Crepúsculo no me pertenece.

Soy una vampiresa ¿y tú...? (Bella x Alice x Leah)

N/A: No sé si lo estoy haciendo bien, al fusionar los capítulos de "Los Cullen" y "Carlisle" del libro.

12: Los Cullen.

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— ¿Voy demasiado formal, para un primer encuentro con (los que podrían ser) mis suegros? —me obligué a preguntarle, mirándome de arriba abajo. Llevaba un vestido con un corte en la pierna derecha y el cabello liso con la plancha, algo de rubor en mis mejillas y rosa pálido en los labios.

—No —contestó de inmediato, ocultando (muy mal) su sorpresa ante mi apariencia. Ella puede ver el futuro, yo no puedo leer la mente... pero sé que voy deslumbrante. Sacudió la cabeza. —Eres increíble. Increíblemente bella.

Cuando condujo fuera del centro del pueblo comprendí que no tenía ni idea de dónde vivía.

Cruzamos el puente sobre el río Calwah, donde la carretera se desviaba hacia el Norte. Las casas que aparecían de forma intermitente al pasar se encontraban cada vez más alejadas de la carretera, y eran de mayor tamaño. Luego sobrepasamos otro núcleo de edificios antes de dirigirnos al bosque neblinoso.

Intentaba decidir entre preguntar o tener paciencia y mantenerme callada cuando giró bruscamente para tomar un camino sin pavimentar. No estaba señalizado y apenas era visible entre los helechos. El bosque, serpenteante entre los centenarios árboles, invadía a ambos lados el sendero hasta tal punto que sólo era distinguible a pocos metros de distancia.

Luego, a escasos kilómetros, los árboles ralearon y de repente nos encontramos en una pequeña pradera, ¿o era un jardín? Sin embargo, se mantenía la penumbra del bosque; no remitió debido a que las inmensas ramas de seis cedros primigenios daban sombra a todo un acre de tierra. La sombra de los árboles protegía los muros de la casa que se erguía entre ellos, dejando sin justificación alguna el profundo porche que rodeaba el primer piso.

No sé lo que en realidad pensaba encontrarme, pero definitivamente no era aquello. La casa, de unos cien años de antigüedad, era atemporal y elegante. Estaba pintada de un blanco suave y desvaído. Tenía tres pisos de altura y era rectangular y bien proporcionada. El monovolumen era el único coche a la vista. Podía escuchar fluir el río cerca de allí, oculto en la penumbra del bosque; no remitió debido a que las inmensas ramas de seis cedros primigenios daban sombra a todo un acre de tierra. La sombra de los árboles protegía los muros de la casa que se erguía entre ellos, dejando sin justificación alguna el profundo porche que rodeaba el primer piso.

No sé lo que en realidad pensaba encontrarme, pero definitivamente no era aquello. La casa, de unos cien años de antigüedad, era atemporal y elegante. Estaba pintada de un blanco suave y desvaído. Tenía tres pisos de altura y era rectangular y bien proporcionada. El monovolumen era el único coche a la vista. Podía escuchar fluir el río cerca de allí, oculto en la penumbra del bosque.

— ¿Te gusta? —preguntó con una sonrisa.

Asentí. —Tiene... cierto encanto.

Me tiró de la coleta y rió entre dientes. Luego, cuando me abrió la puerta, me preguntó. — ¿Lista?

La miré por un instante, llevando las manos a la cintura y mirándola acusadoramente. —Soy un híbrido ángel caído y licántropo, que está a punto de entrar en una casa de vampiros, Alice.

La sonrisa de Alice, me provocó unas ganas horribles de darle una cachetada... sólo para borrársela. —Tienes dos novias en pleno siglo XXI: Una vampiresa vegetariana y una Metamorfa Loba. Estarás bien, lo prometo —me tomó de la muñeca y me guió a la puerta.

Caminamos hacia el porche a la densa sombra de los árboles. Sabía que notaba mi tensión. Me frotaba el dorso de la mano, describiendo círculos con el dedo pulgar.

Me abrió la puerta.

El interior era aún más sorprendente y menos predecible que el exterior. Era muy luminoso, muy espacioso y muy grande. Lo más posible es que originariamente hubiera estado dividido en varias habitaciones, pero habían hecho desaparecer los tabiques para conseguir un espacio más amplio. El muro trasero, orientado hacia el sur, había sido totalmente reemplazado por una vidriera y más allá de los cedros, el jardín, desprovisto de árboles, se estiraba hasta alcanzar el ancho río. Una maciza escalera de caracol dominaba la parte oriental de la estancia. Las paredes, el alto techo de vigas, los suelos de madera y las gruesas alfombras eran todos de diferentes tonalidades de blanco.

