Capítulo 20
Inspeccioné el lugar con la mirada, dando mucho más que un ligero vistazo. No quería perder ni el más mínimo detalle, quería guardar esa imagen en mi retina para consultarla más tarde en mi memoria. No sabía cuando volvería a estar en mi querida habitación mágica. Extrañaría las estrellas que iluminaban mis noches más oscuras, la luna que viajaba por el techo y vigilaba mi sueño.
Sabía que se impacientaría si no bajaba rápido, así que me decidí con mucho pesar a cerrar la pequeña puerta. Me detuve ante el cuadro de la primera Princesa de la Luna. Juraría que tenía cierto halo de tristeza. Incliné la cabeza con respeto ante ella a modo de despedida antes de bajar las escaleras de caracol. Recorrí con paso lento los pasillos, viendo todo a mi alrededor como si fuese la primera vez que estaba allí. La cocina, el comedor, la biblioteca, el estudio del tío… Pero lo que más nostalgia me trajo fue la sala del piano. Sin duda el lugar donde más tiempo pasaba al día. Recordé con pesar que ya no podría dedicar los domingos por la mañana en enseñarle a Robin. Marché sin ánimo de hacerlo, deseando sentarme y tocar una pieza más antes de irme, pero no lo hice. Tan solo haría las cosas más difíciles y dolorosas.
Cuando por fin salí, el carruaje me esperaba junto a todos allí.
La señorita Heliotrope se acercó a darme un sentido abrazo. La sostuve, temerosa de que se desmoronara por completo.
—Siento no poder ir contigo, querida. Me hubiera encantado acompañarte.
—No se preocupe, Digweed me llevará hasta la escuela. Lo único que lamento es que no podré tomar más clases con usted —le sonreí tristemente, me correspondió con un gesto bañado por las sutiles lágrimas que asomaban por debajo de sus anteojos—. A pesar de lo insistente que puede llegar a ser con sus clases de francés —bromeé. Ella rió alejándose de mí para dejar que me despidiera de los demás. Con un último apretón, volvió al lado del mayordomo.
—¿Lo tienes todo? —agarré las manos que me tendió Loveday. Asentí—. Sé que los vestidos que te he dado no son la gran cosa en Londres, ni mucho menos se asemeja a la moda de allí, pero me gustaría que tuvieras algo que te acercara un poco más a tu hogar a pesar de la distancia —negué apresuradamente.
—Son los mejores vestidos que he visto, Loveday. Y lo que más me gusta de ellos es que los hiciste con cariño para mí. Dudo que las señoritas de allí puedan tener algo tan especial —sonrió modestamente—. Los llevaré con orgullo. Será como llevarte a ti y al valle conmigo siempre —le di un abrazo. Un suspiro tembloroso se le escapó. Iba a echarla mucho de menos, tanto como ella a mí.
Habíamos pasado los últimos días que me quedaban en Moonacre juntas desde que volví del bosque acompañada por Robin. Hice todo lo posible por pasar tiempo con todos en la casa, anhelando que el tiempo se detuviera, pero sabía muy bien que no lo haría.
No pude reunirme con Robin de nuevo, tampoco pude despedirme de los chicos, lo cual me causaba un gran remordimiento. Al menos querría haber dicho adiós.
Observé a lo lejos, en los árboles, con la esperanza de ver un bombín o las características plumas. No había nadie. Loveday se dio cuenta de mi mirada y posó una mano en mi hombro.
—Siempre podéis escrbiros —lo había pensado, pero no sería lo mismo, tan solo un consuelo temporal. Era mejor eso que nada… Una tos a nuestra espalda hizo que diera un respingo, dirigiendo mi mirada a ese lugar. Mi tío Benjamin se movía nervioso con las manos tras la espalda—. Creo que quiere dedicarte unas palabras —soltó con un tinte irónico.
Rodé los ojos en respuesta y con un abrazo que hicimos durar lo más que pudimos, me encaminé hacia el hombre que miraba hacia algo que consideró más interesante en el carruaje. Lo miré hasta que tuvo el valor de devolver el gesto y carraspeó para aliviar la tensión. No habíamos hablado mucho esos últimos días, solo para informarle de la decisión que había tomado y de cosas relacionadas con el viaje, meras formalidades.
—Te deseo suerte, sobrina.
—Gracias, tío —fue lo único que dije, aún seguía molesta con él. Sopesando las posibilidades detenidamente, había decidido marcharme, aunque el cambio me diera miedo. Soy una de esas personas que piensa que las cosas pasan por algo. Puede que el destino me deparara algo y la primera parada de ese viaje fuera Londres.
