Brainy se sentó junto a ella en la elegante banca tallada, en el patio trasero de la residencia de los Lloyd; y respiró lo más discretamente que pudo. No era necesaria la delicadeza, en todo caso. La relación entre ellos se había afianzado lo suficiente durante los años para que Helga siquiera notara sus jadeos ya. Su presencia incluso se había vuelto relajante para la rubia. Sus interacciones ya no se reducían a él únicamente apareciendo de repente a respirarle en el cuello; había comenzado a acercarse de frente en quinto grado, luego de que Helga se lo hubiese pedido repetidas veces. Y así, a partir del sexto grado, habían logrado tener conversaciones decentes. Junto con Phoebe y Harold, Helga lo consideraba un amigo cercano.
—Estoy harta —le comentó molesta, mirando al frente, a los jóvenes que gritaban en el patio por sobre la música. Había llegado a la fiesta hace hora y media y ni siquiera había podido acercarse a Arnold un segundo. Le costaba encontrarlo entre la multitud. Rhonda Wellington Lloyd había decidido, no solo invitar a los chicos de noveno grado, sino también a los chicos de octavo y décimo. Y cuando Helga lograba encontrar al joven Shortman y hacerse espacio entre los adolescentes bailando, gritando y haciendo escándalo por todo; el rubio siempre parecía estar en medio de una de las conversaciones más interesantes con alguien más.
Estaba perdiendo su valioso tiempo yendo tras él, en vez de estar disfrutando de la fiesta. Esa misma tarde, Phoebe le había insinuado que sería más provechoso dedicar su tiempo a desarrollar sus talentos o, al menos, a pasarla bien; en vez de verse siempre involucrada en planes intrincados.
—Soy una adolescente en una fiesta, demonios —continuó débilmente—. Debiese estar emborrachándome y haciendo idioteces que queden grabadas en video para avergonzarme en mi vejez; ¡no perdiendo toda mi bella juventud persiguiendo al santurrón más aburrido del planeta! —le miró con urgencia.
Brainy asintió levemente con una expresión que Helga interpretó como compasiva, pues ambos sabían que la joven Pataki llevaba tiempo intentando ser menos empecinada con el rubio. Lo único que había conseguido en 11 años de conocer al chico, era ser menos agresiva y burlona con él. Aunque tal vez eso solo fue un oficio de la edad.
Además, debido al noviazgo que mantenían Phoebe y Gerald, Arnold y Helga habían coincidido con mayor frecuencia durante el último par de años y, si bien, esta cercanía apaciguaba la rebosante pasión de la rubia; Helga aún no lograba quitarse el hábito de molestarlo cuando las cosas parecían ir demasiado bien. Arnold tenía la mala costumbre de ponerle demasiada atención y hacerle preguntas muy personales cuando finalmente estaban solos, y a ella le preocupaba que sus sentimientos se volvieran muy obvios para él. No obstante, a pesar del pánico, la rubia seguía persiguiendo momentos así, cayendo en un ciclo vicioso de frustraciones.
—Estoy cansada de estar eternamente sumergida en dilemas por culpa de estos sentimientos —agregó rápidamente—. ¡Estoy cansada de estar enamorada de ese tonto Cabeza de Balón! —gritó al cielo y, agarrando a Brainy del cuello de la camisa, continuó— ¡¿Hasta cuándo voy a vivir perdida en esta corriente de ilusiones que no me llevan a nada más que un océano de desespera—!?
—Lo dijiste —interrumpió una voz tras ella. Una voz que ella reconocía muy bien.
Helga se volteó sobresaltada.
—¡Arnold!, ¿por qué siempre tienes—?
—¿Escuché bien, Helga? —repitió el chico, a un par de pasos de ella.
—¿Qué?
«¡Estoy cansada de estar enamorada de ese tonto Cabeza de Balón!»
Oh... no. No, no, no, no.
