Capítulo 16

Para mi satisfacción, Robin accedió a mi propuesta de enseñarle a tocar piano y dedicaba las mañanas de todos los domingos que tenía libres. Aprendía con rapidez y he de admitir que se le daba de maravilla. Un talento oculto, sin duda.

La señorita Heliotrope, para sorpresa de todos, estrechó lazos con el chico De Noir y empezó a caerle mejor. No era que no lo soportara, digamos que le guardaba cierta inquina por el intento de secuestro en el carruaje el día que llegamos a Moonacre. Secretamente me sentí aliviada de que mi mejor amigo hiciera buenas migas con la mujer que había cuidado de mí toda la vida.

Por lo que respectaba al resto del día, lo pasábamos juntos también, ya sea en el bosque o con la pandilla en busca de algo mejor que hacer en vez de quedarnos en casa. Como aquella tarde, en la cual nos encontrábamos sentados en las raíces de un gran árbol en medio del bosque, comiendo unas frutas importadas que les habían llegado a los mercaderes recientemente. Las naranjas se convirtieron en mi nueva fruta favorita, quitándole el puesto a los limones.

Al acercarse la primavera, el clima era más cálido y nos apetecía estar allí, sin hacer nada más que disfrutar del buen tiempo que tan poco duraba en esas tierras.

—A veces me gustaría hacer esto durante todo el día —murmuró David, tumbado con la cabeza apoyada en el tronco usando sus brazos como cojín.

—¿Comer fruta? —rió Henry, llevándose un gajo a la boca.

—Preferiría un buen chuletón, ya puestos —bromeó, aún con los ojos cerrados.

—¿Vaguear? —Robin soltó una carcajada al oír mi pregunta irónica. Cortó con el puñal la mitad de la naranja que estaba por comerse, la pinchó y me la ofreció. Le agradecí con una sonrisa antes de aceptarla con gusto.

—No diré que me ofende porque en verdad tiene razón —abrió un ojo señalando con el dedo hacia arriba—. La semana se me hace interminable —sonidos de afirmación confirmaron que sus compañeros estaban de acuerdo.

—Me he enterado del éxito que tuvisteis ayer, ¡enhorabuena! —los felicité, feliz de que por fin sus esfuerzos dieran frutos.

—Fue un gran día —comentó el chico de cabellos rizados—. Pocas veces hemos conseguido tanta mercancía en una sola jornada.

—¿No lo váis a celebrar? —su atención se dirigió hacia mí.

—No lo habíamos pensado, pero es una gran idea —Richard se mostró contento.

—¡Sí, hace tiempo que no salimos a divertirnos!

—Si quieres puedes venir también, Maria. Ya que la idea ha sido tuya y tú tienes mucho que ver en nuestra buena racha —comentó Henry. Los otros dos asintieron, de acuerdo con su amigo.

—Me encantaría —sonreí, agradecida de que contaran conmigo. Miré a Robin, ya que no había dicho nada al respecto, temiendo que se opusiera al plan. Me envió una sonrisa que hizo a mi corazón saltar.

—Es un hecho, entonces —sentenció triunfalmente—. El próximo sábado por la noche iremos al pueblo y le enseñaremos a la princesa lo que es una fiesta de verdad.

—¡Salud por eso! —alzaron las piezas de fruta y se las llevaron a la boca con entusiasmo. Imité su acción con júbilo, esperando ansiosa a que llegara la semana siguiente.

—Entonces, ¿estás nerviosa por tu cita con Robin?

—¡Loveday! —me giré en su dirección, clavándole mis ojos oscuros con molestia. Rió desde su asiento junto a la chimenea al ver que se me subían los colores. Me volví al espejo para colocar una cinta rebelde que no conseguía trenzar en mi cabello—. No es una cita. Además, sabes que los chicos también van.

