Capítulo 34. El señor de Rauru
En el refugio no había luz natural. Por eso, cuando abrió los ojos, arropada por una capa y con la cabeza apoyada en el regazo de su padre, Zelda tenía la sensación de estar en el mismo día, la misma noche, una interminable. Se removió, estiró las piernas, y se atrevió a levantarse. Radge le tocó la frente, le dijo que podía seguir durmiendo más, pero Zelda negó con la cabeza.
– Estás agotada, llevas días encerrada.
– Estoy bien – Zelda buscó sus botas. Donde estaba tendida era un lugar de piedra, un poco elevado, como una especie de escalón o altar. A su alrededor, había tiendas de campaña y telas, para dar algo de privacidad a los que descansaban. Radge le tendió una cantimplora y un trozo de pan.
– Antes de marcharte, come y bebe. No querrás volver a desmayarte delante de los sabios, ¿verdad?
Zelda aceptó por fin, pero solo porque su estómago rugió con ferocidad. No recordaba la última vez que había comido algo… ¿Fue durante el baile? Hacía tanto de eso, cuando Link se acercó a bailar con ella, vestido con el mismo tono de verde que llevaba ella… Las lágrimas se acumularon en los ojos, mientras daba mordiscos feroces al pan. Su padre le acarició el corto cabello, y le dijo:
– Hija, hay noticias… Puede que una sea muy buena...
– Nada me puede hacer feliz – dijo Zelda, con una voz tan ronca que ni ella se la podía reconocer –. Debisteis dejar que me colgaran. He fallado, él está…
Radge le rodeó el rostro con las dos manos y le obligó a mirarle. Padre e hija tenían los ojos iguales.
– No, no lo está, pero será mejor que te lo expliquen ellos. Yo no entiendo de magia – Radge sonrió –. No vuelvas a decir que prefieres la muerte. No entendí eso que dijiste, de que la muerte es tu compañera y algo sobre el precio de la inundación, pero no es cierto. No mereces morir, mereces vivir, como toda criatura en este loco mundo.
Zelda negó con la cabeza. Se apartó un poco, y se preguntó si haría bien en decirle a Radge que ella había firmado una sentencia de muerte hacía poco, que sabía que sus días estaban contados, que no llegaría a ser vieja y morir de forma natural. ¿Ayudaría a Radge saberlo? Se imaginaba que entonces se negaría a regresar a Lynn, con su prometida. Se quedaría con ella, la vería morir, y perdería la oportunidad de tener más hijos que de verdad estuvieran cuando él fuera viejo.
– Hija… Estás llorando. ¿Qué te pasa? – Radge le limpió el rostro con un pañuelo algo sucio y con olor a hierbas. Esto hizo reír un poco a Zelda, porque le recordó las veces que se manchaba, hería o lloraba de desesperación, y su padre hacía lo mismo. Se sentía igual que entonces.
– Papá, hay algo que tengo que contarte, pero… lo haré cuando terminemos con esta locura. No te preocupes, estoy bien. Puedo ir a hablar con todos ahora, necesito hacerlo. Vamos.
Se levantó de improviso, y, con su habitual energía, de un par de zancadas localizó la sombra de Link VIII, al fondo de la sala, en un lugar abovedado. Caminó con paso decidido. En algún momento, después de desmayarse, alguien le había quitado la túnica manchada y le había dejado la camisa y la cota de mallas. Era peor, porque en la camisa blanca la sangre de Link, oxidada ya, se veía aún más.
En la gran sala abovedada, estaban los sabios y más personas: Reizar, que la saludó con una sonrisa algo torcida, Medli, Vestes y su hermano Oreili, y, para su sorpresa, Liandra. Esta hablaba con Maple, y al ver a Zelda se puso en pie.
– Vine para ayudar – dijo, cuando Zelda la miró sorprendida.
– Se ha escapado, más bien. Estaba entre el público de la plaza. Desde luego, tu padre te va a dejar el culo pelado, prima – dijo Leclas, avanzando con la muleta –. Zelda, hay algo que debes saber…
– Sí, tengo muchas preguntas – Zelda miró alrededor. Observó que todos los sabios tenían heridas. Nabooru, aunque los remedios gerudos eran eficaces, tenía medio rostro deformado por las quemaduras. Hasta ella sabía que, aunque usara todos los remedios, eso dejaría señales en su bello rostro.
– Antes de que las hagas, debes ver a Saharasala – Leclas le señaló con la barbilla a un lugar al fondo de la habitación, justo debajo del cuerpo robusto de Link VIII. Allí, en una cama hecha con paja y mantas, yacía alguien que, en un pasado cercano, fue Saharasala, abad del Monasterio de la Luz, líder del Templo del Tiempo.
El Sabio de la Luz.
Rodeado de vendas, gemía de dolor. Zelda avanzó, dejó atrás a los sabios, y se arrodilló al lado de Saharasala. Le sostuvo la mano, y le miró, en silencio. No sabía qué decir. Fue Kafei, que se llevaba las manos a los ojos para tratar de contener las lágrimas, quien le dijo lo que ya estaba viendo.
– Ha resistido lo que ha podido, quería verte…
Zelda apretó los dedos. Recordó la primera vez que le vio, en las escaleras del monasterio, cuando Link y ella huyeron de los lobos y fantasmas que les salieron en las ruinas de antigua ciudadela de Hyrule, hoy el monasterio. Sus ojos glaucos, que veían más de lo que cualquiera veía. También su encuentro con su forma de Kaepora Gaebora, las veces que supo animarla, que la ayudó en mitad de una batalla, su consejo siempre sabio, aunque no bien recibido. Laruto le contó que habían intentado todo su poder mágico para tratar de curarle, pero había sido imposible. El Sabio de la Luz simplemente se estaba muriendo.
– He sido llamado… por las tres diosas – susurró. Zelda le escuchó porque se inclinó sobre sus labios resecos –. Muchacha… Estás aquí… Escúchame… Esto no ha terminado, él está… está… vivo.
Entendía la importancia de mantenerse en un delirio las últimas horas de vida. No le llevó la contraria. Rodeó su mano con las dos, y dijo, en voz baja:
– Gracias, Saharasala, por todo… Los sabios se quedarán sin tu guía, pero trataremos… Trataremos de honrar tu memoria. Descansa, te lo mereces. Gracias, de nuevo, mil gracias.
Saharasala se agitó. Levantó la mano llena de vendas, y señaló a alguien en la oscuridad. Era Medli.
– No está todo perdido… Surgirá un nuevo Sabio de la Luz, no os preocupéis. Os dejo, amigos… – y cerró los ojos, bien fijos en Zelda. Antes de irse susurró solo unas pocas palabras, que Zelda escuchó, pero los demás no. Apretó la mano, se la llevó a la frente y luego la besó, para dejarla sobre el pecho de Saharasala.
No pudo levantar la cabeza. Continuó sentada en el suelo, mirando el cuerpo inerte del Sabio de la Luz, hasta que alguien, parecía que Maple, le cubrió con una sábana. Zelda se limpió las lágrimas con la manga de la camisa, y luego, trató de ponerse en pie, pero no encontraba fuerzas ni valor.
– Dos… Dos de nosotros… Todo está mal – llegó a susurrar, antes de encontrar un resto de energía para tenerse en pie.
Entonces, alguien que estaba en las sombras, con la capucha echada, dio un paso hacia la luz. Zelda la miró. Estaba tan triste, agotada y perdida que no se sorprendió de ver allí Kandra. Esta se retiró la capucha, sonrió y dijo:
– No, hay esperanza, Zelda. Él lo ha dicho: no está todo perdido – la muchacha se acercó a Zelda y le tendió un objeto: el visor –. Vamos a ir a buscar a Link, él te está esperando. Solo tú puedes salvarle.