Los padres de Alice nos aguardaban para recibirnos a la izquierda de la entrada, sobre un altillo del suelo, en el que descansaba un espectacular piano de cola.

Había visto antes al doctor Cullen, por supuesto, pero eso no evitó que su joven y ultrajante perfección me sorprendieran de nuevo. Presumí que quien estaba a su lado era Esme, la única a la que no había visto con anterioridad. Tenía los mismos rasgos pálidos y hermosos que el resto. Había algo en su rostro en forma de corazón y en las ondas de su suave pelo de color caramelo que recordaba a la ingenuidad de la época de las películas de cine mudo.

Era pequeña y delgada, pero, aun así, de facciones menos pronunciadas, más redondeadas que las de los otros. Ambos vestían de manera informal, con colores claros que encajaban con el interior de la casa. Me sonrieron en señal de bienvenida, pero ninguno hizo ademán de acercarse a nosotros en lo que supuse era un intento de no asustarme.

La voz de Alice rompió el breve lapso de silencio. —Carlisle, Esme, os presento a Isabella.

—Sé bienvenida, Isabella. —El paso de Carlisle fue comedido y cuidadoso cuando se acercó a mí. Alzó una mano con timidez y me adelanté un paso para estrechársela.

—Me alegro de volver a verle, doctor Cullen.

—Llámame Carlisle, por favor.

Le sonreí de oreja a oreja con una repentina confianza que me sorprendió. Noté el alivio de Alice, que seguía a mi lado.

Esme sonrió y avanzó un paso para alcanzar mi mano. El apretón de su fría mano, dura como la piedra, era tal y como yo esperaba. —Me alegro mucho de conocerte —dijo con sinceridad.

Y ahí estaba yo. Era como encontrarse formando parte de un cuento de hadas... Blanca nieves en carne y hueso.

Solo entonces, Alice notó que alguien... no. Que dos personas faltaban.

— ¿Dónde están Edward y Jasper? —preguntó Alice, pero nadie tuvo ocasión de responder, ya que ambos aparecieron en ese momento en lo alto de las amplias escaleras.

— ¡Hola, Alice! —le saludó Edward con entusiasmo. Edward echó a correr escaleras abajo, una centella de pelo oscuro y tez nívea, que llegó para detenerse delante de mí repentinamente y con elegancia. —Es un placer poder estar ante ti, Isabella.

—El placer es mío, Edward —dije yo, asintiendo.

Si Carlisle y Esme habían parecido antes muy cautos, ahora se mostraron estupefactos. Mis ojos también reflejaban esa sorpresa, pero al mismo tiempo me complacía mucho que ella pareciera aceptarme por completo. Me sorprendió percatarme de que Alice, a mi lado, se ponía rígido. Le miré, pero su expresión era inescrutable. —Hueles bien —me alabó, para mi enorme vergüenza—, hasta ahora no me había dado cuenta.

Nadie más parecía saber qué decir cuando Jasper se presentó allí, alto, leonino. Sentí una sensación de alivio y de repente me encontré muy a gusto a pesar del sitio en que me hallaba. Edward miró fijamente a Jasper y enarcó una ceja. Entonces recordé lo que éste era capaz de hacer. —Hola, Bella —me saludó Jasper. Mantuvo la distancia y no me ofreció la mano para que la estrechara, pero era imposible sentirse incómodo cerca de él.

—Hola, Jasper —le sonreí con timidez, y luego a los demás, antes de añadir como fórmula de cortesía—Me alegro de conoceros a todos... Tenéis una casa preciosa.

—Gracias —contestó Esme—. Estarnos encantados de que hayas venido. —Me habló con sentimiento, y me di cuenta de que pensaba que yo era valiente.

También caí en la cuenta de que no se veía por ninguna parte a Rosalie y a Emmett. Recordé entonces la negativa demasiado inocente de Alice cuando le pregunté si no les agradaba a todos.

La expresión de Carlisle me distrajo del hilo de mis pensamientos. Miraba a Alice de forma significativa con gran intensidad. Vi a Alice asentir una vez con el rabillo del ojo.