—Siempre tiene que haber algún mal tercio —murmuró con hastío. Rodé los ojos reprimiendo un bufido de frustración. Desde que le dije sobre mis planes para el sábado por la noche, había estado muy insistente con aquel tema—. Pues para no tratarse de una cita, te has arreglado mucho —dijo, mirándome con una media sonrisa traviesa a través del espejo. En esa ocasión llevaba un vestido azul claro, del estilo que solía portar para cuando iba al bosque. Loveday había hecho un gran trabajo con las telas y me había confeccionado unos cuantos desde que volvió de su luna de miel.

—Quiero estar presentable. La señorita Heliotrope dice que una dama tiene que estarlo para cualquier situación.

—Ya… Lo que tú digas, querida —estreché los ojos ante su tono condescendiente—. Lo que me sorprende es que te deje salir a estas horas. La creía una mujer más inflexible.

—Lo es. Pero como voy con tu hermano, digamos que se fía más.

—Nunca pensé que le caería tan bien.

—Ya somos dos —terminé de hacerme el cabello y me giré de nuevo para confrontarla—. Lo que ella no sabe es que vamos al pueblo y que voy a estar escoltada por cuatro chicos.

—Esa parte será mejor que la omitas de la historia. No quiero tener que aguantar su histeria durante toda la velada. Por no hablar de tu tío. Tanto que se quejaba de ella y resultó ser igual o peor —suspiró por lo bajo.

—Entiendo que se preocupen por mi seguridad, pero si por ellos fuera, no saldría de los confines de esta casa —me senté en la silla frente a ella, apoyando las manos en mi regazo.

—Sí… Pueden llegar a ser un poco sobreprotectores —se inclinó en su asiento—. Pero sé que eres una chica lista y perfectamente capaz de cuidarte por ti misma.

—Es un alivio que alguien pueda verlo.

—Creeme, no soy la única que lo sabe —ladeé la cabeza—. Y ahora, jovencita, creo que ya te has hecho mucho de rogar —me ayudó a levantarme y entrelazó su brazo con el mío al salir de mi habitación—. Tu galán seguro que lleva esperando un buen rato.

—Primero que todo; no es mi galán. Segundo; aún es temprano y sabes muy bien que siempre llega tarde —oí varias voces masculinas hablando en el comedor, lo cual hizo que la mujer a mi lado sonriera más ampliamente.

—¿Decías? —me arrastró con más prisa hacia la sala. Allí estaban el tío Benjamin y Robin manteniendo una amena conversación. Esperé encontrar al joven vestido con sus típicas ropas de cuero, pero en esa ocasión tan solo traía puesta una camisa negra de las que solía llevar y unos pantalones del mismo color. Le daba otro aire. Como si hubiese querido variar su estilo pero sin dejar de hacerlo suyo de algún modo. Al entrar, los dos dejaron de conversar y su atención se desvió hacia nosotras.

—¡Buenas noches, damas! —el tío nos señaló con una gran sonrisa. Loveday se encaminó hacia su esposo para saludarlo con un afectuoso beso.

«Como si no se hubieran visto hace una hora» —pensé. Por el rabillo del ojo vi a Robin acercarse a mí.

—¿Ahora quién es la que llega tarde? —rodé los ojos ante su impertinencia.

—No he llegado tarde, tú has llegado temprano.

—Con tal de no darme la razón… —extendió su brazo frente a mí con una sonrisa—. ¿Lista? —lo observé fijamente a los ojos. No vacilé en tomarlo, a lo que su gesto se tornó más amplio.

—Espero que no haya percances en la salida —habló el tío en un tono de voz que no me pareció tan amigable mientras sus ojos se dirigían a Robin. Su esposa le dio un sutil golpe en el hombro, lo que lo hizo renegar por lo bajo.

—Descuide, Ser Benjamin. Me encargaré de que Maria vuelva a casa temprano.

—Confío en ello, muchacho —asintió mientras abrazaba a la rubia por la cintura.

