Nota del autor: Olvidé mencionarlo, pero esta historia está inspirada en la historia de Leraiv Snape, To Choose A World. Me gustó mucho la imagen de Hermione rompiendo su propia varita y decidí escribir una historia en torno a ella.
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Severus Snape pasó diez años esperando a la chica que nunca apareció, decepcionándolo todos los días.
Entonces una mañana se despertó y decidió que ya no la iba a esperar más. Él iba a encontrarla. No tenía idea de por dónde empezar. Hubo un tiempo en el que había tenido vastas redes de información en todo el mundo mágico. Sin embargo, en los últimos años se había aislado, cortando todo contacto. Había pocas posibilidades de que le sirvieran de algo ahora. Después de todo, ella estaba viviendo como una muggle.
Ella misma había roto su varita, un acto casi inimaginable en el mundo mágico. Era por eso que el Ministerio siempre había tenido tanto miedo de los hijos de muggles y había elaborado políticas sutiles contra ellos. Los nacidos de muggles simplemente no necesitaban al Ministerio. Para ellos, la magia era un regalo, no una necesidad. La amenaza de romper la varita a un sangre pura era básicamente lo mismos que una amenaza de muerte. Simplemente carecían de las habilidades para sobrevivir sin ella. Los nacidos de muggles, por otro lado, nunca habían necesitado al Mundo Mágico, siempre habían poseído la libertad de ir y venir a voluntad. Por eso el Ministerio había prohibido la enseñanza de magia sin varita en Hogwarts. Si podías controlar la varita de un mago, podrías controlar al mago.
Aunque ella podía sobrevivir sin magia, le resultaba difícil creer que simplemente se alejaría de algo en lo que tenía tanto talento. Era aún más difícil para él creer que ella había cortado todo contacto con el Mundo Mágico, pero mientras continuaba su búsqueda estuvo tentado a creerlo. No había nada, ni rastro de ella. Lo que necesitaba encontrar era su debilidad, aquello por lo que ella lo arriesgaría todo. Para él, había sido Lily. En cuanto a la debilidad de Hermione Granger, tenía una suposición. Una sonrisa se dibujó en su rostro... ella y sus libros. La sonrisa se desvaneció rápidamente cuando miró hacia arriba y notó los estantes abarrotados de piso a techo en sus propias habitaciones. Llamó a uno de sus subordinados.
"Consígueme una copia de los registros comerciales de Flourish & Blotts de los últimos diez años".
Era su única suposición, pero tenía la sensación de que podría ser la correcta.
Le tomó meses escanear los registros en su tiempo libre antes de encontrar la anomalía que estaba buscando. Allí estaba, pulcramente impreso en el pergamino: envíos regulares de libros a la señorita Luna Lovegood. Estos envíos se realizaban una vez cada pocos meses y normalmente contenían no menos de veinte libros cada uno. Era casi como si alguien estuviera abasteciendo una biblioteca. Y si tuviera que apostar por algo, apostaría por el hecho de que la señorita Lovegood no era la persona que armaba la biblioteca. No es que nunca hubiera visto leer a la señorita Lovegood; de hecho, todo lo contrario. La mayoría de las veces, su rostro estaba enterrado en algún tipo de material impreso. Era simplemente que nunca la había visto leer algo procedente de fuentes tan acreditadas. No fue la cantidad de los envíos lo que le llamó la atención, sino los títulos. Estos no eran libros de rumores y mitos, eran libros de hechos. Y si alguna vez hubo una fanática de los hechos, esa fue Hermione Granger.
Severus se vio obligado a suspender su investigación ya que su agenda de la semana no le permitía tiempo libre para continuar con ella. Sin embargo, sus pensamientos volvían a ella mientras permanecía sentado en una reunión interminable tras otra.
Pidió un favor a un contacto del Ministerio y pronto estuvo en posesión de una copia del archivo sobre Luna Lovegood. Tuvo que admitirse a sí mismo que ser la mano derecha de un dictador sádico tenía sus ventajas en términos de acceso y conveniencia.
Según el expediente, Luna Lovegood se había convertido en fabricante de varitas y había sido aprendiz del propio Olivander. Ser un fabricante de varitas requería un conjunto poco común de habilidades, la capacidad de sentir la magia, de ver más allá de lo que se veía a simple vista. Los fabricantes de varitas eran a menudo individuos excepcionalmente extraños. La señorita Lovegood no sería una excepción. Así que ahora todas las piezas estaban encajando. La señorita Lovegood tendría la capacidad de hacerle a Hermione una varita, no registrada en el ministerio, tan imposible de rastrear como si no existiera en absoluto. Tal vez no había abandonado su magia por completo, pero eso aún no resolvía la cuestión de su paradero o sus actividades.
