo, salió disparado fuera de la casa. Pude verlo adentrarse en el bosque a toda velocidad. Me volví rápidamente hacia la mujer padeciendo frente a mí. El sudor le manchó la frente y su piel era pálida—. Loveday —sabía que me oía aunque no respondiera—, tranquila. Todo saldrá bien, ¿vale? Aguanta un poco más, la ayuda ya viene en camino.

—No sé cuánto tiempo más podré, Maria —murmuró.

—Lo harás, tú puedes con esto —apreté su mano en la mía, conteniendo las lágrimas al ver las suyas—. Iré a por un paño, agua y toallas limpias. Las vamos a necesitar.

Robin's Pov

—¿Cuántas quedan?

—Pocas.

—Eso has dicho hace media hora.

—Llevas preguntando lo mismo toda la mañana. ¡Dame un respiro!

—Hoy estáis especialmente insufribles —les dije a los tres chicos que caminaban detrás de mí, en dirección a la próxima zona de caza que nos tocaba inspeccionar ese día.

—¡Hace calor!

—¡Estoy cansado!

—Esto es explotación laboral, Robin.

—Pues si tanto os disgusta, id a quejaros con mi padre —callaron de inmediato, sabiendo que entraban en terreno peligroso. Conmigo aún podían negociar y llegar a buen término, pero con el jefe del clan ya era otra historia completamente distinta. Nadie se atrevía a rechistar, ni siquiera yo.

Mi padre, un hombre, cuanto menos, difícil de tratar.

*Un año y medio atrás*.

Apenas amanecía por el horizonte y yo no había pegado ojo en toda la noche. El viaje que haría ese día me tenía impaciente y emocionado. Por fin podría ver a Maria después de meses.

Salí de mi habitación sigiloso como un gato. No podía dejar que me descubrieran por nada del mundo. Debía reunirme con Loveday a las puertas de Moonacre, así lo habíamos pactado.

Bajé las escaleras, pasé frente a los demás dormitorios sin que nadie se diera cuenta. La adrenalina corría por mis venas. El sentimiento me recordó a cuando era pequeño y me escapaba al bosque de noche, emocionado por la travesura que estaba haciendo. Sin embargo, aquello no se trataba de ninguna travesura. Tenía algo pendiente con cierta princesa.

La había echado mucho de menos, tanto que no sabía cómo decírselo y plasmarlo en las cartas que le enviaba semanalmente. Había extrañado hablar con ella, tenerla enfrente, sentir su presencia junto a la mía. El recuerdo de sonrisa me perseguía todo el día, su voz haciendo eco cada vez que leía una carta suya.

No podía esperar para abrazarla y no dejarla ir.

Pensé mucho en decirle lo que sentía. No creí que fuera apropiado mediante carta, así que vi esa visita como una oportunidad. Tenía que sacarlo de mi pecho como fuera. El sentimiento me quemaba, tornándose imposible de contener.

Lo sabía desde hacía tiempo, pero nunca me atreví a decírselo por miedo al rechazo. No quería estropear la amistad. Debía asumir mis sentimientos y afrontarlos. Y eso pensaba hacer ese día. Aunque el solo pensamiento de que no sintiese lo mismo me paralizara por completo.

Estaba cruzando el comedor, dirigiéndome hacia las escaleras que llevaban a la salida trasera, cuando algo llamó mi atención. Un carraspeo grave sonó en la gran sala, deteniendo mis pasos silenciosos.

Mi padre me miraba con ojos impasibles, sentado en su silla, presidiendo la mesa. Sentí que la sangre se me helaba, dejándome congelado en mi sitio.

¿Dónde vas tan temprano? —no sé que me dio más miedo, su rostro sin emoción o su tono que rozaba el enfado peligrosamente.

Tengo algo que hacer.