—¡Nos vemos luego, tío! —cambió su mueca por una sonrisa al despedirme. Loveday también nos despidió, con más efusividad, y finalmente salimos de la casa. Para mi sorpresa, Shadow nos esperaba fuera.

—Usted primero, princesa —hizo una reverencia, colocándose junto al animal.

—¿Vamos a caballo?

—La noche no es un momento muy aconsejable para pasear en los caminos —miré más allá de la mansión hacia donde se encontraba el pueblo. La luz del día ya hacía un buen rato que había desaparecido y tan solo la luz de la luna alumbraba el sendero.

—¿Y Periwinkle? —pregunté al notar la ausencia de la arisca yegua blanca.

—Digweed desaconseja sacarla de las cuadras —amarró los estribos con fuerza—. Dijo que parece inquietarle la oscuridad y si se asusta podría causar un accidente —pensé en lo que dijo. Eso de que los animales se parecen a las personas que los cuidan parecía ser cierto—. Así que, tendremos que ir los dos en una montura —se giró hacia mí—. Si te parece bien, claro —pareció malentender mi silencio por el ceño fruncido que persistía en su frente.

—Por supuesto —me recogí el bajo de la falda y me coloqué junto al caballo. Agarré la silla e intenté empujarme hacia arriba, pero Shadow era mucho más grande que Periwinkle y ni siquiera saltando lograba subir. Solté un bufido de frustración. Mi mal humor no mejoró cuando lo oí reírse abiertamente desde atrás.

—Si quieres ayuda–

—Puedo sola —alzó las manos y luego se cruzó de brazos mirando el espectáculo.

—No es mi intención meterte prisa pero nos están esperando y deberíamos apresurarnos —le clavé una mirada que podría haberlo asesinado en ese preciso momento. Bajé los brazos y di un paso atrás, derrotada muy a mi pesar. Suspiré audiblemente, negándome a admitir que necesitaría su ayuda para subir. Como los niños pequeños cuando aprendían a montar—. Lo tomaré como un "vale".

De un momento a otro, dos manos se posaron en mi cintura y mis pies dejaron de tocar el suelo. En un impulso, posé las mías en sus hombros hasta que me depositó sobre el caballo. Sabía que Robin tenía fuerza, pero no tanta como para subirme sin ningún tipo de esfuerzo a un caballo más alto que él. De un salto se incorporó detrás de mí y alcanzó las riendas, chasqueando la lengua para que Shadow empezara a caminar.

Percibí su pecho tocar mi espalda debido a la cercanía y el traqueteo del galope. El caballo no era tan grande y nosotros no podíamos mantener una distancia considerable. Sus manos sujetaban las riendas a mi lado. Mentiría si dijese que no estuvimos tan cerca en alguna que otra ocasión. Me reconfortaba y me inquietaba a partes iguales cuando estaba cerca de mí recientemente y no podía entender por qué. Y no saber lo que me ocurría me exasperaba.

Nos reunimos con los chicos al llegar a las afueras de Silverydew. Robin bajó primero y me ayudó a descender. Henry, David y Richard aparecieron detrás del muchacho.

—Ya era hora, empezábamos a aburrirnos. Henry casi se duerme esperando —al ver a Robin abrir la boca para responder, le hice un gesto con la cabeza para que se abstuviera de mencionar la escena digna de olvidar que tuve con el caballo y cerró la boca de inmediato.

—Pero ya estamos aquí —me fijé en sus ropas—. Vaya, sí que os tomáis en serio los festejos como para cambiar vuestros "uniformes" —al igual que el chico del bombín, sus amigos habían cambiado sus atuendos habituales por otros más formales.

—¿Nos ha llamado vulgares? —preguntó con una sonrisa sarcástica el rubio mirando a su compañeros. Richard se encogió de hombros y Henry torció el gesto.

—Puedes contar con ello —el pajarito se quejó cuando le di en el antebrazo.

