Notas previas

Esta historia es un AU de época, situado en la campiña inglesa alrededor de la época de la Regencia (principios del siglo XIX. Como todos los prompt que plantea el reto anual en el que me he metido, me saca bastante de mi zona de confort en un momento en el que estoy además echando mucho de menos la interacción con les lectores que proporcionaba la página naranja, así que espero que le déis a esta cosita breve un poco de amor, porque ellos se lo merecen y yo también.

Este fic correspopnde al prompt del mes de enero "Un fanfic de época histórica" del Reto de Escritura Anual para el 2024 de la página de Facebook Fandom Avisos.

Hay varias expresiones en francés cuaya traducción se podrá encontrar en las notas finales.


La vida de Remus Lupin era tranquila. Retirado del ejército, fuera del circuito social de la ciudad, su día a día básicamente consistía en administrar el patrimonio de su protegido y criar a su propio hijo. No había sobresaltos, o al menos eso creía, hasta ese día.

— ¿Clases de equitación? —preguntó sorprendido a su protegido.

— Creo que Edward le ha cogido miedo a los caballos —respondió Harry, sentado frente a él en su despacho—. Me encantaría hacerlo yo mismo, pero debo ir a la ciudad, así que he buscado un profesor.

— Harry, no es necesario… —trató de razonar Remus.

— Padrino, —El joven se inclinó hacia él, tan serio y de repente tan adulto que Remus no pudo evitar un doloroso recordatorio del que había sido su mejor amigo— voy a hacer esto por Edward y tú no vas a protestar.

Negó con la cabeza, pero con poco ímpetu, porque conocía a Harry de sobras, era tan terco como había sido su padre y antes su abuelo, era algo intrínseco al apellido Potter.

— Insisto en que no es necesario. Puedo…

Se mordió la lengua cuando iba a decir que podía enseñarle él mismo cuando la mirada de su ahijado se clavó reveladoramente en el bastón junto a su mesa.

— Empezará esta tarde, te he dejado ahí toda la información. —Señaló el montón de papeles sobre la mesa mientras se levantaba— Dile a Ted que estoy seguro de que lo conseguirá y cuando vuelva podremos salir a cabalgar juntos.

Y salió del despacho, poniéndose los guantes. Apenas unos minutos después, Remus pudo escuchar el ruido del carruaje en el patio, alejándose. Suspiró y volvió la atención a los libros de contabilidad. Llevaba más de veinte años ocupándose de los asuntos de lord Potter, desde la prematura muerte de sus padres, incluso al casarse había seguido viviendo en Potter 's Manor. Allí había nacido su hijo también y había fallecido su esposa poco después. Era su hogar, y solo podía desear secretamente que el día que Harry por fin se casara, su esposa prefiriera la ciudad y no le importara que él y su hijo continuaran viviendo en la imponente finca.

Un par de horas después, satisfecho por fin con la organización de sus libros, tomó su bastón y salió despacio del despacho. Sus viejos huesos de soldado dolían y rechinaban al moverse, la inmovilidad delante de las cuentas no ayudaba, tampoco a su vista, cada vez menos aguda. Suspiró al salir al gran patio delantero y levantar su cara hacia el sol de primavera.

— Señor Lupin.

La voz suave del tutor de su hijo, otra cosa en la que había perdido la discusión con Harry, hizo que volviera a la realidad a su alrededor. A su derecha, con dos libros en la mano, el joven rubio parecía, como siempre, demasiado joven para ser un erudito en varias materias.

— Monsieur Malfoy, ¿ya se marcha?

— Sí, pero quería un minuto con usted, si es posible.

— ¿Le importa que sea aquí afuera? —preguntó, señalando uno de los bancos cercanos con su bastón— El día está muy agradable.

El tutor asintió y se sentó remilgadamente en el banco de piedra.

— Usted dirá —le invitó a hablar, dejando el bastón junto a él mientras se desabrochaba los botones de la chaqueta.

— El joven Edward está distraído estos días. Yo… no soy quien para inmiscuirme en cosas personales de mis alumnos, pero…

— Ustedes se han vuelto cercanos, monsieur. Mi hijo confía en usted. ¿Quiere contarme qué cree que le pasa? —le invitó con un gesto amable de la mano.

— Mucho me temo que se trata de los caballos.

— ¿Los caballos? —cuestionó Remus, desconcertado.

— Sí, señor. Al parecer, el señor Potter ha prometido a Edward que el próximo potro que nazca será para él y ahora le preocupa no saber montar. A decir verdad, desde que ocurrió ese pequeño accidente en las cuadras, ha estado muy molesto.

Remus asintió y cerró un momento los ojos, disfrutando del sol en la cara. A su lado, el tutor se revolvió inquieto.

— Aunque soy partidario de que lo que hace a un caballero es educar la mente, creo que mi joven pupilo necesita unas clases de equitación, señor —soltó por fin Malfoy, bajando la voz paulatinamente hasta que sus últimas palabras se convirtieron en un susurro, como si temiera una reacción negativa de su jefe.

Sonrió, abrió los ojos y se giró ligeramente en el banco para mirar el perfil del joven rubio.

— Me temo que lord Potter ya se ha hecho cargo de eso, las clases comenzarán esta tarde. Puede que tenga que tener paciencia con Edward los próximos días —comentó, entre resignado y divertido.

No se le pasó por alto como le cambió la cara al profesor al nombrar a su ahijado.

— Le agradezco su preocupación, monsieur Malfoy —tranquilizó al joven—. Hace usted un gran trabajo con mi hijo.

— Gracias, señor —Malfoy se puso de pie, un poco sonrojado y claramente satisfecho, y cogió los libros que había dejado sobre el banco.

Remus respondió con una amable sonrisa y una inclinación de cabeza; volvió a cerrar los ojos y alzar la cara hacia el sol, disfrutando de la radiante mañana antes del almuerzo.


— Señor Lupin —la voz del mayordomo le sobresaltó, haciendo que el libro que sujetaba entre las manos entre cabezada y cabezada en el sillón cayera al suelo ruidosamente.

— Dígame, Jones —respondió, carraspeando mientras el mayordomo se agachaba para coger el libro y tendérselo, con un atisbo de sonrisa.

— El profesor de equitación está aquí. Supongo que tiene que hablar con usted antes de la clase.

Se peinó el cabello castaño hacia atrás con los dedos y miró hacia afuera a través de las grandes ventanas.

— Hágalo pasar aquí y busque a Edward. Supongo que estará en las cuadras volviendo loco a alguno de los mozos.

El mayordomo esta vez sí sonrió. El chico de ocho años era absolutamente adorado por todo el personal de la finca, incluído el anciano mayordomo y la gruñona cocinera que lo atiborraba de pasteles de chocolate.

— Lo encontraré, señor. Ahora hago pasar entonces al señor Black.

El apellido hizo que Remus volviera rápidamente la cabeza hacia la puerta. No podía ser, ¿no? Pero esa forma de caminar al entrar al despacho, como si fuera el dueño del mundo, era algo inconfundible.

— Remus Lupin —le saludó con voz ronca, estirando la mano hacia él— ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Veinte años?

— Por lo menos. —Estrechó su mano, sin apartar la mirada de la conocida cara.

— Me han dicho que estás al mando aquí —expuso Black, dejándose caer en el sillón frente al suyo sin invitación, con el mismo descaro de su juventud compartiendo escuadrón.

— Soy el administrador, sí —respondió Remus, envarado.

— El que me escribió habló de un niño de ocho años —prosiguió por fin Sirius, después de un tenso silencio—. ¿Dónde está?

— Jones ha ido a buscarlo. ¿Qué haces tú dando clases de equitación?

Sirius Black se acomodó más en la butaca y cruzó un tobillo sobre la rodilla opuesta, un gesto que delataba su buena educación, esa de la que había renegado a todas horas cuando tenían veinte años.

— Larga historia, Lupin. ¿Qué haces tú administrando una finca? La última vez que te vi…

No era necesario evocar ese recuerdo, los dos lo tenían muy fresco a pesar del tiempo que había pasado: en una incursión en terreno enemigo, Remus había saltado sobre Sirius para protegerlo de una explosión, resultando gravemente herido.

— … sobreviví. Y estando en el hospital —Ese al que nunca viniste a verme, pensó Remus, el dolor estaba fresco y no solo el físico— me avisaron de que mi amigo James y su esposa habían fallecido. Me licenciaron por mis lesiones y vine aquí a ocuparme de Harry.

El profesor de equitación abrió la boca para contestar algo, pero el sonido de los nudillos de Jones les interrumpió. La puerta se abrió y un niño menudo y delgado entró corriendo hasta colocarse junto a la butaca de Remus.

— ¡Padre! Martin dice que Venus parirá en pocos días. ¿Crees que será para mí?

Remus sonrió suavemente y peinó con los dedos los rizos revueltos de su hijo.

— Edward, este es el señor Black. —Señaló con una mano un poco temblorosa hacia el profesor de equitación— Va a darte clases de equitación.

Los grandes ojos azules del chico, que obviamente no había heredado de su padre, examinaron un momento al hombre sentado frente a ellos. Sirius le devolvió una mirada evaluadora, cambiando de postura para inclinarse hacia él y tenderle la mano.

— Es un placer conocerte, Edward.

— El placer es mío —contestó el niño, estrechando su mano con firmeza, sacando una sonrisa orgullosa a su padre por sus modales y su aplomo.

Sirius los miró a los dos un momento, algo indescifrable para Remus pasando por sus penetrantes ojos grises, y luego sonrió y se puso de pie.