Hoy no tenías ninguna tarea que cumplir, que yo sepa. Ya te encargaste de eso ayer —maldije mi mala memoria para mentir. Lo había dejado todo arreglado para no tener impedimentos ese día. Era obvio que mi padre se daría cuenta de ese detalle tan peculiar—. No me mientas, hijo. Los dos sabemos que se te da de pena —tragué saliva al ver que se levantaba y se acercaba, arrastrando sus pies hasta mí—. ¿Te vas a encontrar con alguien? —sus suposición me dejó descolocado. ¿Cómo lo sabía? No se lo había dicho a nadie a parte de los chicos, y ellos jamás me delatarían, así los torturasen para que hablaran.

Como te he dicho, tengo algo pendiente que resolver.

¿Y ese asunto tan urgente está en Londres? —torció el gesto, descontento. Abrí los ojos, francamente sorprendido—. Parece mentira que no sepas que no puedes ocultarme nada, hijo. Después de todo, el señor de este castillo soy yo. Nada se me pasa por alto, mucho menos el hecho de que un halcón vuela a tu ventana cada semana, portando algo en sus patas. Entenderás que me tomara la libertad de averiguar de qué se trataba todo ese misterio.

¿Leíste las cartas? —empezaba a entender algunas cosas extrañas que ocurrían con el envío últimamente, como los retrasos o los sobres medio abiertos. Fui un estúpido en asumir que Loveday se había pasado de fisgona, dejándolo pasar indulgentemente aunque no me hiciera ni pizca de gracia—. No tenías derecho —la rabia me invadió.

Soy tu padre, por supuesto que lo tengo —la dureza en su voz no me hizo temblar en lo más mínimo, ahora era yo quien estaba enfadado—. Y por eso mismo, te aconsejo que no salgas de las puertas de este valle, muchacho, si sabes lo que te conviene.

No puedes obligarme.

Y no pienso hacerlo —me cortó. Fruncí el ceño ante la contradicción—. Espero que entiendas y seas consciente que lo que estás a punto de hacer es estúpido, cruel y egoísta, Robin.

¿Disculpa? —empezaba a pensar que los años le habían pasado factura a mi padre y que se le estaba yendo la cabeza con esa conversación sin sentido.

¿Crees que yendo a visitarla todo se arreglará? Su tío entrará en cólera cuando se entere.

No me importa lo que piense Ser Benjamin.

Pues debería, muchacho. Piensa por una vez —su trato me enfureció aún más. Apreté los puños a mis lados—. Es la Princesa de la Luna, ¿crees que se conformará con un simple plebeyo? ¿Un chico que se ganaba la vida como ladrón? Su familia jamás lo permitirá.

Lo que importa es lo que Maria quiere, lo demás es irrelevante —fingí que sus palabras no me afectaban en lo más mínimo.

Muy bonito y galante de tu parte, Robin, pero no van por ahí los tiros —hizo una pausa—. No creo que lo que más le convenga sea relacionarse con nuestra familia. Somos problemáticos por naturaleza. Este mundo no es para ella. Ya ves lo que pasó aquella noche. No fuiste lo suficientemente bueno para ella cuando tenías que serlo —sentí un escalofrío al recordarlo. La culpa no me había dejado desde entonces—. La quieres, ¿no es así? —mis ojos brillaron, busqué reproche en su mirada, pero no encontré otra cosa que la comprensión y una pizca de pesar en sus ojos oscuros.

Con toda mi alma —no dudé en responder, sintiendo mi corazón galopar.

Entonces, si de verdad es así, harás lo posible para alejarla y mantenerla a salvo. Si vas a verla, avivarás esperanzas para que luego otros factores como la distancia y el tiempo se las arrebaten. Por no hablar de las muchas piedras que pondrás en su camino si decides continuar con esto. Tan solo conseguirás que sufra. Estoy seguro de que no deseas eso —un peso se instaló en mi pecho, seguramente era sus palabras asentándose en mí—. Dime, ¿estás dispuesto a dejarla ir, por su bien? —soltó un suspiro pesado al no tener una respuesta de mi parte, demasiado conmocionado por todo lo que había dicho. Pasó por mi lado y apretó mi hombro con su mano, mostrando una mueca que quería simular una triste sonrisa—. Espero que sepas lo que haces.

