Capítulo 34
Los siguientes días fueron felices y extraños a la vez. La llegada de Tom trajo mucha alegría a todos en la casa. Incluso Coeur De Noir parecía emocionado por su primer nieto, casi no queriendo que se lo quitaran de los brazos. Mi tío y Loveday demostraron ser los padres más dichosos que existían en la faz de la tierra, prácticamente babeando viendo a su hijo pasar de abrazo en abrazo.
Algo que no podíamos pasar por alto, era lo raro que se sentía estar todos reunidos de nuevo. Robin y su padre, así como mi tío, parecían ligeramente incómodos cuando se encontraban en la misma sala. Después de todo, llevaban años sin dirigirse la palabra.
También fue violento para mí tener que compartir tiempo con Robin después de la discusión que tuvimos en la morada de la Princesa de la Luna. El enfado y la decepción no pasaron, pero hice mi mejor esfuerzo por apartarlos y tener un bonito recuerdo para todos, dejando mi orgullo a un lado. Él pareció entenderlo y no se pronunció al respecto, haciendo como si no pasara nada, pero manteniendo la menor interacción posible.
Era complicado todo el asunto que nos concierne a ambos, ya que últimamente pasaba mucho más tiempo de visita en la mansión, sin necesidad de tener que acudir a escondidas a por las raciones que le proporcionaba Marmaduke o tener que esperar a que mi tío no estuviese para poder pasar sin ser juzgado por él. La actitud del hombre mayor hacia él era últimamente un poco más suave, reconociendo que era el tío de la criatura, padrino y que había ayudado mucho a su esposa cuando él no estuvo para encargarse por su cuenta. Sin querer, se ganó algo de la simpatía que había perdido con él.
Por otra parte, yo debía volver a Londres, como tenía planeado hacerlo después de que Tom naciera, pero Loveday me imploró que esperara un poco más, al menos hasta después del bautizo y la fiesta que estaba preparando para el pequeño de apenas un mes y medio de vida.
La verdad es que no quería marcharme ahora que había estado bastante tiempo allí. Por no hablar de que tenía varios asuntos que no había resuelto aún con todo el ajetreo inesperado. El libro seguía escribiendo páginas, sin detenerse ni pasar nada por alto. Lo inspeccionaba con regularidad, temerosa de que pasara algo nuevo y se me pasara por alto como me había ocurrido antes.
El sonido de las teclas chirriando por el fuerte golpe hizo que me sobresaltara en mi asiento. Rápidamente aparté a Tom para que dejara de mamporrear al pobre instrumento.
—¡Oye! ¿Qué te ha hecho el piano a ti, eh? —tomé su pequeña mano. Enredó su dedo en el mío, jugueteando con él—. Mira, se hace así —presioné una tecla blanca con su mano, alargando el sonido para que pudiese escucharlo. Ladeó la cabeza con curiosidad. Usé mi mano libre, la que no lo sujetaba por la cintura, para tocar una melodía que lo calmara. A Tom le encantaba escuchar el sonido del piano, lo relajaba mucho. Loveday y yo bromeamos todo el tiempo con que tenía faceta de artista y que de mayor sería pianista, causando que mi tío se alterara tan solo de pensarlo.
«Mi hijo un artista, ¡ja!» —pese a que decía eso, sabía muy bien que no habría padre más orgulloso que él, yendo a todos los conciertos de su hijo alrededor del mundo.
Soñé despierta, sin darme cuenta de qué melodía estaba tocando o de quién había entrado en la sala sin ser advertido. Tom se removió en mis brazos señalando contento hacia nuestra derecha. Me detuve inmediatamente al ver a Robin con las manos en los bolsillos, apoyado en el marco de la puerta, observando con una sonrisa.
—Esa melodía me suena. Creo que la he escuchado antes —dijo en un tono casual, pero que claramente era una burla sutil. Traté de entender a qué música estaba haciendo referencia y el recuerdo llegó a mí, mostrándome justo el momento en el que bailamos en la boda. Estaba tocando justo esa misma canción, la cual aún recordaba a pesar de los años. Al parecer, él también se acordaba.