— Veamos esas cuadras. ¿Nos acompañas, Remus?


— Aquí te escondes.

A Remus le sobresaltó la voz ronca a su espalda. Tanto, que el bastón se escurrió entre sus manos y golpeó el suelo de madera de la sala de música. Buscó el equilibrio sujetándose del piano, haciendo sonar las teclas aleatoriamente. Se dio la vuelta despacio, mortificado, y se encontró al profesor de equitación sujetando su bastón hacia él. Lo cogió y se apoyó en él, apretando los dedos fuerte en el gastado mango.

— Siento haberte sobresaltado —le dijo, en un tono más suave del habitual en él.

— No me escondo —contestó por fin a la defensiva, levantando la barbilla.

— No te he visto en una semana, Remus. Y según tu hijo, estás pasando más tiempo aquí en lugar de en tu despacho. Casualmente la habitación más escondida de la casa.

— Hay menos ruido.

La ceja alzada de Sirius le dejó claro que no le creía. Tratando de mantener la calma, Remus caminó despacio, con la espalda bien recta, hasta sentarse en el único sillón de la habitación, junto al que había una mesita con un par de libros que atestiguaban que iba a esa habitación en busca de tranquilidad.

— ¿Querías hablarme de algo? —preguntó, volviendo a su tono de administrador habitual.

— Suponía que querrías hablar de los avances de Ted, ya que no has venido a ver ninguna de nuestras clases.

Era cierto, después del primer día se había asegurado de no estar al alcance del profesor. ¿El motivo? aún no lo entendía realmente, pero la presencia de Sirius Black, aunque fuera a un centenar de metros de distancia, estaba alterando su tranquila vida.

— ¿Y bien? ¿Hay avances? —cuestionó, seco, porque Sirius parecía estar dispuesto a esperar a que preguntara.

— Tiene buena madera. Recuerdo que tú montabas muy bien a caballo.

— Es un pasado muy lejano. ¿Te ha hablado del incidente de la cuadra?

Sirius cogió el taburete del piano y se sentó frente a él. A esa distancia, el fino olfato de Remus distinguió el olor a caballo y el del propio sudor del profesor y algo muy dentro de él se revolvió. El hombre había sido siempre atractivo, pero la madurez le sentaba muchísimo mejor que a él, incluso con las hebras plateadas que brillaban entre el cabello recogido en su nuca en una coleta. ¿Lo peor? Que era consciente de su atractivo, a tenor de la sonrisa ladeada que le brindó en medio de su reflexión.

— Lo hizo. Pero no entiendo la dimensión.

— ¿A qué te refieres?

— Parece un niño valiente, ¿por qué cogerle miedo a los caballos porque uno se puso nervioso cerca de él?

Remus se pasó los dedos por la perilla y suspiró.

— Edward estaba visitando las cuadras, porque acababa de llegar un caballo nuevo, un purasangre del que se había encaprichado lord Potter.

— Lo he visto, un animal magnífico, pero con mal carácter. Me encantaría domarlo.

El administrador lo miró unos segundos, con los labios apretados antes de seguir hablando.

— Muy mal carácter. Edward quiso acercarse a verlo más de cerca y el caballo le coceó. Se llevó un gran morado en la pierna y creo que la humillación de que todo ocurriera delante de Harry, que es su ídolo.

— Por eso solo me contó una parte de la historia, está avergonzado —entendió Sirius, acariciando su mandíbula perfectamente afeitada.

— Y tú tienes muchas posibilidades de convertirte en su nuevo héroe —comentó Remus con algo de amargura.

— Suena como si eso fuera a molestarte bastante.

El administrador suspiró y apartó la mirada. Sirius siguió con los ojos sus largos dedos apretando el pomo de su bastón.

— Escribiré a Harry para decirle que las clases van bien. Y que estás interesado en domar a Blackie —le dijo por fin, claramente despidiéndole.

— Remus…

Volvió a mirarle, con la cara en blanco.

— Edward te estará esperando —le despidió de nuevo, con el tono amable pero firme que usaba con los demás trabajadores.

Y tomó uno de los libros sobre la mesita y lo abrió, dando por finalizada la interacción. Escuchó claramente a Sirius resoplar antes de salir de la habitación pisando fuerte. En cuanto la puerta se cerró tras él, Remus cerró el libro y se frotó la cara con una mano, soltando aire por la boca con fuerza.

En realidad lo que quería hacer era escribir a su ahijado que el profesor no era necesario e iba a prescindir de él, que cualquiera de los mozos de cuadra podían enseñar a Edward. Quería que Sirius Black desapareciera en el mismo agujero en el que había estado lejos de su vista los últimos veinte años, de su vista, de su tacto y de su olfato, maldita fuera su estampa.

Había bastado una hora, sesenta minutos viéndolo interactuar con su hijo de lejos. Viendo sus antebrazos fuertes asomando por debajo de las mangas enrolladas de su camisa, la fuerza de sus muslos al montar a caballo, su risa y su voz grave. Seguía siendo el mismo Sirius Black por el que había arriesgado la vida sin ni siquiera un gracias a cambio, el mismo que le había hecho dudar de su racionalidad en las largas noches compartiendo barracón.

Domar a un purasangre… ¿cómo podría explicarle que cuando Harry había comprado al caballo y había decidido llamarlo Blackie, a él se le había revuelto el cuerpo e inmediatamente había tomado antipatía al animal? Porque la comparación era inevitable, un caracter fuerte, hermoso hasta dejarle sin aliento, con el cabello negro flotando en el viento cuando corría… ese había sido el joven Sirius Black cuando lo conoció con apenas dieciséis años, al entrar en el ejército, un joven libre y salvaje, apartado por su familia noble de su herencia por contestatario y rebelde.

Cogió aire por la nariz, respirando hondo, tratando de calmarse. Ya no era ese chico impresionable, necesitado de tacto y afecto, ese al que el corazón le latía como un loco cuando Black le pasaba un brazo por los hombros o compartía con él su manta o su plato. El que sentía que las tripas se le retorcían cuando lo veía acercarse junto a otros compañeros a las prostitutas que normalmente se dejaban ver alrededor de los campamentos de la milicia. Ni tan siquiera cuando cortejaba a su esposa había sufrido tanto de celos, y eso que Dora era una mujer joven y atractiva que había sorprendido a mucha gente al elegir a un pretendiente que tenía casi la edad de su padre.

Se puso en pie, apoyándose con fuerza en su bastón. Ya no era un chico, era un hombre de cuarenta y cinco años que había sobrevivido a muchas cosas. No iba a dejarse amilanar por el atractivo de un hombre que era en parte un fantasma del pasado. No lo haría, le debía esa valentía al joven Remus y la dignidad al adulto Remus. Y a su hijo el acercarse a ver cómo evolucionaban sus clases de equitación.


Llovía, desde hacía cuatro días llovía sin parar, lo que implicaba un aumento de trabajo, porque había que estar pendiente de lo que suponía para los campos y para los animales, y un aumento de la irritabilidad del habitante más joven de la mansión Potter. Para Edward la lluvia se traducía en no poder salir de casa y, por lo tanto, en la cancelación de sus clases de equitación. A cambio además, su tutor estaba aprovechando para incrementar sus horas de clase buscando en la gran biblioteca de la mansión lecturas que pudieran ser agradables para su pupilo.

Estaba sentado en un sillón, con sus delgados brazos fuertemente cruzados sobre el pecho y mirando a monsieur Malfoy con el ceño fruncido. Aunque normalmente, cuando estaban solos lo llamaba Draco y lo tuteaba, en ese momento estaba enfurruñado y era monsieur Malfoy el que estaba haciendo una pila de libros sobre una mesa a la par que le cantaba sus excelencias.

— ¿Edward?

Levantó la mirada de la alfombra que se obstinaba en mirar y se encontró a su tutor aún con un libro en la mano, sentado junto a él.

— Enfadarte no va a hacer que pare de llover.

— Quiero salir a ver a Moony. Y mi padre no me deja.

Draco suspiró. Entendía las razones de Lupin, el niño tenía una salud frágil, no le convenía para nada andar caminando bajo la fuerte lluvia.

— ¿Eso es todo?

El ceño de Edward bajó aún más.

— La abuela va a venir.

Al maestro se le escapó una pequeña sonrisa. Andrómeda Tonks era todo un carácter, su presencia en la mansión siempre suponía una revolución, pero él la apreciaba sinceramente.

— Tu abuela te quiere mucho.

— Pero siempre le está diciendo a papá que tengo que ir a Londres con ella. Y yo no quiero irme lejos de Moony. Ni de papá, ni de ti, ni del profesor Black.

El tutor dio un pequeño respingo.

— ¿Quién es el profesor Black, Edward?

El niño le miró indignado.

— Mi profesor de equitación, Draco. Te he hablado muchísimo de él.

— Creo que no lo habías llamado por su apellido nunca.

— A papá no le gusta que le llame Sirius —comentó enfurruñado.

— No es educado.

— ¡A ti te llamo Draco!

— Nosotros somos parientes.

— Pero papá te llama monsieur Malfoy.

— Es una señal de respeto por su parte.

— Es un lío.

Draco rompió a reír. Su pupilo tenía toda la razón. El sonido de unos nudillos en el marco de la puerta de la biblioteca cortó en seco la risa e hizo que se pusiera de pie rápidamente. Desde la entrada sus dos jefes los contemplaban. El cabello de lord Potter parecía húmedo y revuelto, como si hubiera usado los dedos para sacudir el agua de la lluvia.