Zelda no se movió. Miró a Kandra, con una ceja levantada.
– Es imposible, murió en mis brazos. Vi como la vida le abandonaba, y después…
– ¿Desapareció? Sí, porque era necesario – Kandra sonrió –. Menos mal que hicisteis el pacto con las criaturas malignas. El ser llamado Sombra le mantiene con vida. Pudo congelarle en ese instante, y se lo llevó a un lugar seguro, pero solo la Espada Maestra puede liberarlo. La Espada Maestra, en las manos de la persona elegida por la trifuerza.
– ¿Y cómo sabes tú todo eso? Estabas en el bosque, ¿verdad? Te vi… – Zelda miró alrededor. Los sabios no solían usar armas, ni siquiera Reizar tenía algo a mano. Solo Nabooru, la cimitarra de su madre. Se giró con agilidad, se lo arrancó de la cadera a su amiga y apuntó con el arma a Kandra.
Esta no se defendió. Levantó las manos, para que Zelda viera que no estaba armada. Solo tenía el visor en la mano.
– Sí, estaba allí.
– ¿Y dejaste…? – Zelda tembló –. ¿Dejaste que… que le mataran? ¿No serías tú quien lanzó el puñal?
– No, claro que no. Fue Zant – Kandra habló, y supo que lo que iba a decir iba a provocar muchas emociones, pero sabía que, si no lo hacía, Zelda iba a usar la cimitarra contra ella –. Zant se infiltró en la ciudad. Por eso estoy yo aquí. Supo llegar hasta el castillo, se hizo con Lord Brant, y le puso en vuestra contra. El señor de Rauru haría cualquier cosa para llegar a la corona de Hyrule. Al ver que se le escapaba esta oportunidad, Zant le ofreció poder – volvió a enseñar el visor –. No te conté que tiene más usos, ¿verdad? Como que permite grabar imágenes.
– ¿Grabar? – Zelda no bajó la cimitarra –. ¿Qué demonios es eso?
– Mejor te lo enseño, si tengo que explicarlo tardaríamos años – Kandra giró el visor, para enseñarle la superficie. Tiempo atrás, por ella vio las figuras de los gorons en la oscuridad de las minas de la Montaña de Fuego. Ahora, le mostró una escena que sucedía en el Bosque de los Huesos.
Todos los sabios se acercaron, mucho porque la pantalla era muy pequeña. Zelda no tuvo más remedio que bajar la cimitarra. En la superficie, como una luminografía pero más realista y con mucho color, vieron el bosque de los Huesos, rodeado de una neblina. En el centro de la imagen, Link alargaba la mano y la estrechaba con una especie de niña con un casco con cuernos. Zelda estaba al lado de Link, y era gracias a la luz que emitía la Espada Maestra que se veía la escena.
– Don Obdulio se moriría del susto si viera esto… ¡Una luminografía a color y que se mueve! – dijo Leclas.
– Ahora, fijaos… – Kandra dio un golpecito, y la imagen se movió, cambió. Ahora, todos veían a Zelda, sosteniendo a Link en brazos, mientras gritaba por ayuda. La imagen parpadeó, y en el segundo siguiente, Link ya no estaba. Kandra dio otros golpecitos, vieron la imagen otra vez, y ahora se movió todo muy lento. Señaló con su dedo a un rincón de la imagen. Zelda estrechó los ojos. Había alguien allí. Kandra dio otros golpecitos, y el color oscuro se iluminó, tanto que se podían ver los rostros de los guardias, y también a quién pertenecía esa silueta: a Lord Brant. A su lado, había alguien más bajo.
Era Zant, sin la máscara de lagarto. Lo más espeluznante es que sus ojos miraban directamente hacia ellos, como si pudiera verlos a través de la imagen, como si estuvieran todos allí.
– Tuve que huir, pero sabía que no me ibas a creer, por eso me arriesgué a tomar esta imagen. Ahora, fijaos en Link. ¿Veis el halo que hay alrededor? Mirad: hay unas manos blancas. Son de ese ser, Sombra. Por lo visto, es capaz de invocar unas manos que pueden agarrar o convertir en hielo o en piedra a los enemigos. Usó esa habilidad para congelar a Link y llevárselo. Por eso no dejó cuerpo.
Kandra retiró el visor y volvió a tendérselo a Zelda.
– Si volvemos al Bosque de los Huesos, podremos encontrar la entrada, y seguirla. Sin embargo, debemos ir todos los sabios, y debemos tener la Espada Maestra. Hay que robarla primero del castillo.
Zelda miró de reojo al cuerpo de Saharasala. Alargó la mano y tomó el visor.
– Todos no, ya no somos… Ya no sois seis sabios – Zelda miró la imagen. Estaba detenida en la de Link, yaciendo en sus brazos. Dejó de verla, porque los ojos se le llenaron de lágrimas.
Escuchó una exclamación. Medli, que se había mantenido a distancia, brillaba. Sus plumas se erizaron, y una corriente de poder, de un color dorado, pasó por ella. Se llevó las manos al pecho, mientras a su lado Oreili y Vestes exclamaban y preguntaban si se encontraba bien. Medli respondió que sí, que ella no sentía dolor. Abrió las manos, y todos vieron en ellas el medallón de la luz, que desapareció enseguida.
– Saharasala… – musitó Kafei, sorprendido.
– Me parece que te ha dejado el marrón, Medli. Te toca ser la Sabia de la Luz – dijo Leclas. Reizar le dio un golpe y le llamó burro.
El sonido de una carcajada, que vino de Zelda, hizo que todos los sabios se giraran hacia ella. La chica le devolvió la cimitarra a Nabooru, se agarró las costillas y se arrodilló en el suelo, cerca de Saharasala. Link VIII puso su manaza con delicadeza en la espalda de Zelda. La chica pasó de reírse a llorar, y de nuevo a reír.
– Me dijo… – Zelda se restregó los ojos para limpiarse las lágrimas, pero lloraba tanto que no lograba secarlas, seguían saliendo –. Me pidió perdón, por no dejarnos… por no… y me llamó reina de Hyrule. No he podido decirle… no puedo con esto, no puedo…
– Él te necesita – dijo Kandra.
– Y ella nos necesita a nosotros – dijo Laruto, con reproche en la voz –. Zelda, entendemos que no estás en condiciones, que te hemos llenado la cabeza con mucha historia, y que te han pasado muchas cosas de repente. Vamos a ocuparnos nosotros de recuperar la Espada Maestra. Tú descansa.
Zelda se giró, logró ponerse en pie, y, con los ojos llenos de lágrimas aún, apretó los dientes.
– No. Dadme un arma, y vamos a por la Espada y luego a por Link – tomó aire y lo soltó –. Estoy harta de no hacer nada. Ese Brant se va a enterar, y en cuanto a Zant, cuando le tenga en frente... Le voy a dejar tan deformado que no volverá a parecerse a nadie en su maldita vida.
Apretó los dientes, y su expresión era tan extraña que provocó un gesto de temor a los presentes.
– Cuando regresemos, con Link, le daremos a Saharasala el entierro que se merece. Vamos, a
movernos.
Desde que había tenido lugar el intento de ejecución, la ciudad estaba en toque de queda. No se podía salir de las casas desde el crepúsculo hasta el amanecer. Era obligatorio llevar encima un documento que te acreditaba como ciudadano de Rauru, con el sello del señor estampado en él. En menos de un día, falsificadores y estafadores empezaron a surgir, dispuestos a dar, por unas jugosas rupias, este certificado.