Me puse tan nerviosa que casi olvidé que seguía sentada en el piano y que tenía al pequeño en brazos. Retiré la mano de las teclas, pero estas siguieron con la melodía por su cuenta, haciendo que mi vergüenza aumentara con creces. En un impulso para evitar que continuara, di un manotazo, creando un sonido desagradable pero efectivo, ya que cesó. Tom se carcajeó por mi acción, así como pude oír una risa por parte del chico que se acercó a nosotros. Suspiré, pensando que los astros se habían alineado contra mí ese día.
—¿Qué te trae por aquí? —fingí que abrochaba el puño de la camisa del bebé para evitar el contacto visual con él y que no viera mis mejillas rojas como el tomate.
—¿No puedo venir a visitar a mi sobrino? —vi que extendía los brazos y el pequeño no lo pensó dos veces para lanzarse a él. Miré hacia arriba para ver que lo sujetaba en el aire, haciendo que Tom riera más. El niño lo adoraba, cada vez que iba a la mansión lo acaparaba tanto que incluso Loveday tenía que quitárselo para que luego cuando tuviera que marcharse no nos diera mucho la lata con su llanto desconsolado—. No has perdido la práctica, por lo que veo —observé el piano.
—En la Escuela para Señoritas nos obligaban a practicar a menudo. Además, siempre me ha gustado —lo miré de reojo, dudosa de si preguntarle o no. Miré hacia varios lugares aleatorios antes de posar mi mirada en mis manos que descansaban sobre mi regazo—. ¿Y tú?
—¿Yo qué? —no me hacía falta mirarlo para saber que tenía una ceja oscura levantada.
—¿Has practicado? —me costó continuar—. Me dijiste que lo harías —aquello lo murmuré más que lo dije en voz alta, pero no me cabía duda de que sus oídos de cazador entrenado me habían escuchado sin problemas.
Me sentí bastante estúpida cuando no dijo nada, dejando que el único sonido que resonara fuera Tom jugueteando con su chaqueta. Estuve a punto de remediar mi metedura de pata para salvarme de la humillación, pero lo sentí sentarse junto a mí. Cuando levanté la vista lo pillé mirándome bastante serio o más bien con una expresión llena de melancolía que me desconcertó mucho. Me pasó al niño, colocándolo sobre mis piernas antes de volverse hacia el piano y empezar a tocar la misma melodía que la que yo toqué antes.
Me dio un vuelco el corazón al darme cuenta. Sus manos prácticamente volaban sobre el instrumento, haciéndolo sonar brillantemente. La comisura de mis labios se curvó en una amplia sonrisa de orgullo y alivio. Sí que lo había hecho después de todo…
Me dejé llevar por mis emociones, tocando en otra escala diferente con mi mano libre. Compartimos una mirada cómplice antes de seguir por un buen rato. Tom miraba extremadamente callado el baile de manos hipnotizado por la melodía. Sin duda, también lo cautivó.
Cuando la canción finalizó me mordí el labio, contenta por haber vuelto a tocar junto a él, como en los viejos tiempos en los que yo le enseñaba cada domingo. Me estaba mirando con una sonrisa y una mirada que hizo latir mi corazón muy rápido. Temía que pudiese escucharlo de lo cerca que estaba.
—¿Qué? —ni siquiera sé por qué susurré.
—Nada —un brillo juguetón centelleó en sus orbes marrones—. Creo que el alumno superó a la maestra.
—Ni lo sueñes, pajarito. Aún te quedan años para que sepas una pizca de lo que yo sé —levanté el mentón, siguiéndole el juego.
—¿Es eso un reto, princesa? —se acercó más, si eso era posible. Su hombro rozando el mío.
—Depende como lo quieras ver —rió ante mi obstinación, negándome a darle un respiro. Era divertido ese juego. Siempre me había encantado molestarlo. Alzó las manos para tomar a Tom de nuevo, pero negué con vehemencia—. ¡Ah, no! Has perdido tu oportunidad.
—Ya lo has tenido toda la mañana. No seas caprichosa y dámelo un rato. He venido desde lejos para verlo.
—Puedes seguir tocando mientras yo juego con él. Le gusta el sonido ambiente —resopló, intentando cogerlo por su cuenta, pero yo fui más rápida y me levanté antes de que lo consiguiera. Frunció el ceño con una mueca divertida.
—No sabes con quién te estás metiendo, princesa.
—Uy, ¡qué miedo me das, Robin De Noir! —sonreí con sorna.
—Tú lo has querido —se incorporó, ajustando su chaqueta—. Luego no te quejes.