—¿Vamos a la fiesta o nos quedamos aquí de cháchara? —seguimos a David, quien lideraba el grupo y nos guiaba por las concurridas calles del pueblo. Al ser la noche anterior a un día festivo, la gente se animaba y salía a menudo para divertirse. Atravesamos buena parte de Silverydew hasta que llegamos a una pequeña plaza donde el ambiente era extremadamente animado. Tanto que no pude reconocer dónde estábamos siquiera.

Había varios músicos tocando y muchos bailarines en la improvisada pista en el centro del lugar. Divisé una taberna al otro lado y varios comercios que permanecían cerrados debido a que ya era bastante tarde.

—No me suena haber estado aquí antes —le comenté a Robin, alzando la voz para que pudiera escucharme a través de la música.

—Claro que has venido, pero en la parte aburrida del día —sonrió, mirando a la gente reír y hablar con regocijo. La fiesta improvisada que habían montado no tenía nada que envidiarle a las que se celebraban en Londres por los miembros de la alta sociedad. Me aventuraría a decir que ellos no se lo pasaban tan bien como la gente del pueblo en ese momento.

Advertí la ausencia de los tres chicos que nos acompañaban y parpadeé desconcertada. Habían desaparecido por arte de magia.

—¿Dónde han ido?

—Probablemente hayan visto comida y nos han abandonado —no parecía muy alterado—. No te preocupes, estarán bien. Cuando quieran reunirse con nosotros se las arreglarán para encontrarnos —caminó, abriéndose paso entre la gente que observaba a los que bailaban no muy lejos, formando un círculo de espectadores.

A medida que nos acercamos al centro de la plaza, la música sonaba más alta en mis oídos. Pude reconocer un violín y una flauta, además de un tambor que marcaba el ritmo de la melodía.

Robin caminaba delante de mí, mostrándome el camino. Era difícil seguirle la estela, ya que la gente se interponía y nos empujaba lejos sin darse cuenta, muy metidos en sus propios asuntos. Su mano encontró la mía y tiró de mí, acercándome a su espalda.

—Aquí es muy fácil perderse, no me sueltes hasta que hayamos salido, ¿de acuerdo? —asentí en su dirección y nos volvimos a poner en marcha. Estreché su mano con más fuerza y juraría que él me devolvió el apretón.

Respiré el aire puro con alivio al salir del tumulto que había allí montado. Por el ajetreo, tardé un poco en ver dónde estábamos parados. Habíamos aparecido en la pista de baile. Todos empezaron a bailar la nueva pieza que sonaba y nosotros estábamos parados allí.

—Sígueme la corriente —gritó Robin. Con el ceño fruncido sonreí al ver la pequeña reverencia que me ofreció, lo cual indicaba el nuevo baile a empezar. Alcanzó mis manos y me llevó más cerca. Me incliné también y empezamos a seguir los pasos de los demás bailarines. Al principio me costó acostumbrarme, ya que era un baile más espontáneo y no tan estudiado como los que me había enseñado la señorita Heliotrope, pero finalmente le cogí el tranquillo. No supe cuantas piezas bailamos, pero lo que sí recuerdo es la sensación satisfactoria de dolor en los talones por el tiempo transcurrido.

Nos reímos juntos, ya sea por los pasos torpes o porque estábamos disfrutando el momento. Di tantas vueltas que casi podía decir que estaba mareada cuando terminamos volviendo a los brazos del otro, nuestros rostros a centímetros. Me hundí en sus ojos marrones, intentando enfocarme en ellos para restablecer mi mente y que cesara de dar vueltas. Aunque a día de hoy, dudo que fuera por el baile.

Nos alejamos al oír a los demás aplaudir cuando terminó de sonar la música, reclamando otra más a los músicos, los cuales se negaban pero sabían muy bien que acabarían haciéndolo de todas formas y con mucho gusto.

—¿Te gusta? —preguntó una vez estuvimos fuera de la pista y en un lugar menos concurrido. Mis ojos se apartaron de la gente y se fijaron en él. Sonreí ampliamente.

