Capítulo 35. La prueba en el reino de Sombra

No supo cómo, pero Zelda encontró las fuerzas para levantarse. Puede que fuera porque Kafei tiró de su brazo, y le dijo algo que no podía entender. El sonido del arpa de Medli, que sonaba una y otra vez acompañada de la música de otra arpa la distraía. Agitó la cabeza y preguntó en voz alta:

– ¿Qué has dicho?

– Que no estás bien. Necesitas que te vea Sapón. Medli y Laruto están tratando de salvar a Brant.

Zelda vaciló. ¿Se merecía de verdad ser salvado? No, pero vio, por el rabillo del ojo, que Melissa estaba arrodillada junto al cuerpo de su padre.

– Tetra… Hay que sacar a Tetra…

Kafei la dejó sentada en una silla que había en el corredor. Estaba justo bajo el retrato de un rey de la antigüedad, probablemente un familiar de Link, aunque no se le parecía.

– Encontramos a Jason justo cuando íbamos a entrar en el castillo. Él nos dijo lo que habías averiguado, y Reizar, Caim y él fueron a la Torre de las Damas. A estas alturas, habrán conseguido eliminar el hechizo y liberarla. El castillo es ahora de los sabios – Kafei rasgó un cojín, y usó la tela para apretar la herida en la parte de atrás de la cabeza de Zelda. Sangraba mucho, pero la chica no sentía dolor. Solo cansancio.

– Esto no ha terminado… – seguía sosteniendo la Espada Maestra. Kafei le dejó el Escudo Espejo al lado, y le dijo que no, claro, pero que no estaba en condiciones de seguir.

Casi deseó morirse en ese momento. Zelda le miró con tal ferocidad que temió que le clavara la Espada Maestra o la usara para cortarle la cabeza. Kafei cogió la mano de Zelda y le

obligó a coger el trozo de trapo y a aplicarlo ella.

– Hasta que no le vea, no terminaré – dijo esta, apretando la herida –. Hay que ir al Bosque de los Huesos, ahora.

Kandra apareció en el pasillo. Le tendió una vaina para la espada, que debió de encontrar en la caja fuerte.

– No insistas, Kafei. No va a parar, por mucho que intentemos pararla. Mírala, ha llegado hasta teñirse el cabello y robarnos cosas. Pequeña ladronzuela.

– Os acompañaré yo, y…

– En realidad, tenéis que ir todos los sabios. Sombra me explicó que para llegar a Link necesitamos algo relacionado con él, que nos sirva de guía, y también fue muy clara: vamos a necesitar a los seis sabios preparados para intervenir. Debéis ir todos al Bosque de los Huesos, y reuniros en el claro donde atacaron a Link y a Zelda. Hay un montón de flores, que ha dejado la gente, es fácil encontrarlo – Kandra sacó un bote de su cinturón y le dijo –. Esto, para el dolor de cabeza que tendrás. Ya te curarán cuando saquemos a Link. Ahora, ¿tenéis algún objeto encima, algo relacionado con él?

– No. Link llevaba la corona y la flauta de la familia real – dijo Zelda. Se tomó de un trago el frasco, tras olerlo.

– Sus ropas y otros objetos están en la torre, pero no sé si servirán – dijo Kafei.

Zelda se puso en pie, interrumpió a Kafei y le dio el trozo de tela del cojín. Miró a los dos, suspiró y dijo:

– Hay algo que está muy relacionado con él. Y será una buena guía. No es la primera vez que nos ayuda – y miró a Kafei fijamente –. Vamos a los establos.

La noche era fría, aunque ya no nevaba. Cayó un poco de aguanieve, de madrugada. Zelda cabalgaba sobre Centella. Había encontrado una manta en la cuadra, y la usó para cubrirse los hombros y la cabeza. La acompañaba Kandra. La chica había dicho que no pensaba dejarla sola, que ya había demostrado que hacía locuras todo el rato. Mientras cabalgaban hacia el Bosque de los Huesos, Kandra le resumió cómo los sabios habían entrado en el castillo. Link VIII y Leclas crearon buenas distracciones, para permitir a Reizar, Caim Chang y Kairut, con la compañía de Jason, entrar en la Torre de las Damas. Medli, Laruto, Nabooru y Kafei fueron directamente al despacho, donde Jason les había dicho que ella estaría.