— ¿Ordenando la biblioteca? —le preguntó con una sonrisa ladeada.

Edward se levantó de un saltó del sillón y se lanzó a los brazos de Harry, su héroe.

— ¡Has vuelto!

La agraciada cara del joven moreno cambió a una sonrisa cariñosa, a Draco no le cabía duda del cariño que sentía por el hijo de su padrino.

— Con estas lluvias, no podía dejar a tu abuela viajando sola —le explicó finalmente cuando Edward terminó el abrazo.

— ¿La abuela está aquí? —interrogó Edward a su padre con ojos cautelosos.

— Ha subido a descansar a su habitación. Deberías ir a cambiarte para la cena, hijo —recomendó Remus, alisándole el cabello rizado con los dedos—. Creo que Roslyn te ha preparado la ropa, esa chaqueta que la abuela te regaló y le gusta tanto.

El niño gruñó y Draco tuvo que apretar los labios para que no se le escapara una sonrisa por eso. Si por él fuera, Edward andaría todo el día con pantalones de montar y camisas llenas de manchas de tierra.

— Vamos, Ted, te acompañaré. —Potter se giró para hacer mención de marcharse también— Yo también debo asearme y cambiarme para la cena. Monsieur Malfoy —se despidió con una inclinación de cabeza.

Aún un poco enfurruñado, pero obediente, Edward pasó entre su padre y Potter. El señor de la casa le siguió con más calma, con las manos en los bolsillos, ese paso indolente que era su marca cuando estaba en la casa. Remus y Draco los siguieron a los dos con la mirada antes de que Draco se pusiera a recoger los libros que había sacado.

— ¿Ha conseguido convencerle de que lea algo? —preguntó a su espalda con suavidad el administrador.

— De momento no. —Movió la cabeza negativamente con pesadumbre Draco, acariciando los lomos de algunos de los libros mientras los guardaba— Le preocupa que su abuela consiga llevárselo a Londres.

El rostro habitualmente bondadoso de Remus se endureció.

— Eso no va a ocurrir.

Draco colocó los últimos libros y se acercó a su jefe.

— Señor Lupin… ¿me permite un comentario sobre este tema?

— Por supuesto, monsieur Malfoy, ya sabe cuanto respeto su opinión —accedió el hombre, esbozando su habitual sonrisa amable.

— Tía Andrómeda es intimidante. Usted es amable por naturaleza y Edward nunca le ha visto oponerse a ella, especialmente cuando critica su forma de educarlo. Es importante que sienta que lucha por él.

Lupin lo miró largamente, inexpresivo. El joven maestro se agitó incómodo, preocupado, con las mejillas un poco sonrojadas, hasta que finalmente el padre de su pupilo volvió a sonreír con suavidad.

— Gracias. Imagino que no es fácil ser así de directo conmigo y lo agradezco, de verdad. Me aseguraré de hacerle saber a mi hijo que no va a ir a ninguna parte. —Caminó hacia la puerta, apoyándose en su bastón— ¿Se unirá usted a nosotros para cenar? estoy seguro de que a Andrómeda le gustará verle.

— Por supuesto —agradeció Draco con una inclinación de cabeza—. ¿Puedo hacer otro comentario?

— Le escucho —respondió Remus, un poco intimidado por los formales modales del joven, consecuencia de haber sido educado por su suegra.

— Edward me ha hecho saber que el apellido de su profesor de equitación es Black.

— Así es.

— Es el apellido de soltera de mi madre. Ese caballero… ¿tiene cabello oscuro y ojos grises?

— De nuevo, así es.

— Mi madre hablaba de un primo perdido, que se alistó en el ejército por rebeldía y nunca se supo más de él, la familia lo daba por caído en las campañas de Francia. Tía Andrómeda… podría no estar contenta si…

— Es él— le cortó Remus—. ¿Cómo no he escuchado esta historia antes?

— Porque cuando lo expulsaron de la familia se prohibió a todo el mundo hablar de él, señor.

Remus soltó aire y enderezó los hombros. A continuación caminó hasta la puerta de la biblioteca.

— La cena va a ser interesante —comentó, con una sonrisa traviesa que Draco nunca le había visto—. Si quiere ir a asearse, monsieur Malfoy, le esperaremos en el salón tomando un jerez.

Y salió, manejando su bastón con brío.


Tal y como solía ocurrir en sus visitas, Andrómeda Tonks controlaba la conversación durante la cena. La dama tenía un aire regio, dominante, acentuado por el negro del luto y los encajes de su cuello alto, fiel a su estilo anticuado y pudoroso.

El anfitrión encabezaba la mesa por un lado, ella por el otro. En un lateral, Remus comía en silencio, sin perder de vista las reacciones de su hijo, sentado junto a él. Frente a ellos, Draco asumía el peso de la conversación, escuchando a su tía con paciencia.

— Y cuéntame, Edward. ¿Qué has aprendido últimamente?

Remus supo en cuanto vio el gesto porfiado de su hijo que iba a dar la respuesta menos conveniente en ese momento. Y así fue.

— El señor Black me está enseñando a montar a caballo.

En la mesa se hizo el silencio. Lord Potter los miraba a todos, perplejo, intentando entender el motivo de la tensión recién instalada. Edward miraba a su abuela con la barbilla alta, Remus miraba a su hijo, entre orgulloso y divertido, y Draco miraba a su tía, que había palidecido y apretaba fuertemente los labios.

— Montar a caballo… —reaccionó por fin Andrómeda—. Remus, pensaba que habíamos acordado que era muy pequeño para eso.

— Yo no lo recuerdo así —respondió, calmado, volviendo a tomar los cubiertos para continuar con su trucha.

— Fui yo quien contrató al profesor —intervino Harry, con cara de culpabilidad.

— Ese… ese hombre. ¿Quién es, qué referencias tiene? —interrogó, molesta.

— Es un ex militar con formación en doma clásica en la escuela de Versalles. Lo traje de Francia, donde estaba dando clases a los hijos de varios aristócratas de la corte. Usted sabe que siempre busco lo mejor para Edward —se defendió Harry, señalando a Draco con la cabeza.

Andrómeda miró a su sobrino, que se veía sonrojado y un poco incómodo.

— ¿Tú has conocido a ese hombre?

— En persona no, tía, solo por las descripciones de Edward —contestó, mansamente.

La dama volvió a apretar los labios e hizo una seña al criado para que le rellenara la copa de vino. Los demás siguieron comiendo en silencio, tensos, salvo Edward, que se revolvía en la silla inquieto, olvidada la comida en el plato. Finalmente, tiró de la manga de su padre para que se inclinara y poder hablarle en el oído, ignorando la cara de desagrado de su abuela por el gesto poco correcto.

— No le dejes que lo despida, padre, por favor. Sirius me cae bien y dice que le gusta mucho trabajar para ti.

— Edward, es hora de retirarse —le informó su abuela, en tono admonitorio.

El niño miró a su padre y de vuelta a su abuela. Y después al postre que acababan de ponerle delante.

— Termina tu postre, hijo —le tranquilizó su padre con suavidad—, y luego te acompañaré arriba.

Ted se volvió hacia él, sorprendido, hacía mucho que su padre no le ayudaba a prepararse para la noche. Lo miró con sus grandes ojos azules, tan iguales a los de su madre y Remus tuvo ganas de sujetarlo en sus brazos como cuando era chiquitín. En lugar de eso, le sonrió y peinó su pelo con los dedos.

La cena continuó en silencio, la molestia de Andrómeda flotando en el aire como un perfume pegajoso. Vieron a Edward contenerse por poco de limpiar los restos de chocolate de su plato con el dedo después de apurarlo con la cucharilla.

— Da las buenas noches, Edward —sugirió su padre, poniéndose de pie después de limpiarse los labios con la servilleta.

Haciendo gala de modales, el pequeño se bajó de la silla, dejó con cuidado la servilleta sobre la mesa, y caminó hasta su abuela. Hizo una pequeña reverencia y besó con cuidado su mejilla.

— Buenas noches, abuela.

E hizo otra pequeña reverencia hacia los demás antes de salir del comedor, seguido por su orgulloso padre.


La lluvia se detuvo por fin dos días después, dando paso a un tímido sol. El cambio en el tiempo provocó también un cambio en el ánimo de Edward, tal y como su padre y su maestro esperaban. Pasó la mañana con su tutor, colaborador e implicado en sus estudios, dando respuestas correctas y mostrándose abierto a nuevas lecturas. Incluso su abuela, que espiaba sin disimulo la clase desde una esquina de la biblioteca, tuvo que admitir al final de la mañana que el niño estaba muy motivado. Y a nadie le cabía duda de que era por la vuelta de las clases de equitación.

Las ventanas que daban al patio trasero eran las del despacho de Remus. Desde allí, después de comer, espiaba los movimientos de su hijo, que esperaba impaciente paseándose por el patio en compañía del señor de la casa. Contagiado por el entusiasmo de Ted, e ignorante sobre el verdadero motivo del enojo de Andrómeda, Harry se había ofrecido a acompañarle y los dos charlaban animadamente cuando un caballo entró en el patio.

Ver a Sirius montado a caballo, con su chaqueta ceñida y su perfecta postura, le recordó a Remus por qué había tomado la decisión de pasar las tardes en la sala de música.

— Es él —dijo una voz a su espalda, haciendo que diera un respingo en el sillón, el corazón latiendo a tope como un niño al que pillan haciendo una travesura.

— No conocía esa historia hasta que monsieur Malfoy me la contó el día que llegó usted —trató de justificarse Remus.