Y con eso se fue, dejándome solo en el frío salón. No sé decir por cuánto tiempo estuve allí hasta que me obligué a moverme, caminando de vuelta a mi habitación. Una vez cerré la puerta, pude sentir como algo húmedo escurría en mi mejilla, ahí fue cuando me di cuenta de que lloraba en silencio.

Más adelante me arrepentiría de la decisión que tomé finalmente, que lejos de aliviarme, me llevó por un camino lleno de arrepentimiento y miseria que duró años.

—¡Oye Robin! Vuelve a la realidad —la voz de Henry me sacó de mis pensamientos. Los tres se habían detenido junto a mí, mirándome con caras raras—. Madre mía, la discusión con Maria te trae fatal, eh.

—No levantas cabeza desde entonces —asintió Richard.

—No empecéis —intenté caminar de nuevo, pero los tres me impedían el paso.

—Deja de autocompadecerte y haz algo —David me miraba con dureza—. Si te descuidas, el listo de Rogers se te adelantará.

—Eso ya no es asunto mío —sus expresiones se retorcieron con exasperación.

—¿Permiso para abofetearlo? —preguntó Richard, mirando a Henry, quien estaba cruzado de brazos.

—Concedido.

—Ni se te ocurra–

Pude esquivar su brazo, evitando que me diera en la mejilla pero a cambio el golpe lo recibí en plena nuca. Siseé, rascando la zona con molestia.

—No me mires así, te lo merecías —me lancé a por él, pero David fue más rápido y evitó que le pusiera las manos encima. Una lástima, me habría divertido bastante.

—Puedes enfadarte todo lo que quieras, pero sabes muy bien que tenemos razón —David me sermoneó, algo poco típico de él. Solo lo hacía en casos serios que requerían su poca atención—. La estás cagando mucho, Robin. Si sigues jugando a este juego estúpido, no terminará bien, ni para ella ni para ti —me zafé de su agarre con brusquedad y este me dejó ir finalmente.

No les había contado sobre la conversación con mi padre. Si se enteraban seguramente insistirían en ayudar con el tema y serían todo un tormento para mí, porque harían las cosas más difíciles de lo que ya eran.

Quise ignorarlos, era la única arma que tenía en defensa, pero cuando estuve a punto de reanudar la marcha, un sonido en la distancia nos alertó de que alguien se acercaba a nuestra posición.

Como si estuviésemos coordinados, sacamos las dagas y puñales de las vainas, listos por lo que pudiese pasar. Por el ruido de las pisadas, era algo grande. Quizá se tratara de un depredador, y no podía pillarnos desprevenidos si queríamos tener algo que hacer al respecto.

Un león negro apareció en mi visión, caminando apresuradamente hacia nosotros. Instantáneamente me relajé, guardando el arma de nuevo en su funda.

—¡Vaya, el perro demoníaco!

—Que ahora es un león —corrigió Henry.

—Sí… aún no me acostumbro —Richard se apartó del camino cuando Wrolf se dirigió a mí, temeroso del animal. Siempre habían temido al perro, ahora más que se trataba de un depredador más grande y letal, aunque él jamás moviera una pata para hacerles daño desde que la paz se restauró en el valle.

—¿Qué te trae por aquí, chico? —me agaché a su altura para acariciar su suave melena me dio varios cabezazos en el hombro. Fruncí el ceño al notar el nerviosismo del león, usualmente tranquilo y sin alterarse por nada. Rascó una pata en la tierra, mirando en la dirección por la que había aparecido de entre los árboles.

—¿Qué le pasa? Actúa muy raro —David también había notado extraño su comportamiento. Mi vista estaba fija en donde no paraba de señalar con la cabeza, dándome empujones a su vez.

—¿Está todo bien, Wrolf? —movió su cola de un lado a otro, soltando un gruñido bajo. No me daba buena espina. Intenté situarme mentalmente, tratando de averiguar qué había en esa dirección. La brújula en mi mente rodaba sin parar. Cuando llegué a una conclusión, mi rostro palideció, temiendo lo peor—. ¿Ha pasado algo en la mansión? —supe que di de lleno en el blanco cuando el animal se movió para volver sobre sus pasos, impaciente porque lo siguiéramos. Miré a mis amigos, los cuales parecían tan preocupados como yo.