– Al menos, convencí a tu padre de quedarse en el refugio. Él sí que tiene algo en la cabeza, y escucha cuando le dicen que no debe esforzarse. Sapón ya le ha regañado por excederse.

– Bien, es lo que le toca, que ya es un abuelo – Zelda apretó los labios –. Seguro que con su novia no tiene esos problemas.

Escuchó a Kandra murmurar "cabezota" y luego que ese hombre era un santo varón por criar a semejante loca. Zelda le dedicó una mirada llena de odio y enfado, y Kandra se calló.

Para poder salir del castillo, tuvieron que pedir el favor a Melissa Brant. Ella, junto con su hermano mayor, explicaron que el rey estaba vivo, pero había que permitir salir a Zelda del castillo. Por suerte, había podido grabar con el visor la conversación que tuvo con Brant en el despacho, aunque no pudo mostrar más que unas pocas imágenes borrosas, solo la conversación. Gracias a esto y la confusión que reinaba, pudieron llegar a las cuadras, preparar a Centella y otro caballo, y salir galopando hacia el Bosque de los Huesos. Había que atravesar la ciudad entera.

Era de madrugada, en pocas horas amanecería. Zelda detuvo a Centella en el claro. Kandra tenía razón: muchos ciudadanos de Rauru habían dejado flores, velas y pequeños obsequios en el lugar donde la sangre de Link había dejado un buen charco. Sus ojos se fueron hacia el tronco caído que habían usado para sentarse, mientras hablaban, y también donde se dieron los últimos besos. Recordó la conversación. Se agachó en el mismo punto y tocó el suelo, frío y húmedo.

– Mi padre no ha tenido que soportar una hija cabezota – dijo Zelda –. Yo he vivido luchando toda la vida, no recuerdo ni un momento de mi infancia en el que no tuviera una espada en la mano, o una herida por caerme o ser golpeada por mi padre. Si soy como soy, es por eso, no al revés. Quiero mucho a mi padre, pero él… pudo hacerlo mejor. Link lo comprendía, me escuchó, supo qué decirme. No puedo… – Zelda pestañeó. No quería llorar en ese momento –. No puedo imaginar un mundo en el que él no viva.

Kandra la miró, con los ojos abiertos, pero luego, sonrió con cierta timidez.

– Mis disculpas, Zelda. Creía que te hacía un cumplido, veo que me equivocaba – miró alrededor –. Pero no voy a dejar de llamarte pequeña ladrona.

Zelda se puso en pie. La Espada Maestra la avisó, y supo que ya no estaban solas. Miró alrededor, le hizo una señal a Kandra y esta accionó su espada de luz y el escudo. Lo hizo lo bastante grande para cubrir a las dos. Zelda no desenvainó. Sombra, la criatura con forma de niña, estaba allí. Tenía su rostro sin expresión, la máscara de cuernos aún puesta.

– Os está esperando. ¿Habéis traído algo que hará de guía? – y miró alrededor. Zelda se acercó a Centella y le tomó de las riendas. La pobre yegua relinchaba y cabeceaba. El caballo que había usado Kandra se había ido corriendo, asustado.

– Servirá – dijo Sombra. Luego señaló al centro mismo del altar creado por los ciudadanos –. Tuve muy poco tiempo para salvarle. Solo pude transformarlo en cristal y que mis maestros de sombras le llevaran a mi Reino.

– Deja que adivine – Zelda tenía que mantener a Centella quieta, y le costaba. Por eso sonó muy irritada cuando dijo –. ¿Reino de las Sombras? ¿Podemos saltarnos la explicación e ir ya, por favor?

Quizá si la criatura que se hacía llamar Sombra tuviera rostro, este habría mostrado enfado o risa. Sin embargo, no dijo nada más. Alzó las manos, y de sus costados salieron cuatro brazos más, dos en cada lado. Dos de estas manos unieron pulgares y dedos índices, mientras dos brazos dibujaban un arco, y el tercer par hizo un gesto a Zelda. Kandra dio un paso al frente, y entonces Sombra dijo:

– Solo la elegida por la trifuerza. Si tú entras, no durarías ni un segundo viva. Cumplo el pacto con el rey y líder de los sabios: no puedo dañar a nadie que sea hylian, zora, gerudo, moguma, orni, goron…

– Me se cuidar, gracias – dijo Kandra. De nuevo, Sombra alzó una de las manos para impedirle el paso.