— No puedo trabajar aquí, no cerca de mi nieto —exigió Andrómeda con tono imperioso.

Remus tomó su bastón y se puso en pie para acercarse más a la ventana. En el patio, Sirius se había bajado del caballo y estrechaba la mano de lord Potter con una respetuosa inclinación de cabeza. A continuación, se giró hacia Edward, que daba saltitos excitados junto a sus dos héroes, cambiando el peso de un pie a otro con una gran sonrisa.

En la cara del profesor de equitación se dibujó una sonrisa en respuesta que hizo que Remus sintiera un calor en el pecho. Después hizo otra cortés inclinación de cabeza y le tendió la mano como si fuera un caballero.

—¿Por qué? ¿Qué hizo para que su familia le borrara de esa manera?

— No voy a describirlo, fue demasiado… atroz. Destrozó a lady Black.

— No voy a despedirlo por algo que hizo siendo un niño y sobre lo que no puedo opinar.

Andrómeda soltó un bufido frustrado muy poco digno que le hizo recordar a su yerno que ella no estaba acostumbrada a ser contradecida.

— Controla a tus mozos de cuadra, no están seguros cerca de él… —espetó por fin, saliendo con indignada premura de la habitación.

A Remus le subió la bilis a la garganta, pero no se giró para verla salir. Siguió allí, clavado junto a la ventana, observando a Black interactuar con su hijo. ¿Eso era? ¿El escándalo era porque se propasaba con los mozos de cuadra, normalmente niños de 11 o 12 años bajo el mando de un capataz? Sintió pánico de pensar que había puesto a su hijo al alcance de un abusador de niños.

Los siguió ansiosamente con la vista mientras se alejaban hacia las cuadras, por suerte acompañados de Harry, que se había comprometido a ver las clases mientras estuviera en la finca. Respiró hondo. Estaba seguro de que Harry había verificado al profesor de equitación, en su día lo había hecho con monsieur Malfoy a pesar de que era el sobrino de Andrómeda y lo conocía desde que Remus y Dora se casaron. Pero… ¿hasta dónde había llegado esa investigación? Para la mayoría de la gente, lo que pudiera pasarles a los niños que trabajaban en las grandes casas era algo que carecía de importancia, solo era mano de obra que trabajaba por poco más que un jergón y un plato de comida.

La tarde se le fue a Remus sentado tras su escritorio, con los libros de cuentas delante, pero la pluma sobre la mesa. Ni siquiera era consciente de cuanto había bajado la luz a través de la ventana cuando llamaron a la puerta.

— Pase —respondió, con voz grave, irguiendo un poco los hombros.

La puerta se abrió y allí estaba, el objeto de sus pensamientos. Mechones oscuros escapaban de la coleta baja que habitualmente recogía su cabello y tenía las mejillas enrojecidas. A pesar de toda la tensión y angustia que había sufrido las últimas horas, Remus no pudo evitar un revoloteo en alguna parte entre el pecho y el vientre al verlo así, con el mismo aspecto salvaje de su juventud.

— ¿Podemos hablar un momento?

Remus no respondió, porque no estaba seguro de la firmeza de su voz si abría la boca, se limitó a señalar la silla ante su escritorio. El profesor de equitación se sentó y, como si estuviera en total confianza, se soltó el pelo y dedicó un momento a desenrollar las mangas de su camisa y abotonar los puños, privando a su anfitrión de la vista de sus antebrazos nervudos salpicados de cabello oscuro.

— He conocido a lord Potter. Un joven agradable, la verdad —Sirius se apoyó indolente en el respaldo de la silla, cruzando una pierna sobre la otra.

— Lo es.

— Parece que has criado un buen hombre. Y ahora lo estás haciendo con tu hijo también.

— Gracias. ¿Eso es todo? tengo trabajo —le interpeló, señalando los libros abandonados sobre el escritorio.

— ¿Toda esta sequedad conmigo es porque Andrómeda te ha hablado de mí?

La pregunta fue directa, con Sirius inclinándose adelante, los ojos fijos en él, ardiendo de ira. No recordaba a ese Sirius Black, el capaz de contener su enfado hasta que la explosión se llevaba por delante a quien estuviera alrededor. Impactado, Remus se echó hacia atrás contra el respaldo de su silla como si la ola de enojo le hubiera golpeado físicamente.

— No —atinó a decir por fin—. Pero es cierto que ella me ha hablado de ti, me ha exigido que te despida.

El rostro de Sirius se ensombreció. Apretó la mandíbula y miró hacia la ventana. Afuera, el sol se ponía detrás de las montañas cercanas, tiñéndolo todo de dorados y anaranjados.

— ¿Quieres que me vaya? —preguntó por fin, en un susurro ronco que resultaba incoherente con su ceño fruncido.

— Quiero saber la verdad sobre lo que pasó con tu familia, para saber si puedo confiarte a mi hijo.

— ¿Y me creerás?

A Remus le pareció que había muchas cosas en esas tres palabras, más allá de la historia familiar de los Black.

— Si no fuera a hacer el esfuerzo por entender lo que pasó, ¿para qué querría saberlo? te habría despedido nada más bajarte del caballo.

— O habrías mandado a tu jefe a hacerlo.

Remus apretó los labios, no iba a admitir que tenía razón, que si hubiera podido habría evitado volver a verlo. Pero su conciencia, su talante de persona que siempre apostaba por la bondad de las demás personas, le impedía cometer una injusticia.

—¿Qué pasó, Sirius? —preguntó por fin.

El otro hombre tomó aire y pareció reflexionar durante un momento, como si necesitara ordenar sus pensamientos. Cuando por fin habló, lo hizo en voz baja, aún mirando por la ventana.

— En la casa de mis padres había dos mozos de mi edad trabajando en las cuadras. Los conocía de siempre, eran hijos de trabajadores, parte del paisaje de mi infancia. Yo… era ya entonces bastante rebelde, no me gustaban las largas horas con nuestro tutor, las lecciones de etiqueta, todo eso de ser el heredero del título no iba conmigo. Yo solo quería montar a caballo por la finca.

— Huir de las responsabilidades —susurró Remus, encajando piezas recordando hechos de su vida en común en el ejército.

— Pues sí. Mis padres ya tenían un hijo perfecto, mi hermano. Yo… simplemente no quería nada de eso, quería que me dejaran en paz. ¿Tu padre te pegaba de niño cuando desobedecías?

El administrador negó con la cabeza, su mirada empática y su tono de voz más suave al contestar.

— Mi padre era sacerdote, un hombre de iglesia. No creo que me pusiera jamás una mano encima, pero también es verdad que yo nunca le di motivos.

— Yo al mío sí, muchos, a tenor de la cantidad de correazos que llegué a recibir.

— ¿Qué tiene eso que ver con los mozos de cuadra?

Sirius le miró por fin. Parpadeó dos veces, se pasó la lengua levemente por los labios resecos, y siguió hablando, la voz cada vez más ronca.

— Tom y Peter. Eran hermanos, Peter era de mi edad, Tom algo mayor. Yo enseguida tuve debilidad por Peter, lo protegía de los otros criados. Y de su hermano. A los quince años… no te voy a dar los detalles, solo te diré que Tom estaba celoso y me acusó a mi padre de estar abusando de su hermano.

— ¿Y tu padre le creyó sin más? —cuestionó Remus, espantado.

— Lord Black solo necesitaba una excusa. Y Tom se la dio, mi padre nos sorprendió juntos. El resto ya lo sabes, me enrolé a los dieciséis y estuve en el ejército hasta aquel día en que me salvaste la vida.

Un suspiro salió espontáneo del pecho de Remus.

— ¿Abusaste de Peter o de cualquier otro chico? —necesitó preguntar para acabar de zanjar el tema.

— No, Remus —negó violentamente con la cabeza, el pelo oscuro flotando alrededor y las manos aferradas con fuerza al borde del escritorio—. El único hombre en mi vida ha sido Peter. Aquel día, cuando llegué al hospital buscándote… me lo encontré allí. Resultó que unos meses después también lo habían echado de mi casa y había llegado a Francia siguiendo mi rastro. Murió entre mis brazos a los pocos días y para entonces a ti ya te habían metido en un barco de vuelta a Inglaterra. Lo siento mucho, Remus, de verdad, fui un mísero desagradecido. Pero no podía dejarlo morir solo, no después de haberle arruinado la vida.

A pesar de los años pasados, a Sirius se le arrasaron los ojos y Remus sintió piedad por él. Sabía lo que era perder a un ser amado, lo había vivido con sus padres, con los Potter y finalmente con su esposa.

— Gracias por tu franqueza, Sirius.

— Entenderé que quieras que me vaya —le respondió Black, alzando la barbilla y soltando el escritorio, en un vano intento de recomponerse.

— Eso no va a ser necesario.

— No quiero buscarte un problema con Andrómeda.

Remus volvió a soltar aire y se puso de pie. Rodeó despacio la mesa, apoyándose en el pesado mueble en lugar de su bastón, hasta colocarse junto a la silla de Sirius. Desde la diferencia de altura, lo miró fijamente y, finalmente le tendió la mano.

— Eres bienvenido en mi casa, Sirius Black. Y confío plenamente en tu trabajo con mi hijo.

Sirius le devolvió el apretón fuerte, mirándole con intensidad.

— Edward es afortunado de tenerte como padre, Remus Lupin —respondió con firmeza, poniéndose de pie.