Agarré con firmeza a Tom antes de echar a correr por la sala, perseguida por el chico. Reí todo el tiempo, presa por la adrenalina. Robin murmuraba maldiciones y se quejaba de lo escurridiza que era, ocasionando más carcajadas por mi parte y del pequeño que se aferraba a mí. Solté un grito cuando me rodeó la cintura con los brazos, levantándome del piso.
—¡Ya te tengo! —hizo que me girara para confrontarlo. Reía y sonreía ampliamente. Oh, cómo había extrañado esa sonrisa. Su respiración era irregular, así como la mía, debido al esfuerzo.
Si en el asiento estábamos muy juntos, en esa posición casi no había espacio para que el aire pasara.
Era más alto que yo, más que antes, ya que tuve que alzar un poco la cabeza para mirarlo a los ojos. Su sonrisa se crispó, temblando ligeramente. Vi que quiso hacer el ademán de apartarse, pero agarré la manga de su chaqueta, atrayéndolo de nuevo, manteniendo sus manos firmes en mi cintura aún.
Le quise decir tantas cosas, pero no me salía nada, tan solo podía hablar con la mirada, esperando que entendiera que ya no quería estar mal con él. Que quería que todo fuera igual a como lo fue un día, a como lo era antes de marcharme. ¿Era mucho pedir?
—No me mires así —suplicó, mi frente se arrugó ante el tono angustiado que usó.
—¿Así, cómo?
—Como lo estás haciendo ahora —sus ojos se posaron en cada rincón de mi rostro.
—¿Por qué?
—Porque solo haces que todo sea más difícil, Maria —su voz grave me atravesó. Quise preguntarle a qué se refería exactamente, pero la presencia de alguien más cortó nuestra conversación, muy a mi pesar.
—¡Oh, perdón! —Loveday se agarró al marco de la puerta al vernos, sorprendida. Antes de que entrara nos habíamos separado ya, manteniendo unos cuantos pasos de distancia. Extraño, sabiendo que a penas teníamos espacio unos segundos atrás—. No sabía que estabas aquí, Robin —por la mirada que nos dio, supe que había alcanzado a ver algo. Quería que me tragara la tierra en ese momento y me escupiera al otro lado del mundo.
—La puerta estaba abierta y como no vi a nadie me di la libertad de entrar, espero que no te importe —se aclaró la garganta, entrelazando sus brazos tras la espalda.
—¡Por supuesto que no! Eres bienvenido siempre que quieras. Esta es tu casa —movió una mano para desechar su comentario, despreocupada—. Es la hora de que Tom coma algo o sino no hará la siesta esta tarde —tomé eso como una oportunidad para escapar de esa situación tan embarazosa.
—Iré a preparar una papilla —lo dejé en sus manos con rapidez. Le di una última mirada de soslayo a Robin antes de irme a paso rápido de la sala.
Sujeté mi estómago lleno de mariposas que se agitaban en su interior, suspirando pesadamente.
Ese chico… Me iba a volver loca.
Cuando regresé, ya no estaba.
—Me ha dicho que volvería más tarde, tenía que encargarse de un par de cosas del bautizo —Loveday explicó al ver mi cara llena de desilusión. Eso no lo hizo mejor. Le di el cuenco con la comida y me senté en uno de los cojines de las ventanas.
«Seguro que lo he asustado con mi comportamiento —culpé a mi intensidad, creyendo fervientemente que eso fue la causa de su ida—. Parece que las cosas nunca volverán a ser iguales» —pasé una mano por mi rostro, sintiendo dolor de cabeza.
—Creo que deberías hablar, muy en serio, sobre lo vuestro —miré a la mujer entre mis dedos.
—No existe un "nosotros", Loveday —la derrota se podía palpar en mi voz—. Está claro que no quiere tener nada que ver conmigo y tan solo está intentando que las cosas sean menos incómodas de lo que son.
—Lo que está claro es que necesitas revisarte la vista —hice una mueca ante su tono medio burlón.
—No estoy de humor para tus bromas.
—Lo digo en serio —dejó de lado la cuchara que estaba usando para darle la papilla a Tom—. Porque solo un ciego no podría ver lo que he visto yo hace un momento.
—Y, según tú, ¿qué has visto? —empezaba a exasperarme su misterio.
—A dos personas que se quieren muchísimo —su mirada se suavizó—. Tanto que, por muy enfadados o distanciados que aparenten estar, no pueden ocultar lo que sienten.