—Me encanta.

—¿Más que las fiestas pomposas londinenses? —bromeó.

—Aunque no lo creas, sí —mi respuesta le sorprendió pero también creo que le complació. Aparté mi atención de nuevo—. Creo que este tipo de fiesta tiene más alma. No se organizan para impresionar o mostrar a la sociedad lo que tienes o eres capaz de ofrecer a los demás. Es mucho más desinteresado, creado para que todos puedan pasarlo bien y divertirse por un rato sin pensar en nada más que eso —lo enfrenté antes de terminar—. Estas celebraciones son para pasarlas con la gente que te importa de verdad.

Pareció quedarse sin palabras, ya que tenía la boca ligeramente entreabierta y me miraba con un extraño brillo en sus ojos.

—Nunca lo habría descrito mejor, princesa.

Me di cuenta de que nuestras manos aún estaban entrelazadas desde que habíamos abandonado el centro de la plaza. Un rubor recorrió mis mejillas y agradecí en silencio que fuera lo suficientemente escaso de luz el lugar como para evitar que lo notara.

—¿Estás cansada? —negué con la cabeza.

—No, pero sí tengo un poco de sed. Bailar requiere esfuerzo.

—Con ese vestido, me lo creo —lo miré con indignación—. Hay una taberna justo allí, puedo traerte algo —señaló el edificio.

—Dudo que tengan limonada ahí dentro —me mostré bastante escéptica.

—Lo que me extrañaría es que no tuvieran de todo —reí—. Espera aquí, no tardaré —sentí su mano escurrirse de la mía, dejándola pendiendo a mi lado. Lo vi escabullirse entre el bullicio de la plaza. Un persistente hormigueo me recorrió los dedos, como si su presencia demorara en abandonarme.

Decidí centrar mi atención en otra parte mientras esperaba. Era cuanto menos entretenido observar a los transeúntes y lo que se cocía en esa parte del pueblo. Afortunadamente me encontraba en una de las esquinas más tranquilas, la congregación estaba aglomerada unos metros más allá de mi posición, dejándome libertad para disfrutar tranquilamente sin necesidad de abrumarme por el ruido ambiental.

Estaba disfrutando mucho del solo hecho de estar allí, mirando de vez en cuando si veía a los chicos desperdigados por algún sitio o a Robin venir con la bebida que le había pedido, hasta que una mano me tomó por detrás y apretó mi boca. Emití sonidos confusos, abriendo los ojos con sorpresa. Quería gritar con todas mis fuerzas pero salieron amortiguados y casi inaudibles mientras me arrastraban hacia atrás.

Me moví en su agarre, tratando de que me dejara en paz. De nada sirvió y tuve que soportar ver como me llevaba lejos y nadie se daba cuenta de mi ausencia, todos demasiado enfrascados en su propia diversión. Busqué a Robin frenéticamente, pero para mi desgracia no lo encontré en ninguna parte.

Se detuvo no muy lejos de la plaza, aunque el lugar estaba bastante oculto a la vista de los que estaban allí. Una vez tuve oportunidad, sintiendo que relajaba la postura, de deshacerme de mi captor me aparté y me posicioné en guardia por lo que pudiese pasar. Si tenía que pelear a puños lo haría para defenderme.

Para mi estupor, reconocí algunos rostros que me sonreían de manera desagradable para mí. Eran los tipos que estaban en la taberna, aquellos que conocían a la pandilla y nos miraron de manera extraña hacía unas semanas.

—Así que tú eres la amiguita de Robin —el pelirrojo fue el primero en hablar, adelantándose a su grupo. Me echó una mirada de arriba abajo que me provocó un escalofrío. No me gustaba la manera en la que lo había hecho—. Tiene suerte, el condenado.