Jason ya no podía circular tan libre. Tenía que esquivar a los guardias, ocultarse más todavía, y encima no tenían rupias suficientes para hacerse con una falsificación. Además, no se fiaba de los que decían venderlas. Selma, la dueña de la posada que custodiaba una de las entradas, había tratado de buscar a uno de confianza, sin éxito. "La ciudad se está convirtiendo en un nido de ratas, empezando por el castillo" le dijo, mientras le insistía en que se tomara una cerveza, que le invitaba. Jason tenía que explicar que era menor, que no quería dar mal ejemplo a sus hermanos (aunque estos estaban en Términa), y, sobre todo, no quería cumplir con una misión estando ebrio.
Debía llegar a los patios del castillo, de algún modo.
Los sabios y la mujer llamada Kandra habían desplegado un mapa. Según Leclas, era el que había usado para encontrar estos refugios, y mostraban túneles que podían estar aún bajo la ciudad. Uno de ellos conducía al castillo. Jason había estado preguntando, a diversas personas, por los rumores que corrían, pero nadie había sido capaz de decir dónde podían tener la Espada Maestra y el Escudo Espejo que le quitaron a Zelda.
– Tiene que haber una cámara de seguridad, un sitio secreto en el castillo para guardar reliquias y cosas valiosas, como rupias y oro – comentó Zelda, examinando el plano.
– ¿Quién puede saberlo? Solo Brant, y no nos lo va a decir – dijo Kafei. Zelda levantó una ceja, le miró, pero no dijo nada.
Le habían dejado claro que el plan primero pasaba por recopilar información. No solo debían encontrar la espada y el escudo, además, había que rescatar a Tetra. La princesa de Gadia estaba retenida en la torre de las Damas, sin contacto con el exterior. Kandra había dicho que tenía contacto con las hijas de Brant, que de este modo había conseguido que le dieran la carta para que Radge pudiera visitar a Zelda, aunque al final no la usó.
Jason suspiró, se acercó a la valla, y observó alrededor. Había un montón de jaulas de animales, de gallinas o conejos. Varios chicos estaban cargándolas para introducirlas dentro. Se unió al grupo, nadie hizo preguntas cuando cogió dos jaulas con una mano y otras dos con la otra, y empezó a caminar para entrar en el castillo. Los guardias ni le miraron. Tendría razón Leclas: era tan anodino, tan vulgar, que no llamaba la atención.
En el interior, observó que había muchos más guardias. Apostados en cada rincón, iluminaban el rostro de todo aquel que pasaba, pedían su nombre, ocupación y a dónde se dirigían. Jason caminó un poco más lento. Escuchó que decían que eran criados, a las órdenes del mayordomo, y que debían llevar las jaulas a la despensa para limpiarlas y prepararlas para tener más gallinas. En lo que tardó en pensar si decir su nombre o probar con uno nuevo, el guardia le iluminó a él.
Por un segundo, el pánico le dominó. Se le borró de la mente lo que tenía que decir, como le pasaba de niño en la escuela. Tartamudeó, llegó a balbucir su nombre verdadero, que estaba llevando las jaulas a la despensa, y que el "madoryomo"se iba a enfadar si no acababan esa noche. Alguien por detrás le dio una colleja, y de inmediato le rodeó el cuello con un brazo. Apretó, para que se quedara quieto, y habló por él.
– Es un poco corto, oficial. Hay que decirle las cosas como diez veces – y pasaron juntos. Jason dejó de temblar y se giró hacia la persona que había hablado. Tuvo que morderse la lengua, para no dar un grito. Este criado le dio un pisotón, y le dijo que caminara, y los dos pasaron a la zona de la despensa, donde dejaron las jaulas.
– Pero ¿qué hace? Aún no… – empezó a quejarse Jason, pero el criado le puso un dedo en los labios, sonrió y entonces dijo:
– ¿Quedarme sentada esperando a que averigües algo? No tengo tanto tiempo.
Era Zelda Esparaván. Se había puesto ropa de varón, vendado el pecho para no tener ninguna forma, y, lo más raro, se había teñido sus rizos rojos a un color oscuro. Los llevaba recogidos en una prieta coleta, como solían llevar algunos chicos de la ciudad. Para ocultar las pecas, se había manchado la cara de hollín. Si no fuera porque sus ojos verdes eran llamativos, podría pasar por uno más.
– Pero no está en condiciones. Sapón dijo que debías descansar, ayer casi le ahorcan, debería estar…
– Como alguien vuelva a decirme que debería estar echada, le daré una patada en los cataplines, ¿estamos? – Zelda puso los ojos en blanco –. No me pude mover mucho por el castillo, pero sí que conozco la torre de las damas.
– Así vestida no te van a dejar pasar, eres un chico ahora – señaló Jason.
– Ah, pero es que tengo otros planes – Zelda le agarró de la mano, y tiró de él. Caminaron juntos hasta llegar a la zona de lavandería. Había tendidos muchos vestidos y uniformes de criada.
Para sorpresa de Jason, Zelda no solo cogió uno, sino dos, además de cofias y pañuelos. Le chistó, le obligó a meterse en un lavadero mientras dos guardias hacían la ronda. Con una habilidad pasmosa, y sin ningún pudor, Zelda se quitó la casaca de criado, se colocó el vestido sobre los pantalones, y se soltó el cabello, para luego ocultarlo bajo un pañuelo. Le arrojó a Jason un vestido y le dijo que era hora de que él también se disfrazara.
– ¿De mujer?
– ¿Quieres entrar en la torre, o no? Hay que rescatar a Tetra. Además, necesito hablar con alguien – Zelda se limpió el rostro de hollín, usando la casaca de criado –. Si no quieres ayudar, o te da miedo, te quedas aquí. Me las puedo apañar sola.
La noche anterior, se reunieron para hablar en voz baja. Según el médico Sapón y Radge, Zelda estaba mal. Físicamente no tenía nada, pero algo se había roto en su cabeza. Actuaba de forma descontrolada, extraña, pasaba de la risa al llanto y luego a la ira en cuestión de segundos. Para asegurarse de que al menos durmiera unas horas, su padre le había dado un té con una medicina del doctor Sapón, y por eso se desplomó sobre la mesa donde examinaba el mapa, ajena a la conversación. Iban a empezar la misión sin contar con ella, y para eso era vital que primero Jason encontrara la información. Radge ya advirtió que su hija sería capaz de despertarse incluso drogada. Solo había logrado dormir unas pocas horas, por lo que veía. De algún modo, se las había apañado para esquivar a los sabios, a las gerudos y a los otros refugiados, robarles la ropa, un cuchillo que entrevió que llevaba metido en el pantalón y teñirse el cabello. Aún lo tenía húmedo.
– Le acompaño, pero necesito saber qué está planeando.
– Con esta cantidad de guardias, no lo ibas a lograr tú solo – dijo Zelda. Le ayudó a arreglarse el pecho con unos trapos que encontraron, y le colocó una especie de sombrero de tela blanca, como los que usaban las doncellas –. Menos mal que eres imberbe. Habría sido difícil afeitarte con esta oscuridad.
– No comprendo, ¿por qué vamos allí? La espada no va a estar en la torre de las damas.
– Si algo he aprendido viviendo en este sitio, es que a las mujeres se las trata como si fueran estúpidas, como si no entendieran lo que oyen. Estoy segura de que Brant ha dicho algo delante de sus hijas. Además, matamos dos pájaros de un tiro. Vamos a rescatar a Tetra también, se lo debo a Reizar.