Mi estómago bailó ante la sola idea de que Robin correspondiera mis sentimientos, explotando de alegría como si fuera confeti. Negué despacio con la cabeza, mirando hacia abajo. No, no me haría ilusiones.
—Puede que la que necesite una vista renovada seas tú, Loveday —le sonreí con pesar, no queriendo que se lo tomara a mal. Me levanté, acariciando el cabello del pequeño que reclamaba las atenciones de su madre—. Voy a recostarme un rato, no me encuentro muy bien.
—¿Otra vez tienes migraña? —frunció el ceño. Asentí—. Hace días que te quejas de eso. Tal vez deberíamos decirle al doctor Michaels que venga para una visita.
—Debe ser el cambio de tiempo —le resté importancia—. En Londres también me pasó los primeros días.
—Como quieras —desistió, aunque no muy convencida—. Descansa, querida —me dio un apretón en el brazo al pasar junto a ella, dispuesta a tumbarme en cama hasta que llegara la hora de la comida.
Empecé a preocuparme verdaderamente cuando pasaron varios días y el dolor seguía persistiendo, negándose a marcharse por mucho que hiciera al respecto. Me sentía cansada, agobiada y agotada todo el tiempo.
«Puede que esté incubando un catarro» —siempre me decía a mi misma. Intenté que no se me notara mucho. Lo último que quería era alarmar a toda la casa por un simple resfriado.
Pero las cosas ya pasaron de castaño a oscuro al sucederme algo que me dejó totalmente perturbada.
Mi grito se debió escuchar en toda la casa, ya que atrajo a la señorita Heliotrope, quien llevaba consigo al pequeño Tom, los cuales juraría que estaban en el salón principal mientras que yo me hallaba caminando por la primera planta.
—¡¿Qué ocurre, Maria?! —su rostro fue marcado por el susto. Siguió mi mirada, la cual había vuelto a posar en el suelo. Se colocó sus anteojos mejor, visualizando lo que estaba viendo a pocos centímetros de mis pies.
—Se ha caído del techo. De repente, mientras iba caminando, sin más —intenté explicar. Ese trozo de pared con yeso casi cae encima de mí.
—¿Otro más? Madre mía, a este paso se nos cae la casa encima. Ya le dije a tu tío que mandara que lo arreglaran hace tiempo. ¡Algún día puede ocurrir una desgracia! —sus palabras me dejaron petrificada.
—¿Cómo que "otro"?
—Ya sabes, la casa es vieja y aunque se quedara bastante bien después de que se rompiera la maldición, los años pesan igualmente. Ni siquiera la magia puede rejuvenecer algo que lleva siglos aquí y sin reformar —divagó—. El otro día, sin ir más lejos, tuve que mandar a Digweed limpiar el estudio porque un trozo de pared se desprendió y lo llenó todo de polvo.
—¿Desde cuándo pasa esto, señorita Heliotrope? —dije despacio, intentando asimilar lo que me estaba diciendo.
—Pues no lo tengo claro. No sucede muy a menudo, pero juraría que desde hace un año atrás o algo así. No estoy muy segura. ¡Pero no te preocupes, querida! Cuando venga tu tío pienso presionarlo hasta que ceda para repararlo. ¡Es un peligro!
Lejos de aliviarme, me dejó aún más intranquila. El deterioro de la casa no se arreglaría con revestimientos más fuertes o capas de pintura nuevas. La mansión estaba hecha de pura magia, solo se podía mantener en pie gracias a ella. Si la casa se estaba cayendo a trozos por momentos, solo podía significar que algo sucedía con la magia de Moonacre, así como pasó en el pasado. Como lo que le estaba pasando a Marmaduke, a su vez.
Siseé al sentir de nuevo el punzante dolor en la sien.
—Maria, ¿estás bien? Te noto muy pálida —posó una mano en mi frente—. No pareces tener fiebre… Tienes mal aspecto, deberías descansar un poco más y dejar de pasarte el día en la biblioteca. Tanto leer te deja sin energía.
—Sí, puede que sea eso —mis ojos se clavaron en el objeto del suelo, sintiendo que todo se acumulaba y yo aún no había podido descifrar por qué estaban pasando cosas tan raras en la mansión.
Pero juré que no descansaría hasta hacerlo.