—¿Quiénes sois y qué queréis de mí? —traté de que no se notara lo asustada que estaba. No conocía de nada a esa gente y lo poco que sabía es que a Robin y sus amigos no les agradaban demasiado. Por algo sería. Y yo también pude crear mi propia opinión al verme en esa situación tan inquietante e incómoda para mí.

—Solíamos ser amigos de Robin, ¿no te ha hablado de nosotros? —negué con la cabeza, reticente a creerme todo lo que dijera—. ¿No? Qué decepción… En cambio, nosotros sí sabemos quién eres tú. Maria Merryweather, la última Princesa de la Luna —no me sorprendió que supieran quién era. No era ningún misterio para nadie del pueblo lo que había ocurrido—. Yo soy Luke Davies, encantado de conocerla, princesa —trató de alcanzar mi mano para depositar un beso en el dorso, pero la aparté de inmediato, mostrándole mi desagrado.

—No me llames así —me daba asco la manera en la que había pronunciado el título, era como si manchara el significado con tan solo nombrarlo. No se parecía en nada a la manera cariñosa en la que lo hacía Robin.

—¡Vaya, qué carácter! Puedo ver por qué Robin está interesado en ti, además de por tu cara bonita —dio un paso hacia delante, lo cual me hizo retroceder al instante. Busqué por el rabillo del ojo una posible escapatoria, pero tras de mí había una pared bloqueando mi salida. Maldije en mi mente, sin quitarle la vista de encima al chico que no dejaba de intentar invadir mi espacio.

—Mis amigos deben estar buscándome. Si me disculpas, he de volver con ellos —intenté cruzar por su lado pero con un brazo me detuvo, empujándome hacia atrás. El pánico empezó a crecer en mi interior.

—¿Por qué tanta prisa? No creo que se den cuenta si te ausentas por un rato. A mí también me gustaría que me dedicaras un baile como a Robin. No puede ser todo para él, ¿no? —su sonrisa creció, parándose a poca distancia de mí—. Además, estás en buena compañía —miró a los otros dos, quiénes observaban desde atrás con gestos no más agradables que el suyo.

—Yo no quiero vuestra compañía —escupí entre dientes. Varios murmullos y risas secas se oyeron en la calle vacía. Su sonrisa tembló en sus labios, disgustado por mi negativa. Acortó más la distancia, y yo no pude alejarme mucho más cuando mi espalda chocó en la pared de ladrillo. Estaba atrapada.

—Creo que sé cómo hacer que cambies de opinión —tomó mi barbilla con fuerza y dio la vuelta a mi rostro, el cual había apartado al sentirlo tan cerca. Le di un manotazo y le escupí en la cara, apartándolo de mí con un grito lleno de sorpresa que cambiaría por la ira en un instante al mirarme mientras se limpiaba con la manga de su camisa. Mi primer beso no me lo iba a dar un imbécil como él—. Tú te lo has buscado, princesita. Será por las malas.

Sus amigos acudieron al llamado que les hizo al cabecear en mi dirección, dándoles la orden de atraparme e inmovilizarme. Pero yo no iba a hacérselo fácil. Lucharía hasta que mis fuerzas me lo permitieran. O alguien viniera en mi ayuda, en el mejor de los casos.

Ser más pequeña que ellos en proporción de medidas me dio la ventaja de la agilidad, cosa que ellos no tenían. Eran todo fuerza pero si no había nada en esas cabezas de chorlito, yo podía utilizar eso a mi favor. Me escabullí entre dos que intentaron agarrarme de los brazos, separándome de la condenada pared.