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Entró a la tienda de varitas esa noche al amparo de la oscuridad. Había sido de Ollivander antes de retirarse. Había cambiado bajo el cuidado de la señorita Lovegood. Objetos extraños que Severus no pudo identificar colgaban por la habitación. Recorrió la tienda rápidamente, sin prestar apenas atención. Después de todo, no estaba aquí por la tienda sino por la bruja que vivía arriba. Desmanteló fácilmente los hechizos de protección y entró en el pequeño apartamento.
Giró lentamente la perilla de la puerta de su dormitorio, esperando encontrarla dormida en la cama cuando la abrió. Pero no fue así. Una frágil figura rubia estaba sentada en el alféizar de la ventana abierta, con el cabello brillando a la luz de la luna.
"Hola, profesor", dijo, todavía mirando por la ventana. Su voz era ligera y distante, exactamente como la recordaba.
"Señorita Lovegood", la saludó, desconcertado por el hecho de que ella parecía estar esperándolo. Era un hombre que había practicado magia oscura, que se había arrodillado ante el Señor Oscuro, pero esta chica, esta pequeña extraña siempre le había dado escalofríos.
Ella se dio vuelta y él la miró bien. Ella se había había hecho mayor pero fuera de eso había cambiado muy poco. Luna Lovegood siempre había existido algo alejada de las nociones tradicionales del tiempo y el espacio. Parecía tener poca conexión con la realidad física en la que se encontraba, pero una conexión mucho mayor con las fuerzas invisibles que fluían y refluían a su alrededor.
"¿Me estaba esperando?" Preguntó, entrando en la pequeña habitación iluminada por la luna.
"Sí. Lo sentí venir", dijo, mirándolo y más allá de él al mismo tiempo.
"¿Y no desenfundó su varita?" Preguntó, mirándolo al otro lado de la habitación en su mesa de noche.
"No quiere hacerme daño", dijo simplemente.
Dio otro paso más hacia ella.
"Estoy buscando algo. Necesitaré tener acceso a sus recuerdos". No importaba lo que le dijera, la obvliaria cuando terminara. Ella lo estudió por un momento.
"Supongo que me obligará si no lo dejo."
"Sí."
"Está bien, entonces."
Ella lo miró fijamente, con su mente abierta y sin barreras, otorgándole acceso completo. Sin decir palabra, lanzó el hechizo y se deslizó en su mente.
Pudo decir inmediatamente que su mente era diferente de otras en las que había entrado. Era menos concreta, más efímera, Era difícil distinguir entre recuerdos, fantasías y sueños. Le tomó unos minutos entenderlo y comenzó a localizar sus recuerdos de Hermione. Rápidamente dió un vistazo a sus recuerdos de Hogwarts, sus recuerdos de la guerra. Pero no encontró ningún recuerdo de Hermione después de la guerra. Era imposible. Había visto el registro de los libros, ellas debieron haber estado en contacto. Continuó investigando pero fue en vano. Estaba a punto de darse por vencido cuando sintió un ligero obstáculo, una superficie elevada casi imperceptiblemente como una cicatriz que no debería haber estado ahí. La tocó, empujó, intentó abrirla.
No tuvo éxito, pero estaba seguro de que sus recuerdos habían sido alterados. Quien haya hecho la manipulación había hecho posible sellar ciertos recuerdos de quien intentaba acceder a ellos e incluso de la propia Luna. Nunca había oído hablar de tal hechizo, pero se encontró frente a la prueba inequívoca de que existía. Hermione Granger siempre había sido confiada, incluso demasiado confiada. Le resultaba difícil creer que ella ni siquiera hubiera confiado a una de sus amigas más cercanas con el recuerdo de su continua existencia. Después de algunos intentos fallidos de abrir los recuerdos sellados, él salió de su mente.
"¿Encontró lo que buscaba?"
"No."
"Lo hará."
"A veces parece que lo único que encuentro son callejones sin salida, rastros de pistas que no me llevan a ninguna parte y al mismo tiempo me aseguran que lo que busco está ahí fuera, escondido de forma segura".
"Nada puede ocultarse para siempre", susurró soñadoramente. Él la obvlió y se fue. Al salir, hizo copias de dos libros de registros comerciales que encontró en la tienda.
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Parecía como si la señorita Lovegood tuviera un asistente, ya que no podía imaginarla tomando notas tan detalladas y tan organizadas. Había dos libros, uno que registraba cada varita que se fabricaba y otro que registraba cada varita que se vendía. Pasó toda la noche comparando los libros. Cuando los primeros rayos de sol de la mañana comenzaron a asomarse por la ventana, tenía un total de varios cientos de varitas desaparecidas.
El ministerio mantenía registros de este tipo de cosas. Habría enviado sus listas de varitas vendidas al ministerio para que pudieran registrarlas y usarlas para rastrear y controlar a sus dueños. Pero el libro de varitas creadas, ese libro era sólo para el fabricante de varitas. El ministerio no tendría idea de la discrepancia. La señorita Lovegood estaba violando al menos una docena de leyes y no tenía acceso a los recuerdos de haberlo hecho. Y aún así él no estaba más cerca de encontrar a la señorita Granger, ni de saber qué estaba haciendo o dónde lo estaba haciendo. Sólo sabía que cualquier cosa que ella estuviera haciendo era lo suficientemente importante, lo suficientemente peligrosa como para finalmente haber convertido a la chica confiada que había conocido en una mujer cuidadosa y paranoica. Dejó los libros a un lado y se acostó a dormir.
Despertó varias horas más tarde. Fue otra pesadilla, otro sueño que lo dejó sólo con la imagen de sus ojos. Se despertó con un pensamiento. Comprobó las fechas de los inventarios. Parecía haber un aumento en la desaparición de varitas, un patrón anual definido. Las varitas en cuestión parecían desaparecer en grandes bloques cada año hacia el final del verano... justo antes del inicio del período escolar. Miró el gran calendario en la pared que marcaba el inicio del año escolar dentro de cinco semanas.
"Ah, señorita Granger", dijo en voz alta, para sí mismo, "parece que hemos terminado en una profesión similar". Las piezas encajaban. ¿Por qué si no necesitarías grandes cantidades de libros y varitas mágicas a menos que estuvieras entrenando a jóvenes magos?
Revisó frenéticamente su oficina. No había podido soportar cambiarla desde que Albus había muerto y la mayor parte permanecía intacta excepto el escritorio. Clasificó las pilas de libros que estaban en el suelo junto a la estantería. Le llevó casi una hora encontrar lo que buscaba. Era grande y pesado, y estaba en el fondo de una pila. La portada estaba gastada y polvorienta. Hacía diez años que no se abría. Quitó el polvo y hojeó las páginas andrajosas hasta que llegó a una sección que estaba intacta. Este era el libro en el que se registraban los nombres y direcciones de todos los niños nacidos con habilidades mágicas. Este era el libro que había permitido a Hogwarts contactar a niños nacidos de muggles cuando a los nacidos de muggles se les permitía asistir a la escuela. Le había dicho al Señor Oscuro que había destruido el libro cuando en realidad ni siquiera se había tomado el tiempo de buscarlo. Encontró un niño, uno que este año estaría en edad escolar, un nacido de muggles que vivía en Londres llamado Timothy Barrington. No había nada especial en este niño, fue elegido completamente al azar.
Severus salió de su oficina para encontrar a una bruja que no reconoció sosteniendo una pila de pergaminos.
"Señor. Hay una reunión para discutir el currículum de este año en una hora".
Entonces ella debía ser su nueva secretaria. Había tenido tantas que le costaba mantenerse al día. Todas eran inútiles, incompetentes e irritantes. La mayoría renunciaba el primer día. Por lo general, lograba hacerlas llorar antes de que ellas renunciaran. A veces las despedía. A veces les lanzaba algún maleficio.
"No asistiré a la reunión. Tengo algunos asuntos que atender", dijo enérgicamente, pasando a su lado.
En una hora estaba sentado bajo un encantamiento desilusionador en un tranquilo suburbio muggle en las afueras de Londres. Por lo que podía ver, dentro vivía una familia bastante normal. Incluso en el niño supuestamente mágico, no vio nada fuera de lo común. Se fue, desanimado al caer la noche, pero regresó cada día durante la semana siguiente para observar y esperar. No pasó nada.
En su séptimo día de vigilancia, se despertó repentinamente y descubrió que se había quedado dormido apoyado en un árbol mientras esperaba. Eso era inaceptable. Lo era realmente. Había estado fuera del negocio del espionaje durante demasiado tiempo. Había dormido toda la noche y actualmente estaba envuelto en la casi oscuridad de la madrugada.
Se preparó para irse, listo para considerarlo un fracaso por otra noche, cuando de repente vio una figura familiar a través de la gran ventana de vidrio. Apenas podía distinguirla desde donde estaba, pero ese cabello revuelto, los gestos animados de las manos, eran inconfundibles. Su corazón se aceleró. Después de toda esta búsqueda, estaba cerca, muy cerca. No podía dejarla escapar. Caminó por el costado de la casa hasta que tuvo una buena vista de la puerta principal. Estos eran muggles, ella no los perturbaría apareciendo desde el interior de su casa.
Finalmente, la puerta principal se abrió y una figura envuelta en una capa salió y caminó apresuradamente por la bonita calle iluminada por farolas, mirando a su alrededor de vez en cuando. La siguió en silencio. Dobló la esquina y se deslizó detrás de un árbol. Hubo un pop silencioso y luego ella se fue. Entró en el lugar donde ella había desaparecido y lanzó un hechizo de rastreo, siguiéndola hasta dondequiera que hubiera ido. Instantáneamente se encontró en una calle vacía de la ciudad. Sólo había sido un instante, no podría haberse perdido de vista tan rápido.
"Entonces, sabes que te he descubierto", dijo en voz alta, "conozco este juego". Y si que lo conocía. Él mismo lo había usado cada que pensaba que lo estaban siguiendo. Podría aparecerse de un lugar a otro a través de una serie de lugares hasta perder a su perseguidor. Ahora, sin embargo, él era quien perseguía y era excepcionalmente hábil en este tipo de hechizos de rastreo. Un parque infantil, un bosque, el baño de una estación de tren, un estacionamiento, cada vez él llegaba una fracción de segundo detrás de ella. Todavía podía olerla, todavía podía saborear su presencia en el aire. Él se estaba acercando, acercándose a ella. El techo de un rascacielos, el vestíbulo de un museo cerrado, un callejón detrás de un contenedor de basura, un sitio de construcción y luego oscuridad, sintió que lo golpeaban contra un piso de madera dura y que le clavaban una varita en la nuca. Se quedó sin aliento y se tomó un momento para recuperarse. Una rodilla presionando su espalda hizo que eso fuera difícil. No podía verla, pero podía oír su respiración agitada detrás de él. La aparición continua era físicamente agotadora.
"Hola profesor, ¿o debería dirigirme a usted como director ahora?"
"Ya que tiene una varita en mi cuello, puede llamarme como quiera, señorita Granger".
La tensión disminuyó cuando ella le quitó la rodilla de encima y él sintió que la presión en su cuello disminuyó cuando retiró la varita. Se levantó lentamente y se sacudió, luego se volvió para mirarla. Ella todavía tenía su varita apuntando a él.
"¿Qué es este lugar? ¿Qué estás haciendo?" Preguntó, mirando alrededor del pequeño cuarto oscuro en el que había una simple mesa y nada más.
Ella lo miró fijamente, con la varita levantada e inmóvil, estudiándolo. Dejó su propia varita sobre la mesa frente a ella, un símbolo de rendición.
"Tu varita no es tu única arma. Te lo mostraré, pero primero tendré que atar tu magia. La seguridad es muy importante".
Era cierto, él era muy hábil en la magia sin varita y ella lo sabía. Nunca había dejado que otro mago limitara su magia. Era demasiado arriesgado. Quedaría completamente desprovisto de toda magia hasta que el captor lo liberara. No estaba seguro de si confiaba en ella más de lo que jamás había confiado en otra persona o si después de todos estos años su curiosidad simplemente anuló todo sentido de precaución, pero le permitió hacerlo.
Abrió la puerta y lo condujo a un gran jardín. Parecía como si el edificio al que habían llegado fuera simplemente una cámara de apariciones en los terrenos de una propiedad mucho más grande. Mientras caminaban por los jardines, vio una gran cantidad de ingredientes para pociones. Más adelante había un gran edificio.
"¿Qué sabes ya?" Preguntó en voz baja.
"Sólo que estás enseñando, que contactas a Luna Lovegood para obtener varitas y libros una vez al año y luego borras sus recuerdos de las reuniones".
Ella no dijo nada, pero siguió caminando hacia el edificio. Siguió a la par de su paso rápido, observando su entorno y mirándola con curiosidad. Habían pasado diez años desde la última vez que la había visto y la chica que había conocido había sido reemplazada por una mujer al mismo tiempo familiar y extraña. En su juventud, su inteligencia había parecido una arrogancia desagradable, pero ahora se manifestaba con una tranquila confianza.
"Eres mayor", comentó.
"El tiempo hace eso", respondió ella, arrancando una flor perdida de la enredadera por la que pasaban y dejándola caer al suelo.
Nota de la traductora: creo que fabricar varitas sería definitivamente otra profesión perfecta para Luna, y bueno, nuestros protagonistas al fin se encontraron. Cuál creen que ha sido el plan de Hermione todo este tiempo?