—¿Qué...? —repitió más lentamente, intentando ganar tiempo para pensar en una excusa. ¡Claro, ahora quieres hablar conmigo, cabezón! ¡Cómo te detesto!— No sé qué hayas escuchado, melenudo, pero estoy segura de que no era lo que crees. No seas entrometido.
—Entonces —dijo Arnold, con mayor firmeza—, ¿puedes repetir lo que acabas de decir?
—¡No! —replicó la chica, mirando al rededor por si había más husmeadores. ¿Y Brainy?, ¿en qué momento se desvaneció?—. Ya, vete, Cabeza de Balón —ordenó, cruzándose de brazos y piernas. Había que zanjar el tema. Sin embargo, cuando Arnold hizo amago de sentarse junto a ella, la chica rápidamente se puso de pie—. M-mira —apuntó la rubia lejos con su dedo índice—, ¿no es Melisa? ¡Ahí, detrás de ti! —señaló con mayor énfasis—, creo que necesita ayuda con ese vaso, Arnoldo.
Arnold, extrañado, efectivamente se giró a mirar y Helga corrió hacia la puerta de la cocina.
¡Demonios! Toda la noche detrás del Cara de Mono, para que decidiera aparecerse en el peor momento.
Abrió la puerta, siendo recibida por un bullicio mayor al que había afuera.
Ahora tendré que ser yo la que se mantenga lejos. Oh, mi adorado—
—¡Helga! —le llamó el rubio, tras ella.
Helga zigzagueó apurada entre los adolescentes hasta llegar a la sala, pretendiendo perderse entre la gente. ¿Dónde estaba Phoebe?
—Helga —repitió Arnold a sus espaldas.
—¿Qué quieeeres, Archivaldo? —respondió la rubia. Vio a Harold, Stinky y Sid conversando de pie junto a una ventana.
—¿Podemos hablar un segundo?
—Bien —dijo, volteándose bruscamente. Dio un paso atrás al ver que el chico estaba a tan solo unos centímetros—. Uno —le mostró con el dedo el índice.
Arnold abrió la boca, pero pareció no saber por dónde empezar.
—Listo. Buena charla, Cabeza de Balón —dijo, dándole palmaditas en el hombro antes de girarse otra vez y dirigirse hacia donde había visto a los chicos. Sin embargo, sintió que le agarraban de la mano y la llevaban a un cuartito donde se guardaban abrigos y zapatos.
—Helga —dijo Arnold con el ceño ya fruncido, cerrando la puerta y encendiendo la luz. El ruido de la fiesta quedó amortiguado—, ¿dijiste que estabas aún enamorada de un Cabeza de Balón?
Helga sintió calor invadirle todo el cuerpo.
—Otro Cabeza de Balón —replicó de inmediato, cruzándose de brazos. Hubiera deseado que su voz sonase más convencida.
—¿"Otro Cabeza de Balón"? —repitió Arnold pausadamente sin relajar su expresión.
—Sí, no eres tan único como crees. No seas ególatra. El mundo está lleno de Cabezas de Balón melenudos con cerebro de camarón samaritano.
—Ésa es una descripción muy específica, Helga.
—No lo es. Ya, cálmate.
—¿Y quién es este otro Cabeza de Balón del que estás enamorada? —inquirió, ignorando su comentario y cruzándose de brazos también.
—¡¿Qué te importa?! ¡No seas entrometido, Camarón con Pelos!
—Helga —le habló Arnold más alto, sin disimular su irritación—, estoy cada vez más seguro de que te referías a mí.
—Pues no.
—¿Entonces, quién?
Helga se tomó un segundo para repasar los rostros de todos a quienes conocía.
—Honestamente, Harold tiene mejillas de balón de fútbol americano...—comentó, distraída.
—¡¿Harold?!
—S-sí, Harold —le respondió, parándose más derecha.
—¿Harold? —repitió el chico, átono y elevando sus cejas.
—Sí, Cabez- es decir, sí. Harold —replicó Helga, acercándosele con determinación—. Nos reunimos para ir a las luchas cada mes y nos llevamos bien, y estamos haciendo el proyecto de Economía juntos.