Miré hacia otro lado, intentando ser amable, y mis ojos vagaron de nuevo hacia el hermoso instrumento que había sobre la tarima al lado de la puerta. Súbitamente recordé una fantasía de mi niñez, según la cual, compraría un gran piano de cola a mi madre si alguna vez me tocaba la lotería. No era una buena pianista, sólo tocaba para sí misma en nuestro piano de segunda mano, pero a mí me encantaba verla tocar. Se la veía feliz, absorta, entonces me parecía un ser nuevo y misterioso, alguien diferente a la persona a quien daba por hecho que conocía. Me hizo tomar clases, por supuesto, pero, como la mayoría de los niños, lloriqueé hasta conseguir que dejara de llevarme.

Esme se percató de mi atención y, señalando el piano con un movimiento de cabeza, me preguntó: — ¿Tocas?

Nuevos recuerdos que no me pertenecían, aparecieron en mi mente, asombrosamente frescos. —No, en absoluto. Pero... siento... siento como si supiera hacerlo, es tan extraño para mi. Tienes un piano hermoso... ¿Es tuyo?

—No —se rió—. ¿No te ha dicho Alice que es pianista?

—No —entrecerré los ojos antes de mirarle—. Supongo que debería de haberlo sabido. —Esme arqueó las cejas como muestra de su confusión. —Edward y Alice pueden hacerlo todo, ¿no? —le expliqué, mientras me acercaba al arpa que había cerca del piano.

Jasper se rió con disimulo y Esme le dirigió una mirada de reprobación. Pero él la ignoró y miró tanto a Alice, como a Edward—Espero que no hayan estado ustedes dos alardeando... Es de mala educación —le riñó.

—Sólo un poco —Alice rió de buen grado, el rostro de Esme se suavizó al oírlo y ambos intercambiaron una rápida mirada cuyo significado no comprendí, aunque la faz de ella parecía casi petulante.

Alice me sonreía y asintió. —Adelante, Isabella, toca algo. —le di una sonrisa, cargada de sexualidad que decía: "¿Quieres que te toque a ti?", mientras comenzaba a rasgar las cuerdas del arpa, formando una canción que estaba surgiendo en mi cabeza y que jamás había sabido reconocer. Pero recuerdo tararearla todo el tiempo, cuando era más pequeña.

Toqué otra canción, solo para terminar echando un fugaz vistazo a mis espaldas, pero la enorme estancia se había quedado vacía. — ¿A dónde han ido?

—Supongo que, muy sutilmente, nos han concedido un poco de intimidad.

Suspiré. —Les gusto, pero Rosalie y Emmett... —dejé la frase sin concluir porque no estaba muy segura de cómo expresar mis dudas.

Alice torció el gesto. —No te preocupes por Rosalie —insistió con su persuasiva mirada—. Cambiará de opinión.

Fruncí los labios con escepticismo. — ¿Y Emmett?

—Supongo que, muy sutilmente, nos han concedido un poco de intimidad.

Suspiré. —Les gusto, pero Rosalie y Emmett... —dejé la frase sin concluir porque no estaba muy segura de cómo expresar mis dudas.

Alice torció el gesto. —No te preocupes por Rosalie —insistió con su persuasiva mirada—. Cambiará de opinión.

Fruncí los labios con escepticismo. — ¿Y Emmett?

—Bueno, opina que soy una lunática, lo cual es cierto, pero no tienen ningún problema contigo. Está intentando razonar con Rosalie.

—¿Qué le perturba? —inquirí, no muy segura de querer conocer la respuesta.

Suspiró profundamente. —Rosalie es la que más se debate contra... contra lo que somos. Le resulta duro que alguien de fuera de la familia sepa la verdad, y está un poco celosa.

—Son felices de verme feliz. De hecho, a Esme no le preocuparía que tuvieras un tercer ojo y dedos palmeados. —Alice intentó bromear, pero no le salió muy bien —Hay vampiros no muy amigables y... ya no creo que sean Mimetistas Lobo lo que he visto en la visión. Me mantendré cerca e intentaré que Leah me... auxilie, para protegerte. —Dejé de tocar el arpa y ella me guió hacía el comedor —No hay ataúdes ni cráneos apilados en los rincones. Ni siquiera creo que tengamos telarañas... —Me enseñó las habitaciones y me detuve en seco al final del vestíbulo, contemplando con incredulidad el ornamento que pendía del muro por encima de mi cabeza. Se rió entre dientes de mi expresión de asombro.

—¿Rosalie tiene celos de mí? —pregunté con incredulidad. Intenté imaginarme un universo en el que alguien tan impresionante como Rosalie tuviera alguna posible razón para sentir celos de alguien como yo.