Pero a Remus el apretón de manos, que se alargaba ya mucho más de lo socialmente aceptable, hizo que le subiera un calor por el brazo hasta alojarse en el pecho, un calor lleno de ansiedad y deseos reprimidos muy similar al que sentía cada vez que lo miraba cuando eran jóvenes. Y después de lo que había escuchado, era más difícil negarse a sí mismo todo lo que ese hombre le despertaba.


Era una primavera especialmente lluviosa, así que a nadie en la casa le sorprendió la tormenta que se desató una tarde. Pero a Remus le perturbaron las consecuencias.

— Insisto, señor Black. Con este tiempo lo más inteligente es que haga noche aquí, con esta tormenta los caminos no van a estar transitables y apenas queda una hora de luz.

Remus abrió mucho los ojos y soltó la pluma al escuchar la voz de su ahijado a unos metros de su despacho. Suplicó interiormente que Sirius siguiera siendo tan destalentado como en su juventud y prefiriera cabalgar bajo la lluvia. Pero no, claro, a esas alturas tenía que haber ganado en cordura.

— Se lo agradezco mucho, Lord Potter. Y Buckbeak también, odia las tormentas.

— Iré a buscar a Jones para que le instale. Si quiere esperar en la biblioteca.

— Si le parece, me acercaré a comentar con el señor Lupin los avances de Edward.

El señor Lupin dio un saltito en su silla y cogió la pluma de nuevo para ponerse a escribir frenéticamente.

— ¿Remus?

Lo que le hizo levantar la cabeza no fue su nombre en los labios de Black, sino el tono. Escuchar incertidumbre en alguien tan seguro de sí mismo era a la par extraño y desesperanzador.

— Pasa, Sirius.

Black dio dos pasos y cerró con cuidado la puerta a su espalda, pero no se sentó. Remus tuvo que hacer un gran esfuerzo para no quedarse mirando esas piernas enfundadas en botas altas y brillantes o esos pantalones que ceñían los muslos fuertes. Se obligó a sí mismo a subir la mirada hasta la cara de su ahora invitado y descubrió los ojos grises que le miraban con la misma incertidumbre que había reflejado su voz.

— Lord Potter me ha invitado a quedarme. Por la tormenta.

— Lo he escuchado.

— ¿Te molesta?

— ¿Por qué habría de molestarme? Es una oferta lógica, hace una tarde espantosa.

Sirius lo miró con intensidad, los puños fuertemente apretados a los lados del cuerpo.

— No puedo sentarme a la mesa con mi prima. No quiero que se cree una situación desagradable delante de Edward.

Remus dejó la pluma con cuidado en la escribanía de latón. Alargó el gesto más de lo necesario para dar margen a reflexionar sus palabras y, de paso, huir de la mirada intensa.

— Harry… Lord Potter, tampoco sabe nada. Andrómeda no quiere que se entere porque tiene negocios con el actual lord Black.

La mirada de Sirius volvió a cambiar por un momento al escuchar hablar de su hermano menor, pero lo cubrió rápidamente con otro sentimiento, un deje de desprecio hacia su familia por vivir tan pendientes de las apariencias.

— Puedo hablar con Harry, darle una explicación superficial. Pero eso no elimina el riesgo de que te cruces con mi suegra por un pasillo.

— No saldré de mi habitación. Gracias por ayudarme con esto, Remus.

— Yo tampoco quiero a mi hijo en medio de una situación incómoda.

Se hizo una pausa en la que ambos se sostuvieron la mirada y Remus vio como cambiaba el gesto de incertidumbre por uno más propio del joven soldado Black.

— Creía que me ayudabas porque me aprecias, sargento.

La maldita voz de Black, igual que sus ojos, expresaban muchas cosas, algo que sin duda se había potenciado al hacerse adulto lejos de las rigideces del protocolo británico. En ese momento sonaba… íntimo. Remus abrió la boca para contestar, no tenía claro el qué, pero la voz de Jones llamando desde la puerta a su invitado le salvó, porque su pobre cerebro estaba desconectado y de su boca podría haber salido cualquier barbaridad.

Aún estaba mirando la puerta por la que había salido Sirius cuando la fuerte figura de su ahijado se perfiló en ella.

— Estás distraído padrino —comentó, dejándose caer en la silla frente al escritorio con el mismo abandono que cuando era un adolescente.

El aludido se giró a mirarlo. El joven lord había relajado su vestimenta en esos días en la casa y andaba en camisa y chaleco, sin chaqueta, incluso se había dejado crecer la barba.

— Tu invitación a Black es acertada pero inoportuna.

El joven se tensó un poco en el asiento, echando el cuerpo hacia delante, las cejas un poco bajas en un gesto que a Remus le recordó al de su difunto padre.

— ¿Qué te pasa con él? No soy estúpido, Remus, pareces muy incomodo a su alrededor.

— No se trata de mi, sino de Andrómeda. ¿Cuántos Black conoces?

Harry se frotó la barbilla, pensativo.

— No conozco a lord Black en persona —prosiguió Remus— , pero quizá si lo piensas ves el parecido.

— Espera, —Se inclinó Harry hacia delante, todo encajando por fin en su cabeza— ¿el profesor de equitación es familia de Lord Black?

— Su hermano mayor. Lo desheredaron. Él mismo ha decidido no bajar a cenar para no crear un conflicto con Andrómeda, ella ha intentado que lo despida.

— ¿Por qué no has hablado conmigo de esto antes?

Los largos dedos de Remus frotaron su frente, llamando la atención de Harry sobre las cicatrices en su mano.

— Sirius y yo ya nos conocíamos, pero yo tampoco sabía que era familia de Andrómeda ni qué motivos le alejaron de su herencia, Harry.

— Insisto en mi pregunta, Remus.

Su padrino entrelazó los dedos en su regazo y le miró de frente por fin.

— Me interpuse entre él y una explosión, en la guerra, en Francia. Y ahora pongo la mano en el fuego por él también. No puedo darte más detalles.

Aún con el ceño fruncido, Harry le sostuvo la mirada y Remus pudo sentir que le leía por dentro. Se estremeció, había ahí una acumulación de secretos que no quería remover.

— Confío plenamente en tu criterio. —Se levantó y se dirigió a la puerta— Pero Remus, ¿sabes en qué más creo? En tu valentía.

Antes de salir le dirigió una mirada en la que Remus leyó cosas que le hicieron pensar que su ahijado le conocía mucho mejor de lo que pensaba.


Después de una silenciosa cena, con Harry pensativo y Edward molesto porque su clase se había visto interrumpida por la tormenta, Remus recordó el comentario de Harry mientras caminaba hacia la habitación en la que habían alojado a Sirius tras acostar a Edward, algo que habían recuperado como costumbre, para regocijo del niño, que disfrutaba de ese rato de intercambio de confidencias con su padre.

— ¿Puedo pasar? —preguntó cerca de la madera después de llamar con los nudillos.

La puerta se abrió y allí estaba Black, con una servilleta en la mano, el cuello de la camisa abierto y una ceja alzada. A su espalda, sobre una mesita, había una bandeja con platos.

— Disculpa, estás cenando aún.

Fue a darse la vuelta para marcharse, pero una mano tiró de su chaqueta con firmeza.

— Pasa.

— No quiero molestar —trató de excusarse Remus mientras Sirius cerraba la puerta a su espalda.

— Hemos compartido plato comiendo en el suelo, Remus, ¿por qué me molestaría que te sentaras conmigo mientras ceno? —le respondió volviendo a sentarse delante de su plato de cordero, señalando con la mano la silla frente a él.

Remus parpadeó varias veces, pero finalmente movió su bastón para rodear la mesa y sentarse. Permanecieron en silencio unos minutos, hasta que fue Sirius el que se interesó por la reacción de su prima a su presencia.

— No ha dicho nada. Tampoco sé si ha llegado a su conocimiento.

— ¿Edward sigue disgustado por haber cortado la clase? —interrogó Sirius, después de un silencio, viendo que Remus no estaba especialmente hablador.

— Sí. Al acompañarlo a acostarse me ha insistido en que mañana piensa subirse al caballo aunque haya barro.

Sirius sonrió. Se limpió los labios con cuidado y empujó la bandeja un poco más lejos antes de coger la copa de vino.

— ¿Se parece a su madre? No te recuerdo tan activo cuando éramos jóvenes —cuestionó con tono suave.

— Eso dice su abuela. Dora era una fuerza de la naturaleza, nunca pude alcanzarla en energía.

En respuesta, Sirius se mordió el labio y desvió un poco la mirada hacia la chimenea encendida.

— Aquel día, cuando saltaste a protegerme de la explosión… ¿por qué lo hiciste?

— Eras uno de mis hombres —respondió automáticamente Remus, la misma respuesta que había dado a esa pregunta cada vez que se la habían hecho.

— Yo… era un destalentado, no estaba seguro de querer vivir así, sin familia, sin hogar. Me salvaste la vida en más de un sentido, Remus.

Remus guardó silencio y lo miró, con una intensidad impropia del hombre contenido con el que se había reencontrado. Incluso el joven soldado con el que había convivido por años era un muchacho serio, siempre atento a las reglas. Por eso el ascenso, era el que más lo merecía y el más joven de su regimiento al recibirlo.

Lo había admirado entonces, en silencio disimulado debajo de su rebeldía y bravuconería había respetado al amigo callado que respondía con una sonrisa tímida a sus palabras exaltadas.

— ¿Por qué entraste tú en el ejército?, nunca te lo pregunté.

— Mis padres no podían darme estudios y no quería ser clérigo. Además… yo quería salir de aquí.

— ¿De aquí? ¿Creciste aquí?

Asintió, con las manos sujetando el pomo del bastón con fuerza.