– Allí dentro, el aire no se puede respirar. Puedo mantener con vida a la guía, porque ella está relacionada con Link, y la elegida de la trifuerza tiene la Espada Maestra. Sin embargo, no puedo ocuparme de otra criatura más. Tendrás que esperar…

– Kandra, es mejor así. Cuando lleguen los sabios, diles que esperen aquí. Porque también le dijiste a ella que era necesario que los sabios estuvieran, ¿cierto?

– Así es. Cuando le encuentres, tendrás que sacarle. Pero cuando vuelva a este mundo, el tiempo avanzará de nuevo para él, y la sangre se derramará. Los seis sabios pueden curarle, pero tendrán que ser rápidos. Un descuido, y esta vez morirá de verdad – Sombra se dirigió a Zelda –. Has visto de lo que es capaz. Solo si nos unimos, podremos derrotarlo. Necesitamos a los elegidos, no hay más remedio.

Zelda asintió. Se acercó a Centella, le acarició las crines y la tranquilizó. Le susurró unas palabras, que esperaba que la yegua comprendiera. Al fin y al cabo, si había otro ser que quisiera más a Link en este mundo que ella, era Centella. La yegua se tranquilizó, cabeceó y agitó las crines, y dejó de tirar. "Te daré mil manzanas, te lo prometo, vieja amiga" se dijo Zelda.

– Vamos a rescatarle, Centella. Las dos juntas.

Sombra las miró, preguntó si ya estaba preparada, y Zelda asintió. Agitó dos de sus brazos, terminó el hechizo y ante ella se abrió un agujero. Fue como si la realidad fuera una pintura, y alguien hubiera arrojado una semilla ámbar: de igual forma que el retrato del rey Dalphness se deshizo para revelar la caja fuerte, la realidad se destruyó para mostrar algo que estaba debajo: un mundo gris de neblina. Olía muy mal, peor que un pantano. Un olor a muerte, a podredumbre. Zelda retrocedió un poco, se llevó el brazo al rostro para protegerlo del terrible golpe de viento podrido que le dio. Centella relinchó, pero no retrocedió. Zelda tomó una bocanada de aire limpio y fresco de su mundo, miró a Kandra y empezó a avanzar. La chica vaciló, pero al final, envainó la espada de luz y el escudo. Le hizo un gesto de despedida, y le oyó gritar "buena suerte", antes de que el portal se cerrara tras ellas.

Era imposible, se decía, mientras avanzaba. Imposible.

El lugar tenía suelo, y cielo, pero no podía más que suponerlo. Las patas de Centella y sus pies marchaban sobre una superficie inestable y extraña. Arriba, el aire era de un gris más pálido, casi blanco. Del suelo, salía un vapor, una neblina, que hacía temblar de frío y calor a la vez a la yegua y a Zelda. Sin embargo, no sudaban. La herida de Zelda en la cabeza ya no sangraba. Pensó, en un primer momento, en subir en el lomo de la yegua, pero le dio la sensación de que era traicionarla, dejarla a ella con la parte difícil. Zelda se quedó abajo, con la mano sobre las riendas, pero sin tirar. Centella era quien le decía por dónde ir. La yegua se movía despacio, pero sin duda. Levantaba la cabeza, relinchaba, se agitaba, y a veces hasta daba una vuelta completa, hasta que volvía a encontrar el camino.

La Espada Maestra brillaba y vibraba. Zelda la desenvainó. Había dicho Sombra que ella era inmune al ambiente irrespirable, y Centella estaba protegida por Sombra. Sin embargo, no le explicó por qué. La Espada, al contacto con el aire, hacía retroceder un poco la neblina. En una de esas ocasiones, Zelda bajó el filo y descubrió que estaba solo a unos centímetros de un abismo. Controló los nervios, agradeció a su padre que la hiciera escalar el muro de Ciudad Simetría una y otra vez. Ella no tendría vértigo nunca en la vida, pero, aun así, el estómago casi se le puso del revés. Aquella neblina ocultaba algo, que hacía un ruido como de miembros arrastrándose, también le pareció escuchar un castañeo, que no supo identificar, y luego vio luces y fuegos fatuos. No, no estaban solas en ese lugar, pero si había criaturas malignas allí, de momento se ocultaban de ellas.