Conseguí salir corriendo por el hueco que habían dejado libre. Levanté el bajo de mi falda para no tropezar y me dirigí hacia la plaza, muy consciente de que los tres me seguían de cerca. El corazón se me iba a salir por la boca, pero ni por esas me permití parar ni un instante. A saber lo que me harían si me atrapaban…

Me alegré inmensamente al ver la plaza y la gente no muy lejos. Cuando estuve a punto de entrar en el lugar, me volvieron a coger por la cintura, tirándome violentamente hacia atrás. Grité cuando sentí el aliento de Luke en mi oreja. Intentó cubrirme la boca pero le mordí, ocasionando que gritara pero de dolor. Lo pisoteé, incluso le di una bofetada, pero el desgraciado se negaba a dejarme ir. Mis fuerzas me dejaron cuando sentí que se aferraba a mi cabello, enviando un dolor agudo a mi cabeza que me cegó. Siseé de dolor.

—Ahora sí que te tengo, zorra —gimoteé cuando me arrastró de nuevo hacia la calle de donde habíamos venido.

—¡Déjame ir! —traté de zafarme pero su agarre en mi cabello era fuerte, por no hablar de su otra mano en mi cintura remolcándome. Mi mente se nubló de pánico, miedo, terror… Ya no sabía qué más hacer—. ¡Robin! —grité a todo pulmón.

—No me hagas reír. ¿Crees que te oye? —rió amargamente—. La suerte será que te encuentre después de que nos hayamos divertido contigo —las lágrimas acudieron a mis ojos. No quería mostrarme así, pero no pude evitarlo. Estaba tan asustada…

Repentinamente, oí un golpe cerca de nosotros. El agarre en mi cabello y cintura se aflojó hasta el punto de no sentirlo más. Cuando me quise dar cuenta, Luke estaba tirado junto a unos barriles, quejándose por lo bajo y maldiciendo. Todo estaba ocurriendo muy lentamente, como si alguien hubiera ralentizado el tiempo.

En mi visión aparecieron varios rizos inconfundibles. Me hablaba, pero yo no lo oía. Su rostro se mostraba enojado pero inmensamente preocupado mientras me examinaba frenéticamente. Detrás de él pude ver a David y Richard, dándose de golpes con los otros amigos del pelirrojo. Pude distinguir a Henry junto a este último, vigilando que no se levantara.

—¡Maria! —volví mi atención a Robin de inmediato. Tomó mi rostro en sus manos, retirando las lágrimas que no dejaban de salir—. ¡¿Estás bien?! ¿Te ha hecho daño? —negué con la cabeza despacio. No fue hasta que me puso las manos en los hombros que me di cuenta de que estaba temblando ligeramente. Suspiró débilmente con alivio, pero su expresión se tornó oscura y austera cuando se giró para enfrentar a Luke, quién se retorcía en el agarré de Henry. Se acercó lentamente, examinando al sujeto—. Te lo advertí, desgraciado.

—Tú no me das órdenes, De Noir —Henry lo sacudió para que cerrara el pico, pero a Robin no le bastó y fue directo a darle un puñetazo en la mejilla. Rió, escupiendo sangre a un lado.

—¿No entiendes que cuando una dama te dice "no", debes respetar su decisión? —la ira rebosaba en su tono, lo cual me congeló la sangre, más de lo que ya estaba. Jamás pensé ver a Robin tan enojado, casi cegado por la rabia.

—No me puedes culpar por querer intentarlo —cada palabra que salía de esa boca me daba más asco que la anterior. Los chicos hicieron muecas de disgusto, probablemente pensando igual que yo. Instintivamente me llevé las manos a los brazos, frotando como si esperara espantar un frío que no estaba ahí.

—¡Cállate, escoria! —lo agarró del cuello, clavándolo en la pared, levantándolo del suelo un palmo. Henry había dejado de sujetarlo y se había reunido a mi lado, guardándome las espaldas—. No mereces ni siquiera pisar el mismo suelo que ella.