No tardamos ni dos segundos en echar a correr, siguiendo a Wrolf a través del bosque. Un pensamiento persistente en mi cabeza, haciendo eco como un mantra.

«Que no le haya pasado nada a Maria, por favor».

Maria's Pov

—¡Respira! Uno, dos —le pasé el paño húmedo una vez más, retirando el sudor que se le acumulaba sin parar—. Inspira, expira —hizo lo que le dije, pero negaba con la cabeza, sintiendo que eso no estaba funcionando y que el dolor parecía ser cada vez más insoportable.

—Necesito levantarme —intentó incorporarse pero no pudo, sus brazos le fallaron y casi resbala sin querer. La sujeté por los hombros—. Si me quedo aquí sentada, temo no poder volver a hacerlo.

—No digas eso, lo estás haciendo muy bien —quise tranquilizarla, pero lo cierto era que yo no lo estaba en absoluto. No puedes pretender tranquilizar a alguien y transmitir paz cuando tu mente es un completo caos—. Wrolf no tardará en llegar con ayuda. Cuando venga alguien, nos ayudará. El médico sabrá qué hacer —su grito me silenció.

—No creo poder aguantar mucho más —sus ojos claros me miraron una vez más, llenos de miedo—. Me duele mucho, Maria.

—Pronto pasará —froté su mano.

«Dios, que venga alguien ya…» —estaba desesperada.

El azote de una puerta que se habría repentinamente me hizo saltar, aún arrodillada junto a la ventana donde descansaba la mujer. Miré hacia atrás, escuchando un alboroto de pasos que se acercaban corriendo por los pasillos. Casi suspiré de alivio cuando vi al león aparecer. Y mi mundo pareció reestablecerse un poco, evitando que se viniera abajo cuando Robin pasó por el umbral, seguido por los demás chicos.

—¡Loveday! —acudió a su lado, arrodillándose junto a mí—. ¿Estás bien? —colocó la mano sobre su frente, preocupado por ver a su hermana en ese estado.

—Está de parto —le dije. Me volví hacia los recién llegados, urgencia en mis ojos y voz—. Necesita un médico. El tío está en el pueblo, por favor, buscadlo. Podéis tomar los caballos del establo. Llegaréis mucho más rápido con ellos.

—Yo me encargo del doctor —dijo Henry antes de salir disparado.

—Nosotros vamos a por Ser Benjamin —David y Richard lo siguieron, sin perder más tiempo. Enfoqué mi atención al chico de cabellos rizados, quien me devolvió una mirada alarmada.

—Ayúdame a llevarla a su cama. Aquí no puede —me las arreglé para decir en medio de toda esa desesperación, con los quejidos de Loveday junto a nosotros. Tan solo asintió e hizo lo que le dije. Como bien pudo, cargó a la mujer para llevarla escaleras arriba. Tomé todo lo que había traído conmigo, agua, toallas y vendas.

Una vez llegamos a la habitación, la depositó con cuidado en la cama, no sin que ella se retorciera una vez más. Coloqué las telas debajo, arreglándolo todo lo mejor que pude. Loveday buscó una posición más cómoda, agradeciendo tener un espacio más amplio en el que poder acomodarse. Se agarró a los hierros que adornaban el cabezal de su cama. Supuse que había llegado la hora. Con una mirada, Robin supo lo que debía hacer. Con rapidez se colocó junto a Loveday, agarrando una de sus manos, apretándola para darle ánimos.

Las piernas las tenía arqueadas, su vestido medio colgando. Me coloqué en medio, ambas manos en sus rodillas.

—Bien, ahora necesito que empujes, ¿vale? —asintió, consciente de que lo que venía sería peor—. Un, dos, tres… ¡Ahora! —apretó los dientes cuando empezó a hacer fuerza, sacándola de donde no la tenía—. Respira —tomó aire con ansia—. Vale, otra vez.