Centella tiró de ella, y el sonido de sus cascos reverberó con eco en aquel vacío lugar. ¿Era un bosque? ¿Una montaña? ¿Una selva? No había árboles, no a simple vista. Algo se deslizó a su lado, y Zelda sintió un cuerpo delgado, sinuoso y baboso recorrer su pie derecho. No miró. Aguantó las ganas de vomitar, pues después le vino otra vez el olor a muerte, y continuó el camino. A medida que avanzaba, se miraba a sí misma, por lo menos el brazo que sostenía la espada. Sus ropas, que habían sido el traje de un criado, de colores ocre y dorado (los colores del señor de Rauru) eran ahora grises. Imaginó que también tendría así el rostro, el cabello y todo el cuerpo. Negó con la cabeza. No debía importarle ahora eso. Además, siempre había querido ser distinta, ¿no? Tener las orejas redondas de Miranda, el cabello liso y oscuro, normal y que no llamara la atención. Nada de pecas, una piel lisa como la de las estatuas. Nadie se burlaría de ella si fuera así, ¿cierto?

Agitó la cabeza y se obligó a pensar en Link. Era fácil divagar cuando todo a su alrededor era igual y no había cambios. Avanzó y avanzó, con el estómago del revés, con el olor viniendo cada cierto tiempo, la neblina retrocediendo solo para mostrar algo que se escurría, una calavera flotante, una llama que se movía sola… "¿Dónde estás, Link?" se preguntó.

Centella dio un tirón, uno tan fuerte que la asustó y desequilibró. Zelda tropezó consigo misma y estuvo a punto de caer en el suelo, ese suelo inestable y extraño, pero logró mantenerse. No quería tocar nada de este mundo, si podía evitarlo. Tenía la sensación de que, si lo hacía, no volvería.

– Una vez, Mariposa nos contó una leyenda, sobre un poeta – dijo Zelda, en voz alta –. Había perdido a su esposa, lloraba desconsolado día y noche ante las Tres Diosas, les pedía que por favor le permitieran recuperarla del mundo de los muertos. Las Tres Diosas se compadecieron del hombre, que era un músico de corazón puro. A cambio de componer la canción de las Tres Diosas… – Zelda se detuvo. Hacía muchos años que su maestra le había contado esa leyenda, una más, no prestaba tanta atención en su clase, pero esta se quedó grabada porque pensaba en su padre –. El hombre fue recompensado con un viaje al mundo de los muertos. Le dijeron las Tres Diosas que podía entrar, encontrar el alma de su esposa, y llevarla de vuelta. Solo tenía que cumplir una petición: en el momento en que empezara a andar a la salida, no debía mirar atrás. El espíritu de su esposa le seguiría en silencio, unos pasos por detrás, y no podría mirarlo. El poeta cumplió: encontró el espíritu, le pidió que le siguiera y empezó a regresar. Sin embargo, cuando estaba a punto de salir, no pudo evitarlo: sintió curiosidad y se giró, para ver si su esposa le había seguido tal y como dijeron las Tres Diosas.

Zelda se detuvo. Recordó entonces, con mucha claridad, como ella misma había sentido el dolor en el corazón con el final de la historia: el hombre se giraba, su esposa estaba allí, pero su espíritu se deshizo, y el poeta se quedó solo para la eternidad. Aunque su profesora nunca les describió a ese hombre, Zelda se lo imaginaba igual que a su padre, y la figura fantasmal era su madre.

Centella le dio un golpe con su morro, de un modo muy parecido al que solía hacer Saeta para hacerle saber que estaba allí. Zelda se llevó la mano al rostro: tenía una lágrima.

– Mira, me he vuelto en una sentimental. Van a tener razón. Pasar tanto tiempo con Link me ha hecho un poco llorona.

La niebla se disipó. El suelo resonó bajo sus botas y los cascos de Centella hicieron ruido, por primera vez desde que habían llegado. La yegua estaba también gris, como la propia Zelda. Caminó despacio, tiró con tanta fuerza de las riendas que Zelda la soltó. No era necesario retenerla más. Centella había visto una figura de cristal oscurecido, tendida en un altar. En el centro, con las manos sobre el estómago y los ojos cerrados, un Link con cabellos y piel grises dormía.

Zelda se acercó. ¿Era él? Le tocó el rostro, le llamó, pero los ojos no se abrieron. Centella se agitó, movió la cabeza, relinchó alrededor, nerviosa, pero Zelda no le prestó atención. Rodeó el rostro de Link con las dos manos, y solo se tranquilizó cuando sintió que sí, que respiraba, pero muy lentamente. Estaba tan gris que no podía ver la sangre, pero sí la herida abierta en el cuello. Como había dicho Sombra, no sangraba. Era como si no corriera sangre por sus venas.