— La parroquia de mi padre estaba en Godric's Hollow, el abuelo de Harry era el señor de todas estas tierras. Yo pase mucho tiempo en esta casa con James mientras crecíamos, Lord Potter insistió en que me educara con los tutores de su hijo.

— Eran buena gente —observó Sirius, comparando con su propia experiencia creciendo en una casa como esa.

— Sí —afirmó Remus, rotundo—. Me ofreció pagarme los estudios religiosos para hacerme cargo de la parroquia. Pero la religión no me interesa.

— ¿Y la administración de fincas sí? —preguntó Sirius un poco burlón, inclinándose hacia delante.

— No tuve muchas opciones.

— ¿Qué habrías hecho si hubieras podido elegir?

La pregunta dejó a Remus en blanco. Nunca se había parado a pensarlo, ni siquiera cuando asumió el ejército como único futuro.

— Habría estudiado geografía y viajado para escribir libros de viajes o dibujar mapas —respondió por fin al cabo de un rato.

— Sabía que en el fondo tenías un espíritu aventurero —comentó Sirius, dejando la copa vacía sobre la mesa.

— Supongo que en otra vida…

Sus palabras se vieron interrumpidas por el gesto más inesperado del mundo: Sirius se puso de pie, rodeó la mesa, le puso los dedos bajo la barbilla y se la alzó para besarle. Congelado, parpadeó repetidamente, rígido como un palo, pero Sirius no se rindió, acarició sus labios con la cantidad justa de presión como para hacerle, por fin, suspirar y abrir la boca, permitiendo a sus lenguas acariciarse.

Remus estiró una mano lo suficiente como para aferrarse a uno de los fuertes bíceps que se marcaban bajo la fina camisa, porque sentía que iba a implosionar en algún momento y necesitaba algo que lo anclara a la tierra. Nunca, nada, en toda su vida, se había sentido como ese beso que no quería que terminara.

Sin separar sus labios, Sirius tiró de él para ponerle de pie. Todavía aferrado a su brazo, colocó la otra manó tímidamente en su cadera para estabilizarse. A cambio, Sirius soltó su mandíbula y usó ambas manos para desabrocharle con dedos un poco frenéticos el chaleco y a continuación sacarle la camisa de la cintura del pantalón. Volvió a suspirar dentro del beso cuando las manos cálidas y un poco ásperas se introdujeron por debajo de la tela para acariciar la piel de su cintura, ciñéndolo por fin contra el cuerpo duro del profesor de equitación.

Cada roce de sus labios, de su lengua, de sus dedos, su olor, el agarre posesivo de las manos abiertas en su baja espalda… todo comenzó a alimentar un calor intenso en su vientre que quería extenderse también a su entrepierna, hasta que un exigente toque de nudillos en la puerta los hizo separarse de un salto.

Se miraron el uno al otro, jadeantes, con los pómulos enrojecidos por la excitación y la evidencia del deseo marcándose en sus pantalones. Los nudillos exigentes volvieron a golpear y esa vez fueron acompañados de la voz aún más imperiosa de Andrómeda.

— Abre la puerta, Sirius, sé que estás ahí.

La cara de Remus pasó de estar llena de deseo al más absoluto terror en un segundo. Sirius lo contempló con derrota mientras se acomodaba la ropa y buscaba con la mirada la bata que una de las doncellas le había hecho llegar junto a un camisón pulcro y recién planchado que sin duda era de Remus.

— Un momento —habló por fin, con voz ronca.

— Baja a la biblioteca. Ahora, Sirius.

Ambos contuvieron la respiración, intentando captar sus pasos alejándose por el suelo alfombrado del pasillo. Pasados unos segundos, Sirius volvió a mirar a Remus, que se sujetaba al tablero de la mesa, aún con el rostro descompuesto.

— Remus… —le susurró, acercándose para rozar con los dedos su pómulo.

— Ve, no la hagas esperar —le respondió Remus en el mismo tono, moviéndose un poco para rehuir su tacto.

— ¿Me esperarás aquí? Por favor —suplicó.

Pero Remus se limitó a negar con la cabeza y seguir mirando obstinadamente la superficie brillante de la mesa mientras él salía de la habitación.


Decir que había pasado mala noche era un eufemismo. Había visto salir el sol sentado junto a una de las ventanas de su dormitorio, envuelto en una manta, aún con la ropa de la noche anterior. Su mente era un maremoto de emociones, una pelea entre lo que era correcto y lo que quería. Varias veces había recuperado su bastón, apoyado contra la pared, para volver a la habitación de Sirius y retomar lo que su suegra, con su insoportable exigencia e inoportunidad había interrumpido. Pero todas las veces lo había vuelto a dejar en su sitio, asustado por las repercusiones de sus deseos.

Amar a un hombre ya le había costado todo a Sirius una vez. Y él, siendo sincero por fin con sus emociones, casi había perdido la vida en la explosión exactamente por el mismo motivo, tratar de salvar a alguien que amaba sin querer reconocerlo. ¿Merecía la pena todo aquello? ¿La angustia, el deseo insatisfecho, el ansia de tocarle, de que volviera a abrazarle?

Con un suspiro frustrado, apoyó la frente en el frío cristal y cerró los ojos. Tenía obligaciones, responsabilidades que no podía poner en peligro por un deseo impuro.

Los sonidos del servicio moviéndose por la casa lo sacaron un poco de su reflexión y le hicieron enderezarse. Debía cambiarse de ropa, debía asearse y ponerse en marcha. Pero entonces lo vio, bajando las escaleras delanteras para dirigirse a la parte trasera de la casa, y las buenas razones se esfumaron.

Ni tan siquiera se miró al espejo antes de salir de la habitación, sólo atinó a tomar el bastón y tratar de bajar las escaleras alfombradas todo lo rápido que sus huesos, doloridos por la noche en incómoda postura, le permitieron.

Lo encontró en la cuadra, cepillando a su caballo con lentas pasadas. Seguramente el sonido apresurado del bastón fue lo que hizo que Sirius mirara hacia la puerta de la cuadra. Tampoco parecía haber dormido mucho, sus ojos parecían algo enrojecidos y sus mejillas comenzaban a necesitar un afeitado.

— ¿Te marchas?

Sirius entendió que no se refería a volver a sus aposentos alquilados en el pueblo cercano. Dejó el cepillo en el suelo, rodeó a Buckbeak y dio varios pasos hasta pararse a medio metro.

— El único que puede hacer que me vaya eres tú, Remus. ¿Quieres que me marche?

Remus negó con la cabeza y Sirius se acercó un poco más, hasta repetir el gesto que no había conseguido completar unas horas antes. Acarició con la punta de los dedos la ojeras bajo los ojos color miel y suspiró.

— Cuando entré en la biblioteca solo podía pensar en que debería haberle dicho que no era quien para darme órdenes, debería haberme encerrado en ese dormitorio hasta que tuvieramos que salir por hambre y sed o al menos hasta que hubiera dejado de sentir los labios de tanto besarte.

— Sirius… —susurró Remus en un quejido doliente.

— Te mentí, Remus, te dije que en mi vida solo había habido un hombre y no era cierto. Tú —Sus dedos ásperos se deslizaron mejilla abajo, acariciando a su paso mandíbula y cuello— no puedo contar cuantas noches no dormí viéndote dormir, respirando a tu mismo ritmo. Anoche cuando las palabras de Andrómeda estaban llenas de recordatorios de pecado y abominación, yo solo podía pensar en que estaba perdiendo mi oportunidad de volver a verte dormir, ¿dónde está el pecado en eso?

Conmocionado, Remus levantó una mano y sujetó la de Sirius contra su cuello. Con la otra se aferró fuerte a su bastón para mantenerse de pie.

— Anoche te dije —prosiguió Sirius, con la voz un poco velada por la emoción— que me salvaste la vida en más de un sentido. Dormía gracias a que respiraba contigo, comía porque compartía tu plato, reía porque sabía que estabas allí escuchando mis tonterías. Yo era un niño caprichoso y tú me guiaste sin darte cuenta hacia el hombre que soy. Así que no, Remus, no atravesaré el límite de Godric 's Hollow a no ser que me lo pidas.

A Remus se le escapó un sollozo a la par que se abalanzaba sobre él, soltando el bastón y sujetando la cara de Sirius con las dos manos para besarlo con ansia irrefrenable. Al diablo la dignidad, al diablo las responsabilidades, lo único que tenía sentido en ese momento era el tacto de la piel del otro.


— La señora Tonks se marcha.

Remus detuvo sus pasos y se giró. Por el sendero que venía de la casa, Harry caminaba apresurado hacia él, con el rostro atribulado.

— No me ha dicho nada —respondió, continuando su camino.

— Está muy molesta. Remus… —Le sujetó por el brazo para que se detuviera— quiere tu cabeza y llevarse a Edward a Londres.

— ¿Disculpa?

— Black le plantó cara cuando ella le exigió que se fuera, le dijo que solo se iría si tú querías que se fuera. Y ella está convencida de que vosotros dos…

Los ojos de su padrino se abrieron más reflejando agitación y miedo.

— Espera, ¿todo esto del profesor de equitación es cierto? —interrogó lord Potter.

— Yo… entenderé que quieras que me marche, Harry —contestó, derrotado, mirando al suelo.

— ¿Por qué diablos crees que yo te pediría algo así? —se enfadó el joven— Ted y tú sois mi familia, Remus.