Repetimos el proceso varias veces, yo alentándola a seguir mientras que Robin la consolaba como podía debido a la situación. Por suerte, Henry llegó con el médico menos de una hora después.

—¡Doctor Michaels! —gritó Robin con alegría al verlo entrar con su maletín lleno de instrumental.

—He venido lo más rápido que podía traerme el corcel —me aparté para dejarlo pasar—. ¿Cuánto tiempo lleva con las contracciones?

—Una hora y poco, señor —le informé. Inspeccionó a Loveday por un breve momento y se giró hacia nosotros, quiénes nos habíamos colocado en una esquina de la sala.

—Necesito que salgáis para poder hacer mi trabajo, chicos —apreté mis brazos, tensa.

—¿Estará bien?

—Os avisaré cuando haya novedades, pero por ahora, esperad fuera —insistió con el tono más amable que encontró para utilizar en esa situación. Sentí que alguien tiraba de mí, pero yo no podía despegar mi mirada de la mujer, quién tenía un aspecto terriblemente cansado.

—¡Maria! —el tío Benjamin apareció en mi rango de visión, alterado cuanto menos. Habíamos salido de la habitación, quedando de pie en el largo pasillo. Supe que Robin estaba junto a mí, ya que la mirada de mi tío descansó sobre él y Henry, por un momento antes de volver a mí—. ¿Dónde está? —señalé su habitación, sin que necesitara mucho más para acercarse y entrar pese a las quejas que se podían oír desde fuera por parte del médico.

—Id a casa y buscad a mi padre. Debe saberlo —esa voz era la de Robin, quien daba la orden a los muchachos de ir en busca de Coeur De Noir, padre de la mujer que gritaba en la habitación. Varias manos me apretaron el hombro antes de desaparecer repentinamente.

Nos quedamos en silencio en el pasillo, con los únicos sonidos de la puerta cerrándose, la voz de Loveday y las órdenes del médico amortiguadas por la madera.

—Ven, siéntate —tiró de mí hacia abajo, colocándome con la espalda tocando la pared—. Esperaremos aquí hasta que termine —envolví los brazos a mi alrededor, atrayendo las piernas a mi pecho. Me acurruqué allí como una niña mientras miraba la puerta.

«¿Y si le pasa lo mismo que a mi madre?» —no era capaz de pensar en otra cosa. El terror me invadió. No, no. Loveday, no. A ella también, no. Temblé ante la idea.

—¿Maria? —me llamaba, pero yo no era capaz de responder—. ¿Qué te pasa?

—¿Va a estar bien? —logré decir, pese al nudo en mi garganta.

—Claro que sí. Loveday es una mujer muy fuerte, lo sabes —pese a su intento, no me sentí tranquila.

—No quiero que le pase nada…

—Y no le va a pasar nada —sentí su cuerpo acercarse al mío. Su brazo pasó por mi espalda, ocasionando que dejara de mirar a la puerta y lo viera por primera vez de verdad desde que había llegado. Pude ver que también tenía miedo, sus ojos me lo dijeron. Pero una sonrisa optimista adornaba su rostro—. Mi hermana es muy dura de mollera, siempre sabe cómo apañárselas —enjuagó una lágrima que surcaba mi mejilla. Su gesto me transmitió tranquilidad y sosiego. Su presencia me daba consuelo.

Y perdí totalmente cuando su mano estrechó la mía, sus dedos acariciando mis nudillos en ese gesto tan familiar.

Me incliné hacia él, abrazándolo con fuerza. Su mano libre se instaló en mi cintura, atrayéndome mientras yo descansaba la cabeza en el hueco de su hombro. Susurró palabras tranquilizadoras en mi oído, haciéndome olvidar todo lo que había a nuestro alrededor.

Me di cuenta en ese mismo instante, que había vuelto a mi hogar justo en ese preciso momento.

No estoy muy segura de cuánto tiempo estuvimos fuera, esperando a qué alguien dijera algo. David, Henry y Richard se quedaron en la casa a petición mía, pese a que ellos no rechistarían si decidiera lo contrario. Eran mis amigos y los de Robin, se habían criado junto a Loveday, tenían derecho a estar allí con nosotros.