Ya que había recordado una leyenda tan antigua, Zelda recordó los cuentos de hadas que tanto le gustaban a ella de niña, y que Miranda solía dejarle. Había más de uno en el que la princesa se convertía en piedra, o se quedaba dormida y no se despertaba por un hechizo. En todos ellos, el príncipe o el sexto hijo de un sexto hijo decía que la princesa era hermosa, y la despertaba con un beso. Siempre había pensado que era un poco asqueroso que te besara alguien al que no conocías, pero Miranda entornaba los ojos y decía que era su parte favorita.

Iba a disfrutar mucho cuando le contara esta aventura.

"Si es que llego a hacerlo" pensó Zelda, mientras se inclinaba sobre Link. Posó sus labios sobre los suyos, y sintió mucha frialdad. Se apartó, esperando ver las pestañas aleteando, los ojos vivos, la respiración de alguien ya despierto… Pero no ocurrió nada.

La Espada Maestra relució, y Zelda tuvo que apartarse de Link, porque le dio la sensación de que aquella luz le hacía daño. Pestañeó, y le pareció ver que había alguien más con ella. Sí, una silueta ancha y alta. Hacía muy poco, le había hablado con dureza, cuando le pidió ayuda a la Espada Maestra para derrotar a Brant sin matarlo.

Rauru, el Sabio de la Luz en los tiempos del Héroe del Tiempo, estaba allí. Vestía como Saharasala una túnica de monje, con los símbolos que también usaba su amigo cuando era abad del Monasterio de la Luz. Sus ojos oscuros, al contrario que los ciegos de Saharasala, la miraban con dureza y odio. Zelda contuvo la respiración, se irguió y llamó a Centella. La yegua se colocó a su lado, y ella también trató de despertar a Link rozando con su morro las mejillas sin vida.

– ¿Es esta la última prueba? – preguntó Zelda.

– Si lo es, ¿la pasarás? – preguntó a su vez Rauru.

– No tengo más remedio, sabio. Hay mucho en juego. La vida de la persona a la que amo.

El Sabio de la Luz caminó hacia ella. Cuando lo hizo, Zelda notó que la niebla se disolvía, desaparecía y no regresaba. Allí donde sus pies pisaban, dejaba una marca de hierba. Vida, en un lugar lleno de muerte. El efecto solo duraba unos segundos: la niebla regresaba, y la hierba se volvía gris hasta convertirse en ceniza. Era increíble los detalles en los que podía fijarse, ahora que parecía que el tiempo había dejado de existir.

– La espada está bendecida por dos criaturas ancestrales. Cinco de los seis sabios originales avalan tu valor y energía, Zelda Esparaván, Heroína de Hyrule. Has llegado hasta aquí, y he sido testigo de ello. Sí, es la última prueba, pero ni terminan aquí ni lo harán nunca. En el momento en que sacaste la espada de su pedestal y abriste el portal al Mundo Oscuro, ya empezaron. Siempre han estado allí. Todos nosotros, a la vez – Rauru señaló a Link –. Él es el líder de los sabios, ahora y siempre. Te ayudaré a sacarle, pero recuerda bien lo que dijo ese ser llamado Sombra. Tendrás muy poco tiempo para salvarle la vida.

– Lo sé – Zelda se inclinó sobre Link. Le cogió en brazos, algo difícil porque él era un poco más pesado de lo que recordaba, y ella no estaba tan fuerte como creía. Aun así, logró levantarle. Rauru se colocó a su lado, y con solo una mano, le ayudó a dejar a Link sobre el lomo de Centella. Zelda se subió entonces, le sujetó la cintura, y esto le trajo recuerdos.

La primera vez que le conoció, cuando le vio enfrentarse al fantasma que salió de una neblina parecida a la que estaban, cómo ella usó las semillas de ámbar para ahuyentarlo, se subió en la grupa de Centella y la hizo galopar hasta el refugio.

– Marcha. Sé valiente, siempre.

– Rauru… – Zelda apretó las riendas. Centella ya se estaba colocando en dirección hacia la salida, como si supiera exactamente cómo hacerlo –. ¿Saharasala también está con vosotros?

El Sabio de la Luz sonrió, y solo asintió.