—Harold.
—¡Sí! ¿Qué eres, un disco rayado acaso?—exclamó la joven, haciéndolo a un lado para agarrar la manilla de la puerta— ¡Demonios! Ya, déjame en paz.
Salió del cuarto y corrió hacia los chicos que reían y tomaban, cada uno con un vaso en mano.
—Berman —Helga se paró de puntitas para pasarle el brazo por el cuello al chico alto y, haciéndole una llave, lo apartó a unas sillas que se encontraban junto a las escaleras.
—¡Ay, Helga!, ¿qué quieres ahora? —protestó Harold sobre la música.
—Vas a acompañarme un rato —le informó la rubia, liberándolo, para que se sentara junto a ella. Se fijó que Arnold ya había salido del armario también, con el ceño fruncido otra vez. Hicieron contacto visual.
—¿Qué vamos a hacer? —escuchó la voz de su amigo.
—Solo pasar un rato juntos, grandulón, no tengas miedo —respondió Helga. Arnold cruzó el salón acercándose a Gerald, quien le contaba alguna historia a un grupo de estudiantes de octavo grado. ¿Qué planea?
—Está bien —se resignó su compañero, junto a ella—. Y no te tengo miedo, madame gruñona —agregó divertido.
—Muy bien, entonces —intentó sonreír Helga, volteando a verlo—, quedémonos aquí a conversar —le quitó el vaso de la mano y bebió su contenido. Era una mezcolanza alcohólica de sabores muy dulces y amargos, seguramente inventada por Sid—. ¿Cómo va todo con Paty? —preguntó casualmente, tras carraspear un poco—. Esto está asqueroso.
—¿¡Por qué me preguntas eso?! —replicó Harold inmediatamente.
—Bueno —Helga volvió a carraspear—, pensé que las cosas habían progresado un poco desde que la ayudaste con las decoraciones para el evento escolar y la fuiste a dejar a su casa la semana pasada y todo eso.
—¿Cómo sabes tanto?
—Tengo mis fuentes —respondió la rubia.
Vio que Arnold y Gerald se apartaban en esos momentos de la multitud hacia el pasillo, dejándole cierto malestar en el estómago.
En un rinconcito de su corazón, confió en que la gran mejoría en su relación con Gerald le ayudase en esta situación, y que el joven Johanssen apaciguara la irritación del rubio. Ciertamente, no le iba a creer a Arnold, si el rubio le contase que escuchó a Helga G. Pataki decir que estaba enamorada de él. Le dirá que escuchó mal y lo distraerá con otras cosas.
—Pues yo creo que Paty te lo contó —escuchó a Harold a su lado.
Intentando ignorar la ansiedad, Helga bebió un poco más del menjunje sospechoso, apretando los ojos después y respondió.
—También, niño rosa.
—La verdad es que las cosas con Rhonda terminaron tan complicadas, que no sé si quiero algo así otra vez —dijo Harold débilmente.
—¡Uf! —exclamó Helga de repente, mirando dentro del vaso—. Se me fue directo a la cabeza ya.
—¡Sí!, ¿está bueno, no? —le dijo Harold, carcajeando.
Helga hizo una mueca.
—Paty y Rhonda son diferentes personas —dijo unos segundos después.
—Lo sé. Paty es dulce y amable... muy inteligente. Tuve que haberme dado cuenta antes.
Helga buscó a Paty entre la multitud. Sentía que se le movía un poco la habitación, pero la encontró. Estaba junto a la puerta de la cocina. Hicieron contacto visual y Helga le hizo un guiño con una sonrisa maliciosa. Paty entrecerró los ojos.
—Exacto. Entonces, ¿qué estás esperando?
—No lo sé. Creo que solo soy un cobarde —declaró Harold—. Un gran chico cobarde —suspiró, recuperando su vaso de las manos de la rubia para beber lo que quedaba.