Se adelantó para agarrar la maleta que llevaba en mis manos y se la dio a Digweed para que la colocara con las demás cajas que había organizado Loveday para mí. Quiso decirme algo más, pero pareció pensárselo y se retiró junto a su esposa, quién le dio una mirada desaprobadora. Me quedé en la puerta, la cual estaba abierta para que subiera cuando estuviese lista.
Wrolf estaba sentado majestuosamente junto al vehículo. No me hizo falta agacharme para acariciar su melena. Un ronroneo salió de su garganta. No se había separado de mí en ningún momento, como si percibiera lo que estaba a punto de suceder.
—Cuida de todos, ¿vale? —se inclinó en mi mano, respondiendo a su manera. Era el guardián de la familia, haría lo necesario para protegerlos. Sus ojos rojos me miraron como si quisiera irse conmigo. Negué levemente y le di un leve empujón para que caminara hacia los demás. Así lo hizo, colocándose junto a la pareja.
Había intentado mentalizarme para ese momento, pero al verlos allí, sentí como se desmoronaba toda esa fachada de seguridad que había cubierto en mí como una capa, protegiéndome de todo.
Les ofrecí una sonrisa antes de apresurarme y sentarme en el asiento acolchado. Digweed subió al carro y se preparó para el largo viaje que teníamos por delante. Loveday y la señorita Heliotrope sostuvieron mi mano hasta que el carruaje se movió, alejándome de ellas. Di un vistazo a mi tío, quién me miraba con un halo de pesadumbre. Agité la mano sintiendo el tirón del vehículo moviéndose, dejándolos atrás. La mansión cada vez se hacía más pequeña a medida que me alejaba, quedando en un punto blanquecino en la distancia.
Después de poco más de una hora, llegamos a las puertas que separaban Moonacre del resto del mundo. Digweed se bajó con las llaves para abrirlas. Esa imagen me provocó un déjà vu terrible.
—¡Maria! —un susurro me sobresaltó, haciendo que me encogiera en mi asiento, llevándome una mano al pecho. Miré a la ventana que tenía la puerta del carruaje, encontrando tres cabezas asomadas fuera. Henry, Richard y David me sonrieron ampliamente cuando me levanté para sacar la cabeza.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —fruncí el ceño mientras sonreía.
—No podíamos dejarte marchar sin despedirnos —Richard se encogió de hombros—. Sabíamos que tenías que pasar por aquí así que decidimos esperar hasta que llegaras.
—Me alegro mucho de veros —les dije genuinamente. No pude evitar mirar alrededor, notando la ausencia de alguien más. Los vi agachar la cabeza cuando pregunté—. ¿No ha venido?
—No se lo han permitido —murmuró con tono algo enfadado el rubio. Mi ánimo, el cual había aumentado al encontrarme con ellos, cayó en picado al oír eso.
—Pero nos ha dado algo para ti —dijo apresuradamente Henry. Le dio un golpe en el brazo a David, quien se quejó pero hizo lo que le pidió. De la alforja que llevaba puesta sacó una caja con un lazo rojo. La miré con curiosidad al tomarla de sus manos—. Dijo que no la abrieras hasta estar instalada en la ciudad —aquello me confundió aún más.
—Gracias por traerla —la dejé en el asiento de enfrente con cuidado. Se me pasó una idea por la mente. Tomé una de las cintas que llevaba en el cabello. Curiosamente era de un tono azul celeste, de mis favoritas. Se la di a Henry, quién miró el objeto con consternación—. Un recuerdo. Asegúrate de que la recibe —asintió y la guardó donde antes había estado la caja—. Significa mucho para mí que estéis aquí —alcé la comisura de mis labios cuando se quitaron sus sombreros, visiblemente conmocionados. Extendí las manos y ellos las tomaron en las suyas, agitándolas con emoción contenida. Después de todo, éramos una pandilla.
—No te vuelvas demasiado estirada para cuando regreses —comentó en broma David. Negué, divertida.
—Cuídate mucho —dijo Henry—. Si alguien se mete contigo, no vaciles en defenderte.
—Si hace falta vamos a Londres a darnos una vuelta y tendremos una palabras con esa persona —Richard hinchó el pecho con orgullo, pero lo desinfló tan rápido como el moreno le dio una palmada en el estómago, molestándolo.
«Parecen unos hermanos mayores sobreprotectores».
—No me cabe duda de ello —les di un vistazo, fijándome en la imágen de sus ropajes negros tan característicos. Al oír la verja abrirse, los miré con urgencia, haciéndoles entender que ya no quedaba tiempo. Se alejaron del carruaje, despidiéndose con los sombreros en la mano.