—Muy conmovedor y heróico de tu parte, Robin, pero creo que pasas por alto algo importante —hizo una pausa para esbozar otra de sus sonrisas—. Esto no habría pasado si no la hubieses descuidado tanto, ¿no crees? —sus palabras parecieron tener algún efecto en él, ya que su expresión se congeló—. Si algo le hubiese pasado a tu querida princesa, habría sido culpa tuya. Mírala, tiembla como una hoja —se burló, mirando en mi dirección. El moreno puso una mano delante de mí, así como medio cuerpo para evitar que me incomodara más de lo que ya lo estaba haciendo. Vi a Robin mirar por el rabillo del ojo. Negué con la cabeza en su dirección. No podía echarle la culpa a él. Él no tenía nada que ver.

El pelirrojo aprovechó este momento de flaqueza y se deshizo del agarre a tiempo para darle un golpe en la cara al chico del bombín. Exclamé con horror al ver que ambos se golpeaban sin cesar. Henry se quedó conmigo al ver la escena, ya que los otros dos amigos de Luke, en un principio inmovilizados por David y Richard, también les estaban dando problemas. La cosa no mejoró cuando se sumaron armas blancas a la pelea. Me llevé las manos a la boca al ver al pelirrojo sacar una daga de su chaqueta.

—¡Cuidado, Robin! —esquivó a tiempo el ataque. En ese momento ya los dos estaban rodando por el suelo intentando zafarse el uno del otro. Supe que no llevaba su puñal por sus movimientos de defensa y ninguno utilizado para buscarlo entre sus ropas. Mal día para no llevarlo encima.

A ese punto de la pelea, ya había varias personas, o más bien media plaza, mirando y gritando por ayuda para detener esa locura.

No podía quedarme allí parada de brazos cruzados esperando a que ese horror terminara. Miré a mi alrededor, en busca de algo con lo que poder golpear. No muy lejos encontré una botella medio vacía. No dudé en cogerla y empuñarla con decisión. Henry intentó detenerme pero fue demasiado tarde cuando le di un botellazo en la parte de atrás de la cabeza a Luke, evitando así que le clavara la daga a Robin en ese preciso instante. Con un ruido sordo, el chico cayó de lado, liberando al muchacho que había debajo de él. Se frotó la cabeza, aturdido por el sorpresivo ataque.

Mi amigo enseguida se incorporó para posicionarse frente a mí con la respiración agitada. Estaba bastante mal herido, tenía rasguños y golpes que podía vislumbrar bajo la camisa medio rota por las mangas. David y Richard también se habían desecho de los otros dos, ganando la partida definitivamente.

Pasos apresurados se oyeron tras nosotros. Al girarme pude ver a un hombre hablar con uno de los guardias que caminaban en nuestra dirección. Los chicos también lo notaron y se pusieron rígidos de repente. Robin murmuró una maldición por lo bajo, lo cual me hizo saber que no habían terminado los problemas. Me aferré a su antebrazo. Se acercó más a mí, susurrando palabras tranquilizadoras.

—¡¿Se puede saber qué escándalo es este?! —uno de ellos gritó. Dos se quedaron a su lado mientras el resto inspeccionaba a los desgraciados que había tirados en el suelo, incapaces de incorporarse—. Seréis salvajes… ¡Mirad lo que les habéis hecho a estos muchachos!

—Lo mínimo que se merecían —habló Robin con fría tranquilidad—. Y ya pueden dar grácias de que no les haya pasado algo peor.

—¡¿Te atreves a amenazar, chico?! —el que supuse era el capitán de la guardia, mostró su enfado e indignación por sus palabras—. ¡Arrestadlos!

Eso era lo último que esperaba escuchar de ellos. Fruncí el ceño cuando los vi atrapar a los chicos, los cuales no se dejaron con facilidad. Pero ellos eran más y la cosa se pondría fea si no obedecíamos. Ya no se trataba de una pelea callejera contra unos delincuentes. Ellos eran la guardia del pueblo y nos habían arrestado para llevarnos a la comisaría. A mí también me llevaron con ellos, pese a los gritos de objeción de Robin, exigiéndoles que me dejaran en paz.

Esa fue la primera vez que me detenían, así como sería la primera noche que pasaría entre rejas.