—Honestamente, si estuviste tanto tiempo con la señorita RhondaLloyd, creo que puedes enfrentarte a cualquier cosa. La princesa puede ser intimidante, y lo supiste conllevar bien.
—Creo que sí.
—¿Ves? Ya ha pasado tiempo, Harold, ¡casi medio año!. ¡Ya estás listo para algo nuevo y diferente!
—¿De verdad?
—Sí, niño rosa, hazme caso. Yo siempre tengo razón.
Harold abrió la boca para decir algo, pero la llegada de Arnold les interrumpió.
—Helga, ¿ya terminaste? —le dijo con expresión neutral; sin embargo, ella sintió las vibras de exasperación emanar desde el joven Shortman. ¿Qué habría estado conversando con Gerald, que continuaba irritado? Me has decepcionado, Geraldo.
—Arnoldo, nos interrumpes. Ándate ya —le dijo entrecerrando los ojos para verlo bien. Había estado tomando vodka antes y ahora, con esta extraña combinación elaborada por Sid, no se estaba sintiendo bien.
—¡Hey, Arnold! —intervino Harold—, ¿cómo has estado? ¿Ya probaste lo que trajo Sid? —le preguntó, meciendo el vaso en su mano. Helga negó con la cabeza al rubio para advertirle.
—Aún no —le respondió el rubio, manteniéndose de pie frente a ellos—. ¿De veras los interrumpo?
—Bueno, sí —respondió Harold, sinceramente. Arnold titubeó.
—Ya te lo dije, melenudo. Déjanos solos, necesitamos privacidad.
—Está bien, madame gruñona —replicó Harold con tono mediador, agarrándole el hombro a la chica. Arnold alzó las cejas, atento—; podemos seguir conversando después. ¿Vienes a invitar a Pataki a bailar, Arnold?
—¡No, Harold! —gritó la rubia alarmada—. ¡Cabeza de Balón, vete!
Arnold, con el rostro sonrojado, dirigió una mirada molesta a la chica y pareció estar pensando en algo mientras ésta le sostenía la mirada.
—Harold —dijo finalmente el rubio—, ¿Helga alguna vez te ha llamado "cabeza de balón"?
—¡¿Qué?! —se rio Harold—. ¡Claro que no! ¡Tú eres el único Cabeza de Balón de Helga en tooodo Hillwood!.
¡¿"El ÚNICO Cabeza de Balón DE HELGA en todo Hillwood"?!
Helga soltó un gruñido de exasperación, hundiéndose en la silla y tapándose el rostro con ambas manos.
—¿De verdad? —Arnold recuperó la sonrisa finalmente, mirando de reojo a la muchacha—. ¿No has escuchado a Helga llamar Cabeza de Balón a nadie más?
—Nunca.
—¡Bermaaan! —intentó intervenir la rubia—, estábamos hablando de algo más importante.
—No pasa nada, Pataki, seguimos luego —le dio unas palmaditas a Helga y miró hacia donde estaba Paty—. Por ahora, creo que sí le voy a hablar a Paty —dijo, levantándose—. No dejes que beba mucho, Arnold, porque mañana tenemos que seguir con el proyecto —agregó antes de retirarse.
Helga soltó un bufido, pero prefirió esperar a sentirse menos mareada antes de levantarse y alejarse también del rubio. Miró a Arnold, quien la observaba, y se cruzó de brazos.
—¿Qué significa esa expresión, cara de mono? Interrumpiste nuestro momento íntimo y romántico.
—Claramente. ¿Estás bien?
—Siempre. ¿Qué quieres ahora?
—Quiero que conversemos sobre lo que dijiste —respondió el chico pacientemente, sentándose en la silla que Harold había estado ocupando.
—No recuerdo haber dicho nada —replicó la rubia, mirándose las uñas.
—Helga.
—¿Qué? ¡Es en serio, Shortman!, no todos tenemos tan buena memoria como tú.