—Puedes pasar más fácilmente por humana. —Alice se encogió de hombros—. Es lo que ella más desearía ser.

—Vaya —musité, aún aturdida—. En cuanto a Jasper...

—En realidad, eso es culpa mía —me explicó—. Ya te dije que era el que hace menos tiempo que está probando nuestra forma de vida. Le previne para que se mantuviera a distancia.

Pensé en la razón de esa instrucción y me estremecí. — ¿Y Esme y Carlisle...? —continué rápidamente para evitar que se diera cuenta.

—Puedes reírte, es una especie de ironía. —De forma automática, alcé la mano con un dedo extendido como si fuera a tocar la gran cruz de madera. Su oscura pátina contrastaba con el color suave de la pared. Pero no la toqué, aun cuando sentí curiosidad por saber si su madera antigua era tan suave al tacto como aparentaba. —A Carlisle le gusta mantener algunas... cosas de su pasado. Siglo XVI. Carleslie perteneció a un grupo de cazadores de Brujas y vampiros. Encontraron vampiros auténticos y el mismo que lo transformó a él, mató a todos los que venían con Carlisle. Fue el único superviviente.

Me condujo de vuelta a la habitación que había identificado como el despacho de Carlisle. Se detuvo delante de la puerta durante unos instantes. —Adelante —nos invitó la voz de Carlisle. Alice abrió la puerta de acceso a una sala de techos altos con vigas de madera y de grandes ventanales orientados hacia el oeste. Las paredes también estaban revestidas con paneles de madera más oscura que la del vestíbulo, allí donde ésta se podía ver, ya que unas estanterías, que llegaban por encima de mi cabeza, ocupaban la mayor parte de la superficie. Contenían más libros de los que jamás había visto fuera de una biblioteca. Carlisle se sentaba en un sillón de cuero detrás del enorme escritorio de caoba. Acababa de poner un marcador entre las páginas del libro que sostenía en las manos. El despacho era idéntico a como yo imaginaba que sería el de un decano de la facultad, sólo que Carlisle parecía demasiado joven para encajar en el papel. — ¿Qué puedo hacer por las dos encantadoras señoritas? —nos preguntó con tono agradable mientras se levantaba del sillón.

—Quería enseñar a Bella un poco de nuestra historia —contestó Alice—. Bueno, en realidad, de tu historia.

—No pretendíamos molestarte —me disculpé, más sonrojada que una langosta, pero no ppr la belleza intrínseca de quien se suponía que era el
padre de Alice, sino por las molestias que podrianos suponer, un par de "adolescentes" "molestando" en el ocupado trabajo de un doctor/cirujano.

—En absoluto. ¿Por dónde planeas a comenzar?

—Por los cuadros —contestó Alice

—O por supuesto, —sonrió Carlisle. —lo mejor es empezar por el principio. —mientras Alice me ponía con suavidad la mano sobre el hombro y me hacía girar para mirar hacia la puerta por la que acabábamos de entrar. Cada vez que me tocaba, incluso aunque fuera por casualidad, mi corazón reaccionaba de forma audible. Alice sonrió, adoraba sobretodas las cosas esa reacción. Resultaba de lo más embarazoso en presencia de Carlisle. La pared hacia la que nos habíamos vuelto era diferente de las demás, ya que estaba repleta de cuadros enmarcados de todos los tamaños y colores —unos muy vivos y otros de apagados monocromos— en lugar de estanterías. Busqué un motivo oculto común que diera coherencia a la colección, pero no encontré nada después de mi apresurado examen. Alice me arrastró hacia el otro lado, a la izquierda, y me dejó delante de un pequeño óleo con un sencillo marco de madera. No figuraba entre los más grandes ni los más destacados. Pintado con diferentes tonos de sepia, representaba la miniatura de una ciudad de tejados muy inclinados con finas agujas en lo alto de algunas torres diseminadas. Un río muy caudaloso —lo cruzaba un puente cubierto por estructuras similares a minúsculas catedrales— dominaba el primer plano. —Esta, es Londres hacia 1650 —comentó. —El Londres de mi juventud. —añadió Carlisle a medio metro detrás de nosotros. — "Cuando supe que se había convertido," —prosiguió en voz baja— "me rebelé en contra mi condición e intentó suicidarme, me arrojé desde grandes alturas —me explicó Carlisle con voz impasible—, e intenté ahogarme en el océano, pero en esta nueva vida... yo era joven y muy fuerte. Resulta sorprendente que fuera capaz de resistir el deseo... de alimentarme... cuando era aún tan inexperto. El instinto es más fuerte en ese momento y lo arrastra todo, pero yo sentía tal repulsión hacia lo que era, que tuve la fuerza para intentar matarme de hambre."