Como a mi familia, también tuve que dejar a mis amigos atrás. Esta vez aún más desolada, por la despedida y la gran ausencia de Robin. Por alguna razón, esperaba volver a verlo ese día. Habíamos pasado mucho tiempo en la casa de la Princesa de la Luna, eso contaba como una larga despedida, pero no quitaba que deseara haberlo visto allí también. Posé mis ojos en su regalo. Tuve que hacer un gran esfuerzo por no abrirlo en ese instante.
Tras varias horas en carruaje, llegamos a Londres. El aire era frío, el cielo prácticamente cubierto por nubes grises. Parecía que el tiempo acompañaba a mi estado de ánimo. Las calles concurridas se me hicieron extrañamente familiares y fuera de lugar al mismo tiempo. Tendría que volver a acostumbrarme. Había vivido allí trece años y era como si llegara por primera vez a un lugar desconocido.
Nos detuvimos delante de la fachada de un gran edificio hecho de ladrillos rojizos. Era inmenso. Nada tenía en común con la mansión. Incluso el castillo De Noir era más acogedor a la vista.
Una mujer llegó para recibirnos, cuando le dijimos quién era, inmediatamente mandó a varios sirvientes a que desocuparan el carruaje y llevaran mis cosas a la que sería mi habitación desde ese día.
Mientras los dejaba ocuparse de eso, me despedí calurosamente del mayordomo. Me envió buenos deseos y prometió que cuidaría de la señorita Heliotrope en mi ausencia. Me alivió oírlo decir eso y le agradecí de antemano por ello.
Se marchó calle abajo, esperando volver un poco antes de que oscureciera. Le tomaría medio día, ya que habíamos llegado justo después de la hora de comer. Aún le quedaba una larga travesía de regreso. Apreté la caja en mis manos, dándome ánimos antes de entrar en el edificio.
Los pasillos de la escuela, o más bien internado, estaban plagados de tonos marrones, lóbregos. Desde los muebles hasta las cortinas que cubrían las ventanas. Le daba un parecido triste, demasiado serio al lugar. No era que esperara flores por todas partes o tonos pastel, pero echaba en falta algo de color más vivo. Algo que no hiciera que te quisieras tirar por la ventana, vaya.
Mirándolo bien, se parecía bastante a la antigua casa de mi padre, la cual perdió apostando en el juego. Como todo lo que tenía.
—Esta será su habitación, señorita. Espero que le acomode —deseó amablemente la criada. Le di un asentimiento mientras pasaba dentro de la estancia—. La cena se sirve a las 19:00, el desayuno a las 8:00, la comida a las 12:00 y más tarde el té en la sala acondicionada para ello —digerí la información despacio. Lo único que me descuadraba era la hora a la que debía levantarme. Me había acostumbrado a desayunar tarde dado a mi gusto por dormir mucho. Resoplé mentalmente a la vez que le mostraba mi gratitud por el apunte—. La dejo para que se instale cómodamente, entonces —se despidió cordialmente, cerrando la gran puerta en comparación con la de mi antigua habitación, dejándome sola.
La habitación no era muy diferente al resto. Incluso los colores de las sábanas de la cama eran igual de apagados que el sol que apenas iluminaba fuera. Las cortinas eran grises y las paredes de un tono verdoso bastante peculiar. No había demasiadas cosas en la sala, un escritorio, un tocador, una pequeña chimenea y una cama individual junto a la pared. Lo único bueno era la ventana bastante grande junto a la puerta.
Las cajas abultaban más que cualquier otra cosa allí dentro. Con un suspiro decidí empezar a desempacar. Cuanto antes empezara, antes terminaría. Pero con la cantidad de cosas que llevaba, me iba a tomar incluso hasta después de la cena.
Miré la caja de Robin en mis manos. Me senté con ella en la cama, tomándome un momento. Tiré del elaborado lazo y retiré la tapa a un lado, dejando ver por fin el misterio que contenía.
Las lágrimas picaron mis ojos, cayendo sobre el objeto en mis manos. Me cubrí la boca, ahogando un sollozo. Supongo que eso había sido el detonante que dejó salir todas las emociones acumuladas.
Acaricié el sombrero, acercándolo a mi pecho, encorbándome hacia delante. Justo debajo de dónde había estado el bombín había una pluma marrón de halcón y una pequeña nota. Al leerla, no mejoró nada. Pero me arrancó una sonrisa acuosa, al menos.
Te confío mi mayor tesoro. Espero que cuides de él y que algún día puedas devolvérmelo.
Robin.