—Dijiste que estabas enamorada de m—
Helga se aventó sobre él y le tapó la boca con ambas manos. El impulso hizo que Arnold cayera hacia atrás, llevándose a Helga consigo.
—¡¿Pero qué dices?! —le reclamó la rubia todavía cubriéndole la boca.
—¡Uuuuuuh! —exclamaron unos chicos bailando cerca de ellos, al verlos juntos en el suelo—. ¡Qué osado, Arnold!
—¡Pataki dándolo todo! —les celebraron.
—Digo que quiero que hablemos de ello de una vez, Helga —respondió Arnold, ignorando a los demás y removiendo las manos de la rubia de su boca—, por favor.
—Escucha, melenudo —le advirtió Helga en un susurro, a pesar de que los espectadores ya habían vuelto a sus propios asuntos—, ya basta. Yo no quiero hablar de esto. Olvidémoslo —le ordenó, levantándose—, tal como... ehm...
—¿Tal como pasó después de Industrias Futuro? —adivinó Arnold, poniéndose de pie junto a ella.
Helga desvió la mirada nerviosa.
Dios, Arnoldo, ¿no sabes ser discreto? ¿Tienes que andar siempre con la verdad por delante?
¿No había forma de dar paso atrás y seguir como si nada? ¿Definitivamente se había destapado la olla? No estaba lista para declarársele al chico en medio de una fiesta. No estaba lista para declarársele y ya.
Tomándose unos segundos en un dilema interno, decidió confiar en la benevolencia característica del joven Shortman.
—Sí, Arnold, me refiero a esa vez. Estoy ebria y solo fue el furor del momento.
—No quiero olvidarlo, Helga —insistió Arnold, sin apartarse—. Quiero que por fin lo hablemos.
¡Piedad!
—¿Por qué?
—Porque esta vez te creo. Y creo que estamos listos para conversarlo, Helga.
—¿Me... crees...? —repitió la chica, retrocediendo— ¿A-a qué te refieres?
—La primera vez que lo dijiste, no me lo esperaba. No entendía mucho —le respondió honestamente el chico, siguiéndola—. Pero he tenido tiempo de repasar el momento en mi mente y de repasar muchos otros momentos también. He reparado en detalles que antes no notaba. Entiendo mejor las cosas —Oh, no. El pánico empezó a abrirse camino dentro de Helga, como cada vez que Arnold se ponía muy serio y analítico con ella. Decidió que era mejor huir sin ningún reparo y se dirigió hacia el bulto de abrigos junto a la entrada, para escarbar por su chaqueta. Arnold le siguió de cerca—. Sé cosas que antes no sabía. Siento cosas- Helga, yo quiero- Conversémoslo. Quiero escucharlo bien.
—¡"Escucharlo"! —repitió Helga para sí misma, arrojando los abrigos para todos lados. Estaba oscuro y no lograba distinguir su chaqueta rosa.
—Sí —le aseguró el chico.
—No, Arnoldo —dijo ella, encontrándola al fin—. Yo no creo que pueda.
—¿Por qué?
¿Cómo que "por qué"? ¿Quién se avienta felizmente al rechazo?
Sin responder, Helga abrió la puerta mientras se ponía la chaqueta, y salió a la calle iluminada por luces amarillentas. El frío la hizo espabilarse un poco y sentirse físicamente mejor.
Llamaría a Phoebe después, apenas llegase a alguna parte, ya fuese su casa o algún sitio de comida rápida.
Por el rabillo del ojo vio a Arnold salir también, y soltó otro gruñido.
—Arnold —le advirtió, volteándose a verlo. El chico se estaba poniendo su sudadera azul bajo el marco de la puerta.
—Te acompaño a casa.
—No. Adiós —se despidió la chica, dejando la residencia de los Lloyd atrás.
Escuchó la puerta cerrarse y luego unos pasos bajar los escalones.
—¡¿No tienes a nadie más a quien molestar?! —le dijo, sin girarse. Solo lo oyó suspirar.