— ¿Es eso posible? —inquirí con voz débil.

—No, hay muy pocas formas de matarnos. —Abrí la boca para formular otra pregunta, pero Alicd comenzó a hablar antes de que lo pudiera hacer. Preguntarle a tu novia como matarla, podría traerme mala fama, dentro de su familia. —De modo que su hambre crecía y al final se debilitó. Se alejó cuanto pudo de toda población humana al detectar que su fuerza de voluntad también se estaba debilitando. Durante meses, estuvo vagabundeando de noche en busca de los lugares más solitarios, maldiciéndose. Una noche, una manada de ciervos cruzó junto a su escondrijo. La sed le había vuelto tan salvaje que los atacó sin pensarlo. Recuperó las fuerzas y comprendió que había una alternativa a ser el vil monstruo que temía ser. Podía vivir sin ser un demonio y de nuevo se halló a sí mismo.
«Comenzó a aprovechar mejor su tiempo. Siempre había sido inteligente y ávido de aprender. Ahora tenía un tiempo ilimitado por delante. Estudiaba de noche y trazaba planes durante el día. Se marchó a Francia a nado y...

— ¿Nadó hasta Francia?

—Bella, la gente siempre ha cruzado a nado el Canal —me recordó con paciencia y con una sonrisa de ternura.

—Supongo que es cierto. Sólo que parecía divertido en ese contexto. Continúa.

—Nadar es fácil para nosotros... y seguramente, también lo será para ti. Es fácil porque, técnicamente, no necesitamos respirar. Carlisle se marchó a Francia a nado. —Hizo una pausa mientras intentaba recuperar el hilo de la historia. Con gesto pensativo, fijó la mirada en otra pintura, la de mayor colorido y de marco más lujoso, y también la más grande.
Personajes llenos de vida, envueltos en túnicas onduladas y enroscadas en torno a grandes columnas en el exterior de balconadas marmóreas, llenaban el lienzo. No sabía si representaban figuras de la mitología helena o si los personajes que flotaban en las nubes de la parte superior tenían algún significado bíblico. —Carlisle nadó hacia Francia y continuó por Europa y sus universidades. De noche estudió música, ciencias, medicina y encontró su vocación y su penitencia en salvar vidas —su expresión se tornó sobrecogida, casi reverente—. No sé describir su lucha de forma adecuada. Carlisle necesitó dos siglos de atormentadores esfuerzos para perfeccionar su autocontrol. Ahora es prácticamente inmune al olor de la sangre humana y es capaz de hacer el trabajo que adora sin sufrimiento. Estudió en Italia cuando descubrió que allí había otros. Eran mucho más civilizados y cultos que los espectros de las alcantarillas londinenses. Los amigos de Carlisle fueron una gran fuente de inspiración para Francesco Solimena. A menudo los representaba como dioses —rió entre dientes—. Aro, Marco, Cayo —dijo conforme iba señalando a los otros tres, dos de cabellos negros y uno de cabellos canos—, los patrones nocturnos de las artes.

— ¿Qué fue de ellos? —pregunté en voz alta, con la yema de los dedos inmóvil en el aire a un centímetro de las figuras de la tela.

—Siguen ahí, como llevan haciendo desde hace quién sabe cuántos milenios —se encogió de hombros—. Carlisle sólo estuvo entre ellos por un breve lapso de tiempo, apenas unas décadas. Admiraba profundamente su amabilidad y su refinamiento, pero persistieron en su intento de curarle de aquella aversión a su «fuente natural de alimentación». Ellos intentaron persuadirle y él a ellos, en vano. Llegados a ese punto, Carlisle decidió probar suerte en el Nuevo Mundo. Soñaba con hallar a otros como él. Ya sabes, estaba muy solo. Transcurrió mucho tiempo sin que encontrara a nadie, pero podía interactuar entre los confiados humanos como si fuera uno de ellos porque los monstruos se habían convertido en tema para los cuentos de hadas. Comenzó a practicar la medicina. Pero rehuía el ansiado compañerismo al no poderse arriesgar a un exceso de confianza. Trabajaba por las noches en un hospital de Chicago cuando golpeó la pandemia de gripe. Le había estado dando vueltas durante varios años y casi había decidido actuar. Ya que no encontraba un compañero, lo crearía; pero dudaba si hacerlo o no, ya que él mismo no estaba totalmente seguro de cómo se había convertido. Además, se había jurado no arrebatar la vida de nadie de la misma manera que se la habían robado a él. Estaba en ese estado de ánimo cuando me encontró. No había esperanza para mí. Me habían dejado en la sala de los moribundos. Había asistido a mis padres, por lo que sabía que estaba solo en el mundo, y decidió intentarlo. Y así es como se cerró el círculo: Él nos dice que... Esme fue atacada de forma atroz y él la mordió, salvándole la vida. —concluyó.