– Medli es muy joven, pero es muy valerosa, como yo sino más. Sera una gran Sabia de la Luz. Dile que la ayudaremos, que no se preocupe por nosotros.

– Él sabe todo eso, niña, pero se lo diré de todas formas. Ahora, marcha. Que la luz te guíe.

Rauru alargó la mano, y de ella surgió esa piedra con forma de lágrima. En lugar de que Zelda la cogiera, la piedra salió volando. Tenía el mismo efecto que Rauru: la neblina desaparecía, y su luz se reflejaba en el fondo. Zelda espoleó a Centella, y empezó a galopar en esa dirección. No era la yegua más veloz, ni la más fuerte, pero se aplicó a fondo. Cabalgó dejando atrás más tentáculos que se agitaban nerviosos, más murciélagos, calaveras que castañeteaban sus amenazas mientras ellas las dejaban atrás. Las criaturas de este mundo no parecían tan contentas con el pacto de su señora, se agitaban en rebelión, pero si Zelda alzaba la Espada Maestra, retrocedían. Una tuvo el atrevimiento de arrancarle un trozo de túnica, pero Zelda le enseñó la hoja y la vio desparecer.

Veía el portal. En comparación, la noche en el Bosque de los Huesos era luminosa, llena de vida. Zelda apretó la cintura de Link, se abrazó a su cuerpo inerte, y, cuando Centella de un salto atravesó el umbral, cerró los ojos con firmeza.

Había sangre, mucha, en su ropa y en la de Link. Se dejó caer junto a él, y gritó, desesperada, al aire.

– ¡Ahora, ahora, ahora! – gritó, ordenó y suplicó.

La piedra de luz que la había guiado voló hasta Medli. La orni tocaba el arpa, al mismo tiempo que Laruto. También cantaba Kandra, y los otros sabios tenían sus manos alzadas, en dirección al centro, donde Zelda sostenía a Link. No veía nada, le abrazaba con toda la fuerza que tenía. En el mundo real, el cuerpo del rey volvía a tener colores: azul oscuro de sus trajes de incógnito, su cabello rubio, su piel blanca, y el horror de la sangre roja derramándose otra vez en el suelo. No estaba funcionando, no estaba funcionando, se decía Zelda. No podía perderle otra vez… No podía permitirlo.

Volvió a besarle.

– Amor mío, por favor, vuelve, vuelve… Para que siempre sepas regresar, ¿recuerdas? – le retiró un mechón de la frente, el mismo que solía caerle entre los ojos y que él también solía echar atrás –. Regresa a mí, regresa a mí.

La última prueba de momento, el último objeto, se clavó en el arpa de Medli. Esta no lo vio, tenía los ojos cerrados. Solo sintió la energía de la magia fluyendo por sus plumas, como un río de luz. Sus dedos se movieron más ágiles, y Laruto a su lado sonrió y dejó de ser ella la que llevaba la música, para seguirla. La Sabia de la Luz sintió a Saharasala a su lado, y también a su madre, y otras personas que no conocía, pero que a lo largo del tiempo habían sido elegidas para llevar ese honor. Su cuerpo de orni se elevó unos metros, y su música inundó no solo el Bosque de los Huesos, sino todo Rauru. Zelda no lo vio, se lo contó después Laruto. Ella había cerrado los ojos, abrazado a Link y su cuerpo temblaba al compás de la música y del llanto que salía de dentro.

Dejó de llorar, cuando sintió una mano en su mejilla. Levantó la cabeza, pensando que era Kafei tratando de apartarla del cuerpo de Link. Sin embargo, se encontró que la mano que la tocaba era fina, suave y fría. Pestañeó, y entonces vio los ojos de Link, fijos en los de ella. Sonreía.

– Para que siempre sepas regresar – dijo, en hyliano antiguo. Se incorporó, se miró las ropas ensangrentadas y las manos sucias, miró alrededor, y vio a los sabios. Luego se concentró en Zelda. Le acarició los cabellos teñidos, y le tocó el rostro con ambas manos. Le dejó las manchas de sus dedos con sangre en las mejillas. Zelda estaba tan sorprendida y aliviada a la vez que no sabía qué decir –. Morena otra vez… Pero a mí siempre me has gustado pelirroja.

Link quiso decir algo más, pero Zelda le abrazó con tanta fuerza que no pudo hacer otra cosa que abrazarla él. Se echaron a reír, y a llorar juntos, mientras los sabios esperaban.

De Kandra Valkerion, no quedaba rastro.