Más tarde llegaron la señorita Heliotrope y Digweed, seguidos de Marmaduke. No hace falta que cuente con detalle la gran conmoción que se armó cuando se enteraron de lo ocurrido. Por poco tuvimos que atender otra emergencia como el desmayo de la institutriz, quien se sentía inmensamente culpable por no haber estado presente cuando se dieron los hechos. Intenté tranquilizarla y consolarla, a ese ritmo le podría dar un ataque por la histeria.

Robin se había alejado de mí al notar que yo ya estaba mejor y me dió el espacio que consideró que necesitaba. En ese momento estaba junto a los chicos y Marmaduke, Digweed arrodillado junto a la señorita, preocupado por su estado.

Un llanto agudo detuvo mi mano, la cual abanicaba a la mujer, quitándole el sofoco. Venía de la habitación.

Todos contuvimos el aliento al ver que la puerta se abría y mi tío salió acompañado por el doctor. Ambos con rostros más relajados. Como si de magia se tratara, la señorita Heliotrpe se incorporó, no sin ayuda del mayordomo, expectante por lo que tuviesen que decir.

—Todo ha ido muy bien —habló finalmente el médico, sonriendo de lado—. La rápida actuación ha tenido mucho que ver, podéis estar orgullosos de vuestra labor —se dirigió a mí y a Robin, por lo que pude entender cuando saltó su mirada entre nosotros. Se despidió, dando la mano a mi tío, acompañado por el cocinero que lo llevó hasta la salida.

Miré al hombre que se había plantado frente a mí con gesto cansado pero inmensamente feliz. Sus ojos brillaban de una manera especial.

—¿Queréis entrar a ver a vuestro ahijado? —giré la vista para ver a Robin, quien no sabía muy bien cómo proceder ante la petición de mi tío. Le brindé una pequeña sonrisa antes de mirar a mi tío y envolverlo en un apretado abrazo, transmitiendo mi felicidad por él. Correspondió con alegría, murmurando agradecimientos, así como se lo dijo a su cuñado, quien había tomado la iniciativa de acercarse para seguirme a la habitación.

Las lágrimas casi me nublaron la hermosa imagen que presencié al entrar. Loveday sonreía, abrazando un pequeño bulto entre sus brazos, susurrando palabras que no pude oír desde allí. Levantó la vista y su gesto se volvió más amplio.

—Mira quiénes están aquí, tus padrinos —Robin me empujó ligeramente, dándome el ánimo de caminar hacia la cama. Una vez estuvimos a las orilla del lecho, pude fijarme en la cara regordeta del niño que dormía plácidamente. Su cabello claro brillaba a la luz del sol que se filtraba por la ventana. Su piel blanquecina parecía como la porcelana misma— Maria, Robin. Os presento a Thomas Merryweather —anunció con orgullo, llena de amor por su hijo. Sonreí al ver al bebé removerse un poco en su regazo—. ¿Queréis cargarlo? —sugirió. Al principio dudé. Jamás había sostenido a un bebé tan pequeño, o a uno siquiera. Temía que se me cayera o no lo hiciera bien. No tuve demasiadas opciones cuando me lo entregó, haciendo que me agachara para tomarlo y atraerlo a mi pecho, sosteniéndolo lo más firme que pude. El corazón casi se me derritió al ver que me miraba, espantando el sueño que tenía hace un rato. Sus ojos marrón oscuro penetraron en mi alma. Acaricié su mejilla y le di la bienvenida a otra persona más que sería muy importante para mí.

—Es precioso, hermana —la voz de Robin sonó muy cerca de mí. Me percaté de que estaba justo detrás cuando vi su mano pasar por mi hombro para hacerle una gracia al niño, quien esbozó una tímida sonrisa.

—Es perfecto —Loveday nos miraba con ternura en sus ojos, satisfecha porque el trabajo duro hubiese traído sano y salvo a el pequeño Tom, quien nació prematuro, una semana antes del cumpleaños de su tío y también padrino. Robin dijo que no tendría mejor regalo que ese y yo no pude estar más de acuerdo.