Tras un par de cuadras, Helga se detuvo en una luz roja.
Arnold llegó junto a ella en silencio. Era tan obstinado como ella.
Le había dicho que quería escuchar su confesión otra vez. Que esta vez no quería que fuera como en Industrias Futuro. Que lo había estado pensando y que esta vez no quería olvidarlo.
—¿Qué me vas a responder si te lo digo? —le preguntó débilmente, atenta a las luces del semáforo.
—Que es agradable escucharlo —respondió él tras una pausa. Helga sintió su corazón estrujarse.
—No es eso lo que yo quiero oír.
—Helga, nunca me has dado la oportunidad de pasar tiempo contigo sin esa fachada—
—¡Argh, Arnold! —la rubia se giró hacia él— ¡Basta con ese discurso! ¡Esto es todo lo que hay, ¿entiendes?! ¡Yo soy burlona, sarcástica y gruñona! ¡No es una fachada! —ella nunca sería delicada ni dulce como las chicas que el rubio solía admirar— ¡No hay nada más y tampoco voy a cambiar, por mucho que eso signifique perder una oportunidad contigo!
Vio el rostro del chico enrojecer, y se sintió ruborizar también. Decidió que definitivamente debía retirarse ya, y cruzó la calle sin esperar luz verde.
—N-no me refería a eso, Helga —él corrió hasta alcanzarla—. Eres burlona, sarcástica y gruñona. E inteligente, creativa y talentosa. Eres divertida, Helga, y expresiva. No quiero que cambies cómo eres —continuó con firmeza, siguiéndole el paso, sin recibir ninguna respuesta de parte de la muchacha—. Me refería a que no me has permitido estar contigo sin que pretendas detestarme. Ya sabes, sin repetirme que te desagrado o que te estorbo. Sin hacer bromas sobre mi apariencia. Yo creo que- que si pudiese acercarme a esa Helga que sí le agrado, aunque siga siendo gruñona, de todas estaría bien, porque... me importas, Helga, de verdad —su voz se había suavizado—. Pero es difícil cuando estoy luchando contra tus ofensas todo el tiempo.
Arnold se detuvo.
¿Estaba loca o él tenía un punto?
¿Le importaba ella de verdad, o era otro problema que Shortman necesitaba resolver?
Helga se detuvo también unos pasos más adelante.
—Solo eres el mismo Arnoldo de siempre que quiere una linda chica amable —replicó.
—Helga, a nadie le gusta estar discutiendo todo el tiempo —señaló el adolescente a sus espaldas, con tono molesto—. Me... interesas. Pero necesito ver que hay interés de tu parte porque nos llevemos bien también. ¿Es que, acaso eso te parece ilógico?
—Yo... lo intento.
—Yo sé que lo intentas —Arnold la rodeó para verle el rostro—, definitivamente nos llevamos mejor que cuando niños. Pero quisiera poder acercarme a ti sin tener que estar a la defensiva. Siempre leyéndote entre líneas, repasando todo dos, tres veces en mi cabeza para entender realmente qué quieres decir o qué estás sintiendo. ¿Por qué con todos los demás has logrado ser más auténtica y llevarte mejor? Como con Briany, Paty, ¡incluso con Gerald! ¡y, y ¿Lila?!, ¿por qué no podemos intentarlo también?
Helga se sorprendió al escucharlo.
—Yo creo que hay mucho más entre nosotros que simplemente comentarios sarcásticos y bromas pesadas —continuó Arnold— ¿No lo sientes tú también?
—Creo que ya tienes muy claro lo que siento.
—Dímelo, Helga.
Ella sintió el corazón retumbarle el pecho.
—¿Y qué va a pasar luego? —le dijo con desconfianza— ¿Jugaremos a ser buenos amigos?
—A mí me importa saber qué podemos ser sin tu fachada de desprecio a mí. Buenos amigos o- o más que eso. Eres tú la que no nos ha dado una oportunidad de descubrirlo.