— Pero yo… Sirius… Dios, estoy tan avergonzado…

Harry dio un paso adelante e hizo algo que no había hecho desde que era un niño: abrazó a su padrino, que parecía absolutamente perdido y desolado.

— Remus, padrino —habló sin soltarle, en el mismo tono amoroso que había usado Remus para consolarle a él en su infancia—, ¿crees que yo voy a juzgarte por tener algo con ese hombre atractivo que obviamente está loco por ti? ¿Que me va a molestar que tengas todo el tiempo esa sonrisa feliz? O que la tenga tu hijo, que no para de hablar de él.

— No es… nosotros no… no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, Harry —reconoció Remus, moviendo la cabeza con desaliento.

— Podemos invitarlo a quedarse aquí —resolvió Harry, separándose y agachándose para devolverle el bastón que había soltado en medio del movimiento emocional—. Y a monsieur Malfoy. Es una tontería que paguen alojamiento en el pueblo y vayan y vengan a diario.

— Van a hablar, ¿no te molesta?

El joven lord se encogió de hombros con estudiada indiferencia.

— Mientras vuestra intimidad se limite a las paredes de tu habitación… ya sé que las cuadras son una tentación, pero no quiero a ningún mozo dado descripciones inapropiadas de tu fisonomía, la verdad.

Remus se tapó la cara, tan sonrojado que parecía que fuera a arder por combustión espontánea.

— ¿También sabes eso?

Harry se echó a reír.

— Por suerte, fui yo el que te vio salir acomodándote la ropa. Y no me gustaría tener que despedir a nadie que te faltara al respeto

— Eso no va a ser necesario. Espera —lo miró de repente, con cara de sospecha— ¿todo esto ha sido para hacerme confesar? lo del establo fue hace dos semanas, ¿desde cuando lo sabes?

— Desde que llegué. Tengo ojos y oídos en todas partes, padrino. Y sé hacerme el tonto muy bien, pero que tu suegra está molesta es cierto. Tienes mi absoluto apoyo, Remus —insistió, poniéndose de nuevo serio—, no voy a permitir que ella se lleve a Edward. Y también es cierto que voy a invitarlo a quedarse aquí, domar a Blackie puede llevar meses.

Y con una sonrisa y un guiño, lord Potter se alejó de nuevo hacia la casa, con las manos enlazadas en la espalda, dejando plantado a su estupefacto padrino en medio del sendero que llevaba a los establos.


La casa estaba silenciosa mientras Remus se dirigía a su dormitorio. La cena se había alargado más de lo habitual, porque los nuevos habitantes de la mansión habían estado especialmente locuaces, y Edward había participado de la conversación como un adulto más, para orgullo de todos.

Así, la hora de acostarse se había retrasado y cuando había acompañado a su hijo a su habitación para prepararse para la noche, el niño seguía excitado por la novedad, olvidados los nubarrones emocionales de los últimos días en los que esperaba que cada vez que su abuela se dirigía a él fuera para decirle que se lo llevaba a Londres.

Por fin, caminando por el pasillo de su dormitorio, Remus sintió dentro el cosquilleo de saber que Sirius dormía en la misma casa esa noche. Se dijo a sí mismo que no era necesario ser ansioso, que habría muchas noches bajo el mismo techo, pero cuando abrió la puerta de su habitación y encontró un hombre en camisón mirando por la ventana, el cosquilleo se convirtió en un corazón golpeando a toda velocidad.

— Creo que te has equivocado de dormitorio —consiguió bromear al cerrar la puerta tras él.

— ¿Duermes tú aquí? —preguntó Sirius, acercándose hacia él.

— Desde hace más de veinte años, sí —respondió mientras los dedos firmes comenzaban a desabrocharle la chaqueta y el chaleco.

— Entonces estoy donde quiero estar —le contestó, mirándole a los ojos con una sonrisa que quería ser depredadora pero acabó convirtiéndose en cariñosa.

— Me alegra eso.

E inclinó levemente la cabeza para besarle. Sirius sabía a chocolate y a brandy. Acarició sus labios despacio, sin prisa, sintiendo que se relajaba contra su cuerpo mientras le pasaba los dedos por la melena oscura.

— Remus… acaba de quitarte la ropa, por favor.

— ¿Estás seguro?

Sirius se apartó, aún aferrado a la tela de su chaleco, y le miró sin entender.

— Puede que mis cicatrices te sean desagradables.

La fuerte mandíbula de Sirius se apretó. Con gestos precisos y decididos, procedió a quitarle la chaqueta y el chaleco, luego a a sacarle la camisa de los pantalones, deteniéndose cuando Remus se tambaleó por la falta del bastón, que hacía rato que había caído a la alfombra.

— Ven —le tomó la mano a tiró de él despacio hacia el amplio lecho.

— Déjame que apague algunas luces —protestó Remus cuando Sirius hizo mención de quitarle la camisa, desviando la mirada.

Sirius le cogió la cara para obligarle a mirarle a la par que pasaba una mano por su pecho, acariciando la piel arrugada.

— Soy el responsable de estas cicatrices —le dijo, muy despacio, como queriendo que la información se grabara en su cerebro para siempre— te aseguro que no me hacen sentir desagrado, sino agradecimiento y admiración, Remus. Y en este momento concreto además lo que siento es el deseo de explorarlas y besar cada una de ellas para adorarte como mereces. ¿He sido claro?

Asintió, hipnotizado por su fiereza, y permitió que Sirius le tumbara y siguiera eliminando prendas, dejando un rastro de besos en cada fragmento de piel que quedaba a la vista.

Con los ojos cerrados, Remus se permitió disfrutar de las suave caricias, hasta que una de ellas se acercó bastante a una parte de su cuerpo que jamás había sido besada por nadie y pegó un respingo, abriendo los ojos y llevando las manos a esa parte más que interesada, en un vano intento de cubrirse, totalmente sonrojado.

— Oye —Sirius trepó por la cama hasta tumbarse junto a él— ¿por qué me cortas el paso?

— Yo nunca…

Con una sonrisa tierna, Sirius le peinó con los dedos, acariciando de paso a lo largo de su mandíbula.

— Voy a aventurarme a decir que tu esposa y tú siempre apagabais las luces. Y que ibais directos al grano sin pasar por otras cosas muy divertidas.

— Sirius, por dios —murmuró Remus, tratando de evitar las manos que querían apartar las suyas.

— Mon étoile… lo que hacemos los mortales en la cama no es asunto de dios. Me detendré si algo te resulta desagradable o molesto, pero te aseguro que mi intención es la contraria.

— ¿La contraria? —preguntó tratando con dificultad.

Sirius sonrió de lado y acercó los labios a su oído y susurró, poniéndole el vello de punta.

— Darte tanto placer que seas tú el que me pida que no me detenga.

Remus parpadeó varias veces y finalmente lo cogió del camisón para echárselo encima y besarlo, dejando el camino libre a las inquietas y seguras manos de Sirius.

Se dejó llevar por esas manos ásperas, por los besos y los murmullos en francés. Por la boca cálida en la que sentía que podía perderse eternamente en latidos blancos y espesos, por la lengua capaz de llegar a huecos estrechos y hacerlos estremecerse de anhelo. Por los dedos hábiles que abrían y rozaban ese punto que amenazaba con hacerle perder la cordura.

— Sirius… —murmuró roncamente— Sirius, por favor… —suplicó sin saber qué estaba realmente suplicando, pero necesitado de algo.

— Te tengo, mon ami, te tengo.

Sin dejar de acariciarle con una mano sospechosamente resbaladiza, cogió una de las almohadas para colocarla debajo de sus caderas con cuidado y luego se alzó sobre él para besarle.

— Mírame Remus —le pidió con voz ronca también— No dejes de mirarme, ¿de acuerdo?

Atinó a asentir con la cabeza, envuelto en una niebla de placer tan espesa que apenas podía pensar, estremecido por la imagen ante él de un Sirius completamente desnudo que en ese momento se acariciaba apretadamente, la cabeza morada destacando en su puño. Aún así, no entendió plenamente las palabras de Sirius hasta que sintió esa misma cabeza dura y ardiente intentando abrirse paso en sus entrañas y un intenso dolor punzó por su columna, haciéndole jadear de miedo y bajar de la nube de placer.

— Sigue mirándome. Ya sé que la sensación es incómoda al principio, pero va a pasar, te lo prometo. ¿Confías en mí?

Consiguió asentir de nuevo.

— Muy bien, respira hondo. Y tócate, eso ayudará, ya veras.

Sin separar la mirada de la de Sirius, obedeció, acoplando el ritmo de sus caricias al de los movimientos de las caderas de su compañero. El atractivo rostro estaba enrojecido y sudoroso, pero lleno también de una luz hipnotizante, a la que se sumó una sonrisa triunfante cuando por fin estuvo completamente dentro de él.

— Ahora empieza lo bueno —le dijo, inclinándose para besarle de nuevo.

Y cumplió, porque un ligero cambio en el ángulo, más la profundidad que había conseguido, hizo que la piel de Remus se erizara y que el placer volviera a enroscarse en su vientre, haciéndole cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás, arqueando la espalda dolorosamente.

— Eso es, Rem, muéstrame cuánto te gusta. Gime para mí, mon coeur.

Obedeció, con un gemido largo y bajo, que aumentó de intensidad conforme Sirius golpeaba ese punto doloroso y a la vez magnífico en su interior. Dejó de tocarse para aferrarse a las sábanas, necesitado de apretar los puños, de agarrarse a algo tangible en medio de la cuesta arriba de placer que estaba haciendo que viera luces detrás de sus ojos.