El de Beele había recibido varias palizas por parte de los guardias, al intentar ayudarla. Tenía la mandíbula torcida, y las costillas rotas. Sapón le recetó reposo. No estaba en condiciones de pelear ni de rescatar a su esposa, aunque como era orgulloso, había tratado de fingir que estaba bien.
Al final, iba a agradecer el tiempo que pasó como "invitada" en la torre. Por sus deseos de moverse libremente, Zelda había memorizado todas las puertas, no solo las que usaban las damas, sino también las doncellas. Pudo conducir a Jason, con facilidad, hasta una de ellas. Un guardia las detuvo, pero Zelda ya estaba preparada. Dijo que debían limpiar los baños de la torre, que esa tarea se hacía de noche, y que les habían pedido que trajeran trapos y un barreño más, que tomaron de la lavandería. Jason la dejó hablar, asintió cuando le miró el guardia, y Zelda volvió a decir que era un poco "corta" su prima Jasona, que tenía aún que espabilar. Usaba para hablar un acento neutro, controlando bien su propio tono labrynness. El guardia debió de pensar que era encantadora, porque le dijo que a él le gustaban las chicas más arrojadas, y le preguntó si después de limpiar los baños terminaba su turno. Zelda le respondió con una risa, le dijo que ella se iría a descansar, y que era mejor verse un día "en que fuera a oler mejor".
El guardia se lo tomó con humor, las dejó pasar, y seguro que se creyó que un día, esa muchacha de cabellos rizados oscuros y misteriosos ojos verdes le iba a pedir quedar. El rostro de Zelda pasó de la sonrisa a la más absoluta seriedad. Nunca había tenido que actuar, le revolvía el estómago ser tan falsa. Jason le susurró que podría dedicarse al teatro, que la comedia era suyo. Zelda respondió con una negativa.
La puerta, tal y como dijo Zelda, no estaba custodiada. Tenían tanta confianza en los guardias apostados en el jardín que no se les ocurrió cerrar con llave. Entraron por las dependencias de las doncellas. Estaban ya todas acostadas, a juzgar por las luces tenues y el silencio. Era mentira que los baños se limpiaban por la noche. Se hacía al amanecer y había otra ronda justo antes de terminar el día, y se ocupaban de esta tarea doncellas recién llegadas o las más jóvenes, niñas de 10 o menos años. Se las encontraron dormidas en el suelo de lo que parecía una cocina pequeña, para preparar tentempiés y desayunos a las damas. Zelda se pegó a la pared, para no pisarlas, y Jason la imitó. La escuchó chasquear la lengua varias veces, asqueada, hasta llegar a la puerta del pasillo.
– Ya hablaré con Leclas sobre lo de tener a niñas tan pequeñas de sirvientas – susurró.
En las escaleras del servicio, no había nadie. Les resultó fácil llegar a los pisos superiores, y asomarse a los pasillos principales. Zelda reconoció la puerta de su dormitorio, donde apenas estuvo porque la mayor parte del tiempo lo pasó en los aposentos de Tetra. Quedaba un último piso hacia estos, que no tenían puerta de servicio. Se preguntó si Brant ya sabía que algún día tendría que controlar el lugar. Jason pasó primero, se asomó, vio si había alguien apostado, que no, y empezó a subir. Zelda le detuvo, y le señaló un punto por encima de la puerta.
Había un ojo, pintado, que no estaba ahí cuando era invitada a la torre. Retrocedieron un poco y Zelda murmuró:
– Saben que intentaremos acercarnos a Tetra, por eso han puesto vigilancia… No pueden meter un guardia, pero un hechizo…
– ¿Cómo lo rompemos? En tus historias, esos ojos…
– Sí, pero está pintado. No sé si funcionará – Zelda se mordió el labio –. Tetra va a tener que esperar un poco. Vamos a por otra dama, anda. A ver si tenemos suerte.
La torre tenía una primera planta muy amplia, donde estaban los dormitorios de la señora de la casa, y la de las hijas. No estaba segura de cual pertenecía a cada una, pero supuso que se enterarían rápido. En el pasillo, había una única puerta al fondo, decorada con adornos dorados y flores talladas. Seguro que ese era el de Lady Iyian. Por orden, la puerta más cercana pertenecería a la siesa de Graziella, la siguiente puerta a la hija mediana Ariadna, y la última a Melissa. Las puertas de las hijas no tenían tantos adornos, y eran iguales. Pidió silencio a Jason, apoyó la mano en el picaporte de la última puerta y, al ver que cedía, se coló dentro sin mayores problemas. Jason la siguió, de repente muy consciente de que estaban cometiendo un delito muy grave en Rauru. Si le pillaban allí, podrían ahorcarle.
El mismo riesgo que estaba tomando Zelda.
Volvió a preguntarse si los sabios tenían razón al decir que la chica estaba loca. Si lo estaba, era una locura muy inteligente, pues ella sola había armado todo este plan.
– Anda, quédate cerca de la puerta y avisa si aparece alguien.
– ¿Qué vas a hacer? No le harás daño, ¿verdad? – preguntó, en susurros. Incluso en la oscuridad de la habitación, pudo ver la sonrisa maliciosa – ¿Verdad?
– Tú, vigila – dijo, antes de girarse y dejarle en la entrada.
Más que un dormitorio, eran varias estancias. Había una entrada, donde se quedó Jason de pie, cerca de la puerta. Una vez pasada la salita, estaba el gran dormitorio. Si Melissa hubiera tenido aún 14 ó 15 años, habría tenido que sortear a una niñera o aya, pero desde que había cumplido los 18, se la consideraba adulta, y podía dormir sola. Eso le habían explicado las doncellas, sobre el funcionamiento de la torre y a la pregunta de si también de niñas las hijas de Lord Brant habían tenido tanta vigilancia.
Había otras habitaciones: un vestidor, un aseo privado con bañera y letrina propia, un tocador. Bajo la ventana, iluminado por la luz de la luna en menguante, estaba un escritorio. Había libros abiertos, papeles y pluma y tinta preparadas para escribir. Le echó un vistazo por encima: eran libros de herbología. Sabía por su padre que Melissa se había mostrado muy interesada por las semillas y sus usos. De hecho, uno de los manuales que tenía sobre el escritorio estaba firmado por Félix Esparaván.
El abuelo de Zelda.
"Mira, no sabía que fuera admiradora de la familia" se dijo. Se acercó a la cama. Era enorme, más que ninguna otra cama que había visto en su vida. Cabrían en ella la mitad de los niños del refugio del bosque, y sobraría espacio para moverse. No quiso imaginarse cómo podían cambiar las sábanas o el tamaño que tendrían las mantas. Melissa dormía en una esquina, cerca de la mesilla de noche. Había más libros allí, novela y poesía, y encima de todos ellos, unas gafas con unos cristales gruesos. Zelda las miró, sorprendida. Entonces, se concentró en la pobre durmiente que iba a sufrir su ira… y no pudo hacer nada, excepto llevarse las manos a la boca y ahogar la risa.
Melissa Brant dormía con un montón de papelillos enrollados en su cabello, una especie de máscara de barro de color verde y unas piezas de fruta o verdura sobre los ojos. Seguro que había empezado a dormir estirada boca arriba, con cuidado de no mancharse ni dejar caer las verduras de sus ojos, pero en algún momento se había tumbado de lado. La almohada estaba manchada, y el trozo que debía cubrir el ojo derecho ya estaba en el suelo. Tetra hacía cosas parecidas, pero menos exagerada. Se echaba una crema que olía a plantas, en cara y manos, y se cepillaba su largo cabello rubio, que ataba bajo un pañuelo de seda.
Aunque se había contenido, algo de ruido hizo, porque Melissa entreabrió un ojo, pestañeó y entonces la vio. Zelda tuvo tiempo de taparle la boca, subirse encima de ella a horcajadas y ponerle un puñal en la garganta. Había tenido que robarlo a una gerudo, era una daga pequeña que podía llevar oculta. Se habían negado a darle una espada.
La pobre chica se quedó aterrada, mirándola con los ojos muy abiertos. Al menos, no trató de escabullirse o rehuirla. Zelda se acercó un poco para susurrar al oído:
– Si te portas bien, si me escuchas y colaboras, entonces te dejaré en paz sin hacerte ni un rasguño. ¿De acuerdo?
No retiró la mano de la boca, pero Melissa pudo asentir. Zelda le dijo:
– Link está vivo. Se lo llevaron las criaturas malignas que están de nuestro lado, está en algún lugar, y necesita que lo libere. Pero para eso, necesito la Espada Maestra. ¿Dónde la tiene guardada tu padre? Me voy a retirar un poco, pero como grites… Digamos que las sábanas van a tener más manchas que la mierda que te pones en la cara.
De nuevo, su prisionera asintió, con los ojos muy abiertos por el miedo. Zelda se retiró un poco, dispuesta a golpear a Melissa si se ponía a gritar. Esta no hizo nada de eso. Susurró:
– ¿Te importa quitarte de encima, por favor? Me cuesta respirar.
Zelda obedeció, y Melissa se incorporó.
– ¿Has venido sola?
– Me ayuda mi prima Jasona, pero no te preocupes, que está en la puerta. No mancillará tu reputación – Zelda se quedó sentada en la gran cama –. Bien, ¿sabes dónde está la Espada?
Melissa se sentó frente a Zelda. Cogió una almohada, la colocó en su regazo, como para usar de escudo, buscó en la mesilla de noche y cogió sus gafas para ponérselas. Zelda contuvo de nuevo la risa, pero le costó.
– Sí, ya sé que tengo un aspecto distinto al que suelo mostrar. Y, respondiendo a tu pregunta, sí que puedo decirte algo. Hay una sala en el ala principal, es el despacho de mi padre. Dentro, hay una sala oculta tras un gran cuadro, del rey Dalphness. Allí guarda dinero, oro y también, ha guardado la Espada y tu escudo. Pero no será fácil llegar. Hay más guardias que en la torre de las damas, y detendrán a todos los que se asoman que no pertenezcan al círculo de confianza de mi padre. Además… – Melissa bajó la voz –. Ha puesto algo de magia por distintas zonas. Dice que ha contratado a un hechicero de Gadia, pero no le he visto en ningún momento.
– Ya, ya me imagino quién es el hechicero. La habitación de Tetra tiene esos hechizos también, imagino – la chica asintió, y Zelda entonces se bajó de la cama de un salto –. Gracias, Melissa, te dejo seguir durmiendo.
– Zelda, espera… ¿De verdad está vivo?
– Eso me han dicho. Hasta que no lo vea, no lo creeré.
– ¿Y es cierto que tú le traicionaste? – preguntó también.
– Recuerda lo que te dije en el baile – fue la respuesta de Zelda, que se fue hasta la puerta. Allí, hizo un gesto a Jason y le hizo seguirla. Cerraron tras de ellos y se marcharon.
Una vez fuera de la torre de las damas, esquivaron al guardia y llegaron de nuevo a la lavandería. Zelda se quitó el vestido y volvió a ponerse las ropas de varón. Jason la imitó, pero se dio la vuelta porque Zelda no tenía ningún pudor. Al ver que Zelda no tenía sangre y que Melissa Brant parecía viva y sana cuando se marcharon, tuvo que darle un voto de confianza. Sin embargo, nada más terminar de vestirse, la chica le dijo:
– Regresa junto a los sabios.
– ¿Y usted? ¿Qué va a hacer?
Zelda se guardó la daga en los pantalones, aprovechando que le venían grandes. Cubrió el puñal con el faldón del traje de criado y miró a Jason.
– Voy a por la Espada.
– ¿Usted sola?
– Sí, yo solita – Zelda le miró con enfado.
– No, no está bien. Debemos regresar, decírselo a los sabios, y organizar un plan inteligente. Entrar a lo loco puede ser peligroso. Pueden volver a apresarla, y esta vez, no se van a arriesgar a colgarla en público: la matarán de inmediato. Y entonces el rey…
Zelda apretó los labios, y le miró con los ojos rasgados entrecerrados. Jason aguantó de pie y sin moverse esa mirada llena de odio. Es más, se atrevió a decir:
– No está sola, tienes a su disposición a mucha gente dispuesta a ayudar. En lugar de arriesgarse y conseguir que lo perdamos todo, es mejor tener un plan y luchar juntos. Necesita un mago que elimine los hechizos, algo para distraer a los guardias, y, si tiene la espada en alguna caja fuerte o habitación secreta, el código para entrar.
La chica no respondió. Le miró, se cruzó de brazos, luego tomó aire y dijo:
– Ve a decírselo. Queda un rato para la medianoche, entonces me pondré en marcha – Zelda miró a Jason y le dijo –. No puedo quedarme quieta, no hasta que vuelva a verle. Ellos lo entenderán.
No sabía si estaba haciendo lo correcto, pero Jason vio en los ojos de Zelda mucha determinación. La noche anterior, mientras dormía bajo los efectos del té, su padre dijo que no iba a ser fácil convencerla para quedarse quieta, que haría alguna locura, y Kandra dijo que era una cabezota, pero no era tonta. Al fin y al cabo, era la heroína que había cruzado el Mundo Oscuro.
Volvió a coger una jaula, se manchó a propósito el rostro con el barro del suelo de la lavandería, y se marchó de nuevo hacia las murallas, para salir del castillo.
Zelda cumplió parte del pacto. Se quedó oculta, en el lavadero, observando desde detrás de unas cestas cómo los soldados hacían un cambio de turno. A lo lejos, escuchó once campanadas. ¿Qué le dijo Link? Algo del campanario de un monasterio, que sonaba indicando las horas. Igual que hacía el reloj de Términa, antes de que la primera arca lo destrozara. A Zelda le había vuelto loca el ruido constante, un clac–clac que sonaba a todas horas, incluyendo la noche. Link la abrazaba, le hablaba, tocaba la flauta, y Zelda lograba dormir, pero ese sonido se metía dentro de sus sueños.
Clac–clac, clac–clac… Este es el tiempo que te queda, parecía decir. Y estas campanadas no eran mejores. Sentía el mismo dolor de estómago, a cada tañido.
Había prometido quedarse quieta hasta las 12, pero no podía. Se incorporó, y empezó a salir de la lavandería. Había vuelto a ponerse las ropas de chico que había robado en el refugio. No había conseguido que le dejaran una cota de mallas, y tampoco una espada. No estaba en condiciones de luchar contra nadie, Jason había tenido razón. Sin embargo, no podía. Cada segundo que pasaba, en cuanto pestañeaba, veía de nuevo a Link muriendo en sus brazos, sangrando. Si era cierto que estaba vivo, no iba a descansar hasta verle.
Zelda se pegó a la pared, y caminó hasta que se encontró con la puerta, una que debía de llevar a las cocinas o algún lugar que los criados frecuentaban. Se deslizó un poco, miró por el agujero de la cerradura y pegó una de sus orejas en la madera. No se escuchaban pasos ni se veían luces. Zelda abrió lo mínimo que necesitaba para pasar ella, y cerró con cuidado de no hacer ruido. Al otro lado, tras un pasillo, por el olor que sentía a carne y caldo, estaban las cocinas. A esas horas, no quedaba nadie en pie. Quizá en unas pocas horas, en la madrugada, llegarían los panaderos o pasteleros, aunque Link le contó que había escasez de trigo y se hacían menos.
Había memorizado algunas partes del castillo. Tenía la ventaja de que no era tan grande como el de Gadia ni como el que tuvo Link, el que invadieron para rescatarle. Entonces, al menos Kaepora logró averiguar dónde estaba encerrado, aunque el muy tonto de Link se había escapado… Haciéndose amigo de un orco.
Zelda apretó los dientes. No podía ponerse a pensar en ellos, porque ya no estaban a su lado. Esos tiempos en los que Kaepora Gaebora aparecía para ayudarla habían desaparecido. Su cuerpo aún estaba en las catacumbas, esperando el momento en que se le hiciera un funeral. "Encontraré a Link, Saharasala, y le contaré que ya te has ido, te lo prometo" fue lo último que se obligó a pensar sobre el Sabio de la Luz.
Según el plano que había visto, después de las cocinas venían una serie de pasillos por donde los criados circulaban. Uno de esos pasillos tenía una puerta que llevaba a la segunda planta. Allí, encima de la sala de comunes, estaba el despacho de Lord Brant. Melissa le había dicho que la caja fuerte estaba detrás de un cuadro de Dalpheness, el abuelo de Link. Hacía mil años, cuando Link tenía su propio pequeño castillo en Kakariko, un mercader había traído para agasajarle algunas cosas que habían pertenecido a su familia. Entre ellas, retratos de familiares. Link dijo que no conocía a ninguno en persona, que su familia había sido algo desgraciada en los últimos tiempos y él no había llegado a conocer a muchos de los que salían en esos retratos. También decía que no se podía confiar en esos cuadros, que eran interpretaciones según el gusto de aquel entonces. Por ejemplo, a su padre le quitaban a propósito la cicatriz que tenía en un lado de la cara. No era una cicatriz fea, pero consideraban que quitaba belleza al rostro juvenil del rey Lion II, y por eso los pintores la retocaban o la difuminaban. Entre esas pinturas, estaba la de su abuela, que fue una gran reina que falleció muy joven por culpa de una horda de enemigos, y su esposo, el rey regente Dalphness, del que se decía que era sabio y también un gran guerrero. Por eso le representaban con armadura. El retrato más común, el más popular, le explicó entonces Link, era el que le hicieron a su abuelo cuando ya tenía canas en la barba, por lo que la imagen de un rey con larga y blanca barba era lo más normal. En realidad, su abuelo se recortaba la barba y se la teñía porque "las canas son un signo de debilidad".
Una vez salió a una galería ancha, con grandes ventanales con cristaleras, Zelda se sintió demasiado al descubierto. Se ocultó detrás de una columna, agachada, y miró bien, pero estaba oscuro. Apenas lograba ver más que unos pocos elementos, como pilares con jarrones al final, tapices y cuadros. Musitó un "gracias, Kandra", y sacó el visor de la chica.
Cuando los usó en la mina de los gorons, solo había imitado a Kandra, sin saber nada sobre los otros botones del cacharro. Kandra le había dicho que podía "grabar", y hacer "fotos", que era cómo ella llamaba a las luminografías. Movió la pantalla, buscó los botones que usó en la mina, y repitió lo mismo que había visto hacer a Kandra, cuando le enseñó a Leclas cómo podía grabar. No quiso probar otras posibilidades. Mejor era malo conocido que bueno por conocer. Además, no se fiaba. Si apretaba un botón, el cacharro se podría poner a cantar o hacer un ruido infernal. Era mejor no arriesgarse.
Al usar la función para ver de noche, no distinguió gran cosa, pero sí que pudo ver al fondo una puerta, de doble hoja. El despacho de Lord Brant. No había guardias. Zelda movió un poco el visor, y seguía sin ver ni hechizos ni personas. Nadie que emitiera calor estaba por allí.
Caminó casi de cuclillas hasta las puertas. Estarían cerradas, se dijo, pero también para eso había robado otro objeto. Tuvo que meter las manos en las ropas de Leclas, mientras este dormía, para encontrar el bolsillo secreto y sus ganzúas. Le pidió perdón mentalmente, sabiendo que su amigo se iba a molestar mucho.
Pero cuando una está desesperada, sin nada que perder, robar era un delito menor.
Sacó la ganzúa, y la introdujo en el agujero. Enredó un poco, pero no encontró resistencia. Zelda se retiró un poco, se llamó "estúpida zanahoria", y tocó el picaporte. Giró el mismo un poco, y cedió sin hacer ruido.
Solo habría un motivo por el que estuviera abierto el despacho.
Se puso en pie. Ya no tenía sentido. Se había descubierto a sí misma. Abrió las puertas, las cruzó y entró en el despacho. Apenas estaba iluminado por unos candelabros y la chimenea, encendida. A través de una gran ventana, se veía la ciudad de Rauru, con sus murallas, sus casas apiñadas en calles empinadas y estrechas. Una gran vista, que el señor debía usar para tener conciencia de que todo era suyo. En frente del ventanal, con la cara hacia la puerta, había un escritorio gigantesco, y una silla. Sentada en ella, estaba Brant.
Zelda cerró las puertas tras ella, y escuchó un crujido y el ruido del metal. No se giró: sabía que acababa de caer una reja y que estaba atrapada, con el enemigo. Al mirar con el visor de Kandra, no había visto ninguna fuente de calor, y eso se debía a que Brant no estaba vivo. La miraba, con el rostro congelado en la tétrica sonrisa que le vio antes de que le pusiera la jaula de metal. En el estrado, estaba más preocupada por su padre y por terminar cuanto antes, que apenas se dio cuenta que el señor de Rauru parecía rígido, casi como un muñeco. Lo era, en algún momento, Zant se había apoderado de él y había acabado con su humanidad.
Al levantarse y moverse hacia ella, le recordó tanto al Caballero Demonio que casi le pareció verle, de nuevo en el Mundo Oscuro. Zelda sacó el puñal de las gerudo, y miró alrededor. En el despacho de un señor tan anticuado como este, habría más armas, en algún lugar, aunque fueran decorativas. No le quedó más remedio que levantar la daga y colocarse en posición para saltar a un lado y escapar si era necesario.
Por el rabillo del ojo, vio, ocupando una pared, un gran cuadro, donde el rey Dalphness observaba la escena. El mismo retrato que había tenido Link, pero más grande: un hombre ancho, con piernas cortas, y la barba blanca. Sobre la frente, la misma corona que había tenido Link, la diadema de oro ciñendo las sienes con el rubí en el centro. Brant siguió la mirada de Zelda, sonrió, y con una voz que era la suya, pero también la de otra persona al mismo tiempo, dijo:
– Sabía que vendrías, para reclamar la espada. Está ahí, en efecto. Veo que ya lo has averiguado. ¿Cómo lo has hecho? ¿Quién te lo ha dicho?
– Un pajarito – Zelda caminó un poco, pero mantuvo la distancia. Brant dio la vuelta al escritorio –. ¿Cuándo le mataste, Zant? ¿Fue la noche del baile, antes o después? ¿En el juicio? O en el Bosque de los Huesos…
– No, este cuerpo aún tiene algo de vida… Le tomé solo un poco antes de tu ejecución. El muy imbécil empezó a resistirse. Pero, cuando haces un contrato, no te puedes desdecir de tu palabra solo porque de repente no lo veas tan claro. Hay muchas sombras y colores entre el blanco y el negro, ¿verdad? – Brant vaciló un poco. Se detuvo frente al escritorio. Su rostro empezaba a deformarse, poco a poco. Nunca le había parecido un hombre agradable, pero Zelda no pudo evitar pensar en Melissa. Sabía muy bien lo que era ver a su propio padre convertido en un monstruo.
– Quería la corona… – susurró.
– No, él no quería ser rey. Quería fundar la siguiente dinastía en Hyrule. En el pasado, se hizo amigo del rey Lion II con ese afán. Su objetivo era unir las familias, y se ocupó de tener hijas e hijos necesarios de diferentes edades para la ocasión. Espiaba a nuestro amigo Link para saber más de él, para tenderle una trampa agradable. Sin embargo, supo enseguida que estaba tontamente enamorado de ti, la Heroína de Hyrule, y que no iba a aceptar casarse con nadie más – sonrió un poco. En la penumbra del despacho, esa sonrisa taimada hizo estremecer a Zelda. Le trajo recuerdos no solo del Caballero Demonio, sino también de Vaati y de Urbión. Era la sonrisa de la persona que veía que tenía todo para ganar.
Pero ella se ocupó de demostrarles que eso no era cierto.
– Hizo un pacto conmigo. Me ayudó a terminar con el rey Link, y el plan que teníamos contigo era darte muerte pública, para asegurarnos de que la leyenda de los héroes moría contigo. Nadie más volvería a confiar en un elegido por las diosas, después de verle caer y traicionar a la corona. Luego, Brant haría que sus espías descubrieran que el verdadero rey era yo, y me habría dado a su hija para ser la futura reina. Yo traeré la tecnología de mi mundo a este, lo haré avanzar, crecer… Será maravilloso – Brant dejó de sonreír –. Pero Link no está muerto, ¿cierto? Llegamos tarde para impedir vuestro pacto con los seres de la oscuridad. Algo han hecho, que no ha muerto por más que usé mi magia llena de oscuridad contra él.
Brant alargó la mano. No tenía armas en ellas, la mostró bajo la luz de las velas, dorada y limpia.
– Acabemos con todo esto, dejemos el derramamiento de sangre. ¿Qué quieres? ¿A Link? Puedo llevarte a un mundo donde él esté, y donde sea un muchacho corriente. Podrás llevártelo a Labrynnia, y los dos seréis muy felices, sin más peso, sin luchas. Solo tienes que decírmelo, y te lo concederé.
– ¿Y por qué iba a hacer eso? – Zelda levantó la daga, un poco. Puso el pie izquierdo un poco atrás, y dobló las rodillas.
– En un mundo en el que el Triforce no exista, la maldición que te puso desaparecerá. Podréis envejecer juntos – dijo Brant, con otra gran sonrisa.
Apretó los dientes, y levantó la daga un poco más.
– Y de ese modo, nadie te parará los pies, o eso crees – Zelda vio entonces que había una armadura, en un rincón. Era vieja, pero entre los guanteletes de hierro, sostenía un espadón –. Zant, sabemos ya mucho. Vamos a ir a por ti, y te juro, aquí y ahora, que te dejaré esa cara tan deformada que no volverás a parecerte a Link ni a nadie vivo. Y te mandaré de una patada en el culo a ese mundo del que vienes.
Brant rio, con su voz y con la de Zant. Zelda dio un salto, rodó por el suelo y, al levantarse, golpeó la armadura. Esta se cayó del pie que la sostenía. Hizo un gran estruendo, al caer las piezas de metal. Zelda alargó la mano y sostuvo la espada. Era grande y pesada, se parecía a la biggoron, pero era un poco más manejable. Tuvo que soltar la daga, para sujetarla con las dos manos. Le dio tiempo a alzar la hoja y de este modo, evitar que Brant la atravesara con una gran garra. De un golpe le hizo retroceder hasta el escritorio.
Ya no estaba Zant dentro de él, se había transformado en una criatura monstruosa. Los miembros se alargaron, la piel se le puso oscura, y los ojos se voltearon en las cuencas hasta volverse blancos. Zelda murmuró una maldición, y levantó el espadón mientras se agachaba. Atacó a las rodillas, con la intención de hacerle perder el equilibrio, pero la criatura tenía unas placas de metal le cubrían el pecho, piernas y brazos. Solo se tambaleó un poco. Retrocedió, y por unos centímetros, la garra que era ahora la mano de Brant le rasgó parte de la ropa.
Zelda retrocedió, y se movió en la sala. Aunque amplia, estaba atestada de muebles. Se tropezó con una silla amplia, se golpeó con una mesa. Tomó objetos que podía lanzar: un tintero de plata, un pisapapeles de cristal, un candil… Brant atacó trazando con sus brazos un amplio círculo. Esta vez, la alcanzó de lleno. La lanzó contra una estantería, y los pesados libros le cayeron encima. Se quitó el aturdimiento solo para poder esquivar a la criatura y tratar de recuperar el equilibrio.
El mandoble que había conseguido estaba partido a la mitad.
– Otra chufa, jope – susurró. Tenía un reguero de sangre que le caía por la espalda, pero no tenía tiempo para curarse. Metió las manos en el bolsillo y sacó una de las semillas que le había cogido a su padre. Era de luz, había muy pocas y no quiso dejarle sin protección, por lo que Zelda se apañaría con solo unas cinco.
La arrojó, y le dio a Brant entre los ojos. Luego, cogió otra de ámbar. Escogió como objetivo no a Lord Brant. Se había convertido en un redead, en uno inusualmente fuerte. No, necesitaba recuperar la Espada Maestra. Dio de lleno en el rostro de Dalphness. Le pidió perdón a este rey con fama de justo pero severo, mientras su rostro se iba deshaciendo en un círculo de fuego. Detrás, había una puerta de hierro, y en el centro, una rueda con números. Zelda murmuró otra maldición en labrynness.
– ¿Quieres la clave? ¿Necesitas la contraseña? Son números, pero no lo averiguarías en un millón de años. No has prestado atención a este pobre desgraciado, a lo que le importaba o no. Acabaré antes con tu vida – y la criatura asestó un golpe con la garra, tan fuerte que arañó el suelo y rasgó la alfombra.
Debía pensar, y rápido. ¿Qué diría Link? Que la clave sería algo fácil de recordar, pero no obvia. Que Lord Brant tenía una obsesión por la familia real, por pertenecer a ella. ¿Las edades de sus hijos? No les había presentado a todos, pero la costurera había cacareado mucho sobre ellos. Estaba casi segura de que sabía sus edades, pero no podía luchar y pensar en números al mismo tiempo. Bastante tenía con evitar que la criatura la cortara por la mitad, ahora que no tenía apenas arma ni escudo.
Se escuchó un relámpago, un fuerte ruido, y después, la cristalera del despacho se rompió en añicos. Zelda esquivó los cristales. Uno de ellos rompió las cadenas que mantenían una de las placas del cuerpo de redead, y esta cayó. Otros cristales se quedaron allí clavados, pero el redead no los notaba. Miró con rabia en esos raros ojos glaucos a la persona que entró de un salto en la sala. Zelda sonrió, pero no se atrevió a decir nada. Se notaba que Kandra estaba enfadada.
– ¿Qué demonios te crees que haces? – le gritó. Usó su escudo de luz para parar a Brant, y le dio un golpe con él. Brant retrocedió. Al instante, un rayo le atravesó el pecho.
– Quería acabar con esto. La espada está en esa caja fuerte. Hay que sacarle la contraseña, a golpes.
Nabooru entró por la ventana, subida en su pelícaro de plumas doradas. Este salió volando, y una flecha, seguida de un viento arrollador que levantaba aire caliente volvió a hacer retroceder a la criatura. Kafei, con las ropas de sheikan que le dio Impa, irrumpió seguido de Medli. Usó su boomerang para que el redead se tambaleara, y otro rayo de Nabooru le quitó todas las protecciones de metal.
– Hay mucha gente aquí dentro – Zelda se acercó a la caja fuerte. ¿Qué era lo que había pensado, las edades de los niños? Escuchó a la costurera otra vez: Helios, el mayor, que tenía 27. Graziella, tan siesa, decía tener 25 pero podría tener los cuarenta y pico de su madre. La siguiente era Ariadna, 24, que nació casi tan seguida de su hermana mayor que había quién decía que eran casi mellizas. Debió quedarse con toda la amabilidad que su hermana rechazó. Después, dos chicos, dos atontados…
Zelda giraba la rueda marcando los números, mientras los sabios retenían a la criatura.
– ¿Qué edad tienen los cuatro últimos hijos de Lord Brant? ¿Lo sabéis alguno? – gritó.
Alguien se colocó a su lado. Era Melissa Brant. Le pidió que se apartara, y la chica, que olía aún a su crema apestosa y tenía las gafas puestas, terminó de marcar, mientras recitaba:
– Mattia, 22. Sandro, 20, yo, 18 y el más pequeño, 10.
– Gracias, Melissa, pero es mejor que te marches. Esto es peligroso – Zelda le obligó a agacharse, al sentir que la criatura estaba ya llegando a donde estaban ellas.
La caja fuerte se abrió a una sala, pequeña. Sí, en su interior, había oro, rupias de todos los colores (hasta plateada y dorada, que Zelda nunca había visto), y, colocada en una peana, estaba la Espada Maestra. El Escudo Espejo estaba allí también, colgado en una esquina. Zelda tomó este primero, y luego, alargó la mano hacia la empuñadura.
No podía olvidar que la última vez que la empuñó, no sirvió de nada. Hirieron y se llevaron a Link, y ella no pudo evitarlo. Melissa había entrado con ella en la caja fuerte, y gritó:
– ¿Dónde está mi padre? ¿Qué le has hecho?
– Yo, nada – Zelda rodeó la empuñadura con los dedos. ¿Había perdido alguna prueba? Porque la espada se notaba fría en su tacto, muy diferente a otras veces. La arrancó de la peana, y la hoja le hizo tambalear. Al menos, su filo emitió el brillo apagado que indicaba que había una criatura maligna cerca.
Miró a Melissa. No podía decirle que esa criatura que estaban atacando era su padre. Que había hecho un pacto con Zant, que había vendido al rey por tener poder, que Zant le había casi matado. No sabía si habría alguna forma, ni siquiera podía decir que la Espada Maestra fuera a derrotarle. Apretó los labios, se giró hacia Melissa y le dijo que se quedara atrás, que no se le ocurriera intervenir. Regresó al exterior de la caja fuerte, solo para encontrarse de frente a la criatura. Kandra yacía de espaldas en la mesa, tratando de quitarse el aturdimiento. Las ropas que llevaba la habían protegido, pero se notaba que había perdido fuerza y que se encontraba herida. Nabooru sangraba por el lado del rostro que no estaba quemado. La vio levantar los dedos para lanzar el siguiente rayo, pero solo surgió una chispa. Kafei se colocó en frente, y Medli, que no usaba armas sino su arpa, tocaba la canción de curación.
No, no podía permitirse fallar o dudar. Apretó los dedos, y llamó al espíritu de la Espada. Al ver que no respondía, volvió a llamarle, esta vez en voz alta.
– ¡Ayúdame! Necesito… Necesito curar a Brant, eliminar esta maldad. Ayúdame a conseguirlo…
La espada vibró por fin. Zelda pestañeó, y vio una neblina alrededor. No estaba en el despacho, estaba en un lugar indeterminado. Frente a ella, había un chico vestido de verde. Cuando le miró, recordó el sueño que tuvo en la prisión: era el mismo, pero también se le notaba cambiado. Ya no tenía ese aire estúpido, juvenil e inocente. Ahora, sus ojos eran los de un adulto, con una misión. Sonrió al reconocerla. Sin hablar, levantó la espada que llevaba. Era igual que la Espada Maestra, pero de un color de empuñadura diferente, más claro.
– ¿Quieres curar a este hombre? ¿No quieres vengarte, acabar con el que ha asesinado al líder de los sabios? – preguntó una voz grave, que venía de algún lugar a su espalda. Zelda se giró un poco, para ver a un hombre mayor, calvo, hylian. Era moreno de piel, como un labrynness, y los ojos eran marrones.
A este le conocía. Lo había visto en una estatua en el Monasterio de la Luz. Conocía su nombre, sabía que fue uno de los sabios que ayudaron al Héroe del Tiempo. Rauru, el último de los sabios que le quedaba por conocer. Esta era la última prueba.
– Te queda mucho, chiquilla. No sé si estás preparada aún, pero no voy a permitir que la Espada Maestra caiga en manos del mal. Mira al primer Héroe, el de los Cielos. Te está ayudando, porque tiene un gran corazón y cree que todos merecen una oportunidad.
Zelda pestañeó. Miró de nuevo al chico. Imitó su postura, manteniendo los músculos del brazo derecho bien firmes. Entonces abrió los ojos. Estaba en el centro de la sala, la criatura avanzaba hacia ella. Lo hacía de forma muy lenta, igual en la que se movían los demás. Solo para ella el tiempo seguía como siempre. El chico de verde estaba a su lado, le susurró que debía concentrarse, mantenerse bien firme, y no vacilar jamás.
– Sé lo que es buscar a la persona que más se quiere, perdida en un lugar extraño. Concéntrate en él, en tu deseo de verle. Lo sentirás… – susurró, antes de desaparecer. Zelda soltó un poco de aire. Al mismo tiempo, el brillo del filo de la Espada se hizo más fuerte, tanto que tuvo que entrecerrar los ojos.
Bajó el brazo, en un tajo vertical. Lejos de la criatura, pero sabía que no importaba. El haz de luz que surgió de la Espada surcó el aire, igual que si fuera un arco. La luz dio de lleno en el redead, que empezó a gritar y gritar, con la voz de Zant, luego con la de Brant, y, por último, el señor de Rauru cayó de rodillas delante de Zelda.
La labrynnessa miró alrededor. Los demás habían dejado de pelear, pero no miraban a Brant, la miraban a ella con sorpresa. Zelda sonrió, se apoyó en la Espada Maestra y se quedó arrodillada unos minutos, tratando de recuperar el aliento. Con la última fuerza que le quedaba, le lanzó a Kandra, que volvía a estar en pie, el visor.
– Creo que lo he gaba… Grada… Como sea.
– Grabado – Kandra cogió el aparato, le dio un golpecito en la espalda y dijo: – Bien hecho, Heroína de Hyrule. Un día, me contarás como haces eso de moverse como un rayo.
Zelda miró hacia la empuñadura de la espada, a la mano que, tiempo atrás tenía la cicatriz de la pieza del Valor en ella. "Saharasala…" pensó, mientras se apoyaba en lo que quedaba del escritorio.