—¡He intentado muchas veces ser más de lo que sea que somos ahora!
—¡Pero no perseveras, Helga! —respondió el rubio inmediatamente, exaltado también. Helga retrocedió— ¡Cuando por fin estamos llegando a alguna parte, vuelves a tu caparazón! Me haces creer que estamos avanzando y terminas burlándote de mí, me juegas trucos o te retractas. ¿Por cuánto tiempo tengo que seguir aguantando tus juegos? —Helga sintió sus ojos arder. Le inquietaba verlo alterado— ¿Por cuánto tiempo tengo que seguir esperando para que seas honesta conmigo? ¡Dímelo, Helga, sin maquinaciones! —le exigió, dando un paso hacia ella. Sus ojos recorriendo el rostro desconcertado de la rubia—. Dime que estás enamorada de mí.
Demonios.
Él lo tenía clarísimo.
Y tenía razón. ¿Cuántas veces no había terminado ella en una batalla interna por las mismas razones que él acababa de mencionar?
Pero, y si después de admitirlo, ¿era demasiado para él? Una cosa es imaginarlo, pero otra, es tener conciencia de las dimensiones en que otro es realmente devoto a ti.
¿Y si él se alejaba? ¿Y si era para peor y todo se volvía más complicado y tortuoso?
Helga sintió los poderosos latidos de su corazón invadirle todo el cuerpo. Tenía miedo.
Se cubrió el rostro con las manos y notó que éstas le temblaban.
—No puedo —dijo en una exhalación.
—Sí puedes, Helga —le dijo él suavemente. Sintió el aliento de él sobre sus dedos. Se había acercado más.
—¿Y si todo acaba mal?
Hubo una pausa en la conversación.
Helga apretó los ojos en la oscuridad y refugio que le proporcionaban sus manos.
—No puedo prometerte cómo terminarán las cosas —escuchó la voz del chico, casi en un susurro—, pero te prometo que yo de verdad quiero acercarme a ti. Me has visto intentarlo miles de veces, Helga —rio por lo bajo—. No creo que haya alguien que no se haya dado cuenta. De verdad quiero conocerte mejor y entenderte. Y te prometo que voy a dar lo mejor de mí por descubrir hasta dónde podemos llegar juntos si nos das la oportunidad de averiguarlo.
La calle pareció concederles unos minutos de quietud.
Solo quiere oírlo.
Él ya lo sabe.
Helga inspiró profundo, su cara aún escondida tras sus manos.
Él ya lo sabe. Él ya lo sabe.
—Stoynamoradadeti —murmuró mortificada.
Sintió las manos del chico coger las suyas y apartarlas.
—¿Qué? —le dijo él en voz baja.
Estaba a solo unos centímetros, mirándole con esa expresión atenta que tantas veces le dedicaba. Todavía era un poco más bajo que ella, pero la diferencia ya no era evidente. Y aunque Helga le llamaba melenudo, hace años que llevaba el cabello más corto.
Helga sintió el aroma de la colonia del chico e inspiró temblorosamente una vez más.
El calor de sus manos atrapadas entre las de él se extendió por sus brazos hasta su cuello y sus mejillas.
—Yo... —intentó de nuevo, mirándolo a los ojos— ¡Escúchalo bien, cabezón, porque no lo voy a repetir!
—Estoy escuchando.
—Estoy en-enamorada de ti.
Helga vio las mejillas del rubio enrojecer, pero ello no afectó la sonrisa que crecía lentamente en el rostro del chico.
—¿Y ahora, qué? —preguntó la rubia.
Sin dejar de mirarla ni perder la sonrisa, Arnold liberó su mano derecha, entrelazó sus dedos con la otra mano de Helga y emprendió el camino de nuevo.
—Ahora, Helga Geraldine Pataki —le dijo pausadamente—, nos damos una oportunidad.
Tragó saliva y se mentalizó para actuar normal.