— Eres… —jadeó Sirius— eres increíblemente hermoso. Voy a… vamos, Rem, vamos juntos, dámelo, dame tu éxtasis.

Tres golpes certeros más y un largo gemido de Remus hizo a Sirius liberarse por fin en su interior, mientras la copiosa humedad mojaba las cicatrices de su vientre. Jadeando, soltó con cuidado las piernas que había sostenido todo el tiempo con sus brazos y se tumbó delicadamente sobre él, indiferente a la suciedad, para besarle y esconder la cara en la curva de su cuello.

— ¿Estás bien? —preguntó por fin al cabo de un minuto.

Remus parpadeó y lo encontró allí, mirándole muy cerca, con un rictus de incertidumbre que inmediatamente quiso borrar. Levantó una mano que parecía pesar una tonelada y acarició la arruga de su ceño fruncido.

— Creo que bien es una palabra pequeña. ¿Cómo se dice "ha sido increíble" en francés?

— C'était incroyable —murmuró moviendo las barbilla para acariciar con ella su pronunciada clavícula.

— C'était incroyable —intentó imitar su acento y pronunciación— tú—le besó rápido y corto— eres increíble.

Una sonrisa amplia y atractiva llenó la cara de Sirius justo antes de besarle de vuelta y moverse hacia un lado para caer junto a él en la cama.

— Es una suerte que no montes a caballo, porque mañana te acordarías mucho y muy mal de mí —bromeó mientras se levantaba para dirigirse a la palangana en un lado de la habitación y humedecer una toalla.

En silencio, limpió con cuidado toda la suciedad sobre y dentro de él, haciendo a Remus ruborizarse de nuevo, y le ayudó a ponerse el camisón. Sentado en la cama contra las almohadas, lo siguió con la mirada mientras recogía la ropa esparcida por la habitación y se limpiaba a sí mismo antes de ponerse su propio camisón.

Dejó la toalla junto a la palangana y se subió a la cama para arrodillarse junto a él.

— ¿Puedo quedarme?

Las cejas castañas de Remus casi se alzaron hasta su frente por la inesperada pregunta, hecha además con un tono de incertidumbre impropio de Sirius.

— ¿Quieres quedarte? —le cuestionó de vuelta.

— Me gustaría mucho.

— ¿Voy a negarte yo ese placer después del que tú me has dado?

Sirius soltó una risa por lo bajo y se subió a horcajadas sobre sus piernas para besarle de nuevo.

— Me iré temprano a mi habitación —le prometió a la par que se metía en su cama y le ayudaba a acomodarse.

Remus quiso decirle que no era necesario, pero en el fondo agradecía su discreción. Y cerrando los ojos se dejó llevar por el bienvenido sueño envuelto en sus fuertes brazos.


Varios meses después.

Sirius subía las escaleras rápido, a paso ligero. Entró en su habitación, esa que apenas usaba, decidido, y sin pararse a respirar, sacó de debajo de la cama el pequeño baúl en el que sus posesiones habían llegado a Potter´s Manor. Abrió el armario y comenzó a arrojar ropa dentro sin orden ni concierto.

— ¿Qué haces?

Por una vez, metido en su frenesí, no había escuchado el sonido del bastón al chocar con el suelo de madera, así que la voz tranquila de Remus junto a la puerta le sobresaltó, haciendo que soltara lo que llevaba en la mano y se girara a mirarlo.

— ¿Qué haces, Sirius? —insistió Remus, contemplando el baúl sobre la cama y el revoltijo de ropas.

— Edward me ha dicho que Andrómeda viene de visita. Está preocupado de que me encuentre aquí y eso te suponga un problema. Y yo también.

Remus tomó aire y lo soltó despacio por la nariz. Con la misma tranquilidad, se giró, cerró la puerta, y se acercó hasta Sirius.

— ¿Así va a ser siempre? ¿Tú huyendo a esconderte cuando ella venga? —preguntó con suavidad.

El pensamiento de Sirius se quedó atascado en el adverbio.

— ¿Siempre? —repitió en un murmullo.

— Entiendo que nunca hemos hablado de esto, que tú tenías una vida en Francia que abandonaste para venir aquí a ser el instructor de un niño. Pero me dijiste que no te marcharías, Sirius.

— Maldición —Sirius apretó los párpados y se frotó la cara con fuerza—. Temo que esto nuestro no sea…

— ¿Fuerte? ¿suficiente para resistir lo que nos caiga encima? yo también lo temo, temo que no te compense estar aquí.

Sirius volvió a frotarse la cara y luego abrió los ojos para mirar al hombre frente a él, un rictus decidido en su cara mostraba al Sirius Black terco y lleno de arrojo que protegía al frágil muchacho abandonado..

— Te amo, Remus. Me has dado un hogar y una familia, ¿te compensa a ti que haya venido yo a trastornar tu paz?

En respuesta, Remus dejó el bastón sobre la cama y dio un último paso hacia él para sujetarle con cuidado la mandíbula y besarle despacio.

— Me haces sentir vivo, Sirius —susurró sobre sus labios, uniendo sus frentes—. Al diablo mi paz si cada noche puedo dormir abrazado a ti, compartir mi mesa contigo y escucharte reír desde la ventana de mi despacho.

— En ese caso creo que deberíamos ir a tranquilizar a Ted —contestó Sirius, desmintiendo sus palabras al pasarle los brazos por la cintura.

— Podríamos.

— También podríamos quedarnos aquí un rato más.

— Es una idea brillante —Remus inclinó la cabeza hacia un lado para darle espacio cuando comenzó a besar su cuello.

— Ohhh, lumière de ma vie —murmuró Sirius contra su piel, abrazándolo más fuerte contra él.

A Remus se le puso la piel de gallina. Escuchar a Sirius hablando francés era una cosa excitante y al mismo tiempo tierna a la que se había hecho adicto en los últimos meses. También a ese frenesí que parecía poseerle cuando necesitaba desnudarle para sentir piel y peleaba con botones y capas de ropa, como en ese momento, los sonidos en francés en su oído sustituidos por breves gruñidos.

— ¿Sirius?

La voz de Edward en el pasillo los hizo separarse de golpe.

— ¿Sirius? ¿Sabes dónde está mi padre? no lo encuentro.

La pareja se miró y una sonrisa comenzó a aparecer en sus caras.

— ¿Estás ahí, Sirius? —insistió la vocecilla impaciente de Edward.

— Sí, Ted. Dame un momento, ¿quieres? y te acompaño a buscar a tu padre.

— No tardes, por favor. Necesito decirle que la abuela viene.

El tono del chico era exigente, muy Black, pero sin perder los modales. Lo escucharon alejarse antes de que a Remus se le escapara una risa.

— Parece que estamos destinados a ser interrumpidos por alguien de tu familia —bromeó.

Sirius se soltó el cabello y lo peinó con los dedos, sin apartar la mirada del rostro iluminado por la felicidad de Remus.

— Terminaremos esta conversación esta noche, con menos ropa y menos interrupciones si puede ser. Ahora me voy a darle a tu hijo una vuelta por la casa mientras bajas a tu despacho.

Se acercó y le besó con ternura.

— À plus tard, mon étoile.

Remus se giró para seguirle con la mirada.

— Sirius —le llamó cuando ya estaba en la puerta.

— Dime.

— Yo también te amo.

Una gran sonrisa apareció en la cara del profesor de equitación.

— Lo sé.

Y encaró el pasillo en busca de su alumno.


Epílogo, 12 años después.

Si algo sabía Sirius de Edward, de su Ted, era donde encontrarlo cuando estaba triste. O enfadado, o molesto, o en general cuando necesitaba espacio. Escuchó el sonido del cepillo nada más entrar a las cuadras e hizo un gesto a los mozos para que salieran de allí. En el último casillero, su muchacho cepillaba con cuidado a Moony. El caballo se mantenía quieto, con la cabeza gacha, como si supiera siempre que su dueño necesitaba silencio y espacio.

— Teddy.

Edward levantó la cabeza y miró a su antiguo profesor. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados y el padre que Sirius se sentía que era quiso inmediatamente abrazarlo y consolarlo como cuando era niño. Pero cuando avanzó hacia él, abriendo ya los brazos, el muchacho negó con la cabeza.

— Habla conmigo, hijo —le suplicó bajito, apenas a dos pasos, con una mano posada sobre el lomo brillante del caballo.

— No puedo, yo no… no puedo.

— Ted, sé que era importante para ti.

El chico negó con la cabeza de nuevo, con las dos manos apoyadas en Moony y la cabeza caída encajada entre los hombros.

— Lo odie, Sirius. Lo odie y deseé que muriera cuando supe que estaban juntos. Y ahora… ahora está muerto y tengo que ver a cada paso las consecuencias. Yo… no puedo quedarme aquí.

Sirius soltó aire largamente y luego abrazó a Edward, sin importarle su aparente oposición, hasta que el muchacho se derrumbó y comenzó a llorar contra su hombro. Quizá había llegado el momento de planear ese viaje a ver un poco de mundo que Remus y él llevaban años posponiendo, seguro que su pareja estaría encantado de que Edward les acompañara si eso ayudaba a mitigar el dolor.


Traducción de expresiones en francés:

Mon étoile: mi estrella.

Mon ami : amigo mío.

Mon coeur: corazón mío.

C'était incroyable: ha sido increíble.

Lumière de ma vie: luz de mi vida.

À plus tard, mon étoile: Hasta luego, mi estrella.

Y usan monsieur para referirse a Draco porque es nacido en Francia, aunque acogido por Andrómeda durante su adolescencia.