—Entonces, ¿siempre has estado con Carlisle?

—Casi siempre. —Me puso la mano en la cintura con suavidad y me arrastró con él mientras cruzaba la puerta. Me volví a mirar los cuadros de la pared, preguntándome si alguna vez llegaría a oír el resto de las historias. —Luego de una extensa investigación... descubrí que el trauma de mi conversión en vampiresa, fue tan grande, que me provocó una... amnesia profunda —Alice no dijo nada mientras caminábamos hacia el vestíbulo. Nos habíamos detenido frente a la cuarta puerta del vestíbulo. —Mi habitación —me informó al tiempo que abría la puerta y me hacía pasar. Su habitación tenía vistas al sur y una ventana del tamaño de la pared, igual que en el gran recibidor del primer piso. Toda la parte posterior de la casa debía de ser de vidrio. La vista daba al meandro que describía el río Sol Duc antes de cruzar el bosque intacto que llegaba hasta la cordillera de Olympic Mountain. La pared de la cara oeste estaba totalmente cubierta por una sucesión de estantes repletos de CD. El cuarto de Alice estaba mejor surtido que una tienda de música. En el rincón había un sofisticado aparato de música, de un tipo que no me atrevía a tocar por miedo a romperlo. No había ninguna cama, sólo un espacioso y acogedor sofá de cuero negro. Una gruesa alfombra de tonos dorados cubría el suelo y las paredes estaban tapizadas de tela de un tono ligeramente más oscuro.

— ¿Para conseguir una buena acústica? —aventuré. Alice rió entre dientes y asintió con la cabeza.

Tomó un mando a distancia y encendió el equipo, la suave música de jazz, pese a estar a un volumen bajo, sonaba como si el grupo estuviera con nosotros en la habitación. Me fui a mirar su alucinante colección de música. — ¿Cómo los clasificas? —pregunté al sentirme incapaz de encontrar un criterio para el orden de los títulos.

Se encogió de hombros, pequeña, Bella, dulce y se recostó contra la pared, mientras cruzaba las pantorrillas, una sobre otra. —Por "Primera ocasión que los escuché" de izquierda a derecha.

Al darme la vuelta, le vi mirarme con un brillo muy peculiar en los ojos. — ¿Qué ocurre?

—Contaba con sentirme aliviada después de habértelo explicado todo, de no tener secretos para ti, pero no esperaba sentir más que eso. Me gusta —se encogió de hombros al tiempo que sonreía imperceptiblemente—. Me hace feliz.

—Me alegro. —Le devolví la sonrisa. Me preocuparía que se arrepintiera de haberme contado todo aquello. Era bueno saber que no era el caso. Pero entonces, mientras sus ojos estudiaban mi expresión, su sonrisa se apagó y su frente se pobló de arrugas. —Aún sigues esperando que salga huyendo —supuse—, gritando espantada, ¿verdad? No soy huma a y creo poder defenderme, al menos de un par de ustedes.

Alice lanzó una carcajada, entonces se detuvo y jadeó una única vez, quedándose mirando el vacío. —Acabo de tener... una premonición. En cuatro días, tendremos tormenta y estas siempre son buenas, para que la familia pueda jugar. Y ya veras el motivo de eso. —danzó hasta el calendario y lo marcó.

— ¿Necesitaré un paraguas? —y mi novia (Oh vamos, estamos en casa de sus padres y casi que acabamos haciendo el amor en su habitación, obviamente, somos novias para este momento) lanzó una carcajada. Su voz sonaba como campanitas de vidrio en el viento.

—No; —estaba segura—. La tormenta va a descargar sobre el pueblo. El claro del bosque debería de estar bastante seco. Somos bastante... ruidosos y usaremos el ruido de los rayos y trueno, para ocultarlo.