Se había confesado. SE LE HABÍA CONFESADO A ARNOLD. Y el mundo seguía adelante y él la llevaba de la mano una noche por la calle.
Se fijó en la expresión facial del chico. Arnold miraba al frente, con una sonrisa en su rostro relajado.
Mientras avanzaban otro par de calles en silencio, Helga repasó los eventos de la noche en su mente.
Él le había dicho que estaba dispuesto a descubrir si podían ser más que simplemente amigos, si Helga se sinceraba. Le prometió intentarlo.
Decidió que ya había llegado demasiado lejos para ser cauta ahora, y reunió todo su descaro Pataki.
—Entonces, pídeme una cita.
Helga sintió la mano de Arnold apretarle más fuerte. La sonrisa del muchacho pareció encogerse.
Oh, no.
Sí había sido demasiado.
HABÍA SIDO DEMASIADO.
Lo sabía. Decirlo de forma optimista para animarla, era una cosa; experimentarlo, era otra.
Está bien.
Helga inspiró profundamente.
Hoy no iba a ser ninguna noche especial, de todos modos.
Tragó saliva y apretó los dientes.
Hoy solamente iba a ir a una fiesta y ver a Arnold y todo seguiría igual.
Contuvo las lágrimas.
Todo seguirá igual. Llegaré a casa y olvidaré todo esto.
Exhaló.
¡Demonios, Arnoldo, te dije desde un comienzo que lo olvidáramos y ya!
—Está bien, Arn—.
Él se giró para quedar frente a ella, pero mantuvo la mirada en el suelo.
Helga sintió su labio inferior temblar y esperó.
—Helga —titubeó.
Demonios, acaba con esto de una vez.
—Ehm, ¿irías... a cenar conmigo?, ¿mañana?
—Ya, Arnoldo. No tienes que hacerlo. Sé que todo esto debe ser más abrumador de lo que esperabas —luchó porque su voz no sonase tan débil.
—¿Qué? —respondió él, levantando el rostro.
—Que no tienes... que hacerlo.
—Helga —le dijo el rubio, con los ojos muy abiertos, limpiando la lágrima que acababa de caer por la mejilla de la rubia—, ¿qué pasa? ¿Crees que no quiero? —Helga desvió la mirada. Tras unos segundos, él continuó—. Te dije que quería que fueras honesta conmigo porque estaba listo para escucharlo, porque sí- sí me importa intentarlo.
Ella lo volteó a ver, sin poder controlar el temblor del mentón ni las lágrimas.
—Creí que estaba claro —continuó Arnold, con suavidad, usando sus dos manos para limpiarle las mejillas.
—Discúlpame, melenudo, pero no parecías muy convencido.
—Estoy nervioso, Helga —admitió él, riendo por lo bajo.
Dejando el rostro de la chica en paz, bajó la mirada otra vez y se dedicó a jugar con las manos de ella.
—Suelo necesitar prepararme mucho para invitar a una chica a salir y no imaginé que todo esto iba a pasar hoy —pausó unos segundos antes de continuar—. Pero esperaba que pudiera pasar en algún momento... Me preguntaba si sentías algo por mí aún. Buscaba señales todo el tiempo —volvió a reir, negando con la cabeza gacha—. Si te soy honesto, quería que aún fuese así. Y si- y si era así... si aún sentías algo por mí, pensaba que sería mucho más engorroso que lo admitieras. Pero imagino que tú tampoco imaginaste que me lo dirías hoy —agregó con mayor firmeza—, y has sido honesta y valiente con tus sentimientos; así que —elevó la mirada a sus ojos. Una media sonrisa en su rostro—, ¿qué piensas... de esa cita mañana?
—¿De verdad quieres hacerlo? ¿No es solo un acto de compasión típica de tu corazón de camarón samaritano?
—De verdad. Llevo tiempo esperando que te arriesgues... por nosotros.
Esta vez Helga tuvo que contener una sonrisa.
—Está bien, Cabeza de Balón. Pero nada barato —enfatizó.
